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Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

martes, 26 de octubre de 2010

Fin de trayecto. Segunda parte. Capítulo 17

Miércoles, tres de agosto de 1988.
Madrugada.


Vuelvo a ti. Hasta que no nos aposentemos de una forma más estable, estaremos más alejados de lo habitual. Creo que la intensidad de estas semanas de atrás se ha perdido. Tendré que aprovechar mejor los huecos que encuentre. Tendré que escribir más deprisa. Más condensado. No encuentro muchas oportunidades de abrirte y de poner por escrito mis vivencias y mis sensaciones. Y no encuentro esas oportunidades, porque no quiero, de momento, hacer partícipe a Joaquín de tu existencia. Probablemente no entendería por qué escribo las cosas que escribo. Él es vital, y por ello, partidario de lanzarse de cabeza al mundo, de sentir cada uno de sus latidos. De arremangarse ante los acontecimientos y pegarse con ellos si es preciso. Lo de hacerse tantas preguntas, y tantos planteamientos, en el fondo, le parecen excusas que esconden a un cobarde, o a un pusilánime, tanto le da, no tiene la suficiente capacidad como para hacer distinciones tan sutiles. Probablemente tiene razón. Además tienes, por lo menos de momento, el destino de devolver a mi madre tanto daño como me ha hecho, y en esta batalla no entra Joaquín. No sería justo involucrarlo a él que lo único que ha hecho ha sido cruzarse en mi camino.

(Es una guerra entre tú y yo, mamá, y no te creas que la voy a olvidar a la primera de cambio. Sabes que soy tan tozuda como tú, y si tú no te has plegado a mis deseos, acabarás doblando la espalda, pero será por el dolor y el peso que recaerá en tu conciencia).

Han sido dos días muy hermosos y muy cansados. Llenos de luz y de sopor y de pasión. Hemos viajado en la furgoneta sin prisas a las horas menos calurosas del día. Hemos huido, entre furtivos y aventureros, de las carreteras principales buscando pequeñas poblaciones en las que creciera nuestro amor, cultivándolo con insistencia y avidez, como si intuyéramos que disponemos de poco tiempo. Esa es nuestra única prisa, nuestra única ansiedad, al menos la mía, al menos de momento. El cansancio queda compensado por la hermosura, sí, pero sobre todo, por el amor y la pasión.

Están siendo unas vacaciones sin nada planeado, sin hoteles, sin rumbo. Únicamente los dos y el paisaje cambiante que llena nuestros ojos, y el alma, de colores, luces y formas a las que no estamos acostumbrados, ni él, ni yo. Claro que el paisaje que contemplo durante más tiempo es el excitado cuerpo desnudo de Joaquín, contemplando, a su vez, mi desnudez que tanto le excita.

Creo que pasa más horas con el pene erecto que fláccido. Empiezo a disfrutar de y con Joaquín. He perdido el miedo a lo que me pueda ocurrir. He perdido el miedo a la relación sexual. He perdido el miedo a la escapada. ¡Estoy de vacaciones con el hombre que quiero! Eso me basta... De momento... Aunque, no por mucho tiempo, pues he de dar pasos decididos para que el plan establecido se cumpla; no lo olvidaré en ningún momento, pues de su cumplimiento depende en buena parte seguir disfrutando de esta pasión que cada día nos une más, y nos hace más inseparables.

Tal y como había pensado el otro día, después del miedo que había tenido la primera noche, cada vez estoy más relajada y disfruto de él y con él. Desde que he comprendido (y la mejor comprensión, mamá es la de la experiencia) que su herramienta está diseñada a propósito para ocupar le hendidura de mi cuerpo, todas aquellos miedos se han escapado, casi me da la risa cuando los recuerdo. Y total fue hace un par de noches o tres... Creo que he perdido completamente la noción del tiempo.

Puedo afirmar, diario, que soy razonablemente feliz. No pido mucho más, no soy avariciosa, y no tentaré a la suerte que hasta ahora, en esta aventura, me sonríe, o al menos no se ha vuelto en mi contra. Deseo que las cosas se mantengan, al menos como hasta ahora. Como, además sé que llegarán las dificultades (sospecho que no tardando mucho), procuro vivir día a día como si éste fuera el último. Intuyo que esta actitud es otro hallazgo, pues los días y las noches se llenan de una intensidad desconocida hasta ahora. Vivo cada minuto, y eso es una novedad.

