Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Fin de trayecto. Tercera parte. Capítulo 27

Martes, trece de septiembre de 1988.
Madrugada

Será el día más terrible de toda mi corta vida. Ni siquiera cuando te encargaste de humillarme como lo hiciste con aquella bofetada y aquel insulto, que ha resultado profético, mira por dónde. Ni siquiera cuando leí en el periódico que, según vosotros, me habían secuestrado. Ni siquiera cuando me dejó Joaquín.

Menos mal que no soy supersticiosa....

A pesar de lo que te he dicho, bueno de lo que te he escrito, mamá, has de saber que me duele lo que he hecho y más ve dolerá lo que haga a partir de hoy. Es más, ya me está doliendo y no he empezado. En esta loca carrera a la que tu despotismo me ha llevado, soy la gran víctima. Si te queda algo de lástima en el pedernal que tienes por corazón (si es que hasta aquí no ha reventado), utilízala en tu hija. Tú única hija. Al menos, mamá, ten un recuerdo compasivo. ¿Quieres saber cómo me encuentro ahora mismo? ¿Quieres saber qué veo se miro dentro de mi corazón? Soy una cosa más dentro de las muchas que bullen por este Madrid caníbal y devorador. Me siento únicamente hembra. Hembra por cuanto mi cuerpo tiene una herida abierta en su centro, por donde cualquier hombre quiere entrar… Lo que interesa de mí, es el cuerpo y el sexo. Justo aquello que tú, durante toda tu vida, has intentado que no conociera, y no sólo que no conociera, sino que me asqueara o me asustara… Algo que, incluso, has procurado esconderme hasta que llegara la hora de consumar el santo matrimonio con alguna hombre de alta alcurnia digna y merecedora de mis gracias y de los honores de los Sebastián de Villa Franca del Arroyo, provincia de Euritmia. Y a ser posible, con mucho dinero como para poder revivir el añejo pasado esplendoroso de tan in-signe familia.
Pues bien, esto ha sucedido en el día de hoy, o de ayer si soy estricta con lo que dice el reloj: tu santa y obediente hija, la que estaba destinada al altar para convertirse en santa y obediente esposa, y la no menos santa y obediente madre, ha torcido el camino y se ha convertido en sacerdotisa del amor, meretriz, profesional del amor, chica de compañía, prostituta, mujer de alterne, esclava del sexo, fulana, zorra, puta... Como ves, habrá pocas profesiones que se puedan llamar de tantas maneras. En fin, tú me lo llamaste. Al fin lo has conseguido. Lo único que ocurrió es que te adelantaste unos meses a la realidad. Quizá eres vidente y no lo sabes.
Pero no te creas, ni por un solo segundo, que la culpa es mía, o por lo menos solamente mía. Aquí la única culpable eres tú. O por lo menos la mayor culpable…¿Te duele mamá?

Ahora estoy en otra habitación diferente de la de la pensión. Resido en otra calle. El ambiente es otro. La marginalidad ha quedado en el centro (curiosa paradoja). Esto es una zona de la alta burguesía. (Te encantaría, mamá). Estoy en una casa enorme, en dirección al norte, pasada la estación de Chamartín, en los aledaños de la carretera de Burgos. Se ve que la mayoría de la gente gana bastante dinero, que vive bien. Es un lugar discreto, cómodo, bien comunicado y donde pasaremos desapercibi-das. Está claro que en Jazmín se saben hacer las cosas. Por lo menos lo que he visto hasta ahora.
Aquí todo está limpio, y es nuevo. Todo tiene clase. Diríase que es lujoso, aunque es un lujo que, probablemente, sólo descubrirían los entendidos, pues es un lujo discreto y refinado. Una decoración funcional, austera, moderna y bella. (Si vinieras aquí, mamá, aprenderías decoración, algo de lo que tampoco tienes ni idea, por mucho que quieras presumir delante de tus amigas, que, por cierto, y aunque no tenga nada que ver con nuestro tema, tienen el gusto donde las avispas la gracia... Ya me entiendes). Apenas alguna reproducción de Dalí, o Picasso, Matisse, Monet, pero elegidas con gusto y sin apabullar el ambiente. Abundan los espacios libres, que buscan la claridad, el serenamiento del espíritu... Probablemen-te como contraste a la luz escasa y opresiva del club.
La habitación tiene una ventana que va a dar a un hermoso patio interior con mucha luz y muchos tiestos. En eso hemos mejorado también. Es un espacio levemente trapezoidal. Duermo en una cama amplia de edredón blanco y cabecero coordinado con el resto de la ebanistería de la habitación. Esta noche me han puesto sábanas rosa palo. (Me han dicho que las cambian cada cuatro o cinco días). El colchón es firme y cómodo, como he comprobado. Frente a la cama, justo a la derecha de la puerta según entro, tengo un armario de madera clara, creo que de cerezo, con tres cuerpos. El interior de unas de las puertas esta cubierto por un gran espejo. Me ha parecido imposible que pueda llenar todo ese espacio con mis pertenencias, aunque hayan aumentado en las últimas horas. En la amplia pared de la izquierda, un pequeño tocador con cinco cajones, a juego con el armario y con un espejo biselado estrecho, pero suficiente. Al lado de esta pequeña coqueta se sitúa la ventana cuyo marco es de madera de pino. La pared de enfrente a ésta, tiene un cuadro, creo que es una reproducción de un acuarelista inglés: representa un paisaje marino oscuro, pero plácido. Bajo el cuadrito han situado una mesa escritorio, donde ahora me hallo. Junto a la cama, una mesilla con dos cajones. En definitiva, una estancia confortable y suficientemente amplia para mí. El lugar de reposo del guerrero (de la mercenaria del amor).
El cuarto de baño lo tengo dos puertas más allá. Es decir, no al lado, para que no moleste, pero muy cercano. Existen otros tres cuartos de baño. Lo que está muy bien, con tanta mujer en la casa…Suerte que no tenemos que madrugar para ir corriendo al trabajo…
Cuando he llegado, me han dicho que sólo me preocupe de lo que me tengo que preocupar. Del resto nada de nada... Aquí estoy para reponerme del trabajo, exclusivamente. Mi única preocupación es ofrecerme siempre dispuesta, descansada, joven, divertida: nueva y fresca cada noche, por decirlo de forma gráfica, a cada uno de los clientes que vaya a desahogarse conmigo. O a lo que sea que van los hombres a estos sitios. O sea, que me olvide de limpiezas, compras, comidas, lavadoras, planchas, y demás actividades del hogar para las que me has estado preparan-do todos estos años con tanta dedicación, con tanto esfuerzo.

Me doy asco, es la única verdad de la que estoy segura. Mi consuelo es pensar, que falta menos para el catorce de julio de mil novecientos ochenta y nueve, y a partir de esa fecha, no tendré que contar con un trabajo de estas características para poder sobrevivir, o al menos me lo podré plantear. Porque, al menos, espero contar con el suficiente dinero. Es lo único que me alivia.

Vale de tanto rollo. A lo que iba, mamá, te tengo que seguir con-tando lo que pasó cuando acudí a la cita ¿Te interesa? En el fondo, creo que sí.

...Gracias al metro, llegué a la dirección que me habían facilitado sin gastarme mucho dinero. Se trata de una zona distinguida de Madrid. No me hizo falta nada más que salir de la boca del metro para darme cuenta del detalle. Una zona lo suficientemente tranquila y pacífica, como hasta ella sólo lleguen o sus habitantes, o los caballeros que vengan al club. Tal y como me indicaron por teléfono, cuando salí del metro, me dirigí a una calle que salía a mano izquierda. Una calle estrecha, limpia y tranquila. No daba el aspecto de dejadez, suciedad y abandono de las que vi por el centro. En el exterior no vi las huellas que se suelen observar por el centro, las huellas de la marginación, la delincuencia, la droga, la destrucción, la antesala de la muerte. Observé un anuncio luminoso sobre una puerta estrecha y negra: Jazmín.
Lo que me imaginaba. Por si en mi subconsciente había quedado alguna duda pueril o utópica, que no había quedado, claro.
Un temblor recorrió mi espalda. Uno más. Sentí un lejano grito desde mi interior que me decía que todavía estaba a tiempo, que me podía largar. Solo tenía que dar media vuelta. Estuve a punto de girar los ciento ochenta grados. Fue mi última oportunidad. Pero la rechacé. No lo hice. Algo más poderoso, me retuvo allí.

(No me importa ser machacona, mamá. Fue el odio que os tengo a ti, al abuelo y a papá. Os haré mucho daño. Además, la huida de Joaquín ha sido demoledora para mí. Ya no me importa el daño que me pueda hacer a mí misma. Todos me habéis arrojado de vuestra vida. Me habéis demostrado que soy un trasto que os estorba. Total, ya estoy hundida para siempre. He descubierto que la vida es una sucesión de engaños y aprovechamientos. Ahora, me toca a mí).

Llamé al timbre de la puerta. Un hombre algo mayor, con aspecto de camarero aburrido y cansado, me escrutó de arriba abajo, y de abajo arriba, e inquirió los motivos por los que estaba allí. A pesar de los años que aparentaba, descubrí el deseo revoloteando en sus pupilas, una mirada que se parecía mucho a algunas que me lanzaba Joaquín. Le indiqué, creo que con seguridad y calma, a pesar de que los nervios, que tenía una cita. Me franqueó, caballerosamente, el paso, seguro que contempló bien mi espalda…, y lo que no es mi espalda. Todo, sin que el cigarrillo que fumaba fuera desalojado de la comisura de sus finos y cuarteados labios que enmarcaba una cara, casi triangular y acartonada, de color ligeramente cerúleo. Me di cuenta de que no iba vestida para la ocasión. Mi cabeza no llegó a tanto. Iba, como decirlo, acaso demasiado sencilla y normal. Casi discreta.
Lo primero que vi de aquel local, cuando mi vista se acostumbró a la baja intensidad de la luz, fue un espacio cuadrado muy amplio. Sus paredes mostraban acuarelas, pasteles y aguafuertes de motivos eróticos y pornográficos. A aquellas horas, las luces que nos alumbraban procedían de unos globos blancos, que durante la noche no funcionan, según he comprobado, por lo que el aspecto de local es extraño. Por un lado, la iluminación blanca aséptica que le aspecto de biblioteca, o farmacia, por otro, las pinturas eróticas. Algo desentonaba. En uno de los fondos, existe un pequeño escenario con una puerta disimulada por unas cortinas de terciopelo rojo, rodeadas en el centro con un ancho cordón dorado. Bajo tal proscenio, cuatro peldaños más abajo, se forma un pasillo que parte el local en dos zonas simétricas, ambas flanqueadas por sofás y sillas, de aspecto cómodo y resistente, casi acogedor. Este espacio estrecho, enmoquetado en azul marino, desemboca en otra pequeña escalinata con otros cuatro peldaños, por los que se accede a otro escenario, un poco más hondo que el anterior, cubierto de cortinas, en este caso, de tono verde musgo, y también rodeadas por el mismo tipo de cordón dorado. Es decir, una pequeña pasarela con dos escenarios, uno en cada uno de sus extremos. No fue complicado imaginarse su destino. Supuse que, desde luego, no sería la decoración del local.
No fui la primera en llegar. Cuando entré, había otras dos chicas, una sudamericana y otra de aspecto no sé si centroeuropeo o eslavo. Durante unos minutos, que se me hicieron eternos, un denso silencio ocupaba el lugar, parecía que nos quería ahogar, era un silencio con premonición de sentencia dictada por un juez severo. Ninguna de las tres nos mirábamos... Al poco, del escenario de cortinas grana, surgió una mujer sonriente. Supuse que era la persona con quien había concertado la cita, y ante quien debía pasar examen.

No sólo nos examinaría, sino que se presentó como la encargada de aquel local. Y, por los ademanes, deduje que su dueña. De alguna forma, nuestra dueña. Nos dijo que se llamaba Madelaine. Era una mujer madura, aunque todavía atractiva, que, sin duda, se cuidaba con esmero. No era alta, ni baja. No estaba gorda, pero no era delgada, entrada en carnes, podría decirse, pero no fofas o fláccidas, sino más bien fuertes, a juzgar por sus brazos desnudos y lo que se apreciaba de pierna tras una atrevida abertura lateral. Parecía ir vestida para una fiesta. Quedó muy sorprendida de que una joven española con tan buen aspecto físico estuviera allí. Supuso, con acierto, que había gato encerrado, pero no indagó nada, al menos delante de las otras dos. Parece que voy a ser un filón para ella, pues, nada más verme (casi despreciando a las otras), exclamó con alborozo:
— Eres como la Venus de Botticelli. Les volverás locos. A ver niña, te tienes que desnudar y caminar por el pasillico.
El tiempo en Madrid no le había eliminado cierto acento maño. Ella se situó en uno de los sofás que está al lado de la pasarela, mientras, encendía un cigarrillo.

(Es increíble como en situaciones límite el ser humano se fija en detalles nimios. Por ejemplo, es la primera vez que me desnudo ante tres desconocidas, pues las otras dos chicas también estaban allí observándolo todo. Aunque bien pudieran ser cuatro personas, por cuanto aquel camarero podría estar por allí contemplando. La sudamericana se sonreía por todo. A la centroeuropea se le veía lánguida y melancólica. Pues bien, me fijé que el cenicero tenía otras cuatros colillas, con lo que supuse que el gran vicio de esta mujer era el tabaco. A los pocos minutos, he descubierto otro. También me fijé en que bajo la abertura de la falda, aparecía un liguero negro).

