Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Fin de trayecto. Cuarta parte. Capítulo 35

Jueves, cinco de enero de 1989.
Atardecer.

A pesar de ser víspera de fiesta, hoy tengo mi día libre. Después de Noche Vieja y Año Nuevo, el trabajo baja bastante, y, sobre todo, en este día. Los padres de familia cumplen con la obligación de estar con los más pequeños. Además, no me encuentro excesivamente bien.
Madelaine lo ha notado y anoche me preguntó.
—¿Qué te ocurre?, te veo demasiado melancólica
Me quedé observándola y, salvo cierta mirada perdida hacia el pasado, no fui capaz de responderle.
Era superior a mis fuerzas.
No en vano, son las primeras vacaciones de Navidad en las que he perdido toda la ilusión. Hasta este año, sin duda, eran los días más importantes del año. Eran los momentos en los que soñaba con que las cosas podían ir mejor en casa. Eran los instantes en los que, de las miradas de los míos, adivinaba el posible cambio en nuestra vida que se sofocaba por falta de aire respirable. La esperanza volvía a la casa, y llenaba el ambiente de algo parecido a la felicidad, o a la calma, al menos. Entraba un poco de oxígeno, y nuestros espíritus de esponjaban. Poníamos un nacimiento (lo único que hacía mi padre sin que mi madre impusiera su voluntad) que era herencia de mi abuelo paterno, sólo conocí eso de él. Últimamente, por influencia de Pedro, se colocaba también, junto a la ventana del salón, un hermoso pino que adornábamos como si nuevamente fuéramos niños. Manteníamos las tradiciones de las comidas y las cenas y los villancicos y los regalos. El ambiente dulzón, en fin, de esos días. Sabía que era artifi-cial, pero yo estaba a gusto, muy a gusto.
Toda aquella ausencia me embargaba. Ahondaba en la herida abierta y sangrante…
En estos días he sentido, incluso, un poco de lástima por mi madre. Por el dolor que estará pasando ante mi desaparición. Creo que hasta ella, notará mi ausencia y se preguntará por qué no habrá sido más permisiva conmigo. Por lo menos eso espero. Acaso, hasta una especie de serpiente repte por el centro de su estómago y le impida estar tranquila. También mi padre se sentirá mal. Lo más probable es que él no manifieste este sentimiento, porque nunca exterioriza ninguno, pero seguro que mientras colocaba las figurillas del nacimiento, se acordaba de que yo le he ayudado cada año, y que, no nos lo pasábamos mal. Mi abuelo, supongo, que no habrá abierto el pico. En estos días, hablaba muy poco. Sólo, muy de vez en cuando, le sorprendía con alguna mirada perdida y más afable de lo habitual, dirigida hacia el pesebre en el que se representaba que Dios se había hecho niño. En fin, recuerdos que me han producido una fuerte nostalgia.

Pero hay otra razón más poderosa por la que me encuentro sin ganas de nada.

Desde hace dos meses no he vuelto a escribir nada en este cuaderno, y éste sí que es un síntoma grave; una enfermedad me atenaza; pero es una dolencia no física. Es un dolor que me retuerce en mitad de las entrañas.
Las cosas que me han ido pasando me han avergonzado de tal modo, que ha sido imposible ponerlo por escrito. Ni el odio por mamá, que se va diluyendo también, me permitía no sentirme asqueada de mí misma.

