Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Fin de trayecto. Tercera parte. Capítulo 26

Domingo, once de septiembre de 1988.
Mediodía.

Estoy temblando, diario. Como una gota de rocío en el borde de una flor. Creo que en estos instantes se esta jugando mi futuro. Y no exagero.

Hace unas horas, he visto el periódico que compré ayer en la silla de la habitación, y he decidido que lo voy a intentar por última vez. Me ha dado el pálpito de que es la última oportunidad. Si no lo consigo, ya me puedo despedir de esta habitación pequeña, limpia y luminosa. Ya me puedo despedir de la pensión que me ha acogido estas semanas y que todavía no ha sido afectada por el mundo de droga, prostitución y margi-nalidad que la rodea. Ya me puedo despedir de mis yonquis y putitas, que hasta me saludan cuando paso a su lado, sin miedo ya. Ya me puedo despedir de ese Madrid que ha fagocitado, insaciable, otro cadáver más.
El periódico parece que me miraba, parece que elevaba una voz oscura hacia mi entendimiento, voz tentadora.
Buscaba, ¿por enésima vez?, las ofertas de trabajo y encontré una en la que se solicitaban chicas de buena presencia para un trabajo de señorita de compañía. Ofrecen gran remuneración económica, no son necesarias ni experiencia, ni referencias. Más bien todo lo contrario, se garantiza discreción.
Estas palabras: se garantiza discreción, así como la alta remuneración ofrecida son el lado positivo, la parpadeante luz que me llama. Pero el lado negativo es tan evidente. Sé a ciencia cierta lo que piden. No estoy tan tonta como para no entenderlo, ni soy tan niña. No me engañan. Tampoco lo pretenden, claro. Ahí están las palabras, el que quiera interpretarlas de otra manera será su problema.
Hasta ahora me he ceñido a lo legal, pero estoy tan harta que este anuncio es como si me hubiera atrapado. Supongo que habrá habido en estas semanas bastantes más de estas características, pero no me había fijado en ellos. O no me había querido fijar. Pero estoy en el límite. Y, sobre todo, me duele el alma sólo de pensar que tendré que volver a Euritmia y enfrentarme a mi familia, habiendo sido derrotada, a Joaquín, a los amigos. No estoy dispuesta a tener que dar tantas explicaciones.

Dentro del estómago siento una punzada contundente, yo diría que de hierro. La boca se me ha secado. Un sudor frío recorre mi espalda. Jamás he tenido tan cerca la salida definitiva de casa, pero jamás he tenido tanto vértigo a lo que ello supondría, pues esa huida es lanzarme por el acantilado. No sé si el mismo que contemplaron mis ojos en agosto, u otro parecido, o peor... Y no sé si llegaré al mar, o me destrozaré contra las rocas afiladas.
Primero de todo, no sé si me aceptaran, pues lo mismo no se arriesgan con una menor, ya que sería añadir un delito a esa actividad que si no es delictiva, al menos bordea la ley, comenzaría una vida que me puede conducir al exterminio personal.

Lo segundo, suponiendo que me aceptaran es que no sé si soportaré sin destruirme lo que me espera. Como acabo de decir, ni estoy ciega, ni soy tonta. Sé lo que voy a hacer, por lo menos en teoría. Y es la degradación mayor a la que pueden someter a una persona.
En tercer lugar, si sobrevivo, ¿podré dejarlo el próximo catorce de julio, cuando cumpla dieciocho años? O será todo más difícil.
Cuando he leído el anuncio, he pensado en el dinero, y en que un año pasa pronto (En realidad, diez meses). El trabajo en sí mismo se podrá aguantar, digo yo. Según dicen, es el oficio más antiguo del mundo, por el que habrán pasado millones de mujeres a lo largo de la historia. Yo no sería más que otra gota de agua dentro de ese caudaloso río.

Volver a casa, que parece lo lógico, dada mi situación, se me hace imposible. Estoy segura de que me echan. O si no, me emparedan. Si en Madrid no encuentro trabajo, creo que Euritmia será peor. Además, querida mamaíta, tengo que demostrarte que puedo vivir la vida sin tu presencia carnívora y opresiva.
Antes de seguir con los pensamientos, me he desnudado ante el espejo, casi me ha dado vergüenza a mí misma contemplarme como lo he hecho.

