Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

jueves, 10 de febrero de 2011

Fin de trayecto. Parte quinta. Capítulo 55

Domingo, veintiocho de mayo de 1989.
Fin de la madrugada.

¡Ya no puedo más!
¡Mi vida es un sinsentido! ¡Mi vida es una MIERDA!
A partir de esta noche, nada tiene posible solución. No sé si tardaré un par de semanas o un par de meses, pero desde ahora mi único objetivo en la vida será acabar con los que han acabado conmigo, después dejaré de respirar...
Total ya estoy muerta. Total ya me han matado. Soy un cadáver andante, como en las mejores películas de terror.
Éstas serán las últimas páginas de este diario.
Estoy borracha y colocada, pero ni el güisqui, ni la coca, pueden con el último navajazo que me han dado en el medio del alma. Tan terrible ha sido que, aunque me haya matado, todavía me duele.

Y ha sido Marc.

No puede ser. Es imposible. ¿Cómo puede ser un hombre tan zafio como el cabrón de mi hermano? Mucho peor que Ricky, que ya es decir. Mucho peor que Madelaine. Mucho peor que mi madre. Mucho peor que el abuelo. Pero, reconócelo, Mila. Ha sido posible.

Despojada de la última micra de dignidad que me quedaba. Me han arrojado al vacío. Mejor dicho, primero me han arrancado el alma a cuajo (o lo poco que quedaba de él) y, luego, me han tirado por el precipicio. Pero juro por lo más sagrado, por el cadáver de Enrique, el único que de verdad me ha querido, pues es el único que conocía toda mi verdad y soñaba con vivir junto a mí, juro, digo, que no caeré sola, que conmigo arrastraré a otros cuantos más.
Lo malo es que no podré acabar con todos los que debería de llevarme por medio. Me tendré que conformar con Marc, con mamá, con el abuelo…
No sé.
Tengo tiempo.
Un cadáver tiene toda la eternidad.
Pensaré despacio. La venganza se ha de servir fría. La próxima noticia mía aparecerá en los periódicos de sucesos, seguro.

