Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Fin de Trayecto. Parte primera. Capítulo 01, continuación.

Jueves, catorce de julio de 1988.  
Mediodía.
(Continuación)

Cuando he vuelto a casa, mi madre me ha mirado con ojos de cocodrilo hambriento que ha descubierto a una descuidada garza. Una de sus típicas miradas.
—¡Ya está bien, niña, desde que has salido esta mañana!
—Mamá, hoy es mi cumpleaños, no creo que por pasearme un rato pase algo.
—No, hija, nunca pasa nada, pero podías haberte quedado para ayudar un poquito—. De pronto, se ha dado cuenta del papel del regalo. Sus ojos adoptaron la mirada del ave rapaz que ha divisado en la lontananza una próxima presa. Otra de sus miradas—. ¿Qué llevas ahí? ¿Quién te lo ha regalado?
—Nadie mamá—creo que, incluso, le he llegado a sostener la mirada—. He sido yo misma. Me apetecía comprarme un cuaderno, y como es mi cumpleaños, me ha dado la ventolera y le he dicho al de la librería que lo envolviera en papel de regalo.
Ante tal respuesta, ha desaparecido la avidez de sus ojos. Parecían dos globos desinflados. Pero ha opinado... Siempre da su opinión, que es la definitiva, siempre tiene la última palabra.
—Estás como una cabra.

Ahora, que el silencio invade toda la casa, y sus alrededores, salvo el matarile continuo de las chicharras, ahora que cada uno está en su habitación echándose la siesta, creo que es la mejor hora para escribir. Esta o la de la noche, supongo.
Siempre amparada en el secreto del silencio y de la soledad.

Querido diario, ahora que te empiezo puede ser, debe ser, es, el instante adecuado para las presentaciones formales del resto de los miembros de esta familia sobre los que tantas veces tendré que escribir, supongo, muy a mi pesar, y para mi dolor.

Te contaré cómo es un día normal en esta casa.

La jornada empieza temprano ya que papá abre la oficina, donde trabaja como conserje, a la siete y media de la mañana, y, en invierno, además, pone en marcha el sistema de calefacción. Mi padre es la fuente de nuestro sustento diario, además de unas rentas de unas propiedades en el pueblo del abuelo y de mamá, que ayudan a que esta casa no se desmorone, poco más. Sólo con el sueldo de papá no podríamos vivir aquí y comer, estudiar... Y con las rentas, tampoco. Con las dos fuentes de ingresos, esta familia mantiene cierto decoro, y apariencia de bienestar.
(Nunca he entendido por qué mamá y el abuelo se empeñan que creamos que somos como marqueses o, al menos, hidalgos, y que hemos de codearnos con la alta sociedad de esta añeja Euritmia... Al fin y al cabo, no somos más que la familia de un conserje de oficina, por mucho que nuestros ancestros tengan parentescos con gentes de abolengo, incluso aunque contemos con escudo heráldico en la puerta de la casa, que, es auténtico, al parecer. Personalmente no me termino de creer tal grado de familiaridad, pero el abuelo lo jura y lo perjura... Muchas veces, viendo sus comportamientos me da la risa; otras tantas, sino más, siento una profunda tristeza, incluso vergüenza ajena. La mayor parte de los problemas que sufro tienen su raíz en este anhelo de ser lo que, acaso, alguna vez fuimos).
Papá sale a la misma hora cada día, y cada día repite el mismo gesto automático de mirarse el reloj: invariablemente son las siete y trece de la mañana. Papá, querido diario, es un hombre rechoncho, pálido, fláccido, blanco, de rostro anodino, se llama Marcos, Marcos de Andrés...
Mi madre, Milagros Sebastián (de los Sebastián de Villa Franca del Arroyo, por ahí nos viene el escudo, y el título), cada mañana, le despide desde la ventana de su dormitorio que es la que está arriba a la derecha. Debe de tener cerca de los cincuenta años, aunque, curiosamente, desde hace cuatro o cinco siempre cumple los cuarenta y cinco cada seis de noviembre. Sea invierno, primavera, verano, otoño, esté el cielo encapotado, o despejado, nieve, o llueva, o no se precipite nada desde el cielo, cada mañana, se despide de papá con la misma frase exenta de cariño, o de cualquier afecto:
—Abrígate bien, que hace frío.
Y cierra la ventana de golpe, con brusquedad, diría yo.
Papá, liberado al fin de la presión cotidiana, enciende un cigarrillo y, parsimoniosamente, se dirige hacia la oficina. Éste es el único momento del día en el que se puede sentir libre, por eso sale con tiempo de casa. Calculo que le sobran, al menos, diez minutos. No recuerdo que, ni una vez haya llegado tarde. Alguna vez, cuando tengo que terminar de preparar algún examen, o algún trabajo de esos que se dejan para última hora, me asomo con disimulo a través de los visillos de mi dormitorio y le contemplo. Parece que anduviera más erguido, mientras saborea su cigarro de aurora.
Si hace buen tiempo, a los pocos minutos, mamá abre de nuevo la ventana y es habitual escucharle cantar, con bonita y afinada voz, tremendas coplas que cuentan amores imposibles y desgarrados, prohibidos y trágicos, o infidelidades monstruosas borradas con un simple beso, crímenes que sorprenderían a los guionistas más atrevidos... Mientras, arregla su dormitorio.
Según me han contado ella misma y el abuelo (durante algún raro momento de confianza, normalmente durante alguna sobremesa navideña), tuvo ciertas veleidades artísticas. Quiso subirse a los escenarios para dedicarse al mundo de la canción, incluso adquirió el primer vestuario. Pero el abuelo, representante fiel de la moralidad imperante entonces en Euritmia (para él, aún hoy), se lo prohibió con profusas amenazas (supongo que algún pescozón o paliza). Llegó a sentenciar que las tonadilleras (esta palabra la empleaba con un acento despectivo, escupiendo, casi, las sílabas) estaban siempre a un paso de acabar en el arroyo (otra expresión empleada como sinónimo de maldad, de hampa, de crimen, de vicio). Cuando me contaban aquello, yo era pequeña, y no entendía lo del arroyo, pues Euritmia tiene dos ríos. Llegaba a la conclusión de que hablaba del que hay en el pueblo, la cosa no me parecía muy peligrosa...
Mamá no es fea. En su juventud era hermosa. Me atrevería a decir, esto sólo lo intuyo, que ha despedazado más de un corazón. En sus facciones queda la huella clara y contundente de su pasada belleza a la que ha sacado partido, sin duda. Se lo noto en la coquetería que todavía utiliza y que la hace ser un punto presumida. Me saca de quicio, quizá porque soy de otra manera, quizá porque no me gusta pintarme, ni vestirme para atraer, ni mirar como dicen mis amigas que hay que mirar cuando interesa un chico.
(Eso de mirar de un determinado modo, me da risa. Cuando mis amigas se ponen a sí mismas como ejemplo viviente para ilustrarme ante mi incultura gestual, acaban con rictus de ternera parapléjica. En fin...).
Sin embargo, el carácter de mamá no es hermoso, ni siquiera agradable, es de vampiresa: quiere sacar hasta el último jugo a cada persona que le rodea. Intenta controlar todo lo que se mueve a su alrededor; y no solo controlarlo, sino dirigirlo por el camino que a ella le interesa; ejerce un mando supremo sobre todos nosotros, su familia, con una disciplina que en ocasiones es dictatorial, casi nazi. Por decir todo, con ciertas dosis de violencia, sobre todo conmigo... Y desde que yo era muy pequeña. Quizá estrella conmigo todas sus frustraciones…

