Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

jueves, 17 de febrero de 2011

Fin de trayecto. Parte quinta. Capítulo 58

Lunes, cinco de junio de 1989.
Siete de la tarde.

La pistola, o el revólver, es otro problema. Gracias a Dios, al destino que últimamente parece la única explicación lógica, o al diablo, no sé muy bien, tengo un cliente bastante asiduo que se dedica a la venta de armas. Vamos, es un armero. Un día, en una borrachera gloriosa que cogimos los dos al unísono, me lo contó. Aquel día acababa de discutir muy seriamente con su mujer, y para desquitarse decidió gastarse un dineral conmigo. Un verdadero dineral.
Le estaba esperando desde hacía unos días, desde que me acordé de él.. Si no aparecía en diez días o así tenía pensado gestionar un permiso de armas. Aunque me diera problemas con Ricky.

Pero el destino, como digo, supongo, me echó otro capote. Vino anoche. Cuando apareció, le hice una seña y se acercó a mí. Para su sorpresa, agradable, me imagino, le estampé un gran beso en la boca. Captó el mensaje a la primera. Y sin más preámbulos, subimos a la habitación. Por suerte, en aquel momento no estaban ni Madelaine ni Ricky, además ya no tenía micros en la habitación. Desde que pedí la coca, me había rehabilitado a sus ojos, y el acostarme con mi hermano fue definitivo para ellos. Sabían que no tenía ya a dónde ir.
En todo caso, preferí no arriesgar. Y no le dije casi nada, salvo preparar el terreno, hasta que no estábamos en plena faena. Cristóbal, así se llama, o se hace llamar, es bastante mayor para estas cosas, pero debe estar muy abandonado por su mujer, porque enseguida se le empina. Además se corre muy rápido. Fiada de la ausencia de Madelaine, mientras subía a la habitación, le susurré al oído.
—Hoy, dos por uno, pero no se te ocurra decir nada a nadie, ni a tu sombra, o te la corto... Vamos, si quieres y puedes.
No contestó, pero no hizo falta, tal y como le chispearon los ojos. Sonreí. Al hacerlo, él habló, mientras su mano fría recorría mi pezón derecho con descaro y dulzura.
—Seguro que tramas algo.
—Por supuesto, las cosas no se hacen gratis. Aunque a ti no te va a costar nada. Casi nada.
A esas alturas ya estábamos en la habitación. Le puse una mano en mitad de los labios, y con la otra le metí mano en la entrepierna. Probablemente no hubiera hecho falta el primer gesto, pues con el segundo se le acabó la capacidad de hablar. Normalmente él se pone encima de mí, pero en aquella ocasión, para asegurarme más, no fueran a estar espiándome, me coloqué yo a horcajadas. En un momento determinado me tumbé sobre él y le susurré.
—Cristóbal, me tienes que hacer un favor enorme.
—Ya decía yo—, protestó él—. ¿Cuánto?
—¡Chist! No hables tan alto. No se trata de dinero, te lo juro. Te juro, además que no es una encerrona para ti. Mira, aquí no puedo hablar. Quedamos donde digas el jueves o el viernes y te lo cuento.
Hubo unos minutos de silencio. Que provoqué, sabiamente, con un largo beso. Había que ayudarle a pensar. Cuando pudo hablar me citó en una cafetería cercana a Nuevos Ministerios, el jueves a las cinco menos cuarto, para tomar café.
—Pero muy breve—, dijo, mientras se corría.
Se me ocurrió una maldad, pero me la callé. Recé porque no estuviera Madelaine, y no viera lo aprisa que le retiraba el preservativo y lo arrojaba a la papelera envuelto en el correspondiente trozo de papel higiénico. El segundo preservativo lo había dejado preparado en la cama. Fue todo muy rápido, como supuse. Volví corriendo a la cama y me arrojé sobre él con una sonrisa.
—Lo prometido es deuda.
Efectivamente, querido diario, la cita es donde te imaginas.

Continurá

martes, 15 de febrero de 2011

Fin de trayecto. Parte quinta. Capítulo 57

Jueves, uno de junio de 1989.
Principio de la tarde.

Cristal de roca. Esa va a ser definitivamente la solución.
Esta mañana, me he dirigido a una joyería cercana. El resultado de la exploración ha sido positivo. El cristal de roca, según me han explicado, es una variedad traslúcida del cuarzo, que incluso puede rayar el acero. Parece ser que en una escala de dureza establecida para los minerales, o los metales, de eso no me he enterado muy bien, tiene el número siete. No sé qué quiere decir eso, pero así me lo han comentado, supongo que mucho. Se utiliza para instrumentos de precisión, ópticos, etc. Para ciertas joyas, para bisutería y para las lámparas. También se puede utilizar como adorno.
Me he ido satisfecha. Ahora me queda conseguir la pieza que estoy buscando.
Sé que parecen manías mías, pero lo último que haga en mi vida lo quiero hacer bien, aunque objetivamente sea un mal.
Esta tarde voy a buscarme otra joyería, a ver si encuentro lo que quiero.
Jueves, uno de junio de 1989.
Once y media de la noche.

Imagino que quien esté leyendo estas páginas ahora estará intrigado por lo que pueda suceder en los próximos días. De momento, avanzo. Esta tarde he encontrado una joyería que a la vez es taller. Me he alegrado, pues está relativamente cerca de la casa, pero lo suficientemente alejada como para que no me tengan localizada. Me he tenido que inventar una historia lo suficientemente creíble para no levantar sospechas. Así que antes de entrar en el local he entrado en un bar cercano.
Cada día me cuesta más trabajo pensar. A veces pierdo la conciencia del tiempo... Noto que sólo pienso con fluidez cuando pienso en mi plan.
Ellos, todos ellos lo han querido. Se lo han buscado. No sabían con quién se enfrentaban. Moriré, pero será matando.
Después de que lo tenía claro he vuelto al comercio.

Le he contado a una dependienta, que parecía la dueña, que en breves días mis padres celebrarían su aniversario de bodas, y que entre todos los hermanos, cuatro, habíamos tenido una ocurrencia. Regalarles una especie de espada pequeña, de daga, pero de cristal de roca con el mango de bronce o cobre o algo así. He concluido con toda la inocencia de que he sido capaz.
—Verá es que mis padres, sobre todo mi madre, es una enamorada del cristal de roca. Dice que le recuerda la belleza del diamante, pero es más accesible y más maleable y más barato. Como el diamante de los humildes... Yo no sé si eso es verdad. Lo que ocurre es que en ningún sitio he encontrado nada parecido a lo que le pido, por lo que al ver que ustedes también son taller…
La señora, de aspecto amable, me miraba detenidamente.
—A ver si he entendido bien. Quieres una espadita, o una daga de cristal de roca.
Asentí en un suspiro. No parecía que la cosa le extrañara, con lo que había salvado el primer gran escollo en todo el proceso.
—Pues, no tenemos nada aproximado. Supongo que se podrá hacer, de todos modos, saldrá bastante caro: los moldes, las pruebas, el diseño. ¿me entiendes?
—No se preocupe. Es un capricho, y aunque me han comisionado mis hermanos a venir hasta aquí, todos trabajan. Incluso si es necesario adelantar parte del dinero por si tienen que hacer algún gasto especial, usted me lo dice.
En esta ocasión ella suspiró aliviada. Mi aspecto de joven enfermiza y delicada, aunque no producía desconfianza, tampoco merecería la garantía de nadie, y menos de la propietaria de una joyería.
—Pues a eso le tendrá que contestar mi marido que es el experto. Yo me dedico a vender y a la contabilidad, él es el artista.
La envidié. Cómo se le llenó la boca de satisfacción y orgullo cuando dijo artista. Estaba enamorada de su marido.
—Hasta dentro de un par de horas no regresa.
—No hay problema —contesté—. Cuando vuelva de clase, en tres horas, o así, hablaré con él—. Me di cuenta en el acto de que no llevaba un solo libro. Pero me rehice—. Me estoy sacando el carnet de conducir y hoy tengo teórica y práctica.
—Es una suerte ser mujer y haber nacido en esta época. A mi hija le pasa igual. Se sacó el carnet en un periquete. En nuestra época era una locura. Si se me hubiera ocurrido pedírselo a mi padre, del pescozón que me llevo, salgo por la ventana sin romper el cristal.
Salí apresuradamente del lugar no fuera a ser que la mujer me contara la historia de su vida.
Estuve deambulando de un sitio a otro. Gracias a que la tarde era hermosa. De un junio caluroso y denso. Pero tras una hora de caminata, me aburría. Entré en un cine a ver un melodrama romántico. Salí empalagada de tanto besuqueo y tanto melindre. “¡Qué poco se parece la vida a este pastel!”, pensé. Aunque, la verdad, no me enteré de mucho. Algo raro me está pasando. Bueno, ya da lo mismo.

No sabes cuánto te he añorado querido diario.

Después que pasaran unos diez minutos de las tres horas, aparecí por la joyería. Me recibieron los ojos escrutadores, grises y profundos, del que supuse, acertadamente, artista joyero de la familia.
—He estado antes, y la dueña me ha dicho que pasara más tarde…
No me dejó continuar.
—Usted debe ser la joven que quería una espada hecha en cristal de roca—. Después de que asentí, prosiguió sin dejar de analizarme. No sé por qué pero aquella mirada me ha puesto muy nerviosa. Era como si pudiera leer dentro de mí—. Verá, eso es un encargo un tanto extraño—. Iba a decirle que por el dinero no se preocupara, pero me lo impidió con un gesto imperativo de su mano izquierda. Observé unos dedos largos, finos, sin duda ágiles. Uno de ellos llevaba una alianza—. Ya me ha dicho Mari Carmen, mi esposa, que por el dinero no me preocupe. Y usted tampoco, joven, pues casualmente tengo hecho el molde de lo que usted desea. Es una larga historia, que le he de contar antes de que usted decida si le hago la daga o no. Si cuando conozca la historia, y vea el boceto de la daga, le gusta, se la prepararé y le costará unas veinticinco mil pesetas. Si no le gusta, podemos pensar otras cosas. Usted decide.