Son las seis y media de la mañana y no podré dormir. Estoy en mi celda. Todavía, el pulso me late a demasiada velocidad. La mezcla de cocaína, alcohol, rabia, asco, dolor y angustia han convertido al músculo corazón en caballo desbocado que galopa cada vez más veloz, aún a sabiendas de que estallará, como un globo demasiado inflado.
Intentaré contar las cosas por orden. Alguien leerá todo esto en alguna ocasión y tendrá que saber.
Primero, querido diario, no escribía desde hace tanto tiempo, porque me rendí. Rendí lo que quedaba de mí, ante la evidencia. Quizá hubiera sido una buena estratagema para el futuro. Opté por comportarme como ellos deseaban. Seguí con el güisqui, cada día más, y empecé a pedir coca a Madelaine. Al principio no se fió. Pero, con el paso de los días, al ver que actuaba con “normalidad” y me adaptaba a las demás, se confió. De hecho, Ricky se acuesta conmigo. A pesar del odio que le tengo cuando estoy serena, no me ha disgustado. De vez en cuando, Madelaine me llama a su habitación. Poco a poco, en resumen, volví a las costumbres anteriores a mi aventura con Enrique. Pero dentro de mí una tenue voz me acusaba de traición. Era esa voz, la que impedía que los jueves o lo viernes te cogiera. Porque esa voz grita desde esta páginas, que son el trasunto de mi conciencia.
La noche de hoy estaba siendo tranquila para lo que suelen ser las noches de sábados a domingos. Sólo me había acostado con un par de clientes. Llevaba encima tres copas de güisqui y una raya de coca. O sea, serían más o menos, las dos o dos y cuarto. Sobre esas horas entró un grupo con una algarabía espantosa. Sólo podían ser jóvenes de despedida de soltero, o un grupo de una boda que acabarían allí su juerga. Con lo cual habría algo de escándalo, mucho alcohol, un poco más de droga, y si había suerte, más dinero. Eran los momentos que más odiábamos nosotras, y que más deseaba Madelaine. Cuando todo aquel estruendo de voces juveniles, yo estaba en mi habitación terminando de ordenarla y de arreglarme. El último cliente acababa de largarse después de un polvo más bien pobre, lo cual, me encanta. Es dinero fácil, como digo yo.
Madelaine entró en ella sin llamar, como suele, la muy puñetera. Me pilló desnuda y tras sobarme las tetas y darme un beso que sabía a champán, me dijo que bajara a toda pastilla. Íbamos a hacer un pase especial. Tenía que portarme como en los mejores días. “¡Qué corra el champán!”, ha dicho dándome una palmada en el trasero, y ha concluido, “Hoy la sesión son treinta mil pelas”. De vez en cuando, subía los precios. Se tenían que dar estas circunstancias, claro. La sonrisa le iba de oreja a oreja.
O sea que haríamos algo más de caja a costa de los chavales. “Pues vale, pensé”.
Como se trataba de animar el cotarro, bajé sólo con una toalla rosa fucsia, en la mano. Caprichosa que es una, con un par de rayas de coca y unas copas de güisqui encima. No tuve la precaución de mirar por detrás de las cortinas. Esa precaución la perdí muy pronto. Cuando llegué a la pasarela, descubrí rostros conocidos. Gente de Euritmia.
El alcohol y la cocaína se me congelaron en mitad de las venas. Primero pensé que, quizá, estuvieran muy borrachos y que con el tiempo que había pasado y mi cambio de imagen no me reconocerían. Respiré más tranquila, bailé lo mejor que supe. Utilicé la toalla como el velo las musulmanas. Aullaban, los cerdos. El baile de los siete velos, sin velos.
Al volver tras las cortinas intenté localizar a Madelaine. No la vi. Quizá estuviera en el bar repartiendo instrucciones acerca de los precios de las bebidas. Me acerqué, aunque Reme me reclamaba con insistencia. Quería que hiciera un número con Hellen.
—Por favor —le dije—, es una urgencia terrible. Hazlo tú.
A Reme no le gustaban nada los números especiales. A Reme no le gustaba nada más que la coca, y por la coca hacía todo lo demás. Se encogió de hombros, puso cara de asco, mientras murmuraba.
—¡Cerdos!
Salió abrazada de Hellen con las bocas muy juntas y las manos acariciándose con fruición.
Llegué al bar. Miré alrededor buscándola. No la vi al principio. Así que me acerqué.
Cuando vi a Marc, no pude retroceder, pues sentí sus ojos clavados a mí. Charlaba con Madelaine. En ese momento, ella volvió la cabeza. Y me llamó alegremente.
—Precisamente estábamos hablando de ti.
Creo que me sonrojé. Agaché mi cara y hacia allí fui. Temblaba entera.
—Mira, Venus, te presento a este joven. Se llama Jorge, y viene de fuera de Madrid. Quiere acostarse, justamente contigo, porque alguien le ha hablado muy bien de ti.
Sonreí bobaliconamente. Pensaba a toda velocidad. “Que yo sepa no me he acostado con nadie de Euritmia, aunque quien sabe. Este cabronazo ya sabe que se tiene que cambiar de nombre, cuando viene a estos sitios. Cuánto ha crecido. Tiene una borrachera como un piano. Creo que no me ha reconocido. Hablaré con Madelaine”. Sin embargo, las manos de Marc engancharon la toalla y me la quitó.
—¡ Guaú, así que tú eres la famosa Venus! Tengo un amigo de Madrid, que en cuanto puede me habla de ti.
Sus ojos se habían olvidado de mi cara. Como sospeché, no me había reconocido. Así que a pesar de la situación pude pensar un poquito. Le hice un gesto a Madelaine advirtiéndola del peligro, aprovechando que los ojos y las manos de Marc no estaban precisamente contemplando mi rostro. Se dio por enterada.
—A ver, Jorge, bonito—, dijo, distrayéndole de mi cuerpo con una sabia caricia en la entrepierna. La experiencia es un grado. Tómate una copa a cuenta de la casa. Ahora volvemos.
—Pero no escapéis. Mi dinero vale igual que el de los otros.
Nos fuimos a un rincón del bar. Madelaine le hizo una seña evidente a Rufi, que ésta entendió a la primera. Me fijé que, en milésimas de segundos, mi hermano tenía en mitad de la cara las dos enormes tetas de Rufi. Creo que en algún lugar he dicho, que esta chica no ejerce. Se dedica a servir las copas en topless. Marc estaría distraído unos minutos.

