Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

jueves, 14 de octubre de 2010

Fin de Trayecto. Parte primera. Capítulo 13

Jueves, veintiocho de julio de 1988.
Mediodía.

Soy feliz. Quedan pocas horas para salir de la cárcel a la que he sido condenada por el delito de nacer en esta familia. Tenían que prohibir a algunos seres engendrar hijos. Siento cómo una mano invisible afloja lentamente las cadenas opresoras. sobrevuelo el lugar donde vivo. Me siento como las cigüeñas, cuando están a punto de abandonar el nido. Tal y como sucede ahora, si mirara las torres de las iglesias que siluetean Euritmia.

Ya he comprado lencería, no mucha, claro. Cuando me he probado los sujetadores, mamá me miraba como si descubriera que ya no soy niña. He demorado las pruebas más de lo habitual, para que comprobara con exactitud, hasta dónde he desarrollado. Miraba y callaba, un poco azorada. Por si no estaba claro, he acentuado los gestos que subrayan que soy una mujer. No ha hablado hasta que hemos abandonado la tienda, y ha sido para sermonearme, como siempre; para recordarme que el exterior está lleno de peligros, y de hombres libidinosos que acechan a las castas y puras jóvenes para que pierdan lo que no se debe de perder, “Hasta la noche del día en que te cases con el hombre que te corresponda. Un hombre digno de la posición de tu apellido”. Ha continuado, como si nada. Yo estaba a punto de explotar.
— Mila, ten mucho cuidado. He visto que no eres una niña, ni siquiera una jovencita. Eres una auténtica mujer. Y no puedes negar tu procedencia...
Interrumpí, cargando mis palabras de todo el efecto que quería
— ¿Ya salías con papá?
Me miró como si no me entendiera.
— Quiero decir, que si con mi edad, ya salías con papá
— No vuelvas con eso—. Le dolía reconocer que ella fue joven y tuvo las ansias que ahora tengo—.Te repito que eran otros tiempos. Es verdad — trataba, acaso por vez primera, de ser algo condescendiente —, que has crecido y me imagino los sentimientos que rondan por tu cabeza, y, sobre todo, por el corazón, pero hazme caso: la vida ha cambiado. Antes éramos más responsables, teníamos más respeto, más dignidad. Madurábamos antes.
— Mamá, eso son tonterías. Lo que ocurre es que, mientras la vida sea vida, los padres pensarán de sus hijos que son bebés a los que deben de proteger ante cualquier situación. Crecer no sólo nos hace mayores a los que crecemos, si no a los que nos veis.
— ¡Qué cabeza tienes!—. Suspiraba, acaso con resignación —. Está visto que no se puede contigo.

Sigue haciendo un calor loco.
Esta tarde te llevaré una maleta, siento que la puerta se abre. ¡Qué pronto la franquearé...!
(Continuará)

martes, 12 de octubre de 2010

Fin de Trayecto. Parte primera. Capítulo 12.

Jueves, veintiocho de julio de 1988.
Madrugada
.

Como siga a este ritmo, necesitaré las vacaciones para dormir. Es tal el estado de excitación que tengo, que no hago otra cosa que no sea llenar tus páginas, querido diario. Cada vez que la casa queda en silencio, es lo más práctico que se me ocurre. Lo único para lo que mi corazón tiene deseos. Es el mejor sedante que me queda. El único.
Mamá ha estado espléndida esta tarde. No sé cómo habremos dejado la economía familiar, pero todo sea por la causa. ¡Si ella supiera!
(En realidad no me lo quiero ni imaginar. Podría salir bastante damnificada).
Durante unos segundos, me han entrado remordimientos de conciencia. Pero, automáticamente, me han venido a la cabeza los motivos por los que me encuentro en esta situación, el estallido de la bofetada en mi rostro, el eco del insulto, y cualquier rubor por lo que haga ha huido despavorido. Me lo he tomado como cobro a cuenta por todo lo que sufriré.

No es la primera vez que lo escribo. Soy reiterativa, pero tengo la intuición, la terrible intuición, de que emprendo un camino sin retorno, y, además, este camino estará jalonado de grandes sufrimientos. Pero, por más que sufra, será difícil que lo pase peor. Creo, si soy razonable, que ese futuro de sufrimiento lo recorreré en solitario. Supongo que Joaquín me dejará. No aguantará los quince días. Pobrecito mío, le pido demasiado.

Mamá ha aceptado que lleve algún bikini, alguna minifalda, y algún vestido con escote pronunciado. Con insinuarle la ropa que llevaría Laura ha sido suficiente. Pero no ha dejado de reconvenirme.
— No te descuides, Mila. Unas vacaciones pueden ser peligrosas.
— Mamá, deja de pegarme la paliza. Si no voy sola. Voy con Laura y su familia. Ya te he demostrado que soy capaz de cuidarme—. La he mirado con intención —. Además, no estoy ahora para hombres.
— Menos mal que dices eso...Ves, lo mejor es obedecer a tus padres. Si no fueras tan cabezota, hija, nos habríamos ahorrado un disgusto...
La he mirado con ojos neutros, casi piscícolas. “Si tu supieras, dictadora. Si tú supieras la que te estoy jugando. Total, lo que más me apetece es hacerte daño, haceros daño a ti y al abuelo.... Aunque me pegue el bofetón yo también”, pensaba mientras colocaba una sonrisa inexpresiva y bobalicona, vacía y neutra, de cara a la galería, como las de papá.
Miro satisfecha al armario. Ahí están: dos vestidos, tres blusas, tres faldas, dos bañadores, unas zapatillas deportivas para el tenis, shorts, tres suéteres y un par de pantalones pitillo, que me quedan de fábula, marcando el contorno de la pierna. A Joaquín le encantarán. Eso, y algunas cosas de lo que tengo, que, según mamá, valen. Prepararé buena maleta. Sólo falta algo de ropa interior. Mañana la compraremos. No tendré libertad de elegir cosas atractivas; esperemos que Joaquín no sea exigente en esto. Aunque me imagino que intentará, quitármela, no que me quede con ella.

Parece que estoy preparando el ajuar antes de casarme. No sé qué sentirán las novias antes de la boda, pero no será muy distinto de lo que siento ahora. Sobre todo, la ilusión, por algo que empieza. Algo de lo eres la dueña, algo que no depende de lo que digan tus mayores. Como cuando el barco está definitivamente en alta mar, una vez abandonado el abrigo del puerto.
Me siento plena, optimista, llena de vitalidad, con ansias de que llegue el sábado y desaparecer de esta cárcel. Por fin, seré persona, y dejaré de ser borrega sin pensamiento, ni voluntad. Se acordarán.
Pocas horas me quedan de teatro. Hasta el abuelo ha repasado sus razones y me ha hecho asentir ante sus preguntas sobre quién tenía y quién no tenía razón la otra noche. Ha dicho, casi, las mismas palabras que mamá esta tarde. Ha recordado mi cabezotonería. Yo, mientras, ponía mirada vacuna, asnal; pero mi espíritu revoloteaba, golondrina fuera de estos muros odiados.

Espero no equivocarme con Joaquín, espero enamorarlo y salir adelante en nuestro destino, sino, no sé qué haré en este nido de víboras. O acaso, todo lo que está pasando en estos instantes, impide mi vuelta, pase lo que pase con Joaquín...
Todavía no sé dónde acabaremos. Tengo metido en mi cabeza que será en Madrid, pues allí es fácil diluirse y pasar desapercibidos. No será difícil que pasen once meses. Cuando tenga dieciocho años, no podrán hacer nada contra mí, al menos oficialmente.

Me he vuelto a probar el vestido rosa que me he comprado. Acabo de bailar un vals imaginario por la habitación, abrazada al recuerdo de Joaquín, que parecía tan real como cada tarde. Me he contemplado en el espejo oblongo del dormitorio; me queda estupendamente. Cuando me vista con él, o no llevo sujetador o tendré que comprar uno sin tirantes. Lo raro es que mamá no se haya dado cuenta. A Joaquín le gustará más que no lleve sujetador, así que no diré nada. No la líe a última hora y mamá lo descambie.

Estoy desnuda, completamente desnuda. Me he contemplado despacio. Me imagino lo que pensará Joaquín cuando me vea así. Supongo que vendrá a por mí. Espero que no sea muy doloroso, como dicen. Si es como cuenta Laura, debe ser un mal trago. Siento un fuego por dentro que me arde. Mi cabeza se viaja veloz a su cuerpo, intuido aún; recuerdo, como si fueran presente continuo, las caricias medio robadas. A mi mano no le queda más remedio que asentarse en mi pubis negro y rizado.
Debo acostarme. Si no, no dormiré nada. Necesito estar descansada en estos días.
(Continuará...)

sábado, 9 de octubre de 2010

Fin de Trayecto. Parte primera. Capítulo 11.

Miércoles, veintisiete de julio de 1988.
Mediodía.

El consejo familiar ha fallado positivamente para mis intereses. Mamá me ha dicho que esta tarde nos iremos de compras, “No puedes ir con la ropa que tienes”, ha remachado.
Me he mostrado más dócil que nunca y le he comentado que no era necesario, que total para quince días tengo ropa suficiente y que nos vamos a estar la mayoría del tiempo en la playa y jugando al tenis.
—Mila, te hace falta ropa y punto. ¿Entendido? ¡Qué chica, siempre llevando la contraria! O es que no ves lo que van a pensar los padres de Laura. Si vas, con todas las consecuencias, si no, te quedas en casa y en paz.
He sonreído, y me he sentido un poco víbora. En fin, qué se va a hacer. De padres gatos, hijos mininos.

En el primer hueco que he tenido, he llamado a Joaquín para resumirle el estado de la cuestión y he quedado para mañana, en principio, con él. Le he notado nervioso, como si le asustara la situación en que le meto.
—No seas tonto—, le he dicho. Con la voz lo más sensual que he podido imitar de las películas, y que he encontrado en mi registro, le he preguntado— ¿No te apetece estar quince días disfrutando de tu gatita?
Lo de gatita lo he dicho como si quisiera decir amante. ¿o es lo que realmente he dicho? He quedado en que el sábado deberíamos largarnos. Me ha dicho que no llevara mucho equipaje. Le he contestado que no me queda más remedio que cargar con bastante.
—Al fin y al cabo, me voy de vacaciones con Laura, o ¿se te ha olvidado bonito?
Nos hemos reído de buena gana. Se acercaba nuestra hora. Se acerca la hora definitiva de mi libertad.

(Continuará...)

jueves, 7 de octubre de 2010

Fin de Trayecto. Parte primera. Capítulo 10.

Miércoles, veintisiete de julio de 1988.
Madrugada.
Otra vez llega la madrugada. Otra vez, y por fin, la oscuridad y el silencio de la noche se convierten en mis aliados más seguros. El sueño de los demás es la gran muralla defensiva que necesitan mis sentimientos, mis ansias, mis anhelos para huir de mis entrañas, sin ruido, e instalarse en las hojas de mi corazón extracorpóreo con pastas de hule negro y brillante.