Me quedé mirándolo con fijeza. El caso es que me atraía saber de lo que estaba hablando, pero por otra parte, la forma en que lo dijo, las miradas que lanzaba, como si hubiera alguien detrás de mí, vamos que me daba un poco de miedo. Pero la idea de ver a mi madre y a Marc despachados por tal arma, superó todas mis dudas.

—No me asuste, usted —, dije como sin darle importancia—. Vamos a ver tan extraordinaria historia.
—Bien—. Dejó el mostrador y se dirigió a la puerta. La cerró y colgó el cartel correspondiente. CERRADO—. Sígame, si es tan amable—. Abrió otra puerta que estaba tras él. Pensé que era la del taller. Pero dudé. Empezaba a intranquilizarme. “Para alguien que planea un asesinato múltiple, tener miedo por lo que hace este hombre es un contrasentido.” Me dije. Aunque el hombre me sonrió con afabilidad—. No se preocupe, mi esposa nos espera con un tentempié.
En cuanto que lo dijo, escuché la voz de la señora cálida y animosa.
—Seguro que ya has asustado a la pobre chica.
—Ya sabes, mujer, que soy incapaz. Simplemente hay que tomar precauciones. Sabes que quien nos entregó el diseño de la daga dijo que sólo la tendríamos que hacer a alguien que mostrara un verdadero interés. Si para esta joven solo fuera un capricho, seguro que no había accedido.
Empezaba a estar en ascuas. Pero el ritmo marcaban ellos, no cabía duda. Doña Mari Carmen me sonrió casi maternalmente.
—Lo primero es lo primero. Siéntate hija. ¿Qué prefieres leche sola, café con leche, cacao, té?… También tengo descafeinado.
No preguntó si quería o no. Con lo cual pedí un té con leche. Me ofreció una bandeja con pastas y me sirvió. Después sirvió un amplio café con leche a su marido. Ella nos miraba satisfecha.
—Yo no tomo nada. No puedo. El régimen, ya sabes.
Obviamente no lo sabía, pero sonreí lo más amablemente que pude. Notaba, a mi izquierda, que el joyero no dejaba de escrutarme. Me estaba poniendo nerviosa. Mientras sorbía el té con toda la delicadeza de la que era capaz, rebuscando en la memoria los consejos que al respecto me había dado mi propia madre, me decía constantemente, “Tranquila, Mila. Recuerda que la asesina eres tú”. Doña Mari Carmen proseguía incansable.
—Satur —señaló con delicadeza a su marido—, es un consumado artista joyero. Algunas de sus más hermosas creaciones están diseminadas en cuellos, muñecas y dedos archiconocidos.
El aludido se defendió con un vago gesto, como queriendo quitar importancia a tales alabanzas, pero seguía sin abrir la boca, salvo para engullir pastas y beber café con leche. Quizá no había comido. O aquella sería su cena.
—Sí, sí, no seas humilde. Que la chica sepa que condesas, marquesas, mujeres de ministros, y sospechamos que hasta alguna princesa de Europa tiene joyas de mi marido.
Resulta que había dado con una eminencia. Y yo sin saberlo. Asentí mecánicamente. Pasaban los minutos y Satur, mi artista, no pronunciaba palabra. Me limitaba a asentir, y a emitir sonidos que querían ser elogios hacia la capacidad del hombre. Decidí que ya estaba bien, y con un gesto impaciente, aunque educado, miré mi reloj.
—¿Se te hace tarde?
—Un poco—. Musité—. Aunque, ya que han sido tan amables de invitarme a tomar el té, esperaré algo más.
Satur, sonrió satisfecho.
—Veo que lo tuyo no es capricho. Has superado la segunda prueba. Gracias Mari Carmen. Hay que reconocer que cuando quieres eres verdaderamente pedante y pesada. Lo haces maravillosamente, cariño.
Empezaba a no entender nada. O sea que me estaban probando. No sabía si eran un par de chiflados, o la cosa era en serio. Satur estaba dispuesto a sacarme de dudas, o eso supuse.
—Bueno. Ahora llega la prueba definitiva. Te voy a enseñar los bocetos y te voy a contar la historia. Es una historia que nos afecta a Mari Carmen y a mí. Por cierto, todo lo que te ha dicho de marquesas, condesas, princesas, mujeres de ministros y esas zarandajas son inventos suyos. Ahora te voy a contar la verdad. Al igual que tu madre, Mari Carmen es una enamorada del cristal de roca. Por eso, cuando éramos novios, yo me dedicaba, en los ratos libres que me dejaba el taller de mi padre, a hacerle pequeños objetos. En una ocasión me pidió que le hiciera una espada o una daga. A mí me gustó la idea y me puse manos a la obra. Cuando di con el boceto se lo enseñé. Aquello era una obra de cierta envergadura para un aprendiz como era yo entonces y convenía ir sobre seguro.
Mari Carmen llevaba demasiado tiempo callada y no resistió.
—Cuando, esta tarde, has venido con esa historia tuya me ha dado un vuelco el corazón. Verás, Satur preparó un hermoso boceto de un alfanje árabe, que llevaba incrustado en el mango las iniciales de mi nombre. ¿Ya lo has encontrado?
Satur asintió mientras desplegaba en la mesa un folio con un bello dibujo de un hermoso sable, tal y como acababa de decir su mujer. Cuando lo vi, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Aquello era perfecto. No pude por menos de exclamarlo.
—Es perfecto.
Se miraron ambos. De pronto, se quedaron muy serios. Ambos se miraban, miraban al dibujo y me miraban a mí. Mari Carmen lo hacía con especial intensidad.
—Yo exclamé lo mismo que acabas de decir. Pero a la noche siguiente, soñé que el tal sable, muchos años después, caería de la pared donde lo había colocado y se me clavaría en el corazón. Aunque lo más extraño es que no me dolía. A mi alrededor había mucho ruido y otras voces, pero a mí no me dolía. No le di mayor importancia.
Un sudor frío comenzó a inundar mi espalda y mis manos.
—Pero, cuando Satur me dijo que tenía el molde preparado, esa misma noche, volví a soñar lo mismo. Así que a la mañana siguiente le llamé y le dije que no se le ocurriera fabricar aquello.
Mientras, Satur extraía de otro cajón el molde. Era de tamaño perfecto, como de cuchillo de cocina, justo lo que necesitaba. Otro temblor más. “Vaya tarde”, pensé.
—Le hice caso, pues soy supersticioso. Pero es tan precioso el diseño, aunque esté mal que yo lo diga, que lo guardé, por si alguna vez soñaba lo contrario. De repente, cuando ya se me había olvidado la historia, aparece una hermosa joven que la rescata de la niebla. Bien, ahora decides tú.
Deduje que, por un lado, estaban deseando que les dijera que sí, y por otro tenían pánico. Está claro que aquel alfanje había nacido con mal fario. ¿O es que el destino no lo puede modificar el ser humano? ¿Va a ser cierto lo que creían los griegos? También estaba claro que se cumpliría el sueño. Lo que Mari Carmen no sabía, ni por supuesto iba a saber, es que había visto, antes de que yo naciera, lo que se me había ocurrido a mí no se cuantos años después. Y si la cosa iba bien sucederá en unas pocas semanas. Después de un meditativo silencio, hablé lo más claramente posible.
—El caso es que la historia es un poco truculenta, pero tiene un diseño tan perfecto. La gracia de la curva. El filo tan delicado. La empuñadura… ¿No le parece a usted, que si se lo encargo yo, aquella premonición suya no tendrá efectos? Total yo no soy usted, ni siquiera de su familia. Y, además, usted podría construir este objeto. —Tragué saliva. Intuí que mentía, pero lo dije— Yo no formo parte de ese sueño.
—Ves tontina— Satur acarició con ternura el hombro de su mujer—, esta joven opina exactamente lo mismo que yo.
Antes de salir le entregué, a cuenta, quince mil pesetas. Lo único que le pedí es que no pusiera las iniciales, pues no se ajustaban a las de mis padres. Así que quedamos en que el día veintitrés de junio, viernes, por la mañana, podría ir a recogerlo. Completé mi actuación.
—Bueno como no sé cuando serán los exámenes, si no pudiera ese día, me pasaré en otro momento para indicárselo.
Asintieron con una mezcla de alivio, miedo y agradecimiento. Quince mil pesetas, son quince mil pesetas. Está claro.

Así que, querido diario, ya tengo el arma especial. Para ser exactos faltan veintidós días para tenerlo.


Continuará

sábado, 12 de febrero de 2011

Fin de trayecto. Parte quinta. Capítulo 56

Lunes, veintinueve de mayo de 1989.
Media tarde.

¿Últimas páginas de este diario?
Después del sueño más o menos reparador. Más bien poco reparador, he comprendido que mi reacción de ayer no es suficiente. Debo de preparar bien mi venganza. Debo de planificar bien lo que voy a hacer. Porque si las cosas las hago precipitadamente, me saldrán mal. Y esta vez no me tienen que salir mal. Y todo lo que haga tiene que aparecer en estas páginas, para que alguien, espero que la policía o el juez de Euritmia sepan lo que deben de hacer.

