Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

martes, 4 de enero de 2011

Fin de trayecto. Cuarta parte. Capítulo 41

Viernes, diecisiete de febrero de 1989.
Madrugada.

Feliz noche esta de febrero. Parece que la Primavera ha abierto sus puertas con anticipación. La naturaleza se estremece, sorprendida acaso, por lo inusitado de este clima en Madrid. Dicen que de vez en cuando sucede. Que, a veces, la Sierra para todos los fríos del Norte y esta ciudad se convierte en una sucursal de la Mancha o de Andalucía. Está hermosa la ciudad. Aunque algún agorero anuncia que de no llover pronto tendremos la nube de contaminación encima de nosotros en breves días, con lo que esta belleza se tornará opresión. No lo sé, tampoco me importa en exceso.

Como hice durante el verano, escribo mientras mi hombre duerme.
No tengo sueño ahora. Me siento plena por todos los lados, aunque también me siento llena de suciedad. Soy como una habitación que ha permanecido a oscuras por demasiado tiempo. Parece más o menos limpia, pero cuando se abre la ventana, aunque cueste, y, por fin, entra la luz del sol, uno comprueba alarmado, que la suciedad se ha señoreado de ella.

Aceptaré la propuesta de Enrique. Me pondré en sus manos y dejaré Jazmín. No sé si podrá ser de inmediato, porque esa es otra, o tendré que esperar más adelante, a cumplir los dieciocho para evitar algún movimiento de Madelaine y Ricky.
La verdad es que hasta ahora no he pensado que para dejar Jazmín, he de pasar por Madelaine y Ricky. O escaparme. Si me largo, tendrá que ser muy lejos, pues Ricky me encontraría rápido. Lo de dejarme ir lo veo muy difícil. En fin, no me quiero amargar en exceso.
Enrique ya sabe quién es Ricky. Lo conocía de vista, claro. Le repugnaba antes, y ahora no digamos. Al saber con más precisión mi situación ha dicho que la cosa no es tan grave. Total faltan unos cinco meses para mi cumpleaños, con lo que todo se solucionará. Aunque me ha dicho que haga lo que estime más oportuno. Según él, también tiene contactos en despachos de alto nivel. Pero, de todas maneras, no sé quién tendrá más fuerza. Me temo que Ricky en estas cuestiones está más preparado. Quizá, a medio o largo plazo Enrique pueda tener acceso a niveles más alto -aunque no lo sé-, sin embargo, es evidente que el movimiento de Ricky sería mucho más rápido y, probablemente, más eficaz.

Ahora no quiero pensar en ello. Solo quiero disfrutar del recuerdo con Enrique. La semana pasada se las ingenió para no ir a trabajar ni el jueves, ni el viernes, y salimos fuera de Madrid. Una escapada. Acabamos en Granada. Fue fantástico.
Espero que no se despierte en un rato, y poder escribirlo todo.