Con este ajetreo por Madrid, he adelgazado, pero creo que soy vistosa y apetecible en conjunto. El óvalo de mi cara no resulta feo, casi al contrario. La mirada tiende a ser melancólica y he de destacar las pestañas que los dotan de cierta magia y sensualidad. Mis pechos, firmes, suaves al tacto, no son pequeños, ni grandes. Mi cintura ha perdido un par de centímetros por lo que se hace más cóncava y a lo mejor (o a lo peor) más atractiva para los hombres, que, al fin, es de lo que se trata. Mi pubis forma casi un triángulo perfecto, denso y oscuro. Mis piernas torneadas, musculosas sin exageración a causa del ejercicio, igualmente suaves al tacto, y largas, concluyen en un gracioso adelgazamiento del tobillo. Mis pies son pequeños, finos, alargados.

Releo las líneas anteriores. Siento rubor de verme así descrita…

He de hacer un esfuerzo por reflexionar. Seamos realistas. Me quedan dos opciones. Primera, volver derrotada y plegarme a los requerimientos familiares: verme abocada a la persecución y al odio, sobre todo, del abuelo pues el nombre y el sacro santo honor familiar ha sido difamado por mí para siempre, porque la salida de Joaquín a la palestra, ha cambiado todo, y no sólo, ya no hay delito, así que la poli, aunque me busque, no pondrá el mismo interés, sino que, además, se ha aireado mi deshonor. Toda Euritmia conoce que me he escapado con un jovencito sin oficio ni beneficio, y, además, ya no soy una joven intacta. Segunda, no rendirme y hacerles un daño atroz, más aún, aunque la primera víctima sea yo misma. Más daño aún. Que puedan morder el polvo, que sean incapaces de levantar la cabeza, cuando salgan a la calle, que no puedan mirar de frente a ninguno de los vecinos.

Esto es lo que debo valorar, si merece la pena arriesgarme tanto por este odio que siento. Aunque, a lo mejor no hay tanto riesgo, un año, pasa pronto. Después, con dinero ahorrado, puedo plantearme otras metas... Si hay un después.

(Mamá, el odio es el motor que moverá mis actos a partir de ahora. Si piensas que comeré de tu mano, te equivocas. No soy la servil palomita que imaginas. Sé lo que he leído. Sé a dónde voy. Tengo miedo, pues más abajo no podré caer. ¿O sí? Cuando leas todo esto (algo menos de un año), tu corazón parará. De un sólo golpe, te haré más daño que el que tú me has hecho a mí desde que recuerdo.
Nada tiene sentido para mí.
Vosotros me odiáis, Joaquín me ha dejado. No puedo volver a Euritmia. En Madrid sólo me queda morir. Antes de hacerlo físicamente, quiero que sufras más de lo que lo estás haciendo. No es justo que sea yo sola la que pene. A partir de este instante, solo tengo un anhelo. A partir de hora, y durante los próximos meses, me dedicaré a escribir con detalle cómo ha sido vejada y cosificada tu querida hija, a la que nunca supiste entender y la arrojaste al fondo del abismo. Y por añadidura cómo queda destrozado para siempre el honor de la familia, de la estirpe nobiliaria. ¿No era eso lo único que te importaba? Pues ahí lo tienes, formando parte del lodazal. Los Sebastián de Villa Franca del Arroyo, provincia de Euritmia, han caído en lo más abyecto. Simplemente quiero hacerte daño y juntar dinero para pasártelo por delante de los ojos algún día. Acaso más dinero del que te puedas imaginar, y nunca hayas visto, ni, por supuesto hayas juntado).

Después de comprobar mi estado físico, rápidamente, no me fuera a dar un ataque de miedo, temblando por la ansiedad, he salido a la calle. He rebuscado en el monedero. Desde la primera cabina libre que he encontrado, he telefoneado al número indicado en el anuncio.

Mi corazón latía desacompasadamente, incluso sin espejo delante, sabía que mi cara se había enrojecido y luego ha palidecido. Un sudor frío y pegajoso me recorría por el centro de la espalda y encharcaba las palmas de mis manos. Aquello no era precisamente lo que se entendía por una forma de vida, pero he pensado de nuevo, machaconamente (es mi único asidero), que diez meses pasarían pronto. Seguro que hay más de una mujer respetable y respetada, que no le ha quedado más remedio que acudir a los apestosos machos para equilibrar su economía. No en vano, todos dicen que de la prostitución, si no es en las esquinas de las calles, se saca buen dinero. Respecto de la moralidad, prefiero no hacerme preguntas. Intentaré evitarlas hasta donde me sea posible. Intentaré hacer un hueco en el alma. Sólo son diez meses, me repetía tozudamente.

Todas esas cosas las pensaba, a la vez, mientras escuchaba el sonido de llamada que daba al otro lado del auricular. Me impacientaba que no cogieran el teléfono, y, a la vez, me asustaba que lo hicieran.

