Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Fin de trayecto. Tercera parte. Capítulo 27

Martes, trece de septiembre de 1988.
Madrugada

Será el día más terrible de toda mi corta vida. Ni siquiera cuando te encargaste de humillarme como lo hiciste con aquella bofetada y aquel insulto, que ha resultado profético, mira por dónde. Ni siquiera cuando leí en el periódico que, según vosotros, me habían secuestrado. Ni siquiera cuando me dejó Joaquín.

Menos mal que no soy supersticiosa....

A pesar de lo que te he dicho, bueno de lo que te he escrito, mamá, has de saber que me duele lo que he hecho y más ve dolerá lo que haga a partir de hoy. Es más, ya me está doliendo y no he empezado. En esta loca carrera a la que tu despotismo me ha llevado, soy la gran víctima. Si te queda algo de lástima en el pedernal que tienes por corazón (si es que hasta aquí no ha reventado), utilízala en tu hija. Tú única hija. Al menos, mamá, ten un recuerdo compasivo. ¿Quieres saber cómo me encuentro ahora mismo? ¿Quieres saber qué veo se miro dentro de mi corazón? Soy una cosa más dentro de las muchas que bullen por este Madrid caníbal y devorador. Me siento únicamente hembra. Hembra por cuanto mi cuerpo tiene una herida abierta en su centro, por donde cualquier hombre quiere entrar… Lo que interesa de mí, es el cuerpo y el sexo. Justo aquello que tú, durante toda tu vida, has intentado que no conociera, y no sólo que no conociera, sino que me asqueara o me asustara… Algo que, incluso, has procurado esconderme hasta que llegara la hora de consumar el santo matrimonio con alguna hombre de alta alcurnia digna y merecedora de mis gracias y de los honores de los Sebastián de Villa Franca del Arroyo, provincia de Euritmia. Y a ser posible, con mucho dinero como para poder revivir el añejo pasado esplendoroso de tan in-signe familia.
Pues bien, esto ha sucedido en el día de hoy, o de ayer si soy estricta con lo que dice el reloj: tu santa y obediente hija, la que estaba destinada al altar para convertirse en santa y obediente esposa, y la no menos santa y obediente madre, ha torcido el camino y se ha convertido en sacerdotisa del amor, meretriz, profesional del amor, chica de compañía, prostituta, mujer de alterne, esclava del sexo, fulana, zorra, puta... Como ves, habrá pocas profesiones que se puedan llamar de tantas maneras. En fin, tú me lo llamaste. Al fin lo has conseguido. Lo único que ocurrió es que te adelantaste unos meses a la realidad. Quizá eres vidente y no lo sabes.
Pero no te creas, ni por un solo segundo, que la culpa es mía, o por lo menos solamente mía. Aquí la única culpable eres tú. O por lo menos la mayor culpable…¿Te duele mamá?

Ahora estoy en otra habitación diferente de la de la pensión. Resido en otra calle. El ambiente es otro. La marginalidad ha quedado en el centro (curiosa paradoja). Esto es una zona de la alta burguesía. (Te encantaría, mamá). Estoy en una casa enorme, en dirección al norte, pasada la estación de Chamartín, en los aledaños de la carretera de Burgos. Se ve que la mayoría de la gente gana bastante dinero, que vive bien. Es un lugar discreto, cómodo, bien comunicado y donde pasaremos desapercibi-das. Está claro que en Jazmín se saben hacer las cosas. Por lo menos lo que he visto hasta ahora.
Aquí todo está limpio, y es nuevo. Todo tiene clase. Diríase que es lujoso, aunque es un lujo que, probablemente, sólo descubrirían los entendidos, pues es un lujo discreto y refinado. Una decoración funcional, austera, moderna y bella. (Si vinieras aquí, mamá, aprenderías decoración, algo de lo que tampoco tienes ni idea, por mucho que quieras presumir delante de tus amigas, que, por cierto, y aunque no tenga nada que ver con nuestro tema, tienen el gusto donde las avispas la gracia... Ya me entiendes). Apenas alguna reproducción de Dalí, o Picasso, Matisse, Monet, pero elegidas con gusto y sin apabullar el ambiente. Abundan los espacios libres, que buscan la claridad, el serenamiento del espíritu... Probablemen-te como contraste a la luz escasa y opresiva del club.
La habitación tiene una ventana que va a dar a un hermoso patio interior con mucha luz y muchos tiestos. En eso hemos mejorado también. Es un espacio levemente trapezoidal. Duermo en una cama amplia de edredón blanco y cabecero coordinado con el resto de la ebanistería de la habitación. Esta noche me han puesto sábanas rosa palo. (Me han dicho que las cambian cada cuatro o cinco días). El colchón es firme y cómodo, como he comprobado. Frente a la cama, justo a la derecha de la puerta según entro, tengo un armario de madera clara, creo que de cerezo, con tres cuerpos. El interior de unas de las puertas esta cubierto por un gran espejo. Me ha parecido imposible que pueda llenar todo ese espacio con mis pertenencias, aunque hayan aumentado en las últimas horas. En la amplia pared de la izquierda, un pequeño tocador con cinco cajones, a juego con el armario y con un espejo biselado estrecho, pero suficiente. Al lado de esta pequeña coqueta se sitúa la ventana cuyo marco es de madera de pino. La pared de enfrente a ésta, tiene un cuadro, creo que es una reproducción de un acuarelista inglés: representa un paisaje marino oscuro, pero plácido. Bajo el cuadrito han situado una mesa escritorio, donde ahora me hallo. Junto a la cama, una mesilla con dos cajones. En definitiva, una estancia confortable y suficientemente amplia para mí. El lugar de reposo del guerrero (de la mercenaria del amor).
El cuarto de baño lo tengo dos puertas más allá. Es decir, no al lado, para que no moleste, pero muy cercano. Existen otros tres cuartos de baño. Lo que está muy bien, con tanta mujer en la casa…Suerte que no tenemos que madrugar para ir corriendo al trabajo…
Cuando he llegado, me han dicho que sólo me preocupe de lo que me tengo que preocupar. Del resto nada de nada... Aquí estoy para reponerme del trabajo, exclusivamente. Mi única preocupación es ofrecerme siempre dispuesta, descansada, joven, divertida: nueva y fresca cada noche, por decirlo de forma gráfica, a cada uno de los clientes que vaya a desahogarse conmigo. O a lo que sea que van los hombres a estos sitios. O sea, que me olvide de limpiezas, compras, comidas, lavadoras, planchas, y demás actividades del hogar para las que me has estado preparan-do todos estos años con tanta dedicación, con tanto esfuerzo.

