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Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

sábado, 12 de febrero de 2011

Fin de trayecto. Parte quinta. Capítulo 56

Lunes, veintinueve de mayo de 1989.
Media tarde.

¿Últimas páginas de este diario?
Después del sueño más o menos reparador. Más bien poco reparador, he comprendido que mi reacción de ayer no es suficiente. Debo de preparar bien mi venganza. Debo de planificar bien lo que voy a hacer. Porque si las cosas las hago precipitadamente, me saldrán mal. Y esta vez no me tienen que salir mal. Y todo lo que haga tiene que aparecer en estas páginas, para que alguien, espero que la policía o el juez de Euritmia sepan lo que deben de hacer.

(Ya no leerás estas páginas, mamá. No te voy a dejar con vida para que las leas. Y no sabes cuánto lo siento).

Este diario, de pronto, se ha convertido en mi arma secreta, es mi sorpresa para que alguien acabe con sus huesos detrás de las rejas. Si me sale bien, aunque no lo disfrute, haré mucho daño. Soy una fiera herida.
A estas alturas, tengo claro que de Jazmín no puedo largarme, así por las buenas, pues, aunque no me vigilen, digamos que me tienen lo suficientemente controlada como para impedirme llegar demasiado lejos. Supongo que contaría con poco más de veinticuatro horas para desaparecer. Pero, ¿a dónde?
Desde la otra noche me da igual. ¿Qué vida voy a rehacer? Me han dejado en la más absoluta de las miserias. No soy nadie. En los últimos meses he pasado de ser una persona incomprendida por los míos y aceptada por el resto de los que me rodeaban, a ser menos que una cosa, ya ni respetada por los de su sangre. Al fin y al cabo, una cosa cumple con su función. Pero cuando a una persona se le rebaja a tales extremos, es peor, pues pierde su condición. El camino de este descendimiento ha sido breve, pero veloz, profundo, intenso. Con el agravante, creo que ya lo he escrito antes, de que, a mis espaldas, cualquier ayuda para la vuelta atrás quedaba cercenada, derrumbada, imposibilitada: en mi casa habrán decidido que no existo (excepto para el cabrón de Marc, claro), Joaquín salió asustado (acojonado, escribió él), Madelaine y Ricky son mis actuales policías, además sólo les preocupa que mi cuerpo se mantenga deseable para los cerdos de los clientes, Enrique fue asesinado…. ¿Qué me queda? Miro hacia arriba, y además el cielo está encapotado. Porque, si al menos, las mínimas parcelas de autoestima, o de libertad de conciencia, me hubieran quedado, todavía tendría algo de gasolina en mi motor. Pero esas también las he roto…. Todas.
No es una justificación, sino una explicación. Porque va a suceder lo que voy a intentar con todas mis fuerzas que suceda. Mejor dicho aún. Voy a seguir con vida (o lo que normalmente se entiende por vida) hasta que consiga lo que he pensado. Acto seguido me la quitaré, total, en la madrugada del domingo veintiocho de mayo de mil novecientos ochenta y nueve falleció el centímetro cuadrado de vida propia y digna que le restaba a Milagros de Andrés Sebastián.
RIP

Acabaré con mi familia. Dispondré de pocas horas, pero serán suficientes, espero. Intentaré la última jugada contra Madelaine y Ricky, aunque no podré ser la autora material de su final como empresarios de éxito. Con Joaquín no sé qué haré. Probablemente nada. Será el único que quede con vida. Y cuando se entere de todo lo ocurrido, llevará sobre su conciencia suficiente carga de culpa como para pasarlo mal una buena temporada.
Será mi venganza.

No me importan las consecuencias. Total ya estoy muerta.
Jueves, uno de junio de 1989.
Final de la mañana.

