Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Fin de trayecto. Cuarta parte. Capítulo 38

Viernes, veintisiete de enero de 1989.
Mañana. Casi las once y media.

Esta noche no he dormido en el piso.

(La última frase que escribí ayer por la tarde acabo de completarla. Acabo de escribir perfume. No me dio tiempo a hacerlo mientras Enrique se acercaba).

No habrá problemas, pues hasta las diez o diez y media de hoy, puedo hacer lo que quiera. Lo que ocurre es que si agoto el plazo, tendré que pasar primero por una lencería y comprar algo adecuado, pues lo que llevo encima, por muy cómodo y elegante que sea, no me lo dejará pasar Madelaine. Será necesario que deje algún conjunto completo en mi habitación de Jazmín, por si sucede de nuevo.
Madelaine estará preocupada. Es la primera noche que, sin avisar, no he dormido en el piso. Aunque más lo estaría si llega a saber lo que ha ocurrido. Ni yo misma me lo explico. Creo que la única lógica que puede hacer plausible mis actos, es la desesperación, la falta de cariño. Soy como un cachorro humano a la intemperie. Cualquiera que me circunde con sus brazos tendrá mi cariño. Me agarro a cualquier clavo, aunque arda.

Esta noche he dormido con Enrique. Ha sido Mila, la joven Mila, quien ha dormido acurrucada en los brazos de este hombre. Venus, se había evaporado. Desde el mes de agosto Mila no dormía conmigo, siempre era Venus. He vuelto a tener los mismos miedos, y las mismas inseguridades que cuando estaba con Joaquín. Como si fuera una principiante. Como si estuviera con mi primer novio.
Ya está escrito.
Bordeo el filo del precipicio. Acabaré estrellándome. Lo que todavía no me explico es cómo no he reventado ya.

