Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

sábado, 22 de diciembre de 2012

La Navidad de la madre de Jesús. Navidad 1998


Este relato es el capítulo V de la novela “Aquel sábado lluvioso”, editada por la Diputación Provincial de Segovia en 2001.
Afuera mollizneaba, con insistencia, sin cansancio… La humedad lo ocupaba todo. Envolvía cada centímetro de espacio con sus dedos reblandecidos e invisibles.
Avanzaba la noche hacia su cenit. Sin embargo, ninguna estrella mostraba su fulgor argentino. El orvallo no cesaba. Por momentos se tornaba aguacero, pero pronto volvía la cilampa.
En la habitación faltaba aire fresco que permitiera continuar la conversación. Salomé, que parecía la encargada de la intendencia, se percató. Ordenó a Andrés que abriera las ventanas. Andrés, el más alto, era el que mejor llegaría al pomo desgastado del picaporte. El aire húmedo descargó algo la pesadez del ambiente. Permanecíamos muchas personas por excesivo tiempo en el mismo lugar, que no estaba preparado para estas situaciones. El ambiente viciado empezaba a pasar factura a alguno, pues tras una noche en la que no habíamos dormido, otra madrugada en las mismas condiciones suponía un esfuerzo adicional inalcanzable para algunos. La entrada de aire renovado despabiló la mayoría de los rostros, y despejó muchas ideas.
Magdalena llevaba un tiempo observando a la madre de Jesús. Noté que espiaba cada uno de sus movimientos: su forma de mover las manos, su manera de girar la cabeza, su modo de mirar, cómo escuchaba, los gestos que empleaba a la hora de comer. Para Magdalena todo era escrutable al ínfimo detalle. Quería decirle algo, pero no se atrevía. Probablemente no tenía la suficiente confianza para dirigirse a ella en presencia del resto del grupo. (Como ya he dicho, Magdalena no era considerada de las fijas entre las mujeres que nos acompañaban.) Para ayudar a que se decidiera a preguntar, se me ocurrió romper la tirantez.
—Como está resuelto el tema que había planteado Tomás, o por lo menos pospuesto hasta más adelante, podíamos hacer alguna cosa.
Iago estaba enfadado (sus enfados duraban más). Se encaró conmigo.
—Se me han olvidado los dados. ¿Alguien los ha traído?
—No seas sarcástico. No se trata de jugar. No está el ambiente como para entretenernos jugando, y menos a los dados. Alguno quiere que nos cuenten más cosas de Jesús, de cuando era pequeño—. Lancé mis ojos a los de la madre de Jesús. Le imploré más que hablarle—. Podría ser el momento, si es que quieres.
Miré alternativamente a la madre de Jesús y a Magdalena. La madre de Jesús descubrió mis intenciones. Quizá me precipité, pero me di cuenta demasiado tarde. Era ahondar excesivamente en una herida tan reciente que aún sangraba. Intenté arreglarlo, aunque el daño no tenía remedio.
—Siempre y cuando no te suponga demasiado dolor.
Durante unos instantes reflexionó, mientras los ojos se le encharcaban, como si el cernidillo de fuera en realidad partiera de su corazón herido. Quedamos suspensos de su silencio. Quedamos expectantes de lo que sus finos labios dijeran. María, la de Iago, la mujer de Cleofás, intervino en ayuda de su cuñada.
—A lo mejor yo os podría contar algo. Al fin y al cabo, Nazaret es un pueblo tan pequeño, que, prácticamente todos nos veíamos a diario. Mientras, ella lo piensa.
Asentimos a la propuesta de la de Cleofás. La miré agradecido y aliviado. Mis ansias por tener más datos del maestro me impidieron pensar en el dolor de la madre de Jesús, y ya me arrepentía. Pero me dirigió una mirada de inteligencia que decía: No te preocupes; te entiendo. Entre tanto, su cuñada comenzaba el relato.
(Para los hermanos que no la conozcan, Nazaret es una ínfima aldea situada a unas treinta y una millas (1) romanas de Cafarnaúm. Está encerrada entre tres colinas, y excavada en la ladera de una de ellas (2). Carece de horizonte, salvo que se ascienda a una de sus cimas... A pesar de su proximidad, no se ve ni la llanura de Esdrelón, ni el monte Tabor, salvo que uno suba a la colina del sudeste… Una de las veces que el maestro nos llevó hasta allí, vimos unos pocos olivos, unas pocas tierras de cultivo y un pueblecito lleno de cuestas… Debía ser difícil ser niño en aquellos parajes…).
—Cuando Jesús era muy niño, le gustaba mucho observar las cosas que hacían sus mayores. Ya sabéis que su padre, José, era carpintero. Bueno, eso es mucho decir. Nazaret no se podía permitir tales lujos, por lo que, en realidad, era un chapuzas, un ‘arreglalotodo’…, en suma, un manitas. Cleofás, mi marido, trabajaba una pequeña tierra de la que sacábamos lo más imprescindible para comer. Jesús se pasaba el día del taller de su padre a la tierra de su tío. Todo lo preguntaba. Todo le interesaba. Pero no creáis que sus preguntas eran sólo las de un niño. Ésas también las hacía, claro, pero, a veces, iba más allá. Una tarde, casi anochecido, Cleofás, cuando llegó a casa, me contó lo que le había sucedido con Jesús.
