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Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

martes, 30 de noviembre de 2010

Fin de trayecto. Tercera parte. Capítulo 31

Jueves, trece de octubre de 1988.
Cuatro de la tarde.

Hoy vuelve a ser jueves, por fin. Llueve en Madrid. Mansamente, como pidiendo permiso, pero llueve en Madrid.

Cuando llueve, Madrid se torna más hostil todavía, incluso contra sí mismo, como si las gotas de agua fueran millones de alfileres transparentes dirigidos hacia su propio corazón. Miles de paraguas de cientos de colores, acharolados por el agua arrojado desde lo alto, que corren a toda velocidad por las aceras abrillantadas, deslizantes y atestadas. Me rodean miles de coches impacientes y agobiados, acuciados y estridentes, agresivos y babeantes (niños en periodo de dentición), que discurren por calles insospechadas, o por callejones en apariencia imposibles, casi ignotos, expeliendo, como mudas maldiciones, vaharadas negras o blancas, incluso invisibles. Miles de suelas de gomas negras que descienden por las escaleras, también denegridas por la humedad y el tránsito, hacia el metro que, a lo que hoy se ve, nació con vocación de paraguas gigante, de útero materno, tantas veces añorado, donde miles de codos se aprietan en lugares inverosímiles buscando un breve espacio junto al andén, para quedar engullidos, segundos más tarde, en el tren que les llevará, algo bronquítico y tembloroso, por su garganta oscura y abisal, conducto intestinal, hacia un destino indefinido, pero inexcusable, donde otra vez los codos, las gomas negras, las escaleras humedecidas y denegridas, los coches impacientes y agobiados, acuciados y estridentes, agresivos y babeantes, las aceras abrillantadas, deslizantes, atestadas recorridas por miles de paraguas multicolores, acharolados, serán la continuación de un día ajetreado, como todos los demás, pero con la diferencia evidente, de que hoy llueve y, por tanto, Madrid, se hace más hostil todavía, incluso contra sí mismo, como si las gotas de agua fueran millones de alfileres transparentes dirigidos hacia su propio corazón.

Creo que me ha quedado muy bien. El profesor de lengua me habría puesto buena nota. Si todo hubiera normal en mi vida, a estas alturas estaría empezando primero de Filología Hispánica. Y sería, aproximadamente feliz.

Me he vuelto a vestir de Mila. Hoy mis piernas sienten la protección de los vaqueros, algo raídos ya. Hoy me he vuelto a cubrir con un sencillo y discreto jersey gris, bastante amplio, que esconde las formas que el resto de los días he de resaltar. Hoy vuelve a ser el único día de la semana en el que puedo, y procuro, ser yo misma. Hoy es el día en el que Venus desaparece por unas horas.
He estrenado un anorak que compré con Madelaine el otro día. Me siento tan a gusto, tan caliente, confortable y acogida dentro de los forros y pieles artificiales con los que se nutre esta prenda, que no habría hecho otra cosa al cabo del día que rebullirme en su interior y sentir su caricia, casi materna, aquella que ya olvidé, si es que alguna vez ha existi-do para mí.
Los días así, en los que el otoño ya ha comenzado y no tiene posibilidad de retorno, cuando el invierno no se vislumbra siquiera en el horizonte, cuando las primeras lluvias refrescan la atmósfera, soy feliz paseando bajo las finas gotas de agua, dejando que humedezcan mi rostro, que lo enfríen, que lo limpien, como una absolución que proviene, impregnada de pureza, desde el mismísimo cielo, al que tengo tan abandonado
¿O él a mí?
Ya era así en Euritmia, con más motivos en Madrid. Aunque este es un tema del que no quisiera hablar. Mejor que el silencio lo ocupe. Mi vida no reúne las mínimas condiciones para entrar en cuestiones morales y religiosas. Lo dejaré así.

Me he dado cuenta, una vez más, que a la gente no le gusta comprobar que una sea distinta de las demás. Todos tenían prisa por la lluvia, como si ésta les obligase a huir hacia algún remoto y desconocido destino. Y he sentido la mirada acusadora de más de uno que no podía entender mi paso parsimonioso, lento, casi tedioso.
Después de comer en el mismo restaurante que la semana pasada, quería llegar cuanto antes a la cafetería. Me apetecía encontrarme en aquel ambiente relajado, aunque tenía miedo de que volvieran a sonar aquellos violines, como el otro día. No por la música, sino por el efecto que podría hacer en mí. Tenía miedo de que no me afectaran, de que, de-finitivamente, mi espíritu haya muerto.