Enrique pasó a mi lado, hacia el cuarto de baño. Cuando estaba muy cerca, no supe, o no quise, o no pude, reprimir el deseo de alzar la cabeza y me encontré directamente con sus ojos. Como ya he dicho en alguna ocasión, creo, Enrique va con asiduidad al club, sobre todo desde que estoy trabajando allí. Es muy raro que esté con otra chica. Yo nunca lo he visto. A veces que yo estoy con otro cliente, prefiere esperar, o se marcha. Cada día nos conocemos más. Es el reverso de la moneda que representa Ricky. Enrique no se caracteriza por sus proezas eróticas, ni de otro tipo. No tiene vicios extraños o fantasías fuera de la normalidad. Él se limita a lo normal. (Si se puede catalogar de normal el que prácticamente cada diez días, vaya a un puticlub). Podría definir a Enrique como el gris burócrata de una gran empresa en la que deja su cerebro día a día, hora a hora, a cambio de un buen sueldo, que, en parte, me pasa a mí, previa prestación de mi servicios físicos.
Lo que se entiende por libre comercio, vaya.
A lo que iba, en cuanto nuestras miradas chocaron me sonrió con campechanía, y diría incluso que con ilusión.
—Ni te muevas de aquí. Ahora mismo vuelvo.
Hizo una seña ostensible al camarero, para que le acercara la consumición a la mesa, mientras, él continuó su camino. Para el camarero fue una satisfacción inmediata, pues ya todo le encajaba. Yo no era una marciana que hubiera aterrizado por error en el local. Cuando llegó a la mesa, con el café de Enrique me lo confirmó. Supongo que no podría contenerse.
—Señorita, ¿por qué no dijo que esperaba a don Enrique?
Sonreí divertida, por lo de señorita y por lo de don.
—No lo esperaba. Simplemente era una posibilidad. No he quedado con él, pero como sé por donde suele ir…
Mis dotes interpretativas cada vez me sorprenden más. Casi no había acabado de hablar, cuando Enrique volvió a aparecer.
—Vaya sorpresa. No te esperaba.
—Imagino. Yo tampoco.
Y los dos reímos como dos niños. Aquello empezaba muy mal. Peligrosamente mal, diría. Demasiada confianza. Me alejaba demasiado del cliente, y corría el riesgo de confundirlo con el hombre. Pero, en el fondo, no estaba dispuesta a respetar la señal de Stop brillaba intensamente en mi cerebro. Y lo peor, es que sé a ciencia cierta que detrás hay un precipicio, prácticamente mortal, pues su fondo está demasiados metros más abajo.
Durante unos instantes titubeé, estuve por levantarme de la mesa. Ser meramente cortés y emplazarle en el club, territorio del que no debería salir nuestra relación, o nuestro comercio, o lo que sea. Me estoy liando….
No obstante, me atrajo la mirada de Enrique. No era como la recordaba del club. (Ayer por la mañana me di cuenta de que todo lo que se hace en el club, tiene poco que ver con la realidad). Era, su mirada, más clara, más franca, más tranquila. En realidad, todo él estaba más tranquilo, más relajado. Se notaba que éste era su ambiente. Decidí arriesgar. Era, y soy, consciente de la partida que empezaba a jugar. Decidí, por seguridad hacia mi persona, por egoísmo, en fin, por comodidad, y no por virtud, como alguno podría confundir, poner las cartas boca arriba.
—Enrique, me voy a quedar. Pero has de saber del riesgo que corremos ambos. Quien quiera, en muy poco tiempo, puede enterarse de quién soy. Pueden saber de tu vida oculta. Puedes correr un terrible riesgo conmigo, te podría chantajear… O cosas peores.
Las cosas peores, eran las que me preocupaban, mejor dicho, me asustaban. Sentía un pellizco en el corazón que no presagiaba nada bueno, pero no le hice caso, porque al lado de este pellizco noté, también, cierto eco familiar, un sonido que se parecía mucho al de la felicidad. Entre tan-to, Enrique, sonreía con franqueza, riéndose sin duda de las cosas que me oía decir. Era como si tuviera a una niña frente a él.
—Ay chiquilla, qué cosas tienes. Mira, a mí nadie puede acusarme de nada, pues no tengo ningún compromiso adquirido con nadie, ni siquiera oficioso. No creas que lo que te cuento en Jazmín son novelas. Hasta hora no te he mentido, por lo menos conscientemente. Ni siquiera me he cambiado el nombre, ¿para qué? Es más, creo que no te he ocultado nada. Mientras no falle en el trabajo, o cometa algún delito, puedo emplear mi tiempo libre como quiera… En cuanto a lo del chantaje, deberías intentarlo, a lo mejor era divertido…—. De pronto, quedó serio. Fue como si el alegre paso saltarín que llevaba, se hubiera truncado. Se convirtió en un señor maduro y respetable—. En cuanto a lo otro, a esas cosas peores que dices que nos pueden pasar, no sé a ti, pero a mí ya no me pueden pasar más cosas. Morirme, si acaso. Te digo que es imposible. Desde que te conozco, he dejado de vivir con normalidad, con calma, en paz…
Pegué un respingo en la silla. Me había leído el pensamiento. Debí palidecer, porque rápidamente prosiguió.
—Pero no te preocupes, lo más que me puede suceder es que me quede como estoy. Conmigo estás a salvo. No pasará nada más que lo que tú quieras que pase. Y si tengo que seguir pagando por estar contigo, lo haré con mucho gusto, siempre que a ti no te moleste. Eso es lo que me gusta, estar contigo, lo demás, y perdona la grosería, me la suda.

Volvimos a callar. “Vaya”, pensé, “Esto es una declaración en toda regla, o algo así”. Me di cuenta de que sonreía bobaliconamente. No sabía qué decirle. Por primera vez en mi vida me había quedado realmente desnuda ante un hombre. Cuando Joaquín se me declaró, o cuando me acostaba con él, o cuando me acuesto con cualquiera en Jazmín, con el mismo Enrique, mi cabeza está preparada. Tengo recursos. Coloco un caparazón, aunque sea pequeño, que deja algo dentro de mí que no desvelo a los demás. Esta vez fue tan sorpresivo, que me vio entera, de arriba abajo.
No se puede decir que sea mi tipo, pero es agradable y amable, y no excesivamente mayor —cerca de los cuarenta—, con lo que, tal y como están las cosas, son muchas virtudes, casi una panacea. Mi cerebro es capaz de ver que es algo voluble, que es fofo de ánimo y blando de cuerpo, pero es tal la necesidad de cariño que tengo, que con el interés y la amabilidad me llevan a donde quieran.

