Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Fin de trayecto. Cuarta parte. Capítulo 35

Jueves, cinco de enero de 1989.
Atardecer.

A pesar de ser víspera de fiesta, hoy tengo mi día libre. Después de Noche Vieja y Año Nuevo, el trabajo baja bastante, y, sobre todo, en este día. Los padres de familia cumplen con la obligación de estar con los más pequeños. Además, no me encuentro excesivamente bien.
Madelaine lo ha notado y anoche me preguntó.
—¿Qué te ocurre?, te veo demasiado melancólica
Me quedé observándola y, salvo cierta mirada perdida hacia el pasado, no fui capaz de responderle.
Era superior a mis fuerzas.
No en vano, son las primeras vacaciones de Navidad en las que he perdido toda la ilusión. Hasta este año, sin duda, eran los días más importantes del año. Eran los momentos en los que soñaba con que las cosas podían ir mejor en casa. Eran los instantes en los que, de las miradas de los míos, adivinaba el posible cambio en nuestra vida que se sofocaba por falta de aire respirable. La esperanza volvía a la casa, y llenaba el ambiente de algo parecido a la felicidad, o a la calma, al menos. Entraba un poco de oxígeno, y nuestros espíritus de esponjaban. Poníamos un nacimiento (lo único que hacía mi padre sin que mi madre impusiera su voluntad) que era herencia de mi abuelo paterno, sólo conocí eso de él. Últimamente, por influencia de Pedro, se colocaba también, junto a la ventana del salón, un hermoso pino que adornábamos como si nuevamente fuéramos niños. Manteníamos las tradiciones de las comidas y las cenas y los villancicos y los regalos. El ambiente dulzón, en fin, de esos días. Sabía que era artifi-cial, pero yo estaba a gusto, muy a gusto.
Toda aquella ausencia me embargaba. Ahondaba en la herida abierta y sangrante…
En estos días he sentido, incluso, un poco de lástima por mi madre. Por el dolor que estará pasando ante mi desaparición. Creo que hasta ella, notará mi ausencia y se preguntará por qué no habrá sido más permisiva conmigo. Por lo menos eso espero. Acaso, hasta una especie de serpiente repte por el centro de su estómago y le impida estar tranquila. También mi padre se sentirá mal. Lo más probable es que él no manifieste este sentimiento, porque nunca exterioriza ninguno, pero seguro que mientras colocaba las figurillas del nacimiento, se acordaba de que yo le he ayudado cada año, y que, no nos lo pasábamos mal. Mi abuelo, supongo, que no habrá abierto el pico. En estos días, hablaba muy poco. Sólo, muy de vez en cuando, le sorprendía con alguna mirada perdida y más afable de lo habitual, dirigida hacia el pesebre en el que se representaba que Dios se había hecho niño. En fin, recuerdos que me han producido una fuerte nostalgia.

Pero hay otra razón más poderosa por la que me encuentro sin ganas de nada.

Desde hace dos meses no he vuelto a escribir nada en este cuaderno, y éste sí que es un síntoma grave; una enfermedad me atenaza; pero es una dolencia no física. Es un dolor que me retuerce en mitad de las entrañas.
Las cosas que me han ido pasando me han avergonzado de tal modo, que ha sido imposible ponerlo por escrito. Ni el odio por mamá, que se va diluyendo también, me permitía no sentirme asqueada de mí misma.

A pesar de las hermosas cosas que escribí, la última vez en el hostal de la sierra, no he podido aguantar mucho más, sin que la cocaína entrara, por fin, en mi cuerpo, ocupando espacios en mi cerebro. Ahora es-toy serena y pienso que me debo arrepentir, sin embargo, en el fondo, sé que es mentira.
Madelaine presionaba para que no llevara la contraria a Ricky. Yo me negaba a ello, argumentado que era la única cosa en lo que no quería entrar. Solía responderle cosas parecidas a ésta:
—He sufrido mucho. Hace unos pocos meses, no hubiera pensado que a estas alturas me habría acostado con más de cien hombres distintos, y que encima me pagan. Que casi cada noche me lo tengo que montar, por lo menos una vez, con otra chica. Que también prácticamente todas las noches acabo borracha. No pretendas que también entre en la coca. Por lo menos ten paciencia.
—Hija, si yo te entiendo, pero Ricky me presiona. Ya sabes que Ricky, tiene influencias que le vienen muy bien a la tranquilidad del negocio. Esas influencias tienen su precio. Por esnifar alguna rayita de vez en cuando, no te vas a enganchar ni nada parecido... No se trata de que te tengas que colocar todos los días. Pero de vez en cuando no nos vendría mal... Por tu tranquilidad, te convendría no ser tan esquiva con él.
Fue más que una advertencia. Sonó, o me sonó, a amenaza. Sabía, pues Reme me lo había contado, que mi caso, se había traspapelado en alguna comisaría, gracias a una llamada adecuada de Ricky a cierto comisario o subcomisario, no sé, al que debía algunos favores. Así que más que agradecer un favor, lo que tenía era una espada de Damocles, permanentemente pendiendo sobre mi cabeza. Y lo peor es que el hilo que la sujetaba era tan frágil que se podía cortar, si no aceptaba pronto los requerimientos de aquel ser indeseable y zafio. Supe, desde aquel momento, que estaba en manos del bruto. Desde entonces, cada noche deseé que no se escuchara su vozarrón cruzando la puerta de Jazmín. En las siguientes dos semanas, no apareció. Suspiraba agradecida, y cada día que pasaba, daba gracias porque me había librado.
Pero mi suerte no podía ser eterna.
Un par de semanas más tarde, volvió por el local. Temblé, miré en son de súplica a Madelaine, pero, como respuesta, me devolvió una mirada fría y acerada, desprovista de afectos. Había llegado al límite de permisividad conmigo. Era prostituta del local absolutamente para todo, y por tanto, cuando fuera necesario, debería de pagar el peaje correspondiente a la tranquilidad en la que me encontraba. A lo mejor, era lo justo. No lo sé. Por lo que se ve, poseer mi cuerpo cuando apetecía, no era suficiente. Que Jazmín sacara por él una media cercana a las cincuenta mil limpias cada noche, tampoco era bastante. Necesitaban más.

¿O es que algo se esconde en el anhelo porque probara la droga? Hoy lo sospecho, aquel día, no. Creo que hay una fase en lo de la coca. Al principio, mientras te acostumbras a tomarla todos los días (no diré hasta que te enganchas), nadie dice nada del precio. Yo estoy ahí, todavía. Pero no sé por qué, me huelo, que después, cada raya la descontaran de lo que ganamos. Eso puede ser una explicación a que las chicas no se vayan. Al final resulta que también tenemos chulo.
La entrada de Ricky, como de costumbre, fue un vendaval que revolvió todo y a todas. Besó, sobó, acarició, rió, elevó, tocó… A cada una le hacía algo. Pero una cosa quedó clara, y fue él el encargado de subrayarlo con una mirada de bisturí que me alcanzó con fría precisión: su presa aquella noche era yo, nuevamente. El resto de las chicas lo daban por supuesto. Otra cosa distinta hubiese sido una novedad... Ellas desconocían la razón de tal predilección, creo que pensaban que se trataba de un encaprichamiento pasajero (ellas utilizaban otra palabra), lo que no les parecía nada mal, pues a ellas les ahorraba un mal trago, y, además, les permitía estar libres más tiempo, con lo que podían “disfrutar” con algún cliente, mientras que yo gratuitamente, prestaba mi cuerpo para el placer de semejante escualo repulsivo; pero lo que no sabían era que, entre el poli y yo, había una sorda lucha para ver si probaba la coca, él, y para ver si seguía resistiendo sin probarla, yo. Aquella noche, cuando sentí su mirada penetrante, suspiré resignada. Venía a por mí. Y, de hecho más que ninguna noche, me pareció un tiburón frío, calculador, sanguinario y decidido. Mi única esperanza se redujo a que se hubiera acostumbrado a que yo no probara la coca y desistiera de ofrecérmela.
Vana esperanza.
El frío helor de la noche de noviembre entró en Jazmín revoloteando tras sus anchas y algo cargadas espaldas. Me miró con deseo. Con deseo sucio. Con deseo de macho en celo que no va a parar ante nada y ante nadie. Con ese deseo por el que se puede llegar a matar. Me resigné. Lo mejor sería ser dócil, pues ya me habían aclarado que la posición de Ricky en Jazmín es algo distinta que la de un cliente con preferencias. E intuí, que él estaba informado de que yo ya sabía todos los pormenores. No tenía escapatoria. Lo sabíamos los dos. Él se relamía de placer por anticipado. Como he dicho ya, sin rodeos: es nuestro chulo oficioso, incluso el de Madelaine. Él nos protege desde muy arriba (a nosotras y al negocio) a cambio de nuestros servicios, y consigue que permanezcamos más tiempo al servicio del local gracias a la dosis de cocaína a la que, poco a poco, nos enganchamos. Por si fuera poco, me percaté de que estaba borracho. Aquello complicaba más las cosas, claro.
—Gatita—sonrió aviesamente—, tengo una sorpresa para ti.
Para entonces, ya me había besado y su manaza izquierda anidaba en mi glúteo derecho que, a pesar de la noche inverniza, estaba al aire, ya que llevaba un tanga blanco que formaba parte de un conjunto con un sujetador de encaje y fantasía, excesivamente ceñido. Lo que más me impresionó, y terminó por fulminar la única gota de ánimo que me restaba, no fue ni la sonrisa, ni el halo de ginebra rancia que despedía su aliento, o el frío helador (casi de muerte) de su mano en mi nalga, sino el que me llamara gatita como había hecho Joaquín tantas ocasiones. Mi mente, muy afectada por el güisqui, todo hay que decirlo, hizo un vertiginoso viaje (casi suicida) hacia el verano, y en mi cerebro embotado se confundieron, lastimosamente, los rostros de Joaquín y de Ricky, que, por cierto, no se parecen en nada, salvo en sus aristas contundentes, duras, como cortadas por un rudo cincel. Supe, desde ese mismo segundo, que no me podría resistir aquella vez. Que atravesaría la última frontera que me había impuesto a mí misma. A partir de esa noche, supe, que nada me permitiría volver a mirar hacia fuera, con la ingenua posibili-dad de salir de la cárcel en la que me había metido, buscando la libertad.

Efectivamente, ocurrió. No dije que no. No pude. ¿No pude?… ¿No quise?… ¿Qué importa ya?…
Ni siquiera tuvo que insistir. A la primera oferta, bajé resignada la cabeza y musité un, “Bueno, como quieras”, prácticamente inaudible e infantil. Ricky casi ni se lo creyó. Sonrió como si le acabara de tocar la lotería. Me besó con más dulzura. Incluso que, por primera vez, no me sobó, sino que intentó una caricia.
Me explicó la técnica y me advirtió del cosquilleó que recorrería las narices y que cuando la nieve entrara en mi cerebro notaría que todo cambiaba.
—Mejor dicho, gatita, notarás cada detalle de todas las cosas. Notarás que piensas más deprisa. Bueno, ya lo irás comprobando. Lo más importante de todo es que no te asustes por nada, sino que te dejes llevar por las sensaciones. Tu cuerpo será el director. Tú sólo obedece, no intentes contradecirle, porque lo pasarás muy mal.
Sabía, positivamente, que Madelaine espiaba mis movimientos tras los agujeros. No le ahorré nada. Fue uno de los polvos que mejor he escenificado. (No digo que lo interpretara, pues, muy a mi pesar gocé, y, probablemente eso sea lo peor de todo lo que ocurrió a partir de aquella noche). Ricky aulló de placer. Él llevaba más alcohol y más droga que yo. Lo peor es que la coca me había gustado, porque, mezclada con el güisqui, me elevó a cotas de sensibilidad muy especiales y desconocidas para mí. Deduje que si las chicas se enganchaban a la droga, era precisamente, porque hacían que el trabajo se tornara, si no placentero, al menos soportable.
Perdí la conciencia de buena parte de mi cuerpo, al que notaba alejado de mí. Pero, paradójicamente, percibía con más intensidad cada estímulo que le llegaba. Por momentos, levité. Perdí la conciencia del tiempo. Perdí la conciencia de la vergüenza, aunque eso era lo más fácil… Al mismo tiempo, gané sensibilidad en ciertas partes de mi cuerpo. Después de lo que había experimentado con Joaquín, hasta aquella noche no había vuelto a tener ningún orgasmo con otro hombre, a pesar de los que se habían acostado conmigo. Cada vez que, a lo largo de mi vida, recuerde mi primera esnifada de coca, lo asociaré con un hermosísimo orgasmo que me removió hasta las entrañas y que (menos mal) no fue motivado por la pericia de Ricky, que más bien brillaba por su ausencia, y tendía a confundir el sexo con la brutalidad, sino por la acción de la droga.
¿Cómo explicarlo?
Es como si hubiera sido un orgasmo de colores y en tres dimensiones. Cuando pude pensar con frialdad me asustó el poder de esta sustancia, infinitamente mayor que el del alcohol, pero, sin embargo, la hizo atractiva.

