Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Fin de trayecto. Segunda parte. Capítulo 23

Miércoles, diecisiete de agosto de 1988.
Noche.

Estoy en Madrid, mi El Dorado particular. Lo único que espero es que no sea un fiasco como lo fue para los conquistadores españoles. He cubierto la primera parte de mi camino. He llegado sola y vacía (mejor vaciada) a la primera meta que me había trazado. Pero he llegado. Es decir, sólo se ha cubierto una parte del plan. No sé si la más importante, pero la que más me apetecía, la de luchar por mi propia vida con Joaquín, esa parte no ha sido posible, y no lo será nunca más. Me da la impresión de que el final con Joaquín ha sido definitivo. Como despedida, un polvo. No está mal.

Al final, no fue tan difícil. Hablé con la dueña de la pensión. Le conté que mi novio se había largado de madrugada, sin avisar y que no podía llegar hasta aquí. En definitiva que necesitaba ayuda.

En cuanto su mirada se fijó en mí, noté que sus ojos oscuros y cansados recobraban un brillo especial. Entonces no supe a qué se debía. Después he deducido que podía ser por la ansiedad, incluso por el miedo, o por una mezcla de ambos, lo que hizo que la adrenalina saliera disparada por sus venas, acabando de chocar contra el iris de sus ojos. También me di cuenta que cada vez que me miraba procuraba huir de mis pupilas. Al final me lancé a la piscina. Noté, nuevamente, una punzada en el estómago. Efectivamente mi intuición había sido certera, una vez más.

Sabía quién era yo. Había visto en el periódico, y me reconoció. Luego dicen que no se lee en este país. Nos quiso dejar pasar la noche (la pela es la pela), pero a esas horas de la mañana estaba dispuesta a llamar a la policía. Quizá en su fuero interno esperaba algún tipo de recompensa, por haber ayudado a resolver un delito. Menos mal que le conté a tiempo mi versión de la historia (mi modo de ver, la realidad de las cosas). Después de habernos inscrito en el libro de registro, ella no había estado en la recepción durante resto de la noche, y parece que tampoco advirtió a quien la sustituyera, por tanto no podía saber que Joaquín se había largado. Cuando comprobó, que estaba completamente sola decidió que me protegería todo lo que fuera posible.
“Todavía queda gente muy buena por el mundo”, pensé.

Le enseñé mi carnet y comprendió que por diez u once meses no iba a impedirme mi aventura, sobre todo, después de que, como dijo ella, “Con perdón, el cabrón de tu novio te haya dejado tirada como una fulana”. Además añadió, “Ya eres mayorcita y sabes lo que haces”. Y también, “Lo que más me alegra de toda esta historia, es que el tal Joaquín no te haya secuestrado. Me dio mucho miedo saber que estabas con un tipo que te tenía engañada. Con la de cosas que pasan ahora, sobre todo con chicas como tú.... Aunque quizá haya sido una suerte que se haya largado. Si no se hubiera ido, tú no me habrías contado nada, y a estas horas la Guardia Civil estaría detrás de vosotros. Y encima yo les habría dado todos los datos...En fin, te llevaré a la capital.”

Coincidió que aquella misma tarde ella tenía que venir a Madrid para hacer unas compras, o algo así, que no podían esperar, a pesar de ser fin de semana. Deduje que precisamente el sábado por la tarde no tendría nada que hacer y trataba de ayudarme sin que me diera cuenta. Quizá algún cargo de conciencia por lo que tenía pensado hacer y al final, gracias a mi mala suerte, no pudo hacer... La vida está llena de paradojas.
Gracias.

Todo aquello me hizo recuperar cierto aprecio en el ser humano. Me dijo que fuera a descansar a la habitación. Que después de comer ella misma me acercaría a Madrid. Por cierto, me devolvió parte del dinero que Joaquín había abonado por la habitación, la cena y el desayuno.
— A cuenta de la casa —. Proclamó con una sonrisa que continuó mi proceso de reconciliación con el mundo.

Cuando llegué a Madrid, un nudo se me hizo en la garganta. Aunque iba protegida por Elena, sabía que en realidad me arrojaban a la jungla más frenética y peligrosa que existe. Una jungla en la que únicamente caben dos posiciones: depredas o te depredan. O esa impresión tengo.
Ha concluido la primera parte de mi aventura. Ahora llega lo peor. La parte decisiva de la partida. Es necesaria la calma, la tenacidad, la paciencia y la imaginación.