Por fin puse mi mano en las suyas.
—Enrique, cariño, no lo hagas tan difícil.
Juro que aquel cariño, me salió desde dentro, no fue, una palabra vacía.
Aparentó enfadarse, frunciendo mucho las cejas.
—No es difícil. No imagines otras cosas distintas de las que te he dicho. Las mujeres, a veces, vais muy deprisa y más allá. Solo te digo que pasará lo que tú quieras que pase, punto. El límite lo pones tú. Yo te propondré cosas y tú dices sí o no. Es muy simple. ¿Quieres tomarte algo más?
—Sí.
—Ves que fácil.
Sonreí, a mi pesar. A mi pesar también, estaba a gusto con él. Chasqueó los dedos y el camarero, sonrisa amplia y blanca, se acercó.
—¿Qué quieres? ¿Otro café? Bien. Óscar, otro café para la señorita y un gin-tonic para mí. Esmérate, Óscar, la ocasión lo merece.
El tal Óscar asintió en silencio y quitó los servicios de la anterior consumición. Cuando se volvió a la barra, miré a los ojos del hombre. Descubrí que no eran marrones, simplemente, sino que ante ciertos cambios de la luz mostraban rebrillos de miel. Di otro paso más.
—Está bien. Podemos empezar porque me cuentas tu vida, si quieres, claro.
Me miró. Sopesó mi propuesta. Descubrió que yo necesitaba datos, argumentos para avanzar por la senda ofrecida. Debió de pensar que era el comienzo de algo parecido a estudiar en serio una propuesta. Sonrió.
—Te cuento lo que quieras. Pero antes, ¿me puedes decir cómo te tengo que llamar? —Bajó la voz. Susurró—. Venus no es lo más adecuado... No te pido tu nombre, sino cómo quieres que te llame, aquí fue-ra.
Era otro paso el que me pedía. A partir de ese momento, nuestra relación, aunque se circunscriba al club, cambiará notablemente. De todos modos, a penas lo dudé. No en vano, había decidido jugar limpio. Si exigía sinceridad por su parte, yo se la debía de dar.
—Me llamo Milagros. Mi familia y mis amigos me llaman Mila. Tengo diecisiete años y ...
Me calló con una suave caricia en los labios. Siguió hablando él.
—Mila. Me gusta. Mila, Milagros, Mila. Sí te va bien... Bueno ahora te contestará a lo que me has preguntado. Ya me dirás lo que me tengas que decir cuando sea el momento. No hace falte que nos precipitemos.
Tomó impulso con un sorbo de la bebida.
—Mi vida no es especialmente atractiva, ni tiene espectaculares aventuras. Ni siquiera hay en ella sueños maravillosos…Excepto uno, claro.
Me atravesó con dos de esos melosos rayos. Gracias a Dios, Óscar llegó con las consumiciones. Aproveché el instante para bajar la cabeza huyendo de su mirar, que me desnudaba el alma. Vacié el sobre con el azúcar en el contenido de la taza y lo di vueltas, como si fuera una operación de alto riesgo y alta complicación científica, poco menos que redescubrir la penicilina.
El silencio se extendió entre los dos como una niebla fría. A lo lejos, me pareció, escuché el tintineo de los cubitos de hielo contra el cris-tal del vaso. Su voz volvió a llegarme dulce y cálida, cercana y aterciopelada. Si se puede decir así, suspiré, en silencio, aliviada, estaba ahí, no se había alejado.
—Trabajo en una empresa que se dedica a exportación de productos españoles al extranjero. A cualquier parte del mundo. Es una empresa de carácter semi público. O sea, que soy como medio funcionario. Somos el cauce por el que pasa cualquier producto que salga desde España. No somos la única posibilidad, claro, pero sí la más eficiente, sobre todo, cuando se trata de países subdesarrollados, o lo que los economistas ahora llaman en vías de desarrollo. Como ves, un trabajo lleno de rutina y aburrido. Digamos que mi puesto en la empresa está en el tercer escalón. En el primero está el superjefe. Ni le veo. Sé que existe porque hablan de él, y porque alguien firma las cosas. En el segundo escalón están los delegados de zona y de productos. Son mis jefes directos, a los que tengo que dar cuenta de todo lo que hago, y los que me exigen. En el tercero estamos los ejecutivos que coordinamos lo que nos dicen desde el segundo escalón. Vuelos, barcos, embarques, permisos, aduanas. Organizar todo el papeleo, vaya, y resolver cualquier problema que se pueda presentar. Debajo de nosotros están jefes de oficina, comerciales, secretarias, no sé, mucha gente, aunque parezca mentira. Si te interesa, en este momento exacto de mi vida, me pillas escalando el peldaño, te diría más, estoy cerca de llegar a la cumbre. Dentro de un año, o algo menos, quizá me nombren jefe de la zona del Magreb, con lo que habré llegado muy alto. En mi situación probablemente no pueda subir más. No está mal, pero no es divertido, ni siquiera variado. No tiene el aliciente de la creatividad… No sé si me explico. Dependemos de los demás en todo. Si un día todos los empresarios de este país les da por no exportar nada, pero es que nada, nosotros de brazos cruzados, mirando cómo pasea el personal por la calle.
—Ya conozco como consigues el dinero. Pero eso me importa menos. Sabes a lo que me refiero.
Volvió a mirarme con profundidad y largura mientras daba un amplio trago a la bebida burbujeante. Habíamos dado otro paso. Seguro que calibraba el riesgo del juego que él mismo había empezado.
—Ya…Bueno. Soy un loco por la lectura, sobre todo novela española, del baloncesto, algo menos del fútbol. Pero no practico ninguno de los dos, como se ve. También me gusta un buen gin-tonic después de comer, como el que ponen aquí. Me gusta la compañía femenina. Me gusta, en otoño, perderme por el Retiro o subir a la Sierra. Me gusta, de vez en cuando, ir al cine. Como ya te he dicho, estoy soltero, pero no tengo mucho tiempo libre. La empresa absorbe muchas horas. Más de las que paga, pero no me quejo.
Volvió a beber un trago largo y lento, saboreando el líquido levemente amargo. Cuando quise hablar, separó abruptamente el vaso de los labios, como si se le hubiera olvidado algo. ¿O fue una pausa como si quisiera subrayar lo que dijo después?
—Y se me olvidaba lo más importante. Me gustas tú. Desde hace unos cuatro meses me gustas tú. Desde aquella primera noche con Belinda. —Seguro que me ruboricé recordando aquella escena. Me volvió a sorprender. Pero no le dio importancia—. Tanto me gustas, que hasta empiezo a distraerme en el trabajo. Y ansío ir hasta Jazmín y estar contigo. Sé que no me creerás, pero lo de menos es acostarme contigo. No porque no me guste. Vaya estupidez, no sé qué vas a pensar de mí, me comporto peor que un adolescente con espinillas. Me gusta, claro que me gusta acostarme contigo, pero no estoy tranquilo. Creo que lo haría mejor con más tiempo, en otro ambiente. Verás, soy muy tímido. No me gustan las discotecas. Ni las grandes aglomeraciones. En fin, que soy un ser bastante solitario. El caso es que, una vez, estuve en una despedida de soltero. Acabamos en Jazmín, y desde entonces, pues eso, que voy por allí. No iba mucho, sólo cuando no podía aguantar más, ¿me entiendes? Pero, de pronto, apareciste tú…
Bajé, de nuevo avergonzada, la cabeza. En cuarto de hora me había hecho dos declaraciones de amor. No sabía qué decir… Él permaneció silencioso durante unos segundos, hasta que sentí sus cuidadas manos bajo mi barbilla. Con suavidad alzó mi rostro. Me topé con sus ojos sonrientes.
—No te avergüences. No has hecho nada malo. No has robado, ni has secuestrado, ni has matado. Has preguntado, yo contesto. Te repito que no estás obligada a nada. Si te sientes mal, acabamos la consumición, salimos por la puerta y nos despedimos hasta cuando sea en Jazmín. Yo qué sé.
Sopesé seriamente tal propuesta. Estuve a punto de aceptarla. De hecho, asentí. En silencio, contrariado, aunque lo disimulaba, de un sorbo se acabó el gin-tonic. Se acercó a la barra. Extrajo con suficiencia la cartera de su americana y pagó. Me acerqué a él y salimos juntos, como buenos amigos.

