Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

martes, 15 de febrero de 2011

Fin de trayecto. Parte quinta. Capítulo 57

Jueves, uno de junio de 1989.
Principio de la tarde.

Cristal de roca. Esa va a ser definitivamente la solución.
Esta mañana, me he dirigido a una joyería cercana. El resultado de la exploración ha sido positivo. El cristal de roca, según me han explicado, es una variedad traslúcida del cuarzo, que incluso puede rayar el acero. Parece ser que en una escala de dureza establecida para los minerales, o los metales, de eso no me he enterado muy bien, tiene el número siete. No sé qué quiere decir eso, pero así me lo han comentado, supongo que mucho. Se utiliza para instrumentos de precisión, ópticos, etc. Para ciertas joyas, para bisutería y para las lámparas. También se puede utilizar como adorno.
Me he ido satisfecha. Ahora me queda conseguir la pieza que estoy buscando.
Sé que parecen manías mías, pero lo último que haga en mi vida lo quiero hacer bien, aunque objetivamente sea un mal.
Esta tarde voy a buscarme otra joyería, a ver si encuentro lo que quiero.
Jueves, uno de junio de 1989.
Once y media de la noche.

Imagino que quien esté leyendo estas páginas ahora estará intrigado por lo que pueda suceder en los próximos días. De momento, avanzo. Esta tarde he encontrado una joyería que a la vez es taller. Me he alegrado, pues está relativamente cerca de la casa, pero lo suficientemente alejada como para que no me tengan localizada. Me he tenido que inventar una historia lo suficientemente creíble para no levantar sospechas. Así que antes de entrar en el local he entrado en un bar cercano.
Cada día me cuesta más trabajo pensar. A veces pierdo la conciencia del tiempo... Noto que sólo pienso con fluidez cuando pienso en mi plan.
Ellos, todos ellos lo han querido. Se lo han buscado. No sabían con quién se enfrentaban. Moriré, pero será matando.
Después de que lo tenía claro he vuelto al comercio.

Le he contado a una dependienta, que parecía la dueña, que en breves días mis padres celebrarían su aniversario de bodas, y que entre todos los hermanos, cuatro, habíamos tenido una ocurrencia. Regalarles una especie de espada pequeña, de daga, pero de cristal de roca con el mango de bronce o cobre o algo así. He concluido con toda la inocencia de que he sido capaz.
—Verá es que mis padres, sobre todo mi madre, es una enamorada del cristal de roca. Dice que le recuerda la belleza del diamante, pero es más accesible y más maleable y más barato. Como el diamante de los humildes... Yo no sé si eso es verdad. Lo que ocurre es que en ningún sitio he encontrado nada parecido a lo que le pido, por lo que al ver que ustedes también son taller…
La señora, de aspecto amable, me miraba detenidamente.
—A ver si he entendido bien. Quieres una espadita, o una daga de cristal de roca.
Asentí en un suspiro. No parecía que la cosa le extrañara, con lo que había salvado el primer gran escollo en todo el proceso.
—Pues, no tenemos nada aproximado. Supongo que se podrá hacer, de todos modos, saldrá bastante caro: los moldes, las pruebas, el diseño. ¿me entiendes?
—No se preocupe. Es un capricho, y aunque me han comisionado mis hermanos a venir hasta aquí, todos trabajan. Incluso si es necesario adelantar parte del dinero por si tienen que hacer algún gasto especial, usted me lo dice.
En esta ocasión ella suspiró aliviada. Mi aspecto de joven enfermiza y delicada, aunque no producía desconfianza, tampoco merecería la garantía de nadie, y menos de la propietaria de una joyería.
—Pues a eso le tendrá que contestar mi marido que es el experto. Yo me dedico a vender y a la contabilidad, él es el artista.
La envidié. Cómo se le llenó la boca de satisfacción y orgullo cuando dijo artista. Estaba enamorada de su marido.
—Hasta dentro de un par de horas no regresa.
—No hay problema —contesté—. Cuando vuelva de clase, en tres horas, o así, hablaré con él—. Me di cuenta en el acto de que no llevaba un solo libro. Pero me rehice—. Me estoy sacando el carnet de conducir y hoy tengo teórica y práctica.
—Es una suerte ser mujer y haber nacido en esta época. A mi hija le pasa igual. Se sacó el carnet en un periquete. En nuestra época era una locura. Si se me hubiera ocurrido pedírselo a mi padre, del pescozón que me llevo, salgo por la ventana sin romper el cristal.
Salí apresuradamente del lugar no fuera a ser que la mujer me contara la historia de su vida.
Estuve deambulando de un sitio a otro. Gracias a que la tarde era hermosa. De un junio caluroso y denso. Pero tras una hora de caminata, me aburría. Entré en un cine a ver un melodrama romántico. Salí empalagada de tanto besuqueo y tanto melindre. “¡Qué poco se parece la vida a este pastel!”, pensé. Aunque, la verdad, no me enteré de mucho. Algo raro me está pasando. Bueno, ya da lo mismo.