Nos dijo, que allí, donde estaba ella, se sentaban los clientes, que una parte del trabajo consistía en pasearnos por allí (normalmente con ropa interior muy sexy y altos zapatos de aguja) y ellos, elegían una, o dos chicas. Esto último lo remachó con un guiño que, supongo, pretendió fuese entre cómplice y divertido, pero a mí me asqueó.
De todos modos, ¿qué voy a esperar?, al fin y al cabo se trata de un burdel. Y si me contrataban, que era por lo que estaba allí, yo sería una puta, por tanto es lógico el lenguaje que utiliza. “Más vale que me acos-tumbre”, me dije.
Por un momento, pensé decir que las otras dos chicas habían llegado primero, que yo era la más joven, que no me importaba esperar. Pero acto seguido me dije que daba igual. De todos modos lo iba a hacer. Así que me desvestí, con cierto pudor, pero al final lo hice. Hay que reconocer que Madelaine tuvo paciencia conmigo. Estuvo callada aquellos minutos. Sentía todos los ojos clavados en mi cuerpo. Y notaba que el rubor subía a mi rostro. Al fin me dirigí a la pasarela. Me paseé con más miedo que vergüenza a la vista de estas tres mujeres y probablemente del camarero oculto, durante unos breves minutos que me parecieron años. Debieron de pensar que estaban viendo a un pato mareado. Creí que se me había olvidado andar. El resto de mi cuerpo es como si no existiera. No hice nada con él: ni con los brazos, ni con la cintura, ni con el cuello. Supongo que pensarían que era como un palo. Por fin Madelaine habló.
— Necesitas unas clases, hay que pulirte. Se nota que eres nueva en esto. Estaría por jurar que es la primera vez que te desnudas delante de alguien que no hayan sido mamá o el novio. No te preocupes, en quince días les volverás locos—. Lo volvió a repetir—. Les volverás locos... Primera lección que debes aprender. En este oficio la herramienta de trabajo es tu cuerpo, así que lo has de cuidar y engalanar, pero también lo tienes que saber vender. Sé consciente de que tienes un cuerpo precioso. Por cierto, Venus, así te llamarás desde ahora, no quiero saber nada de ti, y menos que nada tu edad. A cambio de mi discreción, tú te comportarás como es debido y no armarás ningún jaleo. Para cualquiera que te pregunte has cumplido diecinueve años, casi podrías decir que veinte. Pero da más morbo diecinueve. Y si te preguntan por tu nombre verdadero no se lo digas y si se lo dices inventa uno. Yo que sé, Elena García, por ejemplo, el que quieras. A cambio, si tú te portas bien no sucederá nada de nada...— Se sonrió felinamente, mientras me taladraba con la mirada—. Tengo mis contactos en el Ministerio del Interior. Unos contactos que conocerás muy pronto, por cierto… Bueno. ya me entiendes.
Lo cierto es que entender, lo que se dice entender, pues no, al fin, como quien dice, acababa de cruzar el umbral de la puerta de este mundo, y no tengo ni idea de cómo funciona; pero lo intuía, claro. Arrugó el en-trecejo ante el montón de ropa apilado en el suelo.
— No andas bien de vestuario, y supongo que de dinero. Si no, no estarías aquí. Espero que no seas drogadicta, al menos heroinómana. Lo cierto es que no tienes aspecto de ello. Si te gusta la coca no me importa mucho, incluso si quieres alguna rayita… Bueno, a lo que iba, luego me acompañarás. Ahora ven a sentarte a mi vera, Venus. Se entiende que te contrato..., bueno si aceptas las condiciones que os voy a explicar.
“Sí que ha sido fácil”, pensé, y no pude evitar otra idea cruel, “Por lo menos no me ha mirado la dentadura, como a los caballos”. A mi pesar sonreía, mientras recogía la ropa y me acercaba hasta aquel lugar. He de confesarte que me entretuve lo que pude para que me pudiese ver más de cerca. Continuó hablando como si tal cosa.
— Estas son las condiciones. Es que soy un poco lanzada. De paso vosotras también prestad atención, así no lo tengo que volver a repetir —. Se levantó para que la oyeran mejor. Aunque pudo ser para verme más cerca, pues yo seguía en la pasarela —. Se trabaja seis noches a la semana, desde las diez de la noche hasta las cinco o las seis de la madrugada. Se libra un día y medio seguido, siempre el mismo de la semana para cada una, salvo los fines de semana o vísperas de festivos. Del sueldo se descuentan cuarenta y cinco mil pesetas (1) al mes en concepto de alojamiento, comida y médico. El sueldo es un fijo de ochenta y cinco mil(2) al mes, más el cincuenta por ciento de cada servicio. El servicio normal es de veinticinco mil (3) pesetas. Aunque hay mucha variedad. Ya os enteraréis bien. El vestuario corre por vuestra cuenta, aunque yo lo revisaré personalmente. Os advierto, además, que las propinas forman parte del ingreso total, por lo que, si las hay, tendrán que entregármelas a mí los clientes, y no a ti. Lo que pasa es que tienen un tratamiento especial. De las propinas os lleváis el cincuenta por ciento. Como veréis este local, en realidad es un edificio de dos plantas. Por la puerta del fondo, la de las cortinas rojas se sube a las habitaciones en el piso de arriba. Y en aquella puerta — y me señaló con el dedo a una puerta que estaba a mano derecha según se entraba y que yo no había visto aún —, está un bar... Lo del bar no está autorizado, por tanto, aunque es un buen dinero, del que os corresponde dos copas por noche y el treinta por ciento, en función de las consumiciones que generéis, una vez descontadas las copas que consumáis por vuestra cuenta, claro, no debéis abusar de él, salvo algún día en concreto. Eso también lo iréis descubriendo. El restante porcentaje del bar es para los que le llevan: el caballero que os ha abierto la puerta, su hija, y la casa. ¿Lo habéis entendido?
Tantos números seguidos me mareaban. Pero los fundamentales habían quedado claros. Libres de todo, eran cuarenta mil pesetas fijas al mes, el cincuenta por ciento de cada polvo y el treinta por ciento de las bebidas que consumieran mis clientes en el bar, más dos copas cada noche. Si había propinas, de cada una el cincuenta. Puede que sea mucho o puede que sea poco, no lo sé. Nunca antes he tenido tanto dinero junto a mi disposición.

(Si se me da regular, querida mamá, pronto tendré más dinero del que nunca te has podido imaginar).
Después, las otras dos chicas hicieron lo mismo que yo. Primero la chica centro europea que hizo las cosas de muy mala gana y luego Sole que bailó con alegría y jolgorio. Y eso que no había música que sonara por ningún lado. Supongo que por ser sudamericana y mulata llevaba el ritmo y la música en el cuerpo.
A la chica centroeuropea la despidió con buenas palabras.
— Demasiada poca carne, y menos espíritu aún.
Musitó a mi oído pellizcándome suavemente el muslo derecho, mientras una mirada lasciva recorría mis pechos, todavía desnudos. En realidad sólo me había puesto las bragas. Al instante me arrepentí de tal audacia…Pero no tenía remedio.
La chica sudamericana, Sole, también se ha quedado en el club. A ella le ha puesto como nombre artístico Belinda, y ha dicho para justificar tal elección, “Tu risa suena como una campanilla. Y Belinda me suena a campanas”. Me gustó la idea. A parte de sus vicios, reconozco que tiene cierta sensibilidad. Tal nombre le ha hecho gracia y nos ha llenado el local con su risa cantarina, como rindiendo homenaje a Madelaine, y el constante vaivén de su enorme pecho negro, coronado por los pezones más oscuros todavía. Mientras Sole se reía, Madelaine me susurró al oído.
— Necesito un punto de exotismo. Si supieras lo que los hombres quieren... En fin, no te preocupes, que en menos que canta un gallo, si eres aplicada y pones un poco de imaginación, te haces con todas. Que conste que esta maña casi nunca falla.
A pesar de las advertencias que me había hecho sobre mi silencio, la he querido contar a Madelaine mi problema, sobre todo, porque necesito durante unos meses cambiar mi aspecto para conseguir llegar a la mayoría de edad. Le he explicado que este es mi único delito y con dieciocho años se acabaría el problema.

— Ay, Venus, hija — y me acariciaba mi melena —, con lo que me gusta este pelo negro... En fin —suspiró—, habrá que cortártelo mañana y teñírtelo de rubio, aunque con lo oscuro que lo tienes será necesario algún tiempo, en fin ya veremos—, subrayó—. Lo mismo, además, tenemos que ir a una óptica y comprarte unas lentillas de esas para cambiar el color de los ojos. De todas maneras, si en alguna ocasión vieras a alguien que te pudiera comprometer, antes de salir a la pasarela me lo dices y mientras no se ocupe con otra chica o se largue del club, pues no sales y en paz... Les vas a volver locos, Venus, hija, con este cuerpo que Dios te ha dado, y encima españolita, y sin malos rollos de droga, o enfermedades, con esa pinta de sana que tienes. Por cierto, lo de la edad no lo comentes con más personas. Hazte a la idea de que tienes diecinueve años.
Me acariciaba con la mirada. El vómito parecía acceder a mi boca desde el estómago, pero supe contenerme a tiempo. Disimulaba. Creo que, además de los clientes, tendré frecuentes trabajos extras y gratuitos con Madelaine.

(¿Qué te parece mamá? No te has muerto todavía. Espero que no. Espero y anhelo que te bebas hasta la última gota de todo el vaso, y creo que es bastante lo que te queda. Esta veneno lo has de tragar).

Esta es mi caída definitiva. Espero que este año, un poco menos, se pase rápido, y luego comenzar una nueva vida... (Eso sí, lo primero que haré en cuanto salga de Jazmín el próximo mes de julio será mandarte este cuaderno, querida mamá por correo urgente, certificado y con acuse de recibo, para entonces no importará que sepas mi dirección).

Empiezo a sentirme peor que un gusano, pero con el “cariño” que me tiene Madelaine estaré bien colocada en el local, suponiendo que no tenga caprichos del mismo género con las otras chicas, lo cual no es muy descabellado observando cómo sus manos se acercaban deseosas a mis mejillas..
Le he dicho dónde tenía el equipaje y que debía unas noches a la dueña de la pensión. he exagerado un poco el número de noches que debía. Se trata de ganar dinero, así que he procurado empezar temprano.
— No te preocupes, después de comer y de llevarte a comprar el nuevo vestuario, por cierto, por ser el primero correrá a cuenta de la casa, pero no se lo digas a nadie, vamos a la pensión, pagas, te despides, le cuentas que te vuelves a casa, y en paz. Si te he visto no me acuerdo.
No se pudo contener por más tiempo. Me ha besado en la boca. No ha sido un roce casual de labios, ni nada de eso, ha sido un enorme beso de tornillo. Un beso lleno de pasión y sabiduría. Un beso que ha re-corrido cada centímetro de mi boca sorprendida y aturdida. Un beso caliente y húmedo. Un beso largo y profundo. Un beso repugnante.
Creo que voy demasiado deprisa. Mejor dicho, creo que me llevan demasiado deprisa. Hace apenas seis semanas que he tenido mi primera experiencia sexual y resulta que ya puedo agregar a currículum vital relaciones sáficas, sin que yo sea lesbiana o algo parecida. Ni siquiera me imagino ser bisexual. Lo cierto es que me ha dado bastante asco, pero qué iba a hacer.  ¿Largarme? ¿Volver a casa...? ¿Robar...?

Belinda se reía tontamente, con una risa blanda, como por compromiso. Nos ha contado que tiene experiencia en el mundo de la prostitución, pero que las relaciones con otras chicas, siempre le ponen nerviosa. Sobre todo, cuando es espectadora. Creo que Madelaine ha estado por decir que se uniera a nosotros, pero me ha mirado y de algún modo, he transparentado el asco interno que aumentaba, tanto, que he estado a punto de no poder contener el vómito que me rondaba desde hacía unos instantes. Ya era demasiado tarde para retroceder...
Me he vuelto a jurar que con dieciocho años me despediré de aquel lugar. Aprovecharé para ahorrar. Sí, ahorraré para no tener problemas.