Esta tarde sonaba el saxo de una obra de jazz. Ese sonido profundo y desgarrador del instrumento metálico y brillante también me invadió, aunque la impresión no ha sido la misma que la de los violines de aquel jueves. Más bien me ha parecido meterme, de repente, en un película de gangsters norteamericanos, o de los suburbios también norteamericanos, llena de negros, humo, alcohol, violencia, droga, sexo y muerte... Pero sigo estando viva. Y me he alegrado por ello.

Allí estaba, ante la barra, leyendo un libro, que no he alcanzado a ver, mi camarero estudiante rubio. Definitivamente, es un estudiante en apuros.
En cuanto ha escuchado mi voz solicitando el café con leche caliente, ha levantado la cabeza sorprendido y ha depositado sus ojos claros, casi grises, sobre los míos.
¡Hacía tanto tiempo que no me ojeaban con esta limpieza!
Casi se me había olvidado. Me ha venido a la memoria cómo me observaba un amigo de mi barrio, Agustín, alevín de poeta. Ahora lo pienso, mientras el café se enfría a mi izquierda, y me doy cuenta de que ni las pupilas de Joaquín me contemplaban de esta forma: en su iris aparecían ciertos reflejos turbios, como si tuviera fango allá dentro, ahora sé, porque esos reflejos se repiten con asiduidad cada noche, que eran los destellos del deseo mal contenido. Sin embargo, Agustín, que debía estar secretamente enamorado de mí y nunca se atrevió a decírmelo, poseía esa mirada transparente, tranquila, algo miope, desprovista de los dobleces y ansiedades a los que ahora me estoy acostumbrando, mejor dicho me he acostumbrado, pues de lo contrario no me hubiera impactado esa luz impoluta de mi rubio camarero.
—Tú eres la chica que me preguntaste por la música de Barber el otro día, ¿verdad?
Asentí con una sonrisa. Por fin he establecido una relación de normalidad con alguien. (Es increíble con lo poco que se conforma el ser humano, cuando se ha deteriorado hasta el extremo su condición). No es compañera de profesión, ni jefa, ni cliente, ni amante. Simplemente un chico que habla con una chica, sin otras pretensiones. Tiene pocas ganas de leer, porque me ha seguido hablando.
—Así que otra vez por aquí, con lo que está cayendo.
—Pues sí. Tengo algo de frío y me apetecía un cafetito.
Observó mi cuaderno de pastas de hule negro. Y ha seguido inquiriendo, con cierta curiosidad.
—¿Vienes a estudiar?
No he querido entrar en detalles. Podía ser arriesgado entablar una conversación demasiado larga. Tengo la sensación que el silencio ha de ser el mejor aliado para mantener en secreto mi trabajo y, sobre todo, mi anonimato. Me he encogido de hombros y le he sonreído. He querido dar a entender que quizá, que pudiera ser, que algo así, que más o menos. Y me he dirigido rápidamente a la mesa del otro día, que estaba vacía, esperándome.
La semana, hasta anoche, ha sido tranquila, sin novedad.

(Mamá, si tu lectura ha llegado hasta aquí, y no se te ha parado el corazón, no creas que sin novedad quiere decir lo que piensas. Sin novedad, significa que me he acostado con unos quince o dieciséis tíos en una semana. Como ves, gano bastante más que papá en un mes).

