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Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

domingo, 6 de septiembre de 2009

MAÑANA AMANECERÁ (IV)

Anochecía a la velocidad propia de diciembre, tan cerca ya del solsticio de invierno, cuando las horas de luz parecían simples y lejanos recordatorios. Era la hora de dirigirme a mi lugar de trabajo: todas las tardes un par de horas a la sucursal del Banco de España en Euritmia, como limpia cristales.
Que denomine trabajo a esta actividad vespertina de dos horas, se debe, a la existencia de un contrato laboral, y a que al final de cada mes, sin retrasos, la señora Dioni acudía a la sucursal con cuatro sobres personalizados para cada uno, conteniendo la cantidad pactada en su interior. Por eso, y nada más, utilizaré la convención de llamarlo trabajo.
Digo que conseguí el trabajo, por casualidad, casi sin intentarlo, como un milagro. En un verano en el que tenía problemas en mi familia, decidí buscar un sueldo que me permitiera una mínima independencia económica. O sea el modo de acceder a tabaco, libros, cine y copas, nada más. Y sin excesos.
Como digo, mirando las ofertas de empleo en el Diario de Euritmia, leí el anuncio. Es como si me hubiera saltado a la vista. Parecía fabricado expresamente para mí aquella mañana. Como si alguien dadivoso supiera de mis intenciones y se anticipara a ellas. Fue muy fácil. Fue el primer anuncio que leí, y la única llamada telefónica que realicé. Entre la lectura del anuncio, y la consecución del empleo, mediaron, aproximadamente, dos horas, quizá menos. No era lo que me había planteado al principio, pues sólo había pensado en un trabajo para los meses veraniegos. La opción que me ofrecieron mejoraba mi idea inicial. Dispondría de más tiempo libre durante el verano (es decir podría seguir escribiendo por las mañanas del estío), trabajaría durante todo el curso y nada me impedía continuar los estudios. Y lo fundamental: de algún modo alcanzaba una nueva situación ante los demás y ante mí mismo. Tampoco aspiraba a mucho más: una pequeña cantidad de dinero cada mes, que evitara acudir cada semana a mis padres suplicando que engrosaran mi cartera. Ellos estaban al límite. Y había que sumar, además, la factura del colegio.

