Advertencias y avisos
Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE
VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS
domingo, 25 de octubre de 2009
MAÑANA AMANECERÁ (XI)
Los bares estaban repletos de gente que había dejado todo, y bebía de forma precipitada y agria, mecánica y triste. Hasta los que llevaban mucho tiempo sin beber. No había risas, ni discusiones, sólo comentarios a media voz.
Fui a caer con Javier al Bodegón. Fue él quien pidió por mí, sabía lo que yo tomaría y se unió a mí, Dos copas de ginebra. El camarero nos sirvió, su rostro estaba tenso, Sólo cobramos la mitad de precio, De acuerdo. Tras haber ingerido el primer trago, sin mirarle a la cara, le pregunté en voz baja, casi un susurro, Javier, ¿quién tiene la culpa de todo esto?, Yo que sé, lo único que sé es que estoy acojonado; pero me da en las narices que los yanquis se podían haber estado quietos, ¿no te parece? Aunque lo que más me importaba, mi verdadera preocupación era otra, ¿Crees que el fin del mundo puede llegar de esta forma?, Pues hombre, visto así, lo mismo da igual: si tiene que haber fin del mundo, a lo mejor no importa cuál sea el método, lo mismo con los neutrones esos se sufre menos que en un terremoto, u otro diluvio universal, o un asteroide que reviente este planeta, pero me parece lamentable, porque esta gente va a acabar con nosotros sin que lo hayamos olido; fíjate en África, que en muchos sitios lo mismo ni se han enterado. Fijó sus ojos angustiados en los míos, que supongo compartirían el mismo tipo de brillo, Es que esto es de locos, joder; creo que ni en Estados Unidos quieren toda esta barbarie, pero como un paranoico anda suelto por la Casa Blanca. Pensé durante unos momentos en lo último que había dicho, no estaba muy de acuerdo, ¿Crees que los militares de allí no están de acuerdo?, pienso que habrán sido ellos los que habrán dicho que había que atacar.
Pasaban los minutos que nos caían encima, como losas de pedernal. Quiso ser ingenioso, Menos mal que son limpios, porque las bombas que tiran no manchan: sólo matan la vida, pero lo demás queda intacto. No le contesté, me dirigí al camarero que pasaba a nuestra altura, Otras dos copas, por favor.
El bar estaba repleto. La gente sólo bebía alcohol. Poco a poco el volumen del sonido iba subiendo. La tranquilidad del principio se iba acabando. Se veía venir que algo ocurriría. Varios exaltados, con más copas encima que los demás, o que les habían hecho más efecto, pidieron, y pagaron, botellas de Coca Cola y Vodka y las arrojaron en medio del pavimento, en la calle. Todos aplaudimos el gesto, aunque no dejaba de ser un signo más de nuestra elocuente impotencia.
Tácitamente, la bebida norteamericana se había prohibido, cuando la gente pedía un combinado, era de limón, naranja o tónica. Nunca con vodka, claro.
Uno no se dio cuenta, o pensó que una cosa no tenía que ver con la otra, y pidió una ginebra con Coca Cola. Cuando el camarero se la iba a servir, un grupo de gente lo impidió y arrojó la bebida contra la pared de enfrente. El individuo despistado iba a correr la misma suerte. Tuvo que implorar poco menos que misericordia. Algunos, algo más sosegados, aplacaron los ánimos. Aquellos pequeños conatos indicaban que la situación se tensaba por momentos. Lo dejaron en paz. La histeria, el vandalismo, la brutalidad podía hacer acto de presencia en cualquier momento. Quizá no estuviera de más que alguien controlara ciertos ímpetus. Como la situación no se tranquilizara en unos días, o en unas horas, la cosa podía acabar muy mal ¿Habría tantas opciones?
Nos dirigimos a la Plaza. Una turbamulta paseaba silenciosa, casi, sólo se percibía un murmullo, como el de una alameda mecida por la brisa. El helor era intenso, nos atenazaba. Volvía a nevar, pero nadie quería enterarse de nada. Nadie quería moverse de allí. Los bares estaban llenos. El trasiego de personas era impresionante. Los único que aquel día trabajaba eran los camareros, que, sin embargo, no bebían menos que los clientes.
Llegó un borracho dando voces. No es que estuviera borracho excepcionalmente aquel día. Era su estado habitual. No sé por qué, todos nos callamos para escucharle. Quizá porque voceaba, y los demás apenas musitábamos. Todos moriremos, y añadía con vehemencia y voz pastosa, Arrepentíos de vuestros pecados, pues hoy moriremos sin remisión; que Dios os perdone; los que hoy acaban con el mundo son los ángeles exterminadores que han salido del Paraíso para impartir la justicia divina, hartos de nuestro pecado. La voz se convirtió en un trueno, Llega la hora final, el último día, arrepentíos, no maldigáis a los instrumentos del poderoso brazo de Dios, acabarán, gracias a la espada de fuego, con todos los sufrimientos de la humanidad y pasaremos a una vida de paz eterna, que Dios nos perdone.
Y cayó, de pronto, fulminado, sobre la nieve. Un grupo nos arremolinamos ante él. Se oyó una voz que confirmaba nuestras sospechas, Está muerto, lo dijo tras alzar la cabeza que había apoyado contra su pecho inerme. Y otro, ¿Puede alguien llamar al médico y a un juez?
Todo fue rápido, como de pesadilla, como de película surrealista, como de teatro del absurdo. Aquella escena, ciertamente macabra, golpeó nuestro ánimo, fue un impacto seco y eficaz, contundente y directo. De alguna manera, aquellas palabras apocalípticas nos colocaron a todos en la situación de pensar. Sólo habíamos demostrado la desesperación. Pero alguien, desde el fondo de un río etílico, había dado un paso más: si esto se acaba, si llega el final, ¿qué pasa? ¿Habrá un después si el mundo acaba? Él opinaba que sí, al menos bajo la influencia del alcohol. Los demás, ¿qué pensábamos? ¿Acaso podría meterme en la cabeza de los que por allí deambulábamos, casi como los burros en la noria? Miraba los rostros, todos eran inexpresivos, impermeables. Quizá, la mayoría, como yo, no sabría la respuesta. En todo caso, como yo, deseábamos que así fuera, pero, esa duda, estaba más allá de cualquier respuesta. De hecho, y esa realidad es tan constante como la misma muerte, actuábamos, como si después de ella, la muerte, todo hubiera acabado. Lo demás, independientemente de las creencias o no creencias de cada uno, se difuminaba en una niebla difusa, inalcanzable, lejana. Para algunos era una esperanza tan honda, que, a veces, se convertía en certidumbre, para otros, era tan imposible, como que se pudiera andar sobre las aguas.
Nos fuimos a tomar otra copa por allí. Lo hicimos rápido, en silencio. Empezábamos a ser dos sombras de nosotros mismos.
Bajamos por la calle Imperial rápido. Dije, por decir algo, Esta tarde el recital. Me miró, No sé para qué. Me encogí de hombros, Hoy nadie sabe para qué hace nada, supongo que se trata de cerciorarse de que estamos vivos. Él seguía con su pesimismo a cuestas, o con su realismo, Pero lo nuestro es más ridículo: está a punto de empezar la tercera guerra mundial, y nos disponemos a dar un recital de poesía; tío, estamos muy mal. Seguí mostrando la misma tozudez que en casa, que en clase, no me resignaba a esperar de brazos cruzados el final, y daba pasos, poco a poco, para concretar mi actitud. Era algo extraño, pues mi razón me gritaba que la cosa se me escapaba de las manos, y que yo no podía hacer nada, pero, muy dentro de mí, notaba una poderosa fuerza opuesta, un irresistible impulso que me llevaba a resistir, Quizá no es tan descabellado, porque regalar un poco de belleza, es lo único que se puede hacer para que la gente muera un poco más a gusto, si es que vamos morir. Paró en seco, casi no me di cuenta y tuve que retroceder unos pasos para volver a su altura, cuando lo estuve me espetó, ¿Es qué no lo crees?, La esperanza, a pesar de todos los pesares, es lo único que no se pierde. Me miró con otra mirada, quizá descubrió que mi respuesta repetitiva, tenía una fuente oculta, Puede ser, pero creo que ya la he perdido. Le intenté sonreír, Venga, Javier, ¿no crees en los milagros? Hasta yo mismo me alucinaba de que mi garganta dijera tales cosas. Así que no me extrañó la mirada que me mandó, debió de pensar que andaba muy cerca de la locura, ¿Y tú?, Hoy no me queda más remedio. He de reconocer que le dejé un poco pensativo y, de repente me espetó, sin que viniera a cuento, ¿No os reunís los del Club ese los miércoles para rezar?, Sí, ¿Puedo ir mañana con vosotros?, Por supuesto. Se encogió de hombros, No sé porque lo hago, pero el caso es que puede ser la única forma de que no me dé por tirarme balcón abajo, porque lo que se acerca no lo quiero vivir, te lo juro. Lo miré con cariño, Eso nos pasa a todos, creo yo, no te atormentes, ¿Piensas que servirá para algo juntarnos unos pocos para rezar como viejas beatas? Era el momento de tener cuidado con las palabras, jugaba con fuego, pero me nacieron del pecho como una cascada, como sale el agua de una tubería rota, y sin saberlo él fue quien me puso en el disparadero. Hablé a borbotones, casi sin pararme para respirar, Creo que es ahora cuando tenemos que actuar todos los jóvenes y unirnos para convencer a los gobiernos para que cesen su actitud; quizá para ellos el mundo no tenga ningún sentido, pero para los jóvenes siempre lo tendrá, siempre será algo difícil, pero hermoso, y no me gustaría dejarlo, porque a unos mangantes se les haya metido en el coco; tengo tanta vida por vivir: me espera una mujer, o eso creo, me quedan todos los versos del mundo que escribir, quién sabe si alguna novela; no, no quiero que me echen de aquí sin antes haber intentado algo que lo evite; el mundo, a partir de hoy, puede ser nuestro.
Mis palabras ardientes quedaron flotando en el helado aire. Ni yo mismo entendía de dónde había partido tanta fogosidad en mi ánimo, aunque acordarme de ella, y saber que no la habría podido demostrar mi amor, me sublevaba. Javier se quedó admirado por mi verborrea, había superado con creces la intención de su pregunta. Supuso que en mi cabeza había algo, ¿Qué propones? Y, de pronto, a toda velocidad, fragüé una acción, que sabía desde el principio simbólica, incluso barruntaba que inútil, pero como vengo diciendo, yo sólo era un utópico idealista. No se me ocurrió otra cosa, así que, casi según lo pensaba, se lo conté, Conozco algún teléfono de gente que se mueve en grupos cristianos en prácticamente toda España, podíamos ser los catalizadores y organizar una manifestación unitaria con un lema que dijera más o menos “Jóvenes, salvemos el mundo. Gobernantes, deponed vuestra actitud”; seguro que se enteran en todo el mundo; mientras esto dure, podemos repetirlas cada día; que se enteren, por lo menos, de que nos destruyen por unos intereses bastardos, que ni nos van, ni nos vienen; que cuando abandonen este mundo, sean conscientes de que llevan clavado el aguijón de los jóvenes, porque nosotros ni les entendimos, ni les apoyamos, ni les temimos. Creo que enardecí su ánimo, ¿Cuándo empezamos? Mi cabeza, quizá accionada por el miedo y por el alcohol iba muy rápida, Mañana mismo por la noche; no, mejor esta noche, con velas y esas cosas.
Intentó levemente bajarme a la realidad, Pero necesitaremos propaganda, ayuda, permisos, yo qué sé. Yo ya estaba lanzado, y no necesitaba que me parasen, sino al contrario. Ni quería, ni tenía tiempo para meditar lo que se me ocurría, era una inspiración, ya habría tiempo para los matices.
Le agarré del brazo, como poseído, Vamos al Gobierno Civil, deprisa.
domingo, 18 de octubre de 2009
MAÑANA AMANECERÁ (X)
El reloj marcaba las diez y cuarto de la mañana. Había sido, hasta ahora, una mañana muy ajetreada y dura, por lo menos, emocionalmente, aunque mi familia y yo éramos afortunados, sólo habíamos vivido una hora de miedo. Algunos compañeros, llevaban desde las siete de la mañana con la angustia arañando y mordiendo, sin piedad, sus corazones.
En los semblantes, se adivinaba con nitidez una misma pregunta que nadie, sin embargo, pronunciaba.
Muchos se habían empaquetado una radio pequeña, con la que nos enteraríamos de lo que sucediera más allá de nuestras fronteras, donde en espíritu, estaba todo el mundo, rogando que no se produjera el inicio del último capítulo del Apocalipsis.
Aunque nadie lo quisiera decir, sabíamos que si no era hoy, o mañana, sería pasado, o al otro. Las armas convencionales no servirían para solucionar la confrontación, ni siquiera las más modernas y destructivas. Al final, entrarían en escena las químicas... y las nucleares, todos lo dábamos por descontado. También dábamos por descontado que el conflicto abarcaría toda la superficie de la vieja corteza terrestre, no se circunscribiría a una zona concreta. Desde ese momento, nadie sabía qué ocurriría. Mejor dicho, todos lo sabíamos, pero nadie nos atrevíamos a pensarlo: este planeta dejará de tener vida sobre su faz. Y esa amenaza, era un monstruo informe que extendía, firme, por nuestro pensamiento, primero a modo de nefasta intuición, luego, como certeza enlutada, por último, como destino fatal.