Me doy asco, es la única verdad de la que estoy segura. Mi consuelo es pensar, que falta menos para el catorce de julio de mil novecientos ochenta y nueve, y a partir de esa fecha, no tendré que contar con un trabajo de estas características para poder sobrevivir, o al menos me lo podré plantear. Porque, al menos, espero contar con el suficiente dinero. Es lo único que me alivia.

Vale de tanto rollo. A lo que iba, mamá, te tengo que seguir con-tando lo que pasó cuando acudí a la cita ¿Te interesa? En el fondo, creo que sí.

...Gracias al metro, llegué a la dirección que me habían facilitado sin gastarme mucho dinero. Se trata de una zona distinguida de Madrid. No me hizo falta nada más que salir de la boca del metro para darme cuenta del detalle. Una zona lo suficientemente tranquila y pacífica, como hasta ella sólo lleguen o sus habitantes, o los caballeros que vengan al club. Tal y como me indicaron por teléfono, cuando salí del metro, me dirigí a una calle que salía a mano izquierda. Una calle estrecha, limpia y tranquila. No daba el aspecto de dejadez, suciedad y abandono de las que vi por el centro. En el exterior no vi las huellas que se suelen observar por el centro, las huellas de la marginación, la delincuencia, la droga, la destrucción, la antesala de la muerte. Observé un anuncio luminoso sobre una puerta estrecha y negra: Jazmín.
Lo que me imaginaba. Por si en mi subconsciente había quedado alguna duda pueril o utópica, que no había quedado, claro.
Un temblor recorrió mi espalda. Uno más. Sentí un lejano grito desde mi interior que me decía que todavía estaba a tiempo, que me podía largar. Solo tenía que dar media vuelta. Estuve a punto de girar los ciento ochenta grados. Fue mi última oportunidad. Pero la rechacé. No lo hice. Algo más poderoso, me retuvo allí.

(No me importa ser machacona, mamá. Fue el odio que os tengo a ti, al abuelo y a papá. Os haré mucho daño. Además, la huida de Joaquín ha sido demoledora para mí. Ya no me importa el daño que me pueda hacer a mí misma. Todos me habéis arrojado de vuestra vida. Me habéis demostrado que soy un trasto que os estorba. Total, ya estoy hundida para siempre. He descubierto que la vida es una sucesión de engaños y aprovechamientos. Ahora, me toca a mí).