(Ya no leerás estas páginas, mamá. No te voy a dejar con vida para que las leas. Y no sabes cuánto lo siento).

Este diario, de pronto, se ha convertido en mi arma secreta, es mi sorpresa para que alguien acabe con sus huesos detrás de las rejas. Si me sale bien, aunque no lo disfrute, haré mucho daño. Soy una fiera herida.
A estas alturas, tengo claro que de Jazmín no puedo largarme, así por las buenas, pues, aunque no me vigilen, digamos que me tienen lo suficientemente controlada como para impedirme llegar demasiado lejos. Supongo que contaría con poco más de veinticuatro horas para desaparecer. Pero, ¿a dónde?
Desde la otra noche me da igual. ¿Qué vida voy a rehacer? Me han dejado en la más absoluta de las miserias. No soy nadie. En los últimos meses he pasado de ser una persona incomprendida por los míos y aceptada por el resto de los que me rodeaban, a ser menos que una cosa, ya ni respetada por los de su sangre. Al fin y al cabo, una cosa cumple con su función. Pero cuando a una persona se le rebaja a tales extremos, es peor, pues pierde su condición. El camino de este descendimiento ha sido breve, pero veloz, profundo, intenso. Con el agravante, creo que ya lo he escrito antes, de que, a mis espaldas, cualquier ayuda para la vuelta atrás quedaba cercenada, derrumbada, imposibilitada: en mi casa habrán decidido que no existo (excepto para el cabrón de Marc, claro), Joaquín salió asustado (acojonado, escribió él), Madelaine y Ricky son mis actuales policías, además sólo les preocupa que mi cuerpo se mantenga deseable para los cerdos de los clientes, Enrique fue asesinado…. ¿Qué me queda? Miro hacia arriba, y además el cielo está encapotado. Porque, si al menos, las mínimas parcelas de autoestima, o de libertad de conciencia, me hubieran quedado, todavía tendría algo de gasolina en mi motor. Pero esas también las he roto…. Todas.
No es una justificación, sino una explicación. Porque va a suceder lo que voy a intentar con todas mis fuerzas que suceda. Mejor dicho aún. Voy a seguir con vida (o lo que normalmente se entiende por vida) hasta que consiga lo que he pensado. Acto seguido me la quitaré, total, en la madrugada del domingo veintiocho de mayo de mil novecientos ochenta y nueve falleció el centímetro cuadrado de vida propia y digna que le restaba a Milagros de Andrés Sebastián.
RIP

Acabaré con mi familia. Dispondré de pocas horas, pero serán suficientes, espero. Intentaré la última jugada contra Madelaine y Ricky, aunque no podré ser la autora material de su final como empresarios de éxito. Con Joaquín no sé qué haré. Probablemente nada. Será el único que quede con vida. Y cuando se entere de todo lo ocurrido, llevará sobre su conciencia suficiente carga de culpa como para pasarlo mal una buena temporada.
Será mi venganza.

No me importan las consecuencias. Total ya estoy muerta.
Jueves, uno de junio de 1989.
Final de la mañana.

Floto más que nunca.
Sólo noto que mi persona se mueve, piensa y actúa cuando estoy elaborando mi plan de venganza. Llevo pensándolo un par de días. Cada vez lo tengo más claro. El resto del día es como si no existiera. No tengo hambre y apenas como. No tengo sueño, y salvo el sopor que me produce el alcohol y la droga no duermo. Aunque a veces no sé cuánto tiempo ha pasado. De pronto, sin saber por qué, me encuentro llorando. Ni siquiera finjo cuando me acuesto con los clientes. Cada día me parezco más a una muñeca hinchable.
Las cosas empiezan a estar muy claras en mi cabeza.
La única forma de que todos estén juntos en casa es o bien una noche, o bien esperar a que den las vacaciones de verano y aprovechar la sagrada hora de la siesta.
Será a esa hora. Será un jueves o un viernes de verano. Son mis días libres. Si salgo de aquí por la mañana estaré en Euritmia hacia las dos o las tres de la tarde, eso lo tendré que mirar en la estación de Chamartín. Luego, será esperar a las cuatro o cuatro y media. Esperar a que el abuelo y papá vayan a jugar la partida. Entraré en casa y aguardaré.
Necesitaré algunas ayudas. Sin embargo, quien me las preste no sabrá lo que hace. He de buscarme bien a mis colaboradores. Necesito una pistola con silenciador y un cuchillo.
Con el de la cocina de casa valdrá.
No, no es suficiente, necesito algo especial, algo más exclusivo, algo que concuerde mejor con el abolengo de la familia, con esa nobleza que me ha arrojado por el acantilado.
Malditos...
Algo distinto para mi madre y mi hermano Marc, por lo menos... Algo tan hermoso como un diamante, por el que todos suspiramos, pero que si lo tratamos de forma conveniente puede convertirse en un arma asesina.
Un cristal. Un cristal duro, resistente, tallado, pulido, brillante. Un cristal afilado y tan cortante como el filo de la guadaña de la muer-te. Un cristal macizo, con buena punta y filo. Una daga de cristal. O una pirámide, o un prisma. Mi madre y mi hermano no se merecen menos. Quizá yo tampoco. Si lo consigo no me hará falta el cuchillo, remataré la faena conmigo misma.

El problema es conseguirlo. ¿Dónde encontrar tal instrumento? ¿Existirá? ¿Se podrá fabricar?
Quizá una joyería o alguna tienda de regalos. Quizá el cristal de roca sea lo suficientemente resistente como para lo que quiero.

Continurá...

jueves, 10 de febrero de 2011

Fin de trayecto. Parte quinta. Capítulo 55

Domingo, veintiocho de mayo de 1989.
Fin de la madrugada.

¡Ya no puedo más!
¡Mi vida es un sinsentido! ¡Mi vida es una MIERDA!
A partir de esta noche, nada tiene posible solución. No sé si tardaré un par de semanas o un par de meses, pero desde ahora mi único objetivo en la vida será acabar con los que han acabado conmigo, después dejaré de respirar...
Total ya estoy muerta. Total ya me han matado. Soy un cadáver andante, como en las mejores películas de terror.
Éstas serán las últimas páginas de este diario.
Estoy borracha y colocada, pero ni el güisqui, ni la coca, pueden con el último navajazo que me han dado en el medio del alma. Tan terrible ha sido que, aunque me haya matado, todavía me duele.

Y ha sido Marc.

No puede ser. Es imposible. ¿Cómo puede ser un hombre tan zafio como el cabrón de mi hermano? Mucho peor que Ricky, que ya es decir. Mucho peor que Madelaine. Mucho peor que mi madre. Mucho peor que el abuelo. Pero, reconócelo, Mila. Ha sido posible.

Despojada de la última micra de dignidad que me quedaba. Me han arrojado al vacío. Mejor dicho, primero me han arrancado el alma a cuajo (o lo poco que quedaba de él) y, luego, me han tirado por el precipicio. Pero juro por lo más sagrado, por el cadáver de Enrique, el único que de verdad me ha querido, pues es el único que conocía toda mi verdad y soñaba con vivir junto a mí, juro, digo, que no caeré sola, que conmigo arrastraré a otros cuantos más.
Lo malo es que no podré acabar con todos los que debería de llevarme por medio. Me tendré que conformar con Marc, con mamá, con el abuelo…
No sé.
Tengo tiempo.
Un cadáver tiene toda la eternidad.
Pensaré despacio. La venganza se ha de servir fría. La próxima noticia mía aparecerá en los periódicos de sucesos, seguro.

