Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

martes, 11 de enero de 2011

Fin de trayecto. Cuarta parte. Capítulo 43

Jueves, dos de marzo de 1989.
Seis de la tarde.

¡Quiero morirme!

¡Quiero que me maten! ¿Para qué vale que respire? ¿Qué sentido tiene que el corazón continúe latiendo?
Si tuviera valor me iría ahora mismo hasta la ventana y me arrojaría al vacío. Total estamos en un quinto piso, así que no hay problema de malas caídas, u hospitalizaciones largas. Sería un golpe definitivo. Pero tengo miedo. Es como si algo me atara a esta vida. Pero no sé lo que sea ello. ¿El odio? ¿El miedo ancestral al dolor y a lo desconocido? El caso que, de momento no hay peligro. No soy capaz de tirarme.
Cuando esta mañana, iba a continuar escribiendo he escuchado unas pisadas en el pasillo. He supuesto que me traían la comida. Por eso dejé de escribir tan abruptamente. Ahora se supone que es tiempo tranquilo, y espero que lo suficientemente amplio como para acabar con todo lo que tengo que escribir.

Madelaine estará echándose la siesta y las demás chicas medio dormidas en el salón tragándose el culebrón de la tele, o lo que les den. Se trata de pasar minutos y minutos y minutos. No debo ser cruel con ellas. Al fin y al cabo ellas, cada una, tienen su vida, su historia, su motor, su amor, su ilusión, su problema, su dolor, su muerte… Todas lo tienen claro. Todas saben qué hacen. Y cada una tiene un motivo: un hijo, un hermano, unos padres, un novio drogadicto, una mala racha económica, incluso estar un poco enganchadas a la droga, una droga que les sale barata en lo económico, encima es de calidad contrastada y les evita tener que andar por las calles buscando cualquier porquería de las que circulan. Por todo eso, y quizá por más cosas, hacen lo que hacen.

Sin embargo, yo estoy aquí sólo para ocultarme. Quizá sea demasiado poco, quizá no sea un motor lo suficientemente fuerte como para aguantar esta vida. O demasiado arriesgado.

A lo que iba, antes de la interrupción.

Aquella noche, tras la violación, entre Ricky y Madelaine decidieron que era bastante. Fui traída a casa nada más que Ricky me dejó.
Madelaine se encargó de recordarme un par cosas, más que nada por si no hubieran quedado claras del todo.
—A partir de ahora estarás siempre vigilada. En casa siempre habrá alguien, incluso de madrugada, por si se te ocurre llamar por teléfono. En una buena temporada no vas a salir a la calle. Aquí te puedes imaginar que cada polvo, y lo que digas te será controlado. En unos días, no vendrás a trabajar. Necesitas descanso. Justo el tiempo necesario para que en tu habitación Ricky instale lo que tenga que instalar.
Todo me lo imaginé mientras Ricky decía cosas, pero escucharlo de labios de Madelaine y todo junto, parecía que había entrado en contacto con una red de mafiosos. Era una perspectiva nada alentadora.
Cambió de tono. Puso sobre mi hombro la mano derecha. No fui capaz de rechazarla, a pesar de que me repugnaba.
—Por lo que te conviene, Mila, no intentes nada. Y menos que nada no te intentes poner en contacto con Enrique. Te lo ruego. Ése podría ser el peor de todos tus errores. Ten presente lo que te digo. Me caes demasiado bien, no lo puedo remediar. A mi edad, poder disfrutar de una chica como tú es un lujo del que no quiero prescindir. Por eso y porque creo que Ricky está pasando una época un poco paranoica intentaré convencerlo de que no le haga nada. —Suspiró. Creo que estaba muy poco convencida de lo que decía. Me temí lo peor, pero seguí escuchando sin arrojar la toalla—. Ya intuyes que tiene cientos de medios para que cualquier cosa parezca un accidente. Además hay mucha gente que le debe favores, tanta que no te lo puedes ni imaginar. Por muy bien situado que esté tu Enrique, seguro que Ricky conoce a alguien por encima. Y no sólo que esté por encima, sino que además le debe algo, ya me entiendes, una chica, una papelina, un arma… En fin esas cosillas que de vez en cuando nos hacen falta a todos.
Ya no era un escalofrío lo que recorría mi columna, era un pánico tal que me hacía temblar toda entera. Asentí, pues no podía articular palabra. Estaba claro había entrado a formar parte de una especie de red mafiosa o algo por el estilo.
Cuando me vieron salir, el resto de las chicas se quedaron asustadas. Por lo que luego me dijo Sole, todas pensaron que Ricky había cumplido su amenaza y me había puesto la mano encima. A pesar de que Madelaine se lo desmintió, ninguna se lo creyó hasta que a la mañana siguiente me vieron intacta en la casa. Se alegraron. Son buenas chicas, pero me hubiera encantado que se hubieran enterado de la verdad.
¿Cómo puedo escribir estas cosas? Claro que lo saben. Lo saben perfectamente, mucho antes que yo y mucho más que yo. No sólo lo saben, sino que lo sufren en su organismo. Lo único que hace falta es mirar a Reme o a Hellen para darse cuenta de que ya están al borde de algo grave. No es que estén como el grupo que conocí en septiembre, eso no, pero anímicamente están muy cerca. Sin cocaína son incapaces de funcionar, diría más, seguro que son incapaces de ser personas. A estas alturas, seguro que alguna es cómplice de Ricky y Madelaine y no me quita ojo. Probablemente, Reme, que últimamente me cuida mucho. A ninguna de ellas las puedo culpar. Al fin y al cabo, para ellas también soy un peligro potencial.
A lo que iba, que pierdo el hilo.