Calló un instante. Nos miró. Buscaba en nuestros ojos el interés de la historia. Se sintió satisfecha. Antes de que siguiera, Magdalena habló.
—¿Cómo era Jesús de pequeño?
María quedó un poco sorprendida.
—No sé. De tanto no me acuerdo. ¿Te refieres a su físico?
Magdalena asintió. Era una esponja para absorber las palabras. Mas no sólo escuchaba, activaba cada sentido: con los ojos, perseguía los labios María de Cleofás; con la nariz, inhalaba el aire en el que viajaban aquellos sonidos; con el paladar, parecía beberse las palabras; si hubiera podido, las habría acariciado tiernamente.
—No sé. No me acuerdo muy bien. Era algo más alto que los niños de su edad. Se crió fuerte y ágil. Nada especialmente distinto de los otros. Eso sí, la alegría le brotaba por cada poro de la piel. Siempre organizaba juegos con los otros niños. Pero, al mismo tiempo, le gustaba quedarse largos ratos a solas, en silencio. Había días en que se levantaba muy temprano. Esto lo sé porque su madre me lo contaba, claro.
Movimos la cabeza hacia el lugar donde la madre de Jesús meditaba alguna cosa, a la vez que escuchaba a su cuñada.
—Salía a las afueras del pueblo y pasaba buena parte de la mañana perdido.
La madre de Jesús, de pronto, habló… Nos sorprendió.
—La primera vez que lo hizo, José y yo nos llevamos un buen susto.
Su cuñada la interrumpió, quizá un poco bruscamente, pero en sus ojos anidaba una sonrisa que le había puesto el recuerdo de los tranquilos días nazarenos.
—Espera un momento que termine lo que había empezado… Os decía que una noche Cleofás me contó algo muy especial. Me diría otras tantas; pero la mayoría las he olvidado... En fin cosas de vieja. Ésta, no sé por qué, se ha quedado prendida de mi recuerdo. Era otoño. Cleofás araba. Jesús, con sus pocos añitos, debió aparecer a primera hora de la mañana donde estaba mi marido. Estuvo largo rato observando lo que hacía. Después le preguntó, “Tío, ¿qué haces?”. Le respondió, “Estoy terminando de arar la tierra”. Jesús volvió a preguntar, “¿Qué es arar?”. Y Cleofás contestó, “Pues mira, hijo, arar es preparar la tierra para que cuando le echemos la semilla pueda crecer y darnos fruto”. Todo era normal, sencillo. Nada se distinguiría de lo que cualquier chiquillo un poco observador hubiera dicho. Jesús calló un buen rato. Parecía que la cosa se quedaría así. De pronto, volvió a hablar, “Oye, tío Cleofás, lo que haces con la tierra, ¿es lo mismo que hizo Dios con Israel al mandarnos  a Moisés y a los profetas?”. Por lo que me contó Cleofás, en ese mismo momento dejó el arado en mitad del surco. Se quedó mirando al niño y luego al arado y exclamó, “¡Dichoso chico! ¿Pues no quiere comparar el trabajo del Altísimo con el de un pobre campesino? Cualquiera sigue arando.”
Me quedé, como los demás, sorprendido, pensativo. Siempre me lo había imaginado como le conocí. No me planteé su infancia, su juventud, la vida con sus padres. Felipe intervino arqueando nuevamente las cejas. Más que hablar parecía susurrarse a sí mismo.
—Desde pequeño hacía las comparaciones que luego nos hacía a nosotros.
La madre de Jesús retomó la palabra.
—Lo que dice María fue una de las suyas... Cuando nos la contaron, a los pocos días, José y yo nos sorprendimos. Creo que fue una de las primeras. Os iba a contar otra… La primera vez que Jesús marchó de casa al amanecer… Al levantarme aquella mañana, vi que no estaba en casa. Me preocupé, pues normalmente tardaba en despertarse… Era un dormilón… —. Sonrió triste, melancólica. Suspiró hondamente como cargándose de fuerzas—. Fui donde José. Ya había rezado el shemá (3)No quería asustarle, pero mi rostro sería de desasosiego. Le dije que el niño no estaba en casa. José me miró incrédulo. Me preguntó si me había asomado a la puerta de la calle. Asentí. “Allí no está”, dije. Me pidió calma. “Iré a mirar a la carpintería por si ha ido allí a hacer alguna cosilla”, comentó. Jesús era aficionado a hacer juguetes con madera. Seguro que hubiera sido buen carpintero. Al poco, regresó y dijo: “No está allí tampoco”. Se había pasado también por casa de Cleofás. María le dijo que no había ido hasta entonces. Empezamos a angustiarnos. No sabíamos qué hacer. Buscamos en las casas de sus amiguitos. Nada. Sería la hora segunda. Bueno, pues a la hora tercia apareció,  tan tranquilo. Venía de un montículo situado al sudeste de Nazaret. Sus ojos bailoteaban de alegría. Se extrañó de nuestro miedo. Nos dijo: “Necesitaba hablar con Abba”. Fue la primera vez que escuché a Jesús hablar así del Altísimo. Me asusté un poco. José, incluso, pensó en la posibilidad de enviarlo junto a Zacarías, un pariente nuestro, sacerdote del grupo de Abías.(4)
