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Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Fin de trayecto. Tercera parte. Capítulo 33

Viernes, cuatro de noviembre de 1988.
Amanecer.

La semana pasada acababa estas confidencias preguntándome si soy o no soy rutina. Durante estos días ha machacado mi cerebro el signo de interrogación. Era un martilleo constante, era un sentimiento siempre en mi cabeza la machaconería de la gota de agua golpeando contra la superficie fría y metalizada del fregadero en mitad de una noche insomne. Pero al parecer no soy ni tan fría ni tan impenetrable como el acero inoxidable del fregadero.
La verdad es que es muy complicado entablar alguna conversación más o menos profunda con cualquiera de las chicas, o con algún cliente; quizá Enrique, o como se llame de verdad, en la calle, cuando viene, pero lo hace de tarde en tarde. (Se conoce, por las veces que he hablado con él, que tiene una especie de doble vida y el lado oscuro e inconfesable somos el club y las chicas, sobre todo yo, por cuanto se ha aficionado a mí. Y por lo que voy viendo, no sólo a mi cuerpo). Con Madelaine no me atrevo. No me interesa. Me asusta. Tengo la intuición de que tras sus pretendidos gestos protectores, se esconde el anhelo de guardar uno de sus tesoros más valiosos, quizá el mayor.
No se trata de que la vanidad me ciegue ahora. Nunca he sido vanidosa, ni presumida. Ahora las circunstancias me obligan. Y como trato de ahorrar (es la única justificación que me queda), sé el aro por el que tengo que pasar. Pero si miro a las otras chicas no hay nadie tan prometedora como yo: Reme ya tiene sus años, a pesar de que se conserva muy bien; Vicky es demasiado bajita, y acaso un punto delgada para alguno de los hombres; Belinda es extranjera y mulata lo que la hace para algunos exótica y para otros repelente; Mesalín también es extranjera, y últimamente ha adelgazado demasiado, está muy triste, muy melancólica; Hellen, igualmente extranjera, es demasiado abúlica, es la única de nosotras que tiene ciertos malos rollos con la coca; Clara es introvertida y desgarbada, tiene demasiado poco pecho, creo que cualquier día Madelaine la echa; Gracia, al igual que Reme, ya va teniendo sus años para esta profesión, y la celulitis le amenaza, como una tormenta de verano, casi inmediata. Soy la más joven, española, con buen aspecto, aunque he de reconocer que he adelgazado en exceso, y Enrique me lo ha hecho notar. No es extraño, pues prácticamente hacemos una comida al día, dormimos mal y pocas horas, y bebemos demasiado.

Ayer jueves decidí cambiar mi rutina. He tomado un tren de cercanías en la próxima estación de Chamartín y me he largado a la espera de cambiar, al menos de aire. No lo tenía previsto, pero como estaba un buen día me he arriesgado. Me he acercado hasta un pueblecito de la Sierra, en el que nadie me conociera. He venido dispuesta a llenarme de oxígeno cada poro de mi piel, y de mi espíritu.
Antes de cambiar de opinión me hice la pequeña bolsa de viaje, me vestí lo más deportiva que pude, pues pretendo, a partir de dentro de un rato, perderme entre campos y montes.
Cuando llegué ayer, lo primero que hice en la estación, prácticamente vacía, fue llenarme la vista de las estrellas que enfriaban la noche clara de este noviembre. Miré a mi alrededor. Soledad. Me recorrió por dentro, sin embargo, una sensación de plenitud y de libertad que hacía mucho tiempo no me embargaba. Acaso, desde las noches veraniegas en aquellas playas en las que Joaquín y yo paseábamos un amor incipiente, pero imposible.