Al salir de la habitación, tambaleante y con náuseas, Madelaine me abrazó aliviada y llamó a un taxi al que mandó a casa, conmigo en su interior. Dos horas antes de lo normal. Todo un detalle. Nunca he preguntado a ninguna de las chicas qué habían pensado, o cómo me habían visto. Pero debió de ser un espectáculo poco recomendable. El deplorable estado en el que me encontraba me impidió reflexionar con un mínimo de coherencia.

A la mañana siguiente (al mediodía siguiente, para ser exactos), al despertar con un terrible dolor de cabeza, no pude evitar que las lágrimas de desesperación brotaran durante bastantes minutos. Me sentí la más deplorable de las mujeres. No había podido. Había caído y aquel golpe sonaba a definitivo. A lo largo de todos esos meses, me había sentido empujada por los demás, sobre todo por la intolerancia, la opresión, la falta de amor de la familia. Probablemente me equivoqué en casi todas las decisiones que fui tomando, pero no me sentía tan culpable, pues todavía tenía en mi espalda las huellas de aquellas garras, empujándome sin compasión al precipicio. Sin embargo, en esta ocasión, en la que el límite me lo había puesto yo misma, fui incapaz de controlarme. Fui incapaz de luchar con más denuedo. Aunque por lo dicho por Madelaine, la situación empezaba a ser crítica para mí. Pero lo peor, fue que el gusto de la cocaína había sido, en el fondo, agradable y liberador. Me lo negaba el raciocinio, pero una débil voz en mi interior, me recordaba las sensaciones placenteras, el despegar de la ruin realidad que me rodeaba, la percepción especial de las cosas que me rodeaban. Mi vida real era una rutina asesina, sin salida. La vida que me ofreció la cocaína, de repente, dotaba de color, de luz, de libertad, de placer todo lo que rodeaba, incluso yo misma estaba casi bien.

Cuando llegó el siguiente jueves, me sentí tan sucia y tan vil que fui incapaz de sacarte, querido diario. Deambulé, casi sonámbula, por Madrid. Me sentía tan mal conmigo misma, tan asqueada, que volví a la casa para comer en ella, junto con las otras chicas. Me miraron extrañadas pues nunca lo había hecho, pero se callaron. Supusieron que no me encontraba muy bien.

Y encima las fechas que se acercaban. Cuando miraba las calles, que empezaban a denotar la proximidad de las navidades, sentía que un muro transparente se había alzado entre los demás y yo. Ya no podría volver a ese mundo. Me había desterrado yo misma. Me sentía como una alienígena. Miraba a mi alrededor y no encontraba sentido a nada de ello. Me extrañaban las bombillas de los arcos navideños. No entendía el bullicio que aumentaba. Un día seguía a otro, pero para mí, esta sucesión de días y noches, tenía el mismo sentido que para las gallinas, o para las palomas: ninguno. Sólo el rato en que notaba que la cocaína inundaba el cerebro cobraba algún sentido.
En mi corazón, que había sufrido otra herida mortal, se libraba una dura batalla. Por un lado estaba deseosa de volver a experimentar lo que sentí con la primera dosis; pero por otra parte, era consciente de que la única puerta que había tenido abierta para poder escapar del mundo aberrante en el que me había metido, la había cerrado yo misma.

Volvió Ricky un par de veces más en esos días. Volvió a acostarse conmigo. Volvió a ofrecerme la coca. Volví a esnifar. Volví a enloquecer en sus brazos. Volví a caer en la desesperación, a la mañana siguiente. Ya no me importaba el dinero. Ni me importaba otra cosa que no fuera un poco de coca ascendiendo por mis narices, a la busca y captura de mi cerebro para que éste se relajara de una vez, y dejara de sufrir, al menos un par de horas. Supongo que no se puede decir que me enganchara a tal sustancia, era demasiado pronto. Pero las sensaciones producidas en mi cerebro, habían sido tan intensas y tan placenteras, que  anhelaba su repetición.
Casi se me olvidaba que tenía que seguir haciendo daño a mi madre, que ese era mi gran objetivo.
Cuando Ricky supuso que ya había entrado también en el poder de sus garras, dejó de buscarme exclusivamente, con lo que en un par de semanas no probé la coca. La ausencia de la droga, no hizo mella en mí, al menos físicamente. Noté aliviada que las redes invisibles de aquel polvo blanco no me habían capturado, aún. Incluso, alguna mañana llegué a sonreír.

Pero llegaron las fiestas definitivamente. El calendario avanza, siempre en la misma dirección, sin girar la cabeza. Sólo la muerte le detiene.
La ciudad se llenó de bombillas de colores. Los escaparates llamaban a voces a los clientes. Música con aroma a mazapán y fruta escarchada salía de muchas partes. La melancolía me invadió. Hasta Madelaine tuvo la ocurrencia de comprar unos ridículos gorros rojos y blancos de Papá Noel para que nos los pusiéramos en el local. De lo más hortera, aunque a ella no se lo debió de parecer. (En el cenit del ridículo nos aconsejó que nos pusiéramos sujetador y bragas rojas. A eso nos negamos todas en rotundo, pues solo faltaba).
Los primeros días de las fiestas, intenté superar el ataque de melancolía que me invadía. El güisqui fue mi único aliado, tuve la suficiente fortaleza de intentar huir de la nieve. Pero fue un mal aliado. Estaba tan acostumbrada al licor, que el efecto que buscaba no lo conseguí. Antes bien, cogí alguna borrachera llorona. Debieron ser espectaculares, porque casi no las recuerdo, salvo imágenes muy nebulosas. Las chicas me dijeron después, que nombraba mucho a un tal Joaquín, unas veces, como si fuera mi gran amor. ¿Acaso todavía lo fuera? Otras veces le llamaba de todo, menos bonito. Más de una ha intentado sonsacarme sobre el asunto. Por supuesto no he contado nada. Lo que espero, es que no me hayan tirado de la lengua en mis fastuosas borracheras, y, sobre todo, espero no haber dicho más de la cuenta. No parece, pues no he notado cambios respecto del trato con ellas.

Tuve que recurrir a Madelaine para pedirle una raya.
Sí, querido diario. Fui yo la que la pedí de motu propio sin que Ricky estuviera por medio. Y este es el momento de mi caída definitiva.
Me miró, primero sorprendida, pero, en breves segundos, su mirada se convirtió en lascivia pura. Lógicamente lo sabía desde el momento en el que decidí pedírsela. Como me imaginé desde el principio, entramos en la habitación número uno. Por lo que se ve, ella también tiene un pequeño stock del producto. Ella había sido testigo de mi reacción en brazos de Ricky bajo los efectos de la droga, y aquel día quería sentir en su propia carne mis reacciones...

Era una habitación más grande que las otras. Mejor decorada y equipada. Se notaba, nada más abrir la puerta, que quien entrara, lo hacía, no como cliente de la casa, sino como amigo, o amiga, de la señora. Llamaba la atención la enorme cama que la presidía. Como pude comprobar un poco después, eran dos camas de matrimonio unidas.
Madelaine no tuvo que insinuarme nada. Como digo, lo había comprendido todo, incluso antes de que ella me sonriera. Digamos que era el pago por la dosis. En algún desván de mi cerebro, todavía iluminado por el oxígeno, me retumbó la pregunta de si sería así siempre, o si me descontaría parte del sueldo por cada dosis. Y a continuación saltó otra duda, ¿sería la droga una parte del negocio, que hasta ahora no había visto? Sin embargo, ya digo, fue un leve eco al que no presté demasiada atención. Creo que hice mi trabajo como una niña aplicada. Al menos el rostro de Madelaine, tendida exhausta en la cama, así lo reflejaba. Por mi boca circulaba una saliva espesa que hacía que mi lengua se tropezara, con los dientes. Y que me hacía tartamudear levemente. Resultaba graciosa.

Cuando bajé al local —sólo vestida con el tanga negro que llevaba aquella noche—, hacía su entrada en él Ricky. Al contrario que otras veces, me abalancé sobre su cuello. No sé si se percató de que estaba colocada, o ya traía la idea, el caso es que él me respondió viniendo como una flecha a por mí. Mientras me hacía de todo con sus manazas heladas le susurré al oído.
—En la cama de la uno está Madelaine más desnuda que yo, con una raya de coca haciéndole cosquillas entre la nariz y el cerebro y abierta de piernas. Creo que no ha tenido bastante conmigo. Creo que necesita un hombre.
Me reía como una niña traviesa y acariciaba su cabello ensortijado. No hizo falta más. Me alzó a pulso una cuarta del suelo, o casi, y de esa forma ascendimos, me ascendió, raudos hacia allá. Yo me reía como loca, como histérica. A mi alrededor todo giraba. Y los colores tomaban cualidades especiales, casi táctiles diría yo.
Fue una buena noche, aunque el local y yo perdiéramos dinero. No me importó se trataba de disfrutar. Y disfruté.

La mañana siguiente fue otro desastre. Algo fácil de prever, por otro lado. Me percaté de que cada día que pasaba iba descendiendo peldaños, cada vez más sucios y más mohosos, hacía mi absoluta perdición. Y tenía una sensación peor: detrás de mí, sentía los martillazos de cientos de enanos que destrozaban cada uno de los escalones que quedaban a mi espalda, dejándome sólo un muro vertical, por si pretendía ascender nuevamente. Y en mi viaje no llevaba ninguna herramienta que me facilitara la escalas. Por tanto, si quisiera darme la vuelta en algún momento, sería inútil, no podría huir. Cavaba mi tumba. Hasta que me acordé de ti, querido diario.
Por eso, cuando Madelaine me ha dado el día libre, hasta mañana por la noche, he sentido la necesidad imperiosa de volver a cogerte y relatar, al menos estas cosas. No sé por qué intuía que escribirlo podría ali-viarme de algún modo. No sé por qué he creído que tú eres el único elemento que tengo para poder realizar el penoso ascenso, si es que algún día emprendo la escalada.

(Espero, mamá, que después de haber leído todo esto. Si es que has podido llegar hasta aquí, al menos, me tengas algo de lástima. Ahora sí que sé que no puedo caer más abajo. Ahora sé, que no podré incorporarme con un mínimo de normalidad a la vida de ahí fuera, como hubiera sido mi sueño. También espero, mamá, que analices la parte de culpa que tienes en todo esto. Ya sé que tú no me has metido en el club. Ya sé que nadie me mandó salir de casa. Ya sé que la droga no me la proporcionas tú. Ya sé que en casa tendría de todo… Pero, ¿no eres capaz de entender que necesitaba oxígeno? ¿No eres capaz de comprender que mi vida la tenía que vivir yo y no vosotros por mí? ¿No puedes entender que tu estilo de vida es historia? ¿No te das cuenta que tanto odio silencioso hacia mí, me ha machacado? Para lo que estoy viviendo, era mejor que estuviera encerrada en la habitación durante toda la vida. Lo que ocurre, mamá, es que cuando a una le late el corazón con la fuerza y la insistencia del mío, lo más hermoso es sentirse vivo y dueño de cada uno de sus actos).

