Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

domingo, 23 de diciembre de 2012

El niño del pesebre. Navidad 1999


Romance al Niño del Pesebre
Que este Niño del pesebre
ilumine nuestra vida.
Que este Niño del pesebre
acompañe la rutina
de las plomizas jornadas
y de los felices días.
Que este Niño del pesebre,
con sus manos extendidas,
y sus ojos soleados
empuje nuestra sonrisa,
eternamente a los labios
y que a ellos quede prendida:
raíz en la buena tierra
señal de la luz divina.
Que este Niño del pesebre
que en esta noche tirita,
envíe a los corazones
la ígnea llama que crepita
para siempre en el amor
y en la entrega sin medida.
Divina voz del silencio
desde la profunda sima
del olvido de los tuyos
danos tu luz infinita.
Que este Niño del pesebre
sea la blanca semilla
arrojada a nuestra tierra
para que crezca sin prisa,
pero continua y callada,
la flor humilde y sencilla
la flor de pétalos albos
la hermosa flor de la vida.
Que este Niño del pesebre
a vuestra casa bendiga.


—Así que estamos de acuerdo. Nos trae el cuadro el día veinticuatro de diciembre, por la tarde, a eso de las seis para que nos dé tiempo a ponerlo en la capilla antes de la misa del gallo, entonces le pagaré las otras doscientas mil pesetas... Ahora le adelanto cincuenta mil para los gastos y para que pueda comer mientras lo pinta... El resto el día veinticuatro.
Max asintió, haciendo ondular su largo cabello castaño oscuro, convencido de que el trato era simple, y de que era una suerte hacer negocios con aquellas clientes, que no retorcían las cosas: todo sencillo y claro. Sin embargo, había cierta lejanía en aquella voz que le hizo estremecerse como si un invisible dardo, procedente del más allá, le hubiese llegado muy adentro. Tonterías, se dijo, Seguro que es este hambre y este frío que ya me hacen alucinar.
Cuando aquella mañana dominical la joven monja del convento de la Encarnación le sugirió que pintara un cuadro que tuviera como motivo el nacimiento de Jesús, sonrió, pues pensó que sería una labor bastante fácil: una mula de aspecto hambriento y cansado a causa del largo viaje; un buey medio adormilado en su establo, pues era la intempestiva hora de la madrugada; una joven mujer como en éxtasis (¿eso era posible tras un parto?); un hombre maduro que sujetaría una vara de almendro; y un niño... Pero no servía un niño cualquiera.... Sería un hermoso niño sonrosado y blanco con ensortijados cabellos rubios de los que nacería una luz que envolvería a todos los demás personajes... Sería un niño sonriente que empezaba el gesto de una bendición con la manita derecha alzada y los dedos índice y corazón extendidos mientras los otros permanecían cerrados sobre la palma regordeta…
Sólo tres condiciones, además de la fecha, impuso la monjita a Max: el tamaño del lienzo (bastante grande, por lo que necesitaría buena cantidad de pintura); el tema; y la cláusula más importante, supuso, por el énfasis que utilizó: Que se entienda a la primera mirada, como los retratos que le he visto hacer en la Plaza Mayor los domingos de sol…
Disponía de algo más de dos meses para la tarea, tiempo más que sobrado… Y aquellas doscientas cincuenta mil pesetas le vendrían al pelo. Cuando llegó a su casa, muy cerca del convento y de la Plaza Mayor, en pleno centro de Madrid, Max miró al gran calendario que tenía en la cocina. Decía: veinte de octubre, santa Irene.
Pensó que sería extraño que en alguna ocasión fuera a ganar más fácilmente el dinero, por lo demás tan necesario. Al fin y al cabo, la historia de la pintura está repleta de nacimientos, de maternidades divinas que pueblan cada rincón del planeta con su inocencia y candor, con esa sonrisa acaramelada y tierna que todo lo envuelve… Incluso, sintió como una ráfaga de escrúpulos, pues aquello era poco menos que robar a las pobres monjitas… Sobre todo, le dolieron las cincuenta mil pesetas finales. No le parecía decente haber forzado hasta tal extremo a las religiosas… ¡Pero le hacía tanta falta…! Le suponía pagar unos meses de alquiler y hacer una comida caliente al día, es decir, sobrevivir hasta que llegara marzo. Entonces, podría coger otra vez sus viejos bártulos y situarse bajo los soportales de la Plaza, esperando, mientras fumaba impaciente, a los clientes, a ser posible turistas, que le aportasen algún ingreso: mil pesetas por una caricatura, o un retrato al carboncillo, cinco mil si el retrato era al pastel (casi un ideal) y diez mil si era al óleo (esto, un imposible).
…Y el placer que sintió al recibir en la palma de su mano, no muy limpia, por cierto, las primeras cincuenta mil pesetas, aquellos cinco billetes azules. Cinco trozos de crujiente papel estirado, limpio, como si acabaran de fabricarlos exclusivamente para él. ¡Qué poco abultan, pero cuánto valen! No van a durar mucho en mis manos, por desgracia, pensó.
Comenzaba el otoño y los árboles se doraban levemente. Cada manifestación de la naturaleza era un suave declinar que acortaba las tardes, que menguaba el calor, que reducía la actividad, que pedía la conversación sosegada y placentera, que invitaba al ensimismamiento, que conducía a las largas noches de reflexión o sopor inactivo...
Decidió que era el momento de salir a la calle y celebrarlo. Tenía dos motivos: la posesión de dinero y el éxito que conseguiría con su trabajo. No había por qué preocuparse. Eran dos meses para un cuadro tan sencillo. Le sobraba por lo menos uno, quizá más, acaso con tres semanas de trabajo constante bastaría... Sonrió mientras abrigaba su delgada y nervuda constitución con una vieja gabardina verdosa, que era su más fiel compañera desde hacía cinco o seis años.
—Ahora tengo en los bolsillos cincuenta y dos mil cuatrocientas treinta y cinco pesetas. No está nada mal.
Y cerró la puerta de la buhardilla con un alegre estruendo. Le esperaba una larga noche en la que se vengaría de las estrechez y penuria de los últimos tiempos…
*
La madre Piedad de la Cruz no estaba conforme con la propuesta que hizo sor Visitación de María. Sin embargo, había sido la única hermana del convento que había votado en contra. Los razonamientos de la hermana Visitación habían sido más convincentes que los suyos. Su oración, aquella mañana de octubre, era de queja contra el exagerado dispendio en el que iba a caer el convento: Aquel gasto superfluo, como dijo en el refectorio:
—Creo, hermanas, que no hace falta ningún otro cuadro para que nos imaginemos el nacimiento de nuestro Señor, o a la Sagrada familia en Belén, o la adoración de los Magos, o cualquier otra escena navideña… A nuestros años, todas tenemos en la cabeza aquellos momentos… Y menos necesario aún, si está pintado por un desastrado joven que no va a ennoblecer en ningún momento el arte que se atesora dentro de estos muros.
Pero la hermana Benedicta de Jesús, la más anciana de todas las monjas de la Encarnación, dio la vuelta a aquel razonamiento con su voz lenta a causa de la grave afección pulmonar que la debilitaba desde hacía unos años.
