Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

martes, 21 de diciembre de 2010

Fin de trayecto. Cuarta parte. Capítulo 40

Viernes, tres de febrero de 1989.
Media tarde.

Vuelvo, lentamente, hacia mi prisión. Vuelvo al lugar que hace apenas unas semanas era el refugio, mi garantía de que podría llegar a los dieciocho años sin que la policía me encontrara, y después, cuando llegara a ese mágica edad, poder salir de aquí y hacer mi voluntad.
He vuelto la cabeza antes de entrar en este bar y Enrique me ha dicho adiós con la mano. En su cara he percibido el amago de una lágrima furtiva, que quedó colgada cabe su lagrimal izquierdo.
Ha sido una magnífica noche y un hermoso despertar. Mejor que la semana pasada, todo era más sencillo, más libre, más espontáneo. Parecido a lo que había planeado. Enrique ha aceptado mis sugerencias menos una. Lo del hotel por horas le ha parecido cutre. Ha preferido un hotel sencillo, y algo escondido, pero para alojarnos toda la noche.
Sé que las comparaciones son odiosas, pero no puedo evitarlo. Me ha venido a la cabeza mi relación con Joaquín. Definitivamente, y a parte de cómo acabe, Enrique merece mucho más la pena que Joaquín.

Ahora soy dura con Joaquín. E injusta.
Seguro que no ha tenido los medios que Enrique y su familia para tener la cultura y el trabajo que tiene. Además, tampoco tiene la culpa de tener veinte años menos que Enrique, por lo que su experiencia es infinitamente menor. Pero así es la vida. Enrique ha aprovechado mejor las oportunidades que Joaquín, éste, al fin y al cabo dejó el instituto porque le dio la gana, nadie le obligó…

A Enrique le ha encantado la estilográfica. Creo que ha sido sincero en su reacción. Se la regalé anoche a los postres. Al final fuimos a un restaurante de barrio. Lo de la hamburguesería o la pizzería era demasiado para él. Lo entendí y sonreí malévolamente.
—Si tuvieras un hijo de diez o doce años, veríamos si entrabas o no en una hamburguesería, carroza, más que carroza.
—¿Qué quieres decir, enana? Que puedo ser tu padre.
Mi mirada se nubló. Se dio cuenta de que acababa de meter la pata.
—Perdona, pero es que no sé nada de tu vida.
Tenía razón. Debía de contársela en reciprocidad. No era justo que yo lo supiera todo de él, por lo menos del presente, y él nada de mí, bueno, casi nada.
—Te prometo que durante la cena te la cuento. Total, no es tan larga.
Y le guiñé el ojo con picardía. Simuló que me azotaba en el trasero. En esos segundos fui feliz. Mejor dicho, en esos segundos toqué la felicidad con la punta de los dedos.

Cumplí lo prometido. Antes de los postres le había resumido mi peripecia vital. No me interrumpió ni una sola vez. Asentía. Me hacía gestos para que no me olvidara de comer. Y, en esos momentos, él callaba, no quería hablar hasta el final. Incluso, depositaba los cubiertos en el plato y era él quien dejaba de comer. Había descubierto otra virtud en él, sabía escuchar mejor que nadie, por lo menos de cuantas personas conozco. En las partes más escabrosas entendió mis silencios y no entró en detalles. Todo un caballero. Cuando concluí, lloré como una mocosa. Bebí un trago de agua. Anoche no pedimos nada de alcohol.
—Perdona, soy una exagerada romántica y algo histérica.
Acto seguido, con mi mejor sonrisa le he entregado la estilográfica. Juro que he visto cómo le caían las lágrimas.
—¿Por qué lo has hecho? Es injusto… De todas maneras gracias…
Durante varios minutos el silencio nos unió, como si fuera el abrazo de un ángel. Por fin fue él quien se decidió a hablar.
—Ya veo que en muy poco tiempo has sufrido mucho. Y no es justo, caramba. Vamos a ver, Mila, creo que te has equivocado. Te debes plantear todo de nuevo. Cuenta conmigo para lo que sea. Si quieres, mañana mismo sales de Jazmín y te largas a Euritmia de nuevo. O te busco un apartamento y allí preparas oposiciones o te buscas otro curro, sin prisa.
Debí de poner una cara terrible. Pues quedó mudo unos segundos…
—Espera, Mila. ¿Qué estás pensando? No quiero convertirte en mi amante, o algo así, y ponerte un pisito. Lo podría hacer si tú quisieras, pero siempre que tú quieras, claro. Es más, si quieres dejo de verte desde este instante, firmamos un contrato de alquiler y me pagas por el apartamento. Te lo digo en serio. Largarte de Jazmín tiene que suponer, romper con toda la mierda en que te han metido. —Agachó la cabeza dolorido—.Yo también formo parte de esa mierda, aunque, si no hubiera ido por allí, no te habría conocido. No quiero hacerte mi amante, y retirarte de la prostitución—. Volvió a mirarme con profundidad—. O a lo mejor sí. Quiero que me quieras, pero no te puedo obligar. Te juro que es lo único que me interesa... A lo que iba.... No es necesario que te consumas en este mundo. Quiero que sepas que tienes otras posibilidades. Piensa que te abro las puertas que te cerraron cuando llegaste a Madrid. Imagínate que lo de Jazmín no ha existido. Solo es una pesadilla. Imagínate que es septiembre, y que me has encontrado a mí, que te ofrezco lo que buscabas. Lo demás, si llega, lo hará por su propio pie.
Lo cierto es que es una oferta tentadora que pensaré. Quizá la acepte.