La sucursal era más bien pequeña, pero con multitud de rincones que se ensuciaban, siempre se ensuciaban y había que limpiarlos... Lo primero que se ofrecía a los ojos, al traspasar la puerta giratoria, era la zona de Caja, rodeada por una muralla de cristales antibala elevada hasta el techo , con varias ventanillas para atender al público. Tras las rejas de éstas, había el mismo tipo de protección. Era lo más parecido a un búnker que jamás había contemplado, eso sí, un búnker transparente. El suelo del patio era de mármol blanco y las paredes estaban cubiertas por losas del mismo material de color entre cárdeno y ocre.
Mi saludo, normalmente, era contestado por los guardianes del tesoro. 'Buenas tardes, ¿Qué hay?' La vigilancia y custodia, los guardianes del tesoro, la hacía una pareja de la Guardia Civil. En el tiempo en que permanecí allí, conocí a la mayoría de los números que tenían su destino en la ciudad. Con alguno, hice buenas migas, y, en las tardes vacías, cuando acababa de quitar polvo, o había terminado de eliminar marcas de dedos, bastante tarde, después de acabara mi horario, nos sentábamos ante la enorme mesa que estaba en el centro del patio. Con una baraja, jugábamos a cualquier cosa y hablábamos. O escuchaba. Las más de las veces escuchaba. Las cartas, la mayoría de las ocasiones, eran excusas que se entretenían en nuestros dedos.
En este ambiente, donde me trataban casi como a un igual, descubrí que los adultos pensaban no muy distinto de los jóvenes, pero pausadamente, sin tanta fogosidad, como si hubieran quitado una velocidad a la marcha de su vida.
El servicio lo cubrían semanalmente dos parejas de números que se turnaban en jornadas de veinticuatro horas. Por tanto, los lunes, y martes había cambio de guardianes del tesoro. Así que tales días de la semana, al principio de la jornada, la conversación se repetía, como una noria infatigable, 'Ya tendrás novia...' Era el comentario clave, la incógnita a resolver, la pregunta existencial, como vengo diciendo. En realidad para mí era una ecuación de tercer grado con miles de incógnitas, y yo siempre fui de letras, o sea incapaz de resolver más allá de una regla de tres. Ante tal avalancha, era lacónico, 'Pues no...' E insistían, 'Bueno, una amiga especial'. Era lo mismo, pero, como entonces, y ahora, a esas edades negábamos la existencia de una novia, pues el sustantivo nos horrorizaba por lo que tenía de referencia a perpetuidad, a falta de libertad, creían, los adultos, que lo que teníamos todos, era una, o varias, amigas especiales. 'No', repetía con contundencia, hastío, y rabia, pues, para mi desgracia, la negativa no se debía a un afán de proteger mi intimidad: era mi desoladora y desgarradora verdad. Pero ellos, probablemente aburridos de sus cosas, acaso de sus vidas, seguían caminando por la misma senda. 'Con la cantidad de ellas que hay, Además, si ahora las chicas tiran que es un gusto'.
Obvio es decir, que cuando afirmaban tales cosas, no había ninguna mujer delante. Aunque, ellas, que eran más machistas que yo, opinaban cosas parecidas. Ellos proseguían, mi respuesta les daba lo mismo, 'Si en nuestro tiempo hubiera sido como hoy', 'Si tuviese treinta años menos...'
Lo de siempre, cuando empezaban por ahí, sonreía y los contemplaba. Me preguntaba dónde residiría la diferencia entre los hombres, entre unos y otros, entre unas épocas y otras... Ellos afirmaban, con envidia, que las chicas, las de nuestra edad, tiraban en cantidad y nosotros, ávidos e insaciables, nos quejábamos de lo contrario. Luego, como si todos tuviesen el mismo disco, llegaba la historia.
A veces parecía que, afuera de los muros del edificio, en vez de un jardín rectangular con castaños y una estatua aterida, hubiera una gran sala de cine en la que siempre proyectaban la misma escena de la misma película, erótica, por supuesto. Señalaban, con un gesto apenas, al jardín colindante, 'Pues anoche, estaba una pareja en uno de los bancos de allí, dándose uno achuchones que quitaban el hipo; y era ella, no te creas, la que más se movía, él como si tal cosa...' Yo ponía mirada neutra, piscícola, sin contenido. Estaba seguro de que imaginaban más de lo que veían, si es que habían visto algo. Ellos continuaban a lo suyo imparables, 'Si es que los chicos estáis parados', 'Mira...' Era el momento álgido, empezaba la clase práctica.