—Su caridad no se da cuenta de que, al final, el cuadro nos ha de salir gratis. Los fieles, en cuanto lo vean y nos pregunten por él, querrán ayudarnos a costearlo… Además, está tan vacía aquella pared… A mí me gustaría ver a un niño que me sonriera cada mañana. No sé a usted, pero con mis ochenta y seis años, me apetece más un recién nacido que no un moribundo… El nacimiento de un niño me parece más próximo a la resurrección, que no una crucifixión sangrienta… Y no se olvide que yo tengo más de pie y medio colocado en el otro lado de esta vida.
La madre superiora, sor Purificación, permanecía silenciosa, pero atenta, y casi divertida ante la discusión. Suspiró aliviada, pues gracias a la hermana Visitación, algo se había movido dentro de aquellas viejas paredes. La hermana Inés del Perpetuo Socorro pidió tímidamente, como siempre, la palabra.
—Que este joven sea un artista desconocido tiene sus ventajas. Si el cuadro fuera de un pintor más nombrado sería muchísimo más caro. Si este pintor, con el tiempo se hace famoso, esta obra se revalorizará.
Sin embargo, estos razonamientos, y otros de semejante guisa, no consiguieron hacer cambiar la opinión de la hermana Piedad, que cuando se produjo la votación lo hizo en contra.
Por eso, la oración de aquella mañana estaba siendo más intempestiva que de lo habitual. Nada le era tan lastimoso para su ánimo como el de un gasto superficial. (Su-per-fluo, solía enfatizar, separando cada sílaba, subrayándola). Ella sabía muy bien cuál era la situación económica del convento. De su época de superiora, había aprendido la cantidad de sudores que eran necesarios para poder equilibrar los gastos con los ingresos. Gracias a esos terribles desvelos (según decía a quien quería escucharla), las hermanas de la Encarnación no habían muerto de hambre, o de frío, o de algo peor, Sólo Dios lo sabe, solía concluir. Por ello, siempre abogó por tener una cantidad suficiente ahorrada, por lo que pudiese ocurrir. Durante su época de superiora, pudo mantener dicho fondo, ya que de ella dependían directamente los pequeños ingresos y los gastos; pero en la última década habían sucedido dos cosas en apariencia sin ligazón, que, sin embargo, habían desembocado en la misma consecuencia. Por un lado, fue elegida como superiora la madre Purificación, más amiga de veleidades, de ideales y de sueños, que de otra cosa. Y por otro, la toma de hábitos de sor Visitación de María… Aquello sí fue la entrada de una borrasca tempestuosa que agitó desde los cimientos hasta la última teja el viejo convento. Desde el principio, desde el noviciado, sor Piedad y Elena (pues ese era el nombre para el mundo de la hermana Visitación) no congeniaron en modo alguno. Pero nunca hubo ningún enfrentamiento entre ellas, aunque ambas intuyeron que en alguna ocasión ocurriría…
*
Pasó la primera semana de aquella luna de miel que Max creyó vivir con el arte. Después de la primera celebración que se permitió a sí mismo, en la que gastó entre cena, café, copas, y otros placeres, quince mil ochocientas veinticinco pesetas exactamente, decidió prepararse para la obra en cuestión. Antes de comprar el lienzo y las materiales necesarios pensó, con evidente acierto, que lo primero era el boceto. El tema estaba propuesto, era claro, nítido, delimitado, no había duda, por tanto las únicas cuestiones serían de carácter técnico y estético… Algo muy simple.
Aquella mañana lluviosa y fresca (¿decididamente fría acaso?) era un buen momento para concentrarse en el asunto. Se hizo un café bien cargado, humeante y oloroso… Preparó su cuaderno de bocetos, afiló el lapicero correspondiente, se acomodó en un sillón de mimbre adquirido por un colega en el Rastro, y empezó a dejar pasear su imaginación por la estancia…
La fría buhardilla en la que Max habitaba se componía de una cocina, más que pequeña reducida, breve; un dormitorio suficiente y cálido; un salón cómodo y destartalado, que a la vez, era el estudio de un artista en ciernes; un cuarto de baño reducido a su mínima expresión de media bañera, retrete y lavabo… Pero lo realmente glorioso de aquel lugar-cubil-estudio-capilla-nido era el balcón orientado al mediodía y por el que la luz penetraba siempre a raudales, A carcajadas, se decía a veces Max. A aquellas horas matutinas, le abrazaba un haz de breve luminosidad plateada y plomiza, humedecida y difuminada, licuada y llorosa… Era una luz tamizada, como de impresionista francés entristecido. Y aquella iluminación le servía para soñar, para viajar hacia el centro de su corazón…
Las frases que le dijera la monjita de la Encarnación rebotaban como pelotas de ping-pong por sus neuronas, que tenían una curiosa sensación de quiero y no puedo; mejor: de sé que es esto, pero falta algo, algo no desdeñable, por cierto. La idea era muy simple, casi un niño de ocho años podría hacerlo: un portal de Belén con unas dimensiones determinadas para un lugar concreto y conocido. Pero un runrún de duda sonaba en el fondo de su cerebro, como cuando en el mar se presagia cierta tormenta al sentir, repentinamente, que las corrientes del fondo se tornan más poderosas y caprichosas: menos predecibles.
Abandonó su cuaderno. Se levantó desperezándose. Ya de pie, sorbió el último contenido de la generosa taza de café y se dirigió a la breve cocina. Iba pensando, que antes de empezar con el boceto, debía resolver la incógnita (invisible aún, pero ya perceptible) sobre la que descansaba el proyecto. Es obvio que sobre una incógnita no se puede construir nada medianamente sólido, por sencillo que parezca.
Así que había que analizar la situación con un poco más de perspectiva, con algo más de calma. No se podía empezar de golpe. Decidió, como si un rayo hubiese cruzado por el paisaje de su conciencia, que iría a la capilla de la Encarnación, donde en la tarde la próxima Nochebuena aquella joven monjita, colgaría su cuadro.
*
El encuentro había sido sencillo. La hermana Visitación ya conocía al pintor, pues más de una vez le había visto trabajando en los soportales de la Plaza Mayor. En una ocasión, se acercó más y observó con detalle su quehacer. Retrataba a una joven y pelirroja extranjera que posaba muy feliz, y a la vez, muy intrigada e impaciente por conocer el resultado de aquel trabajo, pues las caras de los que se situaban a las espaldas del artista mostraban gestos de admiración.  Elena no era ajena a aquel sentimiento, pues cada vez que el lápiz de Max trazaba una línea, era como si brotase, desde el invisible interior del papel, una copia exacta de un rasgo del rostro de la joven. Parecía que, más que pintar la cara ovalada y pecosa de la turista, ésta fuera descubierta por el lápiz de Max; mejor aún, parecía que el lápiz atraía como un imán, llamaba como el amo a su perro, a cada rasgo por su nombre y éstos se desplazaban raudos para impregnar el albo y granulado papel… Algo parecido a la magia… Los asentimientos, las exclamaciones, los murmullos, el aumento del corrillo, eran síntomas de la destreza de aquel delgado pintor de castaños cabellos largos y algo sucios. Por la mente de la hermana comenzó a fraguarse, como una semilla que se siembra, la idea de que aquel chico podía ser el indicado.