Después me ha acompañado a unos grandes almacenes. Antes ha despedido a Sole montándola en un taxi al que indicó la dirección donde ahora estamos. Previamente, creo, ha llamado por teléfono a esta casa y ha dado las instrucciones precisas...
— Tú, Belinda, como tienes experiencia, empiezas esta misma noche. Cuando llegues al piso, te organizas con Reme. Ella te explicará lo demás.
Nosotras hemos pedido otro taxi. Hemos pasado la mañana de comercio en comercio. No solo en grandes almacenes, sino en boutiques, tiendas especializadas en lencería, en fin, todo tipo establecimiento que tuvieran que ver con la moda femenina, sobre todo, la más sofisticada y atrevida. Donde había un modelo nuevo por estrenar que alguien en su sano juicio no se pondría por lo inmoral, salvo en íntimos momentos con tu pareja, allí estaba yo para probármelo. Nos dio tiempo, incluso, a entrar en alguna que otra perfumería.
Cada vez que me metía en un probador, acababa dentro conmigo para acariciarme, como accidentalmente. Pero, sobre todo, para comerme con ojos de lujuria y lascivia. En un momento determinado, ha debido percatarse de mi grima, de la repulsa que me daba, porque me ha dicho, eso sí, sin dejarme de tocar como casualmente y midiéndome cada centímetro de piel, conocedora de que tenía el poder sobre mí, pero con la suficiente paciencia para esperar a que la fruta esté madura.
— Querida niña, no te preocupes. Madelaine te quiere. Nadie te amará como yo. Te haré volar de placer. No te preocupes. Ya sé que ahora te repugna, pero acabará gustándote. Te lo garantizo. No sé si lo sabes, pero todos los seres humanos, en el fondo tienen tendencias bisexuales. Pronto estarás harta de la torpeza de tantos machos brutos y zafios, aunque tengan mucho dinero; buscarás, como compensación y alivio, las suaves manos de tu mami, de Madelaine.
Estuve por decirle que ojalá el cielo no lo permitiera, que los hombres me atraían, mientras que las mujeres me repelían sexualmente, pero me contuve. No tenía sentido, además podía ser contraproducente.

Para ser un regalo de la casa he de reconocer que mi vestuario ha aumentado considerablemente, y no sólo en cantidad, sino, sobre todo, en calidad y atrevimiento. Minifaldas cortísimas y ajustadísimas. Blusas esco-tadísimas. Largas faldas vaporosas repletas de aberturas casi hasta la cintura. Trajes de noche llenos de brocados, transparencias y profundos escotes, ajustados a mi piel. Un par de trajes de chaqueta por si, alguna vez, me contrata algún ejecutivo para acompañarle a algún sitio especial: cena de negocios, teatro, en fin esas cosas. De eso no nos había hablado en el club, porque, según me dijo, “Es algo muy raro para nuestro club, pero me huelo que en tu caso no será descabellado”. También me compró lencería fina, de encaje, con trasparencias, con brillos de satén, medias, y hasta ligueros, prenda que en ninguna ocasión me había puesto. Creo que en casa había alguno de mamá, pero no estoy segura. Se ha gastado una pasta. Fijo. Lo malo es que para salir a la calle no debo vestirme así, porque pueden detenerme por escándalo público. Debo comprarme algo cuanto antes, sobre todo de cara al otoño y al invierno, o no podré salir de la calle.

Acto seguido me ha llevado a comer. Una comida que no sabía que pudiera existir, y que soy incapaz de nombrar o de escribir. Del francés sólo sé que existe. Entramos en un restaurante presidido por conversaciones sostenidas casi en murmullo y arropadas por un suave hilo musical por el que se colaban obras de Mozart y Schubert, creo. Los comensales rezumaban elegancia y distinción en sus modales y en sus ropa. Para la ocasión estrené el traje de chaqueta rosa palo con los zapatos conjuntados (el otro que compró era de color negro), quizá de un corte demasiado serio y clásico para mi edad, que me hacía mayor de lo que era, e hizo que tras mis pasos se volvieran unas cuantas cabezas (no sólo masculinas). He notado que Madelaine sonreía ufana. Probablemente era la prueba que necesitaba para reafirmar la calidad del fichaje, y justificar un poco la inversión en vestuario que acababa de hacer. Dimos cuenta del exquisito menú servido en vajilla de lujo con esmero por profesionales a tono con ese esplendor.
Después del café he vuelto a la pensión.
Primero, lógicamente, me he vuelto a cambiar de ropa ante la alegría de Madelaine y mi repugnancia. Con buen criterio, Madelaine ha mandado parar el taxi tres manzanas más lejos del hostal y me he acercado hasta allí andando.
He intentado pagar a Isabel las noches que le debía, pero no me lo ha querido cobrar, detalle por supuesto que he agradecido a Isabel y he silenciado a Madelaine, total es una pequeña sisa, la segunda, a cuenta de los besos y miradas que ha robado a mi voluntad. ¿No me había dicho por la mañana que tenía que saber vender bien mi cuerpo? ¿No cobro por que utilicen mi cuerpo...? Pues eso.
Le he dicho a la buena de Isabel que iba a recoger el equipaje, porque como no encontraba nada, volvía a mi casa, en el primer tren que encontrara disponible. Le he dado sinceramente las gracias por su ayuda y discreción. Me ha mirado largamente, intentando adivinar, mediante un intenso y breve buceo en mis ojos. Al fin, tras un encogimiento de hombros, se ha despedido con cordialidad, y me ha advertido.
— Mila, no creo ni una sola palabra. Seguro que si llamo en un par de días a tu casa, no estarás. No me mires así mujer, que no lo haré, te lo prometo. Como creo que sabes lo que haces, adelante, ya eres mayorcita, a pesar de lo que diga el carnet. Eso sí, si crees que te puedo ayudar en algo dímelo, no lo dudes ni un momento, por muy complicada que te parezca la situación. Si puedo ayudarte lo haré. Si se me escapa el problema, por lo menos aquí tienes un refugio y un hombro donde llorar.
Tras una pausa que interpreté como que había finalizado de hablar, cuando me disponía a darle dos besos de despedida, ha continuado. Confirmando mis sospechas no ha creído que me fuera a largar.
—Ten mucho cuidado en esta ciudad, y nunca, nunca, pierdas tu autoestima. Si lo haces, es como si hubieras muerto, por mucho que respires y te muevas. Dará igual. Serás un zombi de los que salen en las películas de terror.
Creo que sólo se refería a la droga. Pero, a lo mejor sospechaba algo. Isabel es bastante más larga de lo que aparenta. Así que le dado dos besos de despedida y me he ido de allí bastante nerviosa e inquieta. Pen-saba confusamente, que para algunas personas, mi interior es un diáfano cristal.
Por fin, en el mismo taxi, hemos llegado hasta este lugar donde escribo. Me ha dicho que hoy descansara, que durmiera todo lo que quisiera. Me ha presentado a Reme y a las otras chicas y me ha mostrado el cuarto.
Tras la cena, he subido hasta aquí, el cansancio, sobre todo la tensión de estos días han desaparecido, aunque creo que me aparecerán otros. He quedado dormida hasta que el ruido de la puerta de la calle me ha desvelado.
También he sentido, antes de levantarme, el taconeo de las chicas, y unas cuantas risas, las de Sole. Parece que se ha integrado muy bien.
O sea, que más o menos, me acostaré un poco antes de amanecer. Eso coincide con lo que ha dicho Madelaine. En otoño e invierno será completamente de noche, por lo que será más fácil conciliar el sueño, pero en primavera y verano... Creo que esto es de locos.
Son las seis de la madrugada. La ciudad parece que despierta. El trasiego del tráfico aumenta. La ciudad honrada se despereza descansada tras la noche de reposo y comienza a producir. La ciudad golfa se echa en la cama, algo borracha y bastante hastiada.

Ahora estoy más relajada, creo que dormiré algo más...
Continuará...
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(1) O sea unos doscientos setenta euros, según el cambio oficial, de peseta a euro. N. del A
(2) Quinientos diez euros, aproximadamente. N. del A.
(3) Ciento cincuenta euros, más o menos. N. del A.
(4) Doscientos cuarenta euros. N.A


jueves, 18 de noviembre de 2010

Fin de trayecto. Tercera parte. Capítulo 26

Domingo, once de septiembre de 1988.
Mediodía.

Estoy temblando, diario. Como una gota de rocío en el borde de una flor. Creo que en estos instantes se esta jugando mi futuro. Y no exagero.

Hace unas horas, he visto el periódico que compré ayer en la silla de la habitación, y he decidido que lo voy a intentar por última vez. Me ha dado el pálpito de que es la última oportunidad. Si no lo consigo, ya me puedo despedir de esta habitación pequeña, limpia y luminosa. Ya me puedo despedir de la pensión que me ha acogido estas semanas y que todavía no ha sido afectada por el mundo de droga, prostitución y margi-nalidad que la rodea. Ya me puedo despedir de mis yonquis y putitas, que hasta me saludan cuando paso a su lado, sin miedo ya. Ya me puedo despedir de ese Madrid que ha fagocitado, insaciable, otro cadáver más.
El periódico parece que me miraba, parece que elevaba una voz oscura hacia mi entendimiento, voz tentadora.
Buscaba, ¿por enésima vez?, las ofertas de trabajo y encontré una en la que se solicitaban chicas de buena presencia para un trabajo de señorita de compañía. Ofrecen gran remuneración económica, no son necesarias ni experiencia, ni referencias. Más bien todo lo contrario, se garantiza discreción.
Estas palabras: se garantiza discreción, así como la alta remuneración ofrecida son el lado positivo, la parpadeante luz que me llama. Pero el lado negativo es tan evidente. Sé a ciencia cierta lo que piden. No estoy tan tonta como para no entenderlo, ni soy tan niña. No me engañan. Tampoco lo pretenden, claro. Ahí están las palabras, el que quiera interpretarlas de otra manera será su problema.
Hasta ahora me he ceñido a lo legal, pero estoy tan harta que este anuncio es como si me hubiera atrapado. Supongo que habrá habido en estas semanas bastantes más de estas características, pero no me había fijado en ellos. O no me había querido fijar. Pero estoy en el límite. Y, sobre todo, me duele el alma sólo de pensar que tendré que volver a Euritmia y enfrentarme a mi familia, habiendo sido derrotada, a Joaquín, a los amigos. No estoy dispuesta a tener que dar tantas explicaciones.

Dentro del estómago siento una punzada contundente, yo diría que de hierro. La boca se me ha secado. Un sudor frío recorre mi espalda. Jamás he tenido tan cerca la salida definitiva de casa, pero jamás he tenido tanto vértigo a lo que ello supondría, pues esa huida es lanzarme por el acantilado. No sé si el mismo que contemplaron mis ojos en agosto, u otro parecido, o peor... Y no sé si llegaré al mar, o me destrozaré contra las rocas afiladas.
Primero de todo, no sé si me aceptaran, pues lo mismo no se arriesgan con una menor, ya que sería añadir un delito a esa actividad que si no es delictiva, al menos bordea la ley, comenzaría una vida que me puede conducir al exterminio personal.

Lo segundo, suponiendo que me aceptaran es que no sé si soportaré sin destruirme lo que me espera. Como acabo de decir, ni estoy ciega, ni soy tonta. Sé lo que voy a hacer, por lo menos en teoría. Y es la degradación mayor a la que pueden someter a una persona.
En tercer lugar, si sobrevivo, ¿podré dejarlo el próximo catorce de julio, cuando cumpla dieciocho años? O será todo más difícil.
Cuando he leído el anuncio, he pensado en el dinero, y en que un año pasa pronto (En realidad, diez meses). El trabajo en sí mismo se podrá aguantar, digo yo. Según dicen, es el oficio más antiguo del mundo, por el que habrán pasado millones de mujeres a lo largo de la historia. Yo no sería más que otra gota de agua dentro de ese caudaloso río.

Volver a casa, que parece lo lógico, dada mi situación, se me hace imposible. Estoy segura de que me echan. O si no, me emparedan. Si en Madrid no encuentro trabajo, creo que Euritmia será peor. Además, querida mamaíta, tengo que demostrarte que puedo vivir la vida sin tu presencia carnívora y opresiva.
Antes de seguir con los pensamientos, me he desnudado ante el espejo, casi me ha dado vergüenza a mí misma contemplarme como lo he hecho.

Con este ajetreo por Madrid, he adelgazado, pero creo que soy vistosa y apetecible en conjunto. El óvalo de mi cara no resulta feo, casi al contrario. La mirada tiende a ser melancólica y he de destacar las pestañas que los dotan de cierta magia y sensualidad. Mis pechos, firmes, suaves al tacto, no son pequeños, ni grandes. Mi cintura ha perdido un par de centímetros por lo que se hace más cóncava y a lo mejor (o a lo peor) más atractiva para los hombres, que, al fin, es de lo que se trata. Mi pubis forma casi un triángulo perfecto, denso y oscuro. Mis piernas torneadas, musculosas sin exageración a causa del ejercicio, igualmente suaves al tacto, y largas, concluyen en un gracioso adelgazamiento del tobillo. Mis pies son pequeños, finos, alargados.

Releo las líneas anteriores. Siento rubor de verme así descrita…

He de hacer un esfuerzo por reflexionar. Seamos realistas. Me quedan dos opciones. Primera, volver derrotada y plegarme a los requerimientos familiares: verme abocada a la persecución y al odio, sobre todo, del abuelo pues el nombre y el sacro santo honor familiar ha sido difamado por mí para siempre, porque la salida de Joaquín a la palestra, ha cambiado todo, y no sólo, ya no hay delito, así que la poli, aunque me busque, no pondrá el mismo interés, sino que, además, se ha aireado mi deshonor. Toda Euritmia conoce que me he escapado con un jovencito sin oficio ni beneficio, y, además, ya no soy una joven intacta. Segunda, no rendirme y hacerles un daño atroz, más aún, aunque la primera víctima sea yo misma. Más daño aún. Que puedan morder el polvo, que sean incapaces de levantar la cabeza, cuando salgan a la calle, que no puedan mirar de frente a ninguno de los vecinos.