Aún hoy, cuando recuerdo aquellos momentos, la carne se me pone de gallina, se me erizan los vellos, y un sudor frío recorre mis sienes.
Cuando el profesor de turno intentó impartir su clase, fue imposible. Era don Ezequiel el profesor de religión precisamente. La primera pregunta fue una flecha, ¿o habría que decir un misil?, disparado por todos aunque sólo uno la hiciera en voz alta, ¿Como sacerdote, qué opina de todo esto?
Don Ezequiel quedó pensativo, acaso la pregunta le sorprendió, o como sacerdote todavía no se lo había planteado, era demasiado pronto, y demasiada noticia, para que hubiera tenido tiempo de analizar cada matiz. También era probable que tuviera pocos matices, y pocas diferencias entre sus sentimientos como sacerdote y como persona. Dejó que transcurrieran unos largos segundos, para que cada uno, en su interior, buscara su respuesta.
Observé en sus ojos, tras los cristales de sus gafas un aire de miedo que le sopló como un vendaval repentino. Creo que hasta su plateado cabello se aclaró más aún, el aspecto de su cráneo se podía confundir con el día. Sus rollizos dedos golpeaban la mesa con insistencia, como si con ese tamborileo quisiera expulsar la angustia de su corazón. Por fin habló con lentitud, como si las palabras le pesaran tal que un pedregal en lo hondo de su garganta, Esto es un atentado contra la vida de las personas, y por eso condenable y detestable... Tomó aire, sabía que esperábamos más de él, En estos casos de conflagración mundial no sé hasta qué punto pueda ser o no el cumplimiento de la voluntad divina, y éste pueda ser nuestro fin, ya sabéis que los católicos creemos que los caminos del Señor son inescrutables...
No pudo continuar. Sufrió una avalancha de preguntas, había puesto el dedo en la llaga, ¿Usted cree que esto es el fin del mundo?, ¿Usted cree que nos salvaremos?, ¿Usted cree que Reagan representa la venida de Cristo a la tierra y Bresnev el Anticristo? No sé si a su pesar, pero sonrió tímidamente, a lo mejor, es lo que pretendía, destapar la tormenta, hacer audibles las preguntas que, realizadas de uno u otro modo, nos formulábamos. Nos miró con ternura y lástima, diría yo, como diciendo que no merecíamos lo que sucedía.
Tomó aire nuevamente, esperó con calma a que el silencio, como una pregunta invisible, se dirigiera hacia él y contestó. Intentó que fuera con reposo, Vamos por partes. Con el gesto pedía atención, No he dicho que esto sea el fin del mundo, sino que, a lo peor, para nosotros es el fin. Empezaba con sutilezas, me temía que eso nos dejaría un poco fríos, No sé si nos salvaremos, si lo supiera sería Dios, y os garantizo que no lo soy. Quiso hacer un guiño a cierto humor negro, Si lo fuera, no estaría pasando los nervios y el pánico que me invade ahora mismo; tampoco creo que Reagan sea Cristo, porque empezaría a dudar de todo en este instante, os lo garantizo; ni que Bresnev sea el Anticristo, es demasiado viejo y torpe.
Consiguió que sonriéramos que era mucho, dadas las circunstancias. Supuso, erróneamente, que era mejor intentar regresar a la normalidad, Bueno, vayamos a lo nuestro... Vano intento, ¿De qué nos servirá si mañana ya no estamos aquí? Un murmullo general vino en apoyo de aquella pregunta, Eso, Eso, Eso... ¿Qué queréis que hagamos entonces?
Seguimos dando vueltas al tema, como si en nuestras jóvenes e inexpertas manos tuviéramos la solución, o parte de ella, siquiera. Poco a poco todos llegamos a un acuerdo: aquello era imperdonable, pero no podíamos hacer nada. Y tras preguntarnos quién podría tener alguna posibilidad de arreglar el desastre, llegamos a una sola conclusión. La iglesia Católica era quien contaba con más posibilidades para que, al menos, ambas partes se sentaran a la misma mesa, e intentaran solucionar el conflicto; no por sus doctrinas, que en ninguno de los países en conflicto era dominante; no por su poder, que a los niveles que nos movíamos era nulo; sino por la personalidad del Papa y por el prestigio de su diplomacia. Pero todos sabíamos, también, que, si se llegaba a esa solución, entrarían en escena como último recurso.
Previamente tendríamos que asistir a la escenificación esperpéntica y conocida de ante mano de todos los fracasos diplomáticos: la ONU lastrada por el derecho a veto, que entre otros, tenían ambos países; la CEE sin política exterior común y con la mayoría de sus miembros claramente aliados de los Estados Unidos, sobre todo, Gran Bretaña; quizá alguna otra potencia, como China, que no ofrecía confianza a ninguno de los dos países; incluso Francia, al no pertenecer al entramado militar de la OTAN, pero sin fuerza específica. En último extremo, se podría soñar con alguna extraña alianza de naciones. Pero todas aquellas posibilidades no ofrecían garantía, ni la más pequeña. Incluso era probable que sólo el pánico fuera quien, finalmente, detuviera toda esta locura en la que habíamos entrado de la mano de un cow boy de segunda metido a presidente de los americanos.
Un compañero, que no estaba matriculado en la asignatura de religión, pero que para la ocasión, como otros, pidió permiso para asistir a esa clase, a lo que don Ezequiel, con su habitual bondad, accedió, tras estos sesudos debates, se encargó de quitarnos la venda de los ojos, Si la única solución viable que vemos es que el Papa aregle una guerra, estamos esperando un milagro; y si no, recordad lo que pasó en las anteriores guerras mundiales: los papas intervinieron, pero los que estaban en guerra pasaron de ellos; además, en la Segunda Guerra Mundial, la Iglesia se dividió y muchos se hicieron cómplices silenciosos de Hitler; a lo mejor no les quedó otra salida, no lo sé, pero el hecho es ese. Era lo que yo pensaba, parecía que me hubiese leído el pensamiento, Es verdad, dije, muy a mi pesar, y a pesar de tantas palabras y tantos deseos.
Me daba cuenta de un milagro era muy difícil que se produjese, quizá sólo el miedo, me repetía con machaconería. Pero, pensado más despacio, llegaba a la conclusión de que era otra vana esperanza. Ambos bandos estarían seguros de su victoria, y estarían convencidos de que la razón estaba de su parte, con lo que aguantarían en su posición de tozudez hasta que les fuera posible, acaso demasiado tarde para el resto del Globo.
Como el pensamiento es libre, recuerdo que pensé que, lo que más me hubiera gustado en ese momento, es haber sido diplomático para haber convencido a las dos partes de la tontería que estaban cometiendo, sobre todo, a los americanos.
Fuera, la Naturaleza, como ignorante de todo, estaba muda, como dormida. ¿O era al contrario, y, sabía todo con anticipación y se había colocado ya su propio sudario, para recibir a la muerte, sabedora de que nadie se lo pondría? No se movía el viento. Había dejado de nevar. Ni un pequeño gorrión saltaba por la nieve... De pronto, me asaltó la duda, y otro miedo más se vino a sumar a éste: quizá la naturaleza se ha escondido porque tiene pánico y lo último que ha hecho ha sido nevar, para despedirnos con su pañuelo más blanco y más limpio. ..
Uno de los aparatos de radio, empezó a funcionar más alto y, en seguida, todos se pusieron al mismo volumen. Se formaron varios corrillos. Cada uno, en su centro, tenia uno de esos pequeños transistores que, una vez más, nos salvaba de la ignorancia en estas cosas que, quizá, para vivir felices, eran las que menos necesitábamos conocer.
A continuación, les ofreceremos un resumen con la cronología de los hechos, hasta el momento. Todas las horas indicadas en este resumen, se refieren a la hora oficial española... Veintidós horas de ayer. La Armada Norteamericana denuncia formalmente el ataque a uno de sus portaaviones en el Atlántico Norte, en aguas internacionales. Supuestamente el agresor es un submarino soviético. Cero horas. Dos rompehielos repletos de hombres y diez portaaviones Hércules cruzan el estrecho de Bering por Nome. Es la primera avanzadilla del ejército Norteamericano que toma, desde Chuktchen hasta el estrecho de la Kuriles, sin dificultad. Una treinta. Son más de dos mil hombres los que, desde Nome, cabo elegido por el Pentágono como base de sus operaciones, toman esta zona. En algunos lugares, como Tarisk y Anadir, se empleado con éxito la bomba de neutrones, según informa el Pentágono. Al oír lo último, un estremecimiento eléctrico me recorrió entero, supongo que a los demás también. Una vez más, me había equivocado en mis cálculos, no esperaron al final del conflicto, sino que desde el principio utilizaron sus armas más destructivas, como si tuvieran prisa por acabar, por destruir, porque llegara el fin. Una hora y cuarenta
minutos. Moscú reacciona y envía hombres y armas a Vladivostok que es el
primer objetivo, digamos, importante, de esta operación. Una hora y cincuenta
minutos. Llegan a Nantes, Torrejón, Bruselas y Londres, así como a Alemania Federal, más contingentes de tropas americanas. Dos horas y cinco minutos. El espionaje soviético da a conocer el último movimiento a Moscú, que, de inmediato, responde enviando tropas del Pacto de Varsovia a Szombathely, en la frontera austro húngara, Rostock y Berlín en Alemania Democrática y a las frontera entre Grecia y Bulgaria. Dos horas y diez minutos. Reagan, ante el movimiento soviético, responde y pide formalmente ayuda a la OTAN para llevar a cabo su plan; los gobiernos europeos, excepto el británico, se la deniegan, inicialmente.
Ya se habían puesto en marcha las alianzas internacionales, desde el primer momento, el conflicto era global. Cada noticia era un poco peor que la anterior. Para entonces no sabía si tenía frío o calor.
Dos horas y cuarenta y cinco minutos. El ejército estadounidense cerca de Vladivostok, comienza la batalla más dura hasta ahora. Por el momento, sólo se utilizan armas convencionales, aunque de alto poder destructivo, pues se trataLancé una muda oración por los habitantes de Vladivostok, no se me ocurrió otra cosa. Suponía que todos ellos habrían fallecido.
de armas de última generación. El Pacto de Varsovia, en bloque, apoya al gobierno de la URSS, y pide que se convoque una Asamblea extraordinaria de la ONU, con el objeto de volver a la situación previa al ataque de USA, y, al mismo tiempo, pretende que se sancione de forma ejemplar a este país. Tres horas quince minutos. En media hora, Vladivostok cae en manos americanas. Se han utilizado dos misiles nucleares y una bomba de neutrones. Su paso es firme y rápido, ya tienen en su poder buena parte del extremo oriente soviético, que, a penas ha puesto resistencia, ante la sorpresa y contundencia del ataque. Y qué resistencia se puede poner si te atacan con armas nucleares. No quería ni imaginarme cómo estaría aquella parte del mundo. Por las horas que nos daban, allí debían ser las ocho o las nueve de la mañana, a lo mejor las siete. Al amanecer fueron destruidos, para muchos no amaneció.
Tres horas treinta minutos. Mediante una lacónica nota de prensa, el Pentágono informa oficialmente que se está invadiendo la URSS, y añaden que, unas horas más tarde, darían a conocer un comunicado oficial del estado de la cuestión, así como una nota oficial de la Presidencia. Tres horas cuarenta minutos. Llegan a la base de Rota tres submarinos dotados de misiles con cabeza nuclear.
Ya habíamos salido a escena por segunda vez, ¿por qué siempre tenemos que andar en danza, si nosotros no pertenecíamos a la OTAN?