Estoy, como no podía ser menos, en la cafetería de mi rubio camarero estudiante. Hoy no es un buen día. Demasiado tránsito, sobre todo, desde el Corte Inglés tan próximo. Parece que todo lo que hay en la calle son paquetes voluminosos. Cada persona abulta el doble de lo normal, por lo que la sensación de estar excesivamente apretujados es asfixiante. Debo de ser la única persona que no tiene ningún regalo para nadie.
Imagino que en cada ciudad, en cada pueblo, incluso en este Madrid hostil y demasiado repleto de prisas, comenzarán en pocas horas las cabalgatas de los Reyes Magos. Justo cuando la tarde haya declinado.
¡Cómo me gustaría tener otra vez cinco o seis años! Vería cómo se acercan sus majestades hacia nosotros con una enorme sonrisa bajo sus grandes barbas, mientras nos traen la certeza de los deseos cumplidos un año más. Este día es el que con más ilusión recuerdo de mi infancia. Sin embargo, cuando te enteras de quiénes son de verdad, algo terrible se rompe dentro. A partir de ese día, una comienza a hacerse adulta. Y adulta significará, desde entonces, inexorablemente, perder cada día un poco de inocencia, descubrir que todo lo que produce esperanza y placer es siempre mentira, es siempre vano espejismo, mero trasunto de un cuento de hadas imposible. Desde entonces, nuestra vida, mi vida, está jalonada por infinidad de anhelos y de sueños rotos, hasta que se me rompió, o se me deshizo, entre los dedos el último, la utopía del amor liberador, del amor que conduce a la madurez. Es nuestra vida una flor llena de hermosos pétalos que una gigantesca mano invisible se encarga de ir haciendo desaparecer día a día, con insoportable contumacia, hasta que llega el último…Y ese día, morimos, sin remedio. Aunque nuestro corazón (víscera, músculo al fin), continúe impulsando la sangre que irrigue el resto de nuestras células. Es igual, estaremos muertos, pues al mirarnos adentro, si es que tenemos la valentía suficiente para hacerlo, contemplaremos horrorizados que el último pétalo desapareció la noche en que descubrimos que el amor tampoco existe… O al menos, no existe para nosotros.
¡Cómo me gustaría tener cinco o seis años! Ponerme en la fila junto a los demás niños y, después, quizá aterida de frío, acercarme hasta el rey Melchor. Y que éste, me suba a sus rodillas, y con una sonrisa en los ojos claros y desgastados de mirar a tantos niños, me acaricie el cabello mientras me habla.
—No te preocupes Mila, has sido una niña buena…Tendrás lo que has pedido. Lo único que tienes que hacer es acostarte pronto esta noche y estar profundamente dormida cuando lleguemos nosotros.
Y yo contestaría en un susurro, “Rey Melchor, sólo quiero que me despiertes de esta pesadilla. Quiero amanecer en mi cama, acurrucada junto a mi muñeco de peluche”.
Nadie, sin embargo, se ha percatado de que una joven chica rubia está escribiendo en un negro cuaderno, y mil lágrimas descienden por sus mejillas, acaso demasiado pálidas... Ni siquiera mi querido y rubio camarero estudiante.

(Continuará...)

martes, 7 de diciembre de 2010

Fin de trayecto. Tercera parte. Capítulo 34

Viernes, cuatro de noviembre de 1988.
Atardecer.

El oxígeno me ha invadido, se ha apoderado de mi sangre. Acaso, mi organismo ha notado el aire puro de esta sierra azul y acogedora, como si fuera el medicamento que más necesitara, después de tantos meses en los que lo estoy torturando por culpa de la vida que me hacen llevar.
Me siento otra.
Creo que, mientras el tiempo lo permita, he de volver a este hostal. Lo malo es que no se van a creer que todos los fines de semana el jefe que tengo me obliga a trabajar. En fin, los sueños, sueños son...Podría ir a algún otro pueblo con historias parecidas. Lo tengo que madurar.
El tren saldrá en un par de horas. Tengo tiempo de sobra para llegar a la casa, ducharme, ponerme “mi mono de trabajo” y viajar para el club.
Ojalá que la luz tornasolada de este veloz atardecer otoñal se quede fijada en mi retina y sea capaz de agarrarme a ella durante mucho tiempo como esperanza de un futuro donde el calor y la vida palpiten dentro de mí.
Antes, cuando era pequeña, recuerdo que iba a la parroquia de San Emilio en Euritmia, y la oscuridad y el frescor de la iglesia me hacían mucho bien. Prefería ir cuando no había nadie, o, si acaso alguna vieja rezando. Pensaba, entonces, que allí, efectivamente, estaba Dios. Es más, era imposible que no estuviera. Y sentía, al santiguarme con el agua bendita, que era el mismo Dios el que me besaba, el que me acariciaba, el que de algún modo sonreía ante ese gesto de cariño y veneración a la vez. Sabía que al fondo de la nave, donde temblaba la lamparita roja, me lo explicaron mamá y el cura, estaba Jesucristo en forma de comunión. Yo le contaba mis cosas, y estaba completamente segura de que él me escuchaba. ¿Cómo no me iba a escuchar, si no había nadie más, como mucho una vieja rezadora? Dios tenía capacidad de sobra para escuchar a dos personas a la vez. Le contaba mis penas y mis miedos. Él era el único que sabía cada una de mis cosas, sobre todo, las más íntimas, ésas que ocultaba hasta a mis mejores amigas.
Cuando salía de allí, era otra Mila, al menos durante dos minutos, más o menos, el tiempo en el que la calle me hacía otra vez alguna de sus jugadas malévolas. Pero aquellos dos minutos eran suficientes. Sabía (y creo que a pesar de todo todavía sé), que es posible algo mejor.

Algo parecido he sentido con esta puesta de sol. Hacía tantos meses, desde que estuve en el mar, que no contemplaba una puesta de sol, que he quedado impactada. Mis ojos se han mecido en los últimos rayos, casi tangibles. La de hoy ha sido completamente diferente a aquellas que me convirtieron en la costa en la joven más enamorada que había sobre la capa de la tierra. Hoy el aire era más transparente, diríase que invisible, casi inexistente, velazqueño diría mi profesora de arte. Los colores eran más variados, mejor dicho, más matizados, como en el arco iris. En pocos minutos he observado en el cielo un desfile de colores desde los rosas dorados y metálicos, aunque no fríos, hasta los añiles más gélidos y más diáfanos: eran como albas sábanas que arropaban a la mole de la sierra que se erguía frente a la ventana. La tarde quería cubrir su corpachón de eterna enamorada tendida con sábanas intangibles para preservarla del frío de la noche. El primer frío con que amenaza el próximo invierno.
¡Qué distinto todo ello comparado con las tenues, breves y artificiales luces en las que últimamente me muevo! El espectáculo de colores llenos de vida, pero sobre todo, de fuerza y de verdad que todo lo envolvían, han quedado prendidos de mis retinas, supongo que como aldabonazo, leve, del resto de mi conciencia que aún no ha sido aplastado por tanta podredumbre en la que me veo.

Supongo que cada día estoy más cercana a probar la coca. Creo que será lo mismo. No supondrá nada más monstruoso para mi vida que con lo que ya tengo que lidiar momento a momento. Total, la inocencia y la ilusión se evaporó hace algún tiempo. Pero me resisto a ello como si fuera el último reducto en el que me puedo refugiar.

Creo que es la única luz que me entra desde afuera en este túnel en el que me entierro. Si tapono esa breve celosía por la que la vida aún me llama, será mi fin total. Mi cuerpo, por dentro y por fuera, será ocupado por todo lo que nunca quise. Nunca quise convertirme en una viciosilla del tres al cuarto. Total, hasta hace unos meses no me gustaba probar ni la cerveza. Ahora no lo hago por menos de cinco o seis copas de güisqui diarias. No quería que los hombres (que mi hombre, el que tuviera que ser), se fijara únicamente en mi cuerpo; quería que nuestras relaciones se basaran en el respeto al otro, en la coincidencia de las inteligencias, de las ilusiones, de los sudores y de las alegrías. Sin embargo, mi cuerpo es propiedad comunal, casi de servicio público. Tan servicio público que casi ni me importa ya.
Sólo falta que termine por embotar mi cerebro por sustancias que lo aniquilarán, aunque sea despacito.

La otra noche, Ricky volvió a encamarse conmigo. Estábamos bastante borrachos, o eso me pareció a mí. Así que pensó que sería más accesible que la vez primera. Ya estábamos completamente desnudos en la cama de la habitación cinco, la mía, después de las correspondientes y obligatorias abluciones genitales. Recuerdo que para aquel servicio me habían colocado unas preciosas sábanas rosas. (¿Por qué una se acuerda de detalles tan tontos en ciertas situaciones?). Ricky giró su cuerpo ancho y macizo, no exento de ciertas bolsitas abdominales que normalmente intenta ocultar, pero que en ciertas situaciones son imposibles de disimular. Después de alcanzarla del respaldo de la silla, sacó de un bolsillo de su americana gris marengo una bolsita con el famoso polvo blanco. Arrugué las narices y el entrecejo en un gesto indudable que quise que él entendiera, como de repulsa y reprobación. Lo captó inmediatamente.
—Venus, chica, no sé por qué te pones así. Total porque pruebes una rayita no te va a pasar absolutamente nada. Después podrás decidir si continúas.
—Sabes —le contesté sintiendo una pastosidad pegajosa en mi lengua que la hacía trabarse—, creo que es bastante más peligroso de lo que parece. Es más, estoy por apostarte que si lo pruebo una vez, lo probaré otra, y después otra... Y ya no tendré remedio. Acabaré como...
A pesar de la cantidad de alcohol que llevaba encima, frene a tiempo. No recuerdo con quién iba a compararme, con Reme, o con Clara....Pero él no estaba tan ebrio como parecía y se percató, sin duda, de mis intenciones. Tuve miedo ante sus ojos y la frialdad de estilete que sentí en sus palabras.
—¿Cómo quién? Anda, zorrita, di como quién. ¿Tú eres mejor que las otras?
— No me he sabido explicar.
Un golpe de adrenalina vino en mi ayuda para despejar mi embotado cerebro. Me acerqué felinamente, mejor dicho como un reptil frío y a la vez atractivo, hasta el cuerpo del hombre que se había tensado y mostraba los nítidos músculos del torso y los brazos que aún corroboraban la fuerza física que tenía Ricky. Acaricié su pecho, ligeramente velludo, y utilicé mi arma infalible, el susurro de la pequeña Venus en el oído del macho. El rumor que acaricia y promete como el de la fuente, que relaja como un nocturno de Chopin.
—No pensaba en las chicas de aquí. Mal pensado, que eres un mal pensado. Pensaba en la gente de la calle que está tirada por ahí. No quiero acabar como ellas. Cuando llegué a Madrid, viví unas semanas en una pensión del centro, y vi cada cosa. Me asusté. No quiero terminar así. De veras, Ricky, no quiero acabar así.
Fingí muy bien que estaba a punto de empezar un llanto desconso-lado. Su mano pesada y ruda se posó en mi espalda, bajó hasta los glúteos, volvió a subir hasta la nuca. Sus ojos, como diamantes implacables, fríos y brillantes escrutaban los míos. Probablemente sabía que le estaba cambiando el primer sentido de la frase, pero también adivinó que detrás de mis palabras había algo cierto.
—Bueno —cedió—, no te obligaré. Ya me lo pedirás tú en alguna ocasión. Pero has de saber que toda esa gentuza del centro son unos viciosos y unos muertos de hambre. Así que tú no acabarás nunca como ellos. Esos desgraciados se meten en el cuerpo caballo, bastante malo por cierto, y esto no es caballo. En lo único que se parece es en el color.
Agitó la bolsita ante mis ojos. Los cerré rechazando su visión y me tumbé boca arriba. Se rindió aquella vez también. Supongo que pensó que tendría más ración para él. Así que repitió el mismo rito del primer día. Circunvaló mi ombligo con la nieve aquella. Enrolló un billete de mil, como si fuera del tamaño de aquellos canutos que los chicos utilizaban en el colegio y aspiró profundamente. Cuando aquel polvo llegó a su pituitaria se golpeó la cara en un gesto que solía repetir, y bufó, como en un estornudo abortado.
A los pocos minutos sus pupilas se dilataron y sonrieron. Parecían contemplar la inmensidad de un paisaje exótico.

Espero que atardeceres como el de hoy me llenen de la suficiente energía como para no probar lo que me ofrece. Aunque, es cierto que el invierno se acerca y las puestas de sol serán cada vez más rápidas y menos hermosas. Eso los pocos días en que se puedan ver, pues las nubes grises lo impedirán.

He de bajar a recepción y despedirme. Falta media hora para que salga mi tren.

Continuará...

sábado, 4 de diciembre de 2010

Fin de trayecto. Tercera parte. Capítulo 33

Viernes, cuatro de noviembre de 1988.
Amanecer.