He trazado un plan. Me parece maquiavélico y rebuscado. No me queda más remedio. (Es increíble como funciona la mente del ser humano cuando se coloca en una situación límite). Aunque ahora me repugna y me asusta un poco (al fin y al cabo esta es la hora de la sinceridad), es la única oportunidad que encuentro para engatusar a Joaquín y huir de casa con el tiempo suficiente para que no me pillen a la vuelta de la esquina. Alguien dijo que en la guerra y el amor valen todas las armas, espero que en una guerra empezada por amor, así sea. Yo utilizo las mías. No sé si son muy lícitas, pero son de las únicas que dispongo. O eso creo.
Lo primero era el apoyo de Laura. No me ha fallado... Laura es mi mejor amiga. Creo que lo he dicho, querido diario. Es la única que, desde niña, conoce cada uno de mis sentimientos. Y yo los suyos. Sé antes que nadie cuándo se enamora, cuándo se desenamora, cuánto sufre por una causa aparentemente perdida, cuánto se alegra con los éxitos de sus amigas y amigos. Sé lo que le emociona una puesta de sol. Sé cuánto le duele la bajada de la regla. Sé cada detalle, de la primera vez que lo hizo. No fue en la ciudad, pero eso es otra historia que aquí no pinta nada. (Desvarío).
Laura va cada año en agosto a la costa cantábrica, a Asturias* para ser concretos, con sus padres que tienen un chalet. Su familia es desconocida para la mía, lo que supone, en principio, que no llamarán a mis padres, ni mis padres les llamarán ellos, al menos al buen tuntún, y al principio. En mi familia, el undécimo mandamiento es quedar bien ante extraños, y el duodécimo no molestar a vecinos, conocidos y a quienes puedas sacar algún provecho, aunque sea mínimo.
Es la gran mentira. Tiemblo sólo de pensarlo; casi no soy capaz de ni de escribirlo. ¡Menos mal que no me gusta mentir!
En fin, le he dicho a Laura que necesito a toda costa que llame a mis padres para pedirles que me dejen ir con ella de vacaciones, por lo menos quince días. Como estoy absolutamente convencida de que a ella no le van a responder ni directa ni inmediatamente, no la coloco en situación de engañar a mis padres. Seré yo la que les engañe.
Le he contado la situación en la que estoy. No le he ahorrado ningún detalle. (Se lo merece, pues tantas veces he sido yo su confidente, que por una vez no está mal. Y además he pensado que era bueno que otra persona lo oyera. Quizá yo esté demasiado obcecada). Y le he pedido que me haga ese favor. Incluso le puede decir a mi madre, en secreto, que lo estoy pasando mal, que el castigo que me han impuesto ha hecho que Joaquín se haya puesto nervioso y que le he comentado a mi novio que necesito tiempo para pensarme mi relación con él. Otra mentira más dentro de la gran mentira.
—Es más —le he sugerido—, puedes decirles que he visto en estos dos últimos días alguna reacción de Joaquín que me hace sospechar que ellos tienen razón. Pero, les dices: “Eso no se lo comenten ustedes a ella, porque ya saben como es Mila, la cabeza tan dura que tiene. No dará su brazo a torcer, al menos tan fácilmente”.
A mamá, después de escuchar algo así, le brillarán los ojos de alegría y el corazón le empezará a botar. Verá los cielos abiertos. Acaso se lo tome como una convalecencia que me sanará completamente de mi enfermedad, llamada “joaquinitis aguda”. Sin embargo, no dirá nada. Contestará que lo hablará primero con papá y luego conmigo. Mentira, claro (en el fondo todo es mentira en esta casa), se lo dirá al abuelo y, probablemente, me concedan una semana, diez días a lo sumo. Le preguntará a Laura, así como por cortesía que cuándo saldrían y que adónde es el chalet, por si acaso tienen que llamar, si pasara algo. Ante tal posibilidad, he aleccionado a Laura para que le diga, sin darle importancia, que no se acuerda muy bien del número en ese instante, porque como sólo se utiliza una vez al año le cuesta memorizarlo**, y que no tiene a mano la libreta.
—Y le dices —continué, mientras le sonreía—, como disculpa: “No se preocupe, en cuanto que Mila sepa si va o no va se lo daré a ella”. Y dándole las gracias le cuelgas el teléfono. Mi madre es muy capaz hasta de que le digas los metros cuadrados de la casa” —. Me he vuelto a poner muy seria —. Laura, lo demás no te lo cuento. Prefiero que seas ajena a lo que estoy tramando. Sé que tienes que darme el número de teléfono y yo dárselo a ella. Intentaré, incluso llamar en alguna ocasión para despistar y ganar tiempo. Cuando llame ella, que lo hará, no lo dudes, le dices la verdad... Más o menos... Tampoco tires piedras contra tu tejado. Le dices que yo te había dicho que me dejaban ir con vosotros, pero que a última hora te llamé diciéndote que había habido unos contratiempos imposibles de resolver, por lo que anulaba mis vacaciones. Algo así.
Laura me ha mirado bastante asustada.
—Te arriesgas demasiado. No merece la pena. Me da la impresión de que te la estás jugando. Ningún tío, y menos Joaquín, merece algo así.
No era la primera vez que, cuando salía Joaquín a colación, sus comentarios fueran tan ácidos.
—Laura, no te metas con él. Hasta ahora Joaquín no se ha pasado conmigo. Además, te lo digo en serio, Joaquín es una excusa... No aguanto más la madriguera en la que vivo. Si no estuviera enamorada, o lo que sea esto, pues quizá aguantara un año más, quién sabe, podría, incluso probar con la universidad, pero te juro que la atmósfera es irrespirable.
— Bueno, vamos a dejar esa cuestión. Al fin y al cabo eres mayorcita. Sabrás lo que haces, digo yo... A lo que vamos... A mí no me importa hacer de tapadera y darte tiempo; pero a mis padres no les tiene que pillar el toro. Eso sería injusto con ellos, ¿no te parece? Es mejor que yo se lo cuente como si fueras a venir de verdad. O sea que oficialmente te estoy invitando a que vengas con nosotros de vacaciones. Luego, el viernes por la tarde, a última hora, o cuando quieras, pues creo que salimos el sábado de madrugada, llama a casa, mejor, incluso, cuando no esté yo, para que les digas a ellos los contratiempos de última hora. Así, si por un casual, cuando llamen tus padres a casa, no hablo con ellos, mis padres sabrán qué decir y quedan fuera de toda nuestra historia, ¿qué te parece?
— Tienes razón —. Asentí aliviada, aquella sugerencia mejoraba sustancialmente mi plan—. Es lo justo... El viernes llamo a tu casa para decir que no puedo ir de vacaciones con vosotros... En fin, espero que todo me salga bien. Creo que les podré despistar una semana.... Bueno, eso respecto de mis padres, pero queda Joaquín en esta historia.
— Ya me parecía a mí que era todo demasiado simple.
— Mira Laura, estás un poco borde con Joaquín — sonreí con amargura, supongo —, ni que te lo quisieras ligar tú. Al fin y al cabo es mi novio, ¿no? Si no me quieres ayudar pues lo dices y en paz. Ya me buscaré la vida.
— Vale, vale, tranquilízate... ¿Cómo no te voy a querer ayudar? En fin, soy toda oídos.
Respiré hondo, muy hondo. Tragué saliva. Estoy demasiado excitada. Cualquier cosa me altera.
— Perdona, chica, pero es que estoy tan nerviosa. Le contaré a Joaquín la verdad, casi toda. Le diré que he pensado irme de vacaciones con él durante el mes de agosto, pero como en casa no me dejan a penas moverme, tengo la coartada tuya. Le contaré que nos hemos inventado que la cosa entre él y yo está un poco chunga y por eso me doy el piro. Necesito que tú se lo confirmes punto por punto. Sólo es eso, tía, hazlo, por los buenos tiempos.
Me ha mirado a los ojos. Creo que una lágrima (Laura es de lágrima fácil) ha pretendido brotar, pero ha logrado contenerla a última hora.
— No te preocupes — me ha dicho —. Pero, ¿y si Joaquín no accede a irse contigo?
No había pensado en tal cosa, la verdad. Siempre he dado por supuesto que se querría ir conmigo, pero una escapada con una menor, por muchas coartadas que tenga y, por mucho que me quiera, no deja de ser un riesgo para él. Contesté con alegría.
— Pues se lo pierde. De todas maneras me largaré. A lo mejor aprovecho la treta y me largo con vosotros. No me vendrá mal en ningún caso.
— Ojalá que no se atreva a irse contigo. Nos lo íbamos a pasar guay. Si supieras los amigos que tengo por Asturias...
De pronto, se puso seria. Tomó aire, un aire denso y caliente a esa hora temprana de la tarde. Era un difícil momento para ella. No encontraba las palabras.
— Escúchame atentamente, por favor... Es la única y la última vez que te lo digo. Después de que te cuente esto, te juro que jamás volveré a hablar mal de tu novio..., en tu presencia —. Nuevamente hizo una pausa. Sopesaba las palabras. La animé con la mirada —. Te juro que ni he estado, ni estoy, ni voy a estar enamorada nunca de Joaquín. Si te lo digo con tanta seguridad es porque le he visto con otras chicas actuar como lo hace contigo y, después, las ha dejado tiradas y aplastadas como una colilla. Sé que el amor es ciego. Sé que tiene manos de oro, y que os pone calientes a todas —. Le he mandado una mirada de aversión, acaso demasiado profunda —. No me mires así, coño. Te repito que no te lo digo por experiencia propia. Simplemente me lo han comentado. Al final, sois todas una muesca en su revólver, en su historial de ligues. Espero equivocarme. Deseo, y no sabes cómo, que se haya enamorado de ti y no te deje tirada cuando se canse de tu cuerpo...—. Paró un momento. Fue en realidad para tomar impulso. Como cuando uno se lanza de cabeza al agua desde un trampolín —. Supongo que habrás calibrado bien lo que haces. Si te largas de vacaciones con Joaquín, tendrás que follar con él. Perdona la expresión, pero vamos a dejarnos de tonterías y circunloquios del idioma. El español es muy sabio. Lo de hacer el amor es una traducción mala del inglés que son unos puritanos. Amor es otra cosa, no sólo sexo. Con un tío, en la cama, en el coche, o en el pajar, se folla, por si no lo sabes. Si estás enamorada de él, mejor, claro. Tiene más sentido.
Me puse nuevamente nerviosa.
— Laura no hace falta que seas tan expresiva, ni reiterativa. Lo has dicho un par de veces. Pues vale.
— A lo que iba. Cuando lo hagas con él unas cuantas veces, te dejará ¿Te gusta más así?. A los tíos qué más les da.
— Laura, tengo una ventaja sobre las otras: se está acostumbrando a mí. ¿Sabes?, no he dicho que sí a la primera de cambio y eso me ha dado sus frutos. Gracias por los consejos. Pero últimamente no aguanto ninguno.
La he mirado directamente a sus ojos, y con la mirada más ilusionante que recordaba le he espetado
— Además, lo estoy deseando. Me he cansado de tanta pamplina. Total, disfrutaremos los dos.
— Ya está Mila, te he dicho lo que te tenía que decir... Se acabó... Desde ahora, Joaquín, para mí es un dechado de virtudes mientras no se demuestre lo contrario. Al fin y al cabo, eres su novia. Así que Joaquín será, desde ahora, el novio de mi mejor amiga.
Nos hemos aferrado las manos en un gesto de cariño que me hacía falta. Podía contar con ella para lo que fuera, y eso era de mucho valor, al menos para mí.

Después, he estado con Joaquín. Le he contado todo. Le he dicho que tengo unas ganas locas de estar unos días con él a solas. Me ha mirado al principio como alucinado.
— ¿Qué vamos a hacer con tus padres?
Y le he contado, punto por punto, lo que había planeado. Al final casi me lo creía hasta yo. Pobre infeliz. Si supiera que realmente lo que pretendo es largarme, pero largarme definitivamente. Primero le engancho y luego, cuando ya le tenga como un corderillo, sin la posible influencia de sus amigos, le cuento toda la verdad. Después ya veremos.

