Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

domingo, 27 de septiembre de 2009

MAÑANA AMANECERÁ (VII)

Después de cenar, cogí mis cuadernos, los folios, la máquina de escribir familiar y me dispuse a capturar doscientos versos, más o menos, para recitarlos al día siguiente. Si el recital es en el Pardo Bazán, pensé, Lo prepararé romántico. Y sonreí vagamente, Haré la competencia a Javier, puede ser divertido. Años después, he comprendido que aquel recital no lo elegí romántico porque el alumnado fuese mayoritariamente femenino y, por tanto, su posible público, sino que lo seleccioné así, como un canto dedicado a mi situación: le cantaba a ella y soñaría, o lo intentaría, mientras actuaba ante el público.

La cocina era el lugar comodín de la casa: cocina, comedor, cuarto de la plancha, y por las tardes, antes de la cena, y por las noches, después de ella, sala de estudio.
Mi padre se acercó por allí, ¿Qué vas a hacer con la máquina?, Preparar el recital de mañana. Sonrió, ¿Todavía no le has preparado?, es a las siete, ¿no? Le miré dándome cuenta de mi nuevo despiste, No, se me ha olvidado decíroslo, es a las seis. Puso cara de fastidio, Pues no sé si podré ir. Mi padre, en su juventud, había escrito algunos poemas y lo volvía hacer, quizá mi actividad le había recordado su juventud. Mi padre pintó, con algo más que intuición, también en su juventud y madurez. Mi padre era un gran aficionado a la fotografía; incluso, obtuvo varios premios en categorías de aficionados. Mi padre nos mantenía, con esfuerzo y sacrificio, gracias a su trabajo como camarero en el restaurante más famoso de la ciudad.
Mi madre, pocos instantes después, también asomó por la cocina, No tardes en acostarte, que si no, mañana para levantarte. Mi madre, siempre preocupada por nuestra integridad física: alimentación, salud, comida, sueño, ropa, limpieza... Siempre luchando por estirar el dinero, que religiosamente, le entregaba mi padre cada mes. Ella estaba en el mundo para protegernos de cualquier peligro. Era su misión. Y la cumplía sin desfallecimiento, con entrega, con solvencia. Habían pasado los años y nos trataba como a niños. Supongo que a todas las madres les ocurrirá parecido. Conservaba en su rostro huellas de su belleza, una belleza anónima, desconocida, probablemente no rutilante, ni cuidada con esmero, como la de tantas mujeres... Tengo por ahí una fotografía suya, de cuando joven, que atestigua todo lo que digo.
Mis hermanos, hacia las doce, se acostaron, dándome las buenas noches a su modo, Ciérrate la puerta, que quiero dormir, Eso. Diego y Serafín. Diego era pintor. Serafín, músico. Éramos una familia con vocación de artistas, pero no salíamos de Euritmia, y no pasábamos de incipientes, de locales, como mucho. Entonces soñábamos con ser más que aficionados, pero no parecía que fuéramos a vivir de ello. Si acaso, Diego, encaminaba sus pasos con más firmeza y decisión en ese camino de poder subsistir con el arte que le gustaba. Siempre ha sido el más valiente de los tres. Yo estudié Magisterio, nunca pensé que la práctica literaria me diera de comer. Sigo sin pensarlo. Él iba a hacer Bellas Artes. Lo de Serafín era un poco distinto. Había entrado en el Conservatorio bastante tarde, pero tenía un oído tan privilegiado, que yo había sido testigo de cómo tocaba de oído piezas que sólo escuchadas una vez.

Allí, en aquella casa que ya no existe, aunque lo parezca, era feliz, para qué inventar. Para qué buscar falsas poses de enfrentamientos que no existieron. Nunca discutimos más allá de un horario, o un viaje. En fin, temas banales. No puedo adornar mi biografía con una juventud marcada por rupturas generacionales, o por aventuras motivadas por desavenencias paterno filiales. Ni por aproximación. También en esto soy aburrido, y monótono.