La semana pasada acababa estas confidencias preguntándome si soy o no soy rutina. Durante estos días ha machacado mi cerebro el signo de interrogación. Era un martilleo constante, era un sentimiento siempre en mi cabeza la machaconería de la gota de agua golpeando contra la superficie fría y metalizada del fregadero en mitad de una noche insomne. Pero al parecer no soy ni tan fría ni tan impenetrable como el acero inoxidable del fregadero.
La verdad es que es muy complicado entablar alguna conversación más o menos profunda con cualquiera de las chicas, o con algún cliente; quizá Enrique, o como se llame de verdad, en la calle, cuando viene, pero lo hace de tarde en tarde. (Se conoce, por las veces que he hablado con él, que tiene una especie de doble vida y el lado oscuro e inconfesable somos el club y las chicas, sobre todo yo, por cuanto se ha aficionado a mí. Y por lo que voy viendo, no sólo a mi cuerpo). Con Madelaine no me atrevo. No me interesa. Me asusta. Tengo la intuición de que tras sus pretendidos gestos protectores, se esconde el anhelo de guardar uno de sus tesoros más valiosos, quizá el mayor.
No se trata de que la vanidad me ciegue ahora. Nunca he sido vanidosa, ni presumida. Ahora las circunstancias me obligan. Y como trato de ahorrar (es la única justificación que me queda), sé el aro por el que tengo que pasar. Pero si miro a las otras chicas no hay nadie tan prometedora como yo: Reme ya tiene sus años, a pesar de que se conserva muy bien; Vicky es demasiado bajita, y acaso un punto delgada para alguno de los hombres; Belinda es extranjera y mulata lo que la hace para algunos exótica y para otros repelente; Mesalín también es extranjera, y últimamente ha adelgazado demasiado, está muy triste, muy melancólica; Hellen, igualmente extranjera, es demasiado abúlica, es la única de nosotras que tiene ciertos malos rollos con la coca; Clara es introvertida y desgarbada, tiene demasiado poco pecho, creo que cualquier día Madelaine la echa; Gracia, al igual que Reme, ya va teniendo sus años para esta profesión, y la celulitis le amenaza, como una tormenta de verano, casi inmediata. Soy la más joven, española, con buen aspecto, aunque he de reconocer que he adelgazado en exceso, y Enrique me lo ha hecho notar. No es extraño, pues prácticamente hacemos una comida al día, dormimos mal y pocas horas, y bebemos demasiado.

Ayer jueves decidí cambiar mi rutina. He tomado un tren de cercanías en la próxima estación de Chamartín y me he largado a la espera de cambiar, al menos de aire. No lo tenía previsto, pero como estaba un buen día me he arriesgado. Me he acercado hasta un pueblecito de la Sierra, en el que nadie me conociera. He venido dispuesta a llenarme de oxígeno cada poro de mi piel, y de mi espíritu.
Antes de cambiar de opinión me hice la pequeña bolsa de viaje, me vestí lo más deportiva que pude, pues pretendo, a partir de dentro de un rato, perderme entre campos y montes.
Cuando llegué ayer, lo primero que hice en la estación, prácticamente vacía, fue llenarme la vista de las estrellas que enfriaban la noche clara de este noviembre. Miré a mi alrededor. Soledad. Me recorrió por dentro, sin embargo, una sensación de plenitud y de libertad que hacía mucho tiempo no me embargaba. Acaso, desde las noches veraniegas en aquellas playas en las que Joaquín y yo paseábamos un amor incipiente, pero imposible.

Al fin, en los alrededores, pude preguntar por alguna pensión, hostal u hotel. Me informaron que sólo había un hostal. Cuando llegué, me di cuenta de que era la única cliente. Continuó embargándome la alegría, pues el servicio sería exclusivo. Pedí la habitación para una noche incluyendo el desayuno y la comida de hoy.
Estaba tan relajada, que no me di cuenta de que los viernes por la noche las personas suelen comenzar su fin de semana. Con lo que debería inventar una historia rápida y creíble para justificar que mi ritmo de vida fuera distinto al de los demás seres humanos, por lo menos los que casi en invierno se pierden en la Sierra.
—Luego he de volver al curro.
Estaba muy mal de reflejos. Las personas suelen acabar su trabajo los viernes, no empezarlo. Me azoré aunque supe salir adelante. Bueno, fue la dueña del hostal en realidad la que me sacó del atolladero sin saberlo. La señora, madura y entrada en carnes de mejillas arreboladas, me miró de arriba a abajo. Menos mal que reaccioné.
—Sí, mi jefe se ha largado, en el puente aéreo, a Barcelona, y me ha dicho que el sábado sin falta he de estar en la oficina para acabar los balances, así que, en vez de disfrutar del descanso en el fin de semana, lo haré hoy y mañana.
Suspiré con bastante naturalidad, como si efectivamente mi jefe me obligara a complicadas operaciones aritméticas durante el sábado, ¿quién sabría si incluso el domingo? Proseguí decidida.
—¡Qué le vamos a hacer! Además, como me hace falta un poco de aire puro, me lo dijo el médico la semana pasada, pues aquí estoy.
Parece que resultó convincente, pues la señora entró inmediatamente en la conversación, terminando de construirme una buena biografía. Probablemente una cliente a aquellas alturas del año, y de la semana era algo que animaba a una mujer como ella. Como un regalo llovido del cielo.
—Sí, se te nota excesivamente pálida y ojerosa. Seguro que también estudias o preparas alguna oposición, ¿verdad? Luego dicen de los jóvenes de hoy: que si la droga, que si la delincuencia, que si la prostitución. Pues yo creo que la mayoría son como tú. Y eso que ahora no os cuidáis.
Me miraba de arriba a abajo, de abajo arriba (otra vez), desaprobando mi aspecto. Comparado con la salud que se expandía por cada poro de su abundante anatomía, debo estar bastante próxima a la anemia.
—Desde luego, los jóvenes de hoy con tanta dieta, tanto potingue, y tanta comida de plástico parecéis alfeñiques. Lástima que no te quedes aquí quince días. Ibas a parecer otra. Te lo digo yo.
He sonreído. Así que ya tengo una persona que me ha construido la historia que necesitaba para que los de aquel pueblo no me brearan a preguntas: joven secretaria de importante empresa de ámbito nacional o multinacional, ¿quién sabe?, que además es estudiante, ha venido a oxigenarse al pueblo, se lo ha recomendado el doctor, la pobrecita parece anémica.
¿Para qué contradecirla? No merece la pena. Además no es mala historia. Ya me gustaría a mí ser su protagonista. Incluso me podría permitir volver algún otro día, quien sabe si a principio de año, por ejemplo. Tener un jefe tan duro es muy cansado, y una quiere paz.
Y concluyó acompañándome escalera arriba hacia esta habitación.
—Ahora ponte cómoda. No te molestes en bajar al comedor. En esta época del año está cerrado. Te subiré la cena. Un poquito de caldo del cocido de esta mañana, un poquito de pescado, un buen tazón de leche bien calentito con un par de rosquillas y a dormir.
Debí de poner cara de estupor o algo así.
—No quiero oír ni una sola protesta. Además, las rosquillas las preparo yo. Así que te las comes.
Deduje, entre otras cosas, que quería decir que antes me habría tomado el caldo, el pescado, y quién sabe si algo más. Suspiré resignada.

Me ha salido otra madre.

Continuará...

jueves, 2 de diciembre de 2010

Fin de trayecto. Tercera parte. Capítulo 32

Jueves, veintisiete de octubre de 1988.
Casi atardecer.

La semana pasada no he escrito nada. La verdad es que creo que estoy cayendo en la monotonía diaria, y ya no me parece tan grave y tan repelente lo que hago. En fin, me imagino que el ser humano tiene una capacidad ilimitada para adaptarse a cualquier situación por degradante que ésta resulte.

Estas dos semanas -desde la última entrada que dejé escrita sobre tus páginas- no ha ocurrido nada destacable. Bueno, si es que no es noticia el que una joven de diecisiete años se haya follado a unos treinta y cinco, o cuarenta, o más, tíos en quince días. Que se haya pillado unas diez o doce breves pero intensas borracheras. El único día de la semana que no pruebo el alcohol es el jueves. Este día es el que utilizo para desintoxicarme. Creo que mi hígado explotará en cualquier momento. Pero, a pesar de lo que escribí semanas atrás, no voy a detallar cada encamada que tenga, sino va a parecer una historia pornográfica.

(Voy a ser mínimamente indulgente contigo, mamá. A estas alturas ya sé que la poli ni me busca, y si lo hace no me va a pillar, una llamada al tal Ricky bastaría, para acabar el asunto. Así que, mamá, has perdido la partida, aunque, probablemente, yo esté muerta. Cada vez, hasta los jueves y las mañanas de los viernes soy más Venus y menos Mila. ¡Qué se le va a hacer! Hemos perdido las dos. Aunque yo tenga posibilidades de resucitar).
Todavía era temprano para comer. Me he paseado despacio por la calle ajetreada, como siempre. Hoy hace un día de octubre sereno, brillante y frío, como una piedra preciosa ensartada en el brillante oro. Las calles están repletas de vendedoras de flores: crisantemos, gladiolos, claveles, lirios, azucenas, claveles, margaritas, rosas, claveles... Es un festival de colores para la vista. Lo que no termino de entender es que toda esta borrachera de luz y color sea para recordar a nuestros muertos. No sé si pretendemos disfrazar la muerte de carnaval para hacerla menos dolorosa y aterradora, o lo que hacemos, es respetarle tanto, que le entregamos lo más hermoso que tenemos a nuestra alcance. Eso sí, y casualmente, también perecedero, y tan rápidamente perecedero...
Un estremecimiento me recorre al contemplar a las mujeres, fundamentalmente mujeres, que se aprovisionan de multitud de ramos mien-tras un lágrima incolora palpita el borde de sus ojos. Comprar estas flores, adecentar las tumbas, es recordar y traer a nuestro presente a los que quisimos y nos abandonaron, rompiéndonos el corazón, o al menos un poquito de él.
En casa seguro que se está empezando a preparar la excursión al pueblo para limpiar y decorar la tumba de la abuela. Es obvio decir que se trata de la abuela materna; los abuelos paternos es como si nunca hubieran existido. Parece que papá nació por generación espontánea o algo así. Muchas veces, sobre todo de niña, he acompañado a la familia cada uno o dos de noviembre hasta el cementerio del pueblo.
Lo recuerdo como un día triste, normalmente frío y soleado. Un día que se parecía mucho al de hoy. Aunque también recuerdo días lluviosos, grises, plomizos o días de cellisca y viento afilado que golpeaba mis infantiles mejillas. El cementerio del pueblo del abuelo es pequeño y muy cuadrado, situado a los pies de la nave central de la iglesia. De hecho la puerta del poniente del templo desemboca en el camposanto.
Ese día, era de los pocos del año en los que el abuelo se hacía mínimamente humano. Cuando tuve doce o trece años, no recuerdo bien, intuí que si mi abuela hubiera vivido más tiempo otro gallo nos habría cantado. No sé por qué, pero creo que ella fue otra víctima del sectarismo de mi abuelo, pero el caso es que la debió amar con locura. La verdad es que murió muy joven, cuando mamá tenía unos diez años. Nunca hablan de ella, pero siempre he oído al abuelo decir una cosa sobre ella.
—Desde que murió tu abuela, jamás, ni por un segundo, he pensado en casarme con otra mujer, y ten por seguro que no me han faltado ocasiones.
Esto último nunca lo he dudado. Lo cortés no quita lo valiente.

Cansada de tanto deambular, sin darme cuenta, he acabado frente a la cafetería donde pasaré la tarde. Era demasiado temprano para entrar allí. No quería que mi estudiante camarero rubio se acostumbrase a mí. Así que he desandado parte de la caminata y me he sentado en un banco bajo un platanero. Era el único asiento con respaldo en un amplio trecho de calle. Aunque estaba ocupado por un anciano, he optado por sentarme allí. Así que, sin más miramiento, le he preguntado si le importaba que me sentara a su lado.
Ni se ha inmutado. Juraría que no me ha oído. Le he vuelto a preguntar, y como ha seguido imperturbable, he optado por acomodarme y dejarme mecer por el dedo dorado y cálido que acariciaba mi rostro entre hoja y hoja.
Después de pasar unos minutos con los ojos cerrados, con mis pensamientos vagando entre nubecilla y nubecilla, me he percatado de que el viejecillo seguía tal cual. Incluso he llegado a dudar si respiraba o no.
Era un anciano encorvado, delgado, con cara casi rómbica y cuarteada. Vestía de pana negra, abrigo negro, zapatillas negras, cachaba negra (pues la cachaba parecía parte de su indumentaria) y bufanda, a pesar del sol, increíblemente carmesí. La suya era una mirada perdida en el pasado. Era como si sus pupilas blanquecinas ya, mejor dicho, decoloradas de tanto acechar la vida, escrutaran su pasado, o su interior... Es como si otearan su pasado enraizado en las propias entrañas. Nada de lo que le circundaba parecía ofrecerle el más mínimo interés. Ni el esplendor de la luz de este mediodía otoñal, que parecía adelanto insospechado de la futura y lejana primavera sobrevenida repentinamente. Ni la fragancia proveniente del inevitable y cercano puesto de flores para muertos. Ni la escucha de los piídos intensos de los gorriones. Ni el bullicio de los chiquillos a la salida del colegio que aniquilaban el silencio presentido. Ni los arrumacos de las jóvenes parejas apasionadas, que de vez en cuando pasaban junto a nosotros. Ni el torpe caminar de otros ancianos ávidos de sol...Me ha parecido una mirada que pretendía abrazar el pretérito, que buscaba, retener aquellos recuerdos que le asaltaban. Pretendía, aca-o, rescatarlos del rincón sinuoso del cerebro donde martilleaban últimamente y hacerles realidad incluso física. Y todo lo demás era sueño. Sus recuerdos eran el presente, lo real, lo tangible, el resto, incluida su joven acompañante de banco, éramos meras ilusiones, acaso futuribles de su imaginación.
Me he preguntado por qué vericuetos andarían sus pensamientos, y la verdad, no he llegado a ninguna conclusión.
Me he levantado para irme a comer, y ante la inmovilidad de aquel hombre le he apretado el hombro, como hubiera deseado hacer con mi propio abuelo. Ha seguido impertérrito.