He regresado más temprano a casa. Esto también forma parte del plan. Se trata de dar credibilidad a la llamada de Laura. Me he acercado a mamá como muy mustia, muy compungida, muy abatida... Como un cachorrillo se acerca a su madre después de haber hecho alguna travesura que sabía positivamente no debía hacer.
— ¿Puedo hablar contigo, mamá?
— Di.
Ante la sequedad de su respuesta, he tragado saliva. Qué difícil se hace interpretar con esta mujer.
— Verás, con este horario nuevo que me habéis puesto...
— No sigas por ahí. No te lo vamos a suavizar.
No comprendo como aguanto ni un sólo minuto más este ambiente que asfixia. Ni había levantado la mirada de la labor que hacía.
— No, si no es eso, mamá —. Estoy empezando a conseguir logros importantes en el arte de la interpretación, pues la rabia, incluso el asco me carcomía profundamente, y, sin embargo, no ha traslucido lo más mínimo —.Verás, resulta que a Joaquín no le parece bien, y dice que para este plan mejor lo dejamos. O nos lo pensamos.
— ¿Y ese es tu novio? ¿Así es como actúan los novios de hoy en día?
Se ha convertido, como si mis palabras hubieran sido el conjuro del mejor mago de la historia, en una madre amantísima y cariñosa, casi meliflua. Sus palabras y su tono se han dulcificado. Casi me arrullaban, como cuando era un bebé, supongo. Se sentía triunfadora. De su pecho brotó un hondo suspiro de satisfacción, a la vez que de alivio.
— ¿Ves tontina? Si ya te lo decíamos tu abuelo y yo: cada cosa a su tiempo. Hoy en día hay mucho cara dura suelto por ahí, sin oficio ni beneficio. Que sólo busca, lo que busca. Ves, tanto meterte con el pobre abuelo, y mira qué razón tenía... Espero que no hayas hecho ninguna locura...
He vuelto a tragar saliva. He bajado la cabeza. Era imposible controlar la mirada. Necesitaba contar hasta cien, por lo menos.
— Lo sé mamá. Pero es que hay otra cosa: necesito pensar. Mira, el sábado se va Laura de vacaciones con su familia, al chalet que tienen en Asturias. ¿Me dejarías ir con ellos?
— ¿Qué dices, niña? De eso nada. Pero, ¿cuándo se ha visto tal cosa? ¿Qué opinará su familia? Además, nosotros no podemos devolver la invitación, al menos por el momento.
— Mamá, lo estoy pasando muy mal, necesito alejarme unos días para pensar mejor.
En esos instantes ha sonado el teléfono. Si hubiéramos planeado todo con cronómetro en mano, no hubiera salido tan perfecto. Lo cierto es que Laura lo ha hecho mejor de lo que estaba previsto. Pensé: “La imaginación al poder”. Ha sido su madre la que ha hablado con la mía. Por lo que he entendido de la conversación Laura ha vendido estas vacaciones a su familia como una necesidad suya de estar conmigo, más que al revés.
— S í— decía mi madre —. Me lo estaba comentando ahora mismo la niña. Lo que pasa es que no me gustaría que les causara trastornos.
Como siempre, mi madre quedando bien. En ese momento mordió el anzuelo. Era difícil pensar que dos mocosas se la estuvieran jugando. Lo sentía por la madre de Laura, que sin saberlo era un cebo perfecto.
— Bueno si es así, podría ir con ustedes una semana.
Eso era demasiado poco. Necesitaba más.
Empecé a retorcerme con avidez las manos. Este gesto es común a mamá y a mí, por eso sé cuándo empieza a estar nerviosa. He deducido que Laura estaba pegada al lado de su madre.
— Bueno — dijo mamá —, quince días. Pero no más, porque una cosa es que a las niñas les apetezca estar juntas, y otra, abusar de su confianza.
Le volvieron a cortar.
— De acuerdo...Sí...Ya, pero de todas maneras lo tengo que consultar con mi marido no sea que tengamos algún problema. Verá nosotros también queríamos salir este año —. Mentía descaradamente, pero se trataba de continuar manteniendo la imagen —. A lo mejor mi marido no ve con buenos ojos, ya que nosotros no podemos llevarnos a Laura este año.
Mi madre a lo suyo. Su cabeza había deducido que debería corresponder con el favor. Pero la madre de Laura le debió indicar que este año Laura quería pasar el mes entero en Asturias, luego ya se vería.
Así han quedado. El afán que tiene mi madre de quedar un escalón por encima ha sido determinante. Y esta vez la gran beneficiada soy yo.
Existe, sin embargo, una sombra, y es que después de mi llamada, ella intente convencer a mis padres el mismo viernes, incluso el sábado. Así que tengo que inventarme una buena excusa.
En la razón que me inventé para no salir a Asturias no deben aparecer mis padres por ningún sitio. Debe ser algo muy personal. ¿Tendré que decirle algo parecido a la verdad?
Lo importante es que dispongo quince días. Quince días para que luego en casa no me puedan encontrar. Quince días para terminar de enamorar a Joaquín. ¡Ojalá que Laura se equivoque respecto de él!
Aunque si soy sincera, todo lo que me dijo Laura ya lo sabía...Y no sé si me importa, aunque me asusta. Él tiene experiencia y yo soy tan novata. Sé positivamente que la primera noche que pasemos fuera de aquí, o sea la madrugada del sábado al domingo, me acostaré con él y eso me asusta. ¿No estaré yendo demasiado deprisa?

Tengo que preparar el equipaje. Espero que mañana mamá me compre algo de ropa. Al fin y al cabo, tengo que quedar bien con la familia de Laura. Se trata de que comprueben la magnífica procedencia de mi familia.
¡Qué todo salga bien! Siento, Joaquín, no actuar con claridad contigo, pero sé que de hacerlo así, te negarías en rotundo. Y necesito salir de este agobio.
_________________________

* La referencia a Asturias no es actual. Desde el primer borrador de la novela, elegí el Principado. No sé por qué... ¿Quizá en alguna parte del subconsciente sabría que acabaría tan enalzado a esa hermosísima tierra...? (N del A).
** Recuerdo que en 1988 no existían aún los teléfonos móviles.
(Continuará...)

martes, 5 de octubre de 2010

Fin de Trayecto. Parte primera. Capítulo 09

Martes, veintiséis de julio de 1988.
Mediodía.

Mi cabeza parece una ruleta, o aspa de molino girando enloquecida en pleno vendaval. Me es imposible pensar en otra cosa que no sea huir de esta cárcel.
Sin embargo, me da miedo. Miedo que no es sólo una sensación, sino casi un objeto palpable, que casi se torna, por minutos, ente físico y tangible.
Me quedan pocos días para que Joaquín comience sus vacaciones de agosto. Cinco días. Debo convencerlo. Debo extender toda mi artillería, todas mi persuasión. Debo actuar como una pantera ante una presa advertida.
Desde fuera parecerá insensato. Tirarse al vacío sin red no tiene mucha explicación, ni siquiera en el circo. Pero no veo más allá. No puedo continuar en esta situación de desesperación por mucho tiempo. Aunque Joaquín me intente convencer de que un año se pasa pronto. “Total en el próximo verano, a estas alturas, habrás cumplido los dieciocho años, todo será más fácil”. Y mientras lo asegura, su brazo protege mi espalda. Aunque me jure que a él no le importa. Sé que sí le importa. Sé que, de esta forma, él se cansará antes de mí. Aparecerá otra que le facilitará las cosas y, entonces, adiós. Y no estoy dispuesta.
Está decidido. Me largo. Si en el mes de agosto las cosas no funcionan, y no encontramos un trabajo, nos volvemos y me atendré a las consecuencias. Aunque pensar lo que puede ocurrirme en los once meses que me faltarán para llegar a la mayoría de edad, me produce angustia.
Lo más probable es que esta salida sea sin retorno, sea definitiva. Prefiero pasar apuros materiales, que continuar en esta prisión que me asfixia.

Ahora más que nunca te necesito, diario. Ahora más que nunca eres el espejo fiel de mi alma. Sin ti, acaso, esto sería más difícil, quizá implanteable. Necesito de un confidente silencioso, que permita que saque de mis entrañas la ansiedad que amenaza con corroerme.

Miro al calendario y veo que el día 31 de julio es domingo, con lo cual la escapada se puede adelantar al sábado. Veremos lo que dice Joaquín.
(Continuará...)

sábado, 2 de octubre de 2010

Fin de Trayecto. Parte primera. Capítulo 08

Martes, veintiséis de julio de 1988.
Madrugada.

Por fin me decidí a abandonar el encierro de mi habitación y bajé a la hora de comer. Parece que el alimento no me lo han retirado.
Sólo se escuchó el golpeteo rítmico y anodino de los cubiertos contra la vajilla. Ni levanté la vista. En ningún momento, he querido ver los ojos de ninguno de ellos. Dudé si encararlos, no fueran a pensar que estaba asustada, pero preferí ser prudente, no fuera a ser todavía peor, si veían, sobre todo el abuelo, que no me asustaba lo más mínimo.
Mamá no ha dormido en toda la noche, fijo. A pesar de todo lo que he escrito de ella, seguro que la bofetada (y más aún el insulto), aunque no se la perdono, le ha hecho más daño que a mí. El abuelo estará rumiando planes para deshacerse de Joaquín. Habrán pensado seguir mis pasos uno a uno.
Al acabar el funeral/comida, el abuelo me comunicó, con el tono de voz que utiliza cuando lo que dice es total y absolutamente indiscutible:
— A partir de hoy, estarás en casa a las diez de la noche.
— Ya veremos—. Musité sin alzar la cabeza.
— No lo voy repetir, ¿entendido? Y mucho ojo con no obedecer, que te puedes quedar encerrada en casa el resto del verano. Tú verás.
Mi corazón es como la tierra reseca de este verano. Sólo mis lágrimas lo riegan, no sé si es bueno, el caso es que yo misma me nutro de tristeza y de angustia. Sólo tristeza y angustia. Si continúo así, el corazón se me agostará.
He visto esta tarde a Joaquín y le he contado lo que sucedía. Ha sido un triste monólogo repleto de angustia y lágrimas. Joaquín escuchaba. Por la expresión de su cara, he adivinado que no daba crédito a lo que oía. Ahora, además, también me invade otro miedo, pues lo mismo se asusta de la situación en la que le puedo meter. Me imagino que lo único que querrá será pasarlo bien con una chica. Por mucho que me quiera, buscará tranquilidad, paz, sosiego para su vida (lo cual es lo lógico y lo coherente, claro), y no la batalla campal que le ofrezco como expectativa.
Me ha consolado. Ha dicho que lo entiende, que no hay prisa. Supone que en poco tiempo se darán cuenta de que no es un vivales y que va con intenciones serias. Ha dicho algo así como que la tempestad amainará pronto.
He agradecido infinito su comprensión. Incluso, le he dicho que si él me lo pide llegaría tarde esta noche, bueno tarde, más tarde de las diez. Se ha negado en rotundo. Cree, y no le falta razón, que ahora es bueno que muestre cierta docilidad. “Así cogerán confianza”, ha sentenciado.
De todas maneras, tendrá las vacaciones en unos días y buscaremos la forma de hacer las cosas bien, aunque no estoy convencida.
Ante el silencio de la noche, como un espectro negro que cabalga hacia mis entrañas, escucho una voz en mi interior que me invoca a la sublevación. Una voz que pretende que rompa con cualquier ligadura. Una voz que indica cuál es el camino de la libertad y la felicidad, aunque sea doloroso
¿La felicidad?
Bonita palabra. ¿Existirá? Si existiera, ¿será de este mundo? Si fuere de este mundo, ¿será para mí? Me da la impresión de que tengo que ser valiente y lanzarme por la pendiente que se me presenta peligrosa, pero atractiva. ¿Atractiva, o única alternativa si no quiero enterrarme en vida?