La perplejidad del grupo aumentaba. La voz de Magdalena se dejó escuchar.
—O sea, que Jesús tenía un pariente sacerdote.
La madre de Jesús nos miró a todos. Suspiró hondamente, de nuevo.
—Por lo que veo, nadie tiene sueño. Entre el dolor por su muerte y el miedo a que nos atrapen los soldados o la policía del Templo, difícilmente dormiríamos. Así que os contaré algunas cosas de nuestra vida.
—No te esfuerces— dijo Pedro—. Si te hace daño lo entenderemos.
—No, en realidad, creo que me hará bien. Supongo que será un beneficio para todos.
Magdalena y Leví eran los más ansiosos por conocer más de Jesús; cada noticia que nos pudiera aportar su madre, sería absorbida por su ávido corazón. Se acercaron a la madre de Jesús. Magdalena le rogó.
—Cuéntanos las cosas por orden, por favor.
Sonrió. Se acomodó lo más posible. Se situó en el centro del grupo, en medio de nosotros. Volvió a suspirar. Afuera el aguacero no cesaba. En el silencio llegaba con claridad el rítmico choque de las gotas en el enlosado de la vacía calle.
—Intentaré contaros las cosas lo mejor posible. Jesús nació en Belén, pero…
La interrumpí, impetuoso. Aquello no cuadraba, pero, a pesar de ello, mi acción fue un tanto violenta.
—¿No nació en Nazaret?. Todo el mundo le llamaba nazareno. Por algo sería, vamos digo yo.
No se inmutó. Siguió su relato. Sus pupilas se cargaron de paciencia. Sentí que me acariciaba con ellas, otra vez. Definitivamente su vista había adquirido condición táctil. Bajé mis ojos, si hubiera podido los hubiera arrojado al suelo. Tuve vergüenza de mi arrebato. Uno es como es (¡qué le vamos a hacer…!).
—Como os decía— prosiguió—, nació en Belén, aquí al lado. Quién me diría entonces que moriría en Jerusalén… El emperador romano, no Tiberio, sino Augusto, tuvo la ocurrencia de contar a los habitantes de su Imperio y decretó un censo. Cirino era gobernador de Siria. Para saber cuántos israelitas éramos, ordenó que cada uno se dirigiera a la ciudad de sus antepasados. Como José descendía de la casa de David, fuimos hasta Belén, con la suerte de que en esos días me llegaba el parto… Pero eso os lo contaré después. Ahora os contaré otra cosa…
Leví interrumpió a la madre de Jesús. A pesar de ser publicano, conocía muy bien las escrituras. Por aquellos días, quien las conocía mejor de nuestro grupo. Jugaba con ventaja: sabía leer y escribir desde niño.
—¿No hay una profecía que dice que el Mesías nacerá en Belén (5)?
Iago, que continuaba con cierto enfado, contestó irónicamente.
—Leví, todo el que ha nacido en Belén podría ser el Mesías.
Leví no se achantaba, era otro cabezota y, además, poseía mejor educación.
—Iago, no he dicho eso. Lo que quiero decir es que el Mesías tendría que nacer en Belén, que es bien distinto, aunque tu cabezota no distinga las diferencias.
—¿Ya estáis con discusiones otra vez?—dije—. ¿Por qué no dejáis que siga?
La madre de Jesús no había dicho casi nada y nos habíamos exaltado. Siguió hablando, poniendo en su voz toda la dulzura de la que era capaz en esos momentos.
—Os quería contar mi gran secreto. El secreto que sólo sabían José y Jesús. Espero que lo entendáis en sus términos. El Altísimo es realmente el Abba de Jesús.
Nos quedamos fríos. Eso nos lo decía Jesús cada día. No entendimos el misterio con el que lo rodeó la madre de Jesús. De hecho, teníamos cierta conciencia de que todos éramos hijos del Altísimo.
—Lo que quiero decir es que Jesús no es fruto de ninguna relación con varón.
Esta vez el silencio que se produjo en la sala no lo propició el dolor, o el miedo, o la impotencia, o la ruptura, o el sopor, o la angustia. Fue la perplejidad. Como si la habitación se hubiera quedado sin respirar. Recorrí cada rostro. Todos eran de sorpresa. Era cierto, aquello sólo lo debían saber José y Jesús, por cuanto María, la de Cleofás, también mostraba cara de asombro. Fue la primera en hablar. No pudo por menos. Su pregunta sonó como un latigazo acusador e hiriente.
—Entonces, ¿engañaste a José cuando os casasteis?
—No ¿No te he dicho que él sí lo sabía…? Lo supo desde el principio. Ni siquiera yo se lo dije. Os contaré cómo pasó. Una tarde, al poco de haber empezado la primavera, vi que José llegaba a la casa de mis padres. Me extrañó, pues, a pesar de estar prometidos, no era normal que el desposado fuera a casa de la novia (6)Sin embargo, agradecí aquella visita, pues por la mañana me había pasado algo terrible. Interiormente di gracias al Señor porque condujera hasta allí…
La madre de Jesús nos refirió una maravillosa historia que Leví y Lucas narraron en sus evangelios. Cada uno de una forma (7)Ella lo hizo de otra manera, a la suya, claro…