Tras mi menú tradicional de los jueves: plato de lentejas estofadas, filetes de pechuga de pollo empanados, flan y una infusión de poleo, me he dirigido a esta cafetería.
La verdad es que no sé que escribir, todo es lo mismo. Incluso los días que pretendo que sean distintos se convierten en rutina. Ya es monotonía y rutina el acostarme con dos o tres, cuatro algunas veces, tipos cada noche. Ya es rutina achisparme cada noche. Ya es costumbre mal comer. Ya es norma el teñido del cabello cada semana. Ya es obligación el viaje en la furgoneta que nos lleva del piso al local y del local al piso. Ya son normales otros cuerpos de otras chicas. Ya es rutina, en fin, este café.
¿Estoy viva o soy rutina?

Continuará...

martes, 30 de noviembre de 2010

Fin de trayecto. Tercera parte. Capítulo 31

Jueves, trece de octubre de 1988.
Cuatro de la tarde.

Hoy vuelve a ser jueves, por fin. Llueve en Madrid. Mansamente, como pidiendo permiso, pero llueve en Madrid.

Cuando llueve, Madrid se torna más hostil todavía, incluso contra sí mismo, como si las gotas de agua fueran millones de alfileres transparentes dirigidos hacia su propio corazón. Miles de paraguas de cientos de colores, acharolados por el agua arrojado desde lo alto, que corren a toda velocidad por las aceras abrillantadas, deslizantes y atestadas. Me rodean miles de coches impacientes y agobiados, acuciados y estridentes, agresivos y babeantes (niños en periodo de dentición), que discurren por calles insospechadas, o por callejones en apariencia imposibles, casi ignotos, expeliendo, como mudas maldiciones, vaharadas negras o blancas, incluso invisibles. Miles de suelas de gomas negras que descienden por las escaleras, también denegridas por la humedad y el tránsito, hacia el metro que, a lo que hoy se ve, nació con vocación de paraguas gigante, de útero materno, tantas veces añorado, donde miles de codos se aprietan en lugares inverosímiles buscando un breve espacio junto al andén, para quedar engullidos, segundos más tarde, en el tren que les llevará, algo bronquítico y tembloroso, por su garganta oscura y abisal, conducto intestinal, hacia un destino indefinido, pero inexcusable, donde otra vez los codos, las gomas negras, las escaleras humedecidas y denegridas, los coches impacientes y agobiados, acuciados y estridentes, agresivos y babeantes, las aceras abrillantadas, deslizantes, atestadas recorridas por miles de paraguas multicolores, acharolados, serán la continuación de un día ajetreado, como todos los demás, pero con la diferencia evidente, de que hoy llueve y, por tanto, Madrid, se hace más hostil todavía, incluso contra sí mismo, como si las gotas de agua fueran millones de alfileres transparentes dirigidos hacia su propio corazón.

Creo que me ha quedado muy bien. El profesor de lengua me habría puesto buena nota. Si todo hubiera normal en mi vida, a estas alturas estaría empezando primero de Filología Hispánica. Y sería, aproximadamente feliz.

Me he vuelto a vestir de Mila. Hoy mis piernas sienten la protección de los vaqueros, algo raídos ya. Hoy me he vuelto a cubrir con un sencillo y discreto jersey gris, bastante amplio, que esconde las formas que el resto de los días he de resaltar. Hoy vuelve a ser el único día de la semana en el que puedo, y procuro, ser yo misma. Hoy es el día en el que Venus desaparece por unas horas.
He estrenado un anorak que compré con Madelaine el otro día. Me siento tan a gusto, tan caliente, confortable y acogida dentro de los forros y pieles artificiales con los que se nutre esta prenda, que no habría hecho otra cosa al cabo del día que rebullirme en su interior y sentir su caricia, casi materna, aquella que ya olvidé, si es que alguna vez ha existi-do para mí.
Los días así, en los que el otoño ya ha comenzado y no tiene posibilidad de retorno, cuando el invierno no se vislumbra siquiera en el horizonte, cuando las primeras lluvias refrescan la atmósfera, soy feliz paseando bajo las finas gotas de agua, dejando que humedezcan mi rostro, que lo enfríen, que lo limpien, como una absolución que proviene, impregnada de pureza, desde el mismísimo cielo, al que tengo tan abandonado
¿O él a mí?
Ya era así en Euritmia, con más motivos en Madrid. Aunque este es un tema del que no quisiera hablar. Mejor que el silencio lo ocupe. Mi vida no reúne las mínimas condiciones para entrar en cuestiones morales y religiosas. Lo dejaré así.

Me he dado cuenta, una vez más, que a la gente no le gusta comprobar que una sea distinta de las demás. Todos tenían prisa por la lluvia, como si ésta les obligase a huir hacia algún remoto y desconocido destino. Y he sentido la mirada acusadora de más de uno que no podía entender mi paso parsimonioso, lento, casi tedioso.
Después de comer en el mismo restaurante que la semana pasada, quería llegar cuanto antes a la cafetería. Me apetecía encontrarme en aquel ambiente relajado, aunque tenía miedo de que volvieran a sonar aquellos violines, como el otro día. No por la música, sino por el efecto que podría hacer en mí. Tenía miedo de que no me afectaran, de que, de-finitivamente, mi espíritu haya muerto.

Esta tarde sonaba el saxo de una obra de jazz. Ese sonido profundo y desgarrador del instrumento metálico y brillante también me invadió, aunque la impresión no ha sido la misma que la de los violines de aquel jueves. Más bien me ha parecido meterme, de repente, en un película de gangsters norteamericanos, o de los suburbios también norteamericanos, llena de negros, humo, alcohol, violencia, droga, sexo y muerte... Pero sigo estando viva. Y me he alegrado por ello.

Allí estaba, ante la barra, leyendo un libro, que no he alcanzado a ver, mi camarero estudiante rubio. Definitivamente, es un estudiante en apuros.
En cuanto ha escuchado mi voz solicitando el café con leche caliente, ha levantado la cabeza sorprendido y ha depositado sus ojos claros, casi grises, sobre los míos.
¡Hacía tanto tiempo que no me ojeaban con esta limpieza!
Casi se me había olvidado. Me ha venido a la memoria cómo me observaba un amigo de mi barrio, Agustín, alevín de poeta. Ahora lo pienso, mientras el café se enfría a mi izquierda, y me doy cuenta de que ni las pupilas de Joaquín me contemplaban de esta forma: en su iris aparecían ciertos reflejos turbios, como si tuviera fango allá dentro, ahora sé, porque esos reflejos se repiten con asiduidad cada noche, que eran los destellos del deseo mal contenido. Sin embargo, Agustín, que debía estar secretamente enamorado de mí y nunca se atrevió a decírmelo, poseía esa mirada transparente, tranquila, algo miope, desprovista de los dobleces y ansiedades a los que ahora me estoy acostumbrando, mejor dicho me he acostumbrado, pues de lo contrario no me hubiera impactado esa luz impoluta de mi rubio camarero.
—Tú eres la chica que me preguntaste por la música de Barber el otro día, ¿verdad?
Asentí con una sonrisa. Por fin he establecido una relación de normalidad con alguien. (Es increíble con lo poco que se conforma el ser humano, cuando se ha deteriorado hasta el extremo su condición). No es compañera de profesión, ni jefa, ni cliente, ni amante. Simplemente un chico que habla con una chica, sin otras pretensiones. Tiene pocas ganas de leer, porque me ha seguido hablando.
—Así que otra vez por aquí, con lo que está cayendo.
—Pues sí. Tengo algo de frío y me apetecía un cafetito.
Observó mi cuaderno de pastas de hule negro. Y ha seguido inquiriendo, con cierta curiosidad.
—¿Vienes a estudiar?
No he querido entrar en detalles. Podía ser arriesgado entablar una conversación demasiado larga. Tengo la sensación que el silencio ha de ser el mejor aliado para mantener en secreto mi trabajo y, sobre todo, mi anonimato. Me he encogido de hombros y le he sonreído. He querido dar a entender que quizá, que pudiera ser, que algo así, que más o menos. Y me he dirigido rápidamente a la mesa del otro día, que estaba vacía, esperándome.
La semana, hasta anoche, ha sido tranquila, sin novedad.

(Mamá, si tu lectura ha llegado hasta aquí, y no se te ha parado el corazón, no creas que sin novedad quiere decir lo que piensas. Sin novedad, significa que me he acostado con unos quince o dieciséis tíos en una semana. Como ves, gano bastante más que papá en un mes).

