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Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

sábado, 26 de febrero de 2011

Fin de trayecto. Parte sexta. Capítulo 62

El único problema que habían tenido, había sido el año anterior —como he dicho—, cuando la hija mayor se vio envuelta en un turbio asunto. O eso pareció al principio, pero pronto se aclaró la cosa y transcurrido apenas un par de meses no se volvió a oír nada.
De hecho, parece ser que la hija no volvió por la casa, y nada más. Mi falta de relación con ellos, me impidió seguir más personalmente el asunto, sobre todo, cuando se olvidó por la prensa. Aquel problema, que fue la comidilla de Euritmia durante un par de semanas, pronto se enfrió. Supongo que salvo ellos, y los más allegados, nadie recuerda tal suceso, si no es vagamente.
Yo lo recuerdo mejor porque me sorprendió que tal cosa sucediera en la pequeña Euritmia y nada menos que a mis vecinos, por lo que seguí la noticia.
Había anidado en aquel entonces por mi cabeza la idea de preparar un volumen de narraciones breves, y barajé la noticia como posible fuente de inspiración de alguna de ellas. Le llegué a poner título. Intenté, además, obtener información además de la de la prensa sin levantar sospechas y sin que nadie me pudiera llamar la atención, para ello aproveché que tenía un observatorio espectacular. Contemplaba todas las idas y venidas de gentes a la casa, con simplemente permanecer en el balcón. —Policías, amigos, periodistas, conocidos, más periodistas, representantes de múltiples asociaciones en defensa del menor, curiosos, más periodistas. La calle parecía el escenario de una romería—.

El asunto comenzó con una denuncia de la familia en la que se hablaba de una especie de secuestro del novio de la chica, lo que conmocionó a la población. Hubo debates sobre el asunto en la prensa, en la radio, en la televisión. Sesudos moralistas hablaban de la perversión juvenil de esta época. Infatigables y combativas feministas llegaron a sostener que la raíz de aquel secuestro estaba en la educación sexista y machista que se recibe en las escuelas desde tiempo inmemorial. Sociólogos formados en la erudición de tertulias radiofónicas, sostenían que la violencia que se escapaba de la televisión provocaba en los jóvenes procesos de identificación con ciertos tipos de héroes. Todo lo que se decía, o se escribía sobre tal noticia me interesaba. Como digo, la noticia trascendió los límites de nuestra ciudad y se llegó a publicar en diarios de tirada nacional. La verdad que en pleno agosto, con el país entero de vacaciones, solo pendiente de las olimpiadas de Seúl, reunía las condiciones idóneas para ser una bomba informativa. Pero en muy pocos días se desmontó todo el tinglado, pues apareció el antiguo novio, más que asustado, que explicó lo sucedido. 
Lo cierto y paradójico de la pronta resolución del caso, la provocaron quienes más estaban interesados en que se prolongara en el tiempo, me refiero a la prensa. Pero el tratamiento que dieron al hecho en los diarios nacionales asustó al chico y le hizo volver a Euritmia con el rabo entre las piernas.
Realmente había sido una escapada en la que se lo debieron de pasar muy bien. Según lo que él dijo, el engañado fue él mismo, que no conocía en profundidad ciertos problemas familiares que tenía su novia. Incluso, creo que un par de días más tarde, apareció una amiga de la chavala, que, por cierto, odiaba al chico —lo que daba mayor credibilidad a sus palabras—, para confirmar todo lo dicho por él. Parece ser que las declaraciones de él fueron completas, aportó muchas pruebas —facturas de hostales, de restaurantes—, incluso varios testigos de estos establecimientos confirmaron que aquello podría ser cualquier cosa, menos secuestro. Se daba a entender que la hija de mis vecinos, estaba muy a gusto en la compañía de aquel joven. En definitiva, se confirmaron por la Policía y la Guardia Civil, punto por punto, las afirmaciones del sospechoso principal, que obviamente quedó libre y sin acusación.
A pesar de la minoría de edad de ella, parecía claro que todo se había fraguado en su cabeza. Por lo que resultó, al final, que la niña había engañado a todo el mundo para poder irse de casa a vivir una vida más libre. Parece ser, por lo que contó la amiga —pues en este punto no quiso entrar su novio—, mi excvecina se sentía muy tiranizada en el ambiente familiar, sobre todo por su madre y su abuelo, y que desde hacía algunos meses la situación se había agudizado hasta situaciones verdaderamente insoportables. Con aquellas declaraciones elevadas a la categoría de verdad absoluta por la oficialidad —policía y juez—, los sesudos analistas locales, abanderados de cierta moral conservadora y recalcitrante, las infatigables luchadoras feministas, y los aprendices de sociólogos, tuvieron que permanecer callados durante algún tiempo, pues habían quedado muy mal en sus juicios apresurados.
La familia, o sea mis vecinos, quedaron en peor lugar aún, pues pasaron, de ser compadecidos por la ciudad, víctimas de una situación que ellos no habían causado, víctimas de una sociedad insana y complicada para ser vivida, a ser tomados como impostores, y ser la comidilla de cualquiera, sobre todo, de ese mismo grupo al que querían representar, pues por mantener cierto honor familiar fueron capaces de mentir públicamente, y ya se sabe lo que ello implica en una sociedad cerrada, casi encapsulada, enquistada, como la de Euritmia. Habría que haber escuchado a ciertas señoras en ciertas peluquerías, o en la compra. Personas, que, a la vez, conocían de muy buena tinta todo lo que había sucedido pues eran íntimas de la madre de la criatura. Como digo, el asunto se enfrió. Había muchos intereses coincidentes para ello: el de la policía para poder trabajar mejor e intentar localizar a la fugada, que al fin y al cabo era menor de edad, el de la familia para que su posición se volviera a situar en su lugar, el de el novio que quería olvidarse del tema, el de la prensa que ya no tenía material para titulares, al menos morbosos.