Luego nos fuimos a un hotel discreto y limpio y pasamos la noche. Fue todavía mejor que el Ritz. Más natural. Menos intenso, pero más tierno.

Esta mañana marchó a su trabajo, creo que ha llegado tarde. Hemos quedado para comer. Ha sido fantástica la comida con él. Parecíamos dos viejos colegas hablando de nuestras cosas, es todo tan fácil, todo con la camaradería necesaria. Nada forzado.

Él tiene que volver a su trabajo y yo al mío. Hasta el próximo jueves no nos veremos. Las despedidas no son nuestro fuerte. Está a punto de llorar. Y yo, por decirlo todo. A pesar de no decir nada, los dos sabemos que esta situación no puede seguir así. No somos dos jóvenes que se tienen que despedir porque trabajan en lugares distintos y distantes. Se trata de que mi profesión inhabilita para el amor.

Está claro que el amor, por lo que sea, necesita de exclusividad. Quien diga que el acto físico no implica necesariamente a la afectividad, y, por tanto, se puede hacer con otros y seguir enamorada de la otra persona, no está enamorado, y no lo ha estado con anterioridad. Yo que sí lo he estado y creo que lo estoy, puedo afirmarlo. No porque no se pueda hacer, que se puede, y si no que me lo pregunten a mí, ¿qué remedio? Pero estoy hablando de sinceridad, de autenticidad, no de la ejecución de unos movimientos. El problema estriba en que una de las dos cosas la haces mal. En resumen, o estás enamorada, y no follas en condiciones con los clientes, lo que no me preocupa en absoluto, pero supongo que a Madelaine sí; o no estás enamorada, y, entonces, estás haciendo mucho daño al otro, un daño que puede ser irreparable. Y eso sí me preocupa.
Hay algo que envuelve a la pareja, que la aísla del resto de la humanidad, y que le permite crecer hacia dentro, que es el verdadero crecimiento de la pareja. Y eso es lo importante del amor, pero para ello se necesita que cada uno, individualmente, se preserve del exterior que le acecha. Mi profesión, obviamente, no favorece en nada tales pretensiones. Antes bien, las destruye. Sé que a Enrique le gustaría volver a decirme, “Déjalo, no vuelvas por Jazmín”. Incluso empiezo a intuir (y ahora no son especulaciones), que me pediría más cosas. Pero no se atreve a proponérmelo. Quizá porque no me conoce. Quizá porque no está tan enamorado como me parece. Quizá porque teme que mi respuesta sea no. Quizá porque no esté seguro de mí. Quizá porque intuye que hay algo en este trabajo, que una vez que has entrado en él te marca para toda la vida, y es imposible salir del cepo, aunque estés fuera. Algo así como lo que dicen los curas respecto de algunos sacramentos que imprimen carácter.