En el exterior, soplaba una fría brisa. Se había echado la noche en Madrid, aunque fueran las siete de la tarde. No sé si fue el frío, o la oscuridad, o la melancolía, o lo que había dicho allá dentro, el caso es que sin saber cómo (lo juro), me vi colgada de su cuello. Lloraba como una niña.
—Enrique, llévame a cenar donde quieras, por favor.
Su mirada de sorpresa, pero aliviada, volvió a traspasarme.
—¿Tienes interés por algún lugar, o puedo escoger con total libertad?
—Escoge lo que quieras.
—¿En serio?
Asentí nuevamente. Y le sonreí, ya decidida.
También él, sonrió con amplitud y confianza. Trazó, en unos segundos, su plan.
—Dispones de hora y media. Vas a ir a la boutique que te apetezca. Te compras el vestido que quieras. Tiene que ser elegante, casi de fiesta. —Sacó la billetera y rebuscó.— Toma esta tarjeta de crédito, la visa no puede ser, claro, por lo de la firma. —Siguió rebuscando, sacó su tarjeta de visita.— Aquí está el teléfono donde me podrás localizar, por si tienes problemas, que los tendrás. Después, coges un taxi y a las ocho y media quedamos en la puerta del Ritz.
—Pero eso es un hotel —, protesté imaginándome el resto. Algo que daba por supuesto, sin razones para ello.
—No empieces a sospechar cosas raras—. En su tono de voz había algo parecido a un padre divertido regañando a su hija—. Ya te he dicho antes, que sólo haremos lo que quieras y hasta dónde quieras. Si vamos al Ritz es porque tiene uno de los mejores restaurantes que conozco. Además, me pilla cerca del donde voy a ahora. A las ocho y media.
Me quedé quieta, casi sin poder moverme. Con las tarjetas en la mano. Podía haberme largado con ellas. Pero él confiaba ciegamente en mí. Si soy sincera, esa confianza me asustó más aún. Mucho habíamos avanzado en tampoco tiempo. Demasiado.