La primavera era renuevo. Aquella mañana, apenas amanecida, al rezar los salmos, una brisa cálida aleteó junto a su túnica, un aroma a rosa de Alejandría flotó circundándola, una claridad de estrella danzó junto a su corazón, una melodía de arpa penetró la estancia. Al principio no se percató. Luego se turbó. Alguien estaba con ella, sintió. Giró la cabeza de uno a otro lado en busca del extraño que le interrumpía sus rezos; los temores fueron breves. En su interior una voz distinta de la suya le habló: un surco de luz atravesó su espíritu, fue invitada a la alegría: Dios es tu amigo. No eran nuestras palabras. Oía algo distinto. Sin embargo, las comprendía con la misma prontitud. Más, incluso, ya que se dirigían, dardo certero, al centro de las entrañas. Engendrarás un hijo. Sus planes se quebraron cual delicada cerámica, escuchó el estruendo. Un escalofrío, cristal gélido, y una duda, sombra azabache, recorrieron su columna vertebral. Nuevamente se estremeció, vaciló, preguntó, ¿Cómo será si no conozco varón?. La respuesta fue extraña, enigmática, El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por un instante, la angustia acompañó sus latidos. Desde niña aprendió que la voluntad de Dios es lo primero que se ha de cumplir, pues nos ama. Incluso muchas veces lo experimentó. A pesar del miedo, abismo oscuro a sus pies, asintió su corazón, Hágase como dices. Se alivió su espíritu. Una fuerza especial anidaba en ella, sintió.
Casi a la caída de la tarde, mientras meditaba estas cosas, advirtió que José aparecía por el sendero. Lo había visto llegar asomada al ventanuco. Caminaba cabizbajo y con las espaldas demasiado gachas, como si alguien las hubiera cargado con un pesado fardo de cientos de piedras. Su paso era excesivamente lento, columbró que sus pies se arrastraban por la tierra levantando una pequeña nubecilla de polvo blanquecino. Se presentó ante sus padres antes que nada. Fue su madre quien lo llevó hasta allí, Dice José que quiere hablar contigo. Una vez que su madre se hubo marchado, se decidió a hablar, José, he de decirte algo importante que me ha sucedido esta mañana. Antes de proseguir, percibió que la cara de José no era un rostro tranquilo aquella tarde, ni su ánimo estaba receptivo. Lo notaba en tensión. Decidió esperar a que hablase él primero. El miedo, trémula mariposa endrina, acarició levemente su corazón. Pensó, Lo único por lo que José está aquí es porque algo va mal. Quizá lo intuido por la mañana no sería tan fácil. Se preparó resignadamente para lo peor. Observó que José no la miraba directamente. Se preocupó aún más. José siempre miraba de frente. Aquellos ojos oscuros de José eran lo que más le gustaban de él; más que por su color azabachado, por la limpieza que mostraban, por cierta luz de calma y tranquilidad que irradiaban. En alguna ocasión los había comparado con la quietud y transparencia del lago de Genesaret en las tardes de calma chicha. Ánimo, José. Habla. Cualquier cosa tiene solución. José movía, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, la punta del pie como si quisiera agujerear el suelo. Miraba obsesivamente aquel vaivén. Por fin, su voz grave hizo vibrar el aire tibio del atardecer. Anoche tuve un sueño terrible. Aún no sé bien cómo explicarlo. Ella respiró hondo… Se trataba de un sueño… La cosa tendría solución, estaba segura de ello. Sus ojos danzaron aliviados y zumbones, como si un enjambre de abejas los transportaran llenos de dulce miel. José, sin embargo, no se dio cuenta de aquel cambio… Bastante tenía con lo suyo. Antes de explicarte nada, cuéntamelo. Ya sabes que lo mío no es contar historias… Es igual, cuenta a tu manera. En fin, sea… Me había quedado adormilado en mitad del desierto después de una dura jornada de marcha. Me notaba cansado, muy cansado. Fíjate, sentía un dolor fortísimo en los pies. Hacía mucho calor. El caso es que me quedé dormido y soñé… La joven interrumpió el relato, ¿Soñaste que soñabas? José quedó pensativo, Sí, creo que sí… Bueno, el caso es que en aquel sueño tras una pelea con alguien muy fuerte y muy poderoso que guardaba la puerta de un túnel logré atravesarla. Al principio estaba completamente asustado pues no se veía nada. Todo era oscuro, negro, frío. Miraba de hito en hito a José. Algo en ella le hacía comprender que la cosa no iba mal. Acaso no fuera necesario que ella contase nada. Seguí hacia delante. No podía volver atrás, pues la perspectiva de otra pelea me asustaba. Tras unos minutos de total oscuridad, cuando el miedo más me atenazaba, vi a lo lejos como una lucecita pálida entre blanca y amarilla. Me llené de alegría y seguí raudo hacia allí. Cada vez la claridad era más intensa y poderosa. Al fin llegué al extremo del túnel. Atravesé otra puerta y un resplandor cegador me cubrió. Me asustó todavía más aquella luz que la oscuridad de antes. Pero de pronto algo cambió. Una voz. Bueno, no era una voz. Era otra cosa… Alzó la cabeza. Por primera vez miraba a su futura esposa. Aquel movimiento fue tan inesperado, que sorprendió en su joven prometida una sonrisa que le confundió. Pensarás que estoy loco. Ella se apresuró a corregir aquella impresión. No seas tonto, José. Me sonrío porque lo que te tenía que contar te terminará por tranquilizar. No, no estás loco. Más bien me estás contando algo maravilloso. A ver, cuéntame lo de la voz. Por fin José dejó el movimiento compulsivo e inútil de la punta de su pie, y fijó sus ojos