La cosa empezó el miércoles, cuando vi a Enrique en Jazmín. Quedé sorprendida y turbada. Pensé que todo había acabado. Sentí la vieja sensación de que otra vez el mundo se derrumbaba a mi alrededor, y yo sin enterarme. No me cuadraba verlo allí. Tanto es así, que sentí vergüenza de que me viera con mis “armas” de trabajo, como si no me hubiera visto nunca.
Me hizo una seña discreta. Fuimos al bar. Me di cuenta de que Madelaine nos miraba, pero no se extrañó, al fin y al cabo, Enrique era un cliente bastante asiduo, y no daba problemas. Incluso llevaba una temporada sin ir por allí. Habló muy rápido y mirando a todas partes. Me fijé en que no quería mirarme directamente, por lo que me avergoncé más aún.
—He venido para decirte que mañana quedamos desde por la mañana temprano, donde me digas. Nos vamos de viaje hasta el viernes por la tarde. No te preocupes, el viernes estarás aquí a la hora que me digas.
—¿Dónde vamos?—Pregunté con alegría de colegial que no disimulé.
—Es una sorpresa.
Sus ojos me miraron, como si estuviera cometiendo una travesura. Me puse de pie a su lado y le agarré del cuello. Le metí mano, más que nada para que no sospecharan. Se dejó hacer. Le susurré en el oído.
—¿No me irá a secuestrar mi rey, verdad?
Se rió de buena gana. Todo era normal a ojos fuera. Sin embargo, y aunque el decorado no reuniera las mejoras condiciones, era el diálogo de dos enamorados. Me lancé. Tras el alivio que sentí al saber el motivo de su visita, parecía que volaba de felicidad. No me importaba.
—¿Por qué no subimos? Mañana te devuelvo mi parte.
—No seas tonta. No es el dinero. Ahí arriba no se me empinaría.
—Eso no lo permitiría mi pericia—. Le insinué con procacidad.
—Mira, Mila, ¿no ves que no tiene sentido?
Tenía razón. Además, escuchar mi nombre en aquel lugar, me hizo el de una bofetada. Me aparté de él.
—Lo siento. Creí que te gustaría, un poco de morbo…
—No te enfades. Te prometo que mañana podrás utilizar todo el morbo que quieras como si quieres llevarte algo de esto. Te lo juro. No te preocupes. Pero ahora me largo. ¿Dónde te veo mañana?
Pensé rápido.
—En la entrada de cercanías de Chamartín, a eso de las diez.
—¿No es un poco temprano para ti?
Volví a guiñarle el ojo con jovialidad. La tensión había pasado.
—Yo no pienso conducir. Por cierto, bésame, hazme algo, méteme mano, yo que sé. Madelaine no nos quita los ojos de encima.
Obedeció como un chiquillo.
—Me tendré que inventar una historia. No entenderá por qué te largas sin subir.
Ahora fue él quien sonrió. Me besó largamente y me dijo.
—Le puedes decir la verdad. Le puedes decir que no voy a volver por aquí, porque he encontrado novia, una chica fantástica por cierto. Dile que me he venido a despedir.
Se largó. Me gustó la historia.
No pasó nada más en toda la noche. A eso de las tres de la madrugada Madelaine se me acercó, la noté tensa, expectante, como si acechara un peligro.
—Enrique se marchó, sin subir a la habitación.
Alargué más de la cuenta el trago de güisqui, con lo que la garganta se me abrasó. Durante los días de trabajo bebía tres o cuatro. Nada más.
—Me ha contado que no se podía quedar más tiempo, porque le estaban esperando unos amigos, para ir a jugar una partida de póker. Se ha pasado por aquí, porque hacía mucho que no venía. Después de un rato en que me lo he trabajado, creo que me has visto, pues pensé que lo de los amigos se lo había inventado, ha terminado de confesar. En realidad lo que quería contarme es que tiene novia, y, desde ahora, no vendrá por aquí, o muy poquito. Vamos que ha venido a despedirse.
—Y tú has sido incapaz de convencerle, claro.
Me la tenía que jugar. Me acerqué a ella como deslizándome. Puse mi mano, como por descuido en mitad de su muslo. Y le susurré.
—He intentado todo. Le he dicho, que ya que estaba aquí, como despedida, por los buenos tiempos. También le he dicho que yo no soy celosa y que puedo compartir a mi hombre preferido con otra mujer, siempre que me lo deje aprovechable, claro.—He introducido mi mano por su entrepierna. La muy zorra ya la tenía empapada—. Hasta le he metido mano, y eso que tal cosa no entra en la consumición. Le he colocado las tetas en las narices. —Hice lo propio con Madelaine—. Aunque sé que no te gusta que lo hagamos en el bar, pero un cliente que se pierda no es bueno para el negocio, ¿verdad? Además, si no has perdido detalle, que te he visto con estos ojitos, cachonda, que eres una cachonda.
Madelaine no respondía. No podía. Sólo jadeaba.
—Subamos a la habitación, puta, más que puta.

A la mañana siguiente, cuando llegué a Chamartín camuflada tras unas horribles gafas de sol, Enrique ya esperaba. La sonrisa y el buen ánimo resplandecían en su mirada de miel.
—¿Quieres un café? O nos lo tomamos más adelante.
—Quiero dormir. El zorrón de Madelaine me ha tenido en Jazmín hasta las siete de la mañana. No he pegado ojo. Mejor no te cuento.
Y así fue. Cuando dejamos Madrid por la carretera de Andalucía, mi cuerpo se relajó definitivamente. He despertado cuatro horas después.
—Buenos mediodías, princesa. Son las dos y cuarto de la tarde y estamos llegando, como aquel que dice. Si lo sé, viajo solo. Total tu conversación no ha sido de lo más agradable.
Lo miré con ternura y antes de responder, aun a riesgo de que mi aliento no fuera lo más fresco del mundo a esa hora, le estampé un profundo beso. Lo malo, es que casi nos estrellamos. Menos mal que un jueves a esas horas no había mucho tráfico. Tras el susto, nos reímos como niños. Aparcó el coche (un BMW, no podía ser menos) en el arcén y entonces sí nos besamos en condiciones..., bueno y más cosas.
Cuando paramos, mejor dicho, cuando bajamos del coche, lo hicimos para comer. En realidad, yo hice desayuno comida. El camarero del restaurante me miraba. Era un señor maduro muy agradable, con la seriedad y la gracia propia de los andaluces. Tras el zumo, el café y las tostadas, cuando pedí un gazpacho, no pudo por menos de hablarme.
—Señorita, explíqueme cómo lo hace. Si a mí se me ocurre comer de esta manera reviento. Y si no reviento, engordo tres o cuatro arrobas como mínimo, que no sé que es peor, vaya.
No tuve más remedio que reírme. Tras ello le referí que la juventud lo quema todo, y que desde la noche anterior no había probado bocado.