El frío de la brisa continuaba acariciando me rostro. Por fin reaccioné. Apreté las tarjetas en el interior del bolsillo del anorak y, rauda, fui a cumplir cuanto Enrique había dicho. Y a fe que lo hice.
Con la dependiente de la boutique me ocurrió lo mismo que con el camarero. Cuando me vio cruzar la puerta del establecimiento, debió de pensar que una mocosa pretendía atracarle, o qué sé yo. Se puso tensa: alzó los hombros y irguió la cabeza. Pero en cuanto, como por descuido, deposité las tarjetas encima del mostrador todo fue amabilidad y relajo. La vendedora sonrió con malicia. Suspiré apenada: tenía razón la muy cerda en pensar lo que estaba pensando: “Una putita contratada por un ejecutivo solo que tiene algún compromiso de empresa”. Decidí que la mujer no era motivo para amargarme la noche. “Esta noche, Cenicienta”, pensé. También pensé, “Esto no sólo pasa en las películas”. Compré un traje largo negro con amplio escote en uve por la espalda, con la cintura muy ajustada y que tenía una falda vaporosa. Con el tiempo que hacía opté por chal negro que me abrigara, aun levemente, de los rigores de la noche. Me calcé también adecuadamente y me colgué un poco de bisutería. El problema iba a ser el maquillaje. Pero, gracias a Dios, en la boutique tenían de todo. Después de pagar con la tarjeta, salí de allí, con mi otra ropa guardada en una gran bolsa; pero, antes de cruzar la puerta, me volví a la dependienta y la espeté con la mejor de mis sonrisas.
—Que te lo pases la mitad de bien que yo, bonita.
No me quedé a escuchar la respuesta. Me la imaginé. Y si fue la que me imaginé, mejor no haberla escuchado.
Todavía me faltaba más de media hora. Las personas que paseaban por allí volvían la cabeza al verme pasar. Decidí tomarme algo rápido, porque transcurriera el tiempo.