Cuatro horas. El contraataque ruso para recuperar Vladivostok no se hace esperar. Cuatro horas cincuenta y siete minutos. En menos de una hora, el ejército soviético, tras una espectacular acción combinada tierra aire ha recuperado Vladivostok. Desde Moscú, se informa de que cunde cierto desánimo en las tropas americanas, pues, según la nota facilitada desde el Kremlim, y no desmentida por Washington, los aliados norteamericanos de la OTAN, salvo Gran Bretaña, no apoyan la medida. De todas, esa me parecía la mejor noticia, pero supuse que en poco tiempo sólo sería un recuerdo, una liviana esperanza. Cinco horas cincuenta minutos. Comienza una retirada ordenada de los soldados americanos hacia Nome, donde reciben refuerzos y esperan órdenes. Los soviéticos han tomado posiciones en Stalino, Keniut y Anadyt. Siete horas treinta minutos. La situación se estanca. A partir de las siguientes informaciones horarias, ya estuve presente en los acontecimientos. Nueve horas quince minutos, mensaje de Ronald Reagan, de declaración de guerra. Nueve horas veinte minutos. El Secretario General de la ONU convoca pleno extraordinario y urgente de la Asamblea General. Nueve horas treinta minutos. El PCE y Mitterrand se ofrecen como mediadores en el conflicto. Seguiremos informando.Tomamos, sin que nadie lo insinuase, unas notas y, después de repasarlas y cotejarlas, por ver si coincidíamos, fuimos en busca de unos mapas de la zona para enterarnos de dónde estaba cada sitio. Cuando lo vimos, llegamos a la conclusión de que aquel había sido un movimiento de distracción de los americanos para entretener a los soviéticos. Parecía el ataque alocado, suicida, de un inexperto. Definitivamente allí no buscaban nada, salvo poner en marcha aquella macabra danza de muerte, y entretener a las tropas y al gobierno soviético, Por el momento, uno de los bloques ya está en guerra, dijo alguien. Y otro remachó lo que se intuía muy fácilmente, No creo que la OTAN se demore. Con lo que nos anuncio el comienzo de la tercera, y última, guerra mundial. Eso era demasiado para mí. Una cosa es que lo pensara, o lo temiera, yo, pero era muy distinto escucharlo, me negaba a creerlo, y protesté con la misma lógica que un niño contrariado, Con algo de suerte, no. Mis compañeros, sin embargo, eran realismo puro, quizá no estuvieran tan enamorados, No digas bobadas, ¿crees que Alemania se va a quedar parada teniendo tropas soviéticas en la frontera? Inglaterra ya está a favor y no creo que Canadá tarde más de un par de horas en ponerse de acuerdo, los rusos están muy cerca; los demás cuentan poco; si acaso, Francia, que no forma parte de la estructura militar. Me miró como si contemplara a un extraterrestre y remachó la frase, Lo que te digo, menos de veinticuatro horas. Alguien exclamó un exabrupto inútil, pero liberador, Esto es de locos, joder, son una pandilla de hijos de puta. Es como si no hubiera escuchado, o como si las palabras de mi compañero, hubieran rebotado en la dureza de mi corteza cerebral, me dedicaba a buscar recónditas rendijas por donde asomara una micra de esperanza, a mi espíritu le bastaba para aferrarse a ellas, Por lo menos, los rusos no han empleado armas nucleares. Creo que les produje lástima, Sí eso es verdad, aunque no les quedaba otra. ¿Cómo van utilizar armas nucleares contra su propio territorio?, además con el uso que han hecho los americanos, por aquella zona del mundo lo llevan claro.
El resumen de los acontecimientos fue clarificador, sin duda, además así me enteré de lo que había ocurrido, mientras dormía tranquilamente, cuando todavía era posible ser feliz. Pero tuvo otra consecuencia, nos pusieron todavía más nerviosos. Al contemplar todo lo sucedido en conjunto, el monstruo creció en nuestro interior. Parecía que aquella locura era imparable. ¿Qué hacer? La muerte se nos echaba encima sin remisión y no lo podíamos impedir.
Era la muerte más idiota, era el miedo más terrible. Las dudas que sólo nos habíamos atrevido a expresar como conjeturas teóricas, poco más que tesis de trabajo intelectual, comenzaban a entristecer nuestros ojos. La desaparición llegaba a límites, que si las cosas continuaban así, podían ser igual de trágicos en todo el planeta. Notaba que en todos nuestros espíritus el fantasma del suicidio goteaba y empezaba a fabricar su propio cauce.
¿Por qué? Era la pregunta trágica, sin respuesta.
Era nuestra nueva pregunta existencial.
¿O mortal?
domingo, 11 de octubre de 2009
MAÑANA AMANECERÁ (IX)
¿No habéis puesto la radio?
Era algo evidente, pero no se me ocurría otra forma de no decir las cosas de sopetón. Mi madre, que siempre había sufrido de los oídos, fue la única que me respondió, quizá ajena aún al aspecto de mi cara, Estoy harta de ruidos. Y no se me ocurrió otra cosa que en tono autoritario decir, Pues ponedla. Mis hermanos, todavía con los ojos pegados por el sueño, empezaban a ponerse nerviosos, ¿Pero, qué es lo que pasa? Y lo solté como me lo habían dicho, no me daban otra opción, Que Estados Unidos ha declarado la guerra Rusia. Mi madre me miró extrañada, no terminaba de comprender. Diego palideció y Serafín enmudeció. Mi padre que estaba despierto en la cama, como respuesta, enchufó su viejo transistor. Fuimos en avalancha hacia allí. Mi madre exigió una respuesta, ¿Pero que pasa? Se lo resumí quizá un poco duramente, pero así lo entendería, Los que tienen más armas y las más peligrosas han empezado una guerra, y como alguien no lo remedie, esto se acaba. Y comprendió. La palabra guerra, aún le estallaba en el corazón como los disparos y las bombas que debió escuchar en su infancia. Y tenía efecto, un efecto que no admitía dudas. Por fin sólo se escuchó el vuelo de las palabras que salían del viejo receptor, casi eterno, que mi padre escuchaba siempre que estaba acostado.
... Las noticias que venimos ofreciendo del suceso que hoy conmueve a todo el Planeta se confirman en todos y cada uno de sus extremos. Movimientos en Nome, junto al estrecho de Bering, de las tropas norteamericanas y desembarcos en Nantes. Por otro lado, las tropas soviéticas se han concentrado en Keniut, Anadyt y Stalino. Otro grueso muy importantes está al otro lado del muro de Berlín... Pasemos a la información que nos trae Isabel acerca de la situación en suelo español.
Y la tal Isabel, con voz angelical despachaba sus datos,
Buenos días, de nuevo. La base de Torrejón se halla en estado de máxima alerta. Es imposible acercarse hasta ella. Ahora disponemos de una conexión con nuestra emisora de Cádiz.
Viajábamos hacia el sur en inapreciables milésimas de segundo.
Buenos días, Isabel, queridos oyentes. Aquí, en Rota, las cosas parecen muy tranquilas, pero, como nuevo dato, hemos de decir que nos ha llegado de fuentes dignas de toda solvencia la noticia de que esta noche, a las tres y cuarenta minutos, aproximadamente, han arribado tres submarinos nucleares que partieron anteayer de Daytone Beach en misión rutinaria.
La cosa se ponía fea, se notaba en el tono del locutor, que a pesar del momento, demostraba su profesionalidad haciendo preguntas de periodista
¿Habéis conseguido alguna declaración o manifestación de algún oficial perteneciente al mando norteamericano en la base?
Desde Cádiz la respuesta parecía más tranquila.
También aquí, la situación oficial es de estado de máxima alerta, y nadie osa
acercarse a la Base.
Se despedía aquella conexión, había urgencia, era todo muy eléctrico, lo que contribuía a que el nerviosismo fuera calando en nuestros cerebros.
Si tienes alguna información de alcance, sabes que las líneas abiertas... Lo han escuchado señores oyentes. En Rota máxima alerta, y, parece que se confirma que esta madrugada han llegado procedentes de Norteamérica tres submarinos nucleares... Vayamos hasta Zaragoza... ¿Radio Zaragoza?, Buenos días de nuevo..., Por decir algo, ¿no?, Sí, evidentemente, porque si esto no lo paran, se acabó, ¿Tienes nuevas informaciones?
El diálogo de ambos periodistas parecía indicar mutuo conocimiento personal, aquello se parecía más a un conversación de amigos. Y el tono de voz procedente de Zaragoza que salía del antiguo aparato de radio marrón, no era, ni mucho menos, tranquilizador.
Así es, Antonio... El Comandante en Jefe de las tropas americanas destacadas en Zaragoza, a nuestra pregunta de si era cierta la noticia de la declaración de guerra ha respondido...
Tras el murmullo que precede al pinchazo de la cinta se escuchó la voz del tal Comandante. Dejaron que las primeras palabras nos llegaran limpias en inglés, después, la voz de otro locutor iba traduciendo al español.
Los Estados Unidos de América han decidido concluir con el Comunismo Iternacional, porque su tendencia a la expansión es el gran peligro de nuestra civilización basada en la Libertad y la Democraci, así como el mayor peligro para la Seguridad del Mundial. Ahí están los ejemplos de Hispanoamérica y Oriente Medio.
Aquello me empezaba a sonar a razón peregrina, pero parecía ser la causa. Mientras en el cerebro se me disparaban todas las alarmas, seguía escuchando.
Cuando le preguntamos acerca del peligro que corría el resto del Planeta, se limitó a un lacónico y escueto, No coment... Bastante significativo, ¿no os parece?, ¿Cómo se encuentra la Base?, Igual que Torrejón y Rota...
Y no pude por menos de decirlo en voz alta, Será hijo de puta. Y mi hermano, creo que lo hizo por hacer algo, preguntó, ¿Quién?, El Comandante ése. Mi padre nos mandó callar. El locutor no paraba de decir cosas; pero yo quería desesperadamente que se callara, que no dijera nada más de todo aquello... Que cambiara el tono y dijera que todo era una broma, un montaje como el de Orson Wells que desde una emisora de radio americana, convenció a sus compatriotas de que la tierra estaba siendo invadida por los marcianos. Pero, no, nuestro periodista no se podía callar. Era incansable. Él no, él no podía cerrar el pico. No, él seguía hablando, ajeno a mis más íntimos deseos.
Ya lo han escuchado ustedes, es increíble y no nos gustaría ser alarmistas, pero me parece que la cosa está clara: o alguien empieza a tomar medidas eficaces o cualquiera sabe si no estaremos asistiendo a una de nuestras últimas emisiones... Isabel, ¿qué sabemos de los ejércitos españoles?
Aquello no lo había dicho yo, aunque eran mis palabras de hacía unos minutos, lo habían dicho en un estudio radiofónico en la capital de España, como si estuvieran leyendo mis pensamientos, pero escucharlo a través del sonido que salía del aparato, ponía los pelos de punta, mi madre me miró, estaba muy asustada. La voz angelical de la tal Isabel continuaba a lo suyo, en su afán de darnos información, con cada palabra, nos colaba una navaja de miedo que traspasaba el alma.
Todas las bocas están cerradas y las tropas acuarteladas, pero no en estado de alerta. Lo podríamos definir, aunque no sea un término muy ortodoxo, como a la expectativa.
Aparecía otra voz desde el fondo de la cama de mis padres.
Buenos días, Javier Ónega, Buenos días, Antonio, Buenos días queridos oyentes. La noticia está en la calle y nosotros hemos recabado información de los líderes políticos y de algún que otro ministro. Los pocos que han querido o han podido hablar. El primero ha sido el Secretario General del Partido Comunista de España, Santiago Carrillo...
La voz rasposa, portadora de toda la nicotina del mundo, del viejo comunista, al que mi padre no tragaba, se coló por las ondas, ante sus protestas que acallamos...
La situación es crítica y tal y como nos temíamos, o se acaba esto con un inmediato acuerdo de paz, o será la hecatombe. No deseo ser alarmista, pero esta situación es demasiado complicada. Por suerte, y a pesar de los intentos poco disimulados del gobierno de los Estados Unidos de América y del actual gobierno español, todavía España no ha ingresado en la OTAN. El Partido Comunista de España pide con energía y claridad a ambas partes que se sienten a dialogar. Incluso, se ofrece como mediador en el conflicto. Creo, por otra parte, que este es el momento en el que se necesita un Gobierno de Concentración Nacional, en el que se dé cabida a todas las sensibilidades ideológicas que conviven en nuestro pueblo y que están representadas en el Parlamento...
Después de escuchar al veterano comunista, uno no sabía a qué carta quedarse. Parecía que los discursos del pasado, en apariencia anacrónicos, volvían a tomar actualidad, pero la voz de Javier Ónega salía de debajo de la almohada prácticamente sin pausa. Tenía la intuición de que ellos estaban más asustados que nosostros mismos y que con esta especie de verborrea irrefrenable intentaban exorcizar a toda la manada de demonios que parecían haberse escapado del infierno.
El siguiente en ponerse al otro lado del hilo telefónico ha sido el Secretario General de la UCD... Desde luego, la situación es catastrófica, si no se pone fin a esta descabellada escalada bélica inmediatamente. Desde aquí, y agradezco la oportunidad que se me brinda, y en mi nombre y en el de la unión de centro democrático, pido cordura a los dirigentes de ambos países y confío en la Providencia. Personalmente, me quedan ciertas esperanzas puesto que, tal y como me acaban de comunicar extraoficialmente, con carácter de extrema urgencia se reunirá a las cuatro de esta tarde, hora española, el Consejo General de las Naciones Unidas... Me gustaría dejar claro, ya que se me brinda esta oportunidad desde su emisora, que para nuestra Patria, en principio, la situación no reviste mayor peligro que para el resto del mundo, ya que, de momento, estamos alejados del teatro de las operaciones...
Las declaraciones fueron cortadas por una voz apremiante, nerviosa, impaciente, con restos de un atávico temor en el último vibrato de las cuerdas vocales.