Al fin, en los alrededores, pude preguntar por alguna pensión, hostal u hotel. Me informaron que sólo había un hostal. Cuando llegué, me di cuenta de que era la única cliente. Continuó embargándome la alegría, pues el servicio sería exclusivo. Pedí la habitación para una noche incluyendo el desayuno y la comida de hoy.
Estaba tan relajada, que no me di cuenta de que los viernes por la noche las personas suelen comenzar su fin de semana. Con lo que debería inventar una historia rápida y creíble para justificar que mi ritmo de vida fuera distinto al de los demás seres humanos, por lo menos los que casi en invierno se pierden en la Sierra.
—Luego he de volver al curro.
Estaba muy mal de reflejos. Las personas suelen acabar su trabajo los viernes, no empezarlo. Me azoré aunque supe salir adelante. Bueno, fue la dueña del hostal en realidad la que me sacó del atolladero sin saberlo. La señora, madura y entrada en carnes de mejillas arreboladas, me miró de arriba a abajo. Menos mal que reaccioné.
—Sí, mi jefe se ha largado, en el puente aéreo, a Barcelona, y me ha dicho que el sábado sin falta he de estar en la oficina para acabar los balances, así que, en vez de disfrutar del descanso en el fin de semana, lo haré hoy y mañana.
Suspiré con bastante naturalidad, como si efectivamente mi jefe me obligara a complicadas operaciones aritméticas durante el sábado, ¿quién sabría si incluso el domingo? Proseguí decidida.
—¡Qué le vamos a hacer! Además, como me hace falta un poco de aire puro, me lo dijo el médico la semana pasada, pues aquí estoy.
Parece que resultó convincente, pues la señora entró inmediatamente en la conversación, terminando de construirme una buena biografía. Probablemente una cliente a aquellas alturas del año, y de la semana era algo que animaba a una mujer como ella. Como un regalo llovido del cielo.
—Sí, se te nota excesivamente pálida y ojerosa. Seguro que también estudias o preparas alguna oposición, ¿verdad? Luego dicen de los jóvenes de hoy: que si la droga, que si la delincuencia, que si la prostitución. Pues yo creo que la mayoría son como tú. Y eso que ahora no os cuidáis.
Me miraba de arriba a abajo, de abajo arriba (otra vez), desaprobando mi aspecto. Comparado con la salud que se expandía por cada poro de su abundante anatomía, debo estar bastante próxima a la anemia.
—Desde luego, los jóvenes de hoy con tanta dieta, tanto potingue, y tanta comida de plástico parecéis alfeñiques. Lástima que no te quedes aquí quince días. Ibas a parecer otra. Te lo digo yo.
He sonreído. Así que ya tengo una persona que me ha construido la historia que necesitaba para que los de aquel pueblo no me brearan a preguntas: joven secretaria de importante empresa de ámbito nacional o multinacional, ¿quién sabe?, que además es estudiante, ha venido a oxigenarse al pueblo, se lo ha recomendado el doctor, la pobrecita parece anémica.
¿Para qué contradecirla? No merece la pena. Además no es mala historia. Ya me gustaría a mí ser su protagonista. Incluso me podría permitir volver algún otro día, quien sabe si a principio de año, por ejemplo. Tener un jefe tan duro es muy cansado, y una quiere paz.
Y concluyó acompañándome escalera arriba hacia esta habitación.
—Ahora ponte cómoda. No te molestes en bajar al comedor. En esta época del año está cerrado. Te subiré la cena. Un poquito de caldo del cocido de esta mañana, un poquito de pescado, un buen tazón de leche bien calentito con un par de rosquillas y a dormir.
Debí de poner cara de estupor o algo así.
—No quiero oír ni una sola protesta. Además, las rosquillas las preparo yo. Así que te las comes.
Deduje, entre otras cosas, que quería decir que antes me habría tomado el caldo, el pescado, y quién sabe si algo más. Suspiré resignada.

Me ha salido otra madre.

Continuará...

7 comentarios:

emejota dijo...

Me sorprende la dualidad que mantiene dentro de sí para sentirse viva. Un fuerte abrazo.

Leonel dijo...

MMM, nuevas aventuras en vistas para Mila... no será que la ha reconocido la tía? Amando, este capítulo me deja con ganas, se me ha ido demasiado rápido. jejeje.
Un abrazo.
Leo

Isolda dijo...

Creo que su diario la mantiene, al menos por lo que parece, con los pies en el suelo. Es fantástico encontrar personas de buena fe, que te fabriquen una vida, es lo que Mila necesita ahora.
Besos, escribidor, nos dejas siempre con sabor a poco.

Ángeles Hernández dijo...

Otra madre si, pero bastante distinta . Ironablenwnte la hostelera también necesita alguien a quien cuidar... Ya nos contara el autor.

Me da en la nariz que esta relación , este hotel y esta nueva identidad pueden ser el comienzo de algún cambio importante en la citada monotonía.

Un abrazo. A.

Nota:perdido largo comentario de capítulo anterior . Intentare reescrbirlo.

Flamenco Rojo dijo...

Da la impresión que Mila se olvida de su familia y madura al mismo tiempo...¿Repetirá la visita a este pueblo? Lo veremos en capítulos venideros.

Un abrazo.

catherine dijo...

¿Se acabó la rutina? ya que pensaba que las chicas tenían alojamiento en el Jazmín y que entendí por fin que tienen un piso. Pero sus colegas no le gustan mucho a Venus. Me preguntaba como iba a pasar sus jueves con la llegada del invierno.
Mila tiene mucha suerte con todas las hosteleras. ¿Seguirá así?
Quizá me quedaré una semana entera sin saberlo. ¡Mama mía! como no lo quiere decir Mila.

Marina Fligueira dijo...

¡Bien pues ya es otra cosa mariposa! La chica cambia un poquito de aires.
Me gusta mucho este tramo de lectura. Mila encuetra en la señora Hostelera, una especie de "madre" adoctiva. Besos.