Si comparo mi situación con una partida de ajedrez, ésta es bastante desesperada. Juego con negras. A pesar de una salida brillante, sólo en apariencia, se ha demostrado que ha sido una apertura muy mala: he perdido posiciones. He sacrificado piezas claves y muy valiosas. Las blancas (mi madre y mi abuelo) juegan, a pesar de su conservadurismo, con la ventaja del poderío de sus piezas y una posición muy fuerte. Aunque no tanto como parece. No han arriesgado prácticamente nada y están inmejorablemente situados en el tablero. Un juego muy sólido, en definitiva. Probablemente sólo tengo tres salidas: una ruptura del juego adversario con mi dama por el centro del tablero que divida en dos bloques a sus piezas, lo que implicará, a la larga (probablemente también a la corta), una derrota honrosa (a riesgo de mí misma, sin duda); o alargar el juego con falsos movimientos de distracción o de dilación mientras me rearmo defensivamente y conseguir unas tablas lo más beneficiosas posibles para mi desesperada situación; o tablas por ahogamiento, porque estoy dispuesta a todo. De todas maneras, es necesario analizar hasta el detalle cada posibilidad. A pesar, de que, para más contrariedades, el reloj de esta partida corre en mi contra.

Elena, la dueña de la pensión, mi primer ángel salvador, me acompañó no sólo hasta Madrid, sino que me dejó a la puerta de otra pensión que ella conocía, casi en el centro de Madrid. Un lugar fantásticamente bien ubicado. Siguiendo con la comparación del ajedrez, me he enrocado. Este simple movimiento, puede ser decisivo, no para mi victoria, pero al menos, la suya queda muy en el aire también.
Habló con la dueña y aquí estoy. Es más, y esto me emocionó tanto, que no pude por menos de abrazarme a ella y llorar como una chiquilla, me dejó pagada la pensión completa de una semana, nada menos, incluyendo una comida al día. Entre hipidos le sonreí y llegué a decirle “Vaya negocio que has hecho conmigo. Como tengas muchos clientes iguales, te arruinas.”
Creo que los llantos de aquel sábado fueron importantes. Me evitaron caer en la desesperación y me impidieron cometer una locura.

O sea, querido diario, tengo una semana más por delante para preocuparme solo de encontrar trabajo (nada menos), sin tener los agobios del dinero para pagar el alojamiento y la comida.
Incluso, dispongo de las malditas quince mil pesetas que me dejó el cabrón de Joaquín, más las tres mil que me devolvió Elena. Si lo administro medio bien, calculo que, contando esta semana, dispongo entre diecisiete y veinte días. No sé si será mucho o poco. Sólo deseo que sea suficiente.

De todas maneras no será fácil. Ya he tentado dos o tres ofertas y en todas piden referencias. Cuando les digo mi edad, me solicitan el permiso familiar. Una de las personas a las que he acudido me ha reconocido como la menor fugada. Me ha dicho que no tenía ganas de jaleo. Incluso llegó a decir que si no iba a la policía con el cuento era porque al fin y al cabo no quería historias. De todas maneras me advirtió.
— Ten cuidado, niña. Esta ciudad es muy dura. Me imagino que si te has largado de tu casa será por algo, y no quiero meterme en tus cosas. Pero yo que tú, y tal y como se han puesto las cosas, lo dejaría. Es casi imposible que nadie te contrate legalmente. Y tal como está el INEM con las denuncias y estos líos, dudo que encuentres nada de nada. Salvo cosas muy raras de las que debes huir, o estás perdida, para siempre.

Madrid se me echa encima, como un monstruo que, a medida que pasan los días, crece y me envuelve en una sustancia viscosa, pestilente, cenagosa. Es como esos dragones de cuento de hada que repugnan, asustan, pero atraen inexorablemente a la protagonista que, no podía ser de otra manera, termina entre sus garras... Espero que mi príncipe, aunque ahora mismo esté escondido y no lo conozca, pueda rescatarme.
¿Existen los príncipes? Y si existen, ¿podré encontrarlo en esta jungla de cemento?

Mis ojos se tienen que acostumbrar a este enjambre de torres y rascacielos que alejan el cielo de mi vista. La velocidad del tráfico me hace dudar. Creo que cada persona que mire mi indecisión al cruzar las calles comprenderá que soy nueva en esta urbe. No distingo a los pájaros, ni los oigo. La brisa no arrulla las hojas de los árboles que se levantan, diríase que son vigías de antiguos tiempos disecados por un taxidermista. A pesar de lo luminoso de los días, el color que más se me muestra a mis ojos es el gris y el ocre grisáceo y sucio de la contaminación. Lo único coincidente con mi añorada Euritmia es el calor denso y reseco que se filtra por cada poro de mi piel y me la deja como lengua de cuero.