Como digo, todo fue normal hasta anoche. Ayer, un cliente, que tiene un trato especial y preferente en el club, me ofreció una raya de coca. Se hace llamar Ricky. Tiene poderosas manos que ostentan dos enormes anillos de oro, de los llamados sellos, cubiertos por una amatista y una esmeralda respectivamente. Su muñeca derecha está rodeada por una cadena igualmente áurea y maciza. En la izquierda se aloja un reloj del mismo metal y textura, sobre la que resalta la esfera negra. Me dijo, al darse cuenta que me demoraba en su contemplación, que era un rolex y que valía un huevo y parte de la yema del otro.
Cuando hizo tal afirmación, ya nos habíamos desnudado en la habitación y yo estaba bastante afectada por el güisqui (como cada noche, por cierto), así que casi no sabía lo que hacía. Le cogí los testículos con la mano izquierda, y mientras le sonreía sardónica, le dije que allí no faltaba nada. Acerté en el comentario pues rió, con su risa bronca y estridente cargada de nicotina y efluvios alcohólicos.
Me impactó lo trapezoidal de su cara, los salientes casi ofensivos de sus pómulos, lo anguloso de su quijada. Pero más aún, la dureza de su mirada, que parecía metálica. Debe ser asiduo en el club, aunque en el tiempo que yo llevo allí no lo había tratado antes y no me había fijado nunca en su presencia. Saludó a todas las chicas con una confianza que no había visto a nadie: a algunas les besó la boca, a otras les acarició los  pechos, a otra le sobó el culo, a otra, a Reme, le apretó con sus manazas el sexo, a Madelaine la ciñó con fuerza por la cintura la levantó a pulso, y, en volandas, también la besó. Después de unas risas, nada comedidas, noté que me alufraban. Yo estaba al lado. Trató, diría yo, de que le oyera.
— ¿Qué tal la nueva adquisición?
Lo decía por mí, claro. Era a la única a la que no había dirigido aún ninguna deferencia especial, pero, sin embargo, sabía de mi existencia. Madelaine me examinó de arriba abajo. Ayer llevé puesto (es un decir) un sujetador rojo carmesí, trasparente, y un tanga de encaje a juego. Le respondió con seguridad, mientras me guiñaba un ojo.
—Ha hecho el rodaje. Es una chica aplicada. De sobresaliente, por lo menos, diría yo.
—Pues si tú lo dices…De todas maneras, veamos si es cierto.
Tras otro beso y una palmada en el culo de Madelaine, me ciñó la cintura con su poderoso brazo derecho y subimos a la habitación. No pagó, en metálico, por lo menos en aquel momento, por lo que deduje que tenía un estatus especial allá dentro, y por tanto debía hacer las cosas bien.
Tras una breve charla mientras me desvestía (es un decir, mamá), llegué a la conclusión de que posee buenas relaciones con la poli o la justicia o con ambas. Mejor dicho, muy buenas. Apostaría diez contra uno que es poli...
Madelaine lo trata con tacto y deferencia. Sospecho, incluso, que nuestros servicios son cobros en especie por trabajos prestados. Desde luego en el burdel (vaya palabrita, pero al fin ese es mi lugar de trabajo), no se trafica con droga, ni se permite que ningún cliente, salvo éste, la ofrezca. Madelaine sabe, creo yo, que éste es el tributo que tiene que pagar para evitar cualquier tipo de redada policial o de problemas con la justicia. De hecho, el despacho de bebidas alcohólicas es alegal, o por lo menos no tenemos la licencia pertinente. Por ello, Madelaine, como primera máxima para que el negocio funcione, y no haya problemas, exige que no se produzca ningún tipo de altercados o jaleo que pueda hacer que los vecinos llamen a alguna patrulla de la pasma y se prepare alguna redada (1).
Claro, que todo esto lo intuí un rato después, cuando apareció el polvo blanco extendido sobre el dorso de su mano. Remiré la sustancia de hito en hito; debí parecerle hipnotizada. Esto ocurrió después habernos lavado en el bidé. Después de la broma de los testículos, le hice un trabajito fino. Supuse, inocente de mí, que me podría caer alguna propinilla: tanto oro me había impresionado.
—¿Tienes miedo? —preguntó.
Tras un breve silencio dubitativo opté por la verdad.
—Sí, un poco —le contesté con cierto temblor en la voz.
—Pues no hay ningún problema.
Me miró a los ojos y sonrió. Se dispuso a venderme un producto milagroso.
—Tiene propiedades terapéuticas, alivia el estrés, consigue que las preocupaciones se vayan a tomar por culo, hasta que desaparecen del todo, evita ciertos corsés que nos ha impuesto una moralidad barata, o sea, que nos desinhibe y, sobre todo, consigue que el cerebro trabaje a mayor velocidad y con más claridad que nunca.
—Si te parece, lo dejamos para otra ocasión. Ahora no me apetece probarla —acerté a musitar con la suficiente elevación de tono para que me entendiera.
Se encogió de hombros y no insistió, para mi alivio. Él sí esnifó una rayita, que previamente depositó circundando mi ombligo, tras hacerse un tubito muy fino con un billete de mil pelas....
Cuando acabamos, habló con Madelaine, porque ésta, al poco tiempo, mientras me tomaba una copa de güisqui (otra más), se me acercó y acariciándome con las yemas de sus dedos el pecho que apenas llevaba cubierto por el transparente sujetador carmesí (en realidad, debería decir que me acarició el pecho que mostraba, apenas adornado por el transparente sujetador carmesí), me dijo que lo de la cocaína no era problema con Ricky.
—Ricky es especial, ¿entiendes? Digamos que él tiene la franquicia de la coca en este local. Como sabes, no tolero que en mi casa haya drogadictas. Lo que ocurre, simplemente, es que si Ricky quiere, y que te quede bien clarito, sólo él, no es malo que le acompañes. No sabes —me decía, mientras sus ojos brillaban de un modo especial—, cómo se perciben las cosas cuando estás un poquito esnifada. De todos modos, no te quiero obligar a que la pruebes si no quieres, pero de vez en cuando no estaría mal. Si tienes miedo por si te enganchas, o porque podamos tener algún mal rollo con la poli olvídalo, pues aquí no se trafica, ni habrá nunca una redada de la poli.
Colegí, a pesar del embotamiento que me producía el alcohol a esas horas indecisas y temblorosas de la madrugada, que la cocaína era uno de los armas fundamentales de los que se valía Madelaine para que las chicas no abandonaran el negocio. Probablemente el único arma con capacidad de enganchar a una mujer a esta profesión ruin y salvaje.
Me extraña que alguna de mis compañeras lleve tanto tiempo aquí. Por ejemplo Reme, si pienso que las pelas que se ganan no son pocas. Lo cierto es que las más veteranas son las que más cocaína prueban, con lo que quizá, buena parte de las ganancias se les escapen por ahí. Así que, al final, para la casa, es más del cincuenta por ciento en cada servicio que hacemos, puesto que a ellos no creo que la coca les cueste mucho. Apostaría que nada. Alguna está enganchada y si algún día no consume su elevada dosis tiene serios problemas para estar siquiera más o menos despierta. Aunque, he de reconocer que su dependencia produce diferentes efectos a los que he visto en los pobres yonquis heroinómanos que se ven por la calle. ¿Qué será de aquel grupito con el que me cruzaba cada noche?

Acabo de levantar la vista de este diario y he comprobado que continúa lloviendo, acaso con más fuerza. Son las cinco y media de la tarde y parece anochece, la mayoría de los locales ya están iluminados. Empieza a llenarse el bar con las orondas señoronas que vienen salpicándolo todo con su agua de lluvia y su risa de focas ahítas.
¡Cuánto odio a esta gente! Sobre todo por lo que se parecen a mi propia madre. Si supieran que sus maridos, ocupan parte de su tiempo de las trascendentes reuniones del Consejo de Administración con mujeres como yo, supongo que me estrangularían. (Me encantaría que alguna de ellas fuese la legal de alguno de mis clientes). Pero claro, tampoco me dejarían explicarlas que las únicas culpables son ellas, que parecen adefesios estucados, que lo único que les interesa de su marido es que les llene la cuenta lo más posible, para poder lucirse ante sus amigas, igualmente estucadas, y en el fondo aburridas y solas. Me recuerdan a mamá, con dinero, eso sí. Estoy absolutamente convencida de que si en casa hubiese más dinero, del de metálico, del que corre de bolsillo en bolsillo, actuaría como cualquiera de estas petardas.

La puerta se ha abierto y ha entrado la niñita que lo hizo la semana pasada. Parece fija en el local, como yo. El gentío que abarrota el bar ni se ha inmutado. Está completamente aterida. Apenas cubierta por un chándal raído y sucio, que debió ser amarillo, y unas zapatillas de verano empapadas por la lluvia de todo el día.
Se va metiendo entre los distintos grupos de personas y extiende su manita derecha, algo temblorosa pero decidida y descarada. De vez en cuando, cae entre sus deditos, como distraída, como abandonada, alguna moneda. Cuando se ha aproximado a mi mesa, la he cogido del bracito y la he sentado a mi lado. Su frío y su temblor me han traspasado el costado con la misma contundencia que lo hubiera hecho un bisturí en manos del cirujano. El contraste de la calle con el tibio ambiente de la cafetería ha hecho que de su naricillas pequeñas y respingonas broten espléndidos mocos transparentes.
—Tómate un vaso de leche caliente y un bollo. Te invito.
Me ha observado atónita, con cierto fulgor de pánico. Ha intentado salir corriendo.
—No tengas miedo —le he dicho, mientras la sujetaba por el brazo—. Si quieres —he continuado con la mayor dulzura que he podido encontrar en el repertorio ajado de mi memoria—, te doy veinte duros (2) además, pero tómate algo caliente, si no acabarás con pulmonía.
—Gracias señorita, pero tengo que llevar dinero, monedas, sino mi papá se enfadará.
—No te preocupes—. He hecho una seña al estudiante camarero para que le sirviera—. Que la leche esté muy caliente —he remarcado. Después le he preguntado— ¿Cuántos años tienes?
—Ocho.
No los aparenta. Su físico muestra grandes carencias alimenticias. Su delgadez extrema, su estatura, la palidez, casi transparencia, de su tez olivácea, la endeblez de su osamenta, lo ralo de su cabello pajizo. Parece tener seis años. No es que yo sea una experta en niños pequeños, pero me lo imagino por lo que veo por la calle y no creo equivocarme en exceso.
A pesar del miedo inicial ha devorado el bollo que le han servido. Cuando ha acabado, le he dado veinte duros y un beso. Creo que ha sido el beso más puro que he depositado desde hace años en cualquier ser humano. No la he querido retener por más tiempo, para evitarle problemas. Eso sí, la he despedido con una cita.
—Mira, si vienes por aquí los jueves sobre estas horas, te invito a un vaso de leche y a un bollo, pero no se lo diremos a tu papá, ¿vale?
No ha contestado. Se ha limitado a sonreír. Por primera vez en todo este tiempo, supongo que en mucho tiempo, sus pupilas se han alumbrado.
Cuando se ha ido, he pedido otro café. Me lo voy a tomar rápido y me largaré. Esta niña me ha puesto mal cuerpo. Sé que es carnaza para una sociedad que la ha rechazado, que la ha condenado aún antes de na-cer.

He recorrido la cafetería con mirada de asco.
Nadie se ha dado cuenta. ¿Por qué se habrían de dar cuenta?
Supongo que la niñita, si llega a crecer, acabará robando, o drogadicta, o prostituyéndose en una esquina, para servir a cualquier chulo.
Sí, todavía hay categorías en la marginación, en la opresión, y el olvido. La mía no es la peor, gracias a Dios. Eso lo puedo asegurar después de haber notado en mis labios la piel cuarteada y áspera de una niña que la tenía que tener suave y delicada, como la seda, como el satén.
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(1) Como siempre digo, la realidad supera la ficción.
(2) Sesenta céntimos de euro.
Continuará...

sábado, 27 de noviembre de 2010

Fin de trayecto. Tercera parte. Capítulo 30

Jueves, seis de octubre de 1988.
Cinco de la tarde.

Por fin he llegado a un lugar en el que creo podré seguir escribiendo. Es una cafetería situada en una zona céntrica y comercial, cerca de Nuevos Ministerios. Aquí, mezclada con la multitud en perenne movimiento que todo lo fagocita, pasaré más inadvertida. Con un poco de suerte, me haré invisible, pues algo en estado de quietud, cuando todo a su alrededor se mueve, es como si no existiera.
A esta hora no ha empezado el bullicio de las meriendas, de las señoras que vienen del cercano Corte Inglés, o que traen a alguna academia cercana a sus hijos, después de que éstos hayan salido de casa. Se está tranquila y relajada. Una pequeña isla de sosiego en pleno cogollo del bullebulle que es Madrid.
Me gusta la decoración del local. Sencilla, discreta y cuidada. No es que tenga el gusto de los grandes expertos, pero tiene los logros de la intuición. Es un espacio rectangular suficientemente iluminado y amplio. Está dividido en dos zonas. Según se entra de la calle, a mano derecha, una barra espaciosa y larga de las de acero inoxidable, que llega hasta casi el final del local donde hace un recodo que es la zona de camareros y por la que se accede, a las cocinas donde se preparan las tapas y algunos platos combinados rápidos, las tostadas para las meriendas... La zona de mesas, donde estoy ubicada, está separada de la barra por unas vigas pintadas en ocre algo agrisado por el continuo humo acre del tabaco. Por las vigas y las paredes están distribuidos reproducciones de monumentos madrileños. Todas ellas tienen la particularidad de que son litografías del Madrid de principios de siglo. Cuando he entrado, me he entretenido contemplando alguna de ellas.
Me he colocado justo en la esquina más escondida y recóndita, una esquina preparada con una mesa pequeñita, solo para dos personas. Así pasaré más desapercibida.
La tranquilidad de la hora me ha permitido escuchar nítidamente la música que salía de algún aparato que no alcanzaba a ver. He sucumbido a la tristeza de sus notas melancólicas.

Creí que ya mi alma estaba completamente destrozada, que ya no existía. Sin embargo, en cuanto el llanto de los violines ha cruzado mis tímpanos, un violento escalofrío me ha encrespado los vellos de mi cuerpo, luego, cuando el violonchelo ha brotado de entre las lágrimas, como si fuera el dolor desgarrado, mis lágrimas han corrido presurosas mejillas abajo. Ha sido una verdadera fortuna que nadie me haya visto.
Al mismo tiempo que sentía el salobre gusto de las lágrimas en las comisuras de los labios, he sonreído aliviada. Todavía me queda un resto de sensibilidad a pesar de estar sometida al capricho de los hombres. Todavía, en algún rincón de mi espíritu, me queda algo de humanidad y sensibilidad. La capacidad del ser humano para sobrevivir en cualquier situación casi no tiene límites. Me alegra experimentar que, a pesar de todo lo que he pensado, y he escrito, todavía (lo sé gracias a esta música y a estas lágrimas) siento que podré levantarme. Será la enésima caída, pero volveré a alzarme. Tendré más cicatrices, probablemente más horribles, pero las podré contar en pie.

Cuando el camarero se ha acercado a mí, un rubio camarero con más pinta de estudiante en apuros que de camarero, le he preguntado, tras pedirle un café con leche, el título de la obra y me ha dicho que se trata de un concierto de Samuel Barber (1). No había oído en mi vida tal nombre, y dudo incluso haberlo escrito bien.