Son las seis y media de la mañana y no podré dormir. Estoy en mi celda. Todavía, el pulso me late a demasiada velocidad. La mezcla de cocaína, alcohol, rabia, asco, dolor y angustia han convertido al músculo corazón en caballo desbocado que galopa cada vez más veloz, aún a sabiendas de que estallará, como un globo demasiado inflado.
Intentaré contar las cosas por orden. Alguien leerá todo esto en alguna ocasión y tendrá que saber.
Primero, querido diario, no escribía desde hace tanto tiempo, porque me rendí. Rendí lo que quedaba de mí, ante la evidencia. Quizá hubiera sido una buena estratagema para el futuro. Opté por comportarme como ellos deseaban. Seguí con el güisqui, cada día más, y empecé a pedir coca a Madelaine. Al principio no se fió. Pero, con el paso de los días, al ver que actuaba con “normalidad” y me adaptaba a las demás, se confió. De hecho, Ricky se acuesta conmigo. A pesar del odio que le tengo cuando estoy serena, no me ha disgustado. De vez en cuando, Madelaine me llama a su habitación. Poco a poco, en resumen, volví a las costumbres anteriores a mi aventura con Enrique. Pero dentro de mí una tenue voz me acusaba de traición. Era esa voz, la que impedía que los jueves o lo viernes te cogiera. Porque esa voz grita desde esta páginas, que son el trasunto de mi conciencia.
La noche de hoy estaba siendo tranquila para lo que suelen ser las noches de sábados a domingos. Sólo me había acostado con un par de clientes. Llevaba encima tres copas de güisqui y una raya de coca. O sea, serían más o menos, las dos o dos y cuarto. Sobre esas horas entró un grupo con una algarabía espantosa. Sólo podían ser jóvenes de despedida de soltero, o un grupo de una boda que acabarían allí su juerga. Con lo cual habría algo de escándalo, mucho alcohol, un poco más de droga, y si había suerte, más dinero. Eran los momentos que más odiábamos nosotras, y que más deseaba Madelaine. Cuando todo aquel estruendo de voces juveniles, yo estaba en mi habitación terminando de ordenarla y de arreglarme. El último cliente acababa de largarse después de un polvo más bien pobre, lo cual, me encanta. Es dinero fácil, como digo yo.
Madelaine entró en ella sin llamar, como suele, la muy puñetera. Me pilló desnuda y tras sobarme las tetas y darme un beso que sabía a champán, me dijo que bajara a toda pastilla. Íbamos a hacer un pase especial. Tenía que portarme como en los mejores días. “¡Qué corra el champán!”, ha dicho dándome una palmada en el trasero, y ha concluido, “Hoy la sesión son treinta mil pelas”. De vez en cuando, subía los precios. Se tenían que dar estas circunstancias, claro. La sonrisa le iba de oreja a oreja.
O sea que haríamos algo más de caja a costa de los chavales. “Pues vale, pensé”.
Como se trataba de animar el cotarro, bajé sólo con una toalla rosa fucsia, en la mano. Caprichosa que es una, con un par de rayas de coca y unas copas de güisqui encima. No tuve la precaución de mirar por detrás de las cortinas. Esa precaución la perdí muy pronto. Cuando llegué a la pasarela, descubrí rostros conocidos. Gente de Euritmia.
El alcohol y la cocaína se me congelaron en mitad de las venas. Primero pensé que, quizá, estuvieran muy borrachos y que con el tiempo que había pasado y mi cambio de imagen no me reconocerían. Respiré más tranquila, bailé lo mejor que supe. Utilicé la toalla como el velo las musulmanas. Aullaban, los cerdos. El baile de los siete velos, sin velos.
Al volver tras las cortinas intenté localizar a Madelaine. No la vi. Quizá estuviera en el bar repartiendo instrucciones acerca de los precios de las bebidas. Me acerqué, aunque Reme me reclamaba con insistencia. Quería que hiciera un número con Hellen.
—Por favor —le dije—, es una urgencia terrible. Hazlo tú.
A Reme no le gustaban nada los números especiales. A Reme no le gustaba nada más que la coca, y por la coca hacía todo lo demás. Se encogió de hombros, puso cara de asco, mientras murmuraba.
—¡Cerdos!
Salió abrazada de Hellen con las bocas muy juntas y las manos acariciándose con fruición.
Llegué al bar. Miré alrededor buscándola. No la vi al principio. Así que me acerqué.
Cuando vi a Marc, no pude retroceder, pues sentí sus ojos clavados a mí. Charlaba con Madelaine. En ese momento, ella volvió la cabeza. Y me llamó alegremente.
—Precisamente estábamos hablando de ti.
Creo que me sonrojé. Agaché mi cara y hacia allí fui. Temblaba entera.
—Mira, Venus, te presento a este joven. Se llama Jorge, y viene de fuera de Madrid. Quiere acostarse, justamente contigo, porque alguien le ha hablado muy bien de ti.
Sonreí bobaliconamente. Pensaba a toda velocidad. “Que yo sepa no me he acostado con nadie de Euritmia, aunque quien sabe. Este cabronazo ya sabe que se tiene que cambiar de nombre, cuando viene a estos sitios. Cuánto ha crecido. Tiene una borrachera como un piano. Creo que no me ha reconocido. Hablaré con Madelaine”. Sin embargo, las manos de Marc engancharon la toalla y me la quitó.
—¡ Guaú, así que tú eres la famosa Venus! Tengo un amigo de Madrid, que en cuanto puede me habla de ti.
Sus ojos se habían olvidado de mi cara. Como sospeché, no me había reconocido. Así que a pesar de la situación pude pensar un poquito. Le hice un gesto a Madelaine advirtiéndola del peligro, aprovechando que los ojos y las manos de Marc no estaban precisamente contemplando mi rostro. Se dio por enterada.
—A ver, Jorge, bonito—, dijo, distrayéndole de mi cuerpo con una sabia caricia en la entrepierna. La experiencia es un grado. Tómate una copa a cuenta de la casa. Ahora volvemos.
—Pero no escapéis. Mi dinero vale igual que el de los otros.
Nos fuimos a un rincón del bar. Madelaine le hizo una seña evidente a Rufi, que ésta entendió a la primera. Me fijé que, en milésimas de segundos, mi hermano tenía en mitad de la cara las dos enormes tetas de Rufi. Creo que en algún lugar he dicho, que esta chica no ejerce. Se dedica a servir las copas en topless. Marc estaría distraído unos minutos.

—Es mi hermano Marc.
Se lo he soltado así, sin preámbulos.
Se ha quedado primero blanca y luego ha sonreído.
—Vaya, pues sí tiene un buen pedal, no te ha reconocido. Aunque, desde luego, has cambiado mucho. No te querrás acostar con él, claro.
La miré con dos cuchillos, en vez de ojos.
—Vale, vale. Ya sé, lo del incesto y demás. En fin… Por cierto, ¿no será otra de tus tretas?
No me hizo falta responderla. Con la mirada fue suficiente.
—Le puedo decir que tienes la regla, que se busque a otra.
—Asentí aliviada.
A los pocos instantes, volvió cabizbaja. Dice que le da igual, que no es escrupuloso. Que, si hace falta, paga más.
—¿De dónde habrá sacado el dinero el mocoso?
—Si estuviera Ricky, podía hacer el número del poli que pilla a un menor, pero se acaba de largar. No se me ocurre nada para que no monte una escandalera con la tajada que trae encima. Sois una buena familia vosotros. Sobre todo, por lo precoces.
No me hizo ninguna gracia el comentario.
—No seas cínica Madelaine, como si te importara.
—Y si le digo que ya te habías apalabrado con otro cliente, de los que está ahí armando jaleo.
—Pues no sé qué decirte. Son todos de Euritmia.
—Estamos bien, ni contigo ni sin mí, contigo porque matas, sin ti porque me muero—. Estaba ocurrente. Después de un breve silencio cambió el tono de voz, que fue inflexible.— Te toca un polvo rápido con tu hermano. Y si te he visto no me acuerdo. Te apuesto a que no te conoce. Y si no hablas, seguro que ni se entera.
—Pero qué cerda eres. ¿Cómo me puedes obligar? ¡Qué es mi hermano, Madelaine!
—¿Y qué? Crees que se lo va a contar a mamá.
Me la volví a quedar mirando. Estuve por abofetearla. Descubrí, sin embargo, dos relámpagos de deseo en sus ojos y adiviné lo que pensaba. Se iba a dar un festín, viendo en directo un incesto de dos menores. Intenté una última cosa.
—Vale, me lo subo a la habitación. Y le digo quién soy. Cuando lo sepa, tú le devolverás las pelas, salvo que se quiera acostar con otra. Si lo hacemos, para mí íntegro el cien por cien y una raya gratis.
Selló el pacto con un beso en los labios, al que adornó con un lindo comentario.
—¡Qué puta eres!...
Durante la subida a la habitación, el cabrón de mi hermano no paró de manosearme. Y yo no hacía más que quitarle las manos de encima. Iba muy seria, aunque con el pedal que llevaba no se enteraba.
—Joder, nena, esto no es lo que me habían dicho de ti.
No contesté, hasta que no cerré la puerta del dormitorio. Sin decirle nada más, me senté en la cama. Le miré fijamente a los ojos. Había crecido. Había madurado. Era un joven atractivo, con un rostro de suaves facciones y mirada melancólica. Excepto cierta caída de los labios, su rostro era como el de mamá pero en hombre. Nos debíamos de parecer. Aunque, la borrachera que llevaba y el semen pululando por su organismo y golpeando en su cerebro, como un enjambre de abejas, no le permitían reconocerme. Me decidí. Se estaba empezando a desvestir. Admiré su torso y sus brazos fuertes y musculosos, seguro que hacía deporte.
—Marc…
Esperaba no tener que decir nada más. Soñaba con que en ese instante quedara parado, fulminado, y se diera media vuelta. Lo primero sí lo hizo. Quedó en suspenso. Ya se había quitado del todo la camisa. Y estaba desatándose el segundo zapato. Quedó con el pie izquierdo levantado, con una postura inestable que se acentuaba más gracias a las ingentes cantidades de alcohol que llevaba encima. Parecía mayor. No aparentaba los dieciséis. Esa era otra característica de la familia, siempre nos calculaban más años de los que realmente teníamos, por lo que nunca tuvimos problemas para entrar en ningún local. “Por desgracia”, murmuré.
Pasaron unos eternos segundos. Por fin puso el pie en el suelo y me miró. Noté una nueva mirada en sus ojos.
—Hermanita, eres tú.
El muy cerdo no se inmutó. Es más, creo que se alegró. Se acercó a la cama y de un potente tirón me quitó la toalla. Quedé completa-mente desnuda a sus ojos. Fue la mirada más inquisitiva que sufrí en mucho tiempo.
—Joder, es verdad lo que dice el Nacho. Estás de puta madre, tía. No me extraña que cobréis tanto. Esto si que es morbo. Lo malo es que no se lo puedo contar. No estaría muy bien que supieran que una mujer de tu misma sangre es una fulana. Eso sí, una zorra de tronío. Pues será nuestro secreto, hermanita.
Una luz de alarma se encendió en mi cerebro. Comprendí que ya eran suyos los sacrosantos principios del clan. Comprendí que ya vivía muy a gusto en casa. Comprendí, además, que las mismas teorías que servían para tratarme como esclava, a él le servían para convertirlo en el príncipe heredero de aquel reino de pacotilla. Supe que acabaría con treinta mil pelas en la caja de caudales y una ración gratis de coca. Intenté evitarlo.
—Marc, por favor, no me hagas esto. Soy tu hermana, joder.
—Ya, ya lo sé. Por lo menos de madre —. Y el muy cabrón se re-ía— Porque de padre estaría por ver. Además se trata de eso, de joder, ¿no?—. De pronto cambio el tono de voz que se hizo más grave y ronco. Casi como el del abuelo. Se olvidó del parentesco. Era macho en ejercicio de su poder—. ¿Es que mi dinero no vale? ¿O es que te la puede meter cualquiera y yo no? Eres puta, ¿no?, pues te amuelas. He pagado, ¿no? Pues a trabajar, zorra.
Tragué saliva, y como pude seguí.
—Si es por eso, no te preocupes. Madelaine te devuelve el dinero. Si te quieres acostar con otra chica te lo rebaja. Ya haré cuentas yo con ella. Pagarás solo el porcentaje de la casa.
—Además eres comerciante…. Vamos a ver si nos entendemos. Si he traído a toda esa chusma de paletos de Euritmia, que está armando bulla ahí abajo, es para acostarme con Venus. Tú eres Venus. Conclusión aplastante. Además, no vengas con escrúpulos. Con Mila no me acostaría ni loco, pero contigo sí. Además, ¿quién coño se va a enterar de que eres mi hermana…? Si casi te han olvidado ya.
Aquello fue la puntilla.
—Marc, lo sabremos tú y yo. ¿No es suficiente?
—Ahora nos sale con moralidades. No te fastidia. Mira, niña, tú eres Venus, y me lo voy a hacer contigo. Quieras o no quieras. O preparo un fregado, cuando salga de este sitio, que se os acaba el rollo. Si hasta me han ofrecido droga. Así que vamos, a lo nuestro, muñeca.
Se abalanzó, me besó con avidez en la boca, su ruda mano recorría torpe y anhelante mis pechos. Oí en mi cabeza algo así como “crash”.
Me dejé hacer. Efectivamente, en aquella cama de aquel local era Venus, una de las mejores putas de Madrid. Me puse las pilas.
—Jorge, cariño, espera. Termina de desnudarte y lávate en el bidé.
Me sonrió como deben hacerlo los tigres, cuando han cazado a su presa y ésta no ha muerto todavía, pero sabe que lo hará.
—Olvídate de lo que he dicho. Venus te hará un trabajo, que cuando lo cuentes van a alucinar tus amigos.
—Esta sí que es Venus.