A pesar de las hermosas cosas que escribí, la última vez en el hostal de la sierra, no he podido aguantar mucho más, sin que la cocaína entrara, por fin, en mi cuerpo, ocupando espacios en mi cerebro. Ahora es-toy serena y pienso que me debo arrepentir, sin embargo, en el fondo, sé que es mentira.
Madelaine presionaba para que no llevara la contraria a Ricky. Yo me negaba a ello, argumentado que era la única cosa en lo que no quería entrar. Solía responderle cosas parecidas a ésta:
—He sufrido mucho. Hace unos pocos meses, no hubiera pensado que a estas alturas me habría acostado con más de cien hombres distintos, y que encima me pagan. Que casi cada noche me lo tengo que montar, por lo menos una vez, con otra chica. Que también prácticamente todas las noches acabo borracha. No pretendas que también entre en la coca. Por lo menos ten paciencia.
—Hija, si yo te entiendo, pero Ricky me presiona. Ya sabes que Ricky, tiene influencias que le vienen muy bien a la tranquilidad del negocio. Esas influencias tienen su precio. Por esnifar alguna rayita de vez en cuando, no te vas a enganchar ni nada parecido... No se trata de que te tengas que colocar todos los días. Pero de vez en cuando no nos vendría mal... Por tu tranquilidad, te convendría no ser tan esquiva con él.
Fue más que una advertencia. Sonó, o me sonó, a amenaza. Sabía, pues Reme me lo había contado, que mi caso, se había traspapelado en alguna comisaría, gracias a una llamada adecuada de Ricky a cierto comisario o subcomisario, no sé, al que debía algunos favores. Así que más que agradecer un favor, lo que tenía era una espada de Damocles, permanentemente pendiendo sobre mi cabeza. Y lo peor es que el hilo que la sujetaba era tan frágil que se podía cortar, si no aceptaba pronto los requerimientos de aquel ser indeseable y zafio. Supe, desde aquel momento, que estaba en manos del bruto. Desde entonces, cada noche deseé que no se escuchara su vozarrón cruzando la puerta de Jazmín. En las siguientes dos semanas, no apareció. Suspiraba agradecida, y cada día que pasaba, daba gracias porque me había librado.
Pero mi suerte no podía ser eterna.
Un par de semanas más tarde, volvió por el local. Temblé, miré en son de súplica a Madelaine, pero, como respuesta, me devolvió una mirada fría y acerada, desprovista de afectos. Había llegado al límite de permisividad conmigo. Era prostituta del local absolutamente para todo, y por tanto, cuando fuera necesario, debería de pagar el peaje correspondiente a la tranquilidad en la que me encontraba. A lo mejor, era lo justo. No lo sé. Por lo que se ve, poseer mi cuerpo cuando apetecía, no era suficiente. Que Jazmín sacara por él una media cercana a las cincuenta mil limpias cada noche, tampoco era bastante. Necesitaban más.