en los de su amada. El pesado fardo había sido descargado de sus hombros. Pensó, Ella ya sabe el resto, o lo intuye, así que la explicación más lógica es la evidente… Resopló ante las consecuencias que le esperaban, pero, sin embargo, continuó aliviado… Aquel sonido era como el rumor de todos los ríos, como cuando la brisa juguetea entre las hojas de los árboles y las hace hablar, como si los pájaros cantaran todos a la vez… No sé… Bueno, era eso y no era nada de eso. Pero no era lo más curioso. Lo que más me inquietó es que aquella voz, o lo que fuera,  parecía que salía desde lo más hondo de mí, y a la vez iba a lo más profundo. Te entiendo… Pero, ¿cómo me vas a entender, si no lo entiendo yo…? Bueno, a lo mejor la palabra no es entender. Lo que quiero decir es que sé a qué te refieres. Yo tampoco lo entiendo, pero a mí me ha pasado esta mañana… Bueno, acaba tú y luego te lo cuento. José sonreía francamente. Se habían acabado sus reticencias. Su rostro volvía a presentarse como siempre, iluminado y tranquilo. El caso es que entendí lo que la voz me quería decir. Verás, en principio me ha parecido una cosa terrible. Para contarte todo esto necesito tiempo. Pero aquella voz me decía un montón de cosas y no pasaba el tiempo. Era como si todo lo dijese a la vez. No me sé explicar mejor. El caso es que entendí que me decía que tendrías un hijo, que sería bendito entre todos los hombres, y que le debería llamar algo así como Manuel o Enmanuel, algo de Dios con nosotros. Pero también entendí que yo no sería el padre. Una sombra, tiznado pájaro vespertino, cruzó brevemente sus ojos, que volvieron a bajarse hasta toparse con el suelo. En ese momento me desperté. Estaba cubierto de sudor… No he vuelto a dormir… No había amanecido y me he tenido que levantar. Incluso he pensado en ir a ver al rabí para contarle todo y que él me ayudase a interpretar. Inquieta, como un avefría, dio un respingo súbito. José lo notó inmediatamente. Sus cuerpos se habían ido acercando… Tranquila, no lo he hecho. A medida que han pasado las horas, la duda me sobrecogía más aún. Al final no he hecho nada, salvo dar vueltas a mi cabezota. No me he atrevido a ir donde Jonatán, pues he pensado que me tomaría por loco. Aliviada, suspiró, una vez más. He pensado, también, que lo mejor sería repudiarte en secreto. Pero sería injusto, pues al fin y al cabo solo se trata de un sueño. No tengo pruebas de que me hayas engañado. Primero pensé que era un mensaje que me quería avisar que me traicionabas… Luego he pensado que se trataba de un mensaje del Altísimo… Después me he llamado loco, pues ¿cómo se iba a dirigir Iahveh a un pobre hombre como yo, que apenas sabe leer las escrituras…? En fin, como tenía la cabeza hecha un lío, he decidido venir y contártelo. El silencio del atardecer abrazó a la pareja. Ante ellos el futuro se abría como el negro túnel del sueño de José. La muchacha se atrevió a posar sus manos en las rudas manos de José. Un sobresalto apenas perceptible se adueñó de aquel buen carpintero. Entonces supo que ella jamás podría engañarlo. Comprendió, al sentir la tibieza de su sangre a través de la dureza de su piel, que aquello era obra de aquel buen Dios, al que rezaba cada mañana y cada noche. José, no tengas miedo, hablaba quedo, en un murmullo. Es voluntad del Todopoderoso. Esta mañana, esa misma voz que a ti te alteró el sueño, a mí me susurró hermosas palabras de amor. No sé por qué nos ha elegido, pero sólo tienes dos opciones, hacerle caso, como yo he hecho, o dejarme. No puede ser de otro modo. José volvió sus ojos oscuros. Aparecían cubiertos por vaharadas de emoción. ¿Cómo iba a dejarte? Todo lo que te he contado es verdad. Pero, cuando has sonreído con mi historia, he pensado que no me quedaba más remedio que creerme lo del sueño. En fin. Hemos de adelantar la fecha de los esponsales.
Y, efectivamente, adelantaron la fecha. En Nazaret nadie se extrañó de aquello: al fin y al cabo una pareja joven en un puebluco tan pequeño podía caer en peligros inminentes. Fue una boda que se ajustó a todos y cada uno de los pasos que prescriben la Escritura y la Tradición. Dentro de la humildad de aquellas familias, se celebró buena fiesta. Hubo música, baile, comida. Las jóvenes llevaron a la muchacha a casa de José. Hubo diversión durante varios días. Nazaret se regocijó. Eran tan pocas las veces en que se podía disfrutar de la alegría…
Una tarde de sábado, al final de la celebración en la sinagoga, Jonatán, el rabí de Nazaret, dijo: Ha llegado un comunicado de Jerusalén. En él se dice que el Emperador ha decretado un censo, y para ello el Gobernador Cirino ha ordenado que cada israelita vaya a su ciudad de origen. Hubo muchas quejas, pues la mayoría debía recorrer Palestina entera, de norte a sur, para llegar a Belén por ser descendientes de una rama de la casa del rey David. Menos mal que el otoño estaba muy avanzado, casi acabado, con lo que la siembra estaba hecha y las faenas del campo no eran muchas. Se levantaron voces contra Roma, pero al final no ocurrió nada, salvo que cada familia, según sus medios, emprendió el viaje. Una semana en ir, inscribirse y volver. En el hogar de José las cosas se complicaban todavía más. Su mujer sabía que la hora de su parto se acercaba y un viaje, sobre todo con la dureza de la segunda jornada, podía ser peligroso. Al amanecer del primer día de la semana lo discutían. José, deberías ir tú sólo. Ya has oído al rabí, hemos de marchar todos. No te preocupes, seguro que el Altísimo nos protege. Además, seguiremos el camino por Samaria, aunque en teoría sea algo más peligroso, creo que no nos ha de suceder nada. Le he pedido a Tadeo que me deje una mula; irás un poco más cómoda. Ella miraba con ternura a José. Cada vez admiraba más su fe. Sonrió, Sea.