No sabes cuánto te he añorado querido diario.

Después que pasaran unos diez minutos de las tres horas, aparecí por la joyería. Me recibieron los ojos escrutadores, grises y profundos, del que supuse, acertadamente, artista joyero de la familia.
—He estado antes, y la dueña me ha dicho que pasara más tarde…
No me dejó continuar.
—Usted debe ser la joven que quería una espada hecha en cristal de roca—. Después de que asentí, prosiguió sin dejar de analizarme. No sé por qué pero aquella mirada me ha puesto muy nerviosa. Era como si pudiera leer dentro de mí—. Verá, eso es un encargo un tanto extraño—. Iba a decirle que por el dinero no se preocupara, pero me lo impidió con un gesto imperativo de su mano izquierda. Observé unos dedos largos, finos, sin duda ágiles. Uno de ellos llevaba una alianza—. Ya me ha dicho Mari Carmen, mi esposa, que por el dinero no me preocupe. Y usted tampoco, joven, pues casualmente tengo hecho el molde de lo que usted desea. Es una larga historia, que le he de contar antes de que usted decida si le hago la daga o no. Si cuando conozca la historia, y vea el boceto de la daga, le gusta, se la prepararé y le costará unas veinticinco mil pesetas. Si no le gusta, podemos pensar otras cosas. Usted decide.

Me quedé mirándolo con fijeza. El caso es que me atraía saber de lo que estaba hablando, pero por otra parte, la forma en que lo dijo, las miradas que lanzaba, como si hubiera alguien detrás de mí, vamos que me daba un poco de miedo. Pero la idea de ver a mi madre y a Marc despachados por tal arma, superó todas mis dudas.