Un momento, Javier. Nos llega un despacho importante y urgente de la Agencia Efe. Leemos textualmente.... El Gobierno de los Estados Unidos de América, se ve en la penosa tarea de cumplir el deber al que se siente impelido por la historia y por la serie de hechos que cada día toman un cariz más peligroso para la libertad y la democracia en Occidente. Esta madrugada, en aguas internacionales, y sin mediar ningún tipo de provocación o aviso, un portaaviones de la Armada Norteamericana ha sufrido un ataque procedente de un submarino nuclear soviético. Este atentado contra el territorio de los Estados Unidos de América es el colofón de una larga serie de afrentas que este pueblo no está dispuesto ni a tolerar ni a soportar. Se constata, una vez más, el aumento de la inestabilidad internacional, motivada fundamentalmente por la actitud irresponsable de los dirigentes de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que extiende su perniciosa influencia a zonas tan sensibles para el equilibrio internacional como África, los Países Árabes, Latinoamérica y el Extremo Oriente. Además, hay que añadir a todo ello que, según demuestran contundentes informes del Departamento de Inteligencia, la Unión Soviética financia, dota y entrena grupos terroristas que intentan, por la fuerza de la extorsión, el secuestro, el asesinato y, en fin, cualquier otra forma de terror, imponer la ideología marxista, totalitaria y alienante para los pueblos en su conjunto y para cada uno de los individuos que lo conforman. Por la suma de todas estas circunstancias tan peligrosas para mantener el orden, la paz y la libertad en el mundo, los Estados Unidos de Norteamérica deciden cumplir el papel que la historia le demanda en orden a fortalecer y apuntalar definitivamente la libertad, la democracia y la seguridad mundial. Por ello, puestos a la cabeza de occidente, y colmada la paciencia de este pueblo, como baluarte de la cultura occidental, y como salvaguarda de los Derechos Humanos, declara la confrontación bélica contra la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Dicha situación será mantenida hasta la total rendición de las tropas soviéticas y sus aliados, o hasta que, de motu propio, establezcan un calendario concreto, contrastable y creíble para un proceso de democratización, que seremos los primeros en aplaudir por el bien del amado pueblo ruso y del resto del mundo. Dios, que nos guía, bendiga a América... Este parte de declaración de guerra ha sido dado a conocer desde el Pentágono hace unos diez minutos, y viene firmado por el Presidente Ronald Reagan...
La voz de Isabel, a pesar de todo lo escuchado, increíblemente, no había enmudecido, seguía intacta su capacidad de emitir sonidos, y lo que más me sorprendía, sin aparente inflexión de conmoción u otra emoción en su voz.
Perdón, Antonio, nos comunican que en unos diez o quince minutos, su Majestad
el Rey se dirigirá a toda la Nación por radio y televisión.
Tampoco había enmudecido Antonio, que volvió a dar paso a Javier Ónega, a quien tampoco le fallaba la voz. Era increíble acababan de dar lectura al comunicado por el que Estados Unidos declaraba la guerra a los soviéticos y seguían hablando, como si comentaran los últimos resultados de la última jorada de liga. Seguro que era su defensa ante la avalancha que les venía encima, pero a mí me estaban poniendo de los nervios.
Al otro lado del teléfono, en directo, el Secretario General del Partido Socialista Obrero Español. Señor González, ¿ha podido escuchar la declaración de guerra?
Yo no entendía cómo podían seguir haciendo lo que hacían. Estaba paralizado. Mis hermanos lo mismo. Mi padre no se creía lo que estaba oyendo. Mi madre, literalmente, temblaba. Imagino que más de un recuerdo macabro sobrevolaría por su recuerdo. Pero allí seguían las voces, saliendo al frío aire matinal, a través del viejo artilugio.
Es increíble que en mil novecientos ochenta, casi en el ochenta y uno, se produzcan estos acontecimientos que van contra la lógica de la historia y de cualquier mente que se rija por la cordura. Mi primera valoración, que emito a título personal, pues la ejecutiva federal del partido socialista obrero español aún no se ha reunido, es que me parece una injerencia de los Estados Unidos en los asuntos internos de otra nación, además de ser una nueva y contundente prueba del espíritu imperialista del señor Reagan. Y aunque se confirmara el ataque sufrido por el portaaviones norteamericano en los términos que han sido leídos por ustedes, el derecho internacional prevé otras medidas, antes que la declaración de guerra. Por consiguiente, sin acritud, y sin poner en duda que los Estados Unidos son aliados de esta país, pero con firmeza, rechazamos con contundencia tan repulsiva acción. Además, solicitamos del Gobierno de la UCD que mantenga informada a la población de todos lo movimientos de las tropas americanas en suelo español. Solicitamos que la postura de nuestro Gobierno, ante la Asamblea General de la ONU que según me acaban de comunicar parece que se va a celebrar esta tarde, sea clara y precisa, contra este movimiento invasor de claro afán neocolonialista. También, con toda energía y firmeza, pedimos que se vuelva a la cordura y que esto no tenga mayores repercusiones que las ya muy graves que ha tenido. Por consiguiente, es nuestro deseo como partido de progreso y como único partido que tiene la verdadera alternativa al gobierno de nuestro país, que el pueblo español sepa que los socialistas apoyaremos en la medida de nuestras posibilidades con toda energía, pero con toda independencia, la acción gubernamental dirigida a conseguir la vuelta a normalidad internacional.
Por fin rompí el silencio de aquel dormitorio, ¡Qué piquito de oro! La cosa ya fue imposible, hasta para los de la radio, y mientras todos esperábamos la intervención del rey, pusieron algo de música.
Y la casa se llenó de los acordes enérgicos, vitales y esperanzados del último movimiento de la novena sinfonía de Beethoven. Los de la cadena SER estuvieron bien. Sin embargo, nadie le prestó mucha atención. Todos habíamos palidecido. Mi padre se levantó de la cama. Después de desayunar se preparó un güisqui. Le pedí uno para mí. Sin rechistar, me lo preparó. Le ofrecí un cigarro que encendió un poco temblorosamente. Nadie hablaba. Me asomé, a través de los cristales, por el balcón. Comenzaba a nevar de nuevo, con cierta intensidad. Ni un solo coche, ni los autobuses. La calle estaba desierta. Un silencio angustioso nos envolvía. Mi padre habló con dolor, Esto se acaba. En su voz, creo, también resonaba el eco pasado, pero nunca olvidado, de otra guerra que torció su vida para siempre, aunque el fuera tan niño. Pero me resistía a reconocerlo, al menos en voz alta, a pesar de que yo había sido el primero en decir lo mismo en aquella casa, que era también era la mía, No seas gafe. Pretendía poner esperanza, cuando sabía de sobra que ni yo me lo creía. Y mi hermano aportaba raciocinio, ¿Pero quién lo arreglará la ONU? Mi postura, de pronto optimista y un tanto irracional, era complicada de mantener, tenía que hacer verdaderos ejercicios circenses, Esos, seguro que no; quizá, cuando la cosa esté muy al límite alguien sea capaz de poner cordura..., qué sé yo; lo mismo el único que puede ahora es el Papa.
Dije esto sin pensarlo, como quien pide auxilio en medio de un incendio que le tiene rodeado. Nos miramos, me miraron, y comprendimos, ellos y yo, que, en el fondo, esperábamos un milagro, la intervención de Dios en los acontecimientos; pero, según estaban las cosas, era lo único que nos dejaban que pensáramos... Y esa intuición, a medida que pasaba el tiempo, era la única lógica, por muchas vueltas que le daba. No encontraba a nadie más, persona u organización, en todo el orbe capaz de sentar en la misma mesa a ambos monstruos una vez comenzadas las hostilidades. Salvo el pánico a la destrucción total. Pero, en este caso, ¿llegarían a tiempo para evitar el final?
Mi madre, al vernos a todos así pidió más explicaciones que intentamos que fuesen lo más claras y reales. Y concluí, En fin, que si se les ocurre empezar a mandar misiles nucleares hacia las bases españolas, adiós, y además con las bombas de neutrones, pueden dejar todo el mundo sin nadie...La situación era de nerviosismo y de impotencia. ¿Qué podíamos hacer? Y alguien lo preguntó, ¿Qué hacemos? Se dijo algo obvio, que no fue recibido con aplausos, Esperar acontecimientos, ¿qué vamos a hacer? Protesté con energía, Cuando tengas la bomba en tus narices, me lo cuentas, Ya lo sé, ¿pero qué podemos hacer?
Se empezaron a escuchar las notas briosas del himno nacional. Desconectamos la radio. Enchufamos la televisión. Don Juan Carlos quería mostrarse tranquilo, pero su rostro aparecía tenso, la mirada inquieta y severa, casi adusta, y la tez pálida, a pesar del trabajo de los maquilladores, sus manos estaban crispadas, los nudillos blanquecinos, a veces se percibía un ligero temblor en ellas...
Españoles, en estos duros momentos para la historia mundial, en mi nombre, en el de la Reina, en el del Príncipe de Asturias y las Infantas Elena y Cristina, comparezco ante vosotros con la intención de llevar confianza y tranquilidad a vuestros hogares. Sé que es misión ardua, pero en tiempos difíciles es cuando el temple de un pueblo como el del español, forjado en mil sufrimientos y batallas, ha de manifestarse. Por ello, es mi deseo que, a pesar del sufrimiento y la preocupación que nos embargan, trabajemos por rescatar el don más importante: la paz. Confiemos en la cordura de los hombres y en la providencia. Os pedimos, que en estos instantes de dificulatad y de peligro, olvidemos nuestras diferencias y nos hermanemos como pueblo y trabajemos en nuestra tarea cotidiana con la alegría que caracteriza la nobleza de nuestro espíritu, para que la paz se reanude, a partir de hoy, y de forma permanente. Como Jefe del Estado, como Rey de todos los españoles ya he dirigido mis palabras a nuestros líderes políticos para que en la medida de sus posiblidades, también contribuyan al logro de una pronta vuelta a la normalidad. Desde la Jefatura del Estado, hago votos para que la solución se duradera y justa. Esta no es la hora de buscar a los culpables. Es el supremo instante en el que todos trabajemos para que la paz se enseñoree de este Planeta que ha soportado ya tantas guerras. Sé que el Gobierno español se pone a la cabeza de su pueblo, de todos vosotros que sois personas de buena voluntad, para buscar con todas nuestras energías la paz. Desde ahora, vuestro rey se ofrece como mediador ante los gobiernos de ambas naciones en conflicto. Trabajemos, y que Dios haga el resto. Es ahora cuando la historia nos grita para que demos ejemplo de tranquilidad, responsabilidad y cordura. Estas virtudes que adornan a este pueblo y que están siendo la admiración del mundo entero en estos años de tránsito para nuestra Patria hacia la plena libertad y la plena democracia. En esta hora histórica, os convoco a la unidad y a la búsqueda fructífera de la paz. Españoles, no he tenido a bien suspender ninguna de las garantías, ni libertades constitucionales, pues, en principio, la situación no afecta de forma directa a España. Sin embargo, como Comandante Supremo del Ejército español, y en el ámbito de lo previsto en la Constitución y en el resto del Ordenamiento Jurídico, he ordenado que todos los acuartelamientos estén preparados ante cualquier eventualidad que pudiera surgir en las próximas horas y días. Seguro que el pueblo español, se ha de sentir orgulloso de sus Fuerzas Armadas... Ahora me dirijo al pueblo norteamericano y soviético: convenced a vuestros gobernantes de que lo que hacen es un error que puede concluir en un holocausto sangriento, que tendrá consecuencias irreparables para el resto de la humanidad. No permitáis que por ambiciones políticas de unos pocos, se pueda destruir el mundo entero... Españoles, desde lo más hondo de vuestro corazón, rogad por la paz. La reina y yo, el príncipe y las infantas, ya lo hacemos. ¡Viva España!.
Volvió a sonar el himno, y, relativamente, nos sentimos un poco mejor, pero lo que nos había venido a decir, era que se podía hacer más bien poco. Rezar, trabajar y confiar en que el ejército lo haría bien, y nos habíamos de sentir orgullosos de ello. Esto último no entendí muy bien por qué...
Como si aquellas palabras del rey, no hubieran sido un deseo, sino una orden, comenzaron a oírse coches, y alguna que otra persona salía a la calle. También las emisoras de radio volvieron a cierta normalidad, pero con la promesa de que si surgía alguna noticia, la darían a conocer de inmediato.
Ante este acontecimiento, que cambiaría el curso de la Historia de una u otra forma, yo esperaba que sólo fuera eso y no que la concluyera, ni que nosotros fuéramos los últimos habitantes de este planeta, ¿quién podía pensar en otras cosas?, ¿qué habría más importante? Me di cuenta de que, salvo conocer más datos sobre la noticia y volver los ojos a la divinidad, nada había tan importante. Al menos, en esos primeros momentos de mazazo.
Llamé a David por teléfono, ¿Damos el recital? No hacían falta demasiados preámbulos. En este tiempo había hecho cosas, Ya he llamado al director y me ha dicho que lo demos, que intentemos actuar con normalidad, iba a empezar a llamar a los demás para decírselo... ¿Tú qué piensas de esto? Dije lo que me estaba royendo el corazón, Un milagro nos salvará, lo demás me parece muy improbable, hace tiempo que dejé de creer en la cordura y buena voluntad de los dirigentes, sobre todo de los de esos dos países; joder, David, hay que estar locos para esto, David, tengo miedo, no quiero que esto se acabe. Me respondió con un temblor en su voz, Ni yo, chaval.
Alguien había decidido que teníamos que actuar con normalidad, quizá para evitar que los problemas aumentaran de forma desmedida. Supuse que iba a ser difícil. De todos modos lo intentaríamos, aunque el peso de la espada de Damocles, que había aumentado infinitamente en aquellos instantes sobre nuestras cabezas, hacía que la cuerda de la que pendía se fuera deshilachando... Además, se añadía otra zozobra para mi corazón, por culpa de estos cabestros, a lo mejor me quedaba sin saber lo que era el amor...
domingo, 4 de octubre de 2009
MAÑANA AMANECERÁ (VIII)
Me apresuré a salir de casa, la nieve me atraía como un imán al hierro.
Entonces, recordé, casi seguro que por vanidad, quizá por el mero hecho de recordar, que, cuando presentaron, mi primer libro, dijeron que los mejores poemas eran los relacionados con la nieve.