Llamé al timbre de la puerta. Un hombre algo mayor, con aspecto de camarero aburrido y cansado, me escrutó de arriba abajo, y de abajo arriba, e inquirió los motivos por los que estaba allí. A pesar de los años que aparentaba, descubrí el deseo revoloteando en sus pupilas, una mirada que se parecía mucho a algunas que me lanzaba Joaquín. Le indiqué, creo que con seguridad y calma, a pesar de que los nervios, que tenía una cita. Me franqueó, caballerosamente, el paso, seguro que contempló bien mi espalda…, y lo que no es mi espalda. Todo, sin que el cigarrillo que fumaba fuera desalojado de la comisura de sus finos y cuarteados labios que enmarcaba una cara, casi triangular y acartonada, de color ligeramente cerúleo. Me di cuenta de que no iba vestida para la ocasión. Mi cabeza no llegó a tanto. Iba, como decirlo, acaso demasiado sencilla y normal. Casi discreta.
Lo primero que vi de aquel local, cuando mi vista se acostumbró a la baja intensidad de la luz, fue un espacio cuadrado muy amplio. Sus paredes mostraban acuarelas, pasteles y aguafuertes de motivos eróticos y pornográficos. A aquellas horas, las luces que nos alumbraban procedían de unos globos blancos, que durante la noche no funcionan, según he comprobado, por lo que el aspecto de local es extraño. Por un lado, la iluminación blanca aséptica que le aspecto de biblioteca, o farmacia, por otro, las pinturas eróticas. Algo desentonaba. En uno de los fondos, existe un pequeño escenario con una puerta disimulada por unas cortinas de terciopelo rojo, rodeadas en el centro con un ancho cordón dorado. Bajo tal proscenio, cuatro peldaños más abajo, se forma un pasillo que parte el local en dos zonas simétricas, ambas flanqueadas por sofás y sillas, de aspecto cómodo y resistente, casi acogedor. Este espacio estrecho, enmoquetado en azul marino, desemboca en otra pequeña escalinata con otros cuatro peldaños, por los que se accede a otro escenario, un poco más hondo que el anterior, cubierto de cortinas, en este caso, de tono verde musgo, y también rodeadas por el mismo tipo de cordón dorado. Es decir, una pequeña pasarela con dos escenarios, uno en cada uno de sus extremos. No fue complicado imaginarse su destino. Supuse que, desde luego, no sería la decoración del local.
No fui la primera en llegar. Cuando entré, había otras dos chicas, una sudamericana y otra de aspecto no sé si centroeuropeo o eslavo. Durante unos minutos, que se me hicieron eternos, un denso silencio ocupaba el lugar, parecía que nos quería ahogar, era un silencio con premonición de sentencia dictada por un juez severo. Ninguna de las tres nos mirábamos... Al poco, del escenario de cortinas grana, surgió una mujer sonriente. Supuse que era la persona con quien había concertado la cita, y ante quien debía pasar examen.

No sólo nos examinaría, sino que se presentó como la encargada de aquel local. Y, por los ademanes, deduje que su dueña. De alguna forma, nuestra dueña. Nos dijo que se llamaba Madelaine. Era una mujer madura, aunque todavía atractiva, que, sin duda, se cuidaba con esmero. No era alta, ni baja. No estaba gorda, pero no era delgada, entrada en carnes, podría decirse, pero no fofas o fláccidas, sino más bien fuertes, a juzgar por sus brazos desnudos y lo que se apreciaba de pierna tras una atrevida abertura lateral. Parecía ir vestida para una fiesta. Quedó muy sorprendida de que una joven española con tan buen aspecto físico estuviera allí. Supuso, con acierto, que había gato encerrado, pero no indagó nada, al menos delante de las otras dos. Parece que voy a ser un filón para ella, pues, nada más verme (casi despreciando a las otras), exclamó con alborozo:
— Eres como la Venus de Botticelli. Les volverás locos. A ver niña, te tienes que desnudar y caminar por el pasillico.
El tiempo en Madrid no le había eliminado cierto acento maño. Ella se situó en uno de los sofás que está al lado de la pasarela, mientras, encendía un cigarrillo.

(Es increíble como en situaciones límite el ser humano se fija en detalles nimios. Por ejemplo, es la primera vez que me desnudo ante tres desconocidas, pues las otras dos chicas también estaban allí observándolo todo. Aunque bien pudieran ser cuatro personas, por cuanto aquel camarero podría estar por allí contemplando. La sudamericana se sonreía por todo. A la centroeuropea se le veía lánguida y melancólica. Pues bien, me fijé que el cenicero tenía otras cuatros colillas, con lo que supuse que el gran vicio de esta mujer era el tabaco. A los pocos minutos, he descubierto otro. También me fijé en que bajo la abertura de la falda, aparecía un liguero negro).

