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Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Fin de Trayecto. Parte primera. Capítulo 07

Lunes, veinticinco de julio de 1988.
Mediodía.

Como era de suponer, las pocas horas que he dormido han estado plagadas de pesadillas y de llanto.
No me acuerdo de nada de lo que me ha alterado el sueño. Sólo sé que la madrugada, el final de la madrugada, ha sido una pelea con alguien. Ahora sería divertido inventarme algún sueño raro y escribirlo, sin embargo no sería honesto.
Desde el primer día, sólo escribiré cosas ciertas en este diario, o, al menos las cosas como yo las vea, las sienta, las viva, o sea, verdaderas para mí. Es lo más próximo que conozco a la objetividad. No quiere decir que todo lo que me ocurra lo ponga por escrito. Al menos no es mi intención.
En la casa hay tensión. Nadie se ha molestado en dirigirme la palabra, salvo Marc que ha llamado a la puerta de la habitación.
Lo he abierto, después de ponerme una camiseta, pues por culpa de este calor estaba casi desnuda. Me ha preguntado cómo me encontraba y si no bajaría a desayunar.
Le he dicho que bajaría un poco más tarde.
Me ha preguntado si quería que le dijera algo a Joaquín. Me ha emocionado su solidaridad, sin embargo, le he prohibido tajantemente que lo intentara. Él no tiene nada que ver con todo el lío de anoche y mejor que no se meta. Ya le explicaré por la tarde.
No he bajado a desayunar. No me ha apetecido.
Mi cabeza da vueltas a mil cosas. He estado sentada sobre la cama. He pensado en todo lo que ha sucedido, y no sólo en lo de ayer, sino en todo lo que ha sido mi vida desde que puedo recordar, y más que recordar, comprender: los golpes que me han propinado el abuelo y mamá, lo mismo que a mis hermanos, sobre todo a Marc. Pedro, como es el pequeño, es el niño mimado de la casa. Desde hacía unos cuantos años nadie me pegaba.
La bofetada de anoche (y el insulto) va a significar un momento clave. Sin duda va a haber un antes y un después de esa bofetada, para mamá también, por supuesto. Aunque, en el fondo, sólo significa una cosa. Sólo significa la demostración palpable de que el odio que sentía hacia mí desde niña, no ha desaparecido. Ella sigue culpándome del fracaso de su vida. ¿Fuí un embarazo no deseado? ¿Pudo hacerle tanto daño que fuera una chica y no un varón? ¿Fue tan brutal la persecución a la que la sometió el abuelo? Nunca he indagado en todas esas preguntas. Probablemente papá me pudiera responder de algún modo. Analizo mi vida bajo esa nueva perspectiva y descubro que soy un estorbo. Sí, será mejor que marche de esta casa.
También he pensado en las mil y una discusión entre papá y mamá. Siempre sucedían cuando papá había bebido alguna, o muchas, copas de más, entonces cogía, al menos en apariencia, el mando del hogar por unas horas y todo se volvía patas arriba en favor de nosotros, sus hijos.
Supongo que podría haber sido un buen padre, pero su falta de fuerza para afrontar cualquier discusión se lo ha impedido. Tenía que beber, y no poco, para enfrentarse al abuelo y a mamá. Al final, mamá hizo que desaparecieran las bebidas alcohólicas de la casa. Eso fue una medida positiva, porque me temo que si no, la cosa hubiera sido peor, hubiéramos llegado a serios problemas de violencia. Pero tal era la pusilanimidad de su espíritu, que mamá consiguió que no saliera de su casa salvo a mandados muy concretos o con ella colgada de su brazo. Sólo algunos años después, con el abuelo pegado a los talones, iba al bar a jugar la partida de después de la sacrosanta siesta. No sé si bebía. No me importa. Lo que si sé es que ahora, ni bebido, es capaz de enfrentarse a mamá. Como si le hubieran castrado el alma.
Con estas vivencias, y con este clima de violencia soterrada y asfixiante, oculta y cegadora, anhelo más el cariño de Joaquín, igual que se anhela la brisa suave y refrescante en uno de estos días calurosos del verano ....
Y luego, durante un buen rato, lo único que he hecho ha sido recordar cómo le conocí...
Aquella tarde, apenas reparé en él. Le conocía, claro, pero nunca hubiera sospechado que sería mi primer ligue serio. Era sábado. Un sábado del principios de primavera. Un sábado iluminado. Casi con exceso de luz, tanta que podría emborracharnos. Estaba en el parque de san Emilio con mis amigas, hablando, o, más bien, discutiendo sobre chicos. (Esta conversación es la más recurrente desde que comenzó el curso, incluso en las peores épocas de estrés producido por lo exámenes, y aquella era una de ellas). Laura, la más observadora del grupo, y mi mejor amiga, me susurró: “En la cuadrilla de los chicos no hacen más que mirarnos. Parece que traman algo. Creo que a la que más miran es a ti.” Me situé mejor para ver sin ser vista.