Entré medio atontada en un taxi. Como siempre el taxista no puso muy buena cara al ver las pinta que llevaba, pero una sustancial cantidad de dinero que multiplicaba por cinco o seis el importe real del trayecto le hizo acceder sin rechistar.
Cuando llegué a esta habitación, me eché en la cama. No dormí nada, me pasé toda la noche llorando en silencio. Una mezcla de dolor, de coraje, de rabia, de impotencia, de asco, pero, sobre todo, de miedo y angustia ocupaba todo mi espíritu. Tenía miedo por mí, pero más por Enrique.
Juro, que por quien más miedo tuve fue por él, por mí casi nada.

Aunque me asuste tirarme por la ventana, que me puedan matar, no me asusta lo más mínimo. Es más esa posibilidad en muchas ocasiones me libera. Es como si lo deseara en muchas ocasiones.
Supongo que esas lágrimas me hicieron bien. Al despuntar el alba, logré conciliar un breve sueño superficial. Cuando desperté, a la mañana siguiente, era capaz de ver ciertos tonos agrisados en las cosas. Ya no todo era negro.
Me dije, “Mila, tienes que pensar fríamente. Nunca te has quedado de brazos cruzados ante las adversidades. Tienes que intentar las cosas”.
Lo primero que busqué fue la tarjeta de Enrique. Efectivamente estaba todavía en el bolsillo del anorak. La he escondido en tus entrañas, querido diario, que al fin y el acabo es como si fueran mis entrañas. Es como si hubiera escondido la identidad de Enrique en mis entrañas.
La primera conclusión de todas es que debía de volver a Jazmín cuanto antes, para evitar sorpresas, no se le fuera ocurrir a Enrique aparecer de improviso, como el día que fue para decirme que nos íbamos a Granada. Así que le dije a Madelaine que contara conmigo. Que hablara con Ricky y que instalaran los micros que quisieran aquella mañana, que yo por la noche me largaba hasta allí.

Madelaine me miró con largueza. Creo que intuyó lo que pensaba, pero accedió. Nunca me lo dirá, pero, en el fondo, está de mi parte.
Una vez tomada esa decisión, debía de pensar con calma, cómo hacerle llegar un mensaje a Enrique, con toda rapidez. Tendría para ello las mañanas y las tardes. Pero sabía a ciencia cierta que estaría lo suficientemente vigilada como para que no me pudiera acercar al teléfono. También tenía que pensar muy bien en el contenido del mensaje.
Rompí docenas de papeles. Tenía que ser clara, pero al mismo tiempo no tenía que notar riesgos para él, y menos para mí. Conociéndole como lo iba conociendo, si sospechaba algo, haría alguna locura. Pensé decirle que estaba enferma y que no podría acudir a nuestra cita del jueves. Era una solución de emergencia. El problema es que el viernes, el sábado lo más tarde, acudiría por Jazmín para ver cómo estaba. Tendría que darle la impresión de que se trataba de algo no grave, pero que me impidiera salir de casa en un par de semanas.
Después de estar pensando un buen rato se me ocurrió una buena idea.
Un esguince de tobillo. No era mala solución. Yo no lo podía ver y él no intentaría ir al club. Pospondría la cita para dos jueves más tarde. Y en ese tiempo tendría que pensar algo, algo que le alejara definitivamente de mí.
La única solución era que yo pareciera la causante de la separación, además la única causante. Algo relacionado con nuestra propia situación como pareja. Nada que le hiciera ver que otros elementos externos a nosotros influían en nuestra vida. Por ejemplo el miedo que me producía enfrentarme a una vida normal, después del tipo de vida que llevaba. Me asustaba la diferencia de edad. Me había dado cuenta de que necesitaba del dinero, para mi independencia y sin trabajo nunca la tendría. En fin, cosas de ese tipo.
Pensé que le escribiría una carta de despedida. Una carta en la que le relataría que los días postrada en la cama me había hecho reflexionar tranquilamente sobre nuestra situación. Le diría que no tenía sentido. Que lo nuestro era mera pasión que desaparecería en cualquier momento. Que la edad era una barrera desmesurada. Además, cómo podría fiarse de mí teniendo en cuenta las circunstancias en que me había conocido. Le hablaría de que estábamos confundiendo lamentablemente el amor con la simpatía, el cariño, con cierta camaradería, en definitiva, que ambos, quizá, carecíamos de la mínima dosis de afectividad que necesita cualquier persona, por eso cualquier acercamiento de un ser humano a los bordes de nuestro corazón lo acogíamos con el mayor de los alborozos.
Pensé que no era mal plan. Mejor dicho, pensé que era el mejor plan posible. Al menos el que más le alejaba de la realidad terca y siniestra. El que le mantendría con vida. El que le impediría meter las narices en esta pocilga. Aunque lo alejara para siempre de mí.
Tenía el riesgo, por supuesto, de que Enrique no se conformara con lo que yo le dijera, de que intentara convencerme con sólidos argumentos de los errores que había cometido al razonar de ese modo. Pero no se me ocurría ningún otro plan que no lo hiciera sospechar que ocurría algo más. Desde luego en ningún caso hablar de Ricky, o de coca, casi ni de Madelaine.
Madelaine podría ser la vía de escape. Podría hablar con ella, y que ella me dejara hablar el martes o el miércoles por teléfono con Enrique, para contarle lo del esguince. Ella siempre delante, por supuesto, para que viera que no había ni trampa ni cartón. Y que luego, cuando la tuviera escrita, leyera la carta. Era plegarse demasiado a ellos, pero si quería salvar el pellejo de Enrique, si quería que las consecuencias de todo aquello, solo se quedaran en un sueño de algo que quizá hubiera podido ser y no fue, tendría que humillarme un poco más. Total, eso es costumbre de la casa.
Oigo pasos por el pasillo. Quizá alguna chica venga a hacerme compañía, en lo que resta de tarde antes de irse para Jazmín.
¿Será la espía que me han colocado, para no dejarme demasiado tiempo sola en la habitación?
Creo que me estoy volviendo paranoica.