Nos dijo, que allí, donde estaba ella, se sentaban los clientes, que una parte del trabajo consistía en pasearnos por allí (normalmente con ropa interior muy sexy y altos zapatos de aguja) y ellos, elegían una, o dos chicas. Esto último lo remachó con un guiño que, supongo, pretendió fuese entre cómplice y divertido, pero a mí me asqueó.
De todos modos, ¿qué voy a esperar?, al fin y al cabo se trata de un burdel. Y si me contrataban, que era por lo que estaba allí, yo sería una puta, por tanto es lógico el lenguaje que utiliza. “Más vale que me acos-tumbre”, me dije.
Por un momento, pensé decir que las otras dos chicas habían llegado primero, que yo era la más joven, que no me importaba esperar. Pero acto seguido me dije que daba igual. De todos modos lo iba a hacer. Así que me desvestí, con cierto pudor, pero al final lo hice. Hay que reconocer que Madelaine tuvo paciencia conmigo. Estuvo callada aquellos minutos. Sentía todos los ojos clavados en mi cuerpo. Y notaba que el rubor subía a mi rostro. Al fin me dirigí a la pasarela. Me paseé con más miedo que vergüenza a la vista de estas tres mujeres y probablemente del camarero oculto, durante unos breves minutos que me parecieron años. Debieron de pensar que estaban viendo a un pato mareado. Creí que se me había olvidado andar. El resto de mi cuerpo es como si no existiera. No hice nada con él: ni con los brazos, ni con la cintura, ni con el cuello. Supongo que pensarían que era como un palo. Por fin Madelaine habló.
— Necesitas unas clases, hay que pulirte. Se nota que eres nueva en esto. Estaría por jurar que es la primera vez que te desnudas delante de alguien que no hayan sido mamá o el novio. No te preocupes, en quince días les volverás locos—. Lo volvió a repetir—. Les volverás locos... Primera lección que debes aprender. En este oficio la herramienta de trabajo es tu cuerpo, así que lo has de cuidar y engalanar, pero también lo tienes que saber vender. Sé consciente de que tienes un cuerpo precioso. Por cierto, Venus, así te llamarás desde ahora, no quiero saber nada de ti, y menos que nada tu edad. A cambio de mi discreción, tú te comportarás como es debido y no armarás ningún jaleo. Para cualquiera que te pregunte has cumplido diecinueve años, casi podrías decir que veinte. Pero da más morbo diecinueve. Y si te preguntan por tu nombre verdadero no se lo digas y si se lo dices inventa uno. Yo que sé, Elena García, por ejemplo, el que quieras. A cambio, si tú te portas bien no sucederá nada de nada...— Se sonrió felinamente, mientras me taladraba con la mirada—. Tengo mis contactos en el Ministerio del Interior. Unos contactos que conocerás muy pronto, por cierto… Bueno. ya me entiendes.
Lo cierto es que entender, lo que se dice entender, pues no, al fin, como quien dice, acababa de cruzar el umbral de la puerta de este mundo, y no tengo ni idea de cómo funciona; pero lo intuía, claro. Arrugó el en-trecejo ante el montón de ropa apilado en el suelo.
— No andas bien de vestuario, y supongo que de dinero. Si no, no estarías aquí. Espero que no seas drogadicta, al menos heroinómana. Lo cierto es que no tienes aspecto de ello. Si te gusta la coca no me importa mucho, incluso si quieres alguna rayita… Bueno, a lo que iba, luego me acompañarás. Ahora ven a sentarte a mi vera, Venus. Se entiende que te contrato..., bueno si aceptas las condiciones que os voy a explicar.
“Sí que ha sido fácil”, pensé, y no pude evitar otra idea cruel, “Por lo menos no me ha mirado la dentadura, como a los caballos”. A mi pesar sonreía, mientras recogía la ropa y me acercaba hasta aquel lugar. He de confesarte que me entretuve lo que pude para que me pudiese ver más de cerca. Continuó hablando como si tal cosa.
— Estas son las condiciones. Es que soy un poco lanzada. De paso vosotras también prestad atención, así no lo tengo que volver a repetir —. Se levantó para que la oyeran mejor. Aunque pudo ser para verme más cerca, pues yo seguía en la pasarela —. Se trabaja seis noches a la semana, desde las diez de la noche hasta las cinco o las seis de la madrugada. Se libra un día y medio seguido, siempre el mismo de la semana para cada una, salvo los fines de semana o vísperas de festivos. Del sueldo se descuentan cuarenta y cinco mil pesetas (1) al mes en concepto de alojamiento, comida y médico. El sueldo es un fijo de ochenta y cinco mil(2) al mes, más el cincuenta por ciento de cada servicio. El servicio normal es de veinticinco mil (3) pesetas. Aunque hay mucha variedad. Ya os enteraréis bien. El vestuario corre por vuestra cuenta, aunque yo lo revisaré personalmente. Os advierto, además, que las propinas forman parte del ingreso total, por lo que, si las hay, tendrán que entregármelas a mí los clientes, y no a ti. Lo que pasa es que tienen un tratamiento especial. De las propinas os lleváis el cincuenta por ciento. Como veréis este local, en realidad es un edificio de dos plantas. Por la puerta del fondo, la de las cortinas rojas se sube a las habitaciones en el piso de arriba. Y en aquella puerta — y me señaló con el dedo a una puerta que estaba a mano derecha según se entraba y que yo no había visto aún —, está un bar... Lo del bar no está autorizado, por tanto, aunque es un buen dinero, del que os corresponde dos copas por noche y el treinta por ciento, en función de las consumiciones que generéis, una vez descontadas las copas que consumáis por vuestra cuenta, claro, no debéis abusar de él, salvo algún día en concreto. Eso también lo iréis descubriendo. El restante porcentaje del bar es para los que le llevan: el caballero que os ha abierto la puerta, su hija, y la casa. ¿Lo habéis entendido?
Tantos números seguidos me mareaban. Pero los fundamentales habían quedado claros. Libres de todo, eran cuarenta mil pesetas fijas al mes, el cincuenta por ciento de cada polvo y el treinta por ciento de las bebidas que consumieran mis clientes en el bar, más dos copas cada noche. Si había propinas, de cada una el cincuenta. Puede que sea mucho o puede que sea poco, no lo sé. Nunca antes he tenido tanto dinero junto a mi disposición.