La primera jornada era la más sencilla del viaje. Descansaron en Ghenna para reponer fuerzas y llegaron hasta Sanur, donde durmieron la primera noche. Nada más llegar el alba partieron nuevamente. Cruzaron por Siquén, sin poder detenerse junto al pozo en el que había bebido Jacob... La jornada fue más dura, el camino más montañoso y árido. Por fin atisbaron Lebona, donde descansarían en el caravasar dispuesto al efecto. Lo peor había pasado y nada grave había acontecido. Al día siguiente llegarían a Jerusalén y pocas millas más al sur, a Belén. Así fue. Al tercer día, cuando divisaron los imponentes pináculos cubiertos de oro del Templo de la ciudad sagrada que brillaban bajo el sol, José miró a su esposa. La observó fijamente. Apenas hablaba. Por su cabeza pasó durante unos instantes, el tiempo que se tarde en suspirar, la idea de entrar en el Templo. Sin embargo, un rictus de dolor, y un rostro cansado y ojeroso, aunque sonriente, lo disuadieron. Rodearon la muralla de la ciudad por su levante...
Anochecía cuando llegaron a Belén. José, no me encuentro nada bien. Creo que de esta noche no pasa. José la miró alarmado. ¿Qué podría hacer él?... No vio a ninguna mujer cerca... Inmediatamente, buscó posada. Belén estaba llena. José pensó, ¡Cuánto ha crecido la casa de David!. El bullicio de sus calles era inaudito. Por su cercanía a Jerusalén, la aldea estaba preparada para albergar a muchos peregrinos, pero quizá no tantos. En las posadas en la que preguntaba José, encontraba la misma respuesta, Está lleno. Y era cierto, aunque detrás de aquella afirmación había una mirada de desdén hacia su aspecto empobrecido y polvoriento... Concretamente uno de los posaderos buscaba ansiosamente una bolsa que colgara de la cintura de José y le asegurase el pago. José estaba excitado. Enfadado. Tranquilo, José, me encuentro mejor. Él, a pesar de su desconocimiento sobre esos temas, percibía de algún modo que el momento se acercaba rápidamente. Por fin le indicaron un caserón al fondo de una calleja oscura. El hombre caminaba sacando fuerzas de flaqueza... Aquel callejón negro estaba sin empedrar. Al fondo, agitado por la brisa, una luz indicaba la posada. José rogaba al Altísimo que allí hubiera, al menos, una pequeña habitación donde pudiera dar a luz a su hijo. Llamó a la aldaba de la puerta de ruda, tosca y fuerte madera. Posadero, necesito alojamiento, al menos para mi mujer... Le llega la hora del parto. Venimos desde Nazaret y estamos completamente agotados... En ningún sitio nos dan alojamiento. Detrás del mesonero apareció la figura de una mujer. Escudriñó a la joven pareja. Pareció meditar. Pegó un tirón en la manga de la túnica de su marido. Simón, no seas tacaño. Anda. ¿No ves cómo están los pobres? Simón, el mesonero, miró nuevamente a la mujer. Gruñó algo ininteligible. Sara, sabes igual que yo que no queda ni un solo rincón en la posada ¿Qué quieres? ¿Que eche a alguno de los que ya me han pagado para alojar a estos…? Sara continuaba paseando sus ojos de la madre al esposo, del padre a la esposa. Viejo gruñón, tacaño; ya verás, ya. Cualquier día Iahveh te va a pedir cuentas y entonces sabrás lo que es bueno. ¿O es que no recuerdas que un ángel visitó a nuestro padre Abraham en la tienda? Además, mira a la pobre chica. Está a punto. Simón refunfuñó algo. Probablemente alguna maldición. Tengamos la fiesta en paz, mujer… Tenemos a muchos huéspedes con el estómago vacío. Acércate con estos donde los establos y que allí se apañen. No podemos hacer otra cosa. Si quieres los acompañas… Y a mí no me vuelvas a contar más cosas de ellos… Y mucho ojo con lo que hacemos en el establo, forasteros. José quedó con ganas de responderle como se merecía; sin embargo, un gemido de la joven madre le llenó el corazón de angustia. En su cabeza bullían demasiadas preguntas, demasiadas dudas, pero, sobre todo, estaba empujado por las urgencias, por las prisas, en definitiva, por un infante que llegaba a este mundo. Pensaba acerca de las ocurrencias del Altísimo; iba rumiando por la senda la misma idea con estas o parecidas palabras: Mira que ir a mandar a su hijo a nacer donde viven los animales, como una bestia de carga. No lo entiendo. Si este maldito posadero supiese lo que estaba haciendo. Apresúrate, José, que no sé si voy a aguantar. Una lágrima rodó por el rostro de Sara, frunció el entrecejo, aligeró el paso. Maldito viejo. Pero, en fin, es lo que hay. Al menos estaréis bajo techado; la noche va a ser muy fría. Acompañadme.
Llegaron a una cueva que servía de establo con una estrecha entrada. Una vez que la atravesaron, cierta tibieza acarició sus fríos cuerpos. Dentro se encontraron con un pacífico buey, aperos propios de la agricultura y para uncir a la bestia, un pesebre repleto de dorada paja… Iba deseosa de acabar con aquel momento… Sara, mujer al fin y a la postre, se daba cuenta de que no disponía de tiempo. José, mantén la calma. Voy a la posada a por agua caliente para ayudar a tu mujer. Tú, sigue por la calle de la posada y tres puertas más abajo pregunta por Rut. Di que vas de mi parte. Ella sabrá  lo que tiene que hacer sin preguntarte nada. Fíate de ella. José, a pesar de las palabras, dudaba. Vamos, deprisa, haz lo que te digo. No te preocupes por ella. José por fin arrancó, veloz a pesar del cansancio. El camino se le hizo eterno, aunque el pueblito era diminuto. Llegó a la tercera casa de la calle con el aliento entrecortado. Cumplió lo ordenado por la posadera.