Estuve bien. Pensé que aquellas treinta mil pesetas me las debía de ganar. Quise ser honesta con mi profesión, en la que las mujeres que la ejercemos, somos la parte más limpia, sin duda. Dejé más que satisfecho a un cliente joven y ardoroso. Aunque muy inexperto.
Pero no se iría de rositas. Cuando acabamos, mientras se vestía le espeté.
—¿Se lo vas a contar a mamá, Marc?
—¿Qué cosas tienes, Mila? Mañana se me habrá pasado la borra-chera. A lo mejor hasta me avergüenzo. Así que no me digas más. Lo olvidaremos y ya está. Si alguna vez nos volvemos a ver fuera de este sitio, lo de hoy no habrá sucedido.
Descargarse del semen le conducía al remordimiento. Eso lo he visto muchas veces, la mayoría; pero no sería condescendiente. Le avisé, le ofrecí otra chica. Se merecía que siguiera atacándolo.
—¿De dónde has sacado las pelas? ¿Las has birlado de alguna cuenta del abuelo? ¿O es que el hidalgo de Villa Franca del Arroyo te financia las juergas y los polvos? ¿O es a cuenta de la herencia?
Pero no entró al trapo.
—¿Qué más te da? Al fin y al cabo, se quedan en la familia.
La borrachera no le había embotado la velocidad mental.
—Marc, ¿te imaginas a papá y a mamá, cuando lo hacían, justo antes de engendrarnos?
—No fastidies, Mila. Además no nos vamos a casar... Mira déjalo. Lo del incesto es una milonga, además, me he acostado con una furcia, no con mi hermana. Solo nos veremos de vez en cuando.
—Ah no, Marc. Eso sí que no. El guardia de la puerta te prohibirá la entrada. Además, tengo un amigo poli que le pone muy nervioso ver a menores por aquí.
—Entiendo. Pero que una menor trabaje aquí no le pone nervioso.
—¿Me denunciarás? Sería el patatús definitivo para mamá y el abuelo. ¿No te parece? Papá como no siente ni padece, pues da lo mismo.
—Vale, vale, no saquemos las cosas de quicio. Ha sido la primera y la última vez, de acuerdo. Es un polvo más en tu vida, de los muchos que llevarás—, mi hermano contraatacaba—. No te vas a quedar embarazada, y no nacerá ningún monstruo.
—¿Seguro? ¿Te has percatado de que no te he puesto condón?
Eso sí le hizo daño. Me miró asustado. Aunque le duró muy pocos segundos.
—Es un farol, no te jode. Me voy. Por cierto, ¿qué tal lo he hecho?
Decidí ser cruel con él, total era lo único que podía ser.
—Sinceramente, mal, muy mal. No sé si será por la borrachera o por la falta de experiencia. Y eso que tienes una buena base de partida.
Le retorcí los cojones con toda la fuerza de que fui capaz. Me levantó la mano, mejor dicho el puño, y, entonces, se llevó un rodillazo en el mismo sitio. Chilló como un marrano. En ese instante, entró Madelaine que lo echó a empujones, mientras le amenazaba con ir a la policía.
Cuando volvió, se me acercó dispuesta a todo. La dejé hacer. Total daba igual. Era poco más que las muñecas con las que jugaba cuando era niña. Al acabar me sonrió. Tenía la mirada de las vacas.
—Me ha salido caro, pero ha valido la pena, Venus querida.
Encima de los billetes que sumaban treinta mil pesetas había una papelina con su correspondiente dosis de cocaína.

Continuará...

martes, 8 de febrero de 2011

Fin de trayecto. Parte quinta. Capítulo 54

Viernes, cinco de mayo de 1989.
Media mañana.

Guerrear es una afición masculina. A mí, al menos, no me atrae. Me cansa pensar en ella. Sin embargo, me encuentro metida de lleno en una. Mejor dicho, soy uno de los contendientes. Es una guerra que no se ha declarado, que son las peores, pues mis únicas armas son la prudencia y la astucia Una guerra que tiene un objetivo simple: evitar que Milagros de Andrés Sebastián, Venus, yo, se aleje del radio de acción de Madelaine y Ricky, o sea, de Jazmín.
De momento, sólo controlan, no atacan, no presionan, por ahora; simplemente dejan que me mueva. Si hago algo que exceda de lo permitido, supongo que caerán como el águila sobre un conejo que comete la imprudencia de cruzar un amplio descampado.
Además, estoy avisada, y eso es de agradecer. Sé que en la casa todas saben lo que hago. En Jazmín, cada polvo con un cliente es controlado por los ojos de Madelaine ¿por los de Reme también?
Tengo sospechas al respecto.
Además, están los micrófonos ocultos dentro de la almohada, junto al bidé y en la puerta (Si algún día un cliente los descubre por casualidad, puede armarse un jaleo considerable. Hay algunos de cierto postín, y será difícil explicarlos que el motivo de la existencia de tales artilugios no obedece a un posible chantaje. Lo cierto es que ahora que lo pienso, no me importaría que sucediera). En la casa, salvo en mi habitación, siempre estoy acompañada. Por la calle Ricky, mejor dicho, alguno de sus hombres, “protege” mis días de asueto.
La semana pasada no he escrito nada, pues tengo miedo de que también me requisen este cuaderno diario. De hecho, lo correspondiente a estos momentos, está escrito en cuartillas sueltas que luego en la madrugada, pasaré en mi habitación. Mi dormitorio, mi celda más querida, allí es donde tengo la total seguridad de que nadie me ve. Saben que estoy y que estoy incomunicada. Para ellos es suficiente.
Triste destino el mío. Soy invisible para el mundo. En mi casa han debido olvidarse de mí. Y si no se han olvidado, darán cada vez por más improbable encontrarme. Supongo que, a medida que nos acercamos al catorce de julio, perderán los ánimos, pues mi mayoría de edad impedirá que continúe la búsqueda policial. No creo que ellos lo intenten. Sólo existo para mis secuestradores, y mi cuerpo (apetecible aún, creo) para algunos clientes, nada más. Para mí misma soy un fantasma errabundo entre el club y la casa; los jueves y viernes mi espectro deambula sin sentido por la realidad, para mí, sin embargo, igual de ficticia que lo otro.
He vuelto a la fonda donde estuve hace quince días. La dueña me ha mirado un tanto torvamente. Quizá intuye algo raro en que una jovencita de tez pálida y demacrada, demasiado delgada para su canon de belleza, aparezca por su establecimiento un jueves a mediodía y se largue un viernes por la tarde.
Me da lo mismo. No me preocupa. Si me niega el hospedaje, buscaré otro lugar. Si llama a la policía porque sospeche algo ilegal, casi sería de agradecer, aunque me temo que la mano de Ricky impediría cualquier otro movimiento, salvo impedirme, de nuevo las salidas.

