Cómplices

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Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Fin de trayecto. Segunda parte. Capítulo 20

Martes, nueve de agosto de 1988.
Madrugada.

Estamos llegando a Madrid. Se adivina el hongo de la contaminación a lo lejos. Como un gigantesco y opresivo paraguas gris plomizo que lo envuelve. O lo asfixia, habría que decir. Lo más probable es que retardemos nuestra entrada en la urbe, pues creo que Joaquín aprovechará para conocer los alrededores. Casi tenía convencido a Joaquín. Lo veía maduro para exponerle la siguiente fase de mi plan...

Para mí se ha convertido en un problema, un problema que he de manejar con mucho tacto. Hasta esta noche me daba igual, incluso era una perspectiva agradable, que conociéramos algunos de los hermosos pueblos y ciudades que lo circundan. Sentir el pulso lento del estío en el interior, en los lugares conocidos por la televisión o por las clases de historia: Alcalá de Henares, Aranjuez, Toledo, El Escorial, incluso Ávila o Segovia..., pero las cosas se precipitan y no sé qué será mejor. En realidad, no sé si lanzarme de cabeza al vacío y contarle todo. O quizá eso sea precipitarme.
Al fin y al cabo, cuento con nueve días de ventaja, todavía.

Querido diario, estoy temblando. Me siento todavía tiritar por el pavor. Es tanta mi desazón, que, incluso, me arriesgo a tener prendida la luz y despertar a Joaquín. Después de hacerme el amor, Joaquín acaba de dormirse. Es la primera vez que no he tenido ganas, pero con tal de que se durmiera pronto, ni he rechistado. Si te soy sincera, mamá, a pesar de que has arruinado todos mis planes con tu entrada en escena, a pesar de mi inapetencia, me he relajado. Incluso he pensado que me vendría bien para aclarar las ideas.
Aunque, una vez sentada ante esta mesa de madera robusta, casi negra, siento la agitación violenta en mi interior que me ha sacudido esta noche. No sé como evito ponerme a gritar, o a golpear la mesa, o a llorar. Y todo eso, sin que el bueno de Joaquín, de momento, se entere de nada. No se lo quiero contar todavía, porque no estoy segura de su reacción. Miedo por todas partes.
¡Basta de maquillaje, Mila!
En realidad, todo lo que he dicho son excusas. En el fondo, estoy convencida de que en cuanto se lo diga es capaz de llevarme a casa de mis padres para que les explique las cosas. O, todavía peor, me dejará en la estacada. Noto que, aunque está más cerca que nunca, no se siente ligado definitivamente a mí. Todavía no he estrechado suficientemente la lazada. Siento que me falta el tiempo. Quizá una semana más. Pero no lo puedo hacer, pues si voy demasiado deprisa se puede dar cuenta, con lo que se iría igualmente.
(¿Por qué no te habrás estado quietecita?)

El miedo tiene nombre y apellidos. No sé si seré capaz de contar todo cómo ha sucedido. No por nada especial, sino porque tenga la paciencia de conservar el orden de las cosas. Al fin y al cabo, todavía no me siento especialmente amenazada. Lo único es que no cuento con mucho más tiempo. Pero este contratiempo hace que mis pensamientos barboten confusos en plena ebullición.

Han descubierto la escapada. Esta es la verdad objetiva y contundente. Si soy objetiva, debería estar medio satisfecha, pues estamos a nueve de agosto, y yo contaba con que el cinco o el seis lo supieras. Acaso es que he estado muy lenta. O, más bien, que en pura lógica, ni quince días hubieran bastado para que Joaquín se lance a un cambio tan brusco en su vida. Era un juego tan arriesgado, que no podía salir bien. Y no ha salido.

He llamado esta noche al chalet de Asturias. Se ha puesto la madre de Laura. Como debí de suponer desde el primer momento, Laura le había contado lo de mis llamadas nocturnas para saber si mi madre había llamado. Cuando oí que era la madre de mi amiga, quise ser educada, saludar y todas esas cosas antes de preguntar por su hija.