Cuando regresó, ya nada hacía falta. Vio al niño en brazos de su madre que descansaba acostada en un improvisado lecho. A su lado, Sara miraba arrobada al bebé que lloraba con energía. Se acercó. Tomó de la mano de su esposa y no dijo nada, no podía; simplemente escuchó aquel llanto tan humano y contempló, embelesado, la fragilidad de su cuerpecito. La madre de Jesús sonreía, extenuada pero hermosa… Sara rompió el hechizo. Esto es milagroso. Mira, Rut, cuando llegué con un balde de agua, ya había nacido la criatura. Esta mujer es prodigiosa. Ella misma lo ha limpiado, como si no hubiese hecho nada… En fin, que muchas como ella y tu trabajo se acaba. De todas formas deberías echar un vistazo al niño y a la madre, no sea que algo ande mal por allí dentro. Querido José, creo que hemos de salir de esta gruta. Acompáñame hasta la posada. Necesitáis algo de comer. Hablaré con el viejo de mi esposo, maldita la hora que le conocí. A ver si por vuestro hijito, al menos, os quiere dar algo de comer. Aquella mujer no paraba de hablar, de decir cientos de cosas, de manotear, de girar la cabeza en todas las direcciones. Caminaba con pasos cortos y veloces, siempre apresurados. …Por cierto, utilizad al buey. Es muy manso, ya está muy viejo, acercaos lo más posible a él, su corpachón os dará calor. ¡Este Simón! En fin, todo parece que va bien. De todas maneras, voy a decírselo a las vecinas de por aquí para que os lleven algo. Tendrías que haber visto. Tu mujer es valiente. José seguía en silencio. Su pensamiento estaba confuso. Nada de lo que le ocurría parecía estarle pasando a él, era como si asistiese a una representación. Su cabeza parecía el puchero que ponía su mujer al fuego cada mañana cuando empezaba a hervir y el caldo borbotaba, ¿Cómo es posible que este niño llorón sea hijo de Dios, de Iahveh Sebaot, del Todopoderoso…? ¿Si basta una noche de frío y de relente para que su vida corra peligro? ¿Si sus padres no hemos sido capaces de encontrar alojamiento ni siquiera en el rincón más inmundo de una vieja posada? ¿Si hasta necesita un buey para no morir aterido de frío? Caminaba tras la mujer, que continuaba su perorata, y se percataba de su propia inutilidad. ¿Cómo es posible que seamos los encargados de protegerlo? Los escalofríos le recorrían de arriba abajo estremeciéndolo. Por fin, logró susurrar. Hace mucho frío, y es tan chiquitín… Sara se volvió y miró detalladamente a aquel hombre; por fin calló, e incluso pareció que se daba cuenta por vez primera de que iba acompañada por una persona de carne y hueso, no por una sombra. Era rocoso, rectilíneo, fuerte, y, sin embargo, tenía una mirada que jamás había encontrado en los hombres del campo. Aquello que había dicho no lo hubiese dicho ninguno de los hombres que la rodeaban, al menos con aquel tono de ternura. ¿Quiénes sois vosotros? Estoy a vuestro lado hace más de una hora ya y no he visto todavía que os quejéis por la cantidad de contratiempos que os afectan, y son unos pocos, esa es la verdad; más bien al contrario, estáis serenos, tranquilos. No os desesperáis. Incluso tu mujer ha sido capaz de sonreírme cuando he regresado a la cueva y la he visto con la criatura en los brazos. José no respondió; su contestación fue con hechos pues se negó a entrar en la posada. Al poco, refunfuñando, salió Sara con unos cuencos llenos de leche tibia y un poco de pan. Nada, que el tozudo de mi esposo dice que no podéis alojaros, que no hay sitio. Esto es lo que he podido conseguir. Dale esta leche, le hará bien. Ve; ahora iré yo con otras vecinas, a ver si entre todas os podemos llevar algo más.
Cuando José entró en la cueva, todavía inmerso en pensamientos nebulosos que le llenaban de dudas, el niño dormía acostado en el pesebre, junto al buey y cubierto con la manta de la mula, a la que también la madre de Jesús había situado allí, y, que en ese momento, lo miraba hechizada. Chistó a su marido, para que fuese lo más prudente que pudiese, y éste se acercó silente, ofreciéndole la leche a su mujer, que ella bebió con avidez. Tras secarse la boca con el dorso de la mano, le sonrió. Gracias a Iahveh, todo ha salido bien. Él quedó sorprendido. Efectivamente, todo había salido bien. Allí estaban los tres. Esto era lo importante. La duda emergía de su corazón. Miraba tiernamente a aquel niño, y hubiera jurado que sonreía y que una desconocida clase de blanca luz irradiaba desde su cuerpecito e iluminaba la oscuridad de aquella morada alejada de cualquier bullicio. A los pocos minutos, José percibió el paso y las conversaciones de gente que se acercaba, sobre todo, mujeres. Salió a la puerta, no fueran a despertarlo…
Cuando la madre de Jesús hubo callado, las lágrimas recorrían muchas mejillas, sobre todo las de Magdalena. Afuera continuaba lloviendo. La humedad de la calle había penetrado en el interior de la habitación. Nos habíamos ido juntando instintivamente entorno a ella. Su mirada transía la atmósfera y viajaba a remotos años. Era una mezcla de dolor, esperanza y blanca ausencia.
El orvallo tableteaba sobre las grises baldosas de la calle, todavía.