—No me asuste, usted —, dije como sin darle importancia—. Vamos a ver tan extraordinaria historia.
—Bien—. Dejó el mostrador y se dirigió a la puerta. La cerró y colgó el cartel correspondiente. CERRADO—. Sígame, si es tan amable—. Abrió otra puerta que estaba tras él. Pensé que era la del taller. Pero dudé. Empezaba a intranquilizarme. “Para alguien que planea un asesinato múltiple, tener miedo por lo que hace este hombre es un contrasentido.” Me dije. Aunque el hombre me sonrió con afabilidad—. No se preocupe, mi esposa nos espera con un tentempié.
En cuanto que lo dijo, escuché la voz de la señora cálida y animosa.
—Seguro que ya has asustado a la pobre chica.
—Ya sabes, mujer, que soy incapaz. Simplemente hay que tomar precauciones. Sabes que quien nos entregó el diseño de la daga dijo que sólo la tendríamos que hacer a alguien que mostrara un verdadero interés. Si para esta joven solo fuera un capricho, seguro que no había accedido.
Empezaba a estar en ascuas. Pero el ritmo marcaban ellos, no cabía duda. Doña Mari Carmen me sonrió casi maternalmente.
—Lo primero es lo primero. Siéntate hija. ¿Qué prefieres leche sola, café con leche, cacao, té?… También tengo descafeinado.
No preguntó si quería o no. Con lo cual pedí un té con leche. Me ofreció una bandeja con pastas y me sirvió. Después sirvió un amplio café con leche a su marido. Ella nos miraba satisfecha.
—Yo no tomo nada. No puedo. El régimen, ya sabes.
Obviamente no lo sabía, pero sonreí lo más amablemente que pude. Notaba, a mi izquierda, que el joyero no dejaba de escrutarme. Me estaba poniendo nerviosa. Mientras sorbía el té con toda la delicadeza de la que era capaz, rebuscando en la memoria los consejos que al respecto me había dado mi propia madre, me decía constantemente, “Tranquila, Mila. Recuerda que la asesina eres tú”. Doña Mari Carmen proseguía incansable.
—Satur —señaló con delicadeza a su marido—, es un consumado artista joyero. Algunas de sus más hermosas creaciones están diseminadas en cuellos, muñecas y dedos archiconocidos.
El aludido se defendió con un vago gesto, como queriendo quitar importancia a tales alabanzas, pero seguía sin abrir la boca, salvo para engullir pastas y beber café con leche. Quizá no había comido. O aquella sería su cena.
—Sí, sí, no seas humilde. Que la chica sepa que condesas, marquesas, mujeres de ministros, y sospechamos que hasta alguna princesa de Europa tiene joyas de mi marido.
Resulta que había dado con una eminencia. Y yo sin saberlo. Asentí mecánicamente. Pasaban los minutos y Satur, mi artista, no pronunciaba palabra. Me limitaba a asentir, y a emitir sonidos que querían ser elogios hacia la capacidad del hombre. Decidí que ya estaba bien, y con un gesto impaciente, aunque educado, miré mi reloj.
¿Se te hace tarde?
—Un poco—. Musité—. Aunque, ya que han sido tan amables de invitarme a tomar el té, esperaré algo más.
Satur, sonrió satisfecho.
—Veo que lo tuyo no es capricho. Has superado la segunda prueba. Gracias Mari Carmen. Hay que reconocer que cuando quieres eres verdaderamente pedante y pesada. Lo haces maravillosamente, cariño.
Empezaba a no entender nada. O sea que me estaban probando. No sabía si eran un par de chiflados, o la cosa era en serio. Satur estaba dispuesto a sacarme de dudas, o eso supuse.
—Bueno. Ahora llega la prueba definitiva. Te voy a enseñar los bocetos y te voy a contar la historia. Es una historia que nos afecta a Mari Carmen y a mí. Por cierto, todo lo que te ha dicho de marquesas, condesas, princesas, mujeres de ministros y esas zarandajas son inventos suyos. Ahora te voy a contar la verdad. Al igual que tu madre, Mari Carmen es una enamorada del cristal de roca. Por eso, cuando éramos novios, yo me dedicaba, en los ratos libres que me dejaba el taller de mi padre, a hacerle pequeños objetos. En una ocasión me pidió que le hiciera una espada o una daga. A mí me gustó la idea y me puse manos a la obra. Cuando di con el boceto se lo enseñé. Aquello era una obra de cierta envergadura para un aprendiz como era yo entonces y convenía ir sobre seguro.
Mari Carmen llevaba demasiado tiempo callada y no resistió.
—Cuando, esta tarde, has venido con esa historia tuya me ha dado un vuelco el corazón. Verás, Satur preparó un hermoso boceto de un alfanje árabe, que llevaba incrustado en el mango las iniciales de mi nombre. ¿Ya lo has encontrado?
Satur asintió mientras desplegaba en la mesa un folio con un bello dibujo de un hermoso sable, tal y como acababa de decir su mujer. Cuando lo vi, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Aquello era perfecto. No pude por menos de exclamarlo.
—Es perfecto.
Se miraron ambos. De pronto, se quedaron muy serios. Ambos se miraban, miraban al dibujo y me miraban a mí. Mari Carmen lo hacía con especial intensidad.
—Yo exclamé lo mismo que acabas de decir. Pero a la noche siguiente, soñé que el tal sable, muchos años después, caería de la pared donde lo había colocado y se me clavaría en el corazón. Aunque lo más extraño es que no me dolía. A mi alrededor había mucho ruido y otras voces, pero a mí no me dolía. No le di mayor importancia.
Un sudor frío comenzó a inundar mi espalda y mis manos.
—Pero, cuando Satur me dijo que tenía el molde preparado, esa misma noche, volví a soñar lo mismo. Así que a la mañana siguiente le llamé y le dije que no se le ocurriera fabricar aquello.
Mientras, Satur extraía de otro cajón el molde. Era de tamaño perfecto, como de cuchillo de cocina, justo lo que necesitaba. Otro temblor más. “Vaya tarde”, pensé.
—Le hice caso, pues soy supersticioso. Pero es tan precioso el diseño, aunque esté mal que yo lo diga, que lo guardé, por si alguna vez soñaba lo contrario. De repente, cuando ya se me había olvidado la historia, aparece una hermosa joven que la rescata de la niebla. Bien, ahora decides tú.
Deduje que, por un lado, estaban deseando que les dijera que sí, y por otro tenían pánico. Está claro que aquel alfanje había nacido con mal fario. ¿O es que el destino no lo puede modificar el ser humano? ¿Va a ser cierto lo que creían los griegos? También estaba claro que se cumpliría el sueño. Lo que Mari Carmen no sabía, ni por supuesto iba a saber, es que había visto, antes de que yo naciera, lo que se me había ocurrido a mí no se cuantos años después. Y si la cosa iba bien sucederá en unas pocas semanas. Después de un meditativo silencio, hablé lo más claramente posible.
—El caso es que la historia es un poco truculenta, pero tiene un diseño tan perfecto. La gracia de la curva. El filo tan delicado. La empuñadura… ¿No le parece a usted, que si se lo encargo yo, aquella premonición suya no tendrá efectos? Total yo no soy usted, ni siquiera de su familia. Y, además, usted podría construir este objeto. —Tragué saliva. Intuí que mentía, pero lo dije— Yo no formo parte de ese sueño.
—Ves tontina— Satur acarició con ternura el hombro de su mujer—, esta joven opina exactamente lo mismo que yo.
Antes de salir le entregué, a cuenta, quince mil pesetas. Lo único que le pedí es que no pusiera las iniciales, pues no se ajustaban a las de mis padres. Así que quedamos en que el día veintitrés de junio, viernes, por la mañana, podría ir a recogerlo. Completé mi actuación.
—Bueno como no sé cuando serán los exámenes, si no pudiera ese día, me pasaré en otro momento para indicárselo.
Asintieron con una mezcla de alivio, miedo y agradecimiento. Quince mil pesetas, son quince mil pesetas. Está claro.