En cuanto dio forma concreta a la idea de su madre, con la osadía y la fuerza que da la juventud, propuso todo el plan a la comunidad. El revuelo por aquello fue grande. Las monjas hacía tiempo que no tenían nada nuevo entre manos, y aquella sugerencia de la joven Visitación les hacía sentirse como alguna vez se sintieron de niñas y con zapatos nuevos. Todas aplaudieron, asintieron, se imaginaron el cuadro. Todas excepto la hermana Piedad de la Cruz que permaneció muda y cejijunta durante muchos minutos, hasta que el silencio se fue adueñando del frío espacio del refectorio. Y de pronto, como diestro francotirador, preguntó,
—¿Cuánto nos costará este capricho, jovencita?
Aquello ya no fue silencio, sino una losa que aplastó los ánimos. La hermana Visitación, sin embargo, no se arredró, sonrió.
—Eso es lo de menos. Seguro que muy caro no ha de ser. Además todavía no he hablado con el artista, pues, lógicamente, primero debía proponérselo a la comunidad, y que ésta me autorice, y además me indique hasta dónde debo llegar en materia económica.
Sin embargo, no era sincera del todo. Lo sabía y no le importaba. Contaba con una baza secreta que no desvelaría en un primer momento. Quizá no se la llegara a desvelar nunca. Total era una chiquillada.
*
Max entró en la capilla. Su corazón palpitaba desaforado. Parecía haber entrado en un lugar prohibido. ¿O le envolvía cierta y vaga conciencia de culpa? ¿O se sentía amenazado por el vago temor a un castigo? ¿Cuántos años hace que no piso una iglesia? Por lo menos siete, desde que se casó el primo Luis… Le sorprendió la oscuridad, tanta oscuridad. Pero le impactó (un directo al centro del corazón) el silencio. Tan acostumbrado estaba a la bullanga de su Madrid, que aquel islote de insonoridad aparente, casi le sobresaltó. Parecía haber aterrizado en un lugar irreal, inverosímil, más bien imaginario. Poco a poco la quietud y la paz del recinto fueron penetrando en su alma. Comprendió, sin saber cómo, que no era culpable de casi nada, y, en todo caso, la hipotética falta sería remediable. Comprendió, como por ciencia infusa, que en aquel lugar nadie le castigaría. Comprendió que allí todos los que entraban eran bienvenidos. Recordó que debía rezar pues estaba en una iglesia, así que a trompicones soltó un padrenuestro. Es increíble, todavía me acuerdo. Esto de rezar debe de ser como lo de montar en bicicleta, si se aprende de pequeño, luego no se termina de olvidar. Cumplida con aquella obligación (o al menos a él se lo parecía), se dedicó a recorrer su entorno. A familiarizarse con el lugar donde habría de colgarse su obra. Ya en su mente la llamaba así, pues sentía un vago rumor, muy lejano aún pero ya audible para su intuición, de que aquel cuadro podría ser fundamental en su vida. Sus ojos se acomodaron a la luz (a la escasa luz) del lugar. Se dio cuenta de que el cuadro iba a estar en un lugar preeminente, no muy alto, ni muy bajo, en una pared que todos verían. Vaya, he de esforzarme, o podría ser mi propia soga.
Oyó el ruido característico que producen las pisadas sigilosas. Venía de detrás de la verja que separaba la capilla del coro de las monjas. Se fijó. Era la monja que se lo había encargado. La saludó alzando la mano. Ella correspondió a su saludo con una amplia sonrisa beatífica. Tras unos minutos sintió que ella lo llamaba.
—Así que ya está aquí. Mucho ha tardado en venir. Ya me empezaban a entrar las dudas. O usted es un grandísimo pintor, o un grandísimo cara dura. Pero no, simplemente ha esperado un tiempo.
Max quedó sorprendido por las palabras de la hermana Visitación. No daba crédito.
—¿Usted sabía que yo vendría?
La joven se sonrió satisfecha.
—Es evidente que los padres siempre quieren saber dónde han de vivir sus hijos. Y siempre he oído que una obra de arte es como un hijo para su autor.
Max miró inquisitivo y ceñudo a aquella mujer vestida de hábito. No se esperaba una salida como aquella. Aunque sí que era cierto todo lo que decía. De hecho, en cuanto que pensó mínimamente en el cuadro allí fue. Era un imbécil. ¿Qué pensarían las monjitas?
—Lo cierto —balbucía Max—, es que tenía que concluir otros compromisos. Y aunque, desde que ustedes me lo encargaron, no he dejado de pensar en el asunto no me he puesto muy en serio hasta esta misma mañana.
La hermana Visitación asentía, dejándose engañar con su rostro más angelical. Aquel hombre era un libro abierto. Estaba claro que no tenía dinero, y también estaba muy claro que en cuanto se vio con él en los bolsillos decidió darse una alegría. No importaba. Había tiempo. Como si la explicación del artista hubiese sido suficiente, pasó a otro tema.
—¿Y ya tiene algo pensado?
Max la miró perplejo, pero en esta ocasión era una pose. Para esa pregunta ya se había preparado. En realidad era la única pregunta con respuesta.
—Tengo varias ideas en la cabeza. Pero hasta que no acabe el cuadro, usted ni nadie, lo podrá ver. Esa es mi única condición.
—Y las doscientas cincuenta mil pesetas—, le recordó sor Visitación, con una sonrisa más pícara que beatífica.
*
Aquella visita le había hecho bien. Ahora sabía que no le valdría cualquier cosa. A partir de aquella mañana el cuadro iba a ser el verdadero asunto de sus días. Se iba a centrar en él con total dedicación. Se propuso, en lo más íntimo de su ser, realizar una gran obra de arte. No le gustaba que le catalogasen como pintor realista, o neo-realista, o bobadas semejantes, a pesar de que sobrevivía gracias al retrato. Siempre se había considerado como pintor abstracto y admiraba a los grandes del abstracto de nuestro siglo. Pero el estómago, digamos, le había encaminado hacia aquellos derroteros, a los que siempre había considerado transitorios. Era cierto que para un buen retrato no sólo servía la técnica, sino que era imprescindible mirar detrás de los ojos del retratado, pues detrás de las pupilas se asomaba el alma de la persona y eso había que captarlo y de algún modo, casi prodigioso, atraparlo en el papel (un milagro todavía mayor). Pero, también sabía que la buena y depurada técnica bastaba en la mayoría de los casos. Y eso es lo que él tenía una buena, depurada y reconocida técnica; pero, en días de especial lucidez, había algo que le invitaba a asomarse por aquel balcón ocular de sus clientes y que le hacía percibir un alma atormentada, o mentirosa, o feliz, o soñadora, en un rostro que veía por vez primera y que, probablemente, no volvería a ver nunca más… Quizá era menos abstracto de lo que pensaba… O quizá en el retrato, en los buenos retratos, había más de las técnicas abstractas de lo que parecía.
Su estudio-salón-cubil-capilla-buhardilla-nido era una exposición permanente de un pintor abstracto que juega con los colores, con los movimientos, con leves  geometrías, con ligeros volúmenes, con suaves texturas… Detrás de cada cuadro, minuciosa y amorosamente trabajado, se percibía la ilusión, indeleble por el momento, de llegar a una reputada sala de exposiciones, o a una galería lo suficientemente conocida que le pudiera abrir ciertas puertas (y ciertos bolsillos) que le hicieran olvidar, para siempre, in aeternum, la calle: la dura, cruel y omnívora calle.
Pero desde la anterior semana todo aquel trabajo, todo aquel esfuerzo solitario y hermoso, corría serios peligros. Podía acabar catalogado como pintor realista y religioso, nada menos. O lo que era peor, podía ser rechazado.