Lo peor de estos días de atrás, ha sido el calor que continuaba descendiendo incansable, como un castigo, desde las alturas hasta nuestros pobres cuerpos sudorosos y sedientos. Un calor como sin nunca lo hubiera hecho. Un calor que resecaba la piel, cuarteándola como si fuera cuero. Un calor que ahogaba hasta a las chicharras. Un calor que arrojaban como calderos de aceite hirviendo desde algún lugar desconocido. Un calor premonitorio de las angustias del infierno, si es que existe. Un calor, en definitiva, premonición del desierto, que según muchos agoreros se convertirá este país. Lo recuerdo con recelo, como si fuera un animal salvaje y pudiera atacarnos nuevamente por sorpresa y traición, pues nuestros rostros ya han sido acariciados por la humedad que llega, salvífica y prometedora, desde la costa, ya palpable para mis ojos anhelantes, desde el infinito mar.

Sí, por fin, al final de esta tarde hemos llegado al mar. Me he sentido conmovida ante la visión de su majestad estática. Estaba aquietado, respiración de bebé dormido. La luna creciente, muy próxima al horizonte infinito, se miraba, coqueta, en el espejo nocturno y marino que se le ofrecía; contemplaba el efecto que hacía sobre el monstruo calmado: diadema celeste, viva y juguetona. Una nubecilla, no menos traviesa, que pasaba por su vera, apenas le rozaba, apenas le acariciaba, era un bucle de cabello albo que se había extraviado. Un rumor sordo, un ronroneo, como de bestia dormida, anida en lo profundo. Siento que su fuerza es indomable, aunque ahora duerma.

Mañana disfrutaré de sus caricias húmedas y tibias, disfrutaré de su gratificante acogida. Me bautizaré en sus deseadas profundidades, tanto tiempo añoradas, y acogedoras. Y todos mis pecados, si existieran, me serán lavados, perdonados, en sus infinitas y eternas entrañas de madre, en ese útero primigenio de la vida sobre este planeta, donde nuestras miserias quedan convertidas en una ínfima molécula, dentro de un cosmos infinito.

Con ansiedad inesperada, como si se tratara de un tesoro, pero gratificante, pues lo he encontrado, he buscado en mi memoria, casi infantil, la última vez que estuve en una playa.. Hace tantos años, que casi es como un sueño que se aprehende vagamente cuando se despierta: aunque una trate de asir esos recuerdos con toda la fuerza de sus manos. Pero, sí me queda, leve y brumosa, ligera y lejana, la evocación de algunas cosas: una tibia brisa, una glutinosidad líquida en la piel que nunca desaparecía, un regusto salobre en la comisura de los labios, una blanca luz inagotable, intensa y casi cegadora, un sol apabullante, un calor que estimulaba y no marchitaba, tan distinto del de mi Euritmia, acaso favorecido por el constante movimiento del aire procedente de más allá, del horizonte ilimitadamente líquido... Pero, sobre todo, queda el rastro de unos días felices, aunque efímeros. Queda la huella lejana, pero imborrable, de una pregunta “¿Por qué en Euritmia no tenemos mar?” Pregunta infantil, sin duda, que provocaba sonrisas condescendientes en los mayores, tan sabios de todas las cosas; pero una pregunta que, sin yo saberlo o intuirlo, iba más allá. Pues, en el fondo, lo que quería preguntar, y, quizá no me atrevía a preguntar directamente, era por qué no podíamos ser tan felices en nuestra Euritmia, como lo éramos junto aquellas rubias y cálidas playas. Se abría una tregua en la tensión y en las prohibiciones, una tregua que mis hermanos y yo sabíamos aprovechar. Pero éramos tan niños entonces. Después, cuando era más difícil encontrar precios baratos, se acabaron las jornadas de asueto. Y lo peor, me hice mayor, y con mi crecimiento aumentaron los problemas. (¿Por qué, mamá, ni siquiera esos días hemos podido revivir?)


Por fin Joaquín se ha dormido. Hemos vuelto a hacer otra vez el amor. (Cinco veces, ya, querida mamá. Para que veas que estoy siendo buena contigo, sólo te he contado la primera, hasta ahora). Y esta noche ha sido la mejor de todas. Nos hemos compenetrado hasta extremos increíbles durante largos e intensos minutos. No tengo miedo a nada de Joaquín. No sólo eso, sino que cada vez con más insistencia, se revela en mis entrañas, hasta ahora escondido y aplacado, un insaciable animal erótico que me hace más atrevida y lúcida cuando nuestros cuerpos desnudos comienzan a buscarse con frenesí. No le dejo a él toda la iniciativa. Se me van ocurriendo cosas. Él procura dejarme hacer. Nunca me corrige, me anima, se ríe. Se ve que disfruta de mis progresos, tanto o más que yo. Y a pesar del cansancio y del calor, cada vez me apetece más. Cada vez deseo más ser penetrada por él, sentir cómo se mezcla conmigo. Sentir que, efectivamente, durante unos minutos, somos uno: yo formo parte de él y él de mí. Sentir que esa unidad en lo físico, en lo orgánico, es una señal de nuestra unión en lo psíquico, en lo anímico, en lo personal.