Necesito dormir. Lo contrario, sería cederle terreno al enemigo. Necesito mis dotes al máximo. Están suficientemente mermadas por el desasosiego y la angustia, como para que el sueño las termine por paralizar. No les daré ese gusto. Que se preparen, la guerra no ha hecho más que empezar.
Continuará...

jueves, 30 de septiembre de 2010

Fin de Trayecto. Parte primera. Capítulo 07

Lunes, veinticinco de julio de 1988.
Mediodía.

Como era de suponer, las pocas horas que he dormido han estado plagadas de pesadillas y de llanto.
No me acuerdo de nada de lo que me ha alterado el sueño. Sólo sé que la madrugada, el final de la madrugada, ha sido una pelea con alguien. Ahora sería divertido inventarme algún sueño raro y escribirlo, sin embargo no sería honesto.
Desde el primer día, sólo escribiré cosas ciertas en este diario, o, al menos las cosas como yo las vea, las sienta, las viva, o sea, verdaderas para mí. Es lo más próximo que conozco a la objetividad. No quiere decir que todo lo que me ocurra lo ponga por escrito. Al menos no es mi intención.
En la casa hay tensión. Nadie se ha molestado en dirigirme la palabra, salvo Marc que ha llamado a la puerta de la habitación.
Lo he abierto, después de ponerme una camiseta, pues por culpa de este calor estaba casi desnuda. Me ha preguntado cómo me encontraba y si no bajaría a desayunar.
Le he dicho que bajaría un poco más tarde.
Me ha preguntado si quería que le dijera algo a Joaquín. Me ha emocionado su solidaridad, sin embargo, le he prohibido tajantemente que lo intentara. Él no tiene nada que ver con todo el lío de anoche y mejor que no se meta. Ya le explicaré por la tarde.
No he bajado a desayunar. No me ha apetecido.
Mi cabeza da vueltas a mil cosas. He estado sentada sobre la cama. He pensado en todo lo que ha sucedido, y no sólo en lo de ayer, sino en todo lo que ha sido mi vida desde que puedo recordar, y más que recordar, comprender: los golpes que me han propinado el abuelo y mamá, lo mismo que a mis hermanos, sobre todo a Marc. Pedro, como es el pequeño, es el niño mimado de la casa. Desde hacía unos cuantos años nadie me pegaba.
La bofetada de anoche (y el insulto) va a significar un momento clave. Sin duda va a haber un antes y un después de esa bofetada, para mamá también, por supuesto. Aunque, en el fondo, sólo significa una cosa. Sólo significa la demostración palpable de que el odio que sentía hacia mí desde niña, no ha desaparecido. Ella sigue culpándome del fracaso de su vida. ¿Fuí un embarazo no deseado? ¿Pudo hacerle tanto daño que fuera una chica y no un varón? ¿Fue tan brutal la persecución a la que la sometió el abuelo? Nunca he indagado en todas esas preguntas. Probablemente papá me pudiera responder de algún modo. Analizo mi vida bajo esa nueva perspectiva y descubro que soy un estorbo. Sí, será mejor que marche de esta casa.
También he pensado en las mil y una discusión entre papá y mamá. Siempre sucedían cuando papá había bebido alguna, o muchas, copas de más, entonces cogía, al menos en apariencia, el mando del hogar por unas horas y todo se volvía patas arriba en favor de nosotros, sus hijos.
Supongo que podría haber sido un buen padre, pero su falta de fuerza para afrontar cualquier discusión se lo ha impedido. Tenía que beber, y no poco, para enfrentarse al abuelo y a mamá. Al final, mamá hizo que desaparecieran las bebidas alcohólicas de la casa. Eso fue una medida positiva, porque me temo que si no, la cosa hubiera sido peor, hubiéramos llegado a serios problemas de violencia. Pero tal era la pusilanimidad de su espíritu, que mamá consiguió que no saliera de su casa salvo a mandados muy concretos o con ella colgada de su brazo. Sólo algunos años después, con el abuelo pegado a los talones, iba al bar a jugar la partida de después de la sacrosanta siesta. No sé si bebía. No me importa. Lo que si sé es que ahora, ni bebido, es capaz de enfrentarse a mamá. Como si le hubieran castrado el alma.
Con estas vivencias, y con este clima de violencia soterrada y asfixiante, oculta y cegadora, anhelo más el cariño de Joaquín, igual que se anhela la brisa suave y refrescante en uno de estos días calurosos del verano ....
Y luego, durante un buen rato, lo único que he hecho ha sido recordar cómo le conocí...
Aquella tarde, apenas reparé en él. Le conocía, claro, pero nunca hubiera sospechado que sería mi primer ligue serio. Era sábado. Un sábado del principios de primavera. Un sábado iluminado. Casi con exceso de luz, tanta que podría emborracharnos. Estaba en el parque de san Emilio con mis amigas, hablando, o, más bien, discutiendo sobre chicos. (Esta conversación es la más recurrente desde que comenzó el curso, incluso en las peores épocas de estrés producido por lo exámenes, y aquella era una de ellas). Laura, la más observadora del grupo, y mi mejor amiga, me susurró: “En la cuadrilla de los chicos no hacen más que mirarnos. Parece que traman algo. Creo que a la que más miran es a ti.” Me situé mejor para ver sin ser vista.
Efectivamente, el grupo de chicos no hacía más que mirarnos y reírse, con esa risa nerviosa que da la preparación de algo excitante. La primera intención que tuve fue sugerir que nos largáramos, no fuéramos a ser víctimas de alguna broma pesada de aquellos brutos. La panda que formaban (¿forman todavía?) Jorge, Ricardo, Rodri y el propio Joaquín, la catalogábamos de asnos sin educación, que iban a lo que iban con las chicas.
(Ahora me doy cuenta de que utilizo los mismos argumentos del abuelo para justificar la defensa que hace de su postura frente a mis deseos de libertad. Pero existe una diferencia: él habla en abstracto, en teoría; en realidad, le importa muy poco que existan, o no, peligros ciertos para mí integridad física o moral, lo único que le basta es que exista el riesgo teórico).
El principal problema es que Jorge, Ricardo y Rodri seguían estudiando, mejor dicho, matriculados en el Insti porque no han tenido oportunidad de encontrar un curro, por pequeño que sea. Joaquín se lanzó a la aventura y no le va mal.
(Aunque si con ese dinero tuviera que formar una familia, la cosa cambiaría ... En fin, a lo que iba, me lío a escribir y no sé lo que pongo...).
El caso es que no dije nada. Actué con prudencia (bendita prudencia la mía aquel día) y esperé acontecimientos; ávidamente, si soy sincera... A los pocos minutos, se acercaron y nos propusieron ir a un bar que no está lejos del parque. Aceptamos, por vencer el aburrimiento y por ver qué pasaba. Nos lo tomamos como una pequeña aventura, al menos yo...
Desde el principio, se vio que el plan era de Joaquín. Se trataba de que él y yo nos quedáramos solos. No me desagradó la idea. Joaquín, sin duda, es el más guapo de todo el grupo, sin embargo, no supe cómo actuar.
Siempre he sido muy tímida con los chicos. Muy pocas veces he sido natural frente a ellos. Las cosas que decían, y dicen, en casa eran, y son, una muralla que me obstaculiza para actuar con ellos con normalidad. Les veía como enemigos, aunque nunca lo he expresado así...
Joaquín tomó las riendas del asunto. No sé cómo sucedió, pero al poco rato estábamos los dos solos hablando acerca de todo lo humano y lo divino.
Desde ese momento, me quedó una impresión imborrable y decisiva: con Joaquín estaba a gusto y segura. El reloj corría y no me enteraba. Sin darme cuenta, pasó el resto de la tarde. Cuando me percaté de que había oscurecido, quedé sorprendida. Llegué tarde, y sofocada, a casa. Pero con latidos enormes y vivos dentro de mí: aleteo de mariposas en el corazón. No sabía entonces, ni sé ahora, si eso es amor, pero era nuevo para mí. Era una sensación placentera que me invadía y me colmaba de ilusión.
En esa semana tenía importantes exámenes, sin embargo, no pude concentrarme en ellos. Sólo quería que llegase el siguiente viernes por la tarde para estar con Joaquín.
Gracias a Dios que le advertí, sin mucho detalle, de la situación familiar que vivía. Le puse como excusa, además, los exámenes. Se trataba de evitar llamadas a casa que desbarataran la aventura en sus inicios.
Desde ese día, cada vez que entraba en la habitación para estudiar, la cabeza era una golondrina, como las que están en el alero de la casa, y que surcaban el cielo de la ciudad sin ton ni son, en apariencia... No podía, ni quería, quitarme del pensamiento su cara, su voz, sus manos, sus ojos...
No intentó nada aquella tarde. Ni se declaró. Ni siquiera, si soy objetiva, de la conversación que mantuvimos, podría deducir que pretendiera ligar conmigo. Pero me sentí atrapada por una red invisible, que, sin duda, había tendido sobre mi corazón con sus vigorosos brazos, y su mirada esmeralda.
Así transcurrió esa semana: sueños, vuelos de fantasía, mezclados con recuerdos de la primera tarde con él: como un collage, un rompecabezas.
Y llegó el viernes...
Desde que salimos del Insti, sólo pensé en la ropa que vestiría para mi primera cita, porque lo de la semana anterior no había sido una cita. Podría ponerme elegante, incluso con una falda larga que se cierra mediante una botonadura que va desde la cintura hasta los pies. Si abrochaba sólo la mitad, mis piernas quedarían descubiertas cuando yo quisiera. ¿Me debía pintar? ¿Y si llevaba el suéter blanco ajustado? Me vestí de esa manera. Cuando me vi retratada en el espejo, me encontré maravillosa, mágica.
Recordé a mi madre. Recordé que yo era Cenicienta y que no tenía hada que me visitara. Y no tuve que hacer ningún esfuerzo para adivinarla inquisitorial a la puerta de la casa cuando pretendiera salir de aquella manera.
La conclusión fue fulminante. Continué con mis eternos vaqueros (eso sí, ajustados). Aunque sí retoqué el peinado: me eché todo el cabello sobre el hombro izquierdo, dejando la cara despejada por el derecho. Ese es mi perfil más atractivo.
Gracias a Dios mamá no se extrañó. No tenía por qué extrañarse no es la primera vez que lo hago.
No ocurrió nada destacable. Estar con Joaquín era suficiente para mí.
Para el sábado decidimos que me invitaría a la discoteca.
No le dije que tenía prohibidas las discotecas. Fue un ardid para que no se alejara de mí, antes de acercarse. Me arreglé, me puse la ropa que me hacía más atractiva. La falda larga y el suéter blanco que se me ajustaba como una segunda piel. Me esmeré en los ojos, mi baza principal. Pensé que, más que pintarlos, los decoraba. La comparación me hizo gracia. Por no sé qué avatares, mi madre no reparó en mi vestuario. Lo que me intrigó un tiempo.
Él se vistió con camisa blanca y unos ajustados vaqueros negros...
No esperó.
Se me declaró.
No utilizó frases muy románticas. O un párrafo elaborado lleno de poesía. Hubiera sido imposible en él, y hubiera quedado ridículo, como si los albañiles trabajaran con frac y pajarita. (Joaquín tiene otra virtud, o a mí me lo parece, que actúa con mucha naturalidad). Me dijo, más o menos: “Me gustas mucho. Desde hace un par de meses, me he fijado en ti... Me gustaría que empezáramos a salir, si es que quieres y no tienes otro compromiso”. Lo dijo con voz tímida, pero sus ojos verdes estaban seguros de lo que hacían. Desmentían el tono empleado. Dijo algo conmovedor, porque no me lo esperaba, “Mila, tus ojos me han embrujado”. Utilizó esa palabra. A pesar del estruendo de la música, juro que la oí.
No me lo pensé. La presión en casa no me dejaba otra posibilidad. Si hubiera estado afectivamente cubierta, hubiera sopesado las cosas. Al fin y al cabo, la fama de Joaquín no era desconocida para mí, todos en el barrio le comparaban con don Juan. Le dije que sí. Un sí pequeñito y dubitativo, quizá, o eso me pareció. Desde luego, muy alejado de la seguridad y el aplomo que él mostraba, a pesar de la aparente timidez.
Salimos de la discoteca. Se dio cuenta que en aquel ambiente no estaba cómoda. Demasiadas miradas a mi alrededor. Demasiado ruido. Demasiado humo. Tenía la boca seca.
Mi corazón se desbocó. Me cogió de la mano. Un estremecimiento me conmovió de arriba abajo. No sé cómo será para las demás, a mí me pareció que una sinfonía de colores sonaba por todas partes. Era la primera vez que alguien me quería, o lo aparentaba. Era la primera vez que alguien valoraba en serio mis cosas, mis ilusiones, mis ideas, mi persona, o lo aparentaba. Me sentía halagada y plena. Me sentía mujer..., por fin, persona.
Llegamos al parque donde nos conocimos. Eligió, no sé si adrede, el banco donde estuvimos sentados el sábado anterior. Me sonrió. Me rodeó con su fuerte brazo y me besó. Fue mi primer beso.
El tiempo se detuvo durante aquel largo y profundo beso, o a mí me lo pareció. Por vez primera, mi boca era traspasada por otra lengua. Por vez primera, mi saliva se mezclaba con otra saliva. Por vez primera, su respiración, como esencia de sí mismo, entraba, por mi boca, hasta mis entrañas, hasta mi corazón. Me gustó. Me produjo sensación de plenitud. Quise muchos más como aquel. Infinitos, a ser posible. A mi alrededor, de pronto, no había nada, nadie. El universo ovacionaba sobre nuestras cabezas. Aún hoy, me estremece el recuerdo de aquel primer beso, bajo el oloroso castaño en flor, mientras sentía por muchos minutos el aplauso del infinito, presentía, emocionada, que nos observaba mientras sonreía esféricamente.
Después llegaron otras tardes en la discoteca. Las primeras caricias, sentir otras manos distintas de las mías recorriendo mi piel (al menos la superficie de piel que le permitía), o el abandono en sus fuertes brazos mientras la música suave y placentera, lenta y dulce, como un sueño de bebé, me mecía y mostraba infinitos horizontes de luz y libertad.