Tras los breves segundos que duró el estruendo, volvió la quietud, inundada por la tensión. Por vez primera, a pesar de los años transcurridos desde que habité en aquella calle, y a pesar de todo lo que acabo de escribir, estudié con cierto detalle aquel edificio. También, como el que yo habitaba, era de dos plantas. Con la diferencia de que yo sólo habitaba el segundo piso, la primera planta estaba alquilada normalmente a estudiantes, por lo que aquella tarde del veintiuno de julio se encontraba vacía. La fachada quedaba simétricamente dividida por los balcones que ocupaban su centro, uno en cada piso, flanqueados ambos por ventanas de ocres persianas echadas. (El de la estancia superior había sido convertido en pequeño mirador de blanca marquetería, con lo que dotaba al conjunto de un aire coqueto y de evidentes apariencias pequeño burguesas). La gran puerta, inserta en un magnífico arco de medio punto construido en grandes y dorados mampuestos de piedra caliza, coronados por una dovela en la que se había labrado un escudo, me parecía lo más destacable de la casa: dos hojas de madera de nogal talladas amorosamente que representaban una batalla, supuestamente medieval, rematada por ribetes como repu-jados en oro y plata en los laterales y en la parte superior. El resto de la fachada estaba encalado lo que confería al edificio un contraste muy especial, como si siempre estuviera en dos luces. Sin embargo, en algunos puntos, le era imposible ocultar el paso del tiempo que erosionaba las paredes sin que la ajustada economía familiar, pudiera atajar todo el daño. Por lo que se observaba, bastante tenían con lo general, con un mantenimiento, digamos, de mínimos.
Permanecí, al menos, otros veinte minutos, contemplando la calle vacía, el jardín umbrío y recoleto del que nacía el relajante sonido de la fuente, la silueta ocre de Euritmia elevada sobre la roca y alzando sus torres como dedos que quisieran acariciar el cielo, las cigüeñas blancas y negras esperando a que la tarde cayera; en fin, vagando con pensamientos peregrinos, y también vagando en melancólicos recuerdos que entraban punzantes en lo más íntimo del corazón...

Después de concluir mi copa, y de fumarme otro cigarrillo, decidí que estaba pasando demasiado calor sin ningún sentido.

De allí no volvió a salir ningún grito. No se oyó ningún otro ruido. Todo permaneció quieto.
Sentí que el sopor volvía, así que volví a mi cuarto. Cerré cuidadosamente el balcón. Y me dispuse a concluir aquello que aquel alarido casi inhumano había interrumpido.
Me dispuse a disfrutar de una enorme siesta, que tenía doble misión: recuperar mi ánimo de aquellas enfermizas melancolías, y preparar mi cabeza desgastada para una noche de trabajo que debía ser intensa y productiva.

Continuará

6 comentarios:

Ángeles Hernández dijo...

Gracias al vecino observador hemos conocido estupendamente las características físicas de la casa de Mila y la otra cara de la moneda de su partida. , pero tenis que esperar por lo menos dos días para que nuestros peores temores se confirmen o no.

Hasta el martes, un abrazo. A. Vb

Isolda dijo...

Sólo un escritor como el que nos describes, se queda quieto dando vueltas a lo escuchado en su día, pero sin darle myor importancia. Su melancolía y el cansancio le obligan a acostarse, igual que a nosotros a esperar acontecimientos.
Una vez más, besos expectantes.

Flamenco Rojo dijo...

Prueba

Flamenco Rojo dijo...

Una vez resuelto los problemas "serranos" de blogger intento dejar el comentario...

Da la impresión que si llegara a manos del vecino el diario de Mila, este sería capaz de escribir una novela. Por lo demás seguimos esperando acontecimientos.

Un abrazo.

catherine dijo...

Los dos últimos capítulos son muy amantísticos diría el Flamenco que me hace reír con su comentario. Y los anteriores, la preparación minuciosa de la venganza, la elección de las armas y en especial la de la daga de cristal son tremendos. El contraste entre el diario de Mila y lo que cuenta el vecino escritor (¿escribidor?) es bien logrado.
Cuando nuestro escribidor no hace microrrelatos hace durar el suspense quedandose imperturbable.

Leonel dijo...

El torbellino oscuro del diario parece concluido, los gritos que sintió el escritor, parecen confirmar los temores del diario. No queda que esperar el próximo capítulo.
Un abrazo para ti, Amando.
Leo