—Es mi hermano Marc.
Se lo he soltado así, sin preámbulos.
Se ha quedado primero blanca y luego ha sonreído.
—Vaya, pues sí tiene un buen pedal, no te ha reconocido. Aunque, desde luego, has cambiado mucho. No te querrás acostar con él, claro.
La miré con dos cuchillos, en vez de ojos.
—Vale, vale. Ya sé, lo del incesto y demás. En fin… Por cierto, ¿no será otra de tus tretas?
No me hizo falta responderla. Con la mirada fue suficiente.
—Le puedo decir que tienes la regla, que se busque a otra.
—Asentí aliviada.
A los pocos instantes, volvió cabizbaja. Dice que le da igual, que no es escrupuloso. Que, si hace falta, paga más.
—¿De dónde habrá sacado el dinero el mocoso?
—Si estuviera Ricky, podía hacer el número del poli que pilla a un menor, pero se acaba de largar. No se me ocurre nada para que no monte una escandalera con la tajada que trae encima. Sois una buena familia vosotros. Sobre todo, por lo precoces.
No me hizo ninguna gracia el comentario.
—No seas cínica Madelaine, como si te importara.
—Y si le digo que ya te habías apalabrado con otro cliente, de los que está ahí armando jaleo.
—Pues no sé qué decirte. Son todos de Euritmia.
—Estamos bien, ni contigo ni sin mí, contigo porque matas, sin ti porque me muero—. Estaba ocurrente. Después de un breve silencio cambió el tono de voz, que fue inflexible.— Te toca un polvo rápido con tu hermano. Y si te he visto no me acuerdo. Te apuesto a que no te conoce. Y si no hablas, seguro que ni se entera.
Pero qué cerda eres. ¿Cómo me puedes obligar? ¡Qué es mi hermano, Madelaine!
—¿Y qué? Crees que se lo va a contar a mamá.
Me la volví a quedar mirando. Estuve por abofetearla. Descubrí, sin embargo, dos relámpagos de deseo en sus ojos y adiviné lo que pensaba. Se iba a dar un festín, viendo en directo un incesto de dos menores. Intenté una última cosa.
—Vale, me lo subo a la habitación. Y le digo quién soy. Cuando lo sepa, tú le devolverás las pelas, salvo que se quiera acostar con otra. Si lo hacemos, para mí íntegro el cien por cien y una raya gratis.
Selló el pacto con un beso en los labios, al que adornó con un lindo comentario.
—¡Qué puta eres!...
Durante la subida a la habitación, el cabrón de mi hermano no paró de manosearme. Y yo no hacía más que quitarle las manos de encima. Iba muy seria, aunque con el pedal que llevaba no se enteraba.
Joder, nena, esto no es lo que me habían dicho de ti.
No contesté, hasta que no cerré la puerta del dormitorio. Sin decirle nada más, me senté en la cama. Le miré fijamente a los ojos. Había crecido. Había madurado. Era un joven atractivo, con un rostro de suaves facciones y mirada melancólica. Excepto cierta caída de los labios, su rostro era como el de mamá pero en hombre. Nos debíamos de parecer. Aunque, la borrachera que llevaba y el semen pululando por su organismo y golpeando en su cerebro, como un enjambre de abejas, no le permitían reconocerme. Me decidí. Se estaba empezando a desvestir. Admiré su torso y sus brazos fuertes y musculosos, seguro que hacía deporte.
—Marc…
Esperaba no tener que decir nada más. Soñaba con que en ese instante quedara parado, fulminado, y se diera media vuelta. Lo primero sí lo hizo. Quedó en suspenso. Ya se había quitado del todo la camisa. Y estaba desatándose el segundo zapato. Quedó con el pie izquierdo levantado, con una postura inestable que se acentuaba más gracias a las ingentes cantidades de alcohol que llevaba encima. Parecía mayor. No aparentaba los dieciséis. Esa era otra característica de la familia, siempre nos calculaban más años de los que realmente teníamos, por lo que nunca tuvimos problemas para entrar en ningún local. “Por desgracia”, murmuré.
Pasaron unos eternos segundos. Por fin puso el pie en el suelo y me miró. Noté una nueva mirada en sus ojos.
—Hermanita, eres tú.
El muy cerdo no se inmutó. Es más, creo que se alegró. Se acercó a la cama y de un potente tirón me quitó la toalla. Quedé completa-mente desnuda a sus ojos. Fue la mirada más inquisitiva que sufrí en mucho tiempo.
—Joder, es verdad lo que dice el Nacho. Estás de puta madre, tía. No me extraña que cobréis tanto. Esto si que es morbo. Lo malo es que no se lo puedo contar. No estaría muy bien que supieran que una mujer de tu misma sangre es una fulana. Eso sí, una zorra de tronío. Pues será nuestro secreto, hermanita.
Una luz de alarma se encendió en mi cerebro. Comprendí que ya eran suyos los sacrosantos principios del clan. Comprendí que ya vivía muy a gusto en casa. Comprendí, además, que las mismas teorías que servían para tratarme como esclava, a él le servían para convertirlo en el príncipe heredero de aquel reino de pacotilla. Supe que acabaría con treinta mil pelas en la caja de caudales y una ración gratis de coca. Intenté evitarlo.
—Marc, por favor, no me hagas esto. Soy tu hermana, joder.
—Ya, ya lo sé. Por lo menos de madre —. Y el muy cabrón se re-ía— Porque de padre estaría por ver. Además se trata de eso, de joder, ¿no?—. De pronto cambio el tono de voz que se hizo más grave y ronco. Casi como el del abuelo. Se olvidó del parentesco. Era macho en ejercicio de su poder—. ¿Es que mi dinero no vale? ¿O es que te la puede meter cualquiera y yo no? Eres puta, ¿no?, pues te amuelas. He pagado, ¿no? Pues a trabajar, zorra.
Tragué saliva, y como pude seguí.
—Si es por eso, no te preocupes. Madelaine te devuelve el dinero. Si te quieres acostar con otra chica te lo rebaja. Ya haré cuentas yo con ella. Pagarás solo el porcentaje de la casa.
—Además eres comerciante…. Vamos a ver si nos entendemos. Si he traído a toda esa chusma de paletos de Euritmia, que está armando bulla ahí abajo, es para acostarme con Venus. Tú eres Venus. Conclusión aplastante. Además, no vengas con escrúpulos. Con Mila no me acostaría ni loco, pero contigo sí. Además, ¿quién coño se va a enterar de que eres mi hermana…? Si casi te han olvidado ya.
Aquello fue la puntilla.
—Marc, lo sabremos tú y yo. ¿No es suficiente?
—Ahora nos sale con moralidades. No te fastidia. Mira, niña, tú eres Venus, y me lo voy a hacer contigo. Quieras o no quieras. O preparo un fregado, cuando salga de este sitio, que se os acaba el rollo. Si hasta me han ofrecido droga. Así que vamos, a lo nuestro, muñeca.
Se abalanzó, me besó con avidez en la boca, su ruda mano recorría torpe y anhelante mis pechos. Oí en mi cabeza algo así como “crash”.
Me dejé hacer. Efectivamente, en aquella cama de aquel local era Venus, una de las mejores putas de Madrid. Me puse las pilas.
—Jorge, cariño, espera. Termina de desnudarte y lávate en el bidé.
Me sonrió como deben hacerlo los tigres, cuando han cazado a su presa y ésta no ha muerto todavía, pero sabe que lo hará.
—Olvídate de lo que he dicho. Venus te hará un trabajo, que cuando lo cuentes van a alucinar tus amigos.
—Esta sí que es Venus.