La conversación ha sido breve. Quien me ha atendido era una voz femenina agradable que lo primero que ha hecho ha sido calmarme y hablar con cierta frialdad y distancia. Tras indagar mis propósitos, me han citado para mañana. Espero tener suerte. ¿Pero qué sería la suerte que me contrataran, o que no lo hicieran? Me quedan mil quinientas pesetas, exactamente las que le debo a Isabel por estas noches. Ya le dije que no comería en la pensión. Si lo de mañana no sale, se acabó. Está decidido. Lo escribí ayer, o antes de ayer, no me acuerdo y me reafirmo.

Te juro, diario mío, que si mañana no tengo trabajo, me voy a la poli y se acabó esta aventura. Habrán ganado. Mi límite está en la calle. He visto demasiado dolor, y demasiada destrucción. A eso no estoy dispuesta a llegar. Intentaré por todos los medios que no me envíen de nuevo a mi casa. Pero eso será otra historia, en la que de momento no quiero entrar. Como las chicas con las que me cruzo cada tarde, no acabaré. Eso lo tengo claro. Gracias a Dios, o a quien sea, yo no aguanto a tipos como los que tienen que aguantar ellas. Ni me pongo en la situación física y psíquica en la que ellas están metidas. Por lo menos, si tengo que poner mi cuerpo al servicio de los hombres, que tengan dinero y garantías, no lo que se ve por aquí. Al menos, aunque en el fondo, el trabajo sea igual de aberrante, si me aseguro un cierto nivel económico y sanitario tendré más posibilidades de salir del hoyo. Para ellas ya es imposible. Por lo menos, intentaré no destruir mi cuerpo.

Continuará...

7 comentarios:

Leonel dijo...

Si ya te lo escribí en £Pavesas y Cenizas" creas dependencia y nos dejas con ganas de seguir leyendo...
Espero impaciente el próximo capítulo.
Un abrazo.
Leo

emejota dijo...

Me había quedado retrasada y ya me he puesto al día. Vaya con la niña, lo cierto es que unas veces no me parece tan niña, y otras una absoluta inconsciente. Será que soy mayor y procedente de otra circunstancia. En términos astrológicos diríase que "le falta mucho elemento tierra". Claro que es víctima de sus orígenes, lo cual no le exime de sus errores.
Un fuerte abrazo extendido.

Isolda dijo...

Es la edad emejota, pero yo siempre la he visto madura, pese a todo. Que es una inconsciente, no lo dudo, ¿quién a su edad no lo es? pero tiene claro su objetivo (ahí es donde se equivoca), pero insisto lo tiene claro y trabajo no le va a faltar...
Besos a todos en este día de celebración, por Pavesas.

Flamenco Rojo dijo...

¿Es saludable sentir odio? Bueno yo no lo sé…Creo que nunca he sentido odio por nadie (ni siquiera por el suboficial de turno que todos los meses me quitaba días de permiso en la mili)…Ahora, leyendo el diario de esta chica, parece que no es que el odio la haga que se sienta más feliz, pero sí que se siente más libre, más sincera, más ella.

Felicidades por el segundo aniversario de "Pavesas y Cenizas"

catherine dijo...

Tiene claro su objectivo, dice Isolda. Su objectivo es ser libre y vengarse. No quiere estar en la puta calle así que debe ganarse la vida por cualquier medio, cualquier. La ingenua cree que se puede entrar en la prostitución y salir cuando quiera diciendo adiós chicos. Ingenua, digo, a pesar de parecer madura, ingenua y dura.

Ángeles Hernández dijo...

"Chicas de buena presencia para un trabajo de señorita de compañía. Ofrecen gran remuneración económica, no son necesarias ni experiencia, ni referencias. Más bien todo lo contrario, se garantiza discreción."

Ya tiene como vivir y el espejismo del dinero fácil le hace olvidarse de la poca cordura que le quedaba y volver al motor del odio. Se ve a sí misma como objeto de mercado y se estudia ante el espejo valorando sus posibilidades.

Como dice Catherine: la pobre cree que podrá salir cuando quiera del mundo de la prostitución.

Muy duro el párrafo en el que dice que describirá todas las vejaciones a las que se vea sometida, como castigo ¿a quién?.

¡Uf, qué nervios!

Ahora sí, un fuerte abrazo y hasta pronto Á

Marina Fligueira dijo...

Ay que ver que bien ha descrito y dibujado el cuerpecito de Mila, nuestro escribidor. Se ve... Estupenda ante el espejo. Ella no podra ser feliz, mientras no deje no deje atrás tanto odio. Fenomenal el capítulo. Más tarde subo al otro piso. Voy con retraso. Besos muchosssss