Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

martes, 15 de marzo de 2011

Fin de trayecto. Epílogo. Capítulo 69

La frenada del tren, suave y progresiva, ante la parada en una estación intermedia, cuyo nombre no llega a ver, tiene la virtud de volverla a la realidad. También la fiera de luto descansa de vez en cuando. Tras agitar la cabeza, y comprobar, sorprendida que tiene la cara húmeda, al igual que el cuello, incluso el comienzo del pecho, dirige una mirada nerviosa a los otros ocupantes del vagón. Son muy pocos. Enfrente de ella, un par de asientos más allá, se acomoda un señor calvo con gafas oscuras, que la mira con aire de preocupación y de miedo. También enfrente, pero en al otro lado del pasillo, una oronda señora de mediana edad suspira aliviada, por fin. Detrás de la señora, una joven pareja charla con la cabeza metida en un plano, probablemente el de Euritmia, donde están planeando una excursión.

Se encoge de hombros aturdida. No es muy consciente, todavía de lo que le pasa, pero intuye que durante determinados espacios de tiempo, normalmente bastante dilatados, es como si no estuviera. No le ha dado demasiada importancia, pues sabe, más o menos, las horas que le quedan de vida, a ella y a los suyos, pero si no hubiera tenido tales pretensiones, debería haber hecho algo. Aquello que a ella le ocurría no era normal. La cosa comenzó tras que tuvo todo el plan perfectamente atado. Empezó a notar que, algunas veces, el tiempo pasaba muy rápido. Se miraba al reloj, y de pronto, había pasado media hora. Después se dio cuenta que muchas veces había estado llorando, pero no se acordaba ni del hecho en sí, ni de los motivos que habían causado el llanto. Lo conocía por el sabor en su boca, o porque la nariz, le destilaba, o por la humedad en el rostro y cuello, o por el escozor de los ojos. Después, en un par de ocasiones, sus compañeras tenían que haberla zarandeado, porque le estaban diciendo alguna cosa y ella no reaccionaba. Pero la prueba evidente y palpable es este momento. Se da cuenta de que el sol ya va bastante elevado e, incluso, han atravesado la Sierra, sin que ella se haya percatado. Eso le duele. Pues siente que debe a aquella zona, aunque solo sea un pensamiento de gratitud. Y así lo tenía pensado antes de montarse en el tren. “Qué lástima, con lo que me apetecía verla por última vez, nada más amanecer. Con los colores tan limpios como estaría. Está claro, que no me sale una a derechas”. Después de encogerse de hombros, y una mirada de indiferencia, como diciendo, qué más da, suspira con hondura. “Debo realizar un último esfuerzo…. El último de mi vida”. En este momento, en el que suben otros pasajeros al vagón, un matrimonio ya entrado en años, que se sienta unos cuantos filas por detrás de ella, ve que la señora que tiene enfrente se dirige a ella con la amplia sonrisa de dentadura postiza. No le desagrada, aunque no desea ninguna compañía. Tiene miedo de que le puedan adivinar sus pensamientos, sus planes y todo se estropee. “Hija, ¿te ocurre algo? ¿Te puedo ayudar?” Mila la mira con tranquilidad y un punto de resignación. Tras un estudiado suspiro, y recordando el salobre sabor de sus lágrimas, responde lacónica, “No he dormido en toda la noche. Bueno en las últimas noches. Verá he roto con mi novio, y me he quedado sin trabajo. No sé que hacer. Así que me vuelvo a casa, a ver si allí encuentro la calma”. La abuela inquisitiva sigue en su proceso de alivio. El tren reemprende la marcha. Vuelve a su asiento y hace un vago gesto hacia el señor calvo, como para restar importancia a lo que han visto. Mila, por unos instantes se preocupa, pues no recuerda nada. “Menos mal que hoy se acabará todo”.