Sin embargo, qué distinto es todo lo que ocurre en esta casa. Llevo toda la mañana sin salir de la habitación y nadie ha venido a preguntar si me pasa algo. Y lo peor no es eso, lo peor, es que no me sorprende...

(Continuará...)

martes, 28 de septiembre de 2010

Fin de Trayecto. Parte primera. Capítulo 06

Domingo, veinticuatro de julio de 1988.
Madrugada.

Es la una y veinte de la madrugada, solamente.
¡Qué noche tan larga! ¡Qué noche tan calurosa!
Por fin, he reunido fuerzas para levantarme, buscarte, corazón herido de tinta y recuerdos.
Toda la ciudad (como el resto del país) emocionada y alegre, eufórica diría yo, pues Perico ha ganado el Tour de este año, el primero que gana un español desde Bahamontes, y yo sumida en la angustia más profunda.
Llevo dos horas llorando. Mi corazón se inunda, a partes iguales, por el odio y por la desolación.
Creía que las cosas iban a ser de otra manera, pero se ha descubierto, he descubierto, todo el percal. Era un truco, un truco muy sucio por cierto.
El abuelo, demostrando sus dotes de estratega, ha conseguido mitigar la ira de la discusión del otro día ampliándome los horarios y haciéndome algunos regalos, aquello que él sabe que me gusta. No en vano soy su nieta.
¡Qué tonta he sido!
He llegado a pensar que los gritos que les di no cayeron en saco roto. He pensado que algo había cambiado en mi situación familiar. Ingenuamente confiaba en que ellos hubiesen descubierto que ya no era una niñita. Así que, esta tarde, he vuelto a intentarlo, sabía que me la jugaba, pero... La presión de Joaquín crece, y corro el peligro de perderlo por estas tonterías.
Esta noche están de fiestas en otro barrio de la ciudad, en El Ángel, y hay una buena verbena. Joaquín me ha pedido que fuéramos y que fuéramos sin horario. “Una noche de verano para nosotros solos”, ha dicho. Le he vuelto a recordar mi situación. “Insiste, cónvenceles”. En su tono y en su mirada, he notado que no se termina de creer lo que le digo... Creo que piensa que le engaño... Intuyo que empieza a pensar que son trucos míos para tenerlo bien agarrado.
Pero creo que tiene razón, así que he vuelto a pedir permiso. Mi sorpresa ha sido mayúscula, ya que esta vez la negativa ha sido a tres bandas, pues también papá, seguramente adiestrado por mamá para la ocasión (para siempre que se produzca esta situación), ha exclamado que no iba a salir por las noches, más allá de las doce.
Pero el abuelo ha ahondado en la herida, soltando un globo sonda, algo acerca de un rumor que corría por el barrio y que había llegado a sus oídos en las interminables partidas de tute después de su siesta, en el café.
— Niña, como me entere que sales con algún chico a tu edad, sin que nosotros lo sepamos y sin nuestro permiso, no solo no sales por la noche, sino que vas a pisar la calle cuando yo salga, ni antes ni después, ¿entendido? Soy capaz de llevarte al colegio, como cuando eras pequeñita...
Me he sentido impulsada por un brazo invisible que me manejaba y me impedía valorar, mínimamente, el resultado de mis actos. Me he lanzado a una piscina de la que desconocía su profundidad, ni había mirado si tenía agua, o me arrojaba en seco. Luego ha sido muy tarde para dar marcha atrás.
— Si me gusta Joaquín y salgo con él a ti qué. Además, ¿cuántas veces has contado que te hiciste novio de la abuela cuando tenía diecisiete años?
He tocado al abuelo en su línea de flotación, en su gran debilidad, le he devuelto a los instantes más felices de su vida, sin duda... Sus ojos, por primera vez en años, al menos quince, desde que murió la abuela Asunción, han abandonado esa mirada de depredador al acecho de la presa, y se han puesto de acuerdo con la eterna sonrisa de su boca. Me he dado cuenta; iba a proseguir por ese flanco, buscando en mi repertorio el tono (ese que toda mujer ha de tener para convencer a un varón, sea éste abuelo, padre, hermano, amigo, novio, esposo, amante o hijo), de dulzura infantil que le cautivaba hacía años; pero no he podido, mamá, tan ágil de lengua como siempre, ha interpuesto una muralla infranqueable.
— ¿Así que sales con un chico?
Me he sentido herida, y he respondido con rabia.
— Sí, ¿pasa algo?.
Es la primera vez que planto cara a mamá así. A pesar de la entereza de mi mirada, por dentro me recorría, y ahora que lo pienso me vuelve a recorrer, un temblor de pánico que temía que fuera descubierto.
— O sea, que era cierto lo que dicen en el bar... — Murmuró el abuelo, recuperándose del golpe bajo que le había asestado inconscientemente.
Papá, mientras, miraba alternativamente: a mí, a mamá, al abuelo... Su mirada cada vez era más vacuna. Se ha odiado una vez más. He descubierto un destello de vergüenza en sus pequeños ojos, normalmente vacíos. (Es increíble la capacidad de percepción que se adquiere en situaciones límite. Como si cada sentido aumentara su capacidad para recibir todos los estímulos que llegan desde el exterior. Si hubiera estado charlando, por ejemplo, sobre lo caluroso del verano. o cualquier otra cosa, seguro que ni me hubiera acordado que estaba allí sentado, leyendo su periódico).
He detectado la abulia que recorría cada milímetro de su espíritu. Me ha parecido que quería transmitirme una frase de apoyo, siquiera una. Supongo que por su cabeza han pasado varias, seguramente continúan pasando como luces, pero no ha articulado ni una. En aquel momento, fijo que añoraba un trago para enfrenarse a su esposa y a su suegro, y evitar que su hija continuara perdiendo la dignidad, ya que él la había perdido hacía tanto tiempo. Seguro que también odió más que nunca a mamá. El secuestro de las voluntades a las que mamá somete a los miembros de la familia le parece más grave, porque sus hijos nos asomamos a la vida definitivamente. ¿Qué será de nosotros en esta situación? Un escalofrío de miedo ha inundado su mirada, que se mezcló con un lagrimón, casi de viejo chocho. Cuando me he percatado, el desprecio hacia él ha aumentado en tal grado que soy incapaz de calificarlo. He comprendido, además, que para mí la única solución está en salir de esta atmósfera opresiva que inunda cada poro mi joven y anhelante piel.
Mamá ha continuado sofocándose paulatinamente, como si hubiera descubierto que su hija es una criminal.
— ¿Y vais cogidos de la mano por la calle?
A partir de esta pregunta, he estado fuera, exiliada de las cuatro paredes que me ahogan. Me he tomado con fastidio y desidia el interrogatorio. He colocado a las respuestas tono de dejadez que enojaba más a mamá.
— Sí, mamá.
— ¿Te lleva abrazada por la cintura?
— Muchas veces, mamá. Para ser exactos, casi siempre.
— ¿Te ha besado en la boca?
Me he decidido a herirla en serio, ya que tanto le importa la opinión de los demás sobre mi honra y mi pureza. He respondido exageradamente, total su opinión sobre mí es imposible que varíe ni un ápice. “A estas alturas, ¿qué más da?, después de diecisiete años de desprecio y odio”, me he dicho. He tratado de hacer daño también yo. Sabía que en el envite perdía lo poquito logrado hasta ahora, pero era imparable mi decisión.
— No, mamá, eso no es exacto. En realidad no me ha besado..., nos hemos besado... Nos hemos besado durante largos minutos, ¿sabes? En cada esquina, en cada banco del parque, en los portales, en el de su casa, ahí al lado, en cualquier sitio, y cuando llueve, en los bares..., en cualquier sitio, ¿entiendes?, hasta en la esquina de esta calle, expuestos a que nos vieran los vecinos. ¿Te imaginas que nos viera el escritor que vive ahí enfrente y luego lo cuenta en una novela? Creo que el otro día nos vio.
Mamá estaba a punto de explotar. Lo supe perfectamente. Le delataban sus manos que no hacían más que retorcerse en un perpetuo acariciarse a sí mismas. De pronto, a la velocidad del rayo, he sentido el estampido de su mano en mi mejilla. Sí, me ha abofeteado, mientras seguía chillando.
— Y claro, se habrá acostado contigo, puta, que pareces una puta.
Concluyó, por fin. Ahí es donde quería llegar desde el principio. También lo he tenido claro.
— Mamá, ¿lo afirmas o lo preguntas?
Y la he devuelto la mirada imitándola perfectamente. Aunque me cueste, he de reconocer que soy sangre de su sangre. Y no he parpadeado por aquella bofetada y aquella vejación, que me siguen doliendo, pero más en el alma que en otro sitio. Juro que es la última vez que lo hace.
Marc no pudo contener más su estado de ansiedad.
— Mamá ya está bien, pobre Mila.
Cómo le he agradecido esta intervención. Por lo menos me ha dejado unos segundos para pensar lo siguiente que haría.
— Bueno, ¿vas a responder? — Intervino el abuelo.
Un velo de tristeza, como si mis ojos fueran la orquesta del adagio más triste, los ha llenado de lluvia. Por fin se ha descubierto completamente el pastel. Se trata de eso, de asegurarse la pureza, el honor familiar, la virtud sin tacha. Para poder entregarme a algún digno varón de esta ciudad. A ser posible con dinero...
Mi felicidad les importa un bledo.
Mamá pretende que, públicamente, se reconozca la moralidad de la familia. El abuelo es el guardián de mi honra. Papá es la prueba palpable de que los errores se pagan. Una lágrima recorría mi espíritu y una sombra asomaba en mi mirar ya de por sí melancólico. Iba a responder al abuelo con otra pregunta, “¿A qué quieres que responda a la pregunta, a la bofetada o al insulto?”, pero un pétalo de la rosa que estaba en el búcaro azul celeste del salón cayó, mansamente, en el suelo. Y ese pequeño acontecimiento me ha enseñado que todo es tan breve, que, o lo vivo, o me quedaré sin ello para siempre.
Así que he mirado a mi alrededor. Primero a papá: lo he visto fofo, aniquilado, he comprendido que su reacción es imposible ante aquella presión a la que sin duda ha sido sometido durante los años: aún así desprecio que no haya intentado echarme un capote ante aquello. Luego a mis hermanos: ¿Qué será de ellos? He escrutado al abuelo: le he herido, con puñales lanzados desde la más profundo de mi mirada. Por fin, a mamá: la he aniquilado dentro de mi corazón. Pero mamá estaba tan ofuscada que no sintió aquellas espadas penetrar en su corazón. Era insensible. Es insensible.
— Te parece bonito. ¿Te da igual lo que diga la gente?.
— Me parece muy bonito y, además, me da exactamente igual lo que diga la gente. No me creo, mamá, que antes de casarte con papá ni os besarais, ni otras cosas. Con el tipo que tenías, supongo que habrás tenido más de un novio.
— ¡Deslenguada...! ¿Tú qué sabrás? Eran otros tiempos...
Como le había sucedido al abuelo, esto le ha tocado y ha sentido que viajaba a momentos del pasado que creía perdidas. Ha llegado a playas idílicas donde, durante décimas de segundo, ha recordado ciertas caricias, ciertas miradas y ciertas posturas que casi le han sonrojado sólo de recordar. Durante unos segundos sus bellos ojos han brillado como si volviera a tener quince años; pero sólo han sido breves segundos.
— He dicho que no sales, y no sales. ¿Entendido?