Comenzó a temer al fracaso, negro pajarraco que anidó en el alero de su corazón. Un miedo que le retorcía el ánimo. ¿Y si el cuadro no les gustaba a las monjas? ¿Si no creían que fuese digno de ser colgado en aquella pared?
*
Era tan difícil poder decidir el motivo exacto...
En la última semana el suelo del salón se había cubierto por hojas arrugadas, pálidos cadáveres de otras tantas ideas. Cada vez que se enfrentaba con el cuaderno de los bocetos, que adelgazaba a ojos vista, había una sensación de miedo, de inseguridad, de arenas movedizas, por las que se movía con dificultad. La incógnita no estaba resuelta; la duda, por tanto, no procedía del desconocimiento de la ubicación del cuadro. Era algo más profunda...
Aquella pregunta, de pronto, en una mañana fría tuvo forma, tuvo dimensiones, se sonorizó, es decir, se materializó.
—¿Qué quiero pintar? Me han encargado un cuadro que represente el nacimiento de Jesús, o sea un cuadro navideño… Pero soy un artista, y no me limitaré al cumplimiento superficial de un encargo… Aportaré algo más… ¿Quiero pintar un portal de Belén, o quiero hacer algo más?
Ya estaba planteada la duda. Una vez resuelta, cuando esto fuera, y tenía que serlo pronto, el cuadro sería más fácil de pensar.
Aquella decisión, por un lado le sosegó, pero, por otro, le puso más en tensión, hizo que anduviese ojo avizor a todo lo que se movía a su alrededor. Decidió que aquel paso necesitaba de otro que le acompañase. Deseó fervientemente recordar todo lo que se decía de la Navidad en los evangelios. Lo más próximo que tenía era el vago recuerdo de los belenes que se instalaban en su casa, cuando era pequeño, y las hermosas figuras que en la Plaza Mayor se vendían llegadas aquellas fechas: el establo (aunque algunos decían que era cueva o gruta), la Virgen, el niño, San José, la mula, el buey, muchos pastores, las ovejas, las lavanderas, los reyes magos, los pajes, las casas, el castillo de Herodes, las hogueras, las ollas, los patos, los caballos, las mulas o borriquillas, María, José y el Niño huyendo en la mula… Recordaba vagamente los textos bíblicos escuchados en su infancia… Y, sobre todo, la innumerable iconografía sobre el asunto. Pero él no podía hacer nada de todo eso, o por lo menos, no estaba en condiciones de poderlo hacer, pues todo sería algo hueco y huero, algo no sentido, algo vacío y, por tanto, algo malo. Así que la primera conclusión de todo aquello es que tenía que leerse a conciencia todo lo que se narraba en la Biblia al respecto.
*
Avanzaba el otoño inexorablemente, seis de noviembre, San Leonardo, según decía el calendario de la cocina, faltaba mes y medio más o menos, y no tenía ni el lienzo, ni la pintura suficientes..., y lo que era peor, no tenía ni idea de lo que quería pintar. Pero en casa tampoco tenía una Biblia, ni un nuevo testamento, ni nada que se le pareciese. Pensó acercarse a la librería de la esquina y comprar uno barato, una edición de bolsillo. Pero aquella librería sólo tenía ediciones completas de la Biblia, encuadernadas todas ellas con ciertos lujos. Eran demasiado caras. Se hacía necesario acercarse al convento y hablar con la joven monja al respecto, Va a pensar que estoy perdiendo el tiempo. Que no avanzo. No debería volver tan pronto.
Se fue hasta la Encarnación y esperó pacientemente a que apareciese la monja que le hizo el encargo. Volvió a sorprenderle más que la escasa luz, el silencio, que por contraste, parecía claro y diáfano, tranquilo. Se reconoció que la silente atmósfera venía bien a su aturullado  corazón. Por fin la distinguió, y, con cierta timidez, se acercó hasta la verja  haciéndole una seña. Le susurró.
—Necesito una Biblia para estudiar al detalle todo lo que se dice sobre el nacimiento de Jesús.
Mantuvo una pausa y se decidió por embellecer la realidad, una leve mentira.
—He iniciado varias cosas, pero no me convencen. Es como si me faltara algo. Y creo que la clave está en que estoy cayendo en los tópicos. ¿Me entiende?
Sor Visitación asintió sonriente. Le gustó la disposición de ánimo del joven. (Pero lo que más le gustó es que parecía haber acertado de pleno con su elección).
—Ahora bajo de mi celda con la Biblia que necesita —respondió la monja—. Si tardo un poco, no se preocupe, es que te estaré marcando los tres textos fundamentales del nacimiento en los evangelios.
Max asintió. Sin embargo, en su interior quedó estupefacto, pues el suponía que había un sólo texto. Se avergonzó por su falta de conocimientos. Sintió, incluso, que se ruborizaba. Al poco apareció nuevamente Visitación que le entregó una hermosa Biblia muy usada.
—¿Ves, donde están colocadas las estampas? Esos son los tres textos.
De pronto, los ojos de la joven se clavaron en los suyos con un fuego especial. Max quedó turbado.
—Por favor, no me la pierda. Y cuídemela como si me tuviera que cuidar a mí… Es la que me regaló mi madre, justo antes de que yo viniese a este convento, y, justo antes de morir, la pobrecilla…
Max recibió el libro como si le hubiesen dado un tesoro de incalculable valor, incluso sintió un temblor de lo más profundo de su ser, Y yo que pensaba que todo sería tan simple. Sin perder ni un solo minuto se dirigió a su casa y leyó los pasajes marcados por la monja. Se correspondían a los relatos del nacimiento de Jesús en los evangelios de san Mateo y de san Lucas. La lectura de ambos textos le hizo rememorar la infancia. Le recordó detalles que se le habían olvidado (como lo del censo, o el sueño de José). Y aprendió que todo lo que él mezclaba en su memoria como un solo texto era la suma de dos. Pero le intrigó que hubiera un tercero. Quizá sea un compendio de los otros. Con avidez se fue al tercer texto. Evangelio según san Juan. Prólogo. Leyó desconcertado todo lo que venía a continuación. Estuvo a punto de arrojar fuera de sí la Biblia. Pero decidió siguió hasta el final. Le sorprendieron unas líneas subrayadas con lapicero rojo “Vino a su casa, y los suyos no le recibieron”. Decidió copiar aquel texto completo. Luego, raudo, volvió al convento y devolvió la Biblia, no quería que algún descuido se la dañase.
*
La noche estaba siendo especialmente dura. No podía conciliar el sueño. Le machacaban las palabras. Los relatos. Las ideas. El miedo. La ilusión. Sentía cierto vértigo. Era tal el mare mágnum que le ocupaba que sentía la sensación de caída libre desde la infinita altura... Al mismo tiempo, notaba que dentro de él crecía la obra. Notaba que le faltaba menos. Sentía que un brote comenzaba a aflorar, todavía con timidez, todavía con incertidumbre. Así que decidió comprar el lienzo. No es que fuera a pintar directamente sobre él, sería una locura, pero sospechó que en cualquier momento le llegaría definitivamente la inspiración y todo lo demás sería trabajar y trabajar...
*
Diez de noviembre, San León, según el calendario de la cocina, un día soleado, pero gélido. La hoja del boceto fue segura, creció casi como si fuera un ser vivo... No había duda alguna. Ahí estaba su portal navideño. Aquél era el resumen de la Navidad.
Quedó conmovido.