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(1) Una milla romana equivale a 1475 metros. Cafarnaúm se encuentra a 46 km. de Nazaret.

(2) Algo parecido a lo que ocurre en Guadix o en el Sacromonte granadino.

(3) María se refiere a la breve oración que rezaba todo judío piadoso al levantarse, antes de empezar las labores del día y al atardecer. Su texto está tomado del Deuteronomio, capítulo 6, versículos del 4 al 9 y dice así: "Escucha, Israel: el Señor es tu Dios, tu único Dios. Amarás a Iahveh tu Dios con todo el corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy…".

(4) Cf. Evangelio de san Lucas, capítulo 1,versículo 5.

(5) Libro del profeta Miqueas, capítulo 5, versículo 2.

(6) Entre los judíos, el matrimonio tenía dos fases. En primer lugar, se establecían los desposorios, pero el matrimonio no vivía bajo el mismo techo. Un año después, más o menos,  se hacía definitivo. 

(7) Evangelio de san Mateo, capítulo 1, versículos 19 al 25. Evangelio de san Lucas, capítulo 1 versículos del 26 al 38, y del mismo evangelio, capítulo 2, versículos del 1 al 22.

8 comentarios:

catherine dijo...

Un largo relato, próximo a la vez de los evangelios y de los textos apócrifos. Emociona el careo entre María y José. Y el relato de toda lo que pasa en la última posada, en el establo con las vecinas es un éxito de dulzura.
Supongo que el gitanillo de Tomás y la familia entera del cuento anterior venían del Sacromonte.

Amando Carabias María dijo...

Este relato, como digo al inicio de esta edición, es el capítulo V de mi novela "Aquel sábado lluvioso", editada en 2001 por la Diputación de Segovia.
Esta novela 'sucede' desde el momento en que Jesús es depositado en el sepulcro y concluye al amanecer del primer día de la semana siguiente.
En el grupo que se reúne en la misma casa donde se había celebrado la Última Cena ya habían aparecido las primeras tensiones.
En este contexto de miedo y tensión, es donde se produce este relato de la madre de Jesús donde recuerda aquellos momentos.

Como veis la novela estaba escrita varios años antes a su edición. Por eso pude usar este capítulo en un año especialmente duro. Un año en que pudo acabarse esta costumbre mía casi sin haber empezado. El trece de diciembre falleció en accidente de tráfico la hermana de mi ex. Es fácil deducir que no estaba yo para escrituras. Pero apareció en mi memoria este fragmento que, además, sirvió como inicio a los relatos navideños que 'suceden' en el ámbito más o menos bíblico.

Amando Carabias María dijo...

Catherine: La verdad es que de los textos apócrifos tengo apenas ligeras nociones, algunas referencias a modo de eco.
Si te refieres a la escena de Jesús niño en Nazaret con su tío, fue después de haberla escrito cuando me recordaron que recordaba algunos textos de estos libros. No sé si me hablaron del evangelio apócrifo de Tomás.

Amando Carabias María dijo...

Me comenta una lectora que las notas a pie de página se veían mal.
He aumentado el tamaño de su letra. Espero que ahora se lean mejor.

Amando García Nuño dijo...

Curioso, sobre todo, el hecho de que se relaten los hechos desde diferentes ópticas, y en especial resaltando la visión de María, que a veces ha dado la impresión de ser una simple figurante en esto de la navidad.
Hasta mañana, estamos enganchados.

Flamenco Rojo dijo...

Me encuentro entre los afortunados lectores de "Aquel sábado lluvioso"...Ya te dije en su momento que si fuéramos capaces de separar lo religioso de lo cotidiano, podría ser un manual de respuestas para aquellas preguntas que cualquier persona se hace tras la perdida de un ser querido, de un ser amado.

Bien traído como relato navideño.

Isolda dijo...

Una vez más, Flamenco me sirve de interlocutor. También leí esa novela en su día, me emocionó porque sabía el cariño el esfuerzo del escribidor al recrearla. Estoy de acuerdo que las respuestas están igualmente en esta novela, como en otras tuyas de otro corte, Amando.
Mucho besos como siempre, aunque hoy debrían sr de Navidad.

Amando Carabias María dijo...

Amando: Das con dos claves de la novela: el papel de María en ella, y la diversidad en los puntos de vista. Su título, desde el principio fue "Aquel sábado lluvioso", pero muy al final del proceso pensé en subtitularla, los ojos de la madre, o algo así. Pero no me decidí. De hecho la portada está basada en una foto de mi padre que en un viernes santo lluvioso lanzó una instantánea de la Virgen de la Soledad Dolorosa de San Millán.

Flamenco Rojo: En este caso, al ser lector de la novela en su totalidad, das con otra de las claves de ella, de hecho la que desde el principio me empujó a escribirla: ¿Es la muerte la última palabra?
Por otra parte habría que ponerse de acuerdo entre lo que es religioso y no lo es.
Creo que cuando os referís a religioso no hablamos de lo mismo. Para mí religioso tiene que ver más bien con una serie de prácticas, liturgias, ritos, credo, etcétera. Yo hablaría más bien de espiritual, porque intento huir de muchas de las cuestiones anteriores. Otra cosa es que lo consiga.
Claro que, por otro lado, es imposible ocultar la última razón de la esperanza de cada quien.

Isolda: A veces me abrumáis. Sinceramente no creo dar respuestas, en todo caso las busco afanosamente y las propongo, pero nunca con la certeza de estar seguro de nada. Al contrario, cada día dudo más, aunque como diría quien tú mejor sabes: bien sé de dónde mana el agua.