Sin decir nada más, he abandonado la estancia, que ha quedado inundada por un profundo y tenso silencio, casi un silencio que se podía tocar, salvo por el eco atronador de aquella bofetada y aquel insulto que no podré perdonar. Por una de esas miradas inteligentes y cómplices que de vez en cuando me manda Marc, sé que piensa que el abuelo y mamá están llevando demasiado lejos todo esto, todo su afán de preservar la pureza, la dignidad, el honor, en definitiva, el buen nombre de una familia que el único blasón que posee es el trabajo de conserje en una oficina y una casa heredada de no sé sabe qué antepasados. Marc, además, ha adivinado que en muy poco tiempo explotaré por algún sitio. También se ha sorprendido por la reacción del abuelo, por fin ha descubierto la realidad última de su forma de ser. Marc, de momento, es un aliado, aunque dudo que sea perenne, pues al ser varón, y, teniendo en cuenta la escala de valores de mamá y el abuelo, pronto le llenarán de prebendas, lo que le convertirá en uno más de su cuerda, en uno más de los explotadores. Pero, si hay una mínima oportunidad, intentaré convencerle de que ni siquiera para él será buena esta situación, porque tendrá encerrada alguna trampa.
Papá seguía leyendo, como de costumbre, impertérrito, el periódico local, pero estoy segura que desde el principio de la discusión no ha avanzado de página, incluso pondría la mano en el fuego de que tampoco ha proseguido más allá de la línea en que se encontraba, pasando los ojos, una y otra vez, por ella sin leer nada en absoluto, como si un rayo le hubiese paralizado. A él le ha tenido que doler también la bofetada ... y el insulto.
El abuelo y mamá se han sorprendido y enfurecido porque, a pesar del férreo control que ejercen sobre la familia, está claro que hay movimientos que desconocen, hay ciertas rendijas por las cuales se les escapan.
Esta noche lo han descubierto. Creo que están asustados porque han sentido, después de casi veinte años, que su poder en la casa se tambalea.
Esto es lo que ha pasado. Esta es la narración más menos objetiva de lo que ha ocurrido.

Ahora que me he descargado, que la rabia que me ahogaba ha tenido un cauce de salida estoy mejor, y seré más fría para analizar mis sentimientos, y decidir, con más posibilidades de éxito, qué he de hacer.
¡Qué razón tiene mi profesor de Literatura! Esto de escribir lo que a uno le pasa, puede ayudar a muchas cosas.
No sé cómo se sentirán los asesinados por una navaja, o por cualquier arma blanca, cuando les atraviesan el pecho, pero mi corazón está herido en lo más íntimo, y esta herida tiene pinta de ser mortal. Sólo ha sido una bofetada, pero la humillación a la que me ha sometido no la pasaré.
Haga lo que haga mi camino está truncado por esta noche. No es el hecho en sí mismo. Si ante una situación de este calibre, reaccionara como lo estoy haciendo, se me podría definir de infantil... La herida está producida por la actitud, incluso ante una situación extrema, de mamá y del abuelo.
No sé si tendré hijos, pero sí sé que una madre ha de demostrar un sexto sentido, con el que distinga cuándo lo que le dice su hijo es, o no, fruto del capricho; al revés, ha de reconocer cuándo se trata de una necesidad. Creo que mamá se quedó en la comida, en la ropa, en cierta educación, poco más... Su sensibilidad respecto del resto de problemas de la vida es nula.
Noto el primer atisbo de sueño que entra por pequeñas rendijas de mi cerebro excitado, exacerbado.
...Acabaré largándome de esta prisión en la que mi libertad ha quedado anulada. No sé si aguantaré que transcurra este año, y alcanzar la mayoría de edad, y evitarme problemas; o, saldré zumbando cualquier día. Si fuera posible, mañana mismo.
La decisión dependerá de lo que diga Joaquín. Aunque, tampoco estoy convencida de que su opinión sea importante. Si se muestra renuente, si duda, lo más probable es que también me decida y suelte amarras.

Sigue siendo calurosa la noche. Son los cuatro y veintisiete.
Ni la luz de la casa del escritor está prendida. He de acostarme.
A ver si puedo dormir cuatro o cinco horas tranquila.
Espero, Joaquín, que después de esto te des cuenta que no me invento nada. Espero que esta noche me hayas echado de menos.
Eso sí, que se fastidien, que me voy a acostar como si efectivamente me hubiese ido de verbena. Aunque no he estado bailando, precisamente.
Continuará...

sábado, 25 de septiembre de 2010

Fin de Trayecto. Parte primera. Capítulo 05

Viernes, veintidós de julio de 1988.
Principio de la tarde.

Acaba de terminar la etapa del Tour. Parece imposible que se le escape a Pedro Delgado. La cosa toma ribetes de gesta histórica, hasta los telediarios (fuera de los espacios reservados al deporte) hablan de la actuación del ciclista como si fuera el nuevo héroe a nacional. Incluso con el suspense añadido del dopaje que, al final, parece que no ha sido. El supuesto dopaje se ha tomado, incluso por los políticos, como si toda la nación hubiera sido ultrajada por los franceses. Franceses tenían que ser.
Lo he comparado con los caballeros medievales, o con un héroe mitológico que ha luchado contra el dios del tiempo, Cronos, y contra otras criaturas semi divinas como los titanes, y contra la diosa Ceres, que, como representante del mal, ha urdido el satánico plan del posible dopaje con la probenecida. (¡Hasta me he enterado del nombre de la sustancia!). Al final vencerá. Eso sí, no va a ser una victoria normal. Creo que se podría escribir algo sobre ello, aunque haría falta un Homero moderno para hacerlo como se merece. En Euritmia no se habla ya de otra cosa.
Hasta yo misma, que hace un par de días escribí lo que escribí sobre el deporte, si he abandonado el diario por la tarde es porque he estado pendiente de las etapas del Tour, y eso que Perico ha demostrado una superioridad insultante sobre sus competidores. Y eso que me perdí la etapa del Alpe d’Huez, que fue el día de mi cumpleaños. Allí se vistió de amarillo.
El domingo va a ser un día de afirmación nacional, estoy segura.

Joaquín está emocionado con la hazaña del segoviano. El otro día me contó, que escuchó a un locutor de radio muy famoso que tiene un programa nocturno de deportes a las doce de la noche; ha prometido que lo va a dejar de escuchar. Y me ha dicho que como lo pille en la ciudad, como se le ocurra venir a algo, se la va a preparar. Le ha llamado de todo, menos guapo.

Joaquín tiene reacciones primarias en ocasiones. He procurado calmarlo. Supongo que su trabajo, lo pronto que dejó los estudios, le hace ser demasiado impulsivo, o demasiado poco racional, a veces.


Sábado, veintitrés de julio de 1988.
Madrugada.

Esta noche nos hemos despistado. Lo estábamos pasando tan bien en el parque que, ni él ni yo, nos hemos fijado en la hora. Cuando me he querido mirar la muñeca, eran las doce y veinte. Me he puesto histérica. No se me olvidará nunca.
He chillado como si me violaran, o si me quisieran matar. Pobre Joaquín, se ha asustado.
— Vamos, corre, Joaquín, que son casi las doce y media. ¡Venga, déjame ya de sobar!
— Vale, vale...
Le ha fastidiado. Esta noche le había dejado que avanzara un poco más y aprovechaba el momento, pero ciertamente, eso no me importa casi nada. Se trata de mantener el deseo y, a la vez, de tenerle atado corto. Solo lo que cuesta se aprecia. Tiene que aprender. Mientras me abrochaba la blusa he seguido apresurándole.
— Venga, Joaquín, corre, ya verás la que me cae.
— Pues diles que se te ha parado el reloj. Mejor diles que se te ha retrasado. Cuando llegues, lo pones en menos cinco y te haces la sueca.
— Ya sabes que no me gusta mentir.
—¡Coño, Mila, que no es para tanto! Además, con todo que has mentido, ¿qué importa una más?
Así lo he hecho, pues tenía razón. No me gusta mentir..., pero llevo mintiendo tanto. Antes de llegar al portal, no, antes de atravesar la verja del jardín he retrasado el reloj y lo he puesto en las doce menos cinco. Creo que me he puesto colorada. En ese momento me hubiera gustado ser una de esas actrices que aparentan cualquier cosa para sacar adelante la situación.
Efectivamente, mi madre me estaba esperando con cara de yogur agriado.
— Te dijimos que tenías que volver a las doce. Son más de las doce y media.
He puesto cara de oveja pastando, o eso he intentado.
— Imposible, mamá, van a dar las doce en un par de minutos.
— Mira hija, ese truco es muy viejo. Ahí tienes el reloj de la sala. Para que veas que no te engaño.
— Pues mira la hora que tiene el mío.
Seguí aferrada a mi historia, a pesar de que había pillado la mentira.
— Mila, es la última vez. Como te vuelvas a retrasar, se acabaron las salidas más allá de las diez y media, ¿entendido?

Esta vez me he salvado. Además, con el rollo de la hora no me han preguntado dónde he estado, ni qué he hecho... No había pensado nada.
Tengo que tener más cuidado...
Aunque, a veces pienso, que tanto cuidado lo único que me traerá, es que Joaquín se canse. Al fin y al cabo, él está harto de estar con chicas que no se hacían tantos remilgos, ni le planteaban tantos problemas...
Si se quiere, ha de ser con todas las consecuencias...

Esta noche vamos a pasar verdadero calor.