Vuelve a lo suyo. Repasa mentalmente el contenido de su bolso. Ayer por la noche, había guardado la pistola plateada y sin marcas con el silenciador ya instalado, para ser exactos, desde que aquella noche Cristóbal se lo dejara colocado, no lo había desmontado. Una vez desenvuelto el papel de regalo, y protegido por un paño, había metido también el alfange de cristal de roca, hermosamente facetado por el joyero, y al que probó con unos vestidos de su armario, total ya no le iban a servir. Cortaba mejor que muchas navajas. Un leve estremecimiento la recorrió recordando la historia que el matrimonio de joyeros le habían contado. También reposa allí dentro, desde anoche, la cartilla con buena parte del dinero que ha logrado transferir de la otra cuenta, la que compartía con Madelaine sin necesidad anularla. El empleado del banco no puso muchas pegas. (El pronunciado escote —acentuado porque el botón donde concluía no había sido abrochado— del vaporoso y casi translúcido traje veraniego con el que se vistió aquella mañana, junto a la ausencia del sujetador y a las convenientes inclinaciones de torso hacia delante, de tal modo que el pecho quedara en la vertical de los ojos del joven, ayudaron lo suyo. Además, por supuesto, de una voz dolorida y una historia desgarradora de desavenencias familiares: una madrastra injusta con una huérfana de padre, a la que no le quiere dar lo que en justicia es suyo, “Por si todo fuera poco, mira.”, concluyó aquella representación, todavía más inclinada ante el sudoroso rostro del muchacho, ya que se había levantado y se puso a su lado para enseñarle el DNI, consciente de que sus pechos bailaban en los ojos de él, “Desde la semana pasada soy mayor de edad”. Por tanto, todo lo que pedía además de ser justo era legal). También descansa en el bolso, aunque ha sido lo último en entrar, el cuaderno de pastas de hule negro que hacía apenas un año comprara en aquella librería del centro de Euritmia. Completan su escueto equipaje un monedero y una buena cantidad de billetes, la cantidad escondida en su caja de caudales, desde que decidiera guardar todo el dinero que le pagaba Madelaine. Y, por fin, por allí ruedan las llaves de su casa, que siempre ha guardado, por una especie de superstición, como si fueran el hilo que aún le unía a su familia. Nada más. Ni siquiera un paquete de pañuelos de papel, que en ese momento le es tan necesario. Ha decidido volver a utilizar sus naturales dotes de interpretación. Abre el bolso en el que se apilan todas las cosas que ha enumerado en silencio. Mete, casi la cabeza. Hace como que busca, de hecho desde fuera se nota cómo su mano inquieta revuelve, con sumo cuidado, el interior. Tras unos instantes lo ha vuelto a cerrar. Suspira con fastidio. Mira, como sin querer, hacia aquella señora, asegurándose que ella la ve. Con disimulo, pero no tan grande como para que aquella mujer oronda no se dé cuenta, se pasa el dorso de la mano por la nariz. Inmediatamente la mujer, como si fuera una respuesta convenida, abre su bolso y extrae un paquete, casi entero, de pañuelos. Se lo acerca presurosa. Mila lo agradece. Saca uno y le devuelve el resto con una sonrisa triste. La otra ha denegado con dulzura, al parecer tiene otros dos paquetes empezados y otro por abrir, le ha explicado que aquella sobreabundancia de pañuelos se debe a que los nietos, tiene cuatro, son muy traviesos y en cualquier momento se caen, o lloran porque se pegan entre ellos. En fin que los utilizaba mucho. Ha vuelto a agradecérselo en silencio. Y entrecierra los ojos, cansada, con sueño. La inquisitiva abuela (que, como se ve, en las horas transcurridas se ha tranquilizado y ha recuperado sus dotes de observadora) entiende el mensaje. “Sí, hija, procura descansar. Si te hace falta cualquier cosa pídemelo. Y si lo tengo, te lo daré”.
Espera, razonablemente, que nadie entre en la habitación al menos hasta las ocho u ocho y media de la tarde. Todas la han visto salir por la mañana, así que no tienen nada que hacer allí. Además había un pacto tácito entre ellas, por el que la habitación de cada una es su santuario, y allí salvo caso de fuerza mayor: enfermedad, o algo así, nadie entra. Si se hace, lógicamente es con el consentimiento de la ocupante. Así que a esa hora, más o menos, cuando fueran a llamarla, porque se retrasaba en bajar y la furgoneta no podía esperar más, entonces descubrirían la carta de despedida que les había dejado a sus compañeras. Se la sabe de memoria. A esas horas de la tarde Madelaine no está nunca por allí, ella baja al club mucho antes, y se la jugó. Total, a las ocho y media de la tarde todo estaría hecho. El problema era que se olieran lo peor, y les diera tiempo a huir a Ricky y a ella misma. Aunque el exceso de confianza era mal consejero para aquellas cuestiones, y ellos estaban muy confiados.
