Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

jueves, 6 de enero de 2011

Fin de trayecto. Cuarta parte. Capítulo 42

Jueves, dos de marzo de 1989.
Mediodía.

¿Ganar yo en alguna ocasión? ¿Percibir que en esta vida hay algo más que el dolor y el sinsentido?

Efectivamente, tal y como dejé escrito hace algunas semanas, tal y como mi intuición me gritaba, era demasiada suerte. No me podía durar tanto.
Llevo llorando una semana y la cosa va para largo..., para muy largo. Si es que alguna vez, soy capaz de dejarlo. No es que ahora me ponga melodramática. No creo que se pueda estar peor.

En la soledad de mi habitación, donde me tienen encerrada, resbalan tediosas las horas, y, estampida sin control, las lágrimas que arrasan mi alma. Una lentitud exasperante y oscura, trágica y luctuosa todo lo envuelve. Miro por la ventana y solo veo las nubes que pasan veloces y grises, ariscas y frías. Dice el calendario que es marzo, pero, mi corazón no entiende de esa cronología, para él es noviembre, y el invierno ha de empezar.

El mismo viernes diecisiete por la noche, o sea, nada más dejar a Enrique, apareció Ricky por Jazmín. Se dirigió a mí, sin duda ninguna, y lo que fue peor, sin ninguna parada intermedia ante ninguna de las chicas. En aquel momento, por lo temprano de la hora, había pocos clientes. Todo estaba tranquilo, tan tranquilo que empleaba el tiempo en saborear con fruición los últimos recuerdos de la tarde con Enrique. Había sustituido la cocaína por los recuerdos. Creo que ganaba con el cambio.
Una inmediata señal de alarma se puso en marcha en mi cerebro. Algo pasaba. Algo nuevo. Algo peligroso para mí. Algo que cambiaría mi situación en Jazmín. No sé por qué, pero tuve la intuición desde el primer momento que de algún modo estaba relacionado con Enrique.
Para mi desgracia no fallé.
Según llegó a mi altura, me cogió brutalmente del brazo derecho y me lo retorció hasta llevarlo a mi espalda. Era una agresión en toda regla. Grité. Aullé de dolor. Por un momento sentí que había sacado el brazo del hombro. ¡Qué dolor tan intenso!
Todas las chicas se volvieron, incluso algún cliente se acercó, caballerosa y temerariamente, para prestarme ayuda. Ricky sacó una pistola y tranquilamente, con morosidad, con frialdad, con dominio de la escena, con profesionalidad, en resumen, se dirigió a todos.
—Soy policía, no se preocupen. La situación está controlada.
Palabras mágicas pronunciadas por el mago de Oz. Un policía que detiene a una puta. Normal.
Le escupí en la cara.
—¿De qué me acusas? ¿De ejercer la prostitución siendo menor sin el consentimiento paterno?
—No te hagas la lista. Tú, Madelaine y yo, los tres, vamos a charlar arriba tranquila y civilizadamente. ¿Entendido...? Buena chica. Escucha detenidamente, porque solo lo diré una vez. Ahora te voy a soltar el brazo, si intentas algo, lo que sea, te doy un par de hostias y en paz, ¿vale gatita? —Se volvió a Reme—. Tú, Reme, busca a Madelaine, tienes tres segundos o las hostias son para ti… Pues no estoy calentito ni ná. ¡Pero mueve ese culo que ya han pasado dos segundos!
Estaba farruco. No obstante, me abstuve de cualquier comentario. Los puños de Ricky, como había comprobado en más de una ocasión (en otro tipo de situación, claro. Nunca me ha puesto la mano encima. Ni aquella noche, a pesar de lo violento que estaba), no eran precisamente guantes de seda, sino más bien poderosos hierros.
Madelaine, sofocada, apareció ante nosotros. Ricky se la encaró con determinación.
—Esta monada nos la está jugando. Vamos arriba. Rápido.
Madelaine me miró como si entendiera. Como si de pronto, toda yo fuese transparente y quedaran a la vista de todos mis últimos pensamientos, mis últimos sentimientos. Ya le encajaban todas las piezas del rompecabezas que había estado observando en los últimos meses. Nada se le queda oculto. Me sentí desnuda, de nuevo. Inconscientemente, crucé mis manos sobre mis pechos, aunque estaban cubiertos por un sujetador color champán.
—Ya decía yo que esta mona estaba muy tranquila últimamente.
Cuando llegamos a la habitación número uno, Ricky, de un brutal empujón, me arrojó a la cama de Madelaine. Por los ojos echaba rabia, como si fueran surtidores de ira. Me señalaba con el índice acusador y amenazante.
—Esta putita tuya se entiende fuera de aquí con un tipo que hasta hace poco era cliente…
—¡Con Enrique!
Le faltó tiempo a Madelaine para exclamarlo. Sin embargo, su precipitación sirvió para que Ricky dejase de apuntarme. Se giró en redondo hacia ella. Pude respirar aliviada durante unos segundos.
—¿Lo sabías y no haces nada? ¿Qué significa esto? ¿Qué pasa que todo el mundo me la quiere jugar y soy el último mono en enterarme? ¿Pero os creís que soy gilipollas, o qué...?
Madelaine, que lo conoce muy bien, no se dejó impresionar por el ataque de ira. Antes bien, empleó un todo de voz tranquilizador y reflexivo.