Mi bufanda roja y larga, bufanda con vocación de estola, que me encantaba llevar alrededor del cuello en todo instante, me la crucé por el pecho. No era cuestión de andar con tonterías. Luego la gabardina. Una vieja gabardina que había abrigado a mi abuelo, creo, que por esnobismo utilizaba entonces. Introduje, con parsimonia, mis manos en unos guantes que un día fueron marrones. Estaba listo. Se abrió todo de par en par. Pensé que la vida me sonreía.
En efecto, y a pesar de lo que más tarde y durante más días sucedió, había amanecido un día más. Entonces me alegré de ello, puesto que, al fin y al cabo, tenía vida.
Inicié la ascensión de la calle muy despacio, me dirigía hacia la Escuela de Magisterio. Caminaba tan lento porque me gustaba contemplar el paisaje nevado, necesitaba empapar mi espíritu de su belleza silenciosa y leve, blanda y breve. Un belleza que había que disfrutar rápidamente, pues podía ser efímera, en cuanto la caldera, el horno de la ciudad, se pusiera en funcionamiento y el aumento de la temperatura ambiente la hiciera desaparecer.
El primer punto hacia donde dirigí mi vista fue al Cementerio, hacia la ladera donde se alzaba, colina, que según la leyenda de la construcción del Puente de Euritmia, ocupaba Valtén antes de la noche de la supuesta batalla. Muchas veces había imaginado los preparativos del enfrentamiento bélico y fratricida. Era una historia triste y hermosa. Me gustaba. A ratos, acariciaba la idea de escribir un romance épico sobre ella.
Después de andar unos metros, contemplaba debajo de mí mismo las heridas que las botas iban dejando en la suave piel de la nevada.
Crucé al otro lado de la calzada. No me di cuenta que, en esos minutos, y en toda la zona, no circulaba ningún coche. Me apoyé en el pretil que cubre ese lado de la subida, ausente de edificios, y contemplé la bajada que desemboca en la Alameda del Óreo. En realidad, los árboles impedían que la visión llegara más allá de cuarenta metros; por el mismo camino, y como arrojada, se distinguía una parte muy pequeña del barrio del Río. Desde allí, no se veía su hermosa iglesia mudéjar, entorno a la que había crecido su primer núcleo; por otra parte nada distinto de la mayoría de los pueblos y aldeas que, sin yo saberlo todavía, corría el grave peligro de desaparecer.
Seguía paseando mis ojos por todos los lugares que me eran conocidos, ignorante de lo que se me venía encima. No me pregunté, por qué motivo la calle estaba desierta, pensé que había salido temprano de mi casa; pero no me preocupaba. Era dichoso contemplando tanta belleza. O acaso, ni me diera cuenta de tales menudencias ante la contemplación del espectáculo que se me regalaba.
Si me giraba, el Puente parecía, aún, huraño. Aquella nevada, por alguna razón que no desentrañaba, no le había favorecido. Lo normal, quizá por la luz, o por la cantidad del prístino elemento caído, era que el blanco elemento lo embelleciera más aún, si ello fuera posible. Unas veces le disfrazaba de anciano abuelo que espera sonriente a que sus nietos se acerquen a pedirle caramelos; otras, parecía vestido con la desmayada túnica de una lánguida doncella a la espera, siempre a la espera, de las tiernas caricias de su eterno amante; si la nieve era iluminada por el sol, parecía un hermoso ángel gigante recién posado en nuestra ciudad, aún plegando sus alas como de algodón; en otras ocasiones, era un vigía cansado por la propia vida, como si la nieve, casi helada, se convirtiera en el uniforme de un guerrero; pero aquella mañana, el Puente no esperaba. Pensé que estaba enfadado de veras y que, en cualquier instante, pondría todo su corpachón en movimiento, para aclarar algún turbio asunto que parecía tener pendiente, no sé si con alguna deidad desconocida, o algo así...
Eran los últimos metros de ascensión, antes de virar hacia la izquierda, siguiendo la curva trazada en la cima de la cuesta. Allí se acababa para mí, la visión del paisaje. Me introducía entre callejas. Por una especialmente estrecha, con sabor a tiempos remotos, tenía que descender hacia la Escuela de Magisterio. La nevada y el frío, que habían convertido aquélla en hielo, la hacía especialmente peligrosa. En su tramo final adelgazaba aún más. Prácticamente, los edificios que estaban enfrentados se tocaban. Al final, hacia la derecha, se abría, y la vista se encontraba con una zona que no era urbana del todo, pero tampoco era un jardín.
Era un amplio rectángulo, casi perfecto. Uno de sus laterales, el del mediodía, lo cerraban los edificios; el lado del septentrión por un amplio seto que limitaba unos frondosos jardines; el límite del orto estaba cerrado por la muralla que, allí era una caída vertical construida, salvo en sus almenas, por el propio roquedal; el cuarto, el de Poniente, en realidad no existía, sino que era el espacio libre por el que circulaba, hacia el edificio en que tenía su sede la Escuela. Los jardines parecían engalanados, preparados para una fiesta, con sus coníferas como vestidas de novia, con su fuentecilla que seguía, impertérrita, manando agua e impidiendo que en su derredor se acumulase la nieve. Una pequeña iglesia románica, San Pedro de los Fijosdalgo, parecía izarse más que de costumbre. Desde principios de siglo, en que ya no se utilizaba como lugar de culto, había pasado a formar parte de las propiedades de la Sociedad de Amigos del País. Pasado el tiempo, la convirtieron en museo de escultura.
Si en vez de ir hacia la derecha, hubiera continuado de frente, habría descendido por un recoleto paseo, y, unos trescientos metros más abajo, habría desembocado en otro de los lados del polígono irregular que dibuja la muralla. Aquel paseo parecía hecho a propósito para llevar de la mano a la amante y escuchar el canto del verderón, o del jilguero entre los árboles que lo poblaban. Por ese lugar, di mi primer paseo a solas con una chica. Fue una tarde repleta de latidos hermosos y a veces descompasados. Una tarde en la que presentí que el problema que tenía que resolver, el único, era el de encontrar pareja. Me había enamorado de ella irremediablemente, pero intuía yo, desde el primer momento, que era demasiado inexperto para hacer las cosas medio regular. Efectivamente, actué con torpeza, casi como un patán, pero ella delicadamente nunca me echó en cara nada. Simplemente no me quería. Como mucho, y según recuerdo vagamente que me dijo, me estimaba. Demasiado poco como para compartir una vida.
En fin, recuerdos.
Allí, a mi derecha, descansaba la mole triste, abrumadora y fea de la Escuela, donde estudiaba, no por perder una apuesta, que decía Javier, sino por un poco de desconocimiento de las posibilidades de otras carreras, y, un mucho, por imposibilidad económica de mi familia, que no se podía permitir el lujo de pagarme una carrera de cinco años, ¿quizá más?, en Madrid, y, también, por mucho de romanticismo, pues, desde niño, había dicho que lo que me gustaba era enseñar. Lo cierto, es que no estudiaba en exceso. Desde el primer momento, me topé con las Matemáticas, o ellas conmigo, pues nunca dejé que entraran en mi vida, y allí supe que no podría obtener la ansiada plaza directa que resolvía de inmediato el futuro profesional, por lo que mi aspiración era pasar los cursos sin sobresaltos, abocado a unas competidas oposiciones, o a un contrato en la enseñanza privada. Me esforzaba, pero quizá me reservaba muchas energías. De todos modos, y salvo esa asignatura, que apunto estuvo de mandarme al traste, tras una angustiosa quinta convocatoria, no tuve ningún problema. Incluso, en algunas materias, obtuve brillantes calificaciones.
Una persona que tenía un especial predicamento entre el alumnado era el bedel. Sonreía casi constantemente y fumaba. Fumaba mucho. Ahora que lo pienso, entonces, los que fumábamos, fumábamos mucho. Yo intuí que le gustaba su trabajo, pero, fundamentalmente, le gustábamos nosotros, sobre todo, como él decía, cuando éramos educados. Era, pobre hombre, el encargado de repartir lo que a cada uno le había deparado su suerte, y su esfuerzo, durante un año. Nos hacía más fácil el rato a lo que teníamos algún “suspensejo”, como él los llamaba.
Aquello me gustaba más bien poco. Había de reconocerlo. Lo percibía, más que como una carrera universitaria, como una prolongación del bachillerato. No sé, demasiadas asignaturas, poco afán investigador. O es que yo era utópico, también en eso, al pedir de la Universidad algo para lo que, a pesar de todo, aún no estaba preparada.
Divagaciones.
Iba con estas cosas y, entonces, es cuando realmente, por vez primera, me percaté de que eran casi las nueve de la mañana y nadie había llegado a clase. Una especie de duda amarga subió por mi pecho y se me agarró a la garganta con fuerza, pero decidí entrar. En realidad, y llegados a ese punto, no podía hacer otra cosa.
Por fin, me olí algo extraño y no precisamente bueno, pero no algo tan grave y tan radical. A mi alrededor solo silencio. Subí hasta la clase. No había nadie. Busqué al bedel, y me lo encontré saliendo de la sala de profesores, descubrí que estaba pálido.
Los profesores, los pocos que habían llegado, que permanecían en la sala estaban del mismo color. Como si todo rimara en consonante con el paisaje.
En pocos segundos, también yo me camuflé con el día. A lo mejor, fue una reacción del organismo generada de forma refleja. A lo mejor, el ser humano, como otros animales, tenía la capacidad de hacerse mimético con el entorno, cuando el acechaba la muerte, la destrucción.
domingo, 27 de septiembre de 2009
MAÑANA AMANECERÁ (VII)
La cocina era el lugar comodín de la casa: cocina, comedor, cuarto de la plancha, y por las tardes, antes de la cena, y por las noches, después de ella, sala de estudio.
Mi padre se acercó por allí, ¿Qué vas a hacer con la máquina?, Preparar el recital de mañana. Sonrió, ¿Todavía no le has preparado?, es a las siete, ¿no? Le miré dándome cuenta de mi nuevo despiste, No, se me ha olvidado decíroslo, es a las seis. Puso cara de fastidio, Pues no sé si podré ir. Mi padre, en su juventud, había escrito algunos poemas y lo volvía hacer, quizá mi actividad le había recordado su juventud. Mi padre pintó, con algo más que intuición, también en su juventud y madurez. Mi padre era un gran aficionado a la fotografía; incluso, obtuvo varios premios en categorías de aficionados. Mi padre nos mantenía, con esfuerzo y sacrificio, gracias a su trabajo como camarero en el restaurante más famoso de la ciudad.
Mi madre, pocos instantes después, también asomó por la cocina, No tardes en acostarte, que si no, mañana para levantarte. Mi madre, siempre preocupada por nuestra integridad física: alimentación, salud, comida, sueño, ropa, limpieza... Siempre luchando por estirar el dinero, que religiosamente, le entregaba mi padre cada mes. Ella estaba en el mundo para protegernos de cualquier peligro. Era su misión. Y la cumplía sin desfallecimiento, con entrega, con solvencia. Habían pasado los años y nos trataba como a niños. Supongo que a todas las madres les ocurrirá parecido. Conservaba en su rostro huellas de su belleza, una belleza anónima, desconocida, probablemente no rutilante, ni cuidada con esmero, como la de tantas mujeres... Tengo por ahí una fotografía suya, de cuando joven, que atestigua todo lo que digo.
Mis hermanos, hacia las doce, se acostaron, dándome las buenas noches a su modo, Ciérrate la puerta, que quiero dormir, Eso. Diego y Serafín. Diego era pintor. Serafín, músico. Éramos una familia con vocación de artistas, pero no salíamos de Euritmia, y no pasábamos de incipientes, de locales, como mucho. Entonces soñábamos con ser más que aficionados, pero no parecía que fuéramos a vivir de ello. Si acaso, Diego, encaminaba sus pasos con más firmeza y decisión en ese camino de poder subsistir con el arte que le gustaba. Siempre ha sido el más valiente de los tres. Yo estudié Magisterio, nunca pensé que la práctica literaria me diera de comer. Sigo sin pensarlo. Él iba a hacer Bellas Artes. Lo de Serafín era un poco distinto. Había entrado en el Conservatorio bastante tarde, pero tenía un oído tan privilegiado, que yo había sido testigo de cómo tocaba de oído piezas que sólo escuchadas una vez.
Allí, en aquella casa que ya no existe, aunque lo parezca, era feliz, para qué inventar. Para qué buscar falsas poses de enfrentamientos que no existieron. Nunca discutimos más allá de un horario, o un viaje. En fin, temas banales. No puedo adornar mi biografía con una juventud marcada por rupturas generacionales, o por aventuras motivadas por desavenencias paterno filiales. Ni por aproximación. También en esto soy aburrido, y monótono.
Durante diez minutos más, no toqué un tecla de la maquina de escribir. Pero no era el recital lo que me preocupaba. Ni siquiera busqué los poemas. Pensaba en mis padres, en esos dos espíritus vivos y despiertos que se frustraron a consecuencia de la calamitosa guerra incivil. Cuando recapacitaba en ello, la rabia y la tristeza, me embargaban, me alteraban, porque ellos fueron víctimas de una postguerra, durísima e injusta con los de siempre, los que sólo tenían para agarrarse el día y la noche. No pudieron acceder a una formación para la que, con sus dotes naturales, estaban suficientemente preparados: unos estudios superiores que hubieran decidido la verdadera valía de sus posibilidades. Y les hubieran dado la oportunidad de haber intentado situarse donde se merecían. Se quedaron, pues, en apuntes, rudimentarios esquemas de lo que debieran haber sido, como el bosquejo apenas comenzado y que un pintor rechaza. Pero su caso, por desgracia para este país, es generalizado.