Durante diez minutos más, no toqué un tecla de la maquina de escribir. Pero no era el recital lo que me preocupaba. Ni siquiera busqué los poemas. Pensaba en mis padres, en esos dos espíritus vivos y despiertos que se frustraron a consecuencia de la calamitosa guerra incivil. Cuando recapacitaba en ello, la rabia y la tristeza, me embargaban, me alteraban, porque ellos fueron víctimas de una postguerra, durísima e injusta con los de siempre, los que sólo tenían para agarrarse el día y la noche. No pudieron acceder a una formación para la que, con sus dotes naturales, estaban suficientemente preparados: unos estudios superiores que hubieran decidido la verdadera valía de sus posibilidades. Y les hubieran dado la oportunidad de haber intentado situarse donde se merecían. Se quedaron, pues, en apuntes, rudimentarios esquemas de lo que debieran haber sido, como el bosquejo apenas comenzado y que un pintor rechaza. Pero su caso, por desgracia para este país, es generalizado.
Ellos, para mí, representaban el arquetipo de su generación.
Miraba a mi alrededor y veía a las personas nacidas en torno a mil novecientos treinta o treinta y cinco, como los perdedores de la guerra, aunque supuestamente estuvieran del lado vencedor. Ellos también vivieron las atroces consecuencias de aquel desastre en su carnes, tan jóvenes, infantiles casi, entonces; el primer desastre de los que asolaron Europa en una década. Quizá sólo los muertos lo pasaran peor. Esta sociedad, nuestra generación, debe mucho a tantos millones de seres que, como ellos, sufrieron las consecuencias de la estulticia humana, y del escandaloso afán de poder a costa de los demás. La cultura, durante siglos, ha sido peligrosa en España, quizá porque fomente la capacidad de pensamiento crítico, la idea de grupo, la idea de persona, la idea de libertad. Para los tiranos, es mejor la cáfila que el grupo, mejor el individuo que la persona; y ambas clases de tiranos son igual de peligrosos y exterminadores...
También pensaba en la suma de años que llevaban compartiendo la vida. Cuántos sufrimientos, cuántas estrecheces, cuántos ahorros, cuántos miedos ante el porvenir, cuántos temblores sólo de pensar en una enfermedad más larga que una gripe, cuántas restricciones, cuántas prohibiciones. Su vida fue un sacrificio. Yo he visto llegar a mi padre de trabajar, en la madrugada del estío, con los pies ensangrentados. No exagero. Su afán en la vida fue sacarnos adelante, darnos unos estudios. Mi madre lo expresaba de una forma muy gráfica. Creo que, en el fondo, era un amargo quejido por su suerte, Que llegue un domingo y podáis estar con vuestra mujer y vuestros hijos. Y yo la entendía, vaya si la entendía, pues ni una sola vez en mi infancia, ni durante mi adolescencia pude decir como decían mis compañeros lo que habían hecho los domingos con su padre.

Dejé, por fin, mis reflexiones a un lado y tecleé un tanto furioso. Además de lo que pensaba en esos momentos, el resto del día, quizá aquellos meses, me hacían muy irascible. Escribía con rabia, no podía por menos, hasta que, poco a poco, la nostalgia que manaba de los versos, cayó sobre mí, inexorablemente. Volé hacia ella. Hacia ese sueño que no sabía muy bien si se realizaría. En poco tiempo, cerré el recital. Diez poemas, justo doscientos versos. Aquella noche estaba melancólico, por lo menos, no me enfadé conmigo mismo...Antes de cerrar los ojos, no sé si para descansar o para sufrir, ya soñaba.