La carta es breve:
“Queridas chicas, con estas líneas me despido de vosotras, para siempre.
No lloréis por mi ausencia, no merece la pena.
Espero que a la hora a la que la leáis, por fin todo haya acabado, al menos para mí. No os contaré los pormenores. Os enteraréis muy pronto.
Todo lo que voy a hacer, no lo puedo evitar, creedme.
Sólo os pido una cosa. Destruid esta carta, y no le digáis nada de su existencia a Madelaine, por favor. Cuando os pregunte por mí, decidle simplemente que no estaba en casa, que os llamé a eso de las siete y os he dicho que he perdido el tren de vuelta. Que si encuentro otra forma de ir, llegaré esta misma noche.
Por favor, chicas, hacedme este último favor.
Os quiero a todas, y he pasado muy buenos ratos con vosotras.
Hasta siempre,
Mila, la Venus”.
Se ha cuidado mucho de contarles o decirles algo, aunque fuera una sola insinuación, acerca de los problemas que espera tenga el club. O más claro aún, con un poco de suerte al día siguiente, o dos días después del club estará cerrado. Sólo tiene un miedo. Teme que los tentáculos de Ricky, tan alargados, lleguen hasta Euritmia, y que el policía encargado del asunto, una vez leído el diario, lo haga desaparecer. De todos modos, espera que no sea así.
Se dedica a imaginar, por entretenerse más que nada, cómo será el descubrimiento de todo el asunto. Se le ocurren varias posibilidades, todas ellas partiendo de una base: toda la familia habrá muerto, claro.
En ningún momento se plantea el fracaso de su plan. No piensa, por ejemplo, que hayan cambiado la cerradura de la puerta. No se le ocurre que alguno de sus hermanos, o los dos, no estén a esa hora en casa, y estén en la piscina. No piensa en que alguno —quizá su madre— no esté dormida y la descubra al abrir la puerta por muy despacio que lo haga. No piensa, es otro ejemplo, en que, al contrario, su padre o su abuelo no acudan a su partida diaria, por la causa que fuera, como una enfermedad, o estar muy cansados y querer dormir más. No piensa que se le pueda encasquillar la pistola, o más simplemente, que pueda errar alguno de los dos o tres disparos. No discurre que sus hermanos puedan defenderse de su ataque, sobre todo Marc, pues, como comprobara hacía poco, era un joven fuerte y musculoso. Ni siquiera se detiene en la hipótesis de que el alfange de cristal de roca no sea tan resistente como parecía... En fin, mil variantes que a cualquiera se le pueden ocurrir, y que le llevarán a desistir del plan elaborado, que en el fondo es bastante endeble. Ella tiene fijada en su mente una idea que es inamovible. Su padre y su abuelo se levantan de la siesta entre las cuatro y las cuatro y cuarto y se van a jugar la partida, y además, bajan las escaleras y cruzan el saloncito a oscuras, para que ningún ruido despierte a los demás. A continuación, en cuanto oye que la puerta se cierra, su madre se levanta. Y luego, en un lapso de tiempo más prolongado, sus hermanos. Aquella secuencia se ha fijado en su mente, y es la única posibilidad que existe. Así que, volviendo al modo en que encontrarían los cadáveres, lo primero que se le ha ocurrido es que alguno de sus hermanos, haya quedado con algún amigo y al no presentarse a la cita, éste decidiera ir a la casa. Al no contestarle nadie, quizá comenzara a sospechar algo. Buscarían a más amigos. Todos confirmarían que no tenían pensado irse a ningún lugar en los próximos días. Pasarían las horas y nada cambiaría en la casa. No se alzarían las persianas. Nadie saldría. El abuelo no regaría el jardín a la puesta del sol. Quizá, llegada la noche llamaran a la policía. Otra posibilidad que se ha imaginado es que alguno de los amigos del abuelo, ante la ausencia de éste en la partida cotidiana, se interesara por su salud, y a última hora de la tarde, se acercara por allí. Otra posibilidad, y ésta le preocupaba más, pues permitía que Ricky y Madelaine se asustaran y pudieran huir, ha sido que permanecieran todo el fin de semana encerrados, y, salvo el mal olor por la descomposición que alguien notara al pasar por la calle, hasta el lunes en que su padre no iría a la oficina, nadie los echaría de menos.