Continuará...

6 comentarios:

Leonel dijo...

No es difícil volverse paranoico viviendo en esas condiciones, seguramente el miedo es más fuerte que cualquier otro sentimiento. Ahora más que nunca quisiera que tu novela fuese un libro para poder seguir leyendo.
Un abrazo, Amando.
Leo

Flamenco Rojo dijo...

Capítulo duro sin duda...Por un momento he pensado en el final del trayecto.

Un abrazo.

Isolda dijo...

Flamenco, ¿sólo por un momento?
Este es el trayecto real en muchos de los casos. Sufriendo por ella, nos tienes, escribidor. ¡Qué mundo éste y al alcance de la mano!
Catherine, como sé que lo leerás, me ha encantado eso del atenuante de los vientos cálidos del sur que te llegarían, en su caso. Pero no hay ni que pensarlo. Besos de esos, para los tres, Catherine, Flamenco y cómo no para tí, Amando.

Ángeles Hernández dijo...

Isolda, aunque no me los mandes porque he llegado después que tú, recojo tus besos y paso a comentar este capítulo:

continuación del anterior y en mi opinión algo-poquito- más calmado.

Mila, con la lucidez que le viene caracterizando, empieza a utilizar su inteligencia, no para salvarse ella, que ahora cree -- CREE -- que no le interesa, sino para preservar intacto en cuerpo y alma a Enrique.
Este acto de generosidad tan grande, es lo que puede ayudarla a soportar la dureza de su encierro.

Espero que Madeleine en su debilidad por la bella, sea un poco tolerante, Mila así lo cree y quizás esté en lo cierto.

Me encanta como analiza a sus compañeras, que no van a ayudarla, pero a las que comprende porque sabe que cada una está para salvarse a sí misma.

Y yo... como siempre voy de optimista. Esta lucidez, esta capacidad de análisis, esta frialdad para tomar decisiones sabias y generosas, a pesar de la paranoia ( que yo creo que es seguridad de que es vigilada permanentemente como le han dicho), no pueden caer en saco roto. Nuestro autor sabrá poner a Mila en situaciones límite pero no irresolubles. Creo.

Un abrazo a todos, de momento Isolda,Flamenco, Lionel y a los que vengan después.

A Amando por supuesto, mientras esperamos la próxima Á.

Marina Fligueira dijo...

Hola a todos: Ángeles,

Yo también acabo de llegar y recojo tu abrazo y los besos de Isolda, que además los necesito.

Y ahora a lo que vengo... Me asusta lo que le pasa por la cabeza a Mila. ¡Ay como la castiga la vida!
Parece que está al límite de la desesperación...
El pensar en tirarse por la ventana, aunque no lo hará porque con todo lo dice... que quiere que la maten, tiene miedo.
Ella con su sagacidad y agudeza, encontrá el "arma" que necesita para salvar a Enrique y ojalá que ella también.
Un abrazo para todos vosotros incluído nuestro Escribidor que nos trae en hilo.
Ser muy felices.

catherine dijo...

Despues de vuestros comentarios, en especial el de Ángeles, solo decir que Mila piensa sobre todo en salvar a Enrique.
Los besos regresan de los Alpes al sur de España por varios caminos en el centro y los bordes. Los necesitamos tanto como el "ser felices" de Marina.