Joaquín, ten paciencia, todo llega, no te preocupes. Sé que tienes ansias por poseerme. Empiezo a estar enamorada de ti, y cada minuto que pasa me importa menos lo que el universo diga de nuestra relación, pero ten paciencia. Han sido tantos años de pensar de una manera, que no puedo cambiar de la noche a la mañana. Confórmate con días como hoy. Ante las estrellas, que nos sonríen temblando, te juro que, si quieres, serás el primer hombre de mi vida, ése que me hará mujer de veras.
¡No sabes, Joaquín, amor mío, cómo me gustaría tenerte aquí a mi lado! Contemplarte entero, sentir cómo me recorres de arriba abajo y me subes a lo más alto del cielo. Pero ahora es imposible.
¡Cómo me gustaría, por lo menos, soñar contigo esta noche! ¡Cómo me gustaría que el mundo supiera de esto que sienten nuestros corazones...!
Continuará...

jueves, 23 de septiembre de 2010

Fin de Trayecto. Parte primera. Capítulo 04

Miércoles, veinte de julio de 1988.
Madrugada.

Después de un par de días de copiosas e, incluso, preocupantes tormentas vespertinas, hemos disfrutado de un día de absoluto verano. Las temperaturas han subido hasta cotas muy elevadas.
He estado en la piscina con mis amigas.
Todas me han preguntado por nuestra relación. Me han dicho que los amigos de Joaquín nos llaman los tortolitos (supongo que ellas también, claro). No he descubierto si es algo cariñoso, irónico, o, simplemente, describen lo que ven.
Desde que tuve la discusión familiar y, en consecuencia, me ampliaron los horarios, hemos procurado no estar mucho tiempo con nuestras pandillas. Tratamos de aprovechar el tiempo exprimiéndolo hasta el último instante. Queremos convertir en borrachera de ríos de amor, lo que no son más que gotas de su néctar. Eso sí, concentrado.
Supongo que para Joaquín la cosa tiene mejor remedio; estoy segura de que después de dejarme en la calle paralela a la mía (todas las precauciones me parecen pocas), hacia las doce menos cinco, se va a tomar alguna copa con sus amigos. Nunca lo dice, tampoco pierdo el tiempo preguntando, ¿para qué?
Yo salgo mucho menos con mis amigas. Por las mañanas tengo que ayudar en casa (¿por qué mis hermanitos se pueden largar con viento fresco a jugar sus eternos partidos de fútbol, mientras yo me quedo soportando las regañinas y los sermones de mamá?) y, además, alguna del grupo tiene algún pequeño curro o tiene que estudiar.
Pero ayer decidimos, un momento en que coincidimos todas, que esta tarde iríamos a la piscina. No he tenido que inventarme ninguna excusa...

Me he sentido extraña. Parece mentira que una relación de pareja convierta en anodinas las conversaciones y las situaciones que, hasta ayer, eran habituales. Ahora me importa muy poco la mayoría de esas cosas.
Mi corazón y mi mente sólo están pendientes de Joaquín. Me interesa su trabajo; me preocupa que tenga algún accidente con la furgoneta, o con alguno de los bultos que transporta; me desazona que no haga bien las cosas y pierda clientes... De hecho, le he insinuado en alguna ocasión que se buscara algo más seguro. Eso le puso nervioso. Quizá me precipité...
Aunque parece que está muy a gusto conmigo, creo que no está dispuesto a perder sus cotas de libertad. Le cuesta trabajo entender que para mí todo es distinto.

El sol que he tomado esta tarde me arde en la piel. Espero que mamá no sé dé cuenta que la he engañado, pues me he puesto bikini, a pesar de lo que me tiene dicho. La verdad es que es pudoroso para lo que he visto. No sé de dónde le vienen esas preocupaciones. Si llama más la atención una chica con un traje de baño completo que con bikini. He comprobado que más de un chico me ha mirado, y eso, para qué negarlo, me ha gustado mucho. En fin, somos jóvenes.

Después de volver a casa y cambiarme, tras una pequeña cena, he corrido, como posesa, hacia Joaquín, a nuestro lugar de cita, la trasera de un quiosco abandonado, medio escondido, en el jardín de San Emilio, donde suele aparcar la furgoneta.
Tener un lugar de cita ajeno al mundo es fantástico; nos llena de sensación de aventura, de escapada, como de huida. Lo primero que hacemos es besarnos, como si hiciera un siglo que no nos viéramos. Después pensamos qué hacer. Un día, de la semana pasada, nos quedamos en la furgoneta. Lo cual no deja de ser un peligro. Aunque cada vez me importa menos.
Hoy hemos ido a un cine de verano que hay en un pueblito cercano. Lo hemos pasado bien. Era una comedia romántica. A Joaquín le aburren, pero sé que busca lo que me agrada.
Me gusta que se esfuerce. Me gusta que no me hable mucho de los últimos acontecimientos deportivos, aunque en estos días, sí me comenta alguna cosa de las olimpiadas. Parece ser que esta vez España está quedando un poco mejor que de costumbre. No es que no me guste el deporte, lo que ocurre es que, como en mi casa les gusta a todos los hombres, para mí es una reacción. Adopto una pose rebelde y culta. Pongo a leerme un libro.

Oigo ruido en el pasillo, creo que mamá se ha levantado. Me acostaré, no vaya a asomarse de improviso.

(Continuará...)

martes, 21 de septiembre de 2010

Fin de Trayecto. Parte primera. Capítulo 03

Lunes, dieciocho de julio de 1988.
Mediodía.

No sé si será una falsa alarma o si es que han pactado, entre papá, mamá y el abuelo. ¿Les asustaría mi reacción del otro día? El caso es que, este fin de semana, me han dejado un horario más flexible. No tengo que llegar a las diez y media de la noche; de pronto me he convertido en Cenicienta, y he de llegar a casa antes de la media noche (¡Ay, pero no tengo carroza de caballo blancos, ni lacayos de librea a mi servicio, ni tampoco zapatitos de cristal! Y, por desgracia, hace tiempo que no creo en los poderes maravillosos de las hadas. Suponiendo que existan, ninguna me visitará). Las condiciones son tajantes: tengo que explicar, antes de salir y después, con quién y dónde he estado. Tengo la advertencia, de que no salga sola con ningún chico, ni ir a la discoteca, que para ellos es la antesala del infierno, de mi condenación eterna. Han subrayado, como si la voz fuera un lápiz rojo, “Sólo se trata de una ampliación del horario, mientras dure el verano. Cuando empiece el curso, volverás al antiguo horario, ¿queda claro?”.
Sólo ha faltado que les hiciera la venia, como hacen en las pelis antiguas a los reyes, y que, caminando hacia atrás, me retirara de la salita mientras hacía reverencias... Tal magnanimidad no merecía menos.
Así que he de agudizar mis imaginación. He de conseguir serias y sólidas alianzas y falsas coartadas, como en las pelis, si quiero continuar con Joaquín sin que se enteren, lo que supondría para mí, prisión incondicional.
He tomado la noticia como me imagino que se la tomarán los presos cuando les comunican la libertad provisional, o, mejor aún, el tercer grado. No he reparado en las trampas que tienen sus condiciones. Me dan un poco más de cuerda, como se hace con los perros, para que corretee, incluso galope, y se tranquilicen. Menos es nada, digo yo.

He aprovechado fantásticamente el fin de semana. Tanto, que te he olvidado, querido diario.
Hoy he vuelto a la normalidad y he recordado que estabas en el fondo del cajón donde pongo los libros del Instituto. (Aquí nunca mirarán, suponiendo que en alguna ocasión sospechen algo raro, o piensen que escondo algún secreto. He sonreído pensando que, en unos años, si te vuelvo a releer, me burlaré de estos momentos).
El fin de semana ha sido como sobrevolar una ciudad en aeroplano: he sentido el vértigo que produce la felicidad; he escuchado el aplauso cómplice del universo sobre mi cabeza; he aprovechado hasta el último segundo para disfrutar con y de Joaquín.
Desde el sábado por la tarde, cuando Joaquín dejó el curro, he dedicado a pasearme de su brazo, colgada de él, materialmente soldada a su costado, sintiendo su fuerte musculatura.
Tiene una furgoneta de reparto que pone a disposición de agencias y empresas. La verdad es que nunca le falta un duro, ni le falta el trabajo. Quizá sea el único de nuestro grupo que tiene dinerito fresco a todas horas sin que dependa de sus padres, lo que, por otra parte, me intranquiliza un poco, con la cantidad de lagartas que hay en todas partes, y con lo que gusta beber.

Joaquín ha insinuado más de una vez que quiere acostarse conmigo.
Todavía no me conoce. No estoy segura. Son sólo unos meses
¿Se precipita él? ¿Me retraigo yo?

Cada día, le quiero un poco más y, si las cosas siguen igual, accederé, pero no de inmediato. Ni cuando él diga. Me tiene que apetecer a mí. No sé por qué, pero tengo la sospecha que, desde ese instante, todo se puede estropear. También influye en esa sensación la fama de conquistador, de don Juan que tiene. He de asegurarme para no convertirme en una más de sus piezas de colección, que dicen por ahí que es grande, aunque él asegura que la gente habla demasiado. He intentado sonsacarle, pero ha respondido con vaguedad, dando largas. Sobre eso, absoluto silencio. Creo, incluso, que se enfada si saco el tema a colación, por lo que he decidido no volver a hablar de ello, al menos hasta que él diga, aunque a mí tampoco me apetece mucho.
Le quiero, es verdad, pero no creo que una relación tenga que tener desde tan pronto una escena de cama. Y hay más: no tengo claro que Joaquín sea el hombre con quien comparta mi vida.
De todas maneras, no ha sido excesivamente plasta con esa cuestión. Una mínima negativa por mi parte ha sido suficiente para que lo dejara. Esto me alegra. Por un lado es evidente que me desea y, por otro, respeta mi persona, mis decisiones libres. Esto para mí es una novedad.
(Aunque algunas dicen que si un chico empieza así, en el fondo, no es más que otra estratagema, o que te la da con otra... Empiezo a hartarme de la condición humana. Parece que todo son tácticas y estrategias encaminadas únicamente a conseguir los fines que uno desea).
Se ha conformado con los típicos arrumacos de discoteca. (La palabrita es cursi y no exacta; en realidad, fueron más que arrumacos). Los besos, las caricias, los tocamientos me han enervado más de una ocasión. Mis piernas eran goma reblandecida, que se doblaría en cualquier instante.
Los mejores momentos han sido los paseos solitarios por los umbríos jardines de Euritmia, sobre todo, los alejados de esta casa. ¡De algo vale que Joaquín posea furgoneta! En esos paseos, he conocido mejor a Joaquín; he descubierto que, a pesar de que abandonó pronto los estudios, dentro de él anida un hombre sensible; el problema es que esa cualidad le avergüenza en los hombres, y más en él. Prefiere la apariencia de viril macho hispánico, al que no le afecta nada. La percepción sensible de la realidad es una cursilada, o, una mariconada, como dice él.
Cuando estamos a solas, actúa de otro modo. Me mira con un fulgor especial desde lo profundo de sus ojos. Su boca sonríe arrebatadora. Sus manos, endurecidas por el trabajo, cuando me acarician, se tornan suaves plumas que me cosquillean. No habla mucho, pero anoche me estremeció, me emocionó lo que dijo sobre las estrellas.