Esto es lo que debo valorar, si merece la pena arriesgarme tanto por este odio que siento. Aunque, a lo mejor no hay tanto riesgo, un año, pasa pronto. Después, con dinero ahorrado, puedo plantearme otras metas... Si hay un después.

(Mamá, el odio es el motor que moverá mis actos a partir de ahora. Si piensas que comeré de tu mano, te equivocas. No soy la servil palomita que imaginas. Sé lo que he leído. Sé a dónde voy. Tengo miedo, pues más abajo no podré caer. ¿O sí? Cuando leas todo esto (algo menos de un año), tu corazón parará. De un sólo golpe, te haré más daño que el que tú me has hecho a mí desde que recuerdo.
Nada tiene sentido para mí.
Vosotros me odiáis, Joaquín me ha dejado. No puedo volver a Euritmia. En Madrid sólo me queda morir. Antes de hacerlo físicamente, quiero que sufras más de lo que lo estás haciendo. No es justo que sea yo sola la que pene. A partir de este instante, solo tengo un anhelo. A partir de hora, y durante los próximos meses, me dedicaré a escribir con detalle cómo ha sido vejada y cosificada tu querida hija, a la que nunca supiste entender y la arrojaste al fondo del abismo. Y por añadidura cómo queda destrozado para siempre el honor de la familia, de la estirpe nobiliaria. ¿No era eso lo único que te importaba? Pues ahí lo tienes, formando parte del lodazal. Los Sebastián de Villa Franca del Arroyo, provincia de Euritmia, han caído en lo más abyecto. Simplemente quiero hacerte daño y juntar dinero para pasártelo por delante de los ojos algún día. Acaso más dinero del que te puedas imaginar, y nunca hayas visto, ni, por supuesto hayas juntado).

Después de comprobar mi estado físico, rápidamente, no me fuera a dar un ataque de miedo, temblando por la ansiedad, he salido a la calle. He rebuscado en el monedero. Desde la primera cabina libre que he encontrado, he telefoneado al número indicado en el anuncio.

Mi corazón latía desacompasadamente, incluso sin espejo delante, sabía que mi cara se había enrojecido y luego ha palidecido. Un sudor frío y pegajoso me recorría por el centro de la espalda y encharcaba las palmas de mis manos. Aquello no era precisamente lo que se entendía por una forma de vida, pero he pensado de nuevo, machaconamente (es mi único asidero), que diez meses pasarían pronto. Seguro que hay más de una mujer respetable y respetada, que no le ha quedado más remedio que acudir a los apestosos machos para equilibrar su economía. No en vano, todos dicen que de la prostitución, si no es en las esquinas de las calles, se saca buen dinero. Respecto de la moralidad, prefiero no hacerme preguntas. Intentaré evitarlas hasta donde me sea posible. Intentaré hacer un hueco en el alma. Sólo son diez meses, me repetía tozudamente.

Todas esas cosas las pensaba, a la vez, mientras escuchaba el sonido de llamada que daba al otro lado del auricular. Me impacientaba que no cogieran el teléfono, y, a la vez, me asustaba que lo hicieran.

La conversación ha sido breve. Quien me ha atendido era una voz femenina agradable que lo primero que ha hecho ha sido calmarme y hablar con cierta frialdad y distancia. Tras indagar mis propósitos, me han citado para mañana. Espero tener suerte. ¿Pero qué sería la suerte que me contrataran, o que no lo hicieran? Me quedan mil quinientas pesetas, exactamente las que le debo a Isabel por estas noches. Ya le dije que no comería en la pensión. Si lo de mañana no sale, se acabó. Está decidido. Lo escribí ayer, o antes de ayer, no me acuerdo y me reafirmo.

Te juro, diario mío, que si mañana no tengo trabajo, me voy a la poli y se acabó esta aventura. Habrán ganado. Mi límite está en la calle. He visto demasiado dolor, y demasiada destrucción. A eso no estoy dispuesta a llegar. Intentaré por todos los medios que no me envíen de nuevo a mi casa. Pero eso será otra historia, en la que de momento no quiero entrar. Como las chicas con las que me cruzo cada tarde, no acabaré. Eso lo tengo claro. Gracias a Dios, o a quien sea, yo no aguanto a tipos como los que tienen que aguantar ellas. Ni me pongo en la situación física y psíquica en la que ellas están metidas. Por lo menos, si tengo que poner mi cuerpo al servicio de los hombres, que tengan dinero y garantías, no lo que se ve por aquí. Al menos, aunque en el fondo, el trabajo sea igual de aberrante, si me aseguro un cierto nivel económico y sanitario tendré más posibilidades de salir del hoyo. Para ellas ya es imposible. Por lo menos, intentaré no destruir mi cuerpo.

Continuará...

martes, 16 de noviembre de 2010

Fin de trayecto. Tercera parte. Capítulo 25

Sábado, diez de septiembre de 1988.
Atardecer.

En el último periódico que he comprado para buscar ofertas de empleo, sobre todo de aprendiz de camarero, o dando alguna clase particular, algo por lo que no pidan demasiadas referencias, incluso estaría dispuesta a que no me aseguraran, daban datos nuevos acerca de mi fuga.

Ayer escribí que el tema se iba diluyendo, y eso me favorecía. Creo que he dicho que ya no había declaraciones altisonantes, o algo así. No tengo ánimos para buscar lo que escribí con exactitud. Como adivina no tengo precio, y como gafe todavía menos.

Han publicado unas declaraciones de Joaquín. Antes de escribir nada lo he leído varias veces, no quiero que me lleve la indignación, o la ofuscación. Mi situación es lo suficientemente delicada como para que no analice con calma cada cambio. Como prometí desde el principio, quiero que en este diario sólo esté la verdad, o al menos la verdad tal y como yo la veo, pero con honestidad, procurando no engañar a nadie, y menos que a nadie a mí misma.
Después de haber leído el artículo he sacado algunas conclusiones. La primera de todas es que Joaquín es un cobarde y un egoísta terrible, solo se ha preocupado de resolver su problema. A los demás que nos zurzan.
Aunque hay una parte positiva en todo esto. Que Joaquín me haya abandonado presenta una ventaja en la situación. Quizá, en el fondo haya sido una suerte que se haya asustado. La situación general del asunto cambia radicalmente, y esta modificación juega a mi favor. Oficialmente ya no es un secuestro. Con lo que la fama y el honor de mi casa se ve puesto en tela de juicio, para siempre. O sea que mi familia ya no puede jugar la partida tal y como quería. Ahora se tiene que enfrentar a una escapada, no a un secuestro. Cómo cambian las cosas.

(Me alegra haber acertado en eso, mamá. Al menos he acabado con esa falsa moralidad tuya. Aunque sigáis adelante con mi búsqueda, lo que no dudo, pues al fin y al cabo es vuestra obligación, y mi DNI dice lo que dice, la gran batalla del honor familiar ya la habéis perdido. Supongo que tú y el abuelo intentaréis alargar la historia. Intentaréis hacer ver que Joaquín miente, pero ahora sí lo tenéis difícil. Además Joaquín, si es preciso, tirará de la coartada de Laura, pues no es tonto. Habéis perdido vuestras bazas, respecto de vuestro verdadero deseo.
Cómo me hubiera gustado estar detrás de una ventana y haber asistido al instante en el que la poli se haya presentado en casa para contaros que Joaquín se había presentado. Me imagino que le habrán dicho, más o menos: “Verán, el presunto secuestrador de su hija ha aparecido. Se ha presentado voluntariamente en el cuartel y ha hecho declaración completa de todo lo ocurrido. Lógicamente, antes de venir aquí hemos comprobado las coartadas que nos ha dado y son todas auténticas. Así que, de momento, de secuestro nada, o por lo menos de su novio. Y por lo que él dice es una escapada de la chica, que se lo ha querido pasar bien unos días. Ya se sabe los chicos de hoy”.
En este punto seguro que a mi madre le ha dado un sofoco. El poli no habrá adivinado la verdadera razón. O a lo mejor sí, porque quizá Joaquín les haya contado algo. Me alegraría un montón. Luego habrá seguido más o menos así: “Ya se sabe como son los jóvenes. Además, a lo mejor está asustada, por lo que ha leído, y teme alguna reacción mala por su parte…”. Aunque haya tirado la piedra, ésta no habrá caído. Creo que por ese camino no habrá avanzado nada, pues se habrá tropezado con los ojos de mamá, que se clavaban en los suyos como dos ascuas. Cuando se hayan marchado, habréis formado una escena en todo regla. “¿Cómo nos hace esto? ¿Qué dirán en el barrio? Seguro que ese amigo suyo les está contando a todos las cochinadas que han hecho”. El abuelo, como si estuviera ido, seguro que repetiría algo así “¿Cómo es posible que sangre de mi sangre deje el honor de la familia tirado por los suelos? ¿Cómo es posible? Si, me está bien empleado, porque en su día te hice caso, y dejé que te casaras con este pelanas. Siembra vientos y recogerás tempestades”. Y papá a lo suyo. No sé si habrá abierto el pico. apostaría diez contra uno que no. A lo mejor intentáis rizar el rizo y planteáis la posibilidad de que Joaquín me haya asesinado, o me haya vendido como esclava a los moros. En fin, cualquier cosa con tal de alargar la historia).

Sin embargo, la información de hoy tiene serios agravantes. Joaquín, el infame, ha dicho que lo más probable es que me dirigiera a Madrid. Con lo que ha destapado la gran baza que tenía. Realmente la única. Les podía haber mandado a Barcelona o San Petersburgo, a Londres, a Valencia a París, yo que sé. Solo le ha interesado inventar en lo que le afecta a él. Decía la información que él me había acompañado, porque disponía de unos días de vacaciones y queríamos hacerlas en plan romántico; y añadía, y ahora transcribo textualmente, aunque está claro que el periodista le ha dado forma. Joaquín no es capaz de hablar tanto tiempo tan seguido y en ese orden.
Y lo mismo se ha quedado tan pancho después de soltar toda esa sarta de medio mentiras. ¡Será cerdo! Si jamás me he opuesto a sus gustos y a sus deseos. Si toda nuestra relación se ha basado en el cariño y la ternura. ¿Cómo se le puede ocurrir pensar, aunque sea para justificarse, que yo le amenacé con acusarle de violación? No entiendo lo cobarde que se ha hecho. ¿O es que nunca lo ha dejado de ser…? ¿O es que todo lo suyo es pura fachada, es pura pose de cara a la galería, y, en realidad, es como los niños pequeños que se lo hace encima en cuanto les nombras al lobo feroz, o al coco?
“Cuando leí la noticia de la fuga de Mila, o del secuestro, como se ha escrito, me sentí engañado. Y asustado, por qué no decirlo. El secuestro es un delito muy gordo. Desde el principio pensé que mi novia contaba con el permiso de sus padres. Yo sabía que era menor de edad, cómo no lo iba a saber, si en el barrio nos conocemos todos. Cuando leí la noticia, discutimos. Fue una discusión fuerte, se lo aseguro. Le dije que debería volver y explicarlo todo. No pude obligarla a venir conmigo, porque me amenazó con contar, si así lo hacía, que gritaría a los cuatro vientos que, efectivamente, había sido un secuestro. Incluso me amenazó con denunciarme, además, por malos tratos y violación”.
Así que, según él, intentó convencerme para que, al menos llamara a casa, pero yo dije que no, que quería tener una vida libre. Me he desesperado ante la lectura de la sarta de mentiras que este cabrón ha contado a la prensa. O de medias verdades, que es peor. Porque claro, se ha guardado muy bien de decir que él se lo ha pasado conmigo estupendamente, que sólo, cuando el otro día se acojonó, salió por patas. Hasta entonces, que yo fuera menor no le asustó para besarme, para acariciarme todos los poros, para penetrarme cuando y cómo ha querido. No sólo no le asustó, sino que le encantó, o eso parecía. Tampoco cuenta, el cerdo, que la escapada fue programada por ambos.
Esto no es cierto. Debo de intentar atenerme a la realidad de las cosas, por lo menos dentro de estas páginas. Lo obligué. Aunque sí que es cierto que el conocía perfectamente la situación a la que se enfrentaba.
Así que, querido diario, con esta historia a las espaldas, con la fama de liante que me ha echado encima y con diecisiete años, nadie me va a facilitar un trabajo en regla, pues lo primero que me exigen es la autorización familiar.

Patear por Madrid me ha enseñado una cosa, o apuesto fuerte o termino en la puta calle, como la mayoría de los que pululan por esta zona, y ya sé bien cómo acaban. A pesar de todo lo que escribí ayer, sobre la resistencia eterna, la muerte gloriosa y cosas por el estilo, me ha dado un ataque de cordura y creo que lo mejor será rendirme y volver a casa. Pero ¿Cómo volveré a casa después de todo el lío que he preparado? Seguro que ahora son ellos los que me echan.
Quizá entregarme a la policía y pasar los próximos diez meses como sea. Quizá ir al Ayuntamiento y buscar un asistente social. Alguien que pueda echarme una mano para que me puedan apoyar ante mi situación familiar.
Soy un mar de dudas.