Ha pasado un buen rato desde que he escrito las últimas líneas. Me he dedicado a vagar con la mente por mis recuerdos. He saboreado el café. Me he dejado seducir por la música que continuaba inalterable en el aparato invisible.
Cada vez que lloro, y eso me ha pasado siempre, desde que era muy niña, me encuentro mucho mejor (Tú querido diario eres testigo de ello). Y si la razón del llanto es una emoción como la de esta tarde, el alivio para el espíritu es de tal consideración que es casi imposible explicarlo, pues no existe nada comparable a ello. Tan grande es el alivio porque no ha habido dolor inmediato que haya causado la tristeza, sino que simplemente algo ha impactado nuestro ánimo. Quizá el sueño reparador. No se me ocurre otra cosa.

Estoy bien en esta cafetería. Aumenta el bullicio, pero no me mo-lesta en exceso. Creo que volveré más jueves.
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(1) Pinchando en el enlace, se podrá escuchar El adagio para cuerdas de Samuel Barber, que es la música que oye Mila en la cafetería mientras escribe. N. del A.

Continuará...

jueves, 25 de noviembre de 2010

Fin de trayecto. Tercera parte. Capítulo 29

Jueves, seis de octubre de 1988.
Mediodía.

Creo que la única forma de escribir tranquilamente en tus hojas, y que las cosas que cuente tengan el mínimo de coherencia, es hacerlo el día en que no soy, o no he sido Venus. Si lo hago cualquier otro día, escribiré un diario pornográfico, y no quiero llegar a esos extremos. Mi día libre es el jueves y ese día podemos desaparecer de la casa y hacer lo que queramos. Para ser exactos, más que día libre, es la noche libre, todas las demás tengo que ir al club. La única condición es que estemos en el local a las diez y media de la noche del día siguiente, con lo que en realidad dispongo de buena parte del jueves y del viernes para mí misma. Todo depende del sueño que sea capaz de aguantar los jueves... Además escribir por las tardes en la casa tiene ciertos riesgos que, salvo necesidad imperiosa, no quiero correr.

El comienzo del otoño está siendo hermoso en Madrid, como casi siempre, según dicen. Los árboles se van tiñendo de oro por momentos, el aire tiembla con los últimos calores fuertes del sol. Pero la hora verdaderamente mágica es el atardecer. Es hermoso buscar espacios abiertos al poniente y contemplar, a pesar de su brevedad, los intensos y emotivos ocasos que tiñen el celaje de carmesíes y tornasoles.
Cerca del piso donde estamos, hay un jardincillo recoleto en el que me encuentro. Tengo mucho sueño, pues no he dormido ni cinco horas, pero no importa, es mi día de contacto con cierta libertad y lo exprimiré.
Sobre una superficie cuadrada, cubierta de fina arena, y separada del resto de la calle por un seto, se sitúan diez bancos graníticos formando un círculo. Tras ellos, también en círculo, crecen tranquilos, reposados y equilibrados unos castaños que deben estar a punto de desprenderse de su fruto. En el centro una fuente, también circular, gorjea sin descanso.
El primer día que lo vi, me impresionó por lo parecido que resulta a aquel jardín donde Joaquín me besó por primera vez. Un escalofrío recorrió mi recuerdo. Y una lágrima cruzó mi cara, lentamente.

La mañana de hoy es espléndida. Brilla el sol con intensidad. El cielo está limpio. El viento de los últimos días se ha llevado la nube de contaminación perenne de Madrid.
Desde el último día en que escribí, no ha habido novedades significativas. Ni leo la prensa, ni veo los telediarios, ni escucho la radio, así que no sé cómo van las cosas respecto de mi escapada. Cada vez me im-porta menos.
Supongo, que se acostumbrarán a mi ausencia. Probablemente, en el corazón del abuelo, ya no exista. Mamá me aborrecerá, pues, al ir a la compra, las conocidas le preguntarán por mí. Si no le preguntan peor, porque pensará que, después de que se vaya, la pondrán verde y la criticarán. Seguro que le está creciendo una úlcera. Me alegro que lo pase tan mal.
Me acostumbro a la rutina. Entre semana, la cosa es más o menos tranquila. A primera hora, hasta las dos o dos y media de la madrugada, es cuando tenemos más trabajo, luego para bastante. Por eso, y porque es la hora a la que vienen los clientes fijos, es cuando el ambiente es más relajado, como de familia. Nada más ver por el club a alguno de los fijos, sabemos con quién se irá. Madelaine está contenta conmigo. Según ella, he conseguido que más de un cliente aumente la frecuencia en sus visitas, por ejemplo Enrique, que, desde la primera noche, no ha querido más que acostarse conmigo. En realidad, aprovechamos la hora más para hablar, que para otra cosa. Cuando lo hacemos, suele ser rápido y como para justificarnos. Con él no estoy a disgusto. Es verdad que su físico no me atrae en exceso. Aunque no está gordo, ni nada de eso, sí que se nota que lleva una vida muy sedentaria y es un poco fofo. Se lo he dicho más de una vez.
—Como no te cuides acabarás poniéndote como una foca.
Al decirle eso, se pone de rodillas en la cama y con los brazos estirados hacia abajo palmea imitando a tales animales. Entonces nos reímos como niños pequeños. No nos damos cuenta, siquiera de que estamos desnudos. Es como si fuéramos amigos, aunque él y yo sabemos que fuera de este lugar, ni nos dirigiríamos la mirada.
Otro caso es el de Serafín. Ha aparecido un par de veces. Las dos, nos lo hemos montado entre Hellen, él y yo. Hellen no es como Sole, pero a la hora de trabajar es buena, y su cuerpo, tan blanco como el nácar, es muy atractivo. Es como el negativo de Belinda, en todos los aspectos: es blanquísima, muy callada, muy seria, muy estilizada, de pecho más bien escaso aunque firme y enhiesto. Sin embargo es igual de sinuosa y ardiente. Su único problema es que no se ríe nunca. Parece le debes algo. Las únicas sonrisas que le he visto han sido a los clientes, y muy forzadas, por cierto.
Noto cómo la rutina de cada día anestesia mi espíritu. Voy logrando separar el hecho de los contactos sexuales, del miedo y de la moral que me han enseñado. Dicho de otro modo, entiendo mi cuerpo como herramienta de trabajo. O sea, que hago mías las enseñanzas que me inculca Madelaine. Mila es alguien que no está presente, o está muy alejada, cuando Venus está con algún cliente, como una lejana figura esfuminada en el horizonte nebuloso: un fantasma.
Lo malo son los fines de semana. Se trabaja muchísimo más y viene gente de todo tipo. Incluso, Pedro, quizá por orden de la propia Madelaine, es más flexible a la hora de dejar pasar a los que tienen alguna copa de más. Al fin y al cabo, los fines de semana se trasnocha más y la propia policía permite más.
Pero lo peor, son las despedidas de soltero. Cuando un grupo que está celebrándola, acaba en el local, la cosa se complica. Se les huele desde lejos, casi desde antes de que hayan atravesado el umbral de la puerta. En primer lugar, alteran todo con sus voces y cantos. No reparan en nada. Nos soban a todas en cualquier parte. Ante esta situación, Madelaine nos tiene dicho que seamos pacientes, pues a éstos se les saca más pasta, la mayoría no vendrá nunca más. Además, una noche es una noche.

Me voy a ir de este parque. Han pasado un par de personas que me podrían reconocer, vecinos de la casa. Una chica de mi edad debería estar en un instituto. Estoy demasiado cerca de casa

Continuará...

martes, 23 de noviembre de 2010

Fin de trayecto. Tercera parte. Capítulo 28

Miércoles, veintiuno de septiembre de 1988.
Amanecer.

Son las siete de la mañana. Después de una semana te vuelvo a rescatar del fondo del armario, donde te he escondido, pues me imagino que Madelaine querrá saber lo que hago y dejo de hacer. Supongo que me habrá revuelto todo en las horas en que no estoy en la casa y paseo por la zona. Así que he procurado un escondite. No quiero que mis opiniones, sueños y secretos pasen hasta ella.
Mamá, te lo voy a decir con crudeza y con exactitud, como si fuera cirujana: acabo de llegar del burdel. Además tengo que añadir otra cosa: estoy un poco borracha. No es mucho, la verdad, pero para mí tres copas de güisqui y cuatro de champán son muchas. Siendo sinceras, una barbaridad. Pero había que celebrarlo, mamá. Querida mamá, ¿qué tal te suena que tu hija acabe de llegar del burdel de trabajar, y encima borracha?

Hoy ha sido mi estreno. Ya soy puta en ejercicio. Tal y como vaticinaste el día de la bofetada. A partir de ahora, mi DNI podrá decir algo así como Milagros de Andrés Sebastián, alias la Venus. Hija de Marcos y Milagros. Nacida el catorce de julio de 1971, en Euritmia. Profesión, prostituta... Vaya bobada que acabo de escribir, eso no lo pondrían jamás, pero si en los DNI figuraran las verdaderas ocupaciones de las personas, debería ponerlo...Además, prostituta. Lo de prostituta, da cierto estatus, ¿no te parece? Es como si fuera de más alcurnia, tú que entiendes de esas cosas, ¿qué opinas? Puta suena a calle, a esquina, si me apuras a droga, a delincuencia, a marginalidad, a detritus. A arroyo. ¿A eso se refiere el abuelo cuando habla del arroyo? Vaya, vaya... Definitivamente, mamá, estoy muy borracha...

Todavía resuena en el fondo de los tímpanos lo que anunció Madelaine a la concurrencia de cuatro hombres mayores. O eso me parecieron. Por lo menos cincuenta y tantos años. Parecía que presentaba a una gran artista. Yo estaba tras la puerta, donde el escenario de las cortinas rojas, no sabía qué iba a pasar. Mejor dicho, sí sabía lo que iba a pasar. Lo que desconocía, era mi reacción. Tenía frío y calor. Me sentía desnuda con el conjunto fucsia tan atrevido que Madelaine ha escogido esta noche de inauguración para mí. De repente, no sabía si llevaba bien sujetas las medias por el liguero, o se me caerían. Dudé si me había pintado correctamente los labios. Pero, sobre todo, sentí que, definitivamente, me estrellaba contra el pavimento de la cosificación. A partir del segundo en que pisara el escenario, mi persona no sería tal, sino sólo cuerpo anhelado por unos hombres que buscaban satisfacer una necesidad o qué se yo. Intuí que enterraba mi alma. Sentí que cerraba la última rendija a mi dignidad, a mi estima. Si yo no me estimo, nadie más, absolutamente nadie más, lo hará. Recordé las palabras de Isabel, y encogí los hombros de mi conciencia. Pero, al mismo tiempo, sentí que debía hacer las cosas bien. Mi libertad, la absoluta, la de poder hacer realmente lo que quiera, la libertad de dentro de un año, dependía de esta noche, de los movimientos en la pasarela de Jazmín. Actuaría como una artista, no había más remedio: representar un personaje y no pensar nada. En ninguna cosa. Me sentía como la prisionera de guerra que se juega la vida en un campo de concentración, y prefiere ser aniquilada moralmente, a ser destruida físicamente, porque siente que su única propiedad es su cuerpo, a pesar de la humillación. Si pasan los años, hasta las humillaciones lo son menos; como mucho, una cicatriz en algún lugar del espíritu, pero al fin y al cabo cicatriz. Si soportaba aquello, dentro de unos años sólo sería pasado vergonzante que habría que ocultar.

La verdad es que mi cabeza empezaba a desvariar. Acerté, por lo menos, a escuchar a la vez que elucubraba. Madelaine, que vestía un hermoso traje negro con escote ancho y sin mangas, cubiertos sus brazos hasta el codo con unos guantes, igualmente negros en un mal remedo de Rita Hayword en Hilda (antes de escaparme, había visto la película por la tele). Como digo, me presentaba a la exigua concurrencia. Era el primer pase de la noche. Lo normal es que se hagan cuatro o cinco. Uno cada hora u hora y media.

—Queridos amigos, después de este pase de Vicky, Belinda, Clara, Gracia, Hellen y Mesalín, tengo el honor de presentar por primera vez en esta pasarela la última adquisición de Jazmín, para todos ustedes, en absoluta primicia, ¡Venus!
Me he sentido como un frigorífico, o como una televisión, en venta; quizá, por no ser tan dura con Madelaine, como una obra de arte que sale a subasta y de la que va a obtener un pingüe beneficio. No sé por qué me quejo tanto. Al fin y al cabo sabía perfectamente lo que ocurriría.

