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Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

domingo, 13 de septiembre de 2009

MAÑANA AMANECERÁ (V)

A aquellas horas de la tarde noche, con el frío helor golpeando en los cristales, era muy difícil encontrar a nadie que conociese.
Los últimos comercios cerraban sus puertas, despidiendo con sonrisas forzadas al postrer cliente que se había pasado más de quince minutos revolviendo todos los géneros, y marchándose de vacío, con una incoherente excusa en los labios.
En esos instantes, me encantaba un paseo por la calle Imperial. Me llegaba, desde el Banco, a la próxima Plaza y bajaba la calle. Me embozaba en mi gabardina, fumaba distraídamente... Me paraba en cualquier lugar para mirar el último detalle de aquella piedra que, en su tiempo, no fue labrada con la precisión y belleza que el edificio exigía. O, al contrario, admiraba lo primoroso del trabajo del cantero anónimo.
Poco a poco, me metía en mí mismo, con cautela, llamando a todas las puertas de mi corazón, cuando era yo el único que tenía sus llaves.
Añoraba las tardes de sol. Mejor dicho, las últimas entonaciones luminosas del crepúsculo euritmitense, como si el director de la orquesta que dirigía la sinfonía del atardecer, concluyera la obra ordenando, en la ejecución de su último compás, un largo e intenso calderón. Sobre todo, echaba de menos esos minutos, esos segundos quizá, pasados en la Alcazaba.
Fue allí donde te conocí, pensaba no sé si con melancolía o con deleite. En todo caso, con fruición de amante en ciernes. Como si escribiera. Era un pensamiento real, pero literario. Entonces, ejercía de escritor. Pensaba que, hasta en los paseos solitarios, mis pensamientos debían ser lo más literarios que pudiera. Todavía no había leído a Baudelaire, pero lo intuía...
Bajabas sola mirando el empedrado. Te seguí, entre curioso y hechizado. Quizá un latido de tu corazón llamó al mío... ¿Dónde podía caminar una muchacha como tú, sin nadie a su lado? Me intrigó tu melancolía, que adivinaba en el reflejo de tus cabellos... Me intrigó tu rostro, que no veía. Me intrigó tu voz, que no sentía... Era la hora del ocaso, esa hora un poco mustia, un poco melancólica, y bella, tan hermosa, que a sí misma se sonroja. Fuiste a sentarte a mi lugar predilecto, a ese semicírculo que se esconde de todo y que contempla el amplio horizonte. A ese lugar, donde las piedras ocres toman la dimensión especial del recuerdo, de la leyenda, de la aventura, del amor místico... Como hechizado, como curioso, fui a sentarme cerca de ti, a tu lado. Antes de que mis ojos te recorriesen, los dirigí hacia la espesa arboleda que crece en el fondo del alto precipicio, anhelando contemplar la majestuosidad del castillo...
Regresé al presente, de pronto. Ciertos actos, por muy literarios que sean, son incomprensibles para uno mismo. ¿Cómo es posible que me cuente a mí mismo lo que ya sé? Lo que debía de preocuparme no son los recuerdos, sino el futuro, el mañana. Sé que la poesía es hermosa. Y que, si quiero ser alguien en esto, debo de pensar siempre en la misma clave.... Joder con la poesía, acuérdate de que llevas casi cinco meses detrás de ella, y absolutamente nada. Ni siquiera te has insinuado... Ya, pero no quiero que me pase como con las otras, que, por ser muy lanzado, me he estrellado siempre... Lo malo es si se larga, por lento... Esto es muy difícil...
Volví atrás, desanduve el camino. De pronto, tuve mucha prisa, una prisa exagerada. Volví a la Plaza por ver si, casualidad del destino, estuviera por allí. No en vano, ella vivía muy cerca. La premonición que sentía en el pecho cada vez era más intensa...
Allí estaba, junto al quiosco de Carmelo.
(Carmelo era nuestro salvador en las horas de aburrimiento, con sus pipas, sus caramelos, sus cigarrillos sueltos -cuando el dinero no daba para comprar un paquete-, e, incluso, con sus chistes. Carmelo era sacristán de la iglesia del arcángel Uriel. Yo sé, aunque él nunca lo dijo, que Carmelo era feliz rodeado por nosotros, los jóvenes que llegábamos de la adolescencia. En una noche como aquella, yo no podía evitar el saludo a aquel hombre, Frías noches, Carmelo. Su voz, de lija desgastada, cruzaba el espacio congelado, Alegra esa cara, chaval, que llega la Navidad. Pues sí, debía tener yo un rostro terrible, si hasta el quiosquero lo notaba. Además era cierto, faltaban pocos días para la Navidad. Ya habrás comprado el turrón, mangante, Anda y tú, mira éste. Le pedí un chicle, aunque no tenía ganas de mascar, De clorofila, especifiqué).