Como digo, todo fue normal hasta anoche. Ayer, un cliente, que tiene un trato especial y preferente en el club, me ofreció una raya de coca. Se hace llamar Ricky. Tiene poderosas manos que ostentan dos enormes anillos de oro, de los llamados sellos, cubiertos por una amatista y una esmeralda respectivamente. Su muñeca derecha está rodeada por una cadena igualmente áurea y maciza. En la izquierda se aloja un reloj del mismo metal y textura, sobre la que resalta la esfera negra. Me dijo, al darse cuenta que me demoraba en su contemplación, que era un rolex y que valía un huevo y parte de la yema del otro.
Cuando hizo tal afirmación, ya nos habíamos desnudado en la habitación y yo estaba bastante afectada por el güisqui (como cada noche, por cierto), así que casi no sabía lo que hacía. Le cogí los testículos con la mano izquierda, y mientras le sonreía sardónica, le dije que allí no faltaba nada. Acerté en el comentario pues rió, con su risa bronca y estridente cargada de nicotina y efluvios alcohólicos.
Me impactó lo trapezoidal de su cara, los salientes casi ofensivos de sus pómulos, lo anguloso de su quijada. Pero más aún, la dureza de su mirada, que parecía metálica. Debe ser asiduo en el club, aunque en el tiempo que yo llevo allí no lo había tratado antes y no me había fijado nunca en su presencia. Saludó a todas las chicas con una confianza que no había visto a nadie: a algunas les besó la boca, a otras les acarició los  pechos, a otra le sobó el culo, a otra, a Reme, le apretó con sus manazas el sexo, a Madelaine la ciñó con fuerza por la cintura la levantó a pulso, y, en volandas, también la besó. Después de unas risas, nada comedidas, noté que me alufraban. Yo estaba al lado. Trató, diría yo, de que le oyera.
— ¿Qué tal la nueva adquisición?
Lo decía por mí, claro. Era a la única a la que no había dirigido aún ninguna deferencia especial, pero, sin embargo, sabía de mi existencia. Madelaine me examinó de arriba abajo. Ayer llevé puesto (es un decir) un sujetador rojo carmesí, trasparente, y un tanga de encaje a juego. Le respondió con seguridad, mientras me guiñaba un ojo.
—Ha hecho el rodaje. Es una chica aplicada. De sobresaliente, por lo menos, diría yo.
—Pues si tú lo dices…De todas maneras, veamos si es cierto.
Tras otro beso y una palmada en el culo de Madelaine, me ciñó la cintura con su poderoso brazo derecho y subimos a la habitación. No pagó, en metálico, por lo menos en aquel momento, por lo que deduje que tenía un estatus especial allá dentro, y por tanto debía hacer las cosas bien.
Tras una breve charla mientras me desvestía (es un decir, mamá), llegué a la conclusión de que posee buenas relaciones con la poli o la justicia o con ambas. Mejor dicho, muy buenas. Apostaría diez contra uno que es poli...
Madelaine lo trata con tacto y deferencia. Sospecho, incluso, que nuestros servicios son cobros en especie por trabajos prestados. Desde luego en el burdel (vaya palabrita, pero al fin ese es mi lugar de trabajo), no se trafica con droga, ni se permite que ningún cliente, salvo éste, la ofrezca. Madelaine sabe, creo yo, que éste es el tributo que tiene que pagar para evitar cualquier tipo de redada policial o de problemas con la justicia. De hecho, el despacho de bebidas alcohólicas es alegal, o por lo menos no tenemos la licencia pertinente. Por ello, Madelaine, como primera máxima para que el negocio funcione, y no haya problemas, exige que no se produzca ningún tipo de altercados o jaleo que pueda hacer que los vecinos llamen a alguna patrulla de la pasma y se prepare alguna redada (1).
Claro, que todo esto lo intuí un rato después, cuando apareció el polvo blanco extendido sobre el dorso de su mano. Remiré la sustancia de hito en hito; debí parecerle hipnotizada. Esto ocurrió después habernos lavado en el bidé. Después de la broma de los testículos, le hice un trabajito fino. Supuse, inocente de mí, que me podría caer alguna propinilla: tanto oro me había impresionado.
—¿Tienes miedo? —preguntó.
Tras un breve silencio dubitativo opté por la verdad.
—Sí, un poco —le contesté con cierto temblor en la voz.
—Pues no hay ningún problema.
Me miró a los ojos y sonrió. Se dispuso a venderme un producto milagroso.
—Tiene propiedades terapéuticas, alivia el estrés, consigue que las preocupaciones se vayan a tomar por culo, hasta que desaparecen del todo, evita ciertos corsés que nos ha impuesto una moralidad barata, o sea, que nos desinhibe y, sobre todo, consigue que el cerebro trabaje a mayor velocidad y con más claridad que nunca.
—Si te parece, lo dejamos para otra ocasión. Ahora no me apetece probarla —acerté a musitar con la suficiente elevación de tono para que me entendiera.
Se encogió de hombros y no insistió, para mi alivio. Él sí esnifó una rayita, que previamente depositó circundando mi ombligo, tras hacerse un tubito muy fino con un billete de mil pelas....
Cuando acabamos, habló con Madelaine, porque ésta, al poco tiempo, mientras me tomaba una copa de güisqui (otra más), se me acercó y acariciándome con las yemas de sus dedos el pecho que apenas llevaba cubierto por el transparente sujetador carmesí (en realidad, debería decir que me acarició el pecho que mostraba, apenas adornado por el transparente sujetador carmesí), me dijo que lo de la cocaína no era problema con Ricky.
—Ricky es especial, ¿entiendes? Digamos que él tiene la franquicia de la coca en este local. Como sabes, no tolero que en mi casa haya drogadictas. Lo que ocurre, simplemente, es que si Ricky quiere, y que te quede bien clarito, sólo él, no es malo que le acompañes. No sabes —me decía, mientras sus ojos brillaban de un modo especial—, cómo se perciben las cosas cuando estás un poquito esnifada. De todos modos, no te quiero obligar a que la pruebes si no quieres, pero de vez en cuando no estaría mal. Si tienes miedo por si te enganchas, o porque podamos tener algún mal rollo con la poli olvídalo, pues aquí no se trafica, ni habrá nunca una redada de la poli.
Colegí, a pesar del embotamiento que me producía el alcohol a esas horas indecisas y temblorosas de la madrugada, que la cocaína era uno de los armas fundamentales de los que se valía Madelaine para que las chicas no abandonaran el negocio. Probablemente el único arma con capacidad de enganchar a una mujer a esta profesión ruin y salvaje.
Me extraña que alguna de mis compañeras lleve tanto tiempo aquí. Por ejemplo Reme, si pienso que las pelas que se ganan no son pocas. Lo cierto es que las más veteranas son las que más cocaína prueban, con lo que quizá, buena parte de las ganancias se les escapen por ahí. Así que, al final, para la casa, es más del cincuenta por ciento en cada servicio que hacemos, puesto que a ellos no creo que la coca les cueste mucho. Apostaría que nada. Alguna está enganchada y si algún día no consume su elevada dosis tiene serios problemas para estar siquiera más o menos despierta. Aunque, he de reconocer que su dependencia produce diferentes efectos a los que he visto en los pobres yonquis heroinómanos que se ven por la calle. ¿Qué será de aquel grupito con el que me cruzaba cada noche?