Floto más que nunca.
Sólo noto que mi persona se mueve, piensa y actúa cuando estoy elaborando mi plan de venganza. Llevo pensándolo un par de días. Cada vez lo tengo más claro. El resto del día es como si no existiera. No tengo hambre y apenas como. No tengo sueño, y salvo el sopor que me produce el alcohol y la droga no duermo. Aunque a veces no sé cuánto tiempo ha pasado. De pronto, sin saber por qué, me encuentro llorando. Ni siquiera finjo cuando me acuesto con los clientes. Cada día me parezco más a una muñeca hinchable.
Las cosas empiezan a estar muy claras en mi cabeza.
La única forma de que todos estén juntos en casa es o bien una noche, o bien esperar a que den las vacaciones de verano y aprovechar la sagrada hora de la siesta.
Será a esa hora. Será un jueves o un viernes de verano. Son mis días libres. Si salgo de aquí por la mañana estaré en Euritmia hacia las dos o las tres de la tarde, eso lo tendré que mirar en la estación de Chamartín. Luego, será esperar a las cuatro o cuatro y media. Esperar a que el abuelo y papá vayan a jugar la partida. Entraré en casa y aguardaré.
Necesitaré algunas ayudas. Sin embargo, quien me las preste no sabrá lo que hace. He de buscarme bien a mis colaboradores. Necesito una pistola con silenciador y un cuchillo.
Con el de la cocina de casa valdrá.
No, no es suficiente, necesito algo especial, algo más exclusivo, algo que concuerde mejor con el abolengo de la familia, con esa nobleza que me ha arrojado por el acantilado.
Malditos...
Algo distinto para mi madre y mi hermano Marc, por lo menos... Algo tan hermoso como un diamante, por el que todos suspiramos, pero que si lo tratamos de forma conveniente puede convertirse en un arma asesina.
Un cristal. Un cristal duro, resistente, tallado, pulido, brillante. Un cristal afilado y tan cortante como el filo de la guadaña de la muer-te. Un cristal macizo, con buena punta y filo. Una daga de cristal. O una pirámide, o un prisma. Mi madre y mi hermano no se merecen menos. Quizá yo tampoco. Si lo consigo no me hará falta el cuchillo, remataré la faena conmigo misma.

El problema es conseguirlo. ¿Dónde encontrar tal instrumento? ¿Existirá? ¿Se podrá fabricar?
Quizá una joyería o alguna tienda de regalos. Quizá el cristal de roca sea lo suficientemente resistente como para lo que quiero.

Continurá...

6 comentarios:

Flamenco Rojo dijo...

Para Mila la venganza no es un capricho, es una pasión que le ayuda a vivir y probablemente a morir.

Deseando leer el desenlace quedamos.

Un abrazo.

Leonel dijo...

Este capitulo desangra, me desangra como si fueran cuchillos las palabras de Mila mientras piensa en su venganza. Algo me dice que el final serà terrible, pero no quiero traer conclusiones antes de leerlo.
Un abrazo, Amando, sigo esperando.
Leo

emejota dijo...

Realmente triste, si señor. Un fuerte abrazo extendido.

Isolda dijo...

Desde el primer momento Mila creía saber lo que le convenía. Aunque no haya resultado así, sigue teniendo las cosas muy claras y si se empeña ahora en una venganza, si no ocurre un milagro, lo conseguirá, digo yo. ¡Qué cruz! y tenemos que seguir sufriendo...
Besos a Mila, una vez más y a ti, querido escribidor.

Marina Fligueira dijo...

Hola! Terrible no? Estos últimos capítulos son desgarradores, vaya! Que hasta a mí- me quita el apetito!
Pobre Mila, espero- porque es lo deseo, que tenga un final algo más sereno.
No puedo creer que lleve a cabo la crueldad que tan fríamente pasa por su cabeza.
Ojalá aparezca un puntito de luz por donde Mila pieda dirigir su mirada controlar sus sentimientos y ver una esperanza.
Sr Escribidor, danos un respiro! Un abrazo y ser felices.

Ángeles Hernández dijo...

Me aguanto las ganas de leer el siguiente capítulo para decir que tanto odio es probablemente lo único que pueda sentir la pobre Mila a estas alturas -pasión liberadora, como dice Flamenco-.

Me parece tan injusto (injusticia cósmica) acabar una vida con odio, tan cruel que el sufrimiento debido a un error de adolesencia conduzca a un final peor que la misma muerte, que mantengo la esperanza de que un milagro -porque ha de ser un milagro- nos alivie de esta angustia.

Nos tienes en vilo Amando. Un abrazo Á.