¿O es que algo se esconde en el anhelo porque probara la droga? Hoy lo sospecho, aquel día, no. Creo que hay una fase en lo de la coca. Al principio, mientras te acostumbras a tomarla todos los días (no diré hasta que te enganchas), nadie dice nada del precio. Yo estoy ahí, todavía. Pero no sé por qué, me huelo, que después, cada raya la descontaran de lo que ganamos. Eso puede ser una explicación a que las chicas no se vayan. Al final resulta que también tenemos chulo.
La entrada de Ricky, como de costumbre, fue un vendaval que revolvió todo y a todas. Besó, sobó, acarició, rió, elevó, tocó… A cada una le hacía algo. Pero una cosa quedó clara, y fue él el encargado de subrayarlo con una mirada de bisturí que me alcanzó con fría precisión: su presa aquella noche era yo, nuevamente. El resto de las chicas lo daban por supuesto. Otra cosa distinta hubiese sido una novedad... Ellas desconocían la razón de tal predilección, creo que pensaban que se trataba de un encaprichamiento pasajero (ellas utilizaban otra palabra), lo que no les parecía nada mal, pues a ellas les ahorraba un mal trago, y, además, les permitía estar libres más tiempo, con lo que podían “disfrutar” con algún cliente, mientras que yo gratuitamente, prestaba mi cuerpo para el placer de semejante escualo repulsivo; pero lo que no sabían era que, entre el poli y yo, había una sorda lucha para ver si probaba la coca, él, y para ver si seguía resistiendo sin probarla, yo. Aquella noche, cuando sentí su mirada penetrante, suspiré resignada. Venía a por mí. Y, de hecho más que ninguna noche, me pareció un tiburón frío, calculador, sanguinario y decidido. Mi única esperanza se redujo a que se hubiera acostumbrado a que yo no probara la coca y desistiera de ofrecérmela.
Vana esperanza.
El frío helor de la noche de noviembre entró en Jazmín revoloteando tras sus anchas y algo cargadas espaldas. Me miró con deseo. Con deseo sucio. Con deseo de macho en celo que no va a parar ante nada y ante nadie. Con ese deseo por el que se puede llegar a matar. Me resigné. Lo mejor sería ser dócil, pues ya me habían aclarado que la posición de Ricky en Jazmín es algo distinta que la de un cliente con preferencias. E intuí, que él estaba informado de que yo ya sabía todos los pormenores. No tenía escapatoria. Lo sabíamos los dos. Él se relamía de placer por anticipado. Como he dicho ya, sin rodeos: es nuestro chulo oficioso, incluso el de Madelaine. Él nos protege desde muy arriba (a nosotras y al negocio) a cambio de nuestros servicios, y consigue que permanezcamos más tiempo al servicio del local gracias a la dosis de cocaína a la que, poco a poco, nos enganchamos. Por si fuera poco, me percaté de que estaba borracho. Aquello complicaba más las cosas, claro.
—Gatita—sonrió aviesamente—, tengo una sorpresa para ti.
Para entonces, ya me había besado y su manaza izquierda anidaba en mi glúteo derecho que, a pesar de la noche inverniza, estaba al aire, ya que llevaba un tanga blanco que formaba parte de un conjunto con un sujetador de encaje y fantasía, excesivamente ceñido. Lo que más me impresionó, y terminó por fulminar la única gota de ánimo que me restaba, no fue ni la sonrisa, ni el halo de ginebra rancia que despedía su aliento, o el frío helador (casi de muerte) de su mano en mi nalga, sino el que me llamara gatita como había hecho Joaquín tantas ocasiones. Mi mente, muy afectada por el güisqui, todo hay que decirlo, hizo un vertiginoso viaje (casi suicida) hacia el verano, y en mi cerebro embotado se confundieron, lastimosamente, los rostros de Joaquín y de Ricky, que, por cierto, no se parecen en nada, salvo en sus aristas contundentes, duras, como cortadas por un rudo cincel. Supe, desde ese mismo segundo, que no me podría resistir aquella vez. Que atravesaría la última frontera que me había impuesto a mí misma. A partir de esa noche, supe, que nada me permitiría volver a mirar hacia fuera, con la ingenua posibili-dad de salir de la cárcel en la que me había metido, buscando la libertad.