(Continuará...)

sábado, 13 de noviembre de 2010

Fin de trayecto. Tercera parte. Capítulo 24

Viernes, nueve de septiembre de 1988.
Amanecer.

He pateado tanto la ciudad hostil, que cada día que pasa, llego más cansada a la pensión. Durante este tiempo, te he abandonado. La razón real del abandono ha sido, pura y llanamente, que acabo literalmente destrozada y no tengo fuerza ni para abrirte. Y por las mañanas, además de lo que me cuesta despertarme, quiero salir muy pronto, para buscar un trabajo.

Pero, a medida que han pasado los días, ha aumentado el agobio. Noto que cada día me despierto un poco antes, aunque la fatiga sea la misma. Noto que duermo un poco peor. Tengo menos apetito. Estoy más irascible. Y hoy la desesperación ha aumentado de forma evidente. Estoy desesperada y mi único refugio son tus páginas. Tan desesperada estoy, que a pesar de lo temprano que es hoy (apenas ha amanecido), ya estoy levantada. Siento que mi ánimo se comporta como lo hacía los últimos días de julio en Euritmia, cuando la aventura sólo era una idea. Ahora es una necesidad. Aunque estoy al borde de la derrota.

La soledad es mala compañera para la supervivencia, probablemente una de las peores, sino la peor, aparte de la enfermedad, claro. Aleja de mi latido, la esperanza de un mañana más tranquilo y mejor. Aunque los problemas fueran los mismos, si estuviera con alguien las cosas se podrían ver de otro modo. No sé, quizá otros ojos lo vieran de otro modo. Por lo menos tendría un hombro en el que apoyar el agotamiento. Y podría, al tiempo, ofrecer el mío para que descansara cuando fuera necesario. En fin, una meta común. Un horizonte compartido.
¿Por qué me dejaste tirada como una colilla, Joaquín? Ahora recuerdo lo que pronosticó Laura, y, por desgracia, tenía razón. O, por lo menos, los hechos se la han dado

Me la he jugado y perderé. Pero no pienso dar a torcer mi brazo, de momento. No puede ser tan fácil para ellos vencerme. Me imagino que las batallas que ganaban los habitantes de una ciudad asediada era porque se armaban de paciencia hasta en las entretelas del respirar, y aprovecha-ban el primer error del adversario, aunque también debieran contar con que el tiempo era su mortal enemigo. Ella, mi madre, ha planteado una batalla de supervivencia. Ella, mi madre, no va a ceder ni un solo milímetro de su espacio conquistado. Pero yo tampoco. Quizá ella esté esperando que aparezca cabizbaja en su presencia y le pida perdón. Pero puede esperar sentada, que si no, se va a cansar.
Sé que la boca del lobo se abre con más fruición en espera de la tierna presa que deglutirá. Casi siento cómo ensaliva, casi me llega su humedad. Pero es igual, no me rendiré. Me tendrá que cazar, o tendré que caer en su trampa, pero no me entregaré… Volviendo al símil de la partida de ajedrez, mi enroque ha dejado la partida con muy malas perspectivas para los dos bandos. Ellos siguen sólidos en sus posiciones, pero no me encuentran. Yo estoy a salvo de su ataque directo, pero no tengo casi salida, pues mis piezas más importantes las he sacrificado ya.

Como imaginé el último día que escribí algo, esta ciudad se ha convertido en un cementerio para mí, o eso creo. A lo lejos diviso crisantemos blancos que me acechan. La rendición será total, pero no porque me venzan, sino porque solo han de encontrar los despojos de mi persona, suponiendo que no hallen únicamente el eco de sus voces como respuesta a las preguntas que me quieran dirigir.

Vale ya de disgresiones. La situación es ésta, querido diario: hoy es el último día que tengo pagada esta pensión. Me quedan cuatro mil pesetas, más la calderilla. Después de aquella primera semana que me pagó Elena, Isabel, conmovida, supongo, decidió regalarme el alojamiento, siempre y cuando no comiera en la pensión y compartiera el cuarto con una de sus sobrinas. Es decir, que me ofreció refugió. Como es obvio acepté. Total con las pelas que me dio Joaquín comería, aunque fuesen bocatas y platos del día... Esta última semana la he pagado yo, pero claro, exigí mi habitación particular. Sólo faltaba. Ya no soy refugiada, sino huésped.

Todo ha sido fracaso tras fracaso. Y herida tras herida. Parece una táctica combinada de ataque y derribo. No se cansan de perseguirme. No sé con qué intención lo harán, quiero imaginar que la mejor para mí, se-gún ellos, pero me están convirtiendo en una proscrita.
El acoso que están haciendo desde mi casa, a través de la prensa es terrible. Creo que todo el mundo me reconocerá, hasta los mendigos. Cuando compro el periódico, arma fundamental para mí, es raro que no me vea en alguna información. Todo sigue igual. Lo único positivo es que la prensa ya se está cansado. Cuando una noticia de este tipo no se resuelve, lo normal es que se diluya en el olvido. Desde esa perspectiva, mi situación ha mejorado sustancialmente. Ya no hay titulares escandalosos. Ya no hay declaraciones altisonantes. Los textos son cada vez más lacónicos e inexpresivos. Sin embargo, como hoy, aparecen testigos que me han visto en Elda, otros en Sitges, otros en La Toja… ¡Qué sé yo!, creo que me han visto en toda España. Hoy, según este periódico, alguien ha dicho que me han visto en Santillana del Mar, Cantabria. Lo cierto es que no me importaría estar allí, pero estoy aquí. Cuando aparece una declaración de este tipo, es como si atizaran las brasas de una chimenea, siento que se reavivara todo el asunto, y justamente eso es lo que no quiero. Menos mal que nadie me ha visto en Madrid. Ese día sí me asustaré. Si es que me puedo asustar más de lo que estoy.

Este es el otro sentimiento que me invade. Cada día tengo más miedo. Cada vez me siento más desprotegida, más vulnerable. Me da miedo enfrentarme con lo que me rodea, a veces, pavor. Por una parte, pienso que me pueden reconocer y se acabará mi historia, un telefonazo a la policía y punto final. Por otro lado, me planteo que, si saben mi problema, si alguien me quiera hacer daño me podrán atacar mejor, pues estoy más sola y sin barreras defensivas. Vamos, que soy una fácil presa. O dicho de otro modo, algún avispado puede convertir en realidad la situación imaginaria que mi familia ha vendido a la prensa como realidad, es decir, podría ser víctima de un secuestro, buscando que sé yo qué cosas. Se oyen tantas cosas por ahí.
Creo que la mejor comparación de mi estado de ánimo es la de la presa que se sabe presa. Que sabe que el depredador está ahí mismo. Aunque no le ha olido todavía. Aunque no ha visto el brillo siniestro de sus ojos inyectados en sangre por el deseo descontrolado de la caza. Aunque no ha oído el ruido de sus pisadas. Aunque, en definitiva, ninguno de sus sentidos le haya hecho presente, corpóreo, sabe a ciencia cierta que está al acecho, esperando el primer error, el primer descuido, el pri-mer movimiento en falso para abalanzarse y morder justo a la altura de la yugular, donde ya nada tiene remedio.

Cómo añoro los días que pasé con Joaquín: el descubrimiento del amor en su totalidad, ¡qué pasión, qué amor, qué libertad! Algo así será una luna de miel, digo yo. Pero, ahora que amanece, que Madrid se des-pereza y pone enfuncionamiento el complicado engranaje de su estructura infinita, añoro su presencia fuerte y sólida, sobre todo, porque no me sen-tía sola, porque no tenía miedo, porque en el horizonte siempre había un rayo de luz, aunque estuviera repleto de nubes, o la tormenta ya hubiera estallado sobre nuestras cabezas. Porque en ningún camino se levantaba un muro que impidiese seguir por él. En definitiva, porque la angustia era de los otros. Me viene a la memoria aquella tarde en la que, contemplando el acantilado, lloré tanto sobre su hombro dolorido por las quemaduras del sol.
Esto de aquí y de ahora es otra clase de opresión. Quizá, incluso, empieza a ser peor que la de mamá. Al menos, en casa me garantizo una existencia muelle: lecho, comida, un entorno, sino afectivo, sí lo suficientemente cercano como para suplirlo más o menos...
Madrid es otra cosa. Aquí nadie regala nada a nadie. Ni un pedazo de pan. Salvo que el dinero vaya por delante para pagarlo, ninguna de las innumerables posibilidades que te ofrece esta ciudad te será dada. Y si no alcanzas alguna de esas posibilidades, tampoco tendrás dinero. Vamos, la pescadilla que se muerde la cola.
Por desgracia, el poco que tenía y el poco que Joaquín, en un arrebato de generosidad completamente desconocida en él, me había dejado debajo de la nota de despedida, está a punto de acabarse, literalmen-te hablando.
He aprendido una cosa en estos días: si no hay dinero no me quedo. Para morirme de asco tirada en mitad de la calle, prefiero humillarme en mi casa. Si acaso, puedo permitirme pagar un par de noches, y ver si Isabel, o alguien de la pensión, me fía algún día más. Si no, se acabó.


Estos días han sido fracaso, tras fracaso. He intentado prácticamente todo. Me he presentado a la selección de personas para repartir propaganda, a los que necesitaban aprendices de lo que fuera, para dar clases particulares, de camarera, de repartidora a domicilio, para cuidar niños, enfermos, personas adultas, para la limpieza... Me ha dado igual. En algunos casos solicitaban directamente, tener cumplidos los dieciocho. En otros, necesitaban la autorización paterna, otras veces me reconocían, otras no cumplía algún otro requisito. Pero la mayoría de las veces, la falta de autorización paterna era la clave del asunto. Rogaba y rogaba. Enseñaba el DNI. Nada era suficiente. La gente no quiere líos. Algunos me miraban extrañados. No comprendían que no estudiara, que me estuviera buscando trabajo con tanto ahínco. Pensaban que ocultaba algo, o que tramaba alguna cosa.

En fin, que siempre había alguna razón para que no me dieran el anhelado puesto de trabajo. Lógicamente, no podía contarles mi historia. Hubiera puesto las cosas peor.

He de volver a la calle, querido diario.

Espero que hoy sí sea mi día de suerte.

(Continuará...)

jueves, 11 de noviembre de 2010

Fin de trayecto. Segunda parte. Capítulo 23

Miércoles, diecisiete de agosto de 1988.
Noche.

Estoy en Madrid, mi El Dorado particular. Lo único que espero es que no sea un fiasco como lo fue para los conquistadores españoles. He cubierto la primera parte de mi camino. He llegado sola y vacía (mejor vaciada) a la primera meta que me había trazado. Pero he llegado. Es decir, sólo se ha cubierto una parte del plan. No sé si la más importante, pero la que más me apetecía, la de luchar por mi propia vida con Joaquín, esa parte no ha sido posible, y no lo será nunca más. Me da la impresión de que el final con Joaquín ha sido definitivo. Como despedida, un polvo. No está mal.

Al final, no fue tan difícil. Hablé con la dueña de la pensión. Le conté que mi novio se había largado de madrugada, sin avisar y que no podía llegar hasta aquí. En definitiva que necesitaba ayuda.

En cuanto su mirada se fijó en mí, noté que sus ojos oscuros y cansados recobraban un brillo especial. Entonces no supe a qué se debía. Después he deducido que podía ser por la ansiedad, incluso por el miedo, o por una mezcla de ambos, lo que hizo que la adrenalina saliera disparada por sus venas, acabando de chocar contra el iris de sus ojos. También me di cuenta que cada vez que me miraba procuraba huir de mis pupilas. Al final me lancé a la piscina. Noté, nuevamente, una punzada en el estómago. Efectivamente mi intuición había sido certera, una vez más.

Sabía quién era yo. Había visto en el periódico, y me reconoció. Luego dicen que no se lee en este país. Nos quiso dejar pasar la noche (la pela es la pela), pero a esas horas de la mañana estaba dispuesta a llamar a la policía. Quizá en su fuero interno esperaba algún tipo de recompensa, por haber ayudado a resolver un delito. Menos mal que le conté a tiempo mi versión de la historia (mi modo de ver, la realidad de las cosas). Después de habernos inscrito en el libro de registro, ella no había estado en la recepción durante resto de la noche, y parece que tampoco advirtió a quien la sustituyera, por tanto no podía saber que Joaquín se había largado. Cuando comprobó, que estaba completamente sola decidió que me protegería todo lo que fuera posible.
“Todavía queda gente muy buena por el mundo”, pensé.

Le enseñé mi carnet y comprendió que por diez u once meses no iba a impedirme mi aventura, sobre todo, después de que, como dijo ella, “Con perdón, el cabrón de tu novio te haya dejado tirada como una fulana”. Además añadió, “Ya eres mayorcita y sabes lo que haces”. Y también, “Lo que más me alegra de toda esta historia, es que el tal Joaquín no te haya secuestrado. Me dio mucho miedo saber que estabas con un tipo que te tenía engañada. Con la de cosas que pasan ahora, sobre todo con chicas como tú.... Aunque quizá haya sido una suerte que se haya largado. Si no se hubiera ido, tú no me habrías contado nada, y a estas horas la Guardia Civil estaría detrás de vosotros. Y encima yo les habría dado todos los datos...En fin, te llevaré a la capital.”