Isabel, la dueña del establecimiento, me trata con deferencia. Lógicamente Elena le contó la situación, sin engañarle, aunque evitó entrar en demasiados detalles, lo que es de agradecer. Ya me ha advertido que sería bueno que no me retrasara mucho en volver por las noches, pues reconoce que la pensión está situada en una zona un poco complicada de Madrid. No es que exista mucho peligro, pero no es menos cierto que la droga causa más de un problema por los alrededores y yo, según ella, soy una buena candidata para entrar en ese mundo si no soy capaz de decir que no...
— ¿Sabes? La mejor manera de decir que no, es no poder decir que sí, y para los que venís de fuera, es muy difícil, sobre todo si la situación en la que estáis es tan complicada y delicada como la tuya.

Eso de ser de fuera es algo que se debe llevar en la cara durante un par de semanas o tres, por lo menos.

En estos días la gente mayor está muy sensibilizada con el tema de la droga por todo lo que ocurre en Barcelona. Incluso los políticos debaten sobre lo que tienen que hacer para evitar tantos muertos. Según se dice en la calle, efectivamente algún listo se está aprovechando de los yonquis y les está metiendo mierda por un tubo, y encima, como decía uno a otro:
— Tronco, te cobran un huevo por un jaco, que es menos que un pollino.

Anoche, antes de regresar a mi madriguera relativamente acogedora, me aventuré por entre las estrechas y oscuras callejuelas que circundan la pensión y vi que Isabel tenía razón. Había un ambiente raro. Me sentí mirada por todos y por todas.
Por un lado, y junto a las escaleras que desembocan a una pequeña plazoleta trapezoidal, un grupo de chicos y chicas, más o menos de mi edad, andaban bebiendo en botellas grandes de cerveza, y se pasaban un porro. Recostada en la jamba de un portal, desvencijado y oscuro como un ataúd, una chica enseñaba prácticamente todo el muslo derecho cubierto con media negra de redecilla, más allá de lo atrevido. No muy lejos, pululaban dos o tres chicos con pinta de querer hablar con ella. Un poco más abajo, de un local oscuro y ruidoso, entraban y salían multitud de chavales con vasos de plástico blanco en la mano, supongo que llenos de licor. Un par de manzanas más arriba un coche patrulla de la poli observaba. No me quise acercar, por si acaso, pero supongo que salvo escándalo monumental, no intervendrían ni una sola vez.

Ante la presencia de la pasma me he asustado, y he dado media vuelta. No se trata, precisamente de meterme en la boca del lobo. Estaba en estos pensamientos, un tanto azorada, cuando he sentido el chistar de algún tipo que seguro que me ha tomado por una putilla de las que están por la zona. Por supuesto, no he vuelto la cabeza. He acelerado aún más el paso, aunque sin correr, para evitar males mayores. Oía el apresuramiento de los latidos de mi corazón, y me parecieron de tal magnitud sus redobles, que me han hecho pensar, incluso, que pasos veloces y amenazadores me seguían.

Esta ciudad puede ser hermosa, casi seguro que lo es. Incluso puede ser la mejor para encontrar salidas a personas jóvenes y con cierta ambición, y creo que yo me puedo colocar en ese grupo. Pero también creo que es la más peligrosa. Creo, en fin, que es el cementerio más grande que existe, o al menos que yo conozco.

Continuará...

4 comentarios:

Leonel dijo...

Llegar a Madrid, ha sido como alcanzar una quimera para Mila, con una buena dosis de buena suerte por la ayuda recibida y tanto de audacia en su modo de proseguir sola, aunque testaruda como es, se ha tenido que ir donde le advirtieron que no debía ir, pero como se dice, nadie escarmienta por cabeza ajena.
Encuentro estrepitoso el paralelo con la partida de ajedrez, soy un jugador de ajedrez empedernido y encuentro ese párrafo óptimamente logrado.
Un abrazo.
Leo

Flamenco Rojo dijo...

Aunque Leo se me ha adelantado en el comentario, la comparación con la partida de ajedrez es magistral…Empieza las peripecias de Mila en la capital del reino, miedo me da.

Abrazo fuerte.

catherine dijo...

Sí, muy buena la partida de ajedrez con la familia aunque no juega yo.
Miedo me da este barrio, será difícil encontrar un trabajo siendo menor de edad y buscada por la policía. ¿De quien fiarse? sospecho hasta de las mujeres tan amables de las pensiones.

Ángeles Hernández dijo...

Espero que Elena e Isabel sean de verdad buena gente que quieran ayudar, aunque el barrio y la dificultad para encontrar trabajo me hacen temer lo peor: que busque dinero de la manera más sencilla para una joven bella, en un lugar donde no pidan documentación.

Comparto con los otros comentaristas las felicitaciones por el símil ajedrecístico: me encanta, pero me sorprende que en ningún momento Mila se plantee un Jaque Mate.

Otro abrazo por hoy Á.