Efectivamente, ocurrió. No dije que no. No pude. ¿No pude?… ¿No quise?… ¿Qué importa ya?…
Ni siquiera tuvo que insistir. A la primera oferta, bajé resignada la cabeza y musité un, “Bueno, como quieras”, prácticamente inaudible e infantil. Ricky casi ni se lo creyó. Sonrió como si le acabara de tocar la lotería. Me besó con más dulzura. Incluso que, por primera vez, no me sobó, sino que intentó una caricia.
Me explicó la técnica y me advirtió del cosquilleó que recorrería las narices y que cuando la nieve entrara en mi cerebro notaría que todo cambiaba.
—Mejor dicho, gatita, notarás cada detalle de todas las cosas. Notarás que piensas más deprisa. Bueno, ya lo irás comprobando. Lo más importante de todo es que no te asustes por nada, sino que te dejes llevar por las sensaciones. Tu cuerpo será el director. Tú sólo obedece, no intentes contradecirle, porque lo pasarás muy mal.
Sabía, positivamente, que Madelaine espiaba mis movimientos tras los agujeros. No le ahorré nada. Fue uno de los polvos que mejor he escenificado. (No digo que lo interpretara, pues, muy a mi pesar gocé, y, probablemente eso sea lo peor de todo lo que ocurrió a partir de aquella noche). Ricky aulló de placer. Él llevaba más alcohol y más droga que yo. Lo peor es que la coca me había gustado, porque, mezclada con el güisqui, me elevó a cotas de sensibilidad muy especiales y desconocidas para mí. Deduje que si las chicas se enganchaban a la droga, era precisamente, porque hacían que el trabajo se tornara, si no placentero, al menos soportable.
Perdí la conciencia de buena parte de mi cuerpo, al que notaba alejado de mí. Pero, paradójicamente, percibía con más intensidad cada estímulo que le llegaba. Por momentos, levité. Perdí la conciencia del tiempo. Perdí la conciencia de la vergüenza, aunque eso era lo más fácil… Al mismo tiempo, gané sensibilidad en ciertas partes de mi cuerpo. Después de lo que había experimentado con Joaquín, hasta aquella noche no había vuelto a tener ningún orgasmo con otro hombre, a pesar de los que se habían acostado conmigo. Cada vez que, a lo largo de mi vida, recuerde mi primera esnifada de coca, lo asociaré con un hermosísimo orgasmo que me removió hasta las entrañas y que (menos mal) no fue motivado por la pericia de Ricky, que más bien brillaba por su ausencia, y tendía a confundir el sexo con la brutalidad, sino por la acción de la droga.
¿Cómo explicarlo?
Es como si hubiera sido un orgasmo de colores y en tres dimensiones. Cuando pude pensar con frialdad me asustó el poder de esta sustancia, infinitamente mayor que el del alcohol, pero, sin embargo, la hizo atractiva.

Al salir de la habitación, tambaleante y con náuseas, Madelaine me abrazó aliviada y llamó a un taxi al que mandó a casa, conmigo en su interior. Dos horas antes de lo normal. Todo un detalle. Nunca he preguntado a ninguna de las chicas qué habían pensado, o cómo me habían visto. Pero debió de ser un espectáculo poco recomendable. El deplorable estado en el que me encontraba me impidió reflexionar con un mínimo de coherencia.

A la mañana siguiente (al mediodía siguiente, para ser exactos), al despertar con un terrible dolor de cabeza, no pude evitar que las lágrimas de desesperación brotaran durante bastantes minutos. Me sentí la más deplorable de las mujeres. No había podido. Había caído y aquel golpe sonaba a definitivo. A lo largo de todos esos meses, me había sentido empujada por los demás, sobre todo por la intolerancia, la opresión, la falta de amor de la familia. Probablemente me equivoqué en casi todas las decisiones que fui tomando, pero no me sentía tan culpable, pues todavía tenía en mi espalda las huellas de aquellas garras, empujándome sin compasión al precipicio. Sin embargo, en esta ocasión, en la que el límite me lo había puesto yo misma, fui incapaz de controlarme. Fui incapaz de luchar con más denuedo. Aunque por lo dicho por Madelaine, la situación empezaba a ser crítica para mí. Pero lo peor, fue que el gusto de la cocaína había sido, en el fondo, agradable y liberador. Me lo negaba el raciocinio, pero una débil voz en mi interior, me recordaba las sensaciones placenteras, el despegar de la ruin realidad que me rodeaba, la percepción especial de las cosas que me rodeaban. Mi vida real era una rutina asesina, sin salida. La vida que me ofreció la cocaína, de repente, dotaba de color, de luz, de libertad, de placer todo lo que rodeaba, incluso yo misma estaba casi bien.

Cuando llegó el siguiente jueves, me sentí tan sucia y tan vil que fui incapaz de sacarte, querido diario. Deambulé, casi sonámbula, por Madrid. Me sentía tan mal conmigo misma, tan asqueada, que volví a la casa para comer en ella, junto con las otras chicas. Me miraron extrañadas pues nunca lo había hecho, pero se callaron. Supusieron que no me encontraba muy bien.