Coincidió que aquella misma tarde ella tenía que venir a Madrid para hacer unas compras, o algo así, que no podían esperar, a pesar de ser fin de semana. Deduje que precisamente el sábado por la tarde no tendría nada que hacer y trataba de ayudarme sin que me diera cuenta. Quizá algún cargo de conciencia por lo que tenía pensado hacer y al final, gracias a mi mala suerte, no pudo hacer... La vida está llena de paradojas.
Gracias.

Todo aquello me hizo recuperar cierto aprecio en el ser humano. Me dijo que fuera a descansar a la habitación. Que después de comer ella misma me acercaría a Madrid. Por cierto, me devolvió parte del dinero que Joaquín había abonado por la habitación, la cena y el desayuno.
— A cuenta de la casa —. Proclamó con una sonrisa que continuó mi proceso de reconciliación con el mundo.

Cuando llegué a Madrid, un nudo se me hizo en la garganta. Aunque iba protegida por Elena, sabía que en realidad me arrojaban a la jungla más frenética y peligrosa que existe. Una jungla en la que únicamente caben dos posiciones: depredas o te depredan. O esa impresión tengo.
Ha concluido la primera parte de mi aventura. Ahora llega lo peor. La parte decisiva de la partida. Es necesaria la calma, la tenacidad, la paciencia y la imaginación.

Si comparo mi situación con una partida de ajedrez, ésta es bastante desesperada. Juego con negras. A pesar de una salida brillante, sólo en apariencia, se ha demostrado que ha sido una apertura muy mala: he perdido posiciones. He sacrificado piezas claves y muy valiosas. Las blancas (mi madre y mi abuelo) juegan, a pesar de su conservadurismo, con la ventaja del poderío de sus piezas y una posición muy fuerte. Aunque no tanto como parece. No han arriesgado prácticamente nada y están inmejorablemente situados en el tablero. Un juego muy sólido, en definitiva. Probablemente sólo tengo tres salidas: una ruptura del juego adversario con mi dama por el centro del tablero que divida en dos bloques a sus piezas, lo que implicará, a la larga (probablemente también a la corta), una derrota honrosa (a riesgo de mí misma, sin duda); o alargar el juego con falsos movimientos de distracción o de dilación mientras me rearmo defensivamente y conseguir unas tablas lo más beneficiosas posibles para mi desesperada situación; o tablas por ahogamiento, porque estoy dispuesta a todo. De todas maneras, es necesario analizar hasta el detalle cada posibilidad. A pesar, de que, para más contrariedades, el reloj de esta partida corre en mi contra.

Elena, la dueña de la pensión, mi primer ángel salvador, me acompañó no sólo hasta Madrid, sino que me dejó a la puerta de otra pensión que ella conocía, casi en el centro de Madrid. Un lugar fantásticamente bien ubicado. Siguiendo con la comparación del ajedrez, me he enrocado. Este simple movimiento, puede ser decisivo, no para mi victoria, pero al menos, la suya queda muy en el aire también.
Habló con la dueña y aquí estoy. Es más, y esto me emocionó tanto, que no pude por menos de abrazarme a ella y llorar como una chiquilla, me dejó pagada la pensión completa de una semana, nada menos, incluyendo una comida al día. Entre hipidos le sonreí y llegué a decirle “Vaya negocio que has hecho conmigo. Como tengas muchos clientes iguales, te arruinas.”
Creo que los llantos de aquel sábado fueron importantes. Me evitaron caer en la desesperación y me impidieron cometer una locura.

O sea, querido diario, tengo una semana más por delante para preocuparme solo de encontrar trabajo (nada menos), sin tener los agobios del dinero para pagar el alojamiento y la comida.
Incluso, dispongo de las malditas quince mil pesetas que me dejó el cabrón de Joaquín, más las tres mil que me devolvió Elena. Si lo administro medio bien, calculo que, contando esta semana, dispongo entre diecisiete y veinte días. No sé si será mucho o poco. Sólo deseo que sea suficiente.

De todas maneras no será fácil. Ya he tentado dos o tres ofertas y en todas piden referencias. Cuando les digo mi edad, me solicitan el permiso familiar. Una de las personas a las que he acudido me ha reconocido como la menor fugada. Me ha dicho que no tenía ganas de jaleo. Incluso llegó a decir que si no iba a la policía con el cuento era porque al fin y al cabo no quería historias. De todas maneras me advirtió.
— Ten cuidado, niña. Esta ciudad es muy dura. Me imagino que si te has largado de tu casa será por algo, y no quiero meterme en tus cosas. Pero yo que tú, y tal y como se han puesto las cosas, lo dejaría. Es casi imposible que nadie te contrate legalmente. Y tal como está el INEM con las denuncias y estos líos, dudo que encuentres nada de nada. Salvo cosas muy raras de las que debes huir, o estás perdida, para siempre.

Madrid se me echa encima, como un monstruo que, a medida que pasan los días, crece y me envuelve en una sustancia viscosa, pestilente, cenagosa. Es como esos dragones de cuento de hada que repugnan, asustan, pero atraen inexorablemente a la protagonista que, no podía ser de otra manera, termina entre sus garras... Espero que mi príncipe, aunque ahora mismo esté escondido y no lo conozca, pueda rescatarme.
¿Existen los príncipes? Y si existen, ¿podré encontrarlo en esta jungla de cemento?

Mis ojos se tienen que acostumbrar a este enjambre de torres y rascacielos que alejan el cielo de mi vista. La velocidad del tráfico me hace dudar. Creo que cada persona que mire mi indecisión al cruzar las calles comprenderá que soy nueva en esta urbe. No distingo a los pájaros, ni los oigo. La brisa no arrulla las hojas de los árboles que se levantan, diríase que son vigías de antiguos tiempos disecados por un taxidermista. A pesar de lo luminoso de los días, el color que más se me muestra a mis ojos es el gris y el ocre grisáceo y sucio de la contaminación. Lo único coincidente con mi añorada Euritmia es el calor denso y reseco que se filtra por cada poro de mi piel y me la deja como lengua de cuero.

Isabel, la dueña del establecimiento, me trata con deferencia. Lógicamente Elena le contó la situación, sin engañarle, aunque evitó entrar en demasiados detalles, lo que es de agradecer. Ya me ha advertido que sería bueno que no me retrasara mucho en volver por las noches, pues reconoce que la pensión está situada en una zona un poco complicada de Madrid. No es que exista mucho peligro, pero no es menos cierto que la droga causa más de un problema por los alrededores y yo, según ella, soy una buena candidata para entrar en ese mundo si no soy capaz de decir que no...
— ¿Sabes? La mejor manera de decir que no, es no poder decir que sí, y para los que venís de fuera, es muy difícil, sobre todo si la situación en la que estáis es tan complicada y delicada como la tuya.

Eso de ser de fuera es algo que se debe llevar en la cara durante un par de semanas o tres, por lo menos.

En estos días la gente mayor está muy sensibilizada con el tema de la droga por todo lo que ocurre en Barcelona. Incluso los políticos debaten sobre lo que tienen que hacer para evitar tantos muertos. Según se dice en la calle, efectivamente algún listo se está aprovechando de los yonquis y les está metiendo mierda por un tubo, y encima, como decía uno a otro:
— Tronco, te cobran un huevo por un jaco, que es menos que un pollino.

Anoche, antes de regresar a mi madriguera relativamente acogedora, me aventuré por entre las estrechas y oscuras callejuelas que circundan la pensión y vi que Isabel tenía razón. Había un ambiente raro. Me sentí mirada por todos y por todas.
Por un lado, y junto a las escaleras que desembocan a una pequeña plazoleta trapezoidal, un grupo de chicos y chicas, más o menos de mi edad, andaban bebiendo en botellas grandes de cerveza, y se pasaban un porro. Recostada en la jamba de un portal, desvencijado y oscuro como un ataúd, una chica enseñaba prácticamente todo el muslo derecho cubierto con media negra de redecilla, más allá de lo atrevido. No muy lejos, pululaban dos o tres chicos con pinta de querer hablar con ella. Un poco más abajo, de un local oscuro y ruidoso, entraban y salían multitud de chavales con vasos de plástico blanco en la mano, supongo que llenos de licor. Un par de manzanas más arriba un coche patrulla de la poli observaba. No me quise acercar, por si acaso, pero supongo que salvo escándalo monumental, no intervendrían ni una sola vez.

Ante la presencia de la pasma me he asustado, y he dado media vuelta. No se trata, precisamente de meterme en la boca del lobo. Estaba en estos pensamientos, un tanto azorada, cuando he sentido el chistar de algún tipo que seguro que me ha tomado por una putilla de las que están por la zona. Por supuesto, no he vuelto la cabeza. He acelerado aún más el paso, aunque sin correr, para evitar males mayores. Oía el apresuramiento de los latidos de mi corazón, y me parecieron de tal magnitud sus redobles, que me han hecho pensar, incluso, que pasos veloces y amenazadores me seguían.

Esta ciudad puede ser hermosa, casi seguro que lo es. Incluso puede ser la mejor para encontrar salidas a personas jóvenes y con cierta ambición, y creo que yo me puedo colocar en ese grupo. Pero también creo que es la más peligrosa. Creo, en fin, que es el cementerio más grande que existe, o al menos que yo conozco.

Continuará...

martes, 9 de noviembre de 2010

Fin de trayecto. Segunda parte. Capítulo 22

Sábado, trece de agosto de 1988.
Amanecer.

Esta triste mañana estoy sola. Desnuda y sola. Lo único ajeno a mí está en mi interior: el semen de Joaquín buscando, inútilmente, algún óvulo que fecundar. Cubierta sólo por la sábana del abandono y del desprecio, una sábana cotidiana, costrosa. Otra pensión de mala muerte. Suciedad y calor. Un cuarto de baño y una ducha para todas las habitaciones.

Pero, ¿cómo iba yo a suponer lo cabronazo y calzonazos que es Joaquín? Al final tendré que dar la razón al abuelo. Eso me enfada más aún. Tener que dar la razón a ese nazi machista, a ese fósil medieval.

Ahora que escribo estas líneas he logrado calmarme. Pero he vivido unos momentos terribles. Al estirar mi brazo hacia un lado para rozar su cuerpo, he notado su ausencia, paloma muerta. Y he notado como si mi corazón se empezara a vaciar, como si los latidos felices de mi corazón se ausentaran de mí. ..
En un principio, he luchado contra la intuición. He pretendido ser lógica (aunque más bien he de escribir que lo único que ha llenado mi cerebro ha sido el deseo), y he pensado que quizá estuviera en el cuarto de baño. He mirado en torno y, salvo un par de arañas, nada especial, porque ya no es especial el deterioro, la suciedad, el desmoronamiento de las cosas no cuidadas.
He mirado con más detenimiento y me he dado cuenta de que su ropa no estaba...Una sensación de ahogo, de asfixia, de angustia, me ha recorrido por todo el cuerpo centrándose de forma especial dentro del estómago, como una punzada constante, tenaz y, al mismo tiempo, aguda...He intentado respirar hondo. Los mensajes inconscientes eran claros y diáfanos, pero no los he querido escuchar, todavía. He querido pensar que quizá iba a llenar la furgoneta de combustible, o comprar alguna cosa...Pero, muy adentro, sabía que eran excusas...
Estaba todo suficientemente claro.
Pero la misma lógica me ha desbaratado tales ideas: cómo iba a dejar el lecho a las cinco y media de la madrugada para comprar algo.
Me he levantado nerviosa, y he visto un papel arrugado en la silla donde está mi ropa, justo encima de las bragas, será cerdo.
Un latido ha tronado en mis sienes. He sentido el pálpito de una premonición con toda la certidumbre que sienten los soldados cuando oyen el vuelo de la granada y saben positivamente que la explosión se va a producir en sus cercanías.
Cuando, por fin, la he leído, todo se me ha obnubilado definitivamente. He sentido que la luz del sol intenso de agosto desaparecía de repente. He sentido que para mí empezaba una noche que no amanecería jamás.
Antes de destrozar el papel, cuchillada de plata en el mismo centro de mi corazón, voy a copiarlo tal cual lo ha escrito, incluyendo las faltas de ortografía:

“Querida Mila:
Siento tenerte que hacer esto. Ya se que te prometí que me iría contigo al fin del mundo. Ya se que despues de que me has enseñado el periodico con la foto y despues de que he leido lo que ponia te prometí que no me importaba nada. Pero ahora cuando nos hemos quedado dormidos, pues he seguido dando vueltas a la cabeza, y bueno me he asustado porque resulta que al final de toda esta pelicula yo te he secuestrado. Pues menudo marrón que me tengo que comer. ¿Sabes? al que busca la poli es a mi. Así que me he acojonado y me largo. Antes de seguir con lo nuestro tienes que aclarar las cosas con tu familia.
Como eres una tía cojonuda en la cama, y una buena compañera, y creo que te quiero, te dejo unas pelas y te prometo que asta dentro de tres dias no ire a la poli. Te dejo tiempo para que llegues a los madriles. Despues me inventare alguna cosa para despistar a la pasma y a los de tu casa. Si al final decides volver a tu casa aguanta un par de dias mas para que a mi no me pillen.
Mila creo que debes volver pero tu sabras.
Te quiere, Joaquín”
(Como ves, querido diario, la lección de las tildes y de las comas se las debió de saltar).

