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Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

jueves, 24 de febrero de 2011

Fin de trayecto. Parte sexta. Capítulo 61


El calor pesado abrumaba la tarde.
Las teclas de la máquina de escribir se adherían a mis dedos humedecidos, empapados, por un sudor permanente y muy molesto. Tarde de losas horizontales, invisibles, que hacían imposible incorporar el ánimo. En la calle, el silencio se hacía como el calor: pegajoso, glutinoso, acaso también sepulcral: cementerio presentido o adivinado o intuido, más bien temido: ni los pájaros trinaban su monótona canción; ni un cansino ladrido de perro, remoto aún; ni el deslizar perezoso de los coches; ni el sonido íntimo de los cubiertos al ser colocados en su correspondiente lugar, tras la sobremesa familiar; ni el eco de los sueños de la siesta gozosa de los niños: anhelos de ríos de leche tibia; nada; quizá una chicharra solitaria a lo lejos.
El mundo, el habitual bullebulle que lo conforma y moldea, parecía desaparecer aplastado en una nube de sol cuyo fulgor de fuego lo convertía todo en quietud, en mudez, en asfixia, en parálisis.
Definitivamente Euritmia había entrado en trance, o en estado catatónico lo que podía ser infinitamente más grave. No había otra explicación posible a aquel silencio de flores marchitas.

Tal sensación de agobio me angustiaba, oprimía mi garganta como si fuera un grillete invisible, pero irrompible. Por momentos sentía que me aferraba con sus misteriosas manos de dedos inapelables; sentía que en cualquier instante podía faltarme hasta el aire para respirar... Imposible que me concentrara en mi labor supuestamente literaria, o, al menos, creativa. Una vez más, aquella novela debía esperar mejor ocasión. No era el momento, ni yo me encontraba mínimamente inspirado.
Tras un suspiro hastiado, que quería expulsar todo la impotencia que me invadía, dejé de teclear frases inconexas, deshilvanadas, carentes de cualquier emoción o lirismo, sin las caricias emitidas desde los pétalos de las entrañas...
Sospeché que era el único euritmitense enfrascado en algo más complicado que respirar. Tal idea me satisfizo, por lo que con tranquilidad de conciencia, me rendí, y decidí unirme al resto en su presentida inactividad.
¿Por qué luchar contra los elementos?

Me arrojé sobre el camastro (No tenía otro nombre aquel amasijo de sábanas, supuestamente blancas, que permanecían embarulladas, convertidas en un gurruño, desde hacía un par de días, o tres, apenas extendidas ligeramente sobre el colchón sin airear...Mis dotes como amo de casa son nulas, sobre todo cuando me encuentro en situación de trabajo febril como en aquellos días del estío de mil novecientos ochenta y nueve). Al menos, dormitaría un poco mientras el calor se dejaba caer sobre la faz calcinada de la tierra, tal que una plaga en el mismo centro de la corte del malvado Faraón. (Suena un poco exagerado, pero así lo sentí aquella tarde de julio de mil novecientos ochenta y nueve).