Incluso a él le conmovió aquel niño. Una vez que concluido en el papel, parecía que tenía vida propia; ya no era su creación, sino una obra que lo superaba y de la que era mero manufacturero. Su ánimo quedó encogido y tuvo, incluso, la sensación extraña que desde aquellos trazos partía un latido como de vida…
*
La oración de sor Visitación, cada día que pasaba, era más monótona. Consistía en pedir con insistencia (con avaricia, se diría) que la labor del artista (a estas alturas desconocía aún su nombre), fuese fructífera. Sospechó desde un principio que el pintor no frecuentaba ni la iglesia, ni los textos sagrados. Cuando le pidió la Biblia, aquella sospecha se hizo realidad palpable, por lo que un vago temor comenzó a sobrevolar su corazón. Y más que el temor al error, temió la mirada de sor Piedad de la Cruz. Cuando se cruzaban en los angostos pasillos del convento, cada vez que, en el coro, o en el refectorio, notaba la frialdad de su mirada, sentía una punzada que le encogía el ánimo. Sólo estaba a salvo en la soledad de su celda.
Allí era completamente libre. Despojada de la toca, se acariciaba los cortos cabellos oscuros y lanzaba la mirada hacia el pasado, no muy remoto... Fundamentalmente le gustaba recordar los últimos tiempos con su madre, justo antes de entrar en el convento…
Su vida había sido excesivamente dura para su corta edad. Desde muy pequeña tuvo que ayudar en casa, pues su padre había muerto, y su madre estaba muy enferma del corazón. Los medios económicos no eran muchos, por lo que, una vez concluido el bachillerato, no pudo dedicarse a estudiar. Desde muy pronto, sintió que su destino sería el vecino convento de la Encarnación. Para ella era algo elemental. No había otra posibilidad. Era lo natural. Su mente nunca dudó al respecto. Su madre, Consolación, conocía tal disposición de ánimo y nunca se opuso, sobre todo, cuando Elena le dijo que nunca jamás entraría en el convento mientras ella estuviese con vida…
Pero Visitación, casi siempre, prefería recordar las navidades. A pesar de lo débil del corazón de su madre, cuando llegaban aquellos días, se transformaba entera. Parecía una mujer nueva, mejor, renovada. Era capaz de cualquier cosa…
Siempre le decía a su hija.
—Elena, hija, no puedo explicar muy bien por qué sé que Dios existe, pero si alguna vez tuviese que demostrárselo a alguien, sólo le ensañaría una estampa de la virgen con un niño en su regazo y le diría, Mira, ahí lo tienes, ese es Dios. Seguro que nadie podría contradecirme.
A la vez que lo decía, sus ojos, como brasas ardientes, iluminaban cualquier estancia.
La última Navidad que Elena pasó con Consolación fue especial. Su madre sabía a ciencia cierta que efectivamente iba a morir pronto, que su corazón se debilitaba por momentos, en suma, que no llegaría al siguiente año. Pero no estaba afectada, pues se habían preparado para aquel doloroso momento. En la noche de nochebuena recibió de su madre el encargo.
—Mira, hija. Esta es nuestra última Navidad juntas. A partir de ahora te dejaré libre. Ya no tendrás que estar atada a esta débil y pesada vieja que te ha enjaulado en tu más hermosa juventud.
Elena hizo un gesto presuroso, queriendo ahuyentar aquellas raras ideas, tan ajenas a su conciencia. Consolación no permitió que la interrumpieran.
—No, no quiero que digas nada… ¿Por dónde iba? Ah, sí… Sabes que no tengo nada que darte.  No puedo ofrecerte un ajuar como dote para que entres en el convento en condiciones. Pero sí tengo un deseo… Lo que quiero es que, antes de ingresar en el convento, saques del banco las trescientas mil pesetas que tengo ahorradas… Sí, no pongas esa cara de extrañeza. Tenemos trescientas mil pesetas ahorradas. No tendrás que hacer papeles pues la titular eres tú, ni siquiera figura mi nombre en ella. Sacas todo el dinero, la anulas, y en paz. Y con ese dinero haz lo que quieras, es tuyo. Se lo das a los pobres, lo entregas en el convento, o lo que te parezca mejor. ¿Pero sabes lo que me gustaría que hicieses de verdad…?
Elena abrió sus negros ojos como platos. Estaba ansiosa. A pesar de lo que suponían las palabras maternas, intuía que en la respuesta a aquella retórica pregunta estaba buena parte de la esencia de su madre. Intuyó que si hacía caso a su madre la retendría en su corazón con más fuerza. Así que se aferró a la cansada y espaciada voz de ella.
—Lo que me gustaría es que costeases un cuadro sobre la Navidad, y que ese cuadro estuviese en la capilla de la Encarnación, o como mínimo en tu celda. Así, cada vez que lo veas, te acordarás de mí… Y recordarás cuánto me gustan las navidades… Y te acordarás de lo alegres que estábamos las dos juntas en estos días…—. Enjugó una lágrima solitaria de sus ojos, que se escapaba por una de sus mejillas—. Sé que será imposible que lo hagas en cuanto que entres en el convento. Habrás de esperar a tomar los votos perpetuos. Tendrás que ocupar un lugar en la comunidad que te permita tales cosas. No importa lo que tardes. Lo que importa es que tu corazón acierte con el pintor…
Por unos instantes calló. Su mirada atravesó a la propia Elena y retornó a épocas remotas. Su voz era más leve aún, aleteo de mariposa.
—Muchas veces, sobre todo cuando eras niña, cogía los lápices de colores que llevabas al colegio y un cuaderno de dibujo que tenía guardado en mi dormitorio. Le arrancaba una hoja y me ponía  a dibujar una escena de la Navidad. Ya sabes que no dibujo muy mal del todo… Así me distraía…
—¿Y dónde están esos dibujos, mamá?
Consolación sonrió, mientras acariciaba las manos de su hija.
—Tontina, ¿dónde han de estar…? Los tiraba. Cada año, después que pasaban los reyes, tiraba el dibujo. Así tenía otro que hacer al año siguiente… Al principio eran dibujos muy tiernos, muy clásicos, muy de turrón, avellanas y anís… No sé si me entiendes.
Ahora sonreía Elena.
—Pues bien, a medida que pasó el tiempo, fui pensando más y más en la Navidad. Un año, no hace mucho, hice un dibujo, el último. No lo tiré… No he vuelto a dibujar otro.
Se levantó con pesadez de la silla y, arrastrando los embotados pies, se dirigió a su cuarto. Regresó con una cartulina enrollada sobre sí misma que enseñó a Elena.
—Este es mi regalo de Navidad para ti, hija... Aquel año llegué a la conclusión de que la Navidad es un niño indefenso que llora de hambre y de frío; un niño que vino a este mundo entre los más pobres y desgraciados; un niño que ha nacido en medio de la noche; un niño que no es aceptado por nadie, sobre todo, por los suyos; pero un niño del que brota, como una estrella, la luz, una luz que jamás será apagada.
Elena miró con asombro aquella pintura de su madre… Después miró a su madre… Pero no emitió palabra. Consolación continuaba su largo soliloquio.
—Verás no quiero que este dibujo lo vea nadie. Para mí la Navidad es esto y me gustaría que alguien más la viese de esa manera, aunque eso es imposible… Pero, al menos, hija, que si alguna vez encargas el cuadro, al final la idea del artista sea parecida… Actúa con astucia. Que no te den un cuadro con el tópico navideño… Que no te engañen… Lo más importante es que descubras en los ojos del pintor que no se detiene en la superficie, sino que ahonda, que bucea, no sé cómo decirte… Sí, eso, que busca las entrañas de las cosas…