Efectivamente, el grupo de chicos no hacía más que mirarnos y reírse, con esa risa nerviosa que da la preparación de algo excitante. La primera intención que tuve fue sugerir que nos largáramos, no fuéramos a ser víctimas de alguna broma pesada de aquellos brutos. La panda que formaban (¿forman todavía?) Jorge, Ricardo, Rodri y el propio Joaquín, la catalogábamos de asnos sin educación, que iban a lo que iban con las chicas.
(Ahora me doy cuenta de que utilizo los mismos argumentos del abuelo para justificar la defensa que hace de su postura frente a mis deseos de libertad. Pero existe una diferencia: él habla en abstracto, en teoría; en realidad, le importa muy poco que existan, o no, peligros ciertos para mí integridad física o moral, lo único que le basta es que exista el riesgo teórico).
El principal problema es que Jorge, Ricardo y Rodri seguían estudiando, mejor dicho, matriculados en el Insti porque no han tenido oportunidad de encontrar un curro, por pequeño que sea. Joaquín se lanzó a la aventura y no le va mal.
(Aunque si con ese dinero tuviera que formar una familia, la cosa cambiaría ... En fin, a lo que iba, me lío a escribir y no sé lo que pongo...).
El caso es que no dije nada. Actué con prudencia (bendita prudencia la mía aquel día) y esperé acontecimientos; ávidamente, si soy sincera... A los pocos minutos, se acercaron y nos propusieron ir a un bar que no está lejos del parque. Aceptamos, por vencer el aburrimiento y por ver qué pasaba. Nos lo tomamos como una pequeña aventura, al menos yo...
Desde el principio, se vio que el plan era de Joaquín. Se trataba de que él y yo nos quedáramos solos. No me desagradó la idea. Joaquín, sin duda, es el más guapo de todo el grupo, sin embargo, no supe cómo actuar.
Siempre he sido muy tímida con los chicos. Muy pocas veces he sido natural frente a ellos. Las cosas que decían, y dicen, en casa eran, y son, una muralla que me obstaculiza para actuar con ellos con normalidad. Les veía como enemigos, aunque nunca lo he expresado así...
Joaquín tomó las riendas del asunto. No sé cómo sucedió, pero al poco rato estábamos los dos solos hablando acerca de todo lo humano y lo divino.
Desde ese momento, me quedó una impresión imborrable y decisiva: con Joaquín estaba a gusto y segura. El reloj corría y no me enteraba. Sin darme cuenta, pasó el resto de la tarde. Cuando me percaté de que había oscurecido, quedé sorprendida. Llegué tarde, y sofocada, a casa. Pero con latidos enormes y vivos dentro de mí: aleteo de mariposas en el corazón. No sabía entonces, ni sé ahora, si eso es amor, pero era nuevo para mí. Era una sensación placentera que me invadía y me colmaba de ilusión.
En esa semana tenía importantes exámenes, sin embargo, no pude concentrarme en ellos. Sólo quería que llegase el siguiente viernes por la tarde para estar con Joaquín.
Gracias a Dios que le advertí, sin mucho detalle, de la situación familiar que vivía. Le puse como excusa, además, los exámenes. Se trataba de evitar llamadas a casa que desbarataran la aventura en sus inicios.
Desde ese día, cada vez que entraba en la habitación para estudiar, la cabeza era una golondrina, como las que están en el alero de la casa, y que surcaban el cielo de la ciudad sin ton ni son, en apariencia... No podía, ni quería, quitarme del pensamiento su cara, su voz, sus manos, sus ojos...
No intentó nada aquella tarde. Ni se declaró. Ni siquiera, si soy objetiva, de la conversación que mantuvimos, podría deducir que pretendiera ligar conmigo. Pero me sentí atrapada por una red invisible, que, sin duda, había tendido sobre mi corazón con sus vigorosos brazos, y su mirada esmeralda.
Así transcurrió esa semana: sueños, vuelos de fantasía, mezclados con recuerdos de la primera tarde con él: como un collage, un rompecabezas.
Y llegó el viernes...
Desde que salimos del Insti, sólo pensé en la ropa que vestiría para mi primera cita, porque lo de la semana anterior no había sido una cita. Podría ponerme elegante, incluso con una falda larga que se cierra mediante una botonadura que va desde la cintura hasta los pies. Si abrochaba sólo la mitad, mis piernas quedarían descubiertas cuando yo quisiera. ¿Me debía pintar? ¿Y si llevaba el suéter blanco ajustado? Me vestí de esa manera. Cuando me vi retratada en el espejo, me encontré maravillosa, mágica.