Quizá hubieran transcurrido diez minutos tendido sobre el lecho. Mi mente había iniciado un lento e inexorable camino de pendiente descenso hacia la modorra, sin quedar del todo desconectada del mundo, cuando un grito agudo, o sobreagudo, si es que se admite este término, consiguió el prodigio, el milagro, de levantarme y, tras veloz y algo trompicada carrera hacia el salón, con algún peligro para mi integridad, abrí el balcón a pesar del implacable fuego que emanaba del asfalto euritmitano, muy cerca de derretirse.
Fue un grito repleto de trágicos matices, desagradables sorpresas y pánico acuciante; un alarido despavorido, breve, pero que encerraba en sí mismo toda la angustia del mundo, o quizá cada pesadilla de la historia. Un grito que contagiaba el miedo cerval al mal en su máxima expresión. Un grito que provocaba, sin duda, pánico a cualquiera que lo hubiera oído, por lo menos a mí me lo produjo. Quizá hubiera sido el único que lo oyó. Un grito en el que, en fin, se reflejaba con sonidos penetrantes y afilados la angustia del que ha visto cara a cara a la muerte armada con su guadaña a la espalda... O al mismísimo diablo en la peor de sus figuras... Quién sabe si a ambos.
En la calle, sin embargo, no había cambiado nada, como comprobé de inmediato. Otra vez silencio, el mismo silencio; mejor dicho, a la ausencia de cualquier ruido, se le había añadido el matiz intangible, aunque perfectamente perceptible por alguno de los desconocidos sentidos que posee el ser humano, de la ansiedad y de la angustia: como si con aquel grito no hubiera concluido todo, como si hubiera quedado suspendido en el aire algo más, la continuación, como un alcotán revestido de miedo, como si el acontecimiento no concluyera en ese grito.
Es más, como si aquel grito sólo fuera el primer acto de una obra con más instantes, probablemente trágicos.
Permanecí, por tanto, asomado al balcón, a la espera de los sonidos que completaran la escena. Todo, hasta yo mismo, había quedado a la expectativa. Mientras, miré embobado la calle vacía, las persianas de los edificios bajadas, los árboles mudos, el cielo limpio como una vajilla de porcelana azul recién fregada y lustrada. Agradecí que la fachada de mi casa estuviera orientada al norte, al menos a aquellas horas me libraba del sol, aunque no de sus efectos... Pasaron los minutos, tediosos.
Todo seguía exactamente igual.
Me entretuve contemplando lo que podía ver del resto de Euritmia desde aquel balcón. Unas cuantas espadañas negras de las torres románicas, mudéjares, de la ciudad, las almenas de un par de torreones ocres construidos en el Renacimiento que indicaban a los que las vieran, en cualquier época de la historia, la importancia, poderío e influencia de las familias a las que pertenecieron, y la cúpula de la catedral impresionante en su sencillez y en su contundencia. En fin, el contorno de una ciudad de procedencia netamente medieval, construida sobre una colina escarpada e inexpugnable, de una ciudad con abolengo, de una ciudad que probablemente se moriría orgullosa y ahíta de contemplar su propia belleza y la grandeza de su historia, sin darse cuenta de que aquella belleza y aquella grandeza fueron fruto de momentos en los que la iniciativa era moneda de cambio habitual. Sin embargo, la iniciativa se había sustituido por la contemplación.

También observé, durante unos minutos, las siluetas estilizadas de las cigüeñas que reposaban sobre los extremos de los pináculos catedralicios, o esperaban a que pasaran las horas de mayor bochorno para volver a volar. Seguro que la mayoría de ellas estaban tomando sus lecciones de vuelo. Se acercaba Santiago, sin embargo las zancudas no tenían intención de dejarnos. Tenía la sensación de que las blancas aves cada vez nos dejaban más tarde y volvían antes, como si un lazo invisible les atara a las torres de Euritmia.

Me entretuve, además, en la contemplación de la masa arbórea, densa, verdinegra, del jardín de san Emilio que se ubica en la calle paralela a la mía. Tal era la intensidad del silencio de la tarde, que desde el balcón abierto, se escuchaba leve, pero acariciador, el canto rumoroso, casi como el susurro del amante al amado, de la fuente que presidía su estructura central.

Me serví una copa de mi güisqui preferido, refrescado por unos cuantos cubitos de hielo que extraje del congelador con deleite.
Volví al balcón convencido de que sucederían más cosas. Era imposible que aquello no fuera el preludio de algo más. La misma quietud que me desasosegaba se prolongaba incansable a lo largo de los minutos. Pensé que mi espíritu era lo único con cierta movilidad en aquella tarde. (¿Se habría producido alguna suerte de parálisis terráquea, que incluía a los seres vivos, y que por cualquier causa no me había cogido a mí? ¿Habría provocado el grito un ataque generalizado de tetraplejia?).