(Si se me da regular, querida mamá, pronto tendré más dinero del que nunca te has podido imaginar).
Después, las otras dos chicas hicieron lo mismo que yo. Primero la chica centro europea que hizo las cosas de muy mala gana y luego Sole que bailó con alegría y jolgorio. Y eso que no había música que sonara por ningún lado. Supongo que por ser sudamericana y mulata llevaba el ritmo y la música en el cuerpo.
A la chica centroeuropea la despidió con buenas palabras.
— Demasiada poca carne, y menos espíritu aún.
Musitó a mi oído pellizcándome suavemente el muslo derecho, mientras una mirada lasciva recorría mis pechos, todavía desnudos. En realidad sólo me había puesto las bragas. Al instante me arrepentí de tal audacia…Pero no tenía remedio.
La chica sudamericana, Sole, también se ha quedado en el club. A ella le ha puesto como nombre artístico Belinda, y ha dicho para justificar tal elección, “Tu risa suena como una campanilla. Y Belinda me suena a campanas”. Me gustó la idea. A parte de sus vicios, reconozco que tiene cierta sensibilidad. Tal nombre le ha hecho gracia y nos ha llenado el local con su risa cantarina, como rindiendo homenaje a Madelaine, y el constante vaivén de su enorme pecho negro, coronado por los pezones más oscuros todavía. Mientras Sole se reía, Madelaine me susurró al oído.
— Necesito un punto de exotismo. Si supieras lo que los hombres quieren... En fin, no te preocupes, que en menos que canta un gallo, si eres aplicada y pones un poco de imaginación, te haces con todas. Que conste que esta maña casi nunca falla.
A pesar de las advertencias que me había hecho sobre mi silencio, la he querido contar a Madelaine mi problema, sobre todo, porque necesito durante unos meses cambiar mi aspecto para conseguir llegar a la mayoría de edad. Le he explicado que este es mi único delito y con dieciocho años se acabaría el problema.

— Ay, Venus, hija — y me acariciaba mi melena —, con lo que me gusta este pelo negro... En fin —suspiró—, habrá que cortártelo mañana y teñírtelo de rubio, aunque con lo oscuro que lo tienes será necesario algún tiempo, en fin ya veremos—, subrayó—. Lo mismo, además, tenemos que ir a una óptica y comprarte unas lentillas de esas para cambiar el color de los ojos. De todas maneras, si en alguna ocasión vieras a alguien que te pudiera comprometer, antes de salir a la pasarela me lo dices y mientras no se ocupe con otra chica o se largue del club, pues no sales y en paz... Les vas a volver locos, Venus, hija, con este cuerpo que Dios te ha dado, y encima españolita, y sin malos rollos de droga, o enfermedades, con esa pinta de sana que tienes. Por cierto, lo de la edad no lo comentes con más personas. Hazte a la idea de que tienes diecinueve años.
Me acariciaba con la mirada. El vómito parecía acceder a mi boca desde el estómago, pero supe contenerme a tiempo. Disimulaba. Creo que, además de los clientes, tendré frecuentes trabajos extras y gratuitos con Madelaine.

(¿Qué te parece mamá? No te has muerto todavía. Espero que no. Espero y anhelo que te bebas hasta la última gota de todo el vaso, y creo que es bastante lo que te queda. Esta veneno lo has de tragar).

Esta es mi caída definitiva. Espero que este año, un poco menos, se pase rápido, y luego comenzar una nueva vida... (Eso sí, lo primero que haré en cuanto salga de Jazmín el próximo mes de julio será mandarte este cuaderno, querida mamá por correo urgente, certificado y con acuse de recibo, para entonces no importará que sepas mi dirección).