Acabo de levantar la vista de este diario y he comprobado que continúa lloviendo, acaso con más fuerza. Son las cinco y media de la tarde y parece anochece, la mayoría de los locales ya están iluminados. Empieza a llenarse el bar con las orondas señoronas que vienen salpicándolo todo con su agua de lluvia y su risa de focas ahítas.
¡Cuánto odio a esta gente! Sobre todo por lo que se parecen a mi propia madre. Si supieran que sus maridos, ocupan parte de su tiempo de las trascendentes reuniones del Consejo de Administración con mujeres como yo, supongo que me estrangularían. (Me encantaría que alguna de ellas fuese la legal de alguno de mis clientes). Pero claro, tampoco me dejarían explicarlas que las únicas culpables son ellas, que parecen adefesios estucados, que lo único que les interesa de su marido es que les llene la cuenta lo más posible, para poder lucirse ante sus amigas, igualmente estucadas, y en el fondo aburridas y solas. Me recuerdan a mamá, con dinero, eso sí. Estoy absolutamente convencida de que si en casa hubiese más dinero, del de metálico, del que corre de bolsillo en bolsillo, actuaría como cualquiera de estas petardas.

La puerta se ha abierto y ha entrado la niñita que lo hizo la semana pasada. Parece fija en el local, como yo. El gentío que abarrota el bar ni se ha inmutado. Está completamente aterida. Apenas cubierta por un chándal raído y sucio, que debió ser amarillo, y unas zapatillas de verano empapadas por la lluvia de todo el día.
Se va metiendo entre los distintos grupos de personas y extiende su manita derecha, algo temblorosa pero decidida y descarada. De vez en cuando, cae entre sus deditos, como distraída, como abandonada, alguna moneda. Cuando se ha aproximado a mi mesa, la he cogido del bracito y la he sentado a mi lado. Su frío y su temblor me han traspasado el costado con la misma contundencia que lo hubiera hecho un bisturí en manos del cirujano. El contraste de la calle con el tibio ambiente de la cafetería ha hecho que de su naricillas pequeñas y respingonas broten espléndidos mocos transparentes.
—Tómate un vaso de leche caliente y un bollo. Te invito.
Me ha observado atónita, con cierto fulgor de pánico. Ha intentado salir corriendo.
—No tengas miedo —le he dicho, mientras la sujetaba por el brazo—. Si quieres —he continuado con la mayor dulzura que he podido encontrar en el repertorio ajado de mi memoria—, te doy veinte duros (2) además, pero tómate algo caliente, si no acabarás con pulmonía.
—Gracias señorita, pero tengo que llevar dinero, monedas, sino mi papá se enfadará.
—No te preocupes—. He hecho una seña al estudiante camarero para que le sirviera—. Que la leche esté muy caliente —he remarcado. Después le he preguntado— ¿Cuántos años tienes?
—Ocho.
No los aparenta. Su físico muestra grandes carencias alimenticias. Su delgadez extrema, su estatura, la palidez, casi transparencia, de su tez olivácea, la endeblez de su osamenta, lo ralo de su cabello pajizo. Parece tener seis años. No es que yo sea una experta en niños pequeños, pero me lo imagino por lo que veo por la calle y no creo equivocarme en exceso.
A pesar del miedo inicial ha devorado el bollo que le han servido. Cuando ha acabado, le he dado veinte duros y un beso. Creo que ha sido el beso más puro que he depositado desde hace años en cualquier ser humano. No la he querido retener por más tiempo, para evitarle problemas. Eso sí, la he despedido con una cita.
—Mira, si vienes por aquí los jueves sobre estas horas, te invito a un vaso de leche y a un bollo, pero no se lo diremos a tu papá, ¿vale?
No ha contestado. Se ha limitado a sonreír. Por primera vez en todo este tiempo, supongo que en mucho tiempo, sus pupilas se han alumbrado.
Cuando se ha ido, he pedido otro café. Me lo voy a tomar rápido y me largaré. Esta niña me ha puesto mal cuerpo. Sé que es carnaza para una sociedad que la ha rechazado, que la ha condenado aún antes de na-cer.