La ciudad fue un sueño. Es lo único que se me ocurre. Muchas de sus callejuelas me recordaron las de Euritmia: empinadas, estrechas, llenas de vida y belleza; pero lo más impresionante fue la luz con que nos recibió. Una luz cercana a la pureza absoluta, una luz que envuelve todo y a la vez lo resalta y lo llena de matices suaves y hermosos. Y, sobre todo, la puesta de sol desde la plaza de san Nicolás, en el Albaicín, justo frente a la Alhambra, fue una de las más hermosas que recuerde. “No es posible mayor felicidad”, pensé y lloraba embargada por la dicha, mientras, abrazaba la cintura de Enrique y él hacía lo propio con mis hombros. Cuando giré mi cara a la suya, descubrí con devoción que, en sus ojos, el sol poniente se reflejaba y tornaba los rayos de miel en rebrillos de oro viejo. Quedé extasiada. ¿Qué más podía pedir? Fue perfecto.
Todo.
El paseo por sus calles. La música suave y transparente del agua en la Alahambra. La compra de objetos. La merienda. La elección del hotel. La cena entre velas. La habitación levemente iluminada. El baño compartido. El amor en la espléndida cama. Sus latidos en mis oídos, ya dormido plácidamente. Al día siguiente más belleza y más luz y más paseo y más amor. Todo increíble.

Tras comer, vuelta a Madrid.

El BMW se comía los kilómetros como si fueran agua. Llegamos con tiempo de sobra para tomarnos el enésimo café. Madelaine no sospechó nada. Madelaine, continúa observándome y esperando.
Cuando Ricky sube conmigo, me meto una raya, aunque procuro que no sea entera. Si no viene alguna semana, ni me acuerdo de la cocaína. Procuro estar tranquila y agradable con Madelaine. Parece que la cosa marcha. Al menos no sospecha.
Me siento como si estuviera ocultando algo a mi madre.

(Sí querida mamá. Esto se parece a lo que hacía con Joaquín, cuando tú me tenías prohibido que saliera con chicos. En fin, siempre hay alguien que me prohibe lo que más quiero. Siempre hay alguien que me quiere matar el amor, porque piensa que soy de su propiedad).

Esta semana no ha sido posible salir. Estamos en un hotel del sur de Madrid, de una zona en que nadie, en teoría, nos conoce. Cambiamos de zonas, de hoteles, de restaurantes. Es una suerte que Enrique tenga dinero.
Sigue plácidamente dormido. Una breve sonrisa dulcifica su rostro con forma de pera. Enrique se ha de cuidar, engorda.
Acabo de contemplarlo una vez más. Sí, aceptaré su oferta. Me merezco otra oportunidad. Sería de tontos no aprovechar lo que la vida, o mi hada madrina, o mi ángel de la guarda, o Dios, me envían. Nadie me lo pondrá mejor. Y, si por lo que fuera, saliera mal, al menos habré disfrutado de su amor tranquilo y total.
Sé que corro riesgos. El primero con Madelaine y con Ricky, no creo que sea tan fácil salir de Jazmín como entré, aunque espere a cumplir los dieciocho años. El segundo, la diferencia de edad, mi trabajo… El que algo quiere, algo le cuesta, dicen.

A la semana que viene se lo diré a Enrique y planearemos lo que mejor convenga. Seguro que él sabe cómo hacer las cosas.

Continuará...

6 comentarios:

Ana J. dijo...

La luz de Granada!!!!!
Pero qué forma de regresar, Amando, con algo parecido al amor en la vida de Mila y Granada.
Con apenas dos párrafos has definido la esencia de mi lugar favorito, el de mis primeros recuerdos -a pesar de que no naciera allí.
He disfrutado mucho de este capítulo pausado, amable, luminoso como Granada, aun dentro de las sombras que rodean a Mila.
Me ha encantado. Gracias, Amando.
Un abrazo bien fuerte

catherine dijo...

Era febrero también cuando visité Granada, con mi hija. La vista de la Alhambra desde el Albaicín con la Sierra Nevada bien nevada al final de la tarde , con la luz de invierno...inolvidable.
¡Qué aproveche los jueves y viernes nuestra Mila! porque el Ricky me da mucho miedo.
Un beso para el escribidor y la granadina.

emejota dijo...

Ya vuelvo, me he leído el anterior capítulo y este. Lo cierto es que no deja de sorprenderme el "cuajo" de Mila, pese a ser tan joven.
Madredelamorhermoso, cómo cambian los tiempos, en estas cuestiones no puedo evitar el pensar como una madre o una abuela tradicional.¡Que miedo y que riesgos los de esta niña! Un fuerte abrazo extendido.

Flamenco Rojo dijo...

Amigo, no has podido escoger una ciudad mejor para relatar una escapada romántica, Granada.

Te confieso que echaba de menos la novela.

Un abrazo.

Leonel dijo...

Logro leer el capitulo solo ahora y me voy con ganas de saber la reacción de Enrique cuando sepa la nueva noticia que le debe dar Mila, hombre, que si fuera un libro ya lo hubiera devorao.
Leyendo los amigos que conocen Granada, después de tu narración, no me queda más remedio que imaginarla y espera un día poder conocerla.
Un abrazo fuerte.
Leo

Ángeles Hernández dijo...

Entusiamada por la oportunidad que la vida ofrece a Mila, cruzo los dedos para que Enrique sea de verdad una oportunidad y un regalo.

Continúamos el viaje. Á.