Estaba allí. Sentada. Sola. Hecha un ovillo. Me había visto, y me esperaba. Le había notado una sonrisa, o eso me pareció, así que saludé optimista, Hola, ¿Hoy no vas a la reunión? Fue su pregunta como una bofetada a destiempo. La había olvidado por completo. Además, era la última antes de las vacaciones navideñas. Y, al día siguiente, teníamos un recital en un instituto, que, veinticuatro horas antes, aún no había preparado. En apariencia no me inmuté, como si lo tuviera todo controlado. Iré un poco más tarde, en veinte minutos, así me calientan el asiento, bromeé sin entusiasmo. Supongo que me creyó, ¿Qué tal desde ayer?, ¿Después de que te fuiste...? Pues normal; me tomé una copa con ellos y bajé rápido a casa; hoy ha sido un día malísimo: habré cargado en el examen de Matemáticas, en casa una discusión tonta por no se qué de unas cartas que alguien ha debido de perder, en el trabajo como siempre; menos mal que me he pirado un par de clases y he deambulado por ahí..., ¿y tú? Resopló, Lo normal: también hoy he tenido bronca, así que he pegado un portazo y me he largado; pero creo que voy a volver, porque hace un frío que me está afeitando las narices. Aquello de que se marchara tan rápido no me gustaba, quería estar más tiempo con ella, Vamos a tomar un cafelito, Estoy sin blanca. Me rebusqué en los bolsillos. Mis más terribles sospechas se confirmaron, no sé si me sonrojé, pero lo hubiera tenido que hacer, por bocazas, Pues yo tengo lo justo para una copa, luego.
Los de la Cafetería La Meseta, donde nos reuníamos los lunes por la noche, exigían a cada uno del Grupo, al menos, una consumición. No era mucho por dos horas. Además, habíamos llegado al acuerdo de que cada uno pagase lo suyo, salvo circunstancia muy especial, y no era cuestión de pedirles, esa semana también, pues las dos anteriores se me había olvidado llevar el dinero, que me volvieran a invitar.
Suspiré. Lo que no podía ser, no podía ser, y además era imposible. Proseguí sin darle importancia, Bueno, por lo menos levántate, andaremos un poco, ¿qué ha pasado en tu casa?, Nada. ¿Nada?, ¿Y estás así por nada?, pues que señor tan importante, ¿o es señora? Conseguí que sonriera un poco tristemente, Es que me han pillado el paquete de tabaco, y me han montado el número, figúrate. El tabaco era otra de las peleas que manteníamos en casa. Los mayores sabían de antemano que la tenían perdida, pero en ese tema eran rigurosos. A mí, por ejemplo, aunque alguna vez me daban dinero para comprarlo, no me dejaban fumar en casa. Manías. ¿Qué te han dicho?, Se han puesto en plan plasta, ya sabes, que si el médico, que si la salud, que si el abuelo murió de cáncer..., vamos bordes, bordes..., vaya, que no soporto sermones, así que me he venido. Ya, contesté por contestar algo. Como digo, los mayores tenían perdida la batalla, pero nosotros sabíamos, aunque seguíamos fumando, que tenían razón. Todo lo dejábamos fiado a nuestra juventud. Era imposible que, siendo tan jóvenes y sanos, nos pasara algo por culpa del tabaco. Cuando fuéramos mayores, como ellos, ya veríamos. Cualquiera, además, lo podía dejar cuando quisiera. Sobre todos nosotros, que éramos muy machos, y teníamos los atributos necesarios...
Dimos una vuelta por la Plaza, en silencio. La contemplaba anhelante. Tres, cuatro, no sé las veces, intenté despegar los labios y decírselo, pero, una vez más, quedé mudo. La situación era ridícula. Ella se dio cuenta de que algo me azoraba. Era muy intuitiva. Además, estaba casi temblando por el frío, comprendió que lo mejor era evitar una metedura de pata por mi parte, Me voy a casa, ¿Te veo mañana en el recital?, No creo, tengo que empollar, lo siento, No te preocupes, ¿Tú, qué, no estudias nunca? Tenía razón los lunes reunión, mañana recital, el miércoles oración, pero le respondí, Sólo nos queda el jueves el examen de Pedagogía, el viernes nos dan la vacaciones; bueno, nos las damos nosotros, porque dicen que hay que ir el lunes, y pasamos directamente, Vaya suerte, ¿no? No sé por qué, pero me dio por decir la tontería, Hay que sabérselo montar... La respuesta fue inmediata, Ya salió el fantasma, Pero si es verdad, Hasta luego, Adiós...
Y se largó. Ni me dio tiempo a preguntarle que cuándo nos veríamos. Lo volví a conseguir yo solo, meter la pata, por no decir lo que me abrasaba la garganta, y por decir las estupideces que no tenía que haber mentado.
Otra vez descender la calle Imperial, tenía que ir a la reunión, pero no llevaba prisa. Ni ganas, casi. Y eso era noticia.
Otro día en blanco, pensé.
Ahora bajaba cabizbajo, sólo tenía en mi mente sus ojos que no se apartaban de mí.
De pronto, sentí cómo una lágrima brotaba y se golpeaba triste contra mi rostro. Levanté la cabeza. Nadie me había visto. Y si me ven que se aguanten, refunfuñé en voz audible. En realidad, era un comentario de impotencia, más que otra cosa. Era el comentario de la soledad y del sufrimiento más hondo que teníamos por entonces; a veces, he pensado que ese era el único sufrimiento que teníamos. Si había más, nacían de él. Y si me ven que se aguanten. Los hombres también tenemos derecho a llorar, remaché como si hubiera encontrado otro derecho fundamental de los seres humanos a incluir en la Declaración Universal de la ONU, ¿o sería el comienzo de algún poema inédito?
A esas de horas de la noche, con el frío helor golpeando en los cristales, era muy difícil encontrar a nadie conocido.