(Por cierto, mamá, se me olvidaba decírtelo: no te preocupes porque cualquier día te pueda llegar un nieto sorpresa. Ni siquiera te voy a dar la opción de la misericordia, o de la redención, o de que a través de un vástago mío, intentes repetir la historia que has construido conmigo. Si fuera un chico, porque acabaría haciendo daño a alguna mujer... Si fuera niña... Eso no quiero ni pensarlo, pues vomitaría. Solución, tomo la píldora hace unos meses, desde que salgo con Joaquín, aunque hasta ahora no me había acostado con él. Más que nada por prudencia, porque a pesar de lo que pienso y pensaba, nunca se sabe, y la carne es débil. Por lo que salvo que me equivoque, o no sea tan segura como dicen todos [algo bastante improbable], no tendrás nietos, por lo menos de momento. Y si decido tener hijos más adelante, descuida, no te enterarás...).

Como la vida de matrimonio sea como estos dos días, será agotadora. Menos mal que ahora mismo no tenemos que ajustarnos a horarios, ni a otras obligaciones, si no sería imposible. Me imagino, además, que después de la pasión llegara la calma, el lento y plácido discurrir de los días. Como después del loco, acelerado, y saltarín nacimiento del río, llega el ancho y plácido discurrir del curso medio, justo cuando es más caudaloso. Pero eso ya llegará, no tengo prisa. De momento, sigo de apasionada luna de miel. Y si preguntaran ahora mismo, respondería que quisiera que fuera eterna, que no acabara nunca… Pero sé que es un sueño. Y como he dicho en otros lugares de este diario, he de centrarme en las realidades. Necesito vivir cada día con todas y cada una de sus grandezas y miserias. Realmente es que no debo aspirar a mucho más, pues mi situación es poco sólida.

Esta tarde he vuelto a llamar a casa.

(Te he llamado mamá. He escuchado tu voz, y me ha parecido tan odiosa como siempre. Podrías, por lo menos, considerar que estoy de vacaciones con una buena amiga y darme una pequeña tregua, al menos eso, o tratarme como tratarías a cualquiera de los de la familia de Laura si se pusieran al teléfono, o al menos agradecerme de algún modo que haya dejado de salir con Joaquín. Parece que la cosa está tranquila. Mamá, te noto confiada y segura. Como esto lo leerás al próximo año, no me importa que lo sepas, para entonces será un dato más de mi biografía: te sigo teniendo miedo. He hecho bien en traerme el teléfono de Laura. Debo llamarla para ver cómo van las cosas. Para evitar problemas. A veces, me entra pánico y las pulsaciones de mi corazón se aceleran drásticamente. Pienso con terror que estás marcando el número de teléfono del chalet de Asturias y se pone la madre de Laura. ¡Si la madre de Laura fuera capaz de reaccionar e intentar taparme! Pero no les puedo pedir más a unas personas que han hecho tanto por mí, tanto como abrirme las puertas de la cárcel y poder huir de ella, aunque el destino no esté nada claro. No se me debe de olvidar llamar mañana mismo a Laura. Le debería de dejar caer que le comente a su madre la posibilidad de contar con su coartada para no descubrirme.
Me da que vas a llamar, ¿verdad, mamá? Vas a llamar porque tienes que quedar bien con la madre de Laura. Debes aparentar una madre preocupada, y amantísima, aunque a la vez moderna. Y eso, mamá, para qué negarlo, se te da de miedo. ¡Qué falsa eres! Pero por una vez en tu vida podías comportarte como una madre normal. Podrías actuar como cualquier madre que queda aliviada porque la mocosa de su hija se ha largado con viento fresco durante unos días, y además, sin que te haya costado un duro. [Esto mismo lo escribí el otro día]. Sabes que Laura nunca vendrá con nosotros. Cuando se acaben las vacaciones le mandas un regalo, que eso también se te da fenomenal y solucionado. Lo único que tienes que hacer es refrenar tus inmensas ganas de agarrar ese teléfono del pasillo y marcar el número de teléfono de la casa de Asturias... Sin embargo, ya hemos ganado cuatro días. Creo que en otros dos debo ir exponiendo el plan a Joaquín y empezar a convencerle para que estas vacaciones se tornen en una huida en toda regla).