*
Aquellos recuerdos arreciaban con prodigalidad. Sentía miedo de no haber elegido bien. Pero cada vez que escuchaba a su corazón oía ciertos latidos, Tranquila, es un buen artista. Al fin llegó a una solución para la cuestión económica: si el cuadro era de los que hubiera agradado a su madre y, además, agradaba a la comunidad le costearía con las trescientas mil pesetas, sería su dote para el convento. Si era de agrado de la comunidad exclusivamente, le pagarían a medias, el resto lo entregaría como una limosna anónima para lo que la superiora decidiese. Si era sólo de los que hubiera agradado a su madre pediría colocarlo en su celda, y lógicamente lo costearía íntegramente. Era su baza secreta que no tenía intención de desvelar a sus hermanas. Sabía que el cuadro lo más que costaría a la comunidad serían ciento veinticinco mil pesetas, el resto, o todo, procedería de un anónimo benefactor…
Le sorprendió la campana de vísperas en tales pensamientos… ¡Cómo ansiaba la llegada de nochebuena y ver la obra!
*
El veintiuno de noviembre, Nuestra señora de la Piedad, según el calendario de la cocina, Max se encontraba en una terrible duda que hacía palpitar su corazón. Tenía todo preparado. El boceto era perfecto. El lienzo correctamente instalado. La paleta, bien sujeta en la mano izquierda, con cada uno de sus elementos dispuestos: la linaza, la trementina (inundándolo todo con ese penetrante olor), cada color situados en su lugar correspondiente, formando un arco con más matices que el arco iris, dejando el centro para las mezclas necesarias, laboratorio de alquimista.
Pero en el alma una duda, una pregunta que lo machacaba, ¿No será demasiado arriesgado para unas monjitas? Al fin, se decidió a comenzar, la primera pincelada brotó como una caricia temblorosa... Por fin se alivió, aquel era su cuadro, y salía casi automáticamente... Se dijo, No hay problema. Total, los gastos por pintarlo están pagados. Si se me da mal, lo peor que ocurriría es que no me paguen y me lo tenga que volver a traer… Pero aquella marcada línea roja del texto del evangelio de san Juan era una señal inequívoca de que aquel era el camino… Habría, al menos, una monja, que se sentiría identificada…
Era el trabajo de retratar a Dios hecho hombre rechazado, anónimo, desconocido. Era el retrato de la eternidad hecha finitud de carne trémula, débil, indefensa. Era el retrato de la humanidad divinizada: uno de los momentos de más encumbramiento del ser humano, y, a la vez, de más humillación divina...
Para aquel proceso lo único válido era llevarse del corazón y de las intuiciones y del silencio… Iluminar la infinita noche del universo…
Un vértigo cósmico inundó su ánimo, y casi su cerebro.
Continuó adelante… ¿Podía ya parar…?
*
Cinco y media de la tarde del día veinticuatro de diciembre. Faltaban pocas horas para la misa del gallo. Siempre que llegaban fechas más o menos señaladas el convento se urgía a sí mismo. Le entraban las prisas. Todas las monjas se aceleraban. Cada una  procuraba que todo fuese más armónico, aún, que el resto de los días. Y la que más se aceleraba, y peor lo pasaba, era la hermana cocinera, sor Ludivina, que era la que más notaba lo especial de la fecha, pues la fiesta se tenía que concretar en una cena especial, una comida distinta y, por su puesto, exquisita, Y todo lo quieren con unos pocos duros, rezongaba entre pucheros y cazuelas. El resto de las hermanas procuraban no alterarla. Intentaban ayudar lo más posible, pero para sor Ludivina, a pesar de los años, eran días terribles, casi temibles. Sin embargo, aquel año, sor Visitación aparecía más nerviosa aún que ella. Se la veía ir y venir constantemente hasta la capilla. Por fin a las seis menos cuarto se instaló en ella. Se arrodilló. Oraba y oraba sin cesar una sola jaculatoria, Que sea lo que quería mi madre. Detrás de aquel bisbiseo volaban los ojos en dirección a la puerta. El viejo carillón del reloj del convento comenzó con sus seis campanadas. Concluyó su hermosa melodía. La puerta permanecía cerrada.
Pasó otro cuarto de hora. Crecía la ansiedad. Al fin se abrió el portón y tras él Max que acudía presuroso a ella, con las manos vacías. El corazón le dio un vuelco, No lo ha pintado, pensó a punto de desfallecer.
—Hermana, perdón por el retraso, pero no sabe cómo está el tráfico. Podría abrirnos las puertas de Iglesia, si no, no entrará el cuadro.
Sor Visitación se dio cuenta de tal detalle con infinito alivio y con carmín de vergüenza tiñendo su rostro, Claro, es que es muy grande para traerlo en la mano.
*
Cuando aquellos hombres hubieron salido de la iglesia, ante la mirada expectante de Max, sor Visitación rasgó el papel de estraza por el que venía envuelto el cuadro. Max no hacía otra cosa que analizar, desmenuzar, cada gesto de la hermana. En cuanto que el cuadro surgió a su vista, vio que una terrible emoción le embargaba de arriba abajo y las lágrimas brotaban a ráfagas por sus ojos. El joven pintor sintió cómo se le palidecía el alma. Sintió la cuchillada del fracaso en el centro de las entrañas... Agachó la cabeza. Comenzó a disculparse con voz torpe y trompicada.
—No, si ya me parecía a mí que esto iba a ser excesivo para unas monjas, pero es lo que se me ha ocurrido. No he sido capaz… Pero no se preocupe…
No se dio cuenta de que sor Visitación se había vuelto y se acercaba a él. Cubierta de lágrimas, pero con una sonrisa que la iluminaba más que cualquier lámpara.
—Sssh… señor pintor. Déjese ya de tonterías—. Y se atrevió a colocar su suave dedo índice en los labios del artista.
Max quedó sobresaltado por la interrupción. Con rubor vio que la joven monja lo besaba en la frente.
—Espere un momento. Ahora mismo vuelvo con el dinero. No se le ocurra ni moverse—. Y mientras hablaba con las palmas de sus manos secaba las lágrimas que habían, por fin, liberado la tensión de los últimos meses.
*
Frente a Max, aún aturdido por aquella explosión de afectos, quedó la luz de aquel cuadro, que a pesar de la oscuridad del lugar, relumbraba con energía. Se sentía íntimamente satisfecho y confundido. Aquella reacción parecía excesiva, aunque le había conmovido.
A los pocos minutos volvió sor Visitación, traía un sobre y una cartulina enroscada sobre sí misma.
—Aquí está su dinero. Cuéntelo.
—Por favor, ¿qué cosas tiene?
Visitación desdobló, desvelando el mayor de los secretos, aquella cartulina y ante la sorpresa de Max apareció un bosquejo de aquel cuadro, más pequeño que el suyo: un niño lloroso, desnudo y lívido acostado sobre la dorada paja, rodeado de la más terrible oscuridad; pero de él brotaba una luz interior que todo lo envolvía; una luz entre glauca, argentina y áurea, resumen de toda la luz cósmica. Max miró incrédulo a sor Visitación. Ésta sonreía con franqueza. Le contó todo lo que le había dicho su madre. (Todo excepto lo del dinero, claro). Max acabó turbado y desconcertado… Todavía más desconcertado.
En unos minutos colocaron el cuadro. El pintor se dijo, ¡Qué hermoso luce aquí! Parecía que la pared hubiese estado esperando desde siglos aquella pintura, a la vez nocturna y plena de luz.