Estuve bien. Pensé que aquellas treinta mil pesetas me las debía de ganar. Quise ser honesta con mi profesión, en la que las mujeres que la ejercemos, somos la parte más limpia, sin duda. Dejé más que satisfecho a un cliente joven y ardoroso. Aunque muy inexperto.
Pero no se iría de rositas. Cuando acabamos, mientras se vestía le espeté.
—¿Se lo vas a contar a mamá, Marc?
—¿Qué cosas tienes, Mila? Mañana se me habrá pasado la borra-chera. A lo mejor hasta me avergüenzo. Así que no me digas más. Lo olvidaremos y ya está. Si alguna vez nos volvemos a ver fuera de este sitio, lo de hoy no habrá sucedido.
Descargarse del semen le conducía al remordimiento. Eso lo he visto muchas veces, la mayoría; pero no sería condescendiente. Le avisé, le ofrecí otra chica. Se merecía que siguiera atacándolo.
—¿De dónde has sacado las pelas? ¿Las has birlado de alguna cuenta del abuelo? ¿O es que el hidalgo de Villa Franca del Arroyo te financia las juergas y los polvos? ¿O es a cuenta de la herencia?
Pero no entró al trapo.
¿Qué más te da? Al fin y al cabo, se quedan en la familia.
La borrachera no le había embotado la velocidad mental.
Marc, ¿te imaginas a papá y a mamá, cuando lo hacían, justo antes de engendrarnos?
No fastidies, Mila. Además no nos vamos a casar... Mira déjalo. Lo del incesto es una milonga, además, me he acostado con una furcia, no con mi hermana. Solo nos veremos de vez en cuando.
—Ah no, Marc. Eso sí que no. El guardia de la puerta te prohibirá la entrada. Además, tengo un amigo poli que le pone muy nervioso ver a menores por aquí.
—Entiendo. Pero que una menor trabaje aquí no le pone nervioso.
—¿Me denunciarás? Sería el patatús definitivo para mamá y el abuelo. ¿No te parece? Papá como no siente ni padece, pues da lo mismo.
—Vale, vale, no saquemos las cosas de quicio. Ha sido la primera y la última vez, de acuerdo. Es un polvo más en tu vida, de los muchos que llevarás—, mi hermano contraatacaba—. No te vas a quedar embarazada, y no nacerá ningún monstruo.
—¿Seguro? ¿Te has percatado de que no te he puesto condón?
Eso sí le hizo daño. Me miró asustado. Aunque le duró muy pocos segundos.
—Es un farol, no te jode. Me voy. Por cierto, ¿qué tal lo he hecho?
Decidí ser cruel con él, total era lo único que podía ser.
—Sinceramente, mal, muy mal. No sé si será por la borrachera o por la falta de experiencia. Y eso que tienes una buena base de partida.
Le retorcí los cojones con toda la fuerza de que fui capaz. Me levantó la mano, mejor dicho el puño, y, entonces, se llevó un rodillazo en el mismo sitio. Chilló como un marrano. En ese instante, entró Madelaine que lo echó a empujones, mientras le amenazaba con ir a la policía.
Cuando volvió, se me acercó dispuesta a todo. La dejé hacer. Total daba igual. Era poco más que las muñecas con las que jugaba cuando era niña. Al acabar me sonrió. Tenía la mirada de las vacas.
—Me ha salido caro, pero ha valido la pena, Venus querida.
Encima de los billetes que sumaban treinta mil pesetas había una papelina con su correspondiente dosis de cocaína.