Quizá él no quiera irse de su casa. Al fin y al cabo no tiene problemas, incluso está muy a gusto. Quizá sea precipitado, quizá debiera esperar algún día más, quizá le estoy pidiendo demasiado tal y como están las cosas.

Debería tenerle más atrapado por mis encantos femeninos.

(¡Qué cursilada acabo de escribir! Pero no deja de ser cierto. Debo de esforzarme porque mi presencia física lo atrape. Debo de conseguir que mi cuerpo se haga imprescindible para el suyo. Debo convertirme en una auténtica vampiresa de película, de esas que consiguen, no sé muy bien cómo, [arte de un guionista], volver loco al más duro de los hombres, hasta el punto de que sólo queda pendiente, el hombre, de cualquier suspiro de la mujer. Pues sin llegar a tanto, pero me he de esforzar).

Lo mejor será esperar. Si mamá no ha descubierto la tostada en un par de días, esperaré alguno más.


Acabo de asomarme al pequeño balcón que tiene la habitación del hostal (limpio, sencillo y familiar. ¡Qué diferencia en tan solo dos días!). A la izquierda del marco de madera oscura del balcón, he visto el breve malecón del puerto (no sé, todavía, si deportivo o de pescadores), iluminado por una hilera de bombillas de luz anaranjada, mortecina y temblona que se introduce en el mar. Perpendicular al embarcadero, el breve paseo marítimo, encalados sus muros, descansa como serpiente dormida paralela a la playa dorada, ahora vacía y casi blanca. Más al fondo, se ve el mar ahora negro, ahora silencioso, ahora repleto de los sueños de los hombres y de las pesadillas de sus náufragos. Sube hasta la habitación un sonido, amortiguado apenas por la distancia, de fiesta, de músicas, de motocicletas, de cantos...

He de descansar.

Continuará...

7 comentarios:

Leonel dijo...

Creo que como ha dicho Flamenco en el capítulo anterior, Mila esté más atraída de su venganza que de Joaquín, que me parece solo el instrumento de su venganza.
Amando, mientras leía este capítulo, llegó un momento que imaginé esta muchacha en medio a las tablas recitando su parte de víctima y victimario al mismo tiempo, con rabia en los ojos y orgullosa de su gesta, casi como una actriz consumada, y me ha venido una idea que no sé si lo has pensado nunca, pero me parece un excelente un punto para crear un monologo teatral, tiene material para ser todo un suceso.
Un fuerte abrazo.
Leo

Marina Fligueira dijo...

Bien bien. ¡Excelete! Ya te lo he dicho, pero te lo repito, me parece que tengo la impresión de estar viendo las escenas reales delante de mí. Juegas con algunas palabras de una forma poética. No sé como calificar tu escritura, te pondré un 10! x 10. Solo puedo decite que me encanta que me enamora placenteramente. Mi enhorabuena. Un abrazo Amando.

Flamenco Rojo dijo...

Leo, en esta novela se nota el aprecio que nuestro amigo escribidor le tiene o tenía al desaparecido Miguel Delibes…

Una buena noticia…al menos Mila toma la píldora…

Un abrazo.

catherine dijo...

Mila aprecia las "vacaciones" con Joaquín, se acuerda de la estancia en la playa con su familia solo periodo de sosiego (¿sin el abuelo?). La poesía de su mirada, tu mirada, al contemplar el puerto la confirma en su deseo, sus sueños de otra vida, sin olvidarse de su revancha. Pero necesita la ayuda de Joaquín y ...¿qué pasará?

Isolda dijo...

Creo que a estas alturas todo el mundo sabe, que estamos ante un magnífico escritor, pero es que voy más allá. ¿No veis en esta historia una road movie? Yo sí.
Productores, seguid leyendo!
¿Habrá alguno? Por si acaso.
Besos Amando.

Ángeles Hernández dijo...

Precioso y relajante capítulo (exceptuando el diálogo-monólogo on la madre).

De acuerdo con Isolda en la calidad del texto, me encanta la descriión del mar y los recuerdos de infancia. Mila es feliz, moderadamente dice, nadie le quitará esta experiencia.

Seguiremos con el resto de entradas que voy un poco retrasada.

Un abrazo Á.

Ana J. dijo...

Llevas razón, Isolda: una road movie!!
Mila está descubriendo los placeres del sexo y de la venganza bien planeada en mitad de un viaje a quién sabe dónde.
Un abrazo fuerte