Recordé a mi madre. Recordé que yo era Cenicienta y que no tenía hada que me visitara. Y no tuve que hacer ningún esfuerzo para adivinarla inquisitorial a la puerta de la casa cuando pretendiera salir de aquella manera.
La conclusión fue fulminante. Continué con mis eternos vaqueros (eso sí, ajustados). Aunque sí retoqué el peinado: me eché todo el cabello sobre el hombro izquierdo, dejando la cara despejada por el derecho. Ese es mi perfil más atractivo.
Gracias a Dios mamá no se extrañó. No tenía por qué extrañarse no es la primera vez que lo hago.
No ocurrió nada destacable. Estar con Joaquín era suficiente para mí.
Para el sábado decidimos que me invitaría a la discoteca.
No le dije que tenía prohibidas las discotecas. Fue un ardid para que no se alejara de mí, antes de acercarse. Me arreglé, me puse la ropa que me hacía más atractiva. La falda larga y el suéter blanco que se me ajustaba como una segunda piel. Me esmeré en los ojos, mi baza principal. Pensé que, más que pintarlos, los decoraba. La comparación me hizo gracia. Por no sé qué avatares, mi madre no reparó en mi vestuario. Lo que me intrigó un tiempo.
Él se vistió con camisa blanca y unos ajustados vaqueros negros...
No esperó.
Se me declaró.
No utilizó frases muy románticas. O un párrafo elaborado lleno de poesía. Hubiera sido imposible en él, y hubiera quedado ridículo, como si los albañiles trabajaran con frac y pajarita. (Joaquín tiene otra virtud, o a mí me lo parece, que actúa con mucha naturalidad). Me dijo, más o menos: “Me gustas mucho. Desde hace un par de meses, me he fijado en ti... Me gustaría que empezáramos a salir, si es que quieres y no tienes otro compromiso”. Lo dijo con voz tímida, pero sus ojos verdes estaban seguros de lo que hacían. Desmentían el tono empleado. Dijo algo conmovedor, porque no me lo esperaba, “Mila, tus ojos me han embrujado”. Utilizó esa palabra. A pesar del estruendo de la música, juro que la oí.
No me lo pensé. La presión en casa no me dejaba otra posibilidad. Si hubiera estado afectivamente cubierta, hubiera sopesado las cosas. Al fin y al cabo, la fama de Joaquín no era desconocida para mí, todos en el barrio le comparaban con don Juan. Le dije que sí. Un sí pequeñito y dubitativo, quizá, o eso me pareció. Desde luego, muy alejado de la seguridad y el aplomo que él mostraba, a pesar de la aparente timidez.
Salimos de la discoteca. Se dio cuenta que en aquel ambiente no estaba cómoda. Demasiadas miradas a mi alrededor. Demasiado ruido. Demasiado humo. Tenía la boca seca.
Mi corazón se desbocó. Me cogió de la mano. Un estremecimiento me conmovió de arriba abajo. No sé cómo será para las demás, a mí me pareció que una sinfonía de colores sonaba por todas partes. Era la primera vez que alguien me quería, o lo aparentaba. Era la primera vez que alguien valoraba en serio mis cosas, mis ilusiones, mis ideas, mi persona, o lo aparentaba. Me sentía halagada y plena. Me sentía mujer..., por fin, persona.
Llegamos al parque donde nos conocimos. Eligió, no sé si adrede, el banco donde estuvimos sentados el sábado anterior. Me sonrió. Me rodeó con su fuerte brazo y me besó. Fue mi primer beso.
El tiempo se detuvo durante aquel largo y profundo beso, o a mí me lo pareció. Por vez primera, mi boca era traspasada por otra lengua. Por vez primera, mi saliva se mezclaba con otra saliva. Por vez primera, su respiración, como esencia de sí mismo, entraba, por mi boca, hasta mis entrañas, hasta mi corazón. Me gustó. Me produjo sensación de plenitud. Quise muchos más como aquel. Infinitos, a ser posible. A mi alrededor, de pronto, no había nada, nadie. El universo ovacionaba sobre nuestras cabezas. Aún hoy, me estremece el recuerdo de aquel primer beso, bajo el oloroso castaño en flor, mientras sentía por muchos minutos el aplauso del infinito, presentía, emocionada, que nos observaba mientras sonreía esféricamente.
Después llegaron otras tardes en la discoteca. Las primeras caricias, sentir otras manos distintas de las mías recorriendo mi piel (al menos la superficie de piel que le permitía), o el abandono en sus fuertes brazos mientras la música suave y placentera, lenta y dulce, como un sueño de bebé, me mecía y mostraba infinitos horizontes de luz y libertad.