Ni siquiera me ha dado las gracias. Ni un beso de despedida. En fin, que Joaquín se lo ha pasado estupendamente conmigo (incluyendo la última noche, en la que hemos fingido los dos, por lo que se ve). Se ha asustado, se ha acojonado, como ha escrito, y se te he visto no me acuerdo. Era algo que me esperaba, en el fondo. Aunque deja una puerta abierta a seguir con lo nuestro, pero claro, primero me debería arreglar con los de casa. Quizá sea lo lógico, y la que desvarío soy yo.

¿Por qué le habré enseñado el periódico? Maldita la hora. Claro, que en el fondo la culpa es mía, si no se lo llego a contar probablemente no me hubiera dejado ahora. Pero si lo que quería era pasárselo bien unos días, supongo que hubiera desaparecido antes o después. Como mucho al final de mes, cuando se le acabaran las vacaciones. Además se lo tenía que enseñar. No podía ocultarle que la pasma tenía una denuncia contra él por secuestro, y encima, de una menor. Entonces si que hubiera merecido su desprecio profundo y eterno.

Pero lo más doloroso vino inmediatamente después. Cuando mis ojos dejaron de llorar, y empezaron a ver con más claridad, pero no sólo la habitación, sino mi futuro.
Debajo de la nota, me ha dejado quince mil pesetas, no sé si a cambio de mis servicios, o porque se ha sentido especialmente generoso conmigo, o es que todavía le queda algo de cariño. Espero que haya pagado la habitación y el desayuno antes de largarse, porque si no pronto empiezo a gastar.
Me he asomado al polvoriento alféizar de la sucia ventana. Ya no estaba la furgoneta.

Ahora sí que estoy completamente sola. Y la constatación del hecho, me ha hecho derramar todavía más lágrimas.

Nunca he sido especialmente comunicativa con mis semejantes, una especie de muralla me ha cercado cuando me encontraba entre los demás. He preferido escuchar a hablar. Una postura, supongo.
De alguna forma, siempre he sido aliada de la soledad. Pero no es lo mismo que una busque los rincones ocultos de sí misma, o busque sensaciones placenteras viendo vestirse de carmesí un atardecer, por ejemplo, a que una se encuentre con la soledad, como si fuera un precipicio que se abre a los pies, y bajo el cual sólo está el vacío. No es lo mismo querer estar sola, que a una le dejen sola, tirada, abandonada, como un clínex lleno de mocos.
Una parte de mí (no sé si uno de los famosos hemisferios en los que dicen que se divide el cerebro) me dice que debería volver. Debe ser la parte más cuerda. Siento un susurro que me dice cosas: al menos en casa tendré cama y comida y ropa limpia. Es decir tendré solucionada la subsistencia, aunque sólo sea eso, ya es algo importante, porque ahora mismo estoy en la puta calle, como quien dice. Aunque no me perdonen del todo, aunque la herida sea definitiva, al menos, se podrá soportar una convivencia más o menos civilizada. Porque, aunque me tratan como si fuera un niñita de once años, la verdad es que a su manera me quieren, aunque sea como un objeto de su propiedad para ellos, sobre todo el abuelo. Aunque yo sea poco más que la espada que guarda de no sé cuánto hace; aunque me haya convertido en el ánfora rota, que ellos intentaron proteger con tanto cuidado, para entregársela intacta a no se quien... Mamá menos, siempre me ha odiado porque le corté la época de su esplendor, porque fui la encarnación de su fracaso y su frustración, aunque supongo que ese odio lo tiene tan enterrado en el subconsciente que ni a ella misma lo reconoce. Después de nacer yo, ella empezó a perder el encanto que atesoraba, y los horizontes que se había trazado, y eso nunca me lo perdonará.

He llorado. Me he descargado. Ha sido como una tormenta de estío. Recordaba a mi familia, a Joaquín que no me quiere, sino es para que engrose la lista de sus trofeos de caza sexuales; sentía el miedo a fracasar, a darles otra oportunidad de continuar humillándome... Mientras lloraba, he pensado en salir de esta pequeña habitación, cruzar la gasolinera y colocarme en mitad de la carretera, desnuda como estaba, a ver si alguien me atropellaba, y así dejaba de pasarlo tan mal.
Pero me ha dado miedo.
Todavía no está todo acabado. Sigo confiando en mí misma. En algún resquicio de mi persona anida cierta fuerza interna que me impulsa a seguir hacia delante. Intuyo, no sé si acertadamente, que el futuro, a pesar de todo, es mío.
Quizá pueda hacer el último intento. Estoy a treinta kilómetros de Madrid, más o menos. Quizá desde este pueblo haya algún autobús para Madrid...
Después me alojaré en una pensión, y a buscarme la vida. Con el dinero de Joaquín tengo para unos días. Agotaré todas las posibilidades. En Madrid fijo que la policía no me encuentra tan pronto. Suponiendo que me busquen. Y si me encuentra, pues a casa, qué remedio. En ese caso reconoceré que me han vencido, pero no me rendiré. No quiero darles el gustazo de presentarme por mi propia voluntad. Y eso que no es lo mismo afrontar esta aventura sin el apoyo de Joaquín que hacerlo sola.
Ellos quieren disfrazar la historia como un secuestro para evitarse la mirada de burla del resto de la sociedad con la que cohabitan.

(Una cosa sí que os reconozco, mamá, y es que habéis organizado un buen entramado. Habéis utilizado muy bien los elementos de los que disponéis. Además quedas muy bien, pues utilizas las cosas que yo te dije. En el fondo, te he dado yo misma la historia. Tal y como actué contigo los últimos días, es la única explicación posible a mi desaparición).

Pues si quieren que vuelva, tragarán con la burla de las gentes que les rodean. Pasarán por la humillación. Han jugado un juego peligroso, y la aparición de Joaquín se lo va a desmontar. Y si no es suficiente su aparición, el testimonio de Laura y su madre serán suficientes.

(Mamá vas a ser el hazmerreír de Euritmia).

Querido diario voy a prepararme rápidamente y espero que los de esta pensión me puedan informar. Parecían buenas personas anoche.

Continuará...

sábado, 6 de noviembre de 2010

Fin de trayecto. Segunda parte. Capítulo 21

Jueves, once de agosto de 1988.
Madrugada.

Vuelvo a ti como si fueras mi tabla de salvación. Acaso mi única tabla de salvación. Y ahora mismo no estoy segura de que pueda resistir en medio de este oleaje que se ha desencadenado de improviso durante mucho tiempo.

Todavía no hemos entrado en Madrid.

Joaquín aún no sabe nada. Aunque después de lo de este mediodía, será prácticamente imposible ocultárselo. Incluso contraproducente. Puede acabar odiándome. Y eso si que no. Si me deja (¡ay diario que un escalofrío de miedo me ha recorrido cuando lo he escrito!), que no sea porque yo le oculte cosas tan vitales.

(Mamá, acabas de dar jaque, pero no te equivoques, no es jaque mate, aunque en un principio lo pensara. Reconozco que la otra noche te minusvaloré).

La primera decisión que he tomado, después de que me enteré que habías descubierto mi escapada, ha sido la de empezar por buscar algo un poco sólido en Madrid. Sólido en el sentido que nos permita construir futuro sobre ello, aunque sea el mínimo imprescindible. Se trata de que seamos una joven pareja que aterriza en la capital para encontrar una buena salida a sus vidas. Nada extraño.

Llegué a la conclusión de que el mejor modo para convencer y explicar las cosas a Joaquín, era contar con alguna solución concreta encima de la mesa, antes que únicamente con problemas, dudas y caminos por andar. Joaquín va a lo concreto, a lo positivo, a lo inmediato. No es bueno, pensaba, plantearle problemas, incógnitas; lo mejor es, para evitar la duda, ofrecerle soluciones, que desde el principio vea la luz, una salida, aunque sea difícil y esté muy lejos. Si sólo ve puertas cerradas, dará marcha atrás.

En una cafetería de gasolinera, donde habíamos parado para repostar y para comer algo, camino de Aranjuez, compré un periódico para seleccionar ofertas de trabajo, alquileres, esas cosas que suelen hacer los jóvenes que aterrizan sin nada en Madrid. Es decir, para poder vender mi oferta hacia la aventura, con hechos concretos, y con salidas. Al pasar distraídamente las hojas mientras mordía el bocata de tortilla, me añusgué. Ha sido uno de los momentos más terribles de toda mi vida. Sentí un corte en lo profundo de las entrañas. Supongo que cambié el color de la cara. Menos mal que no había nadie cerca.

Había visto mi foto en la sección de sucesos, con titular a dos columnas:
LA MENOR DESAPARECIA EN EURITMIA, SECUESTRADA
EL SOSPECHOSO ES SU ANTIGUO NOVIO.

Pensé, “Se lió”. Pensé, “Se me acabó”. Pensé, “La puta de mi madre me ha ganado la partida”. Pensé, “La jodiste, Mila”.
Después no pensé. No pude.
Luego, angustiada, miré hacia Joaquín, que continuaba en la barra, probablemente encargando algo más de beber. La noticia era devastadora y, sin duda alguna, procedía de las mentes de mi madre y de mi abuelo, que debían, a toda costa, salvar el honor de la familia.

Por fin, leí la noticia, como si me fuera la vida en ello... Me va la vida en ello.

En un principio tenía toda la pinta de un jaque mate. Después de leerla pensé, “Se lió”. Pensé, “Se me acabó”. Pensé, “La puta de mi madre me ha ganado la partida”. Pensé, “La jodiste, Mila”.

Venía a decir que mi novio (mi antiguo novio), del que no se sabía el paradero desde el instante en el que desaparecí, me había seducido con malas artes, es decir, me había secuestrado. He de reconocer que tal palabra no se decía ni una vez, excepto en el titular, pero se entendía fácilmente. Contaba la información que, según mi familia, me iba a ir de vacaciones con una amiga, después de haber discutido con mi novio, y que éste, en extremo celoso y posesivo, no se había conformado y me había forzado, contra mi voluntad, a huir con él. Se daba el número de teléfono del Cuartel de la Guarda Civil donde llevaban el caso.

Joaquín regresaba, así que de forma apresurada localicé la sección de anuncios por palabras, y, aparentemente, me ensimismé en su lectura. Tenía que evitar a toda costa que conociera mi pánico.

Pensé, “Se lió”. Pensé, “Se me acabó”. Pensé, “La puta de mi madre me ha ganado la partida”. Pensé, “La jodiste, Mila”.

Mi mente viajaba por otros derroteros. Tenía a toda la pasma detrás, pero yo era la víctima. En cuanto que Joaquín lo viera, acabaría nuestra aventura. Un relámpago de pena atravesó mis neuronas en forma de pregunta angustiosa, “¿Se acabará también nuestro amor?”. Evitaría a toda costa que él se enterara, por lo menos hasta que llegáramos a Madrid, allí la cosa, si se nos daba medio bien, tendría otra dimensión.

Pensé, “Se lió”. Pensé, “Se me acabó”. Pensé, “La puta de mi madre me ha ganado la partida”. Pensé, “La jodiste, Mila”.

(Acaso debiera entregarme a la policía y que se acabe la historia. Quizá con esto ya puedo herir suficientemente a mi madre y a mi abuelo. Pero en el fondo los ganadores serían ellos. Una vez más, me tendrían bajo sus pies, lamiendo el piso ellos hollan.)

No me da la gana, llegaré hasta el final. Sería peor que un infierno vivir bajo el mismo techo, al menos durante once meses con esta historia golpeándonos diariamente. A ellos y a mí.

(Mamá, no me vencerás. Me has acorralado pero te derrotaré. Por mucho que quieras venderme como víctima, el mundo entero se enterará que me he largado de tu lado, porque no puedo soportar los grilletes negros que me colocaste en el alma el día en que nací. Tus desprecios. Tu falta de ternura. El afán porque yo fuera una prolongación de tu persona. Tu odio, en definitiva. Has de saber que he encontrado la llave que los abre y me escaparé, no lo dudes. No puedo soportar más, que cada sueño que amanece por mi mente sea cortado por las agujas asesinas de tus ojos.)

Pensé, “Se lió”. Pensé, “Se me acabó”. Pensé, “La puta de mi madre me ha ganado la partida”. Pensé, “La jodiste, Mila”.

Continuará...

jueves, 4 de noviembre de 2010

Fin de trayecto. Segunda parte. Capítulo 20

Martes, nueve de agosto de 1988.
Madrugada.

Estamos llegando a Madrid. Se adivina el hongo de la contaminación a lo lejos. Como un gigantesco y opresivo paraguas gris plomizo que lo envuelve. O lo asfixia, habría que decir. Lo más probable es que retardemos nuestra entrada en la urbe, pues creo que Joaquín aprovechará para conocer los alrededores. Casi tenía convencido a Joaquín. Lo veía maduro para exponerle la siguiente fase de mi plan...