Estas líneas las escribo sentada en la misma piedra junto a la que encontré el cadáver del pajarillo. No queda ni rastro, claro.
Cuando me he planteado las posibilidades que puedo escoger para mi huida, he encontrado con un imponderable: el dinero. Algo de lo que no he hablado. Simplemente contaba con ello, pero no es tan fácil, creo. El acuerdo que me unió a Jazmín fue verbal. Si en alguna ocasión viniera la policía a desmantelar el asunto (cosa imposible, claro), nosotras diremos que vamos por allí libremente, que nada nos ata al local. Las otras chicas cobran su parte en metálico semanalmente. Cada una sabe lo que hace con su dinero, punto.
Cuando Madelaine me contrató, es un decir, al ser yo menor de edad no pude abrir ninguna cuenta en la que yo fuera la única titular en ningún banco, por lo que me quedaban dos opciones, o tener en la habitación todo el dinero, o abrir una cuenta en la que algún adulto apareciera de titular conmigo. No se me ocurrió otra cosa que confiar en Madelaine, ¿qué podía hacer, fiarme de alguna de las chicas? No tenía más opción. Así que, cada semana le daba el dinero, salvo lo que pensaba gastar. Desde hace dos meses me lo quedo todo y lo guardo en una caja de caudales que compré y tengo en la habitación. Lo cierto, es que es una bobada, pues si me lo quieren quitar lo tienen muy fácil. Sin embargo, supongo que no podré disponer del resto, sin su autorización, hasta el famoso catorce julio. No sé si podré anular la cuenta. No sé si podré hacerme única titular, sin que se lo comuniquen a ella. En todo caso, cuando se entere del movimiento, será indudable que algo intento. No chistó cuando me quedé con todo el dinero. Cada semana me mira como una foca lánguida, pero no dice nada. Sospecho que tiene órdenes de Ricky de dejarme tranquila. Se trata de evitar problemas. Importa lo que importa. Lo demás, como diría él, son mariconadas de sentimentalismos que sólo traen problemas.

Nubes grises, panzudas, y grandes asoman por las crestas de las cumbres. Cambia el aire. Premonición de algo.
Tengo frío. Me vuelvo a la fonda.
Hoy estoy más triste que hace quince días. La melancolía me cubre, como un sudario al cadáver.


Continuará...

jueves, 3 de febrero de 2011

Fin de trayecto. Parte quinta. Capítulo 53

Viernes, veintiuno de abril de 1989.
Atardecer en el tren.

Fue un hermoso y apetecible sueño mientras duró. Me refiero a la idea de que en esta ocasión no me habían seguido. Sigo siendo la niña infeliz que en el fondo siempre he sido. Debe ser tan fácil seguirme, que no necesiten estar siempre detrás de mi nuca para hacerlo.
Cuando he llegado a la estación, he comprobado con la misma sensación, supongo, que quien confirma que le han desvalijado la casa, la presencia de un hombre, taciturno lector de periódico, con toda la pinta de haber estado sentado en ese lugar durante horas y horas. Vamos, que me estaba esperando hacía rato. Este individuo, al que he mirado con descaro y enfado no bajó conmigo en la estación. Es más, yo diría que no estaba en el tren. Puede ser que me hayan seguido por carretera. Se llega antes que en el tren. También puede que una vez enterados de mi destino, hayan llamado a alguien de por aquí, aunque eso es demasiado arriesgado, pues podría haberme bajado en cualquier otra estación para despistar. Pueden haber hecho algo combinado, para no levantar sospechas: uno me seguía en el tren, otro me esperaba en el pueblo... En fin, que sigo siendo la joven inocente que vivía en Euritmia ajena a que tanto mal anidara por este mundo. Al fin y al cabo existe el teléfono, el fax, hay polis por todas partes, y por lo que tengo visto, el brazo de Ricky llega hasta extremos insospechados. Lo único cierto, es que estos dos días también he estado controlada. Desde luego, no dentro de la fonda, sino de una manera más discreta y a mayor distancia. ¿O también dentro de la fonda? Como siga con estas elucubraciones voy a acabar paranoica. Si es que no lo estoy ya, porque ese hombre, podría ser un simple ciudadano que estaba esperando al tren para subirse en él camino de Madrid, como yo misma.
Imaginemos, que a él le persigue una mafia, y piensa que utilizan a una jovencita de aspecto inocente para seguirle, o sea a mí. Si me dijera eso ahora mismo, creo que me estaría riendo hasta el día del juicio.
Sí, definitivamente estoy loca.
Debo aburrirles, aunque Ricky dirá, que si no es por aquella casualidad, la mosquita muerta, se refiere a mí, claro, habría organizado un jaleo de mucha consideración.
Yo sé que no es cierto, que mi única aspiración era Enrique, pero cualquiera se lo hace creer al macarra ese...
En fin, por lo que se ve, sigo siendo un juguete peligroso para ellos. Me controlan, pero me desean. Sueños rotos en cientos de pedazos que seré incapaz de reconstruir. La libertad está ahí tan cerca, casi la toco con los dedos, y, sin embargo está tan lejos.
De nuevo, otra semana abriéndome de piernas, y llenándome la boca para que unos penes insatisfechos y ridículos, queden saciados por la pericia de la joven Venus.
¡Qué asco!


Continuará...

martes, 1 de febrero de 2011

Fin de trayecto. Parte quinta. Capítulo 52

Viernes, veintiuno de abril de 1989.
Ocho y media de la mañana.

Benditos los niños que duermen doce horas, ellos saben lo que es la felicidad, y lo agradecen con sus sonrisas eternas, y sus juegos sin final. He dormido unas ocho horas y me siento nueva, con energía, como renovada completamente. Pero claro, con este trabajito, en realidad parecemos murciélagos, vampiresas, y el ser humano no se ha pensado para tal cosa…
Una noche como la que he pasado es lo mejor que me ha ocurrido desde hace meses. Me levanto con tales ánimos, que podría intentarlo todo de nuevo, a pesar de que están muy recientes los renglones que escribí ayer. Aunque debo ser prudente, total, después de comer, he de volver a tomar el tren para llegar a Chamartín con tiempo suficiente como para no levantar sospechas. Debo estar en el piso antes de la ocho, como cualquier otro viernes. No quiero que se enteren, si es que no he tenido vigilancia, de que no he estado en Madrid.

La mañana vuelve a ser espléndida, radiante. De primavera. De esa primavera que en esta zona esperamos para finales de mayo. El cielo está limpísimo, transparente, como recién pintado. El sol ilumina con energía. No hace viento, si acaso una ligera brisa que llega desde el monte. Toda la naturaleza exulta y crece, desborda, se desborda. He abierto la ventana y me han inundado el perfume denso y contundente del campo, aunque austero como él mismo. Me ha llegado el sonido de los cientos o miles de trinos. Casi se oía cómo crecía la hierba…
Si supiera rezar en condiciones daría gracias a Dios, por esta mañana. Pero ya se me ha olvidado. Además, si Dios existe, porque se esconde tan lejos. ¿O soy yo la que huye de Él?
Bajaré a desayunar para disfrutar lo antes posible de la mañana que se me presenta. Hasta tengo apetito. Cuando la dueña de la fonda lo vea, pensará que el vaso de leche de anoche ha hecho milagros. Pero lo que no sabe es que el verdadero milagro ha sido el sueño.
Bueno, voy a bajar, porque a este paso me quedo toda la mañana escribiendo en este cuaderno, y tampoco es eso.

Viernes, veintiuno de abril de 1989.
Media mañana.

Desde esta piedra, contemplo el pueblo que dormita en las faldas de la sierra, polluelo junto a su madre. El ruido bronco de los automóviles por la carretera, al que me he acostumbrado y se hace cotidiano en Madrid, aquí me llega como un lejano y fugaz ronquido. El silencio crea un vacío en torno que me hace sentirme inquieta y extraña. Quizá ya no esté preparada para vivir en armonía con la naturaleza, tanto la he alejado de mi vida.
A pesar de las pocas horas que me faltan para volver a Madrid, a Jazmín, a mi negra realidad de lodazal pestilente, ¡qué lejos se ve desde aquí todo ello! La intensidad y limpieza de la luz que me envuelve, la pureza del aire, el silencio que me inunda. Una siente deslizarse el tiempo a la velocidad justa. Ni tediosamente, ni abruptamente. Adonde quiera que se mire, se podrá detener la vista en algo que la naturaleza nos regale. Al respirar siento que estoy más integrada con el resto del cosmos. Pero lo mejor, es la soledad en armonía con el universo. La soledad que nace de la libertad, claro.

He hecho cuentas muy por encima. En estos meses. llevo ganados unos cuatro millones de pesetas* con todos los descuentos que me hace Madelaine y los gastos que tengo. Me quedan otros cuatro o cinco meses más, antes de intentar la fuga. Siendo pesimistas, puedo contar con otro millón y medio. Unos cuatro millones y medio para poder largarme de Jazmín e intentar rehacer mi vida. Buscar tranquilamente un trabajo, o invertir en algún negocio, no sé, algo que me permita vivir dignamente. Pero cómo lo haré. Cómo podré irme de Jazmín, sin que salgan detrás de mí como perros de presa. Me he metido en un territorio tan peligroso.
Cada vez que lo pienso llego a la misma conclusión: debe ser un negocio alucinante para estar implicados en una muerte de alguien que simplemente era un potencial confidente de una chica, que apenas sabe nada de lo que ocurre realmente. Va a ser muy difícil, incluso imposible diría yo. Cada día que pasa intuyo que el dinero que se mueve con la coca es fabuloso.

Los pensamientos negativos me invaden de forma constante. Pero, al menos, en este ambiente logro recapacitar con cierto orden y lógica. Necesito venir por aquí con más frecuencia. Si me cercioro de que no me siguen puede ser el lugar donde vaya elaborando el plan. El plan que me permita, al menos, vislumbrar el futuro.
Por ejemplo, podría empezar por escribir una carta a Laura para que me vengan a buscar un día concreto.
Sería arriesgado para ellos. Lo primero de todo es asegurarme de que no me siguen. Puedo desaparecer en un taxi un jueves.
He escrito dos ideas en un momento, que me acercan bastante al idiotismo. Como toda mi creatividad elaborando planes de fuga se reduzca a esto, no podré salir ni al portal de la casa.
No lo sé tengo que estar muy segura. Aún es temprano para elaborar planes. Seguro que poco a poco se me ocurre. Lo malo será el día que me tenga que acostumbrar a no ganar treinta mil pesetas, como mínimo. Entonces, puede que hasta eche de menos Jazmín.