Empiezo a sentirme peor que un gusano, pero con el “cariño” que me tiene Madelaine estaré bien colocada en el local, suponiendo que no tenga caprichos del mismo género con las otras chicas, lo cual no es muy descabellado observando cómo sus manos se acercaban deseosas a mis mejillas..
Le he dicho dónde tenía el equipaje y que debía unas noches a la dueña de la pensión. he exagerado un poco el número de noches que debía. Se trata de ganar dinero, así que he procurado empezar temprano.
— No te preocupes, después de comer y de llevarte a comprar el nuevo vestuario, por cierto, por ser el primero correrá a cuenta de la casa, pero no se lo digas a nadie, vamos a la pensión, pagas, te despides, le cuentas que te vuelves a casa, y en paz. Si te he visto no me acuerdo.
No se pudo contener por más tiempo. Me ha besado en la boca. No ha sido un roce casual de labios, ni nada de eso, ha sido un enorme beso de tornillo. Un beso lleno de pasión y sabiduría. Un beso que ha re-corrido cada centímetro de mi boca sorprendida y aturdida. Un beso caliente y húmedo. Un beso largo y profundo. Un beso repugnante.
Creo que voy demasiado deprisa. Mejor dicho, creo que me llevan demasiado deprisa. Hace apenas seis semanas que he tenido mi primera experiencia sexual y resulta que ya puedo agregar a currículum vital relaciones sáficas, sin que yo sea lesbiana o algo parecida. Ni siquiera me imagino ser bisexual. Lo cierto es que me ha dado bastante asco, pero qué iba a hacer.  ¿Largarme? ¿Volver a casa...? ¿Robar...?

Belinda se reía tontamente, con una risa blanda, como por compromiso. Nos ha contado que tiene experiencia en el mundo de la prostitución, pero que las relaciones con otras chicas, siempre le ponen nerviosa. Sobre todo, cuando es espectadora. Creo que Madelaine ha estado por decir que se uniera a nosotros, pero me ha mirado y de algún modo, he transparentado el asco interno que aumentaba, tanto, que he estado a punto de no poder contener el vómito que me rondaba desde hacía unos instantes. Ya era demasiado tarde para retroceder...
Me he vuelto a jurar que con dieciocho años me despediré de aquel lugar. Aprovecharé para ahorrar. Sí, ahorraré para no tener problemas.

Después me ha acompañado a unos grandes almacenes. Antes ha despedido a Sole montándola en un taxi al que indicó la dirección donde ahora estamos. Previamente, creo, ha llamado por teléfono a esta casa y ha dado las instrucciones precisas...
— Tú, Belinda, como tienes experiencia, empiezas esta misma noche. Cuando llegues al piso, te organizas con Reme. Ella te explicará lo demás.
Nosotras hemos pedido otro taxi. Hemos pasado la mañana de comercio en comercio. No solo en grandes almacenes, sino en boutiques, tiendas especializadas en lencería, en fin, todo tipo establecimiento que tuvieran que ver con la moda femenina, sobre todo, la más sofisticada y atrevida. Donde había un modelo nuevo por estrenar que alguien en su sano juicio no se pondría por lo inmoral, salvo en íntimos momentos con tu pareja, allí estaba yo para probármelo. Nos dio tiempo, incluso, a entrar en alguna que otra perfumería.
Cada vez que me metía en un probador, acababa dentro conmigo para acariciarme, como accidentalmente. Pero, sobre todo, para comerme con ojos de lujuria y lascivia. En un momento determinado, ha debido percatarse de mi grima, de la repulsa que me daba, porque me ha dicho, eso sí, sin dejarme de tocar como casualmente y midiéndome cada centímetro de piel, conocedora de que tenía el poder sobre mí, pero con la suficiente paciencia para esperar a que la fruta esté madura.
— Querida niña, no te preocupes. Madelaine te quiere. Nadie te amará como yo. Te haré volar de placer. No te preocupes. Ya sé que ahora te repugna, pero acabará gustándote. Te lo garantizo. No sé si lo sabes, pero todos los seres humanos, en el fondo tienen tendencias bisexuales. Pronto estarás harta de la torpeza de tantos machos brutos y zafios, aunque tengan mucho dinero; buscarás, como compensación y alivio, las suaves manos de tu mami, de Madelaine.
Estuve por decirle que ojalá el cielo no lo permitiera, que los hombres me atraían, mientras que las mujeres me repelían sexualmente, pero me contuve. No tenía sentido, además podía ser contraproducente.

Para ser un regalo de la casa he de reconocer que mi vestuario ha aumentado considerablemente, y no sólo en cantidad, sino, sobre todo, en calidad y atrevimiento. Minifaldas cortísimas y ajustadísimas. Blusas esco-tadísimas. Largas faldas vaporosas repletas de aberturas casi hasta la cintura. Trajes de noche llenos de brocados, transparencias y profundos escotes, ajustados a mi piel. Un par de trajes de chaqueta por si, alguna vez, me contrata algún ejecutivo para acompañarle a algún sitio especial: cena de negocios, teatro, en fin esas cosas. De eso no nos había hablado en el club, porque, según me dijo, “Es algo muy raro para nuestro club, pero me huelo que en tu caso no será descabellado”. También me compró lencería fina, de encaje, con trasparencias, con brillos de satén, medias, y hasta ligueros, prenda que en ninguna ocasión me había puesto. Creo que en casa había alguno de mamá, pero no estoy segura. Se ha gastado una pasta. Fijo. Lo malo es que para salir a la calle no debo vestirme así, porque pueden detenerme por escándalo público. Debo comprarme algo cuanto antes, sobre todo de cara al otoño y al invierno, o no podré salir de la calle.