Así que, querido diario, ya tengo el arma especial. Para ser exactos faltan veintidós días para tenerlo.


Continuará

6 comentarios:

Leonel dijo...

Otro paso hacia su venganza, otro día de muerte al acecho. Ya falta poco.
Un abrazo, Amando.
Leo

Flamenco Rojo dijo...

Mila no bromeaba…sigue con su maquiavélico plan. Y nosotros a esperar…

Un abrazo.

Isolda dijo...

La venganza está en marcha. ¿Se podrá parar a tiempo? Al menos tenemos a un joyero, que tal vez adivine las intenciones de Mila...
Besos como siempre, expectantes.

emejota dijo...

Ay,ay, ay. ¿Cuantos se cargará? Lo de morir matando me hace temblar. Un fuerte abrazo extendido.

Marina Fligueira dijo...

¡Ay Madre! ¿Pero lo llevará a cabo?
Se me estremece el alma. Bien- mal! A esperar el siguiente capitulo.

Biquiños Dulces para aliviar un poco la inquietud a que nos somete el Sr Escribidor.

Ángeles Hernández dijo...

Esta premonición a tantos años vista me huele a recurso literario para que el autor conduzca a la protagonista por caminos menos terroríficos.

Me agarro a lo que sea con tal de no ver a Mila como asesina. Una pesadilla, un deseo de destrucción pueden surgir en una mente que está siendo torturada hasta límites impredecibles: el cerebro es versátil y complicado. Otra cosa es la realización exacta de los proyectos que necesitan algo más que ideas. Deseo que Mila, a pesar de la fuerza que parece moverla, encuentre algo o alguien que bloquee su delirio.

Un abrazo Á.