En mitad de ella, como si hubiera escuchado algo y no quisiera que pervirtieran mi supuesta castidad juvenil, llegaba la señora Carmen, la más antigua en el puesto de trabajo, que no la mayor en edad, la encargada de la limpieza.
Digamos que era mi jefa. Aunque, muy pocas veces ejercía de ello. Dejaba a mi criterio el trabajo a desarrollar, salvo que un ordenanza del Banco indicara expresamente alguna tarea. Tenía una sola obligación diaria: los cristales de la puerta giratoria, la primera altura de los blindados de la caja y los demás de la parte principal. A partir de ahí, el orden y lo que hiciera en cada zona del edificio dependía de mí: las ventanas de las oficinas, de las escaleras, de los sótanos, del patio, el resto de los cristales blindados de la caja, las paredes, los globos de luz, las letras doradas de la calle, los faroles, etc. Era yo quien lo determinaba y distribuía mi ritmo.
Si algún día cometía la torpeza de demorar la charla, como aquel lunes, solía aparecer por el cuartito, refunfuñando, 'Bueno, ¿es que no piensas hacer nada?' La miraba aliviado, pues tanta monserga de macho adulto, no me sentaba muy bien, pero no sabía cómo desaparecer sin que se me notara que empezaba a estar harto de que minusvaloraran a nuestra generación, al menos en ese campo. 'Sí, mujer, sí...', respondía, mirándoles a ellos, como diciendo, 'Ahora no puedo seguir, ya veis, el deber me llama'. Ella remachaba victoriosa, 'Pues, a cambiarte de ropa... ¿Qué vas a hacer hoy?' Normalmente, tenía que pensarlo, porque lo solía decidir sobre la marcha, mientras me cambiaba de ropa, en un minúsculo cuarto de baño. Casi nunca iba preparado, pero aquella tarde sí lo estaba. Necesitaba soledad, así que había pensado en el lugar más escondido de la sucursal, 'Bajaré a la caldera'. Aquel día parecía mandona, o le habían dicho algo, '¿Y cuándo piensas hacer las ventanas de la escalera?' Eso, durante el invierno, lo tenía claro, 'El sábado, que vengo pronto, para no manchar la escalera a Leo'. Leo era otra de las mujeres de la limpieza. Junto con Primi completaba el trío. Carmen estaba casada; Primi era viuda; Leo permanecía soltera. En la variedad está el gusto. Mi respuesta fue adecuada y me dejó tranquilo, 'Pues anda, que enseguida se hacen las ocho y ni te has movido...'
Lo que ella no sabía, es que yo sí sabía que las ocho se llegarían una hora y cuarenta y cinco, o cincuenta minutos después. También sabía que limpiar los cristales de la Caja, siempre con más de una rebelde huella dactilar (a veces pensaba que algunos dedos habían nacido para estamparse contra los cristales y dejar perenne su traza), los de la puerta giratoria, los del cuartito de vigilancia de los agentes, y limpiar las tuberías, y las lámparas en forma de globo de la caldera, así como un par de ventanucos que allí había, entreverado todo ello con algún cigarrillo, me llevaría, sin distracción, pero sin agobio, una hora y cuarto u hora y media, poco menos. Es decir, me sobrarían treinta o treinta y cinco minutos, que debía distribuir sabiamente, para que no me metieran en otra actividad. Mi técnica era muy simple: paradas imperceptibles, lentitud no exagerada, cambiar más veces de las necesarias el cubo del agua... Con estos recursos, para los que, ciertamente, no hay que hacer ningún máster, mi tiempo de estancia en la sucursal era tedioso, lento, la cabeza daba vueltas a muchas cosas... En realidad, no a tantas. Acaso solo a dos: ella y algún poema en el que anduviera enfrascado.
Muchas veces, no todo salía según el guión previsto. Algunas tardes, como aquella, se oía una voz tranquila, pero acostumbrada a ejercer el mando, '¿Está el chico?' Era el señor Albino, uno de los conserjes de la sucursal. Bajo, rechoncho, de vivos ojos azul pálido. Venía, sin saberlo, a sacarme del letargo. Alguien solía responderle vagamente, 'Por allí anda'. Y yo, si le oía, gritaba, '¡Voy!', para que viera mi disposición, y porque la mayoría de las tardes no me importaba, ya que me sacaba del tedio. El señor Albino era una de las personas más comprensivas que he conocido. Cuando creía oportuno no ver algo, no lo veía, simplemente. Cuando exigía, lo hacía con humanidad y firmeza. Durante la guerra, al igual que el otro ordenanza, que también vivía en el edificio del banco, debió de ser sargento provisional, o algo así, nunca lo supe bien. Sin embargo, a diferencia del señor Ubaldo, que me habló más de una vez de sus aventuras rusas con la División Azul, no le gustaba hablar de aquello. Al llegar donde estaba, me daba las instrucciones. Casi siempre, como aquella tarde, eran sobre lo mismo, 'Tienes que sacar la escalera larga y ponerme una bombilla en el farol de la izquierda, pero, antes, mírala, no vaya a ser que sólo esté floja'. A pesar de que me enfadaba sacar tal escalera, añadía algún comentario, '¿Puede quedarse para sujetarme la escalera?, ya que saco el armatoste limpiaré los faroles de la calle'.