(Las palabras que acabo de escribir me han producido risa. Me he extrañado de escucharme reír. Por fin, desde febrero he vuelto a reír. Me ha gustado. Debo hacerlo más.)
Además con qué cara, con qué historia, que es peor, me presentaré en Euritmia. ¿He de irme fuera del país? Demasiadas preguntas, demasiadas dudas. Todo demasiado difícil y duro para la situación en la que me encuentro.
(Leo otra vez lo que acabo de escribir y es como si tuviera que escalar el Himalaya. No tengo fuerzas).
He levantado la cabeza ante los negros presagios que se vis-lumbran en mi horizonte. No he viso ninguna nube que me aceche. No he sentido un cambio de la brisa que anuncie la vuelta del frío. No he notado que nada lo vaya a empeorar. Parece que se puede sonreír, al menos levemente.
Continuaré el ascenso por esta senda. Me arrulla el trino de los pájaros y me abraza el sol poderosamente.
El sendero acaba en la cima pelada y suave de un otero. Es increíble la belleza que desde aquí se contempla. De frente, en la cumbre de un monte mayor que éste, rebrinca inquieto un río en ciernes, acaso será un pequeño arroyo. El aroma de pinos y abetos me inunda. El cielo está más limpio, si es que eso puede ser.
Estoy sentada en una piedra, en mitad del estrecho camino. Desde aquí puedo contemplar un entorno de muchos kilómetros, incluso al fondo, a mi espalda, se columbra el corpachón del gigante que me aguarda, cubierto como siempre, por una especie de neblina grisácea y sucia. Sin embargo, ahora parece que la reina soy yo, ahora pienso que desde este trono puedo reinar sobre todo el mal que me acecha y me acucia.
Está lejos la suciedad y la podredumbre. Está lejos la infamia y la prisión. Está lejos la pesadilla negra que me atrapa cada noche. Está lejos la vileza.
Me vuelve a pasar lo que ayer me sucedió. Con esta paz, este silencio, el aire calmo de esta mañana repleta únicamente de sí misma, he sentido los latidos de mi corazón. Me he resistido a creer que volviera a funcionar. Pero por lo que se ve es terco y contumaz como una mula, como su propietaria. Estoy sonriendo. “Todo es posible”, me he dicho satisfecha.
Acabo de mirarme el reloj. He de bajar de nuevo al pueblo y a la fonda, porque corro el riesgo de perder la comida. Y hoy, sinceramente, tengo apetito.

Continuará...
____________________________________________
* Unos veintisiete mil euros, más o menos (N. del A.)

sábado, 29 de enero de 2011

Fin de trayecto. Parte quinta. Capítulo 51

Jueves, veinte de abril de 1989.
Noche estrellada.

Sólo las blancas estrellas iluminan este trozo de noche rectangular que contemplo tras la ventana. A lo lejos, muy a lo lejos, y muchísimo más abajo, puntitos amarillos señalan otro pueblo. Sólo los faros veloces de los coches de vez en cuando me deslumbran.
¿Hacía cuánto tiempo que no contemplaba una noche como ésta?
Esta tarde ha sido muy triste.
¿Por qué la tristeza tiene la capacidad de estirar las paredes del corazón hasta límites insospechados? ¿Puede el corazón albergar tanto dolor, tantas sensaciones negras, sin que estalle?
He paseado por un sendero que he encontrado como a cien metros de la salida de la fonda. Enseguida me he encontrado ascendiendo una fuerte pendiente. Me he cansado rápido. No estoy para estas cosas, aunque esto ya me lo imaginaba. No me ha extrañado. Ni me ha preocupado, que supongo, es peor, bastante peor... El tipo de vida que llevo va dejando sus huellas. Aunque aparentemente estoy sana, seguro que rozo la anemia, fijo que el hígado va a empezar a darme problemas, y mi tono físico general se parece bastante al de las personas que hacen vida sedentaria. Rápidamente, diría que con anhelo, he buscado un lugar donde sentarme. Lo he hecho realmente exhausta. Cuando he recobrado el resuello, y me he fijado en lo que me rodeaba, la cosa ha sido peor. A mis pies he encontrado el cadáver de un pajarillo que se habrá caído del nido. Efectivamente, me he sentado bajo un árbol que en su parte inferior tenía un nido.
¡Qué impresión me ha hecho tal descubrimiento! No sé por qué, pero me he imaginado que era mi propio cadáver el que estaba arrojado en el camino a la vista de cualquiera. Una pobre chica que había muerto sin haber empezado a vivir siquiera. El problema es que una parte de mi interior ya lo ve así.
Reconozco que eso es morbo puro, pero siento que ya no soy del todo dueña de mis pensamientos. Cada día que pasa, me pregunto si no estaré de atar. Si no necesitaré la asistencia de algún psiquiatra o psicólogo, aunque no iba a servir de nada. Lo primero que me iba a decir es que dejara el trabajo que tengo. Y tendría razón. Pero él no sabría que me es imposible abandonarlo… Y cuando viera que no le cuento las razones de tal imposibilidad, la cosa se complicaría más. Además, salvo que fuera cliente de Jazmín y tomara droga, me imagino que Madelaine y Ricky me lo impedirían. (¿Y qué psiquiatra puede haber con ese currículum? Ninguno, por supuesto. Espero).
Efectivamente estoy loca.
El caso es que he pensado que el cuerpo de aquel pajarillo era trasunto del mío, y he temblado. Esto último me ha alegrado, pues si me ha asustado verme muerta, es que no deseo tanto como me digo que llegue ese funesto instante.
“Todavía queda una rendija de luz, a la que engancharme”.
Con ese pensamiento he vuelto a la fonda. No he querido adentrarme más en la Sierra. Además estaba demasiado cansada.
Tras una ducha rápida, que por la hora ha extrañado a la dueña de la fonda, he bajado a cenar. Casi no he probado la verdura y el pescado. Por fin, se me ha acercado. Supongo que toda paciencia tiene su límite.
—Señorita, ¿no le gusta la cena? ¿Prefiere otra cosa?
He alzado los ojos. Le he sonreído con cierta dulzura. He comprobado que en su mirada, esta vez, había verdadero interés.
—Es que no tengo apetito, gracias. De todas maneras está muy rico. Sobre todo, la menestra.
—Pero es que este mediodía ha comido muy poco.
—Ya. Es que soy de poco comer.
Se ha marchado moviendo la cabeza en sentido negativo. No iba nada convencida por las respuestas que le he dado. Ha regresado de la cocina con un hermoso vaso de leche tibia. El gesto seguía siendo adusto, pero, tras el velo gris de sus ojos, he descubierto cierta luz de ternura.
—No está muy caliente —me dijo señalando al vaso—, ni tampoco muy fría. No le he puesto azúcar, aquí le traigo dos sobrecitos para que se eche lo que desee, pero bébaselo. Y no acepto un no por respuesta.
He sonreído como he podido. Estaba rica. Me la he tomado toda, con los dos sobres de azúcar. Ella no se ha separado de la mesa ni un solo segundo, por si acaso.
He bajado hasta el pueblo. Había bastante más ambiente que por la mañana. Hasta un cine tenían. Pero no he tardado en volver. Me sentía fatigada.
Ahora estoy que me caigo de sueño. Creo que me voy a dormir.
Y no sabes, querido diario, poder escribir esto otra vez, qué alegría me da.

Continuará...

jueves, 27 de enero de 2011

Fin de trayecto. Parte quinta. Capítulo 50

Jueves, veinte de abril de 1989.
Hora de la siesta.