He recorrido la cafetería con mirada de asco.
Nadie se ha dado cuenta. ¿Por qué se habrían de dar cuenta?
Supongo que la niñita, si llega a crecer, acabará robando, o drogadicta, o prostituyéndose en una esquina, para servir a cualquier chulo.
Sí, todavía hay categorías en la marginación, en la opresión, y el olvido. La mía no es la peor, gracias a Dios. Eso lo puedo asegurar después de haber notado en mis labios la piel cuarteada y áspera de una niña que la tenía que tener suave y delicada, como la seda, como el satén.
_____________________

(1) Como siempre digo, la realidad supera la ficción.
(2) Sesenta céntimos de euro.
Continuará...

8 comentarios:

Ángeles Hernández dijo...

De momento tenemos a Mila con su capacidad de recuperación casi intacta: se emociona con la música, es capaz de ver una mirada de un hombre clara y sencilla, se compadece de una niña pobre a la que ayuda y comparada con ella se siente privilegiada, no prueba la coca y analiza con claridad que su dependencia le quitaría gran parte de su libertad...

A ver si consigue que este año de pre-mayor, sea solo un paréntesis en su vida. ¿Soy muy optimista?.

Un abrazo Á.

Flamenco Rojo dijo...

Mientras que voy y vengo no se me olvida lo que tengo…Nada, que no olvida a la madre, de vez en cuando le suelta un torpedo…

Parece que Mila da un paso importante al rechazar la coca…A ver cuánto resiste...Y además se consuela pensando que hay diferentes categorías en la marginación y que la suya no es la peor. Uff.

catherine dijo...

Los jueves en la cafetería...
Las miradas de Joaquín y de todos los hombres del Jazmín especialmente del tío de la coca, las miradas del estudiante y de la niña...
Mila entre dos mundos.

Isolda dijo...

Increíble el enlace que actualiza esta historia. Siempre, la realidad supera a la ficción. Gracias por incorporarlo.
Este capítulo, tiene de todo, Mila en toda su esencia; cuando ejerce, cuando no, cuando se enternece, cuando se averguenza, cuando escribe con su alma de poeta. Ya digo, pura Mila.
Me sigue encantando, Escribidor.
Besos desde ese café acogedor.

emejota dijo...

¡Que vida cuando no hay sosiego!. Un fuerte abrazo extendido.

Marina Fligueira dijo...

Pues si, Mila parece que empieza a madurar... a dar alguna zancada coherente. Amando, muy entretenido este capitulo. ¡Bueno... como todos! Un abrazo y ser felices.

Leonel dijo...

Creo que mientras esté lejos de la droga, podrá seguir sintiendo emoción con la música y piedad por el que la pasa peor que ella. Espero no sucumba a la tentación, porque entonces comenzará a morir dentro.
Que nos guste o no, es un tema que está siempre de actualidad.
Un abrazo, Amando.
Leo

Ana J dijo...

Me estoy poniendo al día y encuentro varios capítulos estupendos, dos de ellos, de transición. Este podría serlo, pero no, la irrupción de la droga en la vida de Mila, aunque no la haya probado aún, es un hito.
Muy buen capítulo, Amando.
Me voy a seguir leyendo.
Besos