Cuando el resto de las hermanas bajaron a la capilla, para ultimar los detalles previos a la misa del gallo, quedaron desconcertadas, primero, y, luego, admiradas por la cruda desnudez y por la belleza de la pintura; quedaron traspasadas por el abandono, que invitaba a acercarse a ese niño pálido, aterido y, a la vez, lumínico. Todas callaron confundidas, pues en el fondo, a pesar de sus años de vida, ninguna se había llegado a plantear con tal dramatismo y realismo el nacimiento del niño Jesús.
—Vaya —exclamó sor Benedicta de Jesús—, esto sí que es terrible. No sé si prefiero un crucificado o esta Navidad. Parece que lo haya pintado un teólogo.
Sor Visitación buscaba, con ansiedad, el rostro de Sor Piedad de la Cruz. Lo que vio fueron unos ojos vidriosos, cubiertos por lágrimas, y una sonrisa. Se dirigió a ella. Se abrazaron.
*
Ninguna de las monjas del convento se percató de que en el suelo, junto al asiento de sor Visitación, una cartulina con el mismo motivo que el cuadro, yacía olvidada.
¿Olvidada?

9 comentarios:

emejota dijo...

Aquí gozando con la bellísima melodía que nos ofreces.
El cuento está muy bien escrito, pena que servidora sea atea y anticlerical impenitente. No lo puedo evitar creo que debo un porcentaje de mi ateismo a las complicadas relaciones mantenidas con el clero a lo largo de mi vida. Terrible, sencillamente me parece que o son simples de narices, es decir aburridos, o sencillamente oscuros, es decir de poco fiar, y no sigo con los epítetos porque estos son días señalados por nuestra cultura.
Espero que no te moleste mi actitud en este comentario, pero es que tengo buenas razones para hacerlo y una, al fin y al cabo, es humana, imperfecta y utópica.
Un gran abrazo navideño estilo mamaosa y muchos besos extendidos a tu familia, especialmente para tu madre.