—Debí haberme dado cuenta antes. He sido una ingenua. No, Ricky, no pienses nada extraño. No te oculto nada. Lo único que esta niña me había dejado pistas que no vi. Si es que ha sobido el seso. ¿No ves el pedazo de cuerpo que tiene? Si es que me la comería. Y mira que ir a pegármela con el Enrique. Pero si no tiene agallas, ni cojones, ni lo sabe hacer. Si es un baboso.
Permanecí callada, pues no sabía de que iba aquello. Algo raro me empezaba a oler, pero no era capaz de concretarlo. Dirigí mi mirada a Madelaine y la odié. Por precaución no le conté que el Enrique de Jazmín, era un tipo distinto del caballero que funcionaba por ahí fuera. Me quedé en silencio, a pesar de que tenía unas ganas locas de aclarar unos conceptos con ellos. Pero dejé que la cosa continuara. Era necesario saber, no fuera a complicar las cosas más de lo que aparentemente estaban.
—Verás, en enero pensábamos que ya la teníamos. Así que pasé de acostarme con ella todas las veces. Pero unas semanas después, a finales de enero, una de las veces que me apetecía, le volví a ofrecer la coca. Se negó a tomarla. Pensé que había gato encerrado. Así que aquel jueves la seguí discretamente. Era el día nueve de febrero. Bingo. A la hora de comer apareció el tal Enrique. Yo le conocía de vista, claro, de verlo por aquí. Ya sabes que nadie se me despinta, pues menudo soy yo. Al principio pensé que ésta aprovechaba el día libre para aumentar la cuenta corriente, sin que tú lo supieras. Eso no está bien, pero se le podía pasar. Es una chica joven con iniciativa, que aprovecha el tiempo libre. Pero no. Se fueron a comer. Se pasearon. Vamos, dos tortolitos. Luego, cuando el tal Enrique, que por cierto tiene un buen curro, salió de su trabajo a un hostal discreto y allí pasaron la noche.
Por un instante tomó aire. Me miraba ceñudo, pero la rabia inicial había desaparecido. Ahora más bien aparecía algo similar a la preocupación. Continuó.
—También pensé, al principio, que a lo mejor era un capricho de ejecutivo, por lo que no se limitaba a un polvo rápido, sino que quería más compañía. Ya se sabe, los cuarenta, cierta falta de cariño, todas esas gilipolleces que se dicen. Bueno, el caso es que tenía la mosca en la oreja. Volví por aquí aquella semana. Me volví a acostar con ella. Le volví a ofrecer la droga. La volvió a rechazar.
Se me quedó mirando escrutador, cierta sonrisa de maldad apareció en sus labios. Me estaba diciendo, “Mocosa, a Ricky no se la puedes dar”.
Seré imbécil. Tendría que haberla aceptado. A la semana siguiente lo hice, pero fue tarde. Ricky prosiguió con su relato. Todo era cierto, pero dónde estaba el problema. Le intenté cortar, pero no me dejó.
—Al jueves siguiente se largaron, ¿sabes dónde?
Madelaine se encogía de hombros. Estaba triste, aunque expectante, atenta a lo que contaba Ricky.
—A Granada. Pasaron un día en Granada. El viernes otra vez aquí. Definitivamente era algo más que un encoñamiento de un ejecutivo con cuarenta años. Por tanto, se me encendieron las luces de alarma. Aquel día volví a venir. Aquel día sí aceptó la coca. La muy puta debió de olerse algo, o intuyó que debía actuar con normalidad. ¡Cuánto odio la puta intuición femenina! Pero es demasiado joven e inexperta para dármela. ¿Sabes lo que pretendió...?
Dejó suspendida en el denso aire la pregunta, como una amenaza Y en ese momento empezó a reírse con el estruendo de ballena que lo caracteriza. Como si de pronto le hubiera dado un ataque de risa.
—Pretendió hacerme creer que se había tomado toda la coca, cuando la mitad la había arrojado por el otro agujerito de la nariz.
Madelaine, muy a su pesar, sonrió. Sentí cierta tierna caricia lejana de sus ojos.
—Pero antes de que ésta me pueda engañar, tiene que nacer otras quince veces, por lo menos. Así que lo tuve claro. Estaban preparando algo, ella y su príncipe azul. Les dejé el jueves pasado. Cambiaron de hotel, de restaurante… Son listos. Bueno, Venus, dinos ahora, qué tramáis tú y el pichafloja de Enrique.
Ya no pude sujetarme más. Me levanté decidida y me encaré con él, a pesar de que me saca nada menos que una cabeza.
—No lo insultes, cabrón. Él no se ha metido contigo. No pretendemos nada. Deja de pensar como un poli, joder. Nos queremos, creo, y estamos a gusto juntos. Aprovechamos mis días libres para estar juntos. Sólo eso. ¿Qué hay de malo en un día a la semana estemos juntos? ¿O es que infringimos alguna ley? Madelaine, seguro que tú me entiendes, díselo. Nos queremos, y eso no es pecado, ni es ilegal.
Me volvió a empujar, esta vez suavemente, y volví a caer en la cama. No estaba tan desesperada como aparentaba. En el fondo estaba pensando que podía ser mi oportunidad de acabar con aquella basura y largarme a vivir con Enrique. Pero no contestó Madelaine.
—Conmovedor. ¡Qué historia tan romántica! Parece una novela. Y además a tu Enrique le parece bien que trabajes como puta en un burdel, ¿o es que quiere chulearte?
Estuve por contestarle que el único que chuleaba era él, pero me contuve. Intenté volver a llevarle por otro camino, el del amor.
—Sinceramente de pelas no hablamos. De hecho él paga todo. Además, eso son cosas nuestras.
—¿No le habrás contado nada de la coca, claro?