Estábamos sentados en un banco de un jardín alejado del centro. En la esquina donde nos besábamos no había luz. La farola que estaba a nuestra derecha había sido apedreada, quizá por algún gamberro, quizá por algún enamorado molesto ante posibles espías de los ajenos escarceos amorosos. El caso es que, de pronto, Joaquín elevó su mirada y comenzó a hablar.
—Cómo brillan las estrellas. ¡Hace tanto tiempo que no me fijaba en ellas de esta manera! Por lo menos desde que era niño. Parece mentira cómo pueden taparlas a nuestras miradas unas bombillas. Fíjate, parece que el cielo es un vestido añil cubierto de piedras preciosas. Hay cientos.
Se entusiasmaba. Parecía un niño.
—Si cada vez que te fijas con más cuidado aparecen más y más. Mira, parece que tiemblan. Ojalá pudiera estirar la mano y ponerte una en mitad de la frente... ¿Hará frío ahí arriba? Por cierto, Mila, cuando te miro a los ojos, parece que allá dentro tienes dos estrellitas que me sonríen...
No vi si se sonrojó, pero no se atrevió a seguir por esa pendiente.
— En el barrio creen que soy un bruto, porque sólo me interesan ciertas cosas, pero por las noches, antes de dormir, mi cabeza da muchas vueltas. Pienso en cosas... — Se paraba. Me miraba. Agitaba la cabeza como si le costara trabajo llevar desde su cerebro hasta su boca lo que quería decir. Mientras, le acariciaba el cabello, le decía, en silencio, que se calmara, que me encantaba escucharle. Que hablara como le saliera. No quería interrumpirle con mi voz. —  No sé expresarme muy bien. Por ejemplo, muchas noches pienso en lo que puede pasar cuando muramos... Una vez, de pequeño, oí un cuento en el que decían que cada estrella es el alma de un ser humano que ha muerto, y que desde allí nos protege y vela por nosotros. ¿Te parece que llamo al mal fario?, qué le voy a hacer, me da por eso... Otras veces pienso en que me gustaría que los niños negros que salen por la tele, comidos por las moscas y tan delgaditos no pasaran hambre...
Su mirada viajaba a lugares recónditos e inaccesibles para mí.
— Pero todas esas cosas no se las digo a los colegas, se reirían de mí, hasta lo mismo me llaman maricón... O peor aún, lo piensan y no lo dicen...

Desde el principio, he descubierto que tiene miedo al pensamiento que no se dicen en voz alta. Odia a las personas taciturnas y calladas, pero que no dejan de pensar. Giró, tras un silencio, su cabeza hacia mí, y casi abruptamente me susurró con su voz un poco más ronca, como si la idea hubiera sido un avión a la espera de obtener autorización de la torre de control para el aterrizaje.
— Últimamente, a esas horas sólo pienso en ti. Tus ojos bailan dentro de mí, detrás de los míos, y me duermo, como cuando era pequeñito y mi madre me arrullaba...
Esta vez sí lo callé con un beso. Las lágrimas brotaban alegres, regando mi rostro y mi corazón solitario y aterido.
Lo malo es que el reloj, imparable, marcaba las doce menos diez de la noche.
No hablamos más, no fuéramos a estropearlo. Creo que hasta él se dio cuenta. Además, igual que el resto de los días, me puse nerviosa. Joaquín, ante mis palabras de ansiedad, y mis miedos, no fuera a llegar tarde y perdiera todo este breve territorio de libertad que he ganado, ha cometido más de una imprudencia conduciendo que le ha podido costar cara, si la poli lo hubiera pillado. Gracias a Dios, la ciudad se vacía por el calor y el veraneo y, a esas horas, el tráfico es casi nulo. La ciudad es una lengua negra de asfalto cuyo fin es llevarme de Joaquín a mi cárcel, de mi cárcel a Joaquín...

Me gustaría algo más. Creo que me acerco, al menos un poquito, al camino de la felicidad tal y como la entiende la mayoría.
(Continuará...)

sábado, 18 de septiembre de 2010

Fin de Trayecto. Parte primera. Capítulo 02

Viernes, quince de julio de 1988.
Noche.

Me pongo ante tus hojas, en blanco la mayoría, y lloro. A mi alrededor sólo existe una incomprensión que no entiendo...Como me he imaginado, se ha preparado jaleo, mayor de lo que pensaba...
Esta tarde, efectivamente, ha descargado una gran tormenta. El cielo se ha ennegrecido rápidamente a eso de la una del mediodía. Pareció que anochecía. Al poco, unos truenos profundos, de ultratumba, han surcado el espacio. Los rayos atravesaban, espadas de fuego, el firmamento, el agua ha descargado, casi inmisericorde, sobre la ciudad creando, en breves segundos, rápidos ríos urbanos, grises de asfalto: presagio de lo que pasó más tarde.
Lo de la cena he de catalogarlo como el primer incidente familiar grave desde que me he propuesto luchar contra la atmósfera de agobio y persecución a la que estoy sometida. El primer enfrentamiento sin paliativos. Esto será la gota que colme el vaso de mi paciencia. Cualquier día me largo. Esta frase, que parece fruto del enfado de una joven alocada (o enfadada por un contratiempo), anida con más vigor en mi interior de lo que cualquiera supone. Esta idea revolotea en mi interior desde hace un par de años, más o menos.
Las cosas han sucedido peor de lo que el más pesimista imaginaba.
He pedido permiso a papá para ir a la fiesta.
Era un truco estudiado, sabía de sobra que era en vano. De los tres adultos de la casa el único, en teoría, accesible es papá. Pero sólo en teoría. No podía resultar. Ni se ha dignado a levantar la vista del periódico, ha señalado a mamá con una leve elevación de uno de sus hombros, sin recapacitar lo más mínimo en la cuestión, ni una centésima de segundo. En resumen papá es accesible, pero se ha anulado, no opina. Supongo que la conclusión a la que ha llegado es que debe de dejar de sufrir, y lo mejor, en vez de enfrentarse, es meterse en un caparazón de indiferencia y abulia.
Sin embargo, el abuelo, como siempre, ha espetado:
— No, Mila. No saldrás esta noche, y menos a la Estrella, donde no conocemos a nadie. Luego pasa lo que pasa.
Lo ha dicho subrayándolo, apretando las palabras entre los dientes, intentando hacerlas daño, como queriéndolas ahogar. Ha continuado con sus teorías, las de siempre. Además de tiránico, resulta aburrido, monótono.
— Hay mucho desaprensivo al que le gustan las chicas guapas como tú para meterse con ellas. Además, la Estrella es un barrio de borrachos.
Yo sólo quería pasarlo bien, nada más, y tengo la certeza absoluta de que con Joaquín lo hubiera hecho, aunque no sea mi príncipe azul.
— Abuelo— le he escupido, más que gritado —, no tienes ningún derecho sobre mí. Si por ser guapa, no puedo salir, pues que vivan las feas...
De pronto, se han dado cuenta de que no soy la niña que ellos veían.
El abuelo ha dirigido un gesto imperativo, teñido por la sorpresa de mi reacción, supongo que inesperada, a mamá para que actuara. Y lo ha hecho. Ha utilizado un tono de voz que me ha desconcertado, por lo frío y agresivo; pero lo que más descorazonador ha sido la mirada que me ha enviado: mezcla de desprecio y asco. No he entendido tanto odio. La he imitado. El daño que nos hemos hecho es irreparable. Y no sé por qué, pero intuyo que es para siempre, además.
— Niña, el abuelo tiene razón. No hay nada más de qué hablar. Has de saber que mientras no tengas tu trabajo, y no aportes el sueldo, o parte de él, aquí haces lo que se te diga, te falte un año para ser mayor de edad, o tengas cincuenta años. ¿Entendido, mocosa?
He vuelto a dirigir una mirada solicitando ayuda a papá. Sé que en su fuero interno reprueba tal actitud, pero es tan blando por dentro como por fuera, y, por no enfrentarse con mamá y el abuelo, ha callado, una vez más. Únicamente he sentido de él cierta mirada cariñosa, apenas unos segundos; aunque, me ha recordado una mirada bovina, más que humana; se ha encogido de hombros y ha señalado a mamá y al abuelo, volviendo a la lectura. He vuelto a constatar que papá no es nadie en esta casa, menos que yo. Lo he despreciado más que al abuelo y a mamá: definitiva, eternamente.
A ellos dos, al abuelo y a mamá, los he odiado. Este sentimiento es imparable, un camino sin retorno, algo dentro de mí lo atestigua. No sé cuándo daré el primer paso.
Después, he mirado a mis hermanos que callaban como cadáveres que respiraran. Marc percibe, desde hace tiempo, que en casa pasan cosas infrecuentes en otras. Barrunto, por sus gestos y algunas miradas cómplices, que empieza a odiar el ambiente tiránico al que nos someten, sin embargo, tiene miedo a las reacciones del abuelo; se le nota en que, una vez más, ha callado a pesar de estar a favor de mí, aunque sólo sea porque a él le beneficia... En un año, él no tendrá problemas, al fin y al cabo es hombre, y el abuelo le permitirá más cosas. Ya se las permite. A pesar de ello, intuyo que su solidaridad conmigo es, ahora por lo menos, total y absoluta.
Pedro considera al abuelo como el general de un ejército y está orgulloso de ser un soldado de sus tropas. Él me cataloga de niña repipi que prepara jaleos y hace que el abuelo lo pase mal. Causando problemas, en definitiva. Sólo tiene diez años, y para él la figura del líder es muy importante. Así que piensa que, si el abuelo me prohibe salir por la noche, sus razones tendrá. Nunca entiende mi postura, ni la de papá. Para Pedro, papá es un bicho raro que no usa las dotes de mando que por naturaleza debería de ejercer. Supongo que envidia a los demás compañeros y amigos cuando hablan de las iniciativas de sus propios padres. En el fondo, ha sustituido el papel que debería desempeñar en su vida papá por el abuelo.

O sea, aquí estoy, con mil lágrimas que, atravesándome el corazón y cruzando la garganta, ruedan por mis mejillas. Envidio la suerte que tienen mis amigas. No sé si en esta casa comprenden que esta situación es insostenible. Que me siento como una pantera enjaulada y cualquier día haré algo que ahora no son capaces de prever.
Se creen fuertes, se creen mis dueños y señores, pero olvidan que dentro de mí late un corazón con ganas de vivir. Parece que soy una mascota de su propiedad que les debe obediencia eterna. Es como si quisieran encerrar la brisa en alguno de los jarrones que pueblan el salón. O como si quisieran que el aroma de las rosas del jardín permaneciese para siempre en la casa.

Me queda el consuelo de que mañana veré a Joaquín.
Menos mal que me imaginaba todo lo que ha sucedido. Así que he quedado con Joaquín donde siempre, a la hora de siempre... Ni he mencionado la fiesta, ¿para qué?
Parece que no se dan cuenta de que para estar con algún chico no necesito que el sol desaparezca del firmamento. Suponen que el sol ejerce su misma labor de vigía omnipotente y omnipresente.

Me llega, desde fuera, un aroma embriagador. La mezcla del olor a tierra mojada por la tormenta con los efluvios de los dondiegos me ha llevado por unos segundos a un respiro en mi ánimo. Con razón dicen que no hay mal que cien años dure. Parece que el infinito se alía conmigo y me envía suaves caricias en forma de fragancias que aplacan el llanto de mi corazón.
Me acabo de asomar a mi ventana, que, como cada noche estival, tengo abierta (aún a riesgo de ser machacada a picaduras por los insectos que entran en la habitación atraídos por la magia de la luz ) y he disfrutado de la amabilidad con la que la Naturaleza me obsequia. Las estrellas, perlas del infinito, sonríen con ternura. Una serenata melancólica de grillos me acuna...

No soy la única despierta a estas alturas de la noche, la luz del piso del escritor de enfrente sigue funcionando. ¿También escribirá, como yo?

¡Cómo me gustaría ser mayor y hacer lo que quiero hacer! No lo soporto más. A veces, creo que debería atreverme a visitar a ese escritor, para que supiera mis cosas, quizá él escribiera alguna novela inspirada en mi vida; luego, me encargaría de regalársela a mamá, a ver si se enteraba de algo.
Empiezo a desvariar. Debo acostarme.
(Continuará)