Ellos, para mí, representaban el arquetipo de su generación.
Miraba a mi alrededor y veía a las personas nacidas en torno a mil novecientos treinta o treinta y cinco, como los perdedores de la guerra, aunque supuestamente estuvieran del lado vencedor. Ellos también vivieron las atroces consecuencias de aquel desastre en su carnes, tan jóvenes, infantiles casi, entonces; el primer desastre de los que asolaron Europa en una década. Quizá sólo los muertos lo pasaran peor. Esta sociedad, nuestra generación, debe mucho a tantos millones de seres que, como ellos, sufrieron las consecuencias de la estulticia humana, y del escandaloso afán de poder a costa de los demás. La cultura, durante siglos, ha sido peligrosa en España, quizá porque fomente la capacidad de pensamiento crítico, la idea de grupo, la idea de persona, la idea de libertad. Para los tiranos, es mejor la cáfila que el grupo, mejor el individuo que la persona; y ambas clases de tiranos son igual de peligrosos y exterminadores...
También pensaba en la suma de años que llevaban compartiendo la vida. Cuántos sufrimientos, cuántas estrecheces, cuántos ahorros, cuántos miedos ante el porvenir, cuántos temblores sólo de pensar en una enfermedad más larga que una gripe, cuántas restricciones, cuántas prohibiciones. Su vida fue un sacrificio. Yo he visto llegar a mi padre de trabajar, en la madrugada del estío, con los pies ensangrentados. No exagero. Su afán en la vida fue sacarnos adelante, darnos unos estudios. Mi madre lo expresaba de una forma muy gráfica. Creo que, en el fondo, era un amargo quejido por su suerte, Que llegue un domingo y podáis estar con vuestra mujer y vuestros hijos. Y yo la entendía, vaya si la entendía, pues ni una sola vez en mi infancia, ni durante mi adolescencia pude decir como decían mis compañeros lo que habían hecho los domingos con su padre.
Dejé, por fin, mis reflexiones a un lado y tecleé un tanto furioso. Además de lo que pensaba en esos momentos, el resto del día, quizá aquellos meses, me hacían muy irascible. Escribía con rabia, no podía por menos, hasta que, poco a poco, la nostalgia que manaba de los versos, cayó sobre mí, inexorablemente. Volé hacia ella. Hacia ese sueño que no sabía muy bien si se realizaría. En poco tiempo, cerré el recital. Diez poemas, justo doscientos versos. Aquella noche estaba melancólico, por lo menos, no me enfadé conmigo mismo...Antes de cerrar los ojos, no sé si para descansar o para sufrir, ya soñaba.
Por fin me acosté. Desplomé mi cuerpo sobre la cama. Un día más se había hecho pedazos en mis manos, y entre los dedos del alma quedaban restos de deseo, de lágrimas, de ginebra, y de cigarros que ennegrecían mis pulmones. Un día más se acababa, como tantos otros, Mañana amanecerá otra vez, es lo que pensaba mi mente, que cerraba sus cortinas de terciopelo ajado, poco a poco.
Una vez más, pasaron entre pliegue y pliegue de mis neuronas excitadas, sus ojos, tal y como los vi aquella misma noche. Volví los míos, entreabiertos, en busca de alguna estrella que se asomara sobre mi ventana. No localicé ninguna. Vi como el frío, hacía temblar los juncos de la zona rocosa de la muralla medieval. Casi dormía junto a las piedras más que milenarias, como un privilegiado.
Me hice una madeja en las recias mantas de lana.
Sólo me decía una cosa. Mañana amanecerá.
domingo, 20 de septiembre de 2009
MAÑANA AMANECERÁ (VI)
La Meseta era una cafetería de inicios de la calle, si se subía, de finales si se bajaba. Más que grande, honda. Más que agradable, recogida. Más que elegante, discreta. Más que romántica, íntima.
Los lunes, ya anochecido, a partir de las nueve, la cafetería se convertía, por un par de horas, más o menos (más bien más que menos), en nuestra oficina poética. Allí era donde se reunía El Grupo, como le llamábamos.
El Grupo nació por casualidad.
Después de la Feria del Libro anterior, conocí a Fabián, que, entonces, andaba fastidiado, y, entre los dos, en nuestros paseos por la ciudad, llegamos a la conclusión que para salvar a la poesía en Euritmia debíamos crear un grupo literario.
Probablemente lo único que pretendíamos redimir era nuestro propio nombre del anonimato y de la confusa hojarasca, poniéndonos un marco o una señal que nos diferenciase del resto de poetas euritmitenses. Una tarde cualquiera dijo, Conozco a dos personas que podrían estar interesados en crear un grupo, así que, para empezar, podríamos ser cuatro...
El asunto fue cristalizando. De pronto, como ocurre con las mariposas, aquel gusano pequeño, amorfo e incierto, creció, hermoseó. Casi no me lo creía, no sé los demás. Dimos un primer recital con algún éxito y cierta difusión en el Diario de Euritmia. Quiterio Lacas fue el primer periodista que nos realizó una entrevista, foto incluida. Hicimos un manifiesto fundacional. Todo muy literario, muy de otros tiempos. Nos bautizamos Grupo Poético por la Poesía Humana. Pero, para nosotros, era El Grupo.
Aquella noche, de intenso helor, había pocos clientes en la La Mesta. Eduardo, el camarero que atendía las mesas de la sala, nada más verme, me asaltó con su vozarrón de barítono afónico, sin salir de detrás de la barra, pidiéndome la consumición. Lo de siempre, contesté convencido, ¿Con el frío que hace?, Por eso mismo, Eduardo, la ginebra calienta los entresijos.
Bajé las escaleras que daban a la zona de las mesas. A esas horas ya no quedaba ni el rastro del perfume de las señoras que se citaban para tomarse un chocolate sin la impertinente presencia de sus maridos. En su sustitución, al fondo, como cada lunes, se reían mis compañeros. De la primera mirada, observé, con sorpresa y alegría. que estaban todos, hasta Begoña...: Fabián, Javier, David, Adela, Elsa, Federico, Liberto, Paco, Míkel, Muriel, y yo, que, en contra de mi costumbre, llegaba con algo más media hora de retraso. Pero el amor provoca que los relojes funcionen a velocidades diferentes; para ellos acudía con retraso, para mí la hora había sido la ejecución de una sentencia...
Paco, Liberto y Muriel no formaban parte directa de El Grupo, aunque no fallaban casi en ninguna reunión. Eran algo así como agregados. Eran más bien, intelectuales con pose, algo parecido, que se aburrían en Euritmia, ninguno de los tres era oriundo de nuestra ciudad, y no tenían nada mejor que hacer. Elsa y Federico, aunque escribían, sin embargo, no se animaban a formar parte de la plantilla. Les faltaba decisión, como si pertenecer a El Grupo atara de por vida.
Adela era como la mascota. Quería aprender la parte formal y académica del tema. Tenía la sensibilidad a flor de piel. Ella pensaba, antes de conocernos, que escribir en verso era poco más que rimar unos sentimientos, quizá alguna vivencia. Pero se daba cuenta, al leer a otros poetas, incluso a nosotros, que había más cosas. Todo lo absorbía como una esponja. Adela, barrunto, estaba enamorada de mí. Aunque nunca me dijo nada. Yo no. Y me dolía no hacerle ningún caso, pero no podía evitarlo.
Muriel, la espigada y rubia londinense de ojos azules y un metro ochenta de altura, era mi lectora de inglés de aquel curso, por tanto, indirectamente, una aportación mía. Se incorporó con la intención de realizar un trabajo para su Universidad británica sobre nuestras actividades, y nuestra obra. Nunca he sabido si lo realizó. Si lo hizo en su país, no nos lo dijo, ni lo envió. Aunque, siempre que pienso en ello, llego a la conclusión, casi evidente, de que no dimos la talla suficiente para ser objeto de tal trabajo. Era más que guapa, atractiva. Lo sabía. En la clase, nos traía a todos un poco locos. Fuera del aula, también. Algunos pensaban que mantenía una aventura con Míkel. Nunca lo supe a ciencia cierta. El rumor, por lo que supe, había partido del alumnado femenino del propio Míkel. Quizá las alumnas de él estuviesen algo celosas de la inglesa.
Paco era amigo de Fabián. Aquel curso, creo, acababa Derecho. Era un enamorado de la poesía. Un enamorado ferviente y respetuoso. Tanto que tenía miedo de escribir no fuera a cometer sacrilegio.
Liberto escribía en prosa, él decía que poética y revolucionaria; decía, además, que era ceramista vocacional, porque de la arcilla salen los productos elaborados por el ser humano que más nos acercan a la Naturaleza; se ganaba la vida como funcionario del Estado. Por entonces, no habíamos visto ni un cenicero salido de sus manos. De la prosa, mejor que no se hable.
David me puso al día, El próximo martes recital. Me extrañé. Parecían demasiados, ¿Otro?, pero si mañana damos uno. Fabián lo aclaró con una sonrisa, y un gesto, no sé si resignado, fastidiado o alegre, El de la próxima semana, lo organiza una asociación de amas de casa, lo damos en Calypso, a las seis. En una semana dos recitales, después de los que llevábamos. Aquel trimestre, unos diez. Increíble. Claro que llenábamos un hueco en algunas programaciones de actividades, a las que dábamos un barniz cultural, y salíamos muy baratos, pues no cobrábamos, salvo gastos, si los había.
Javier deambulaba su vista sin descanso, era el romántico de El Grupo por antonomasia. Era compañero mío de Magisterio, y sobre todo, buen amigo. Tenía novia formal, desde hacía años. En eso me ganaba. También estaba enamorado de París. Ya casi conocía yo París. ¿Cuánto me habrá hablado de sus gentes, sus avenidas, sus museos, el barrio Latino, sus costumbres? ¿Cuántas mañanas hemos pasado hablando y hablando, un poco de tiempo después, de tantas cosas que se marcharon? De tantas cosas, durante tanto tiempo, que, creyendo que transcurrían minutos, en realidad, eran horas las que discurrían.
Fabián era el más 'profesional' de El Grupo. Era quien sentía la poesía con más intensidad y hondura. Tenía todo de poeta, salvo que no vivía de la poesía. También había publicado un libro, y su nombre, y un puñado de poemas, estaban antologados. Inconscientemente le llamábamos el espiritual: los elevados temas de su poesía, su extrema delgadez, su barba que flotaba al viento, nos lo indicaban. Aunque sus gafas de concha, con muchas dioptrías, le daban hálito de intelectual bibliotecario.
David era el de más años del grupo. Nunca supe su edad con exactitud, pero para mí siempre tuvo cincuenta y un años. ¿Cómo se puede fijar algo en la cabeza que no tiene ninguna congruencia con nada? Su cabello, siempre corto, tenía tres colores: castaño, plata y bermejo. Estaba casado con Amelia. Un encanto de mujer. Parecían felices. En el fondo, les envidiaba.
Míkel estaba enfrascado en el último soneto de Fabián, Le falta el acento de la cuarta en el tercer verso. Y Fabián, tras contar las sílabas con los dedos de la mano izquierda, resopló, como avergonzado, como si le hubieran pillado en una fechoría, Pues es verdad. ¡Qué despiste!. Me metí en la conversación, pues estaba sentado al lado, Desde luego no se te pasa una. Por algo es filólogo, remachó Muriel que estaba a su derecha. Percibí orgullo en sus ojos cobalto. Además de filólogo, natural de Ávila, poseer una espectacular barba negra, y sólo residir en Euritmia entre semana, era profesor de francés de Instituto. Como he dicho, se decía, no en El Grupo, que tenía un romance con Muriel. Si lo tuvieron, fue muy discreto.
Un poco más allá, se sentaba Begoña, ¿Cuánto tiempo Begoña?, Es que no he venido el otro día... Ya no recuerdo la excusa que me puso aquella noche. No importa. Podía haber sido cualquiera. Begoña tenía una sensibilidad exquisita para escribir. Lo hacía maravillosamente bien. Y recitaba todavía mejor. Su voz era melodía y entonación en estado puro... Sin embargo, no se preocupaba nada por ello. Para ella, era poco más que un pasatiempo.
Nuestras reuniones, pocas veces eran poéticas. Las más, eran pasar el tiempo, estar juntos, compartir, de vez en cuando, algún poema, divagar sobre algún tema más o menos sesudo, más o menos de actualidad, y despejarnos de la vida. Si acaso, soñar fantásticos proyectos futuros, que nunca cristalizaron.
Cada uno, teníamos una concepción muy ideal y muy diferente de este arte, que nunca he sabido para qué sirve. A lo mejor, ese era mi error y es que no tiene que servir para nada. Pero sigo en mis trece. Intuía, intuyo, que la poesía si no alivia el llanto, o denuncia la injusticia, o canta lo verdadero del ser humano, no es poesía, o al menos, le falta lo sustancial, lo vital. Podrá hablarse de belleza, y no lo discutiré con nadie. Hay casos tan evidentes, que mantener lo contrario ofendería al intelecto. Se podrá hablar de literatura, quizá. Pero no de poesía. Mis poemas eran puñetazos de palabras que percutían en el aire, sueños imposibles, irrealizables, lágrimas arrojadizas, quejas hechas llanto, y pétalos enamorados de rosa marchitada.