Entonces ha quedado extasiada, y dormida. Profundamente dormida como hacía semanas que no lo lograba. El resto del viaje se lo pasa soñando con frescas cascadas que caen felices en una de las cimas de la sierra, y ella y Enrique disfrutan sintiendo desnudos su helor estimulante en una jornada tan calurosa como aquella. También sueña con jardines infinitos y dorados, donde siente los labios de Joaquín en los suyos, y el sabor era dulce, parecido al de las natillas que le hacía su abuela, cuando era niña y era todavía feliz… Y sueña con soles que brincan felices. Y sueña con las muñecas infantiles que tanta compañía le hicieran, cuando todavía el mundo era poco más que unas calles y la tierra de un jardín y el amor era una sonrisa de madre…
Vuelve a despertar sobresaltada. Como si aquellos sueños felices, se trocaran, de pronto en feos sueños negros. Y así es. De hecho, durante unos minutos ha pensado en la posibilidad de alterar el plan en alguno de los aspectos ya trazados. Dirige la memoria al rostro de su abuelo y piensa que él no tendría que ser el primero, que debería reservarle buena parte del dolor que piensa sembrar en aquella casa. Queda suspensa ante tal posibilidad, pero ha de desecharla, por estrategia, por fatiga mental, acaso. No le queda más remedio que no hacerle sufrir mucho, aunque se lo mereciera, pero supone que tendrá que actuar con celeridad y contundencia. Definitivamente hará lo que está pensado: el dolor rápido pero aniquilador y lleno de angustia para Marc, muy a su pesar; el sufrimiento, la saña, el odio, para su madre. Al fin y al cabo la consecuencia de todo lo que ocurría era ella. Para los otros tres, muertes de trámite. “Lo más probable es que ni se enteren”, piensa.
Nuevamente, tranquilizada, vuelve a caer dormida.

Continuará

4 comentarios:

emejota dijo...

Esta pobrecita niña ya apuntaba maneras y seguramente genética, porque ¿de dónde procederá tanta necesidad de una venganza tan cruel?Espero que todo haya ido estupendamente, he estado allí con mi imaginación. Un fuerte abrazo extendido.

Flamenco Rojo dijo...

Pues sí, nos acercamos sin remedio al final del trayecto...Esto no hay quien lo pare. La novela está escrita, que le vamos a hacer...

Abrazos.

Ángeles Hernández dijo...

La venganza es un plato frío, casi siempre premeditado con detalle. Esto es un claro ejemplo que llega al extremo de anticipar y planear incluso el sufrímiento de aquellos que " presuntamente" la hicieron sufrir.

Gran cambio de una chica con buenos principios, en solo un año. Mucho veneno ha bebido.

Esperamos, ya queda poco.

Un abrazo. A.

Leonel Licea dijo...

Leer los detalles, tan minuciosos, de lo que ya sucedió me hacen entrar en la mente de esa chica y me pregunto si no había otra salida, pero como dice Flamenco, la novela está escrita y como nos dijiste al inicio, era dura.
Un abrazo fuerte, Amando.
Leo