— Mila, no te esfuerces en ser amable —. Me disparó, más que me habló, con un tono de voz frío e incluso descortés, diría yo. Casi no hubiera hecho falta que continuara —. Ha llamado tu madre esta mediodía. Y se ha montado el número. No sé cómo te arriesgas a estas cosas sabiendo cómo son en tu casa. Pero allá tú. No eres mi hija, por tanto no debo decirte nada. Además supongo que sabrás por qué haces estas memeces... Has de saber que le he contado a tu madre lo que tú me habías dicho cuando me llamaste antes de irnos de vacaciones. No sé si será verdad o no. Tampoco lo quiero saber. Pero aquí, por favor, no vuelvas a llamar. No quiero más líos con tu madre. Lo siento...
Un sudor congelado descendía, casi a borbotones, por la espalda. Sentí un vahído. Me sobrepuse ligeramente y continué hablando, más que nada porque temí que colgara y si lo hacía, comprendí que no iba a volver a marcar aquel número. Necesitaba saber los términos exactos de la conversación. Era fundamental para mí. Mi voz era un delgado hilo endeble, o eso me pareció cuando me escuché.
— Mire, más lo siento yo, porque en esta historia soy la gran perjudicada. Pero también lo siento, aunque no me crea, porque usted se ha portado conmigo muy bien. Se lo digo completamente en serio. Usted ha sido la primera persona adulta que se ha interesado por mí. Y, encima, le he fallado. Si no es mucho pedir, me gustaría saber qué ha dicho mi madre, aunque no sea agradable para usted, lo necesito, y no sabe cuánto. No sé si le parecerá una exageración, pero para mí es de vital importancia.
Noté un silencio tenso al otro lado del teléfono. Supongo que estaría evaluando qué era lo mejor dada la situación, si contarme algo o nada, simplemente colgar. Al fin y al cabo, una mocosa de diecisiete años había conseguido alterar la paz de unas merecidas vacaciones familiares y causar unos cuantos quebraderos de cabeza a unas personas que nada tenían que ver con la historia. Si pensaba todo eso, seguro que colgaría. Pero, una vez más, la madre de Laura me ha demostrado que es una persona en la que se puede confiar, porque, al menos escucha, e intenta ponerse en la situación de su interlocutor.
— Tu madre me ha acusado de ser encubridora de no sé qué.
Un temblor escalofriante me recorría. Cuando mi madre se siente atacada (y el engaño es el mayor ataque que puede recibir), es muy peligrosa. Me imaginé que había sido impertinente y grosera a conciencia. Continuó.
— Como comprenderás, no estoy dispuesta a aguantar insultos de ese tipo, así que, después de las impertinencias de tu madre, y tras decirle que aprendiera educación, le he contado lo que ocurrió, lo que me dijiste. Le he dicho que las demás cosas vuestras os las apañéis entre vosotras. Lo siento, Mila.
Y no hubo más.

(Me ha gustado que te llame palurda y maleducada, tú que presumes de recio abolengo y fina educación).

Después de colgar el teléfono el estómago se me he encogido. He notado que la boca se secaba y se me incrustaba en el paladar, parecía un trozo de goma correoso. Las sienes me palpitaban, caballo desbocado. Me temblaban las piernas. El sudor frío que había comenzado hacía algunos instantes, no ha dejado de brotarme. Me sentía toda empapada y mareada.

(Me has pillado. Tal y como supuse, querida mamaíta, has aguantado una semana. Ahora empieza la guerra de verdad, y no la vas a ganar. No sueñes, ni un segundo, que me volverás a ver. Cuando dentro de un año, te lleguen estos papeles, será tu fin. Ahora me agobias, me rodeas, me asedias, pero mi astucia será superior a tu mente maquiavélica. No vencerás).

De todos modos conservo dos ventajas sobre ti: no sabes que yo lo sé, aunque lo imaginarás. Y mi gran ventaja: estoy a punto de convertirme en una aguja en un pajar. Once meses pasan antes de lo que te piensas. Lo primero de todo conservar la sangre fría. Silencio. No decir nada... Ni a Joaquín.

Continuará...

7 comentarios:

emejota dijo...

Me tienes en ascuas. Maquiavélica la niña. Me resulta curiosa la "necesidad" de tener "atado" a Joaquín, porque siente que todavía no lo tiene del todo. Un fuerte abrazo extendido.

Leonel dijo...

Mila se ha demostrado más calculadora y fría que lo que me esperaba. Es increíble como su sed de venganza sea superior al miedo que supongo conlleve una situación como esta. No ha pensado siquiera a la situación en la que ha metido otras personas, para ella cuenta solo la des de venganza. Creo que Joaquín debería sentirse preocupado. Esperando el próximo capitulo, te saludo, amigo Amando.
Un abrazo.
Leo

Marina Fligueira dijo...

Precioso tramo, es de suponer... ¡y a lo mejor supongo mucho! Pero a señorita Mila, no le van cuadrar muy bien sus planes. Estupendo el capítulo. Esperando el siguiente con ansia.

Isolda dijo...

Joaquín no sabe lo que se le viene encima y es lógico que no le guste descubrir, que en realidad es una artimaña de Mila para tenerlo sujeto, por mucho que le quiera. Los hombres, en genaral no pasan por el aro tan fácilmente.
Pero sigo diciendo, qué lista es Mila y qué bien expresa lo que siente, gracias al escribidor, claro.
Besos para estos infelices y uno especial para ti, Amando.

Flamenco Rojo dijo...

Esto es como una bola de nieve rodando por una ladera…

Un abrazo.

Ángeles Hernández dijo...

Sólo una pregunta práctica (ya que suscribo lo que mis co-comentaristas expresan:)
¿De qué piensa vivir Mila si Joaquín desaparece?, ¿Dónde va a alojarse?.

Quizás ya se lo ha contado a su diario y lo he olvidado, quizás de esos temas tan poco románticos no se escribe.

Un abrazo Á.

catherine dijo...

Otra pregunta práctica: supongo que Mila no se fue con mucho dinero. Será uno de los motivos por los que necesita tanto seducir a Joaquín.
Es apasionante leer como esta chica manipula a todos.