Acto seguido me ha llevado a comer. Una comida que no sabía que pudiera existir, y que soy incapaz de nombrar o de escribir. Del francés sólo sé que existe. Entramos en un restaurante presidido por conversaciones sostenidas casi en murmullo y arropadas por un suave hilo musical por el que se colaban obras de Mozart y Schubert, creo. Los comensales rezumaban elegancia y distinción en sus modales y en sus ropa. Para la ocasión estrené el traje de chaqueta rosa palo con los zapatos conjuntados (el otro que compró era de color negro), quizá de un corte demasiado serio y clásico para mi edad, que me hacía mayor de lo que era, e hizo que tras mis pasos se volvieran unas cuantas cabezas (no sólo masculinas). He notado que Madelaine sonreía ufana. Probablemente era la prueba que necesitaba para reafirmar la calidad del fichaje, y justificar un poco la inversión en vestuario que acababa de hacer. Dimos cuenta del exquisito menú servido en vajilla de lujo con esmero por profesionales a tono con ese esplendor.
Después del café he vuelto a la pensión.
Primero, lógicamente, me he vuelto a cambiar de ropa ante la alegría de Madelaine y mi repugnancia. Con buen criterio, Madelaine ha mandado parar el taxi tres manzanas más lejos del hostal y me he acercado hasta allí andando.
He intentado pagar a Isabel las noches que le debía, pero no me lo ha querido cobrar, detalle por supuesto que he agradecido a Isabel y he silenciado a Madelaine, total es una pequeña sisa, la segunda, a cuenta de los besos y miradas que ha robado a mi voluntad. ¿No me había dicho por la mañana que tenía que saber vender bien mi cuerpo? ¿No cobro por que utilicen mi cuerpo...? Pues eso.
Le he dicho a la buena de Isabel que iba a recoger el equipaje, porque como no encontraba nada, volvía a mi casa, en el primer tren que encontrara disponible. Le he dado sinceramente las gracias por su ayuda y discreción. Me ha mirado largamente, intentando adivinar, mediante un intenso y breve buceo en mis ojos. Al fin, tras un encogimiento de hombros, se ha despedido con cordialidad, y me ha advertido.
— Mila, no creo ni una sola palabra. Seguro que si llamo en un par de días a tu casa, no estarás. No me mires así mujer, que no lo haré, te lo prometo. Como creo que sabes lo que haces, adelante, ya eres mayorcita, a pesar de lo que diga el carnet. Eso sí, si crees que te puedo ayudar en algo dímelo, no lo dudes ni un momento, por muy complicada que te parezca la situación. Si puedo ayudarte lo haré. Si se me escapa el problema, por lo menos aquí tienes un refugio y un hombro donde llorar.
Tras una pausa que interpreté como que había finalizado de hablar, cuando me disponía a darle dos besos de despedida, ha continuado. Confirmando mis sospechas no ha creído que me fuera a largar.
—Ten mucho cuidado en esta ciudad, y nunca, nunca, pierdas tu autoestima. Si lo haces, es como si hubieras muerto, por mucho que respires y te muevas. Dará igual. Serás un zombi de los que salen en las películas de terror.
Creo que sólo se refería a la droga. Pero, a lo mejor sospechaba algo. Isabel es bastante más larga de lo que aparenta. Así que le dado dos besos de despedida y me he ido de allí bastante nerviosa e inquieta. Pen-saba confusamente, que para algunas personas, mi interior es un diáfano cristal.
Por fin, en el mismo taxi, hemos llegado hasta este lugar donde escribo. Me ha dicho que hoy descansara, que durmiera todo lo que quisiera. Me ha presentado a Reme y a las otras chicas y me ha mostrado el cuarto.
Tras la cena, he subido hasta aquí, el cansancio, sobre todo la tensión de estos días han desaparecido, aunque creo que me aparecerán otros. He quedado dormida hasta que el ruido de la puerta de la calle me ha desvelado.
También he sentido, antes de levantarme, el taconeo de las chicas, y unas cuantas risas, las de Sole. Parece que se ha integrado muy bien.
O sea, que más o menos, me acostaré un poco antes de amanecer. Eso coincide con lo que ha dicho Madelaine. En otoño e invierno será completamente de noche, por lo que será más fácil conciliar el sueño, pero en primavera y verano... Creo que esto es de locos.
Son las seis de la madrugada. La ciudad parece que despierta. El trasiego del tráfico aumenta. La ciudad honrada se despereza descansada tras la noche de reposo y comienza a producir. La ciudad golfa se echa en la cama, algo borracha y bastante hastiada.