Cuando saboreaba con lenta fruición un sorbo de la bebida, y empezaba a olvidarme del asunto que me tenía asomado al balcón —el sabor del líquido, me trajo recuerdos de otros instantes más felices que aquél, instantes en los que compartía algo más que güisqui con alguien—, otro grito, casi exacto al primero por su intensidad y matices, pero con otro tono de voz, quizá una quinta más bajo, atravesó el aire calmo. Entre ambos alaridos pasaron diez o quince minutos, quizá fueron menos, no fui capaz de calcularlo con más exactitud, pues la modorra de la tarde y el triste recuerdo de aquella mujer, habían penetrado por ósmosis en mis neuronas que caminaban al ralentí, inundadas en melancolía.
¿Dónde había sido el grito? ¿De quién o de quiénes procedía? ¿Qué ocurría?...
Antes de que pudiera responderme, aun por aproximación, el inconfundible estruendo de cristalería rota y de gemidos ahogados y de golpes amortiguados por la distancia, me permitió suponer que se trataba de una pelea procedente de la casa que se enfrentaba a la mía.
Debía ser una pelea en toda regla.
Algo que no cuadraba con la aparente educación con la que se comportaban mis vecinos de calle a los que únicamente conocía de verles entrar o salir en su casa. Nunca habíamos cruzado una palabra. Pero, no por eso, no tenía una opinión sobre ellos. Incluso información a causa de un suceso que les aconteció el año anterior. Al contrario, nunca les oí discutir, o tener un mal comportamiento. De hecho, alguna vez que el trabajo nocturno ha sido especialmente abundante, esas noches en las que el insomnio era la fuente de inspiración, y que, por tanto, el amanecer me cogía todavía tecleando a mi vieja máquina, había sido testigo de cómo la señora de la casa —alguien que en su juventud debió ser espectacular, sin ningún género de dudas— salía al balcón de arriba de su vivienda a despedir a su marido que se dirigía al trabajo. Daba igual la época del año. Cuando sucedía eso, tampoco una cantidad exagerada de veces, seré sincero, sabía que eran las siete y cuarto de la mañana y pensaba que debía acostarme inmediatamente, y no me ponía ni una sola excusa más, aunque estuviera en mitad de una frase crucial.

Continurá...

8 comentarios:

emejota dijo...

Nos tienes en ascuas. ;) Un fuerte abrazo.

Isolda dijo...

Parte sexta. Nuevo escenario y protagonista; ambiente casi cinematográfico, me viene a la mente "Blow up".
¿Es lo que parece? ¡Qué tensión!
Besos siempre, escribidor.

MARIAN dijo...

muy interesante. un saludo

Ángeles Hernández dijo...

Pues ya sabemos el origen de esta historia, vecinos o no.
Hubo muertes, va a haber muertes, terribles per se y por la causa que las provoca.

Literariamente el cambio de escenario y persona que cuenta, me parece magnifico. Humanamente, los gritos que oye el euritmense, me perforan los tímpanos .

El sábado escucharemos algún aullido mas. Un abrazo. A.

Flamenco Rojo dijo...

Pues no me esperaba este cambio y reconozco que al principio del capítulo andaba despistado…Las peores expectativas se están cumpliendo. El final está cercano. Seguiremos los acontecimientos.

Abrazos.

Leonel dijo...

Después de la sorpresa, temo que el desenlace - inevitable- esté llegando.Si tuviese que definir la tension que logras diría como usaba decir mi abuela, "se corta con el hilo de coser".
Un abrazo, Amando.
Leo

Marina Fligueira dijo...

¡Hola! Amando, y todos vosotros/as. Me icorporo de nuevo- despues de un viaje de descanso ¡y como no! De placer también.
Depues de leer los capítulos que dejé atrás, comprendo que Mila cumple lo que tiene en mente y esta hitoria tiene... o va tener un trágico final.
Lo relata perfectamente nuestro, Narrador. Por lo que entiendo es basdo en un hecho- lamentablemente real.
Y mi corazón que es débil, lo siente. Un abrazo grande a todos vosotros/as. Ser felices.

Ana J. dijo...

Me encanta este giro. Un nuevo narrador, el horror que se adivina en lo que este personaje aún sin nombre ha escuchado.
Estupendo!