Y encima las fechas que se acercaban. Cuando miraba las calles, que empezaban a denotar la proximidad de las navidades, sentía que un muro transparente se había alzado entre los demás y yo. Ya no podría volver a ese mundo. Me había desterrado yo misma. Me sentía como una alienígena. Miraba a mi alrededor y no encontraba sentido a nada de ello. Me extrañaban las bombillas de los arcos navideños. No entendía el bullicio que aumentaba. Un día seguía a otro, pero para mí, esta sucesión de días y noches, tenía el mismo sentido que para las gallinas, o para las palomas: ninguno. Sólo el rato en que notaba que la cocaína inundaba el cerebro cobraba algún sentido.
En mi corazón, que había sufrido otra herida mortal, se libraba una dura batalla. Por un lado estaba deseosa de volver a experimentar lo que sentí con la primera dosis; pero por otra parte, era consciente de que la única puerta que había tenido abierta para poder escapar del mundo aberrante en el que me había metido, la había cerrado yo misma.

Volvió Ricky un par de veces más en esos días. Volvió a acostarse conmigo. Volvió a ofrecerme la coca. Volví a esnifar. Volví a enloquecer en sus brazos. Volví a caer en la desesperación, a la mañana siguiente. Ya no me importaba el dinero. Ni me importaba otra cosa que no fuera un poco de coca ascendiendo por mis narices, a la busca y captura de mi cerebro para que éste se relajara de una vez, y dejara de sufrir, al menos un par de horas. Supongo que no se puede decir que me enganchara a tal sustancia, era demasiado pronto. Pero las sensaciones producidas en mi cerebro, habían sido tan intensas y tan placenteras, que  anhelaba su repetición.
Casi se me olvidaba que tenía que seguir haciendo daño a mi madre, que ese era mi gran objetivo.
Cuando Ricky supuso que ya había entrado también en el poder de sus garras, dejó de buscarme exclusivamente, con lo que en un par de semanas no probé la coca. La ausencia de la droga, no hizo mella en mí, al menos físicamente. Noté aliviada que las redes invisibles de aquel polvo blanco no me habían capturado, aún. Incluso, alguna mañana llegué a sonreír.

Pero llegaron las fiestas definitivamente. El calendario avanza, siempre en la misma dirección, sin girar la cabeza. Sólo la muerte le detiene.
La ciudad se llenó de bombillas de colores. Los escaparates llamaban a voces a los clientes. Música con aroma a mazapán y fruta escarchada salía de muchas partes. La melancolía me invadió. Hasta Madelaine tuvo la ocurrencia de comprar unos ridículos gorros rojos y blancos de Papá Noel para que nos los pusiéramos en el local. De lo más hortera, aunque a ella no se lo debió de parecer. (En el cenit del ridículo nos aconsejó que nos pusiéramos sujetador y bragas rojas. A eso nos negamos todas en rotundo, pues solo faltaba).
Los primeros días de las fiestas, intenté superar el ataque de melancolía que me invadía. El güisqui fue mi único aliado, tuve la suficiente fortaleza de intentar huir de la nieve. Pero fue un mal aliado. Estaba tan acostumbrada al licor, que el efecto que buscaba no lo conseguí. Antes bien, cogí alguna borrachera llorona. Debieron ser espectaculares, porque casi no las recuerdo, salvo imágenes muy nebulosas. Las chicas me dijeron después, que nombraba mucho a un tal Joaquín, unas veces, como si fuera mi gran amor. ¿Acaso todavía lo fuera? Otras veces le llamaba de todo, menos bonito. Más de una ha intentado sonsacarme sobre el asunto. Por supuesto no he contado nada. Lo que espero, es que no me hayan tirado de la lengua en mis fastuosas borracheras, y, sobre todo, espero no haber dicho más de la cuenta. No parece, pues no he notado cambios respecto del trato con ellas.