Ya intuía yo que esto no podía acabar bien. Detrás de está locura la caída es libre y profunda, muy profunda. Y lo más probable del asunto es que Enrique sufra más las consecuencias que yo misma. Al fin y al cabo, para mí, otra herida en el corazón sería una más. Pero él que, a pesar de todo, es un hombre con futuro, con un puesto de cierto nivel en la vida de ahí fuera, sin necesidad de venderse, puede perderlo todo. Y no se da cuenta, que es lo peor. Parece un niño.

Me sobra tiempo para volver al piso y allí prepararme, pero no me apetece. Tendría que dar demasiadas explicaciones. En unos minutos saldré de este café y entraré en una tienda que está un poco más abajo. Creo que compraré lo adecuado. Así lo podré dejar en el club para la próxima semana.
Aquí estoy, tomando otro café y dispuesta a regresar a Jazmín para cumplir con los machos que paguen por disfrutar de mi cuerpo.
¡Qué asco!
He llorado como niña desconsolada. Una señora me ha preguntado qué me pasaba. Le he sonreído, mientras mis ojos, mis mejillas y mi boca eran atravesados por un raudal de llanto.
—No se preocupe señora, son cosas mías...
—Seguro que te ha dejado el novio. Vamos, no te preocupes. Ningún hombre merece que lloremos por él.
Permanecí en silencio hipando. No la he contestado.
Quizá tuviera razón. Pensé, “¿Y si su marido es de los que vienen a verme? Tiene razón la señora, todos igual de cerdos”. He comprendido que era una excusa que me daba a mí misma para convencerme y no enamorarme más de Enrique.
¿Me puedo enamorar más?

Continuará...

8 comentarios:

emejota dijo...

Vaya, que forma de complicarse la vida tienen algunos personajes. Con lo sencillo que lo tuvimos algun@s. Un fuerte abrazo extendido.

Ángeles Hernández dijo...

No he entendido muy bien las razones de Mila esta vez o quizás sea que no las comparta.
Tiene miedo de que a su amigo le pase algo por ayudarla?

Parece generoso y le ofrece algo mejor de lo que tiene.

Seguro que iré entendiendo en próximos capítulos. Con lo bonito que es cenar en un restaurante barato hablando y riendo con complicidad!

Espero, sin impaciencia. Un abrazo A.

catherine dijo...

Por fin ha encontrado a alguien, un hombre, que la escucha y quiere ayudarla y ¿qué?

Isolda dijo...

Es un capítulo que parece crucial para Mila. Desde fuer lo vemos fácil, pero y ella?
Besitos Mila, es que me parece de la familia.
Besos también para el escribidor.

Flamenco Rojo dijo...

No sé...me parece que a Mila se lo está poniendo Enrique demasiado fácil...Voy a empezar a desconfiar un poco de este hombre. Los próximos capítulos me lo aclarará.

Un abrazo.

Leonel dijo...

Creo que el temor de Mila sea fundado, porque siendo menor de edad aún, no puede presentarse diciendo a Madeleine que deja el Jazmín para ir a vivir con Enrique, eso sería firmar su condena definitiva y cerrarse definitivamente al puertas que le permitirían salir de aquel mundo. En ciertos ambientes, no existen cosas fáciles.
Un fuerte abrazo, Amando.
Leo

Ana J. dijo...

Coincido con Leonel. Las cosas no son tan fáciles y no se puede salir airosa de un ambiente como el de Jazmín así como así... lo que contribuye a mantener el interés...
Enrique es un hombre como muchos, que se enamoran/encaprichan/quieren a una mujer que les cuide y esa mujer resulta ser una prostituta a la que "retiran". Nada del otro mundo.
Es decir, yo sí que me creo que las intenciones de Enrique son las que aparentan ser.
Habrá que esperar a ver qué pasa.
Esto está que arde...
Besos

Marina Fligueira dijo...

Pues yo creo que si va a salir airosa de esa situación tan penosa. Enrique es un buen hombre y la va ayudar mucho. No es el primer hombre que saca una chica de esa vida.
Claro está que no podra salir hasta cumplir la mayoría de edad.

Un abrazo para todos vosotros incluido Amando. Que es un placer leer sus letras.