Para mí se ha convertido en un problema, un problema que he de manejar con mucho tacto. Hasta esta noche me daba igual, incluso era una perspectiva agradable, que conociéramos algunos de los hermosos pueblos y ciudades que lo circundan. Sentir el pulso lento del estío en el interior, en los lugares conocidos por la televisión o por las clases de historia: Alcalá de Henares, Aranjuez, Toledo, El Escorial, incluso Ávila o Segovia..., pero las cosas se precipitan y no sé qué será mejor. En realidad, no sé si lanzarme de cabeza al vacío y contarle todo. O quizá eso sea precipitarme.
Al fin y al cabo, cuento con nueve días de ventaja, todavía.

Querido diario, estoy temblando. Me siento todavía tiritar por el pavor. Es tanta mi desazón, que, incluso, me arriesgo a tener prendida la luz y despertar a Joaquín. Después de hacerme el amor, Joaquín acaba de dormirse. Es la primera vez que no he tenido ganas, pero con tal de que se durmiera pronto, ni he rechistado. Si te soy sincera, mamá, a pesar de que has arruinado todos mis planes con tu entrada en escena, a pesar de mi inapetencia, me he relajado. Incluso he pensado que me vendría bien para aclarar las ideas.
Aunque, una vez sentada ante esta mesa de madera robusta, casi negra, siento la agitación violenta en mi interior que me ha sacudido esta noche. No sé como evito ponerme a gritar, o a golpear la mesa, o a llorar. Y todo eso, sin que el bueno de Joaquín, de momento, se entere de nada. No se lo quiero contar todavía, porque no estoy segura de su reacción. Miedo por todas partes.
¡Basta de maquillaje, Mila!
En realidad, todo lo que he dicho son excusas. En el fondo, estoy convencida de que en cuanto se lo diga es capaz de llevarme a casa de mis padres para que les explique las cosas. O, todavía peor, me dejará en la estacada. Noto que, aunque está más cerca que nunca, no se siente ligado definitivamente a mí. Todavía no he estrechado suficientemente la lazada. Siento que me falta el tiempo. Quizá una semana más. Pero no lo puedo hacer, pues si voy demasiado deprisa se puede dar cuenta, con lo que se iría igualmente.
(¿Por qué no te habrás estado quietecita?)

El miedo tiene nombre y apellidos. No sé si seré capaz de contar todo cómo ha sucedido. No por nada especial, sino porque tenga la paciencia de conservar el orden de las cosas. Al fin y al cabo, todavía no me siento especialmente amenazada. Lo único es que no cuento con mucho más tiempo. Pero este contratiempo hace que mis pensamientos barboten confusos en plena ebullición.

Han descubierto la escapada. Esta es la verdad objetiva y contundente. Si soy objetiva, debería estar medio satisfecha, pues estamos a nueve de agosto, y yo contaba con que el cinco o el seis lo supieras. Acaso es que he estado muy lenta. O, más bien, que en pura lógica, ni quince días hubieran bastado para que Joaquín se lance a un cambio tan brusco en su vida. Era un juego tan arriesgado, que no podía salir bien. Y no ha salido.

He llamado esta noche al chalet de Asturias. Se ha puesto la madre de Laura. Como debí de suponer desde el primer momento, Laura le había contado lo de mis llamadas nocturnas para saber si mi madre había llamado. Cuando oí que era la madre de mi amiga, quise ser educada, saludar y todas esas cosas antes de preguntar por su hija.

— Mila, no te esfuerces en ser amable —. Me disparó, más que me habló, con un tono de voz frío e incluso descortés, diría yo. Casi no hubiera hecho falta que continuara —. Ha llamado tu madre esta mediodía. Y se ha montado el número. No sé cómo te arriesgas a estas cosas sabiendo cómo son en tu casa. Pero allá tú. No eres mi hija, por tanto no debo decirte nada. Además supongo que sabrás por qué haces estas memeces... Has de saber que le he contado a tu madre lo que tú me habías dicho cuando me llamaste antes de irnos de vacaciones. No sé si será verdad o no. Tampoco lo quiero saber. Pero aquí, por favor, no vuelvas a llamar. No quiero más líos con tu madre. Lo siento...
Un sudor congelado descendía, casi a borbotones, por la espalda. Sentí un vahído. Me sobrepuse ligeramente y continué hablando, más que nada porque temí que colgara y si lo hacía, comprendí que no iba a volver a marcar aquel número. Necesitaba saber los términos exactos de la conversación. Era fundamental para mí. Mi voz era un delgado hilo endeble, o eso me pareció cuando me escuché.
— Mire, más lo siento yo, porque en esta historia soy la gran perjudicada. Pero también lo siento, aunque no me crea, porque usted se ha portado conmigo muy bien. Se lo digo completamente en serio. Usted ha sido la primera persona adulta que se ha interesado por mí. Y, encima, le he fallado. Si no es mucho pedir, me gustaría saber qué ha dicho mi madre, aunque no sea agradable para usted, lo necesito, y no sabe cuánto. No sé si le parecerá una exageración, pero para mí es de vital importancia.
Noté un silencio tenso al otro lado del teléfono. Supongo que estaría evaluando qué era lo mejor dada la situación, si contarme algo o nada, simplemente colgar. Al fin y al cabo, una mocosa de diecisiete años había conseguido alterar la paz de unas merecidas vacaciones familiares y causar unos cuantos quebraderos de cabeza a unas personas que nada tenían que ver con la historia. Si pensaba todo eso, seguro que colgaría. Pero, una vez más, la madre de Laura me ha demostrado que es una persona en la que se puede confiar, porque, al menos escucha, e intenta ponerse en la situación de su interlocutor.
— Tu madre me ha acusado de ser encubridora de no sé qué.
Un temblor escalofriante me recorría. Cuando mi madre se siente atacada (y el engaño es el mayor ataque que puede recibir), es muy peligrosa. Me imaginé que había sido impertinente y grosera a conciencia. Continuó.
— Como comprenderás, no estoy dispuesta a aguantar insultos de ese tipo, así que, después de las impertinencias de tu madre, y tras decirle que aprendiera educación, le he contado lo que ocurrió, lo que me dijiste. Le he dicho que las demás cosas vuestras os las apañéis entre vosotras. Lo siento, Mila.
Y no hubo más.

(Me ha gustado que te llame palurda y maleducada, tú que presumes de recio abolengo y fina educación).

Después de colgar el teléfono el estómago se me he encogido. He notado que la boca se secaba y se me incrustaba en el paladar, parecía un trozo de goma correoso. Las sienes me palpitaban, caballo desbocado. Me temblaban las piernas. El sudor frío que había comenzado hacía algunos instantes, no ha dejado de brotarme. Me sentía toda empapada y mareada.

(Me has pillado. Tal y como supuse, querida mamaíta, has aguantado una semana. Ahora empieza la guerra de verdad, y no la vas a ganar. No sueñes, ni un segundo, que me volverás a ver. Cuando dentro de un año, te lleguen estos papeles, será tu fin. Ahora me agobias, me rodeas, me asedias, pero mi astucia será superior a tu mente maquiavélica. No vencerás).

De todos modos conservo dos ventajas sobre ti: no sabes que yo lo sé, aunque lo imaginarás. Y mi gran ventaja: estoy a punto de convertirme en una aguja en un pajar. Once meses pasan antes de lo que te piensas. Lo primero de todo conservar la sangre fría. Silencio. No decir nada... Ni a Joaquín.

Continuará...

martes, 2 de noviembre de 2010

Fin de trayecto. Segunda parte. Capítulo 19

Viernes, cinco de agosto de 1988.
Madrugada

He vuelto a llamar a Asturias. Mientras sonaba el teléfono, mi corazón latía a toda velocidad, desbocado por el miedo que recorría mi cuerpo. Ha descolgado el teléfono Laura. Así que me he limitado a decir lo previsto. La respuesta ha sido “No”. He colgado aliviada, “Al menos otros dos días de calma”, he pensado, mientras suspiraba. La adrenalina ha dejado de recorrer mis venas. He esperado unos minutos para relajarme, para que no me notaras extraña cuando hablara contigo...

Después he marcado el número de casa. Esta vez se ha puesto papá en primer lugar, lo que he agradecido mucho, pues me ha dado tiempo a calmarme del todo. Si te hubieras puesto tú, mamá, a lo mejor habías notado algo, todavía. Su voz, la de papá, me ha parecido somnolienta, y eso que sólo eran las diez y veinte de la noche. La conversación ha sido breve. Es la única conversación posible con papá, para qué engañarnos. Simplemente unos cumplidos y unas cortesías. Luego te has puesto tú, mamá. Aparentemente todo normal. El mismo tono frío y lejano. Los mismos sermones. Si durante el tiempo que no estoy con vosotros, mi mente abre una ventana a una posible reconciliación, o a un intento de acercamiento, los breves instantes que hablo contigo, son suficientes para cerrarla a cal y canto. Sigues subida en tu pedestal de orgullo, de indiferencia, sino odio, hacia mí. Eres perfecta para conseguir aliados.

Mañana, al anochecer volvemos a tomar la carretera. He discutido a Joaquín tal cosa. Casi prefería estar un día más en este pueblo y salir al día siguiente al amanecer. Me ha prometido que mañana echará la siesta, que me tranquilice. Solo faltaba que todo acabara en un accidente de tráfico. A pesar de todo no tengo yo ganas de acabar de ese modo. Todavía son más fuertes las ganas de vivir, que la desesperación. Me falta mucho para rendirme, aunque a ratos parezca lo contrario...

Esta tarde se ha levantado un poco más de viento y un pequeño oleaje acaricia el cabello rubio de la playa, como si el extremo del mar se hubiera tornado dedos de joven amante presuroso.

Antes de volver al hostal y hacer el amor como cada noche (sí mamá lo seguimos haciendo diariamente al menos un par de veces, al despertarnos y antes de que Joaquín se duerma [eso como mínimo, si es que no hay una ducha compartida entre medias, o una excursión al mar, donde están las boyas] y sabes a lo que me refiero: cada vez me gusta más), hemos paseado descalzos por la playa dejando que nuestros pies se humedecieran con el agua salada, y que nuestros rostros fueran acariciados por la brisa. La luna, muy alta ya a esas horas, ilumina la playa, lo que hace que todo sea más onírico, pero más claro. No hemos sido la única pareja que ha bajado a la playa, había otra en plena faena, completamente desnudos, a pesar de estar expuestos a cualquier mirada extraña, y ajenos a lo que ocurriera a su alrededor. Joaquín los ha mirado fijamente, como no podía ser menos, claro, es que es infatigable. Luego me ha atraído hacia su cuerpo, y me ha susurrado al oído.

—¿Lo hacemos nosotros aquí, también, para variar?

Parece que la imaginación en las cuestiones amorosas tiene vía libre y aumenta en progresión geométrica en este pueblo. Primero me ha dado un temblor, como una mezcla de miedo y ganas, pero me ha vencido el pudor y cierto miedo al ridículo.
—No Joaquín, cuando lleguemos al hostal y estemos los dos solitos, sin que nadie nos vea.
No le ha gustado la idea, lo sé porque su caminar se ha acelerado. Casi he notado cómo se le tensaba el alma. Le he sujetado del brazo, que parecía de hierro, me he colgado de su cuello, y lo he besado largamente. Suele ser una táctica eficaz.
—Mira Joaquín, aún tengo miedo. Me lo paso muy bien contigo, pero me tienes que dar tiempo. Además, hacerlo en la arena será muy incómodo. No lo puedes comparar con un escarceo en el mar. Con toda la tierra por el pelo mientras nos besamos. — Me he fijado en la otra pareja. He continuado con fuerza mi argumento —. Mira, ellos han sido más precavidos, se han traído una toalla. Si no, imagínate con la arena metiéndose por cada agujerito—. Le he hecho un guiño que quería ser pícaro—. Anda, no te enfades con tu gatita.
Se ha calmado. Incluso se ha sonreído.
—Pues, entonces mañana nos bajamos la toalla.

Como respuesta ha recibido mi silencio. No lo tengo nada claro. Además se supone que mañana no estaremos aquí. Así que más tranquilos hemos continuado el paseo.

Me he demorado en contemplar el baile del reflejo de nuestro satélite con el mar, y he comprendido por qué las mareas se rigen por la fuerza de la Luna. El mar tiene un amante que le trae a mal traer, cada noche danza con ella en busca, al menos de un abrazo, pero ella lo esquiva, sólo le sonríe y se burla. Y se refleja en los ojos de su lejano amado, inalcanzable.
Todo lo que veo, todo lo que me acontece, todo lo que pienso, me lleva a recordar la situación en la que me encuentro. Por un lado es una situación de esperanza, de ánimo, de liberación; pero por otra parte, es una situación de miedo, de acoso, de dudas.
Parece, o me parece, que Joaquín entra en el aro. Parece, o me parece, que mis redes de sensualidad y feminidad le atrapan muy despacio, sin que sea consciente. Si continuamos así, todo es posible. Aunque me martillea la cabeza que lo cotidiano llegará. Llegará la dificultad, el aburrimiento, las carencias. Y también me llega la idea de que Joaquín en esa situación podría dejarme. No le veo atado a mí, ni a otra mujer. Esto es una luna de miel adelantada, pero sin boda.

Pero se va acabando. ¡Ay, qué poco me queda para disfrutarla! Tendré que dar el paso en muy poco tiempo.

Continuará...