Tuve que recurrir a Madelaine para pedirle una raya.
Sí, querido diario. Fui yo la que la pedí de motu propio sin que Ricky estuviera por medio. Y este es el momento de mi caída definitiva.
Me miró, primero sorprendida, pero, en breves segundos, su mirada se convirtió en lascivia pura. Lógicamente lo sabía desde el momento en el que decidí pedírsela. Como me imaginé desde el principio, entramos en la habitación número uno. Por lo que se ve, ella también tiene un pequeño stock del producto. Ella había sido testigo de mi reacción en brazos de Ricky bajo los efectos de la droga, y aquel día quería sentir en su propia carne mis reacciones...

Era una habitación más grande que las otras. Mejor decorada y equipada. Se notaba, nada más abrir la puerta, que quien entrara, lo hacía, no como cliente de la casa, sino como amigo, o amiga, de la señora. Llamaba la atención la enorme cama que la presidía. Como pude comprobar un poco después, eran dos camas de matrimonio unidas.
Madelaine no tuvo que insinuarme nada. Como digo, lo había comprendido todo, incluso antes de que ella me sonriera. Digamos que era el pago por la dosis. En algún desván de mi cerebro, todavía iluminado por el oxígeno, me retumbó la pregunta de si sería así siempre, o si me descontaría parte del sueldo por cada dosis. Y a continuación saltó otra duda, ¿sería la droga una parte del negocio, que hasta ahora no había visto? Sin embargo, ya digo, fue un leve eco al que no presté demasiada atención. Creo que hice mi trabajo como una niña aplicada. Al menos el rostro de Madelaine, tendida exhausta en la cama, así lo reflejaba. Por mi boca circulaba una saliva espesa que hacía que mi lengua se tropezara, con los dientes. Y que me hacía tartamudear levemente. Resultaba graciosa.

Cuando bajé al local —sólo vestida con el tanga negro que llevaba aquella noche—, hacía su entrada en él Ricky. Al contrario que otras veces, me abalancé sobre su cuello. No sé si se percató de que estaba colocada, o ya traía la idea, el caso es que él me respondió viniendo como una flecha a por mí. Mientras me hacía de todo con sus manazas heladas le susurré al oído.
—En la cama de la uno está Madelaine más desnuda que yo, con una raya de coca haciéndole cosquillas entre la nariz y el cerebro y abierta de piernas. Creo que no ha tenido bastante conmigo. Creo que necesita un hombre.
Me reía como una niña traviesa y acariciaba su cabello ensortijado. No hizo falta más. Me alzó a pulso una cuarta del suelo, o casi, y de esa forma ascendimos, me ascendió, raudos hacia allá. Yo me reía como loca, como histérica. A mi alrededor todo giraba. Y los colores tomaban cualidades especiales, casi táctiles diría yo.
Fue una buena noche, aunque el local y yo perdiéramos dinero. No me importó se trataba de disfrutar. Y disfruté.

La mañana siguiente fue otro desastre. Algo fácil de prever, por otro lado. Me percaté de que cada día que pasaba iba descendiendo peldaños, cada vez más sucios y más mohosos, hacía mi absoluta perdición. Y tenía una sensación peor: detrás de mí, sentía los martillazos de cientos de enanos que destrozaban cada uno de los escalones que quedaban a mi espalda, dejándome sólo un muro vertical, por si pretendía ascender nuevamente. Y en mi viaje no llevaba ninguna herramienta que me facilitara la escalas. Por tanto, si quisiera darme la vuelta en algún momento, sería inútil, no podría huir. Cavaba mi tumba. Hasta que me acordé de ti, querido diario.
Por eso, cuando Madelaine me ha dado el día libre, hasta mañana por la noche, he sentido la necesidad imperiosa de volver a cogerte y relatar, al menos estas cosas. No sé por qué intuía que escribirlo podría ali-viarme de algún modo. No sé por qué he creído que tú eres el único elemento que tengo para poder realizar el penoso ascenso, si es que algún día emprendo la escalada.