Durante todas las noches de esta semana, me ha llevado de tapadillo a Jazmín, me ha llevado por el pasillo que da a las habitaciones. Cada pocos metros, justo frente a la cama de cada habitación hay unos muy bien disimulados agujeros a propósito para ver sin ser vistas. La primera parte del trabajo, consiste en un desfile soez y provocativo, estamos vestidas con lencería cara, atrevida y atractiva ante la concurrencia de machos ávidos. En defecto de lencería, se admite otra ropa, siempre y cuando se considere atrevida, o provocativa (faldas cortas, transparencias, profundos escotes...). En esos casos, no solemos llevar ropa interior. Lo normal es que la ropa atrevida no se utilice, o muy de vez en cuando. Lo habitual es la ropa interior, aunque ésta es también muy atrevida. Ese es nuestro atuendo ante los clientes. (Por lo que he visto, muchas veces el sujetador, incluso las braguitas, han desaparecido antes de que acabe el desfile. A cambio de dinero, se admite casi todo). Como me ha comentado Sole, que es con quien más pronto he congeniado, Jazmín, no es como otros sitios en que ha trabajado. Esto se parece más a lo antiguo que se ve en las películas. Lo normal, hoy en día, es que las chicas ocupen el local, que, en realidad, es un amplio bar, con pista de baile en algunos casos. Gran parte del negocio, en esos otros clubes son las copas. Jazmín, más bien, es algo rescatado del pasado, algo romántico, casi. Así que en un saloncito privado, si no hay clientes, tenemos una bata, o no, depende del calor y de las copas que llevemos, y vemos una pequeña tele, o jugamos a las cartas, o al parchís, o charlamos, o dormitamos, o fumamos, o pensamos, o lloramos en silencio y sin lágrimas, procurando que la melodía triste de nuestro corazón no la escuche nadie. Muy rara vez estamos en nuestra habitación solas... Tras el desfile, subimos al escenario de las cortinas verdes y completamos la danza. Si algún cliente lo “pide” (o sea nos entrega una suma adecuada) nos desnudamos definitivamente, en las escasas ocasiones en que llegamos al escenario con algo de ropa. También algún cliente, previo pago de una cantidad, no sé si diez mil pesetas, puede solicitar algo especial en el escenario. Si es en pareja, la cosa sube a veinte mil. Una vez seleccionada la chica por el cerdo de turno, como si fuéramos ganado y él el tratante, y tras pagar a Madelaine, veinticinco mil pesetas (el mínimo por una hora de alquiler [lo llamaré así] con servicio completo), siempre en metálico, no se aceptan tarjetas o cheques, se sube a la habitación de cada una. De las ocho, la mía es la número cinco. La uno, en teoría vacía, tendrá algún uso especial, o bien Madelaine la utilizará privadamente. Cada habitación cuenta con bidé, lavabo, y la adecuada decoración: reproducciones de parejas copulando o realizando algún acto sexual evidente.
Pornografía.
Además, en la pared que da al pasillo, casualmente frente a la cama, los correspondientes agujeritos. Gracias a ellos, y con otras explicaciones teóricas y técnicas complementarias, aprendí lo más elemental de este oficio, según dicen, el más antiguo del mundo.

También he aprendido que nada se le escapa a Madelaine, sobre todo lo concerniente al dinero, posibles propinas, fundamentalmente. Aunque todo tiene solución, tal y como nos contaba Reme.

Nuestro horario de trabajo va de las once de la noche a las cinco de la madrugada, más o menos. Descansamos una vez por semana, por supuesto entre las noches del domingo y el jueves, salvo que estos días sean víspera de festivo. En ese caso se nos abona un plus, no hay otro día libre a cambio.

Como ves mamá, trabajo en un local selecto (sus precios, son prohibitivos para la gran mayoría), tan selecto que se ajusta a lo que hoy en día se entiendo por club, además, no se admiten personas mal vestidas, ni drogadas o borrachas. A la puerta del local, hay un vigilante, Pedro, que controla las entradas y salidas. Si se produce algún altercado en el pequeño bar clandestino, atendido por Rufi, una joven que sirve las copas en top-less, pero que no ejerce, aparece él con sus fornidos brazos para “aclarar cualquier malentendido”. El viejo camarero que me abrió las puertas el primer día, Yago, es el padre de Rufi, una reliquia cubana que conserva Madelaine por oscuras historias del pasado a las que no he accedido aún. Su función, y su horario, son indeterminados: Ayuda a Rufi, charla con Madelaine, nos mira con ojos de cordero degollado, sabiendo que nunca podrá obtenernos.

Mamá, he estado llorando. He leído todo lo que he escrito, que ha sido bastante, y me ha dado por llorar. Se me está pasando el efecto de la borrachera. O es que me ha dado llorona, como a veces a papá. Ahora te lo digo en serio. Esto lo hago por dinero, porque ansío la libertad en un año, porque me habéis empujado tú, el abuelo, papá, Joaquín, o he sido incapaz de encontrar otra salida. Se pasa muy mal. Si hubiera tenido otra educación. Si pudiera separar la mente del cuerpo, quizá fuera más sencillo. Pero no sucede nada de eso, al menos todavía. Al fin y al cabo, soy hija de quien soy, tengo la educación que tengo y me es imposible separar mi cuerpo de mis sentimientos, sobre todo, en lo que concierne a abrirse de piernas ante un macho al que nunca has visto, y lo mismo no vuelves a ver.

Esta noche me he ocupado dos veces. Ha sido horrible.
El primero de los clientes me ha dicho que se llamaba Luis. Es un hombre amargado y aburrido. Tiene mucho dinero, se lo noté en la ropa y en el perfume que lo envolvía, como un halo suave y fresco. Es soltero, o eso ha dicho; desde luego no le he visto la alianza y no he percibido marca sospechosa en ninguno de sus cuidadísimos dedos. Ha sido muy rápido, gracias a Dios. He estado bastante nerviosa, y casi no he atinado ni a colocarle el condón adecuadamente. Tras unas breves embestidas, se ha vaciado con un ruido gutural, y, después, mientras se lavaba el miembro, ni me ha mirado. Lo he agradecido, porque unas lágrimas de odio a mí misma, recorrían mis mejillas, eso sí, he procurado volverme de espaldas a la pared con agujeros, para que no notaran mi llanto. Estaba segura de que me espiaban.
Han vuelto a mis ojos las imágenes, fragmentadas, rotas en mil pedazos, pisoteadas por la vida, de mis sueños infantiles, de las conversaciones picaronas con mis amigas, de los besos apasionados con Joaquín. Pero nada se parecía a este comercio carnal vacío, con el único sentido para nosotras de sacar dinero, y para ellos de decir que han estado con una mujer. Aunque deberían decir que han estado con el cuerpo de una mujer, algo muy distinto. Y ni siquiera, debieran decir que han estado con una muñeca que le latía el corazón. En el cuerpo de una mujer anidan la pasión y los sentimientos.
Mi espíritu volaba detrás de un sueño, sin embargo, el sueño se ha esfumado. Allí estaba yo, todavía abierta de piernas, sintiendo que me habían profanado, mejor dicho, que me había dejado profanar, que es peor todavía, y vislumbrando borrosamente el pene fofo de aquel Luis, mi primer cliente, que había pagado a Madelaine veinticinco mil pesetas por follar conmigo. Ha estado a penas dos minutos dentro de mí. O ni siquiera.
Han sido mis primeras doce mil quinientas pesetas porque un tío me lo hiciera. ¿O incluyo las quince mil que me dio Joaquín antes de largarse? Pensándolo bien debería requerir a Joaquín más dinero.

¿Dónde queda aquella fragancia agradable y pura que el amor tiene? ¿Quién podrá querer, ahora, mi cuerpo si lo saben usado por tantos hombres? Nadie podrá mirar a mis ojos sin encontrar en ellos un alma hecha jirones, hecha añicos, como una fina copa de licor estrellada contra el suelo. Si alguien viera mis entrañas, vería un roquedal rugoso y árido, en el que sólo se vislumbra desolación, abandono y muerte. Vacío, angus-tia, desesperación... Miré a la cama arrugada, miré mis ropas (es un decir) sobre la silla, miré al tal Luis, que se abrochaba los zapatos. Supuse que me tenía que acostumbrar a todo eso, al menos durante un año, o moriría, incluso físicamente. Nos hemos despedido poco menos que en silencio. Sólo cuando se ha ido, me he empezado a vestir. Entonces he pensado que la cosa había ido fatal, y que Madelaine, que sin duda había sido testigo, no me felicitaría, precisamente.

Después de aquello he ido al bar. Madelaine, me esperaba a la puerta. Me ha reconvenido, con dulzura, eso sí. No ha sido tan dura como temí en un primer momento.
—¿Por qué has estado tan torpe? Has de mostrar más pasión, más determinación. ¿Por qué no le has recorrido el cuerpo a besos? ¿Por qué no le has sonreído? En fin, tomemos una copa, te hace falta, niña. Al fin y al cabo, es tu primer cliente. Pero no has hecho absolutamente nada de lo que te dije que hicieras. Luis no viene mucho por aquí, y nunca protesta. Viene, escoge, paga, lo hace muy rápido y se va, más rápido todavía.
Mientras, me acariciaba los pómulos.

Lo de después ha ido un poco mejor. Tenía unas copas encima. Eso ayuda. Al menos, quita vergüenzas y evita que el cerebro haga cábalas. Parece que te deslizas por un tobogán.
He hecho un show con Belinda a petición de Enrique y, lo reconozco, me he puesto cachonda. Me ha encantado morder las tetas de Belinda y sentir su lengua. (Resulta que antes de lo que imaginaba, Madelai-ne tendrá razón y preferiré a las mujeres). Supondré que es el trabajo. Enrique ha pagado por estar con las dos. Antes de aceptar, Madelaine me ha consultado. He pensado en el dinero. Ya que estoy, cuanto más, mejor. El servicio con dos chicas, si el cliente quiere un lésbico, se considera, así que le ha costado setenta mil pelas (1). (O sea, diecisiete mil quinientas para mí).
Mientras subíamos a la habitación, y Belinda hacía reír a Enrique, Madelaine, al oído me susurró:
—Os lo tenéis que currar. Enrique es buen cliente desde hace un año. Es la primera vez que os ve, así que no he podido convencerle para que escogiera a otra. No sé si será mucho para ti en la primera noche. Son buenos billetes... Espero que os portéis. Déjate llevar de Belinda. Estaré detrás y mira — me llevó la mano a su entrepierna —, no llevo bragas.
Enrique y Belinda se han portado muy bien conmigo. Enrique nos decía en un murmullo, mientras le lavábamos
— Imagino que la pervertida de Madelaine, estará detrás, espiándonos, así que vamos a darle un buen espectáculo. Belinda, cachonda, trabájate bien a Venus. Mientras, que ella me la chupe...
Es la primera vez que lo he hecho. Joaquín, no me lo pidió. Pensé que vomitaría, pero con la dedicación de Belinda y de Enrique me he sentido mucho mejor. Además, el sabor del pene no es tan desagradable, al menos recién lavado. No es mucho peor que el del resto de la piel. Entre los dos, me hacían olvidar cualquier sensación que no fuera la de placer, los estímulos que desde la piel llegaban a las neuronas del cerebro. Era agradable, muy agradable. Por si no tenía suficiente con los dos cuerpos entregados a acariciarme con dulzura, y besarme con pasión, me imaginaba a Madelaine frotándose, mientras miraba ávida por los agujeros, por lo que el morbo ha aumentado la sensación de placer.
Agotamos la hora que se me ha hecho corta. Cuando hemos acabado, Enrique decía que saliéramos corriendo al pasillo para que Madelaine pasara a la habitación y seguir con la faena. Nos hemos reído de buena gana.

Después de eso, serían las tres y media. No ha habido clientes. He seguido bebiendo. Con lo cual, querido diario, estoy bastante borracha, y desinhibida. Como has comprobado. El alcohol será la forma que tenga de pasar este año lo mejor posible. Casi seguro que hasta disfrutaré más del curro. Pero puedo acabar alcoholizada. Un nuevo peligro.
Es curioso, ahora entiendo mejor a mi padre. Quizá el pobre papá era un espíritu tan indolente, que la única manera de afrontar sus problemas de casa era bebiendo, con lo que vencía su tendencia natural al apo-camiento.

En fin, este es el resumen de mi primer día en el Jazmín: estoy borracha, he ganado unas treinta mil pelas (sin sumar las actuaciones, y sin descontar las copas), me han follado un par de veces, además de que me lo he hecho en público, y en privado con la buena de Sole, alias Belinda.
No está mal.
¿No está mal?
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(1) Unos cuatrocientos veinte euros

Continuará...