Sin embargo, qué distinto es todo lo que ocurre en esta casa. Llevo toda la mañana sin salir de la habitación y nadie ha venido a preguntar si me pasa algo. Y lo peor no es eso, lo peor, es que no me sorprende...

(Continuará...)

6 comentarios:

Leonel dijo...

Es increíble, Amando, como logras pasar de la tensión del capítulo anterior, a los recuerdos que hacen que Mila escape de su realidad, transportándonos con pulcritud y minuciosidad a los deseos de esta joven mujer. En el final, rompes nuevamente con toda la tranquilidad que habías creado, como para recordar que los sueños son una cosa y la realidad es otra.
No sé como has hecho a meterte en la parte de ella, para contar desde el punto de vista femenino esta historia, no creo que sea fácil hacerlo.
Hasta el próximo capítulo.
Un abrazo.
Leo

Flamenco Rojo dijo...

La experiencia de Mila con la pandilla es la propia que teníamos los jóvenes de nuestra generación…En algún momento me ha parecido que estaba leyendo tu otra novela “Mañana amanecerá”.

En espera del próximo capítulo recibe un fuerte abrazo.

Isolda dijo...

Ya me he puesto al día. Me encanta releer, pues soy de las afortunadas que tengo esta novela en el ordenador. Sigo diciendo lo mismo, Amando, me maravilla cómo te metes dentro del papel. He redescubierto frases, especialmente en este capítulo, que hubiera atribuido sólo a una mujer; me refiero a algunas como: 'estoy segura de que yo sabré distinguir cuándo un hijo o una hija me engañe'. Imagino que los muchachos de hoy tal vez se planteen las mismas cosas.
Muchas de nosotras nos acordamos de cosas parecidas, pero nuestros hijos nos habrán toreado igualmente. Ante el amor y a esas edades no hay barreras.

Tan sólo diferimos en la época, pero comprendo que las ciudades llevan su ritmo y no todas el mismo compás.
Besos para la protagonista, al menos por ahora.

mateosantamarta dijo...

También yo me he puesto al día e intentaré leer cada entrada o, si no me es posible, lo seguiré como pueda.
Mila resulta, a veces, muy madura; en este entrada parece más en onda con lo normal en una chica de 17 años. Claro que los míos pasaron hace tanto tiempo que quizá no me oriento bien.
Un abrazo.

Ángeles Hernández dijo...

Mila tiene la idea de que su presencia en el mundo ha destrozado la vida de su madre y se pregunta si fue un embarazo no deseado o si tuvo problemas con el abuelo. También hasta qué punto su existencia fue determinante en el hecho de que su madre se casara con su padre, tan poco adecuado a sus expetativas.

La madre no sale bien parada en el diario de Mila, es cruel y no parece amarla, pero mucho más duro es el retrato del padre: cobarde, insignificante, se ha dejado dominar por la supuesta superioridad de la familia de su mujer sin hacer nada para ponerse en su lugar como padre,esposo, hombre...

La hipótesis del matrimonio de penalty cobra fuerzas a la luz de este texto. Así las cosas, madre abandónica emocional y padre ausente, creo que la protagonista de esta novela está demasiado equilibrada y lúcida. Su gran sensibilidad, que vemos cuando cuenta el encuentro con Joaquín y probablemente su inteligenia la va salvando de momento.

Supongo que el devenir de la historia nos conducirá por duros momentos (estamos advertidos), a los que la llevará su necesidad de amor y de aceptación.

Continuará...

Ana J. dijo...

He vuelto a la excitación de la primera cita, de la elección de la ropa, del primer beso.
Amando, ha sido un capítulo excelente.
Un abrazo muy fuerte