Mañana a las siete en el Instituto, dije, por decir algo; menos mal que lo hice. David me miró como si se dirigiera a un niño torpe, lento para aprender, No, hombre, a las seis, No fastidies, si a esa hora es cuando saldré del curro, Si quieres, me acerco a por ti en el coche, lo bajaré de todos modos. Pensé rápido, Pediré permiso diez minutos, seguro que no dicen nada. Añadí, Total me pilla cerca, sólo bajar el Postigo; llegaré. Se me ocurrió, además otra cosa, Por si acaso me retrasara, ponedme de los últimos, así estamos todos más tranquilos. Estuvieron de acuerdo y decidieron que actuaría en último lugar.
Cuando salíamos, más allá de las once, Liberto propuso, Veníos a tomar una copa. Era un noctámbulo empedernido. Me excusé, a modo de despedida, No puedo, todavía no he preparado el recital.
Era cierto. Además no tenía un duro.
domingo, 13 de septiembre de 2009
MAÑANA AMANECERÁ (V)
Los últimos comercios cerraban sus puertas, despidiendo con sonrisas forzadas al postrer cliente que se había pasado más de quince minutos revolviendo todos los géneros, y marchándose de vacío, con una incoherente excusa en los labios.
En esos instantes, me encantaba un paseo por la calle Imperial. Me llegaba, desde el Banco, a la próxima Plaza y bajaba la calle. Me embozaba en mi gabardina, fumaba distraídamente... Me paraba en cualquier lugar para mirar el último detalle de aquella piedra que, en su tiempo, no fue labrada con la precisión y belleza que el edificio exigía. O, al contrario, admiraba lo primoroso del trabajo del cantero anónimo.
Poco a poco, me metía en mí mismo, con cautela, llamando a todas las puertas de mi corazón, cuando era yo el único que tenía sus llaves.
Añoraba las tardes de sol. Mejor dicho, las últimas entonaciones luminosas del crepúsculo euritmitense, como si el director de la orquesta que dirigía la sinfonía del atardecer, concluyera la obra ordenando, en la ejecución de su último compás, un largo e intenso calderón. Sobre todo, echaba de menos esos minutos, esos segundos quizá, pasados en la Alcazaba.
Fue allí donde te conocí, pensaba no sé si con melancolía o con deleite. En todo caso, con fruición de amante en ciernes. Como si escribiera. Era un pensamiento real, pero literario. Entonces, ejercía de escritor. Pensaba que, hasta en los paseos solitarios, mis pensamientos debían ser lo más literarios que pudiera. Todavía no había leído a Baudelaire, pero lo intuía...
Bajabas sola mirando el empedrado. Te seguí, entre curioso y hechizado. Quizá un latido de tu corazón llamó al mío... ¿Dónde podía caminar una muchacha como tú, sin nadie a su lado? Me intrigó tu melancolía, que adivinaba en el reflejo de tus cabellos... Me intrigó tu rostro, que no veía. Me intrigó tu voz, que no sentía... Era la hora del ocaso, esa hora un poco mustia, un poco melancólica, y bella, tan hermosa, que a sí misma se sonroja. Fuiste a sentarte a mi lugar predilecto, a ese semicírculo que se esconde de todo y que contempla el amplio horizonte. A ese lugar, donde las piedras ocres toman la dimensión especial del recuerdo, de la leyenda, de la aventura, del amor místico... Como hechizado, como curioso, fui a sentarme cerca de ti, a tu lado. Antes de que mis ojos te recorriesen, los dirigí hacia la espesa arboleda que crece en el fondo del alto precipicio, anhelando contemplar la majestuosidad del castillo...Regresé al presente, de pronto. Ciertos actos, por muy literarios que sean, son incomprensibles para uno mismo. ¿Cómo es posible que me cuente a mí mismo lo que ya sé? Lo que debía de preocuparme no son los recuerdos, sino el futuro, el mañana. Sé que la poesía es hermosa. Y que, si quiero ser alguien en esto, debo de pensar siempre en la misma clave.... Joder con la poesía, acuérdate de que llevas casi cinco meses detrás de ella, y absolutamente nada. Ni siquiera te has insinuado... Ya, pero no quiero que me pase como con las otras, que, por ser muy lanzado, me he estrellado siempre... Lo malo es si se larga, por lento... Esto es muy difícil...
Volví atrás, desanduve el camino. De pronto, tuve mucha prisa, una prisa exagerada. Volví a la Plaza por ver si, casualidad del destino, estuviera por allí. No en vano, ella vivía muy cerca. La premonición que sentía en el pecho cada vez era más intensa...
Allí estaba, junto al quiosco de Carmelo.
(Carmelo era nuestro salvador en las horas de aburrimiento, con sus pipas, sus caramelos, sus cigarrillos sueltos -cuando el dinero no daba para comprar un paquete-, e, incluso, con sus chistes. Carmelo era sacristán de la iglesia del arcángel Uriel. Yo sé, aunque él nunca lo dijo, que Carmelo era feliz rodeado por nosotros, los jóvenes que llegábamos de la adolescencia. En una noche como aquella, yo no podía evitar el saludo a aquel hombre, Frías noches, Carmelo. Su voz, de lija desgastada, cruzaba el espacio congelado, Alegra esa cara, chaval, que llega la Navidad. Pues sí, debía tener yo un rostro terrible, si hasta el quiosquero lo notaba. Además era cierto, faltaban pocos días para la Navidad. Ya habrás comprado el turrón, mangante, Anda y tú, mira éste. Le pedí un chicle, aunque no tenía ganas de mascar, De clorofila, especifiqué).
Estaba allí. Sentada. Sola. Hecha un ovillo. Me había visto, y me esperaba. Le había notado una sonrisa, o eso me pareció, así que saludé optimista, Hola, ¿Hoy no vas a la reunión? Fue su pregunta como una bofetada a destiempo. La había olvidado por completo. Además, era la última antes de las vacaciones navideñas. Y, al día siguiente, teníamos un recital en un instituto, que, veinticuatro horas antes, aún no había preparado. En apariencia no me inmuté, como si lo tuviera todo controlado. Iré un poco más tarde, en veinte minutos, así me calientan el asiento, bromeé sin entusiasmo. Supongo que me creyó, ¿Qué tal desde ayer?, ¿Después de que te fuiste...? Pues normal; me tomé una copa con ellos y bajé rápido a casa; hoy ha sido un día malísimo: habré cargado en el examen de Matemáticas, en casa una discusión tonta por no se qué de unas cartas que alguien ha debido de perder, en el trabajo como siempre; menos mal que me he pirado un par de clases y he deambulado por ahí..., ¿y tú? Resopló, Lo normal: también hoy he tenido bronca, así que he pegado un portazo y me he largado; pero creo que voy a volver, porque hace un frío que me está afeitando las narices. Aquello de que se marchara tan rápido no me gustaba, quería estar más tiempo con ella, Vamos a tomar un cafelito, Estoy sin blanca. Me rebusqué en los bolsillos. Mis más terribles sospechas se confirmaron, no sé si me sonrojé, pero lo hubiera tenido que hacer, por bocazas, Pues yo tengo lo justo para una copa, luego.
Los de la Cafetería La Meseta, donde nos reuníamos los lunes por la noche, exigían a cada uno del Grupo, al menos, una consumición. No era mucho por dos horas. Además, habíamos llegado al acuerdo de que cada uno pagase lo suyo, salvo circunstancia muy especial, y no era cuestión de pedirles, esa semana también, pues las dos anteriores se me había olvidado llevar el dinero, que me volvieran a invitar.
Suspiré. Lo que no podía ser, no podía ser, y además era imposible. Proseguí sin darle importancia, Bueno, por lo menos levántate, andaremos un poco, ¿qué ha pasado en tu casa?, Nada. ¿Nada?, ¿Y estás así por nada?, pues que señor tan importante, ¿o es señora? Conseguí que sonriera un poco tristemente, Es que me han pillado el paquete de tabaco, y me han montado el número, figúrate. El tabaco era otra de las peleas que manteníamos en casa. Los mayores sabían de antemano que la tenían perdida, pero en ese tema eran rigurosos. A mí, por ejemplo, aunque alguna vez me daban dinero para comprarlo, no me dejaban fumar en casa. Manías. ¿Qué te han dicho?, Se han puesto en plan plasta, ya sabes, que si el médico, que si la salud, que si el abuelo murió de cáncer..., vamos bordes, bordes..., vaya, que no soporto sermones, así que me he venido. Ya, contesté por contestar algo. Como digo, los mayores tenían perdida la batalla, pero nosotros sabíamos, aunque seguíamos fumando, que tenían razón. Todo lo dejábamos fiado a nuestra juventud. Era imposible que, siendo tan jóvenes y sanos, nos pasara algo por culpa del tabaco. Cuando fuéramos mayores, como ellos, ya veríamos. Cualquiera, además, lo podía dejar cuando quisiera. Sobre todos nosotros, que éramos muy machos, y teníamos los atributos necesarios...
Dimos una vuelta por la Plaza, en silencio. La contemplaba anhelante. Tres, cuatro, no sé las veces, intenté despegar los labios y decírselo, pero, una vez más, quedé mudo. La situación era ridícula. Ella se dio cuenta de que algo me azoraba. Era muy intuitiva. Además, estaba casi temblando por el frío, comprendió que lo mejor era evitar una metedura de pata por mi parte, Me voy a casa, ¿Te veo mañana en el recital?, No creo, tengo que empollar, lo siento, No te preocupes, ¿Tú, qué, no estudias nunca? Tenía razón los lunes reunión, mañana recital, el miércoles oración, pero le respondí, Sólo nos queda el jueves el examen de Pedagogía, el viernes nos dan la vacaciones; bueno, nos las damos nosotros, porque dicen que hay que ir el lunes, y pasamos directamente, Vaya suerte, ¿no? No sé por qué, pero me dio por decir la tontería, Hay que sabérselo montar... La respuesta fue inmediata, Ya salió el fantasma, Pero si es verdad, Hasta luego, Adiós...
Y se largó. Ni me dio tiempo a preguntarle que cuándo nos veríamos. Lo volví a conseguir yo solo, meter la pata, por no decir lo que me abrasaba la garganta, y por decir las estupideces que no tenía que haber mentado.
Otra vez descender la calle Imperial, tenía que ir a la reunión, pero no llevaba prisa. Ni ganas, casi. Y eso era noticia.
Otro día en blanco, pensé.
Ahora bajaba cabizbajo, sólo tenía en mi mente sus ojos que no se apartaban de mí.
De pronto, sentí cómo una lágrima brotaba y se golpeaba triste contra mi rostro. Levanté la cabeza. Nadie me había visto. Y si me ven que se aguanten, refunfuñé en voz audible. En realidad, era un comentario de impotencia, más que otra cosa. Era el comentario de la soledad y del sufrimiento más hondo que teníamos por entonces; a veces, he pensado que ese era el único sufrimiento que teníamos. Si había más, nacían de él. Y si me ven que se aguanten. Los hombres también tenemos derecho a llorar, remaché como si hubiera encontrado otro derecho fundamental de los seres humanos a incluir en la Declaración Universal de la ONU, ¿o sería el comienzo de algún poema inédito?
A esas de horas de la noche, con el frío helor golpeando en los cristales, era muy difícil encontrar a nadie conocido.
domingo, 6 de septiembre de 2009
MAÑANA AMANECERÁ (IV)
Que denomine trabajo a esta actividad vespertina de dos horas, se debe, a la existencia de un contrato laboral, y a que al final de cada mes, sin retrasos, la señora Dioni acudía a la sucursal con cuatro sobres personalizados para cada uno, conteniendo la cantidad pactada en su interior. Por eso, y nada más, utilizaré la convención de llamarlo trabajo.
Digo que conseguí el trabajo, por casualidad, casi sin intentarlo, como un milagro. En un verano en el que tenía problemas en mi familia, decidí buscar un sueldo que me permitiera una mínima independencia económica. O sea el modo de acceder a tabaco, libros, cine y copas, nada más. Y sin excesos.
Como digo, mirando las ofertas de empleo en el Diario de Euritmia, leí el anuncio. Es como si me hubiera saltado a la vista. Parecía fabricado expresamente para mí aquella mañana. Como si alguien dadivoso supiera de mis intenciones y se anticipara a ellas. Fue muy fácil. Fue el primer anuncio que leí, y la única llamada telefónica que realicé. Entre la lectura del anuncio, y la consecución del empleo, mediaron, aproximadamente, dos horas, quizá menos. No era lo que me había planteado al principio, pues sólo había pensado en un trabajo para los meses veraniegos. La opción que me ofrecieron mejoraba mi idea inicial. Dispondría de más tiempo libre durante el verano (es decir podría seguir escribiendo por las mañanas del estío), trabajaría durante todo el curso y nada me impedía continuar los estudios. Y lo fundamental: de algún modo alcanzaba una nueva situación ante los demás y ante mí mismo. Tampoco aspiraba a mucho más: una pequeña cantidad de dinero cada mes, que evitara acudir cada semana a mis padres suplicando que engrosaran mi cartera. Ellos estaban al límite. Y había que sumar, además, la factura del colegio.