Ahora estoy más relajada, creo que dormiré algo más...
Continuará...
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(1) O sea unos doscientos setenta euros, según el cambio oficial, de peseta a euro. N. del A
(2) Quinientos diez euros, aproximadamente. N. del A.
(3) Ciento cincuenta euros, más o menos. N. del A.
(4) Doscientos cuarenta euros. N.A


10 comentarios:

Amando Carabias María dijo...

Aquí está el principio del primer giro de la historia.
No digáis que no estabáis avisados...
Uf, esta Mila...

emejota dijo...

Ya ves, me tiene en vilo. Pobrecita niña mal educada por una madre poco inteligente. Ya te digo, no existe peor pecado que el de la estupidez. Vamos a ver si la niña es capaz de soslayarlo. Uff, que mala soy.
Un fuerte abrazo extendido.

Isolda dijo...

El avance de Mila, lo veíamos venir. De los lectores lo único que debería preocuparte es si les parece, o no, una buena novela. Lo importante es que esté bien escrita, con todos los aditamentos que uno espera encontrar en una historia: buenos, malos, sexo, venganza, amor, intriga, etc. Eso, en dosis adecuadas se aproxima mucho a la vida real, a veces por encima y otras por debajo.
Todos comentamos lo que leemos, pero no juzgamos comportamientos y si lo hacemos aquí y ahora, será siempre en función de una NOVELA.
Así que fuera prejuicios!
Besos para esta Mila que es casi nuestra.

Flamenco Rojo dijo...

Martes y trece...probablemente Mila se acuerde de este intenso día mientras viva. Los acontecimientos se precipitan vertiginosamente. Ya sé que estamos advertidos…esto se va a poner duro, muy duro.

Abrazos serranos.

catherine dijo...

Es fácil poner toda la culpa en la madre.
Me temo que Mila no entienda que su deuda, porque en la prostitución y en todo tráfico de seres humanos se trata de una deuda inextinguible, empieza ya el primer día con la compra de esta ropa rara.
Me había equivocado con la señora del hostal. Será su única ayuda, por tanto que la red de prostitución lo permita.
Largo capítulo de introducción a un mundo cruel.

Leonel dijo...

Y es por eso que no veo la hora de seguir leyendo, por duro que sea, amigo mío, pocas veces la ficción supera al fantasía, aunque para una chica de diecisiete años sufrir un cambio tan brusco seguramente represente un trauma muy grande.
Puedo decirte que hasta hoy no me he arrepentido siquiera un segundo de haber comenzado a leerla, al contrario, me gustaría poder leerla de un tirón.
Un fuerte abrazo.
Leo

catherine dijo...

Vuelvo porque este capítulo me persigue.
Hablaba de un mundo cruel cuando todo es "lujo, calma y voluptuosidad" (Baudelaire) en esta casa, sin siquiera el cansancio de marujear.
Anticipaba aunque Mila ya tiene que soportar los acosos de Madelaine, ésta sabe que la chica tiene que esconderse y puede ser un modo de ejercer presión sobre ella.
De acuerdo con Isolda, todos sabemos que es una novela, una novela bien documentada y bien imaginada con personajes que parecen verosímiles infortunadamente.
¡Duerma un ratito más! Mila que después empezará el aprendizaje, el amaestramiento.

Ángeles Hernández dijo...

¡Me he quedado alelada con el capítulito!, no porque no lo esperara, que estaba cantado desde ayer, sino por la espléndida ( iba a decir maravillosa) descripción del lugar, de Madeleine, de la situación -con medias palabras y guiños-, de las contradicciones de Mila, de las compras,de la ropa, del desnudo, del restaurante, de la lascivia ( tan delicada y tan, tan desagradable) y el trato de la Madame, de...

Me ha gustado tanto que hoy me quedo aquí: en la alabanza de la literatura y del literato.
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Una enfermedad gangrenosa envuelta en seda y cachemir, enhorabuena Amando hoy no me enrollo con análisis pseudosicológicos.

Un abrazo Á.

Marina Fligueira dijo...

¡Es increible tu imaginación Amando! ¡Que buen rato he pasado leyendo este capítulo! ¡Pero que bien escrita! Es una novela que engancha al lector. Deseo irme a rriba al otro piso. ¡Haber si no me da el sueño. Mila con el veneno en el cuerpo escribiendo a su madre odiosamente, todas sus aventura y desventura, se prepara para una vida nueva pero me imgino, repugnante. Me da, pena.
Un abrazo. Ser felices

Ana J. dijo...

Todo un señor capítulo!
Excelente, vívido, profundo.
Una gozada leerlo y un sufrimiento ver lo que se le echa encima.
Sigo sin aliento.
Un abrazo grande y admirado