Continuará...

7 comentarios:

Flamenco Rojo dijo...

Paso atrás para Mila...

Me quedo con ganas de seguir leyendo...pero no queda otra que esperar a la próxima entrega.

Un abrazo.

emejota dijo...

Aypordio, es lo que tiene ser una impaciente y tan inexperta. Un fuerte abrazo.

Ana J. dijo...

Qué bueno este capítulo! Qué ritmo, qué buena caracterización de los personajes y los diálogos!
Me encanta.

catherine dijo...

Nos enseñas muy bien que hay dos mundos diferentes, paraleles,que no tienen nada en común. En el ambiente de la prostitución nada de libertad, nada de amor. Lo sólo que se imagina Ricky es que Enrique quiere ser el chulo de Venus cuando se enamoró de Mila dejandole libre de elegir en cada momento.

Isolda dijo...

No digo yo, que todos los besos se los tengo que guardar para Mila...
Y lo que nos queda, me temo!
Es una gran novela, Amando, ya ves todos en ascuas alrededor de estos personajes tan bien construidos.
Besos, a repartir entre el escribidor y el personaje.

Leonel dijo...

No me canso de leer esta novela, no faltan los golpes de escena, y cuando todo parece que va por el camino que llevaría tranquilidad a Mila, entonces llega el destino a poner sus trampas, como la leo hoy, quiere decir que pasará menos tiempo para el próximo capítulo.
Un abrazo.
Leo

Ángeles Hernández dijo...

FANTÁSTICO. Lo he leído sin respirar
y por suerte tengo ya en su sitio el capítulo siguiente.,

REFLEXIÓN:
¿Es posible que los traficantes de cocaina sean tan perversos? "en enero pensábamos que ya la teníamos".
O sea que lo único importante es crear adictas que con el tiempo lleguen a convertirse en esclavas.
Eso sí que es duro, tanto que ni siquiera Mila lo había previsto.

Seguimos. Un abrazo Á.