La sucursal era más bien pequeña, pero con multitud de rincones que se ensuciaban, siempre se ensuciaban y había que limpiarlos... Lo primero que se ofrecía a los ojos, al traspasar la puerta giratoria, era la zona de Caja, rodeada por una muralla de cristales antibala elevada hasta el techo , con varias ventanillas para atender al público. Tras las rejas de éstas, había el mismo tipo de protección. Era lo más parecido a un búnker que jamás había contemplado, eso sí, un búnker transparente. El suelo del patio era de mármol blanco y las paredes estaban cubiertas por losas del mismo material de color entre cárdeno y ocre.
Mi saludo, normalmente, era contestado por los guardianes del tesoro. 'Buenas tardes, ¿Qué hay?' La vigilancia y custodia, los guardianes del tesoro, la hacía una pareja de la Guardia Civil. En el tiempo en que permanecí allí, conocí a la mayoría de los números que tenían su destino en la ciudad. Con alguno, hice buenas migas, y, en las tardes vacías, cuando acababa de quitar polvo, o había terminado de eliminar marcas de dedos, bastante tarde, después de acabara mi horario, nos sentábamos ante la enorme mesa que estaba en el centro del patio. Con una baraja, jugábamos a cualquier cosa y hablábamos. O escuchaba. Las más de las veces escuchaba. Las cartas, la mayoría de las ocasiones, eran excusas que se entretenían en nuestros dedos.
En este ambiente, donde me trataban casi como a un igual, descubrí que los adultos pensaban no muy distinto de los jóvenes, pero pausadamente, sin tanta fogosidad, como si hubieran quitado una velocidad a la marcha de su vida.
El servicio lo cubrían semanalmente dos parejas de números que se turnaban en jornadas de veinticuatro horas. Por tanto, los lunes, y martes había cambio de guardianes del tesoro. Así que tales días de la semana, al principio de la jornada, la conversación se repetía, como una noria infatigable, 'Ya tendrás novia...' Era el comentario clave, la incógnita a resolver, la pregunta existencial, como vengo diciendo. En realidad para mí era una ecuación de tercer grado con miles de incógnitas, y yo siempre fui de letras, o sea incapaz de resolver más allá de una regla de tres. Ante tal avalancha, era lacónico, 'Pues no...' E insistían, 'Bueno, una amiga especial'. Era lo mismo, pero, como entonces, y ahora, a esas edades negábamos la existencia de una novia, pues el sustantivo nos horrorizaba por lo que tenía de referencia a perpetuidad, a falta de libertad, creían, los adultos, que lo que teníamos todos, era una, o varias, amigas especiales. 'No', repetía con contundencia, hastío, y rabia, pues, para mi desgracia, la negativa no se debía a un afán de proteger mi intimidad: era mi desoladora y desgarradora verdad. Pero ellos, probablemente aburridos de sus cosas, acaso de sus vidas, seguían caminando por la misma senda. 'Con la cantidad de ellas que hay, Además, si ahora las chicas tiran que es un gusto'.
Obvio es decir, que cuando afirmaban tales cosas, no había ninguna mujer delante. Aunque, ellas, que eran más machistas que yo, opinaban cosas parecidas. Ellos proseguían, mi respuesta les daba lo mismo, 'Si en nuestro tiempo hubiera sido como hoy', 'Si tuviese treinta años menos...'
Lo de siempre, cuando empezaban por ahí, sonreía y los contemplaba. Me preguntaba dónde residiría la diferencia entre los hombres, entre unos y otros, entre unas épocas y otras... Ellos afirmaban, con envidia, que las chicas, las de nuestra edad, tiraban en cantidad y nosotros, ávidos e insaciables, nos quejábamos de lo contrario. Luego, como si todos tuviesen el mismo disco, llegaba la historia.
A veces parecía que, afuera de los muros del edificio, en vez de un jardín rectangular con castaños y una estatua aterida, hubiera una gran sala de cine en la que siempre proyectaban la misma escena de la misma película, erótica, por supuesto. Señalaban, con un gesto apenas, al jardín colindante, 'Pues anoche, estaba una pareja en uno de los bancos de allí, dándose uno achuchones que quitaban el hipo; y era ella, no te creas, la que más se movía, él como si tal cosa...' Yo ponía mirada neutra, piscícola, sin contenido. Estaba seguro de que imaginaban más de lo que veían, si es que habían visto algo. Ellos continuaban a lo suyo imparables, 'Si es que los chicos estáis parados', 'Mira...' Era el momento álgido, empezaba la clase práctica.
En mitad de ella, como si hubiera escuchado algo y no quisiera que pervirtieran mi supuesta castidad juvenil, llegaba la señora Carmen, la más antigua en el puesto de trabajo, que no la mayor en edad, la encargada de la limpieza.
Digamos que era mi jefa. Aunque, muy pocas veces ejercía de ello. Dejaba a mi criterio el trabajo a desarrollar, salvo que un ordenanza del Banco indicara expresamente alguna tarea. Tenía una sola obligación diaria: los cristales de la puerta giratoria, la primera altura de los blindados de la caja y los demás de la parte principal. A partir de ahí, el orden y lo que hiciera en cada zona del edificio dependía de mí: las ventanas de las oficinas, de las escaleras, de los sótanos, del patio, el resto de los cristales blindados de la caja, las paredes, los globos de luz, las letras doradas de la calle, los faroles, etc. Era yo quien lo determinaba y distribuía mi ritmo.
Si algún día cometía la torpeza de demorar la charla, como aquel lunes, solía aparecer por el cuartito, refunfuñando, 'Bueno, ¿es que no piensas hacer nada?' La miraba aliviado, pues tanta monserga de macho adulto, no me sentaba muy bien, pero no sabía cómo desaparecer sin que se me notara que empezaba a estar harto de que minusvaloraran a nuestra generación, al menos en ese campo. 'Sí, mujer, sí...', respondía, mirándoles a ellos, como diciendo, 'Ahora no puedo seguir, ya veis, el deber me llama'. Ella remachaba victoriosa, 'Pues, a cambiarte de ropa... ¿Qué vas a hacer hoy?' Normalmente, tenía que pensarlo, porque lo solía decidir sobre la marcha, mientras me cambiaba de ropa, en un minúsculo cuarto de baño. Casi nunca iba preparado, pero aquella tarde sí lo estaba. Necesitaba soledad, así que había pensado en el lugar más escondido de la sucursal, 'Bajaré a la caldera'. Aquel día parecía mandona, o le habían dicho algo, '¿Y cuándo piensas hacer las ventanas de la escalera?' Eso, durante el invierno, lo tenía claro, 'El sábado, que vengo pronto, para no manchar la escalera a Leo'. Leo era otra de las mujeres de la limpieza. Junto con Primi completaba el trío. Carmen estaba casada; Primi era viuda; Leo permanecía soltera. En la variedad está el gusto. Mi respuesta fue adecuada y me dejó tranquilo, 'Pues anda, que enseguida se hacen las ocho y ni te has movido...'
Lo que ella no sabía, es que yo sí sabía que las ocho se llegarían una hora y cuarenta y cinco, o cincuenta minutos después. También sabía que limpiar los cristales de la Caja, siempre con más de una rebelde huella dactilar (a veces pensaba que algunos dedos habían nacido para estamparse contra los cristales y dejar perenne su traza), los de la puerta giratoria, los del cuartito de vigilancia de los agentes, y limpiar las tuberías, y las lámparas en forma de globo de la caldera, así como un par de ventanucos que allí había, entreverado todo ello con algún cigarrillo, me llevaría, sin distracción, pero sin agobio, una hora y cuarto u hora y media, poco menos. Es decir, me sobrarían treinta o treinta y cinco minutos, que debía distribuir sabiamente, para que no me metieran en otra actividad. Mi técnica era muy simple: paradas imperceptibles, lentitud no exagerada, cambiar más veces de las necesarias el cubo del agua... Con estos recursos, para los que, ciertamente, no hay que hacer ningún máster, mi tiempo de estancia en la sucursal era tedioso, lento, la cabeza daba vueltas a muchas cosas... En realidad, no a tantas. Acaso solo a dos: ella y algún poema en el que anduviera enfrascado.
Muchas veces, no todo salía según el guión previsto. Algunas tardes, como aquella, se oía una voz tranquila, pero acostumbrada a ejercer el mando, '¿Está el chico?' Era el señor Albino, uno de los conserjes de la sucursal. Bajo, rechoncho, de vivos ojos azul pálido. Venía, sin saberlo, a sacarme del letargo. Alguien solía responderle vagamente, 'Por allí anda'. Y yo, si le oía, gritaba, '¡Voy!', para que viera mi disposición, y porque la mayoría de las tardes no me importaba, ya que me sacaba del tedio. El señor Albino era una de las personas más comprensivas que he conocido. Cuando creía oportuno no ver algo, no lo veía, simplemente. Cuando exigía, lo hacía con humanidad y firmeza. Durante la guerra, al igual que el otro ordenanza, que también vivía en el edificio del banco, debió de ser sargento provisional, o algo así, nunca lo supe bien. Sin embargo, a diferencia del señor Ubaldo, que me habló más de una vez de sus aventuras rusas con la División Azul, no le gustaba hablar de aquello. Al llegar donde estaba, me daba las instrucciones. Casi siempre, como aquella tarde, eran sobre lo mismo, 'Tienes que sacar la escalera larga y ponerme una bombilla en el farol de la izquierda, pero, antes, mírala, no vaya a ser que sólo esté floja'. A pesar de que me enfadaba sacar tal escalera, añadía algún comentario, '¿Puede quedarse para sujetarme la escalera?, ya que saco el armatoste limpiaré los faroles de la calle'.
Una de las cosas que más me fastidiaba era sacar la dichosa escalera. Yo le llamaba el armatoste. Era metálica, muy larga, más de cinco metros, de una sola pieza, y más que pesada, que no lo era en exceso, de difícil manejo a causa de la estrechez de los pasillos en cuyo trazado había diversos ángulos de cuarenta y cinco grados con los que topaba en el camino, a causa de la poca altura de las puertas. Cuando tenía que sacar el armatoste, parecía que me disponía a organizar maniobras militares. Previamente debía abrir la puerta del dormitorio de los guardias civiles, un minúsculo cuarto habilitado a tal efecto en el subsuelo del banco, así se facilitaba la primera maniobra, la de salida; pero a veces no era posible, pues el mechinal podía estar ocupado por uno de los agentes que estuviera descansando, nunca los dos. En ese caso, sacar el armatoste por el angosto pasillo, era, sino imposible, muy difícil. Pero, al final, salía con relativo éxito de la empresa, salvo alguna magulladura más en las maltratadas paredes del pasillo, lo que no era del agrado, ni de la señora Carmen, ni del señor Albino, pero ¿qué podía hacer yo? Luego, la segunda penosa faena: subir dos tramos de escalera, sobre todo, el giro a la derecha, antes de iniciar el segundo, en un espacio estrecho y bajo, que podía ocasionar alguna otra lesión en la capa de pintura de la pared. Si había que sacarla a la calle, como esa tarde, además, había que abatir totalmente las hojas de la puerta giratoria, en caso contrario, el armatoste no podía salir. Y lo último, probablemente lo más peligroso, era situarla en la calle. La estrecha acera, de grises losas graníticas, era irregular y el dichoso armatoste, nunca asentaba correctamente los apoyos, por lo que, o la calzaba, para lo que no era muy ducho, o alguien la sujetaba. Normalmente, el mismo señor Albino. Alguna vez, si tenía que sacar la escalera, pero él no estaba por allí, algún número de la Guardia Civil hacía tal labor. Supongo que salir a la acera de la calle y ayudar al chico de los cristales, era una forma de distraerse durante unos minutos.
Con este contratiempo, que era relativamente habitual, pues no sé por qué misteriosa razón, las bombillas se fundían con frecuencia, mis planes cambiaban y tenía que disminuir, o eliminar, mis paradas y acelerar el ritmo. A aquellas horas, solía haber una perjudicada que no callaba, 'Ya me estáis pisando esto, podíais dar la vuelta por otro sitio, digo yo'. La señora Primi, la viuda, era encantadora y vital. Siempre se quejaba de que le pisábamos lo que acababa de fregar. En realidad, nadie le hacíamos mucho caso, pero al final de la jornada, como un milagro cotidiano, el suelo quedaba totalmente limpio.
Esas dos horas, pasadas entre transparencias y conversaciones adultas y algún cigarrillo, me descargaban, me relajaban, me estimulaban para seguir luchando. Era eso, y no el dinero, que tampoco era, ni podía ser, mucho, lo que me aferraba allí.
A pesar de que los ciento veinte minutos se hicieran largos, y aunque hacia donde más se dirigía mi vista era al reloj, al final de cada jornada (a las ocho de la tarde entre semana, y a las seis los sábados) , me daba cuenta, casi de forma tangible, que aquello me venía bien y ayudaba a mi madurez.
Cuando miraba a la mayoría de mis amigos, y les decía que estudiaba y trabajaba, notaba en sus miradas cierta envidia y algo de muda admiración. Nunca les oculté la verdad, se hubieran enterado de otro modo, además, en el fondo, estaba orgulloso. Les explicaba que trabajaba como limpia cristales, y que por ese trabajo, que sólo me ocupaba un par de horas todas las tardes, me pagaban poco más de veinte mil pesetas. Pero trabajaba, y tenía veinte mil pesetas más que la mayoría de ellos, cada mes.