(Espero, mamá, que después de haber leído todo esto. Si es que has podido llegar hasta aquí, al menos, me tengas algo de lástima. Ahora sí que sé que no puedo caer más abajo. Ahora sé, que no podré incorporarme con un mínimo de normalidad a la vida de ahí fuera, como hubiera sido mi sueño. También espero, mamá, que analices la parte de culpa que tienes en todo esto. Ya sé que tú no me has metido en el club. Ya sé que nadie me mandó salir de casa. Ya sé que la droga no me la proporcionas tú. Ya sé que en casa tendría de todo… Pero, ¿no eres capaz de entender que necesitaba oxígeno? ¿No eres capaz de comprender que mi vida la tenía que vivir yo y no vosotros por mí? ¿No puedes entender que tu estilo de vida es historia? ¿No te das cuenta que tanto odio silencioso hacia mí, me ha machacado? Para lo que estoy viviendo, era mejor que estuviera encerrada en la habitación durante toda la vida. Lo que ocurre, mamá, es que cuando a una le late el corazón con la fuerza y la insistencia del mío, lo más hermoso es sentirse vivo y dueño de cada uno de sus actos).

Estoy, como no podía ser menos, en la cafetería de mi rubio camarero estudiante. Hoy no es un buen día. Demasiado tránsito, sobre todo, desde el Corte Inglés tan próximo. Parece que todo lo que hay en la calle son paquetes voluminosos. Cada persona abulta el doble de lo normal, por lo que la sensación de estar excesivamente apretujados es asfixiante. Debo de ser la única persona que no tiene ningún regalo para nadie.
Imagino que en cada ciudad, en cada pueblo, incluso en este Madrid hostil y demasiado repleto de prisas, comenzarán en pocas horas las cabalgatas de los Reyes Magos. Justo cuando la tarde haya declinado.
¡Cómo me gustaría tener otra vez cinco o seis años! Vería cómo se acercan sus majestades hacia nosotros con una enorme sonrisa bajo sus grandes barbas, mientras nos traen la certeza de los deseos cumplidos un año más. Este día es el que con más ilusión recuerdo de mi infancia. Sin embargo, cuando te enteras de quiénes son de verdad, algo terrible se rompe dentro. A partir de ese día, una comienza a hacerse adulta. Y adulta significará, desde entonces, inexorablemente, perder cada día un poco de inocencia, descubrir que todo lo que produce esperanza y placer es siempre mentira, es siempre vano espejismo, mero trasunto de un cuento de hadas imposible. Desde entonces, nuestra vida, mi vida, está jalonada por infinidad de anhelos y de sueños rotos, hasta que se me rompió, o se me deshizo, entre los dedos el último, la utopía del amor liberador, del amor que conduce a la madurez. Es nuestra vida una flor llena de hermosos pétalos que una gigantesca mano invisible se encarga de ir haciendo desaparecer día a día, con insoportable contumacia, hasta que llega el último…Y ese día, morimos, sin remedio. Aunque nuestro corazón (víscera, músculo al fin), continúe impulsando la sangre que irrigue el resto de nuestras células. Es igual, estaremos muertos, pues al mirarnos adentro, si es que tenemos la valentía suficiente para hacerlo, contemplaremos horrorizados que el último pétalo desapareció la noche en que descubrimos que el amor tampoco existe… O al menos, no existe para nosotros.
¡Cómo me gustaría tener cinco o seis años! Ponerme en la fila junto a los demás niños y, después, quizá aterida de frío, acercarme hasta el rey Melchor. Y que éste, me suba a sus rodillas, y con una sonrisa en los ojos claros y desgastados de mirar a tantos niños, me acaricie el cabello mientras me habla.
—No te preocupes Mila, has sido una niña buena…Tendrás lo que has pedido. Lo único que tienes que hacer es acostarte pronto esta noche y estar profundamente dormida cuando lleguemos nosotros.
Y yo contestaría en un susurro, “Rey Melchor, sólo quiero que me despiertes de esta pesadilla. Quiero amanecer en mi cama, acurrucada junto a mi muñeco de peluche”.
Nadie, sin embargo, se ha percatado de que una joven chica rubia está escribiendo en un negro cuaderno, y mil lágrimas descienden por sus mejillas, acaso demasiado pálidas... Ni siquiera mi querido y rubio camarero estudiante.