Por fin me acosté. Desplomé mi cuerpo sobre la cama. Un día más se había hecho pedazos en mis manos, y entre los dedos del alma quedaban restos de deseo, de lágrimas, de ginebra, y de cigarros que ennegrecían mis pulmones. Un día más se acababa, como tantos otros, Mañana amanecerá otra vez, es lo que pensaba mi mente, que cerraba sus cortinas de terciopelo ajado, poco a poco.
Una vez más, pasaron entre pliegue y pliegue de mis neuronas excitadas, sus ojos, tal y como los vi aquella misma noche. Volví los míos, entreabiertos, en busca de alguna estrella que se asomara sobre mi ventana. No localicé ninguna. Vi como el frío, hacía temblar los juncos de la zona rocosa de la muralla medieval. Casi dormía junto a las piedras más que milenarias, como un privilegiado.
Me hice una madeja en las recias mantas de lana.

Sólo me decía una cosa. Mañana amanecerá.

6 comentarios:

Pepe Gonce dijo...

Supones bien con lo de las madres. Ella tiene 82 yo 53 y todavía me ve como a un niño y de vez en cuando me larga algunos de sus sabios consejos. Suerte que viva todavía. Pena que viva a cerca de doscientos Km.

Tus vivencias y experiencias son las típicas de un joven de la época. Y lo que tu pensabas muchos lo pensábamos. “Mañana amanecerá”. Y amaneció…vaya si amaneció.

Un abrazo.

PD.- Soy de los que pienso que cualquier tiempo pasado no fue mejor que este.

Amando Carabias María dijo...

Pepe Gonce
Pues si Dios quiere, que espero que quiera, en poco más de un mes la mía cumple los 80. Y todavía nos mira con esa misma mirada... Después de tó lo que ha pasado con nosotros. Así que a sus nietos (siete) ni te cuento.
Mi padre sigue ahí mirándonos a los tres y esperando que lleguemos a donde queremos. Sabe lo que nos está contando, pero es el más optimista.
Y como bien dices, cualquier tiempo pasado fue pretérito. :)

Isolda dijo...

Es emocionante todo lo que cuentas.
Todos lo hemos vivido de una u otra forma. ¡Cuánto nos ha enseñado nuestros padres! La pena es que no somos plenamente conscientes hasta la madurez. Ya sé que me repito, pero disfrutad de ellos todo lo que podais.

Besos melancólicos.

Amando Carabias María dijo...

Isolda
Ciertas cosas aunque se digan muchas veces, no se repiten lo suficiente. Y cada día que pasa siento muy cierto lo que dices.

catherine dijo...

Todas las madres no fueron iguales.
La mia habia sido mimada mucho por la suya asi que cuando se caso con el mejor de su universidad, el màs guapo, el màs todo, el principe de los cuentos de hada, mi padre, no sabia nada de la vida ni siquiera que hacia falta cambiar los panos de los bebés. No se preocupaba del trabajo escolar, nos mandaba a casa de la abuelita que fue la que nos mimo durante todas las vacaciones. Decia a menudo que su vida se habia parado el dia en que se caso. Tenia celos de su cunada, menospreciaba la familia de su marido.
Eramos cinco hijos, un varon(!) como diceis y cuatro hermanas repartidos entre los mayores y las pequenas, los de ante la guerra y los de después aunque yo nacio en febrero de 1945. Los mayores estaban en colegios de internos cuando las pequenas estudiaban todavia en el pueblo. Mi hermana pequena me dice que no tiene ningunos recuerdos de la infancia con "el nùmero 3" como se decia.
Mi padre era como muchos padres de la epoca, muy frio, pero màs sensible.
Vaya familia! aunque todos mis recuerdos no sean tan malos que lo que cuento lo hace pensar.
Es porque tu relato me conmueve, Amando.
y un dia amanecio.

Amando Carabias María dijo...

Catherine:
Evidentemente no todas las madres fueron iguales, ni lo son ahora, ni lo serán nunca. Sobre eso no hay discusión posible.
Es curiosa la diferencia que planteas. Por lo que deduzco de la historia que nos cuentas, tus padres venían del mundo universitario y por tanto poseían una formación académica elevada que, sin embargo, no sirvíó para que la vida cotidiana fuera maravillosa.
Me alegra que mi relato te haya conmovido.