La habitación de la fonda en la que estoy hospedada, es una habitación sencilla, blanca y limpia. Blancas las paredes, blanco el armario, blanca la ropa de la cama, blanca la mesa. Sólo rompe el monocromo el níquel de la cama y el color madera de la silla en la que ahora me siento. Dispone de una confortable cama, una pequeño lavabo, un armario, la mesa donde estoy ahora, una ventana desde la que contemplo un hermoso panorama de sierra añil, moteada de miles de puntos verdes y amarillos. El cuarto de baño, y las duchas están al final del pasillo. También están muy limpios. Somos muy poco clientes, creo.
Ahora mismo estoy muy tranquila. Lo escribo, porque es una noticia.
Cuando he llegado al pueblo, nadie ha descendido del tren, excepto yo misma. Eso me ha puesto de muy buen humor, pues deduzco que nadie me ha seguido. Claro que pueden tener otros medios, o no ser tan evidentes. Pero si me siguen, a fe que lo hacen muy bien. Claro, que no soy ninguna experta en dar esquinazo a polis, y, además, tampoco lo intento.
Lo primero que he hecho, cuando he bajado del tren, ha sido tomarme un café en el bar de la estación, vacío a aquellas horas. Me he informado sobre los posibles alojamientos. He preferido esta fonda porque está más a las afueras. Quiero decir, más cerca de las primeras lomas de la Sierra. Tampoco es que tuviera mucho más que elegir, un pequeño hostal, justo enfrente de la estación.
He recorrido pausada el pueblo para llegar hasta la fonda. Es un pueblo ya muy urbanizado, con poco o nada de rural. Queda algún resto, en esta parte, que se ve que, al estar más apartada del centro, y de la estación, no ha sido devorada por las ansias constructoras. Tiene pinta de ser eso que llaman ciudad dormitorio de Madrid. A esas horas todo, casi todo, estaba desierto. En apenas diez minutos, lo he cruzado y he llegado hasta aquí. El camino es una suave pendiente.
La dueña de la fonda ni me ha mirado. No ha preguntado nada. Se ha limitado a darme la llave de la habitación y a enterarse si comería en el pequeño comedor o lo haría fuera. Le he dicho que, si no era demasiado inconveniente, lo haría en la fonda.
—Ninguno, por supuesto —. Ha respondido seca—. Se come a las dos y media.
He asentido en silencio.
Tras dejar el bolso de viaje y despejarme un poco, he salido a pasear. He subido un poco al monte, por ver si respirando el oxígeno más puro, algo entraba en mí, algo que los acontecimientos pasados me han arrancado a cuajo. Reconozco que no me ha venido mal.
Durante el almuerzo he comprobado que hay algún huésped más. Cada uno ocupábamos mesas distintas en el comedor. El silencio sólo se veía roto por el ruido, más o menos apresurado, de los cubiertos sobre la loza de la vajilla. La dueña me ha observado con detenimiento, pero distante y silenciosa. No he debido de gustarle en exceso, fruncía mucho las cejas cada vez que se detenía en mí. No he procurado caerle simpática. No tengo ni ganas, ni necesidad, ni fuerza. Simplemente he sido correcta. Ella también, si soy sincera.
Tras comer comida casera muy bien hecha, aunque, como siempre, enseguida se me ha acabado el buen apetito, me he subido aquí. Sé que la patrona me ha mirado con cierto recelo. No sabe muy bien a qué carta quedarse. Lo malo es que yo tampoco.
Mi primera intención ha sido la de echarme la siesta, pero he pensado que sería mejor que el sueño me venciera esta noche. Pues, cada vez descanso menos y peor. Al principio, lo achaqué al golpe que sufrí con la muerte/asesinato de Enrique, pero ahora no sé a que se debe. Me preocupa.
He decidido escribir nuevamente. No tengo otra cosa mejor que hacer. Ni tampoco me apetece. Y a lo mejor me puede servir, al menos para ordenar mis pensamientos.
He contemplado, nuevamente la Sierra, el cielo claro y limpio. Aquí se escuchan los trinos frenéticos de los pájaros que a estas altu-ras están como locos empezando a criar. Un par de cigüeñas planean majestuosas del nido de la torre de la Iglesia hacia la sierra. Cada poco tiempo, cruzan por delante de la ventana. Me voy empapando de si-lencio y quietud.

Me he quedado sorprendida pues, de pronto, he escuchado los latidos de mi corazón. Pausados, constantes, rítmicos. Como siempre, claro, como si nada hubiera pasado. Pero hacía tanto tiempo que no los oía… Quizá sea eso lo importante. No me ha pasado nada nuevo. Sigo viva.
Un cansancio, que nace desde lo más hondo, niega vertiginoso tales palabras. Sí que estoy viva, orgánicamente. Pero anímicamente me destruyeron definitivamente el veintiuno de febrero. La reconstrucción de todo lo que mataron se me antoja imposible. Quizá una larga temporada en un lugar como éste.
Levantar cada una de las piedras que han caído hasta el fondo supone un esfuerzo agotador sólo de pensarlo. Además, habría que reconstruir, en primer lugar, muchos de los peldaños que he descendido hasta llegar a la sima en la que estoy. Miro hacia arriba y veo un muro vertical, mohoso, verdinegro, húmedo, sucio, que hiede. Con la falta de fuerzas que tengo, ese trabajo se me antoja inalcanzable. Así que he decidido quedarme sentada en el fondo. No sé si podrá bajar más. Ojalá que no, pero lo que sí empiezo a saber es que volver a subir me parece imposible.
Noto cómo declina la luz de la tarde. Casi lo mejor va a ser salir de nuevo y aprovechar hasta la hora de la cena. Volveré a llenarme de oxígeno, al menos mi organismo me lo agradecerá, aunque para lo que necesito a mi organismo con el alma tan gravemente enferma.

(Continuará...)

martes, 25 de enero de 2011

Fin de trayecto. Parte quinta. Capítulo 49

Jueves, veinte de abril de 1.989.
Mañana en el tren.

Hace casi un mes que te he abandonado, querido diario. Un poco de desidia. Otro poco de monotonía. Otro poco de miedo. Y un mucho de ausencia de mí misma en estas semanas.
Miro a través de la ventanilla por la que entra oblicuo el sol de la mañana. Ilumina con pasión toda la superficie que se extiende a sus pies. Está sí que es una mañana de primavera, toda la naturaleza repunta y resurge, con energía y vitalidad. Siento envidia de la savia que empapa cada uno de los árboles y de las flores y de las más humildes briznas de hierba.
En estas semanas las cosas se han calmado. Poco a poco, se van convenciendo de que no soy un peligro para su negocio. Hasta yo empiezo a pensar que, efectivamente, no soy ningún peligro, puesto que ni siento ni padezco. Mi único anhelo es que llegue el próximo catorce de julio, para ver qué puedo hacer.
Hoy por primera vez, desde los trágicos acontecimientos que llevaron a la muerte de Enrique, me han dejado libre hasta mañana a las ocho de la tarde en que regrese a la casa. Quizá es una prueba que me quieren poner. Quizá quieren comenzar otra vez todo el proceso conmigo. Quizá necesitan que me recupere completamente para el negocio. No sé si algún poli estará detrás de mí. Si es así se va a aburrir, pues pienso alojarme en el primer hostal que encuentre en el pueblo al que voy. Por precaución no es el mismo pueblo al que viajé en el mes de noviembre, cuando todo era posible, aún.
Levanto la cabeza por la ventanilla y observo con emoción y alivio, cómo sube la pendiente y nos acercamos a mi lugar de destino. Si me paro en la próxima estación, en vez de en la siguiente, que es mi parada, despistaré al poli, si es que me sigue. Pero no lo voy a hacer, pues inmediatamente sospecharía y seguro que me busco más problemas de los que ya tengo. Realmente no merece la pena. Una cosa ya tengo clara, merecerá la pena el día que tenga que intentar algo definitivo, mientras tanto, el que intente otra cosa, será descubrir mis cartas, y eso no lo voy a hacer.

Jazmín se ha convertido en una rutina para mí. Eso sí, una rutina, en la que me meto como quien se zambulle en una alcantarilla hedionda. Cada noche me acuesto con dos, tres, hasta cuatro hombres. En alguna ocasión me eligen para algún servicio especial, normalmente algún lésbico bien con Belinda, bien con Vicky, muy raramente con alguna otra. Procuro no hacerlo mal. Procuro desconectar cuanto antes. Belinda me entiende y me ayuda. Vicky, sin embargo, hace lo que yo, con lo que en esos casos, nos miramos y sonreímos. Fíamos todo a que el cliente no se dé cuenta. Y también procuro que no se enteren de la desconexión, claro. Ejecuto los movimientos con la mayor exactitud e intento provocar la eyaculación del hombre lo antes posible. Es decir utilizo al máximo la técnica.
Una profesional, en suma.
El güisqui es mi único aliado, el único calmante para mi espíritu. Noto cómo me arrastro por el local, con los ojos colocados en algún lugar alejado. Cada vez soy más abúlica. He notado que ni las chicas se acercan mucho a mí, debo parecerles un bicho raro. Noto que cada vez, a mi alrededor, crece un círculo más amplio de vacío. Madelaine ya me ha advertido.
—Venus, tienes que moverte con más garbo, con más gracia en la pasarela. Cualquiera diría que lo más importante de tu trabajo es atraer a los clientes, si parece que estás paralítica. Que tienes caderas, y culo, y piernas. Demuéstralo. ¿Ya te has olvidado de las primeras semanas que les volvías locos?
Ricky sigue sin acostarse conmigo. Aunque en alguna ocasión me ha mirado con rostro de deseo, ha puesto esa cara que ponen ciertos hombres en esos casos, como una oveja degollada, pero sólo ha encontrado en mis ojos la dureza de la piedra que ha repelido instantáneamente tales acercamientos, aunque fueran visuales. De hecho, Madelaine en más de una ocasión que lo ha visto, se ha dirigido a él con una mirada imperativa y ha denegado con la cabeza. Creo que desde que me violó, Madelaine le ha prohibido que se acerque a mí, a cambio, ella hace todo lo demás que quiera el tiburón. De todas formas, hay noches que lo tiene que sujetar como si fuera un potro salvaje, y me imagino que cualquier día el potro coceará. Supongo, por tanto, que pronto volveré a soportar su cuerpo en decadencia sobre el mío, y lo que es peor, su asqueroso pene dentro de mí. Sólo de pensarlo vomito… Esta es otra de las cosas que debo superar. Debo enterrar el odio que tengo a ese cabrón, o por lo menos que no lo note. Pero como conseguiré tal proeza, si cada día que pasa le deseo más de mil veces la muerte, por lo menos.
Sigo sin probar la coca. Nadie me la pide, a nadie se la pido. De momento aguanto, aunque creo que la anestesia que necesito cada vez es mayor, y no tardaré en volver a refugiarme en sus narcóticos efectos.
En definitiva, soy un bicho raro en el club.
Me he detenido de nuevo a contemplar el paisaje. A lo lejos, la sierra de Guadarrama reposa su sueño, arropada por leves sábanas blancas… Es hermosa esta vieja Sierra.

Creo que la próxima parada es la mía.
Intentaré adivinar si de entre los viajeros que desciendan aquí, baja alguien parecido a un poli.

(Continuará...)