Amando Carabias María dijo...

emejota:
¿Cómo van a molestarme tus palabras?

El daño que han hecho algunos supuestos representantes de determinadas doctrinas a la propia doctrina es imperdonable. Quiero suponer que cuando el Nazareno habla del único pecado imperdonable y lo explica "el que va contra el espíritu y la verdad", habla precisamente, o entre otros, contra estos usurpadores del mensaje del amor.

Das dos argumentos perfectos: su aburrimiento y su oscurantismo.
¿Alguien en su sano juicio se imagina que si Jesús hubiera sido aburrido u oscuro, habría sido un peligro para la casta poderosa de Israel?

Al contrario, Jesús era atractivo y claro. No quiero decir que fuese un cómico; pero no hace falta ser cómico para resultar apasionante.

Ser aburrido y oscuro son de las armas habituales que usan los poderosos para evitar que otros quieran inmiscuirse en sus asuntos de tráfico de poder.
La iglesia empieza a ser aburrida y oscura cuando tiene que manejar bienes y prebendas, cuando se incorpora a los zancajos del poder.

Pero siempre ha habido, en el propio seno de la Iglesia gentes que como Elena (Sor Visitación) han sabido buscar la verdad y sus gestos han servido para destapar la podredumbre de quienes ocupaban los puestos importantes en la comunidad.

Muchas gracias por acercarte a este lugar y que nuestros deseos tengan que ver con la esencia de lo que quieren representar estos días, y no con el barniz con que lo disfrazan.

Amando Carabias María dijo...

Este relato es uno de los que más me gusta.
No sé si es ni siquiera regular, pero a mí me gusta.

En él pretendía explicar la esencia de la Navidad y cómo llegar a ella no necesita de prácticas religiosas, ni de muchas preparaciones previas.

El protagonista real del relato creo que es Max, aunque parezca que ese Elena, o más aún, al fondo, la acción misteriosa de su madre.

Cuando il poverello de Asís, Francisco, construyó el primer belén de la historia, sobre un pesebre colocó como figura del Niño una Hostia Consagrada. Es la mayor esencia de la Navidad a la que se puede llegar.
Me pareció muy fuerte que alguien como Max llegase a tanto, a pesar del texto subrayado en rojo por sor Visitación, pero ese niño desnudo y frágil es la esencia de la Navidad.

Creo que hay palabras que por su excesivo uso (abuso) han perdido toda su potencia, y se han convertido en sombras tenues de sí mismas. Encarnación es una de ellas. Hacerse carne uno en otra realidad que no es la suya es el mayor gesto de solidaridad que existe.

Amando García Nuño dijo...

Vino a su casa, y los suyos no le recibieron. Posiblemente, estaban celebrando una suntuosa Misa del Gallo en el Vaticano...
Sin entrar en disquisiciones, en todas partes (supongo que en la Iglesía Católica también) hay de todo. No quiero confundir la Institución (dura palabra para el niño del pesebre) con sus más auténticos miembros, que los hay, sin duda. Son los que le reciben cada día del año, en silencio...
Bueno, Amando, aparte de tensión y emoción, con el texto de 1999 has abierto camino a otros debates paranavideños. Vamos avanzando. Un abrazo.

Amando Carabias María dijo...

Anando:
Bueno esto no estaba previsto, pero lo mismo hasta se convierte en un pequeño rincón del pesebre, donde podamos charlar mientras van llegando los amigos.

Tienes razón, o al menos estoy de acuerdo: no se debe confundir la parafernalia de la organización, con las personas que sinceramente y con entrega convierten su vida en digna de admiración.

emejota dijo...

Bien ciertas tus palabras, por eso a Jesús lo mataron (así como a tantos que comparten su ánimo) y aceptó lo que se le venía encima de buen grado. Bss.

Flamenco Rojo dijo...

Querido Amando, la te lo hemos dicho varias veces...tienes la habilidad de escribir textos que son igual de bien recibidos por los creyentes y no creyentes (ya sabes, entre los que me incluyo).

Abrazos.

Por cierto, algún día nos tendrás que dar tu opinión sobre la última parida de Benedicto XVI, lo de la mula y el buey del pesebre...

catherine dijo...

A mí me gusta muchísimo también el texto de hoy, con la busqueda de lo esencial de parte de Max, guiado por la sor Visitación. Bien encontrados los nombres de las monjas (sor Piedad??? de la Cruz, será una broma)como en general los nombres de todos tus personajes.
Este niño es un teólogo, el cuadro es una lección, agradable, de teología.
Abrazos y besos navideños que no sé cuando volveré aquí.

Amando Carabias María dijo...

emejota::
Tal cual.

Flamenco Rojo:
Muchas gracias, amigo. Donde los amigos veis virtud, otros ven indefinición: para los unos soy demasiado religioso, para los otros soy iconoclasta...
Para opinar sobre lo dicho por Su Santidad, habría que leer el libro. Y no me apetece mucho. El sábado mismo, en el suplemento literario de El País, Babelia, aparece una reseña del teólogo español Juan José Tamayo que pone en solfa buena parte de este texto. Pero para algunas cosas los teólogos modernos son peores que los papas.
En el fondo, creo que lo que dice B. XVI es que lo único cierto es lo que está en los evangelios canónicos y que lo que aparece en los apócrifos es pura leyenda.
Es decir, una vuelta más de tuerca hacia la ortodoxia, y en este caso, no sé si queriendo o sin querer, contra las tradiciones de toda la vida.

catherine: que disfrutes de estos días. Cuando regreses por aquí, aquí seguiremos. Es la ventaja que tienen los blogs.