Una de las cosas que más me fastidiaba era sacar la dichosa escalera. Yo le llamaba el armatoste. Era metálica, muy larga, más de cinco metros, de una sola pieza, y más que pesada, que no lo era en exceso, de difícil manejo a causa de la estrechez de los pasillos en cuyo trazado había diversos ángulos de cuarenta y cinco grados con los que topaba en el camino, a causa de la poca altura de las puertas. Cuando tenía que sacar el armatoste, parecía que me disponía a organizar maniobras militares. Previamente debía abrir la puerta del dormitorio de los guardias civiles, un minúsculo cuarto habilitado a tal efecto en el subsuelo del banco, así se facilitaba la primera maniobra, la de salida; pero a veces no era posible, pues el mechinal podía estar ocupado por uno de los agentes que estuviera descansando, nunca los dos. En ese caso, sacar el armatoste por el angosto pasillo, era, sino imposible, muy difícil. Pero, al final, salía con relativo éxito de la empresa, salvo alguna magulladura más en las maltratadas paredes del pasillo, lo que no era del agrado, ni de la señora Carmen, ni del señor Albino, pero ¿qué podía hacer yo? Luego, la segunda penosa faena: subir dos tramos de escalera, sobre todo, el giro a la derecha, antes de iniciar el segundo, en un espacio estrecho y bajo, que podía ocasionar alguna otra lesión en la capa de pintura de la pared. Si había que sacarla a la calle, como esa tarde, además, había que abatir totalmente las hojas de la puerta giratoria, en caso contrario, el armatoste no podía salir. Y lo último, probablemente lo más peligroso, era situarla en la calle. La estrecha acera, de grises losas graníticas, era irregular y el dichoso armatoste, nunca asentaba correctamente los apoyos, por lo que, o la calzaba, para lo que no era muy ducho, o alguien la sujetaba. Normalmente, el mismo señor Albino. Alguna vez, si tenía que sacar la escalera, pero él no estaba por allí, algún número de la Guardia Civil hacía tal labor. Supongo que salir a la acera de la calle y ayudar al chico de los cristales, era una forma de distraerse durante unos minutos.
Con este contratiempo, que era relativamente habitual, pues no sé por qué misteriosa razón, las bombillas se fundían con frecuencia, mis planes cambiaban y tenía que disminuir, o eliminar, mis paradas y acelerar el ritmo. A aquellas horas, solía haber una perjudicada que no callaba, 'Ya me estáis pisando esto, podíais dar la vuelta por otro sitio, digo yo'. La señora Primi, la viuda, era encantadora y vital. Siempre se quejaba de que le pisábamos lo que acababa de fregar. En realidad, nadie le hacíamos mucho caso, pero al final de la jornada, como un milagro cotidiano, el suelo quedaba totalmente limpio.
Esas dos horas, pasadas entre transparencias y conversaciones adultas y algún cigarrillo, me descargaban, me relajaban, me estimulaban para seguir luchando. Era eso, y no el dinero, que tampoco era, ni podía ser, mucho, lo que me aferraba allí.
A pesar de que los ciento veinte minutos se hicieran largos, y aunque hacia donde más se dirigía mi vista era al reloj, al final de cada jornada (a las ocho de la tarde entre semana, y a las seis los sábados) , me daba cuenta, casi de forma tangible, que aquello me venía bien y ayudaba a mi madurez.
Cuando miraba a la mayoría de mis amigos, y les decía que estudiaba y trabajaba, notaba en sus miradas cierta envidia y algo de muda admiración. Nunca les oculté la verdad, se hubieran enterado de otro modo, además, en el fondo, estaba orgulloso. Les explicaba que trabajaba como limpia cristales, y que por ese trabajo, que sólo me ocupaba un par de horas todas las tardes, me pagaban poco más de veinte mil pesetas. Pero trabajaba, y tenía veinte mil pesetas más que la mayoría de ellos, cada mes.