(Continuará...)

8 comentarios:

Ángeles Hernández dijo...

Vaya, con lo bien que había empezado añorando la Navidad, los buenos momentos en familia y casi sintiendo un poquito de cariño incluso a su madre. Ya me estaba relamiendo de gusto cuando:

-La nube...

No lo ha tenido fácil, tendría que haber aprovechado las amenazas e incluso el despido o la actuación de la policía con su expediente para volver a casa. Pero claro,eso no se lo permitirán jamás,si lo hubiera intentado habría acabado muerta probablemente, pues el delito de contratar a menores en un prostíbulo es grave.

Que se sienta mal y deprimida es una pequeñísima señal de que no todo está perdido. El placer que busca es simplemente para evadirse de su deseperación y de su odio a sí misma.

Falta mucho para que la novela termine, pero con mucho sufrimiento probablemente, Mila va a acabar saliendo de esta. Vislumbro pequeños respiraderos: el rubio camarero, la gentil hostelera, el afecto y las costumbres familiares, que aunque escasas, añora terriblemente...

Esperaremos, porque hoy, me embarga casi la misma tristeza que a ella.

Saldrá, se escapará, llegará un momento en que será tan maltratada que preferirá arriesgarse a morir y huirá, incluso teniéndolo todo en contra.

Eso espero y deseo

Un abrazo Á

emejota dijo...

Por dio, que penita de criatura. Ya me dijiste que era dura, pero caramba, solo 17 añitos y tanto odio. Qué pena. Un fuerte abrazo.

Leonel dijo...

Este capitulo me ha hecho llorar, no me avergüenzo, lo digo abiertamente, he sentido en las palabras de Mila un grito de ausilio sordo y me estremeció cada vez que decía que había probado la droga y que la había pedido, es como si ella estuviese muriendo... tu lo has transmitido, yo lo sufrí. Este es tu don y lo usas muy bien. Sabes contar historias.
Un abrazo.
Leo

Isolda dijo...

Sí, es un capíulo muy triste y que llena de amargura el corazón. Además, como siempre, nos llevas de la mano por cada uno de los sentimientos de Mila y los hacemos nuestros, lo cual dominas con maestría, querido.
Besos reales, olvidemos por un momento la ficción.

Leonel dijo...

Pido disculpas por una "italianada"que se me escapó, hombre que se escribe auxilio... sé que me perdonaréis por esa mezcla de idiomas.
Un abrazo.
Leo

Flamenco Rojo dijo...

¿Por qué la Navidad ablanda los corazones?...Mila siente lastima por lo que supone que estará sufriendo la madre con su desaparición…y hasta el odio que por ella siente se va diluyendo…

Capítulo impresionante el de hoy y que si tu quisieras, Amando, podría perfectamente colgarlo en otro lugar como un entrada más…tiene sentido por sí solo. Triste, pero es un cuento de Navidad.

Un abrazo.

Marina Fligueira dijo...

Excelente capítulo este: que rato más agradable he pasado leyendo.
Siento pena por el deterioro de su capaciad.
La pobre Mila, va perdiendo la fuerza de vulutad para rechazar la droga, parece que cae en picado...

Aunque, en su mente hay algunos "putos"... A su favor... que no los nombro porque ya están dichos en otros comentarios; pensamientos que aún puede, que el milagro se produzca.

Aún hay alguna esperanza... Como para que un día empuje la puerta y se large.
Amando, fue un placer esta lectura, mi enhorabena.
Un abrazo para todos y ser muy felices.

Ana J. dijo...

GUAU!!!!
Retomo mi lectura de esta novela y me encuentro este capítulo INMENSO.
Me has dejado boquiabierta, angustiada y maravillada a un tiempo.
He disfrutado y he sufrido a un tiempo con este capítulo.
Me voy, que tengo mucho que leer aún.
Besos