Al llegar a la puerta del hotel, Enrique estaba esperando. Pagó al taxista y me introdujo en el interior de sus lujos. Antes de pasar al comedor, en el bar que parecía de película también, tomamos una copa. Me advirtió.
—Quiero seguir jugando limpio, como estamos haciendo. Creo que es lo mejor para ambos…Después de la cena, te propondré lo que te imaginas. Tienes tiempo de divertirte. Relájete, disfruta de la cena y olvídate de todo. Hasta entonces, estás en mis manos. No elegirás ni el menú, ni las bebidas, nada. Hasta dentro de un par de horas o tres, no vas a decidir nada Disfruta, y si quieres, te lo vas pensando. Luego todo será más fácil.
Sonreí aliviada. Al menos los dos jugábamos con las cartas boca arriba. Había actuado con franqueza, como yo. Mejor. Al fin y al cabo somos adultos. A pesar de mi DNI.

Ya es la una y media. Han pasado dos horas y me queda una para ir a buscar a Enrique. Hemos quedado a comer. Lo demás es fácil de imaginar y no lo quiero escribir ahora.

(Sí, querida mamá. Ahora, a estas alturas, me entra pudor, qué se le va a hacer. Desde ayer, después que se durmió, pienso en ti. Enrique sería el novio que tú aprobarías, a pesar de la diferencia de edad, unos veinte años. Lo que se dice, un buen partido. Nuestro recio abolengo familiar encontraría un sostén económico. ¿Quién sabe, incluso una sólida fortuna? Eso no lo sé aún, pues no conozco nada de su familia. Pero como dijo aquel, mamá, “Lo que no puede ser, no puede ser, y, además, es imposible”.)

Continuará...

7 comentarios:

Ángeles Hernández dijo...

Maravillosa Pretty woman ¿por qué no?, si es posible para Julia Roberts , que el sueño americano se haga también realidad en el Madrid de los 80.

Amando, como Pulgarcito, vas soltando miguitas luminosas que puedan iluminar el tenebroso camino de Mila. La chica, a pesar de su error de joven impulsiva valiente, merece una oportunidad.

Aún nos quedan tres meses y mucha tela que cortar, esperamos que al final, el traje consiga tener una buena hechura.

Un abrazo de Á.

emejota dijo...

En el soliloquio Mila me resulta mucho más que sus 17 añitos. No siempre. Un fuerte abrazo extendido.

Flamenco Rojo dijo...

Capítulo extenso pero que me deja con ganas de seguir leyendo...aunque te imagines los acontecimientos más inmediatos...

Un abrazo.

Isolda dijo...

Mila es mucha Mila; sabe perfectamente lo que se juega y a pesar de todo, siempre la defiendo. Tienes razón emejota, es mucho más madura que lo que dice su carnet. De todos modos, le suelo enviar los besos primero a ella y luego al escribidor.

Leonel dijo...

Me he gustado este capitulo con calma, esta vez no me he conmovido, no me sorprende la madurez de Mila, que la intuì desde los primeros capítulo, me sorprendió la tranquilidad de este dialogo abierto , el jugar con cartas descubiertas de ambos,y como te escribí en el capitulo anterior, "lo que está pa' ti nadie te lo quita".
Al menos, espero que Mila esté pensando en esto, "salirse" de una vez.
Un abrazo para ti, Amando.
Leo

Marina Fligueira dijo...

¡Ay hijos mios! Que bien me lo he pasado. Que capítulo más que excelente, me parece que lo he comido en un bocado como si de un pastel se tratara.

Mila es muy madura, ella sabe lo que le combiene. Amando es un placer leer tus mágicas letras.
Gracias por compartir tan divino tesoro. Un beso y se feliz.

Ana J. dijo...

Ahora sí que se le está complicando la vida. O teniendo un resquicio abierto a la esperanza.
Este Enrique puede ser su salvación, aunque quién sabe...
Voy a seguir leyendo. No puedo parar.
Besos