6 comentarios:

Beatriz Ruiz dijo...

Magnífica expresión de los sentimientos... amigo, los hombres también pueden llorar, claro que sí... desgraciado el que no pueda permitírselo...

Gracias...

Un gran beso desde Tenerife...

Pepe Gonce dijo...

Yo creo que la mayoría, cuando jovenes, hemos tenido experiencias parecidas a las que nos relatas.

Pues si, Beatriz, los hombre también lloran. Yo soy de "lágrima fácil". Las últimas que recuerde, en Mayo, cuando la 1ª comunión de Carmen.

Un abrazo.

Amando Carabias María dijo...

Beatriz
El dia en que se descubra que llorar sin avergonzarse de ello implica más inteligencia, los fabricantes de pañuelos se harán de oro.
La verdad es que nuestra generación, comezó a ser una excepción, pero las anterioes son peores que la nuestra.
Por suerte parece que en algo hemos mejorado.

Amando Carabias María dijo...

Pepe Gonce:
Sí, supongo que la mayoría de hombres hemos pasasdo por una situación similar ese amor primero al que no nos atrevemos a decir nada...
¿Sabes?, la diferencia entre nuestras lágrimas y las femeninas, es que nosotros nos acordamos de la última vez que inundaron nuestros ojos. Tienen que ser situaciones tan emotivas como la que cuentas, y eso que para muchos ese instante tan bello tampoco significa nada, salvo el gasto en el restaurante.

Isolda dijo...

¡Qué solos nos sentímos, cuando éramos jóvenes y sufríamos mal de amores!
Esos dolores que parten literalmente el corazón y que quien lo sufre no puede imaginar nada peor.
Y es que hay muy poquitas cosas que duelan tanto como el amor.
Precioso, escribidor.
Besos

Amando Carabias María dijo...

Isolda
Y que vinieran a decirnos, en semejante trance cosas sobre la vida del futuro, sobre la provisionalidad o endeblez de algunos de esos sentimientos.
¿Había algo, cualquier cosa, ni Dios siquiera, que fuera más que nuestra amaada...?
Pues el protagonista pensaba que no, hasta que al día siguiente...