9 comentarios:

Amando Carabias María dijo...

Este capítulo es casi autobiográfico. Sólo cambian los nombres.
Y la suerte es que no me molestara en cambiar nada de la descripción de la sucursal del Banco de España, porque así queda el testimonio de cómo fue. Sé que son palabras torpes, y aún le falta algún detalle más... Lo digo porque desde hace unos poquitos años, cuando el Banco de España dejó de tener sucursales en cada provincia, modificó completamente lo que aquí se describe.

Beatriz Ruiz dijo...

Mi querido amigo... es verdaderamente fantástica tu manera de contar esas experiencias... te puedo imaginar subido en la escalera... y lo mejor es que al parecer son buenos recuerdos... personas que te trataron bien, que aún ahora las tienes en tu mente...

Lo dicho... me estás emocionando...

Besos...

Amando Carabias María dijo...

Beatriz:
Sí buenas personas, como la mayoría de las personas, que durante aquellos años en que tuve aquel puesto de trabajo, me trataron como lo que era, un chaval. Y no veas lo que aprendí de la vida y de los seres humanos.
Este capítulo de la novela, además de explicar un poco más al personaje, además de ubicar algo de su actividad cotidiana, también sirve como mínimo homenaje a aquellas personas de las que solo he variado su nombre. Aquellas tres mujeres de la limpieza y aquellos dos ordenanzas del bamco, y el desfile continuo de los guardias civiles...
Espero que a medida que avance el relato (pronto, creo, sucederá el desencadenante) continúe tu interés.

catherine dijo...

Qué horror! Detesto limpiar los cristales, nunca me parecen limpios. Pero pensando en un poema, te lo pasabas mejor. Esto de empezar a trabajar, hablar con adultos si que te hace volver mayor. Me gustan los retratos de los varios personajes. Leeré los tres proximos capitulos de una vez con mucho gusto.

Amando Carabias María dijo...

Catherine
Quizá llegue tarde, pero los capítulos que están bajo éste son los anteriores. Este es el IV.
Como has estado de vacaciones quizá no lo sepas.
Sí aquella época fue maravillosa, al menos en lo que respecta al aprendizaje de lo que es la vida adulta.

Pepe Gonce dijo...

"Si tuviese treinta años menos" ¿cuantas veces lo habremos escuchado decir a alguno de nuestros mayores? Glub...ahora que recuerdo, yo ya lo he dicho alguna vez.

El que te lee también trabajó y estudió algunos años y sin ir más lejos, ya sabes, mi hijo Alonso estudía y trabaja en Madrid. El tío se está costeando la carrera. Tiene mérito hoy en día, eh?

Un abrazo.

Beatriz Ruiz dijo...

Pues yo si tuviera treinta años menos... me gustaría haber pasado exactamente por donde lo hice... con mis desvaríos, con mis alegrías y tristezas... pues de otra manera no sería quién soy... y estoy encantada, aunque pueda parecer altanera... es cierto... aún me queda mucho por aprender, por amar, por reir y seguramente por llorar... pero todo ese camino que no me lo quite nadie... que me lo he currado...

Besitos...

Amando Carabias María dijo...

Pepe Gonce
Efectivamente es extraño escuchar lo de estudio y trabajo. Y es un poco triste, ¿no? A diferencia de lo que sucede en muchas partes de Europa, nuestros jóvenes no tienen la sensación de que trabajar sea algo fundamental para sus vidas. Aunque hay muchos aún que durante el verano 'curran' para sacarse algo de dinero para el curso, yo creo que antes se hacía más.
De todas maneras, pregunto yo, ¿no tendremos algo de culpa los padres en todo este asunto?

Amando Carabias María dijo...

Beatriz
Razón tienes, amiga. A mí me ocurre lo mismo. Quizá la prueba de que yo volvería a hacer lo mismo sea este capitulillo... Si acaso, yo borraría de ese pasado los momentos en que no escuché a quien le hacía falta ser oído, que no puse mi mano para ayudar a quien lo solicitó, o que creí que algunos no podrían enseñarme nada, sólo porque eran mayores. Pero ese sarampión no tiene vacuna, creo.