Continuará...

7 comentarios:

Ángeles Hernández dijo...

Si el hermano la desprecia de esa manera, siendo que es aun muy joven , debe estar traduciendo el idioma que se habla en casa . Un mínimo resquicio de preocupación y cariño hubiera desencadenado un encuentro de besos, abrazos , llantos y muchas preguntas .

No es de extrañar que mila se sienta acabada pues sus peores temores se han confirmado. No me queda nada y puesto que va a morir lo hará matando .

Sale de la apatía para entrar en la venganza . Va a actuar sí , pero no para liberarse precisamente . Porca miseria

Un abrazo Amando , con mucha pena. A

Isolda dijo...

Estoy de acuerdo con Ángeles, los comportamientos se repiten...
Solo nos queda esperar acontecimientos.
Besos siempre escribidor y a Mila, que es como de la familia.

Flamenco Rojo dijo...

Amando, todavía no salgo del impacto de la escena de este capítulo. No me esperaba este encuentro...Estaba claro que después de la calma iba a venir una gran tempestad...Lo peor estaba por llegar y llegó. Ofú miarma.

Un abrazo.

Leonel dijo...

Creo que después de esto, no pueda haber nada peor para Mila, he quedado helado mientras lo leía, espero que no se deje llevar completamente por la desilusión de este momento.
Un abrazo, Amando.
Leo

catherine dijo...

Ni siquiera me acordaba del nombre del hermano, así que la sorpresa fue total.
Lo que le faltaba a Mila: ya no es Mila, no es hermana de nadie. Es Venus que calquier hombre, cualquier, puede comprar y ella no puede denegar la propuesta.
Me temo lo peor con su venganza.

Marina Fligueira dijo...

Uffff Me quedo sin aliento! No tengo palabras para esta lúgubre escena. ¿Que más le puede pasar? Ay amando!
Pensando que todo iría más o menos... Ya no digo nada! Solo esperar con ansia el siguiente capítulo. Un abrazo. Ser felices.

Ana J. dijo...

Aunque he comentado de forma global en el cap. 58, este se merece uno aparte.
Impresionante en su sordidez, no creí que fueras a llegar tan lejos.
Doloroso, enervante, desesperanzador.
Impresionante capítulo.
Chapeau!