Hacia las siete y media, al poco de marchar mi padre a la oficina, una voz atronadora, la de mi abuelo, Cecilio Sebastián (último de Hidalgo de Villafranca del Arroyo, pues al estar viva mamá (que fue su único descendiente) no lo ha heredado, y supongo que pasará a Marc, pues es un título hereditario que pasa a los descendientes varones de mayor edad), brama por el desayuno. El abuelo es de buena estatura, incluso, se le podría considerar alto, todavía conserva buena parte de las energías de su madurez, sin embargo, su rostro, surcado por centenares de arrugas delata su edad avanzada. (Cuando era niña, y todo en mi casa me parecía maravilloso, uno de mis juegos preferidos, y que a él más le gustaba, era encaramarme en sus rodillas y contarle sus arrugas. Al llegar a la sesenta y cinco lo dejaba. Siempre. Me parecía imposible acabar). Lo que más me gusta de él son sus profundos ojos entre grises y verde musgo, según la luz o el humor; la mirada que arrojan no es que impresione, asusta: laguna cenagosa de muerte, depredador al acecho de la próxima víctima; la mirada resulta más siniestra, al convivir, con un rictus bucal curvo, que asemeja una eterna y aviesa sonrisa desmentida por su torvo mirar.
Su vozarrón es la señal del principio de la actividad en la casa, que, como en cualquier hogar, siempre comenzamos con las típicas bromas matutinas repletas de gritos y risas (cada vez menos) de los más jóvenes, tras las pertinentes órdenes maternas, más bien gritos, de abandonar el sueño y el lecho esgrimiendo la típica y tópica retahíla de que llegaríamos tarde a clase, de que éramos unos perezosos, de que en esta vida al que madruga Dios le ayuda. Y si su humor era pésimo solía concluir con una de sus frases lapidarias, “Ninguno merecéis el noble apellido que lleváis. Son indignos herederos de tanto valor y gloria”.
Tras el desayuno, frugal en la mayoría de los casos, el general de la casa, que no es otro que el abuelo, ordena a sus mesnadas la correspondiente y detallada distribución de posiciones, así como las misiones pertinentes para el resto de la jornada. Sus nietos, o sea nosotros, acatamos escrupulosamente las órdenes. ¿Qué otra cosa podemos hacer?

Como parte inaugural de este diario no está mal.
Empiezo a escuchar los primeros ruidos de la tarde. Están desperezándose de la siesta, que también es una especie de tradición familiar. Creo que bajaré con el resto, por si hay alguna orden.

(Continuará)

4 comentarios:

Ana J. dijo...

¿Y qué digo yo ahora, con la emoción que tengo al ver la reseña que has hecho de Lágrimas mágicas?
La elocuencia, que nunca ha sido mi fuerte, se me ha ido a otra parte.
Cuando entré quería decir que este capítulo me ha parecido estupendo, muy ágil.
En pocas líneas has dibujado todo un universo familiar, cosa que no es nada fácil, has perfilado cuerpos y almas, para que nos zambullamos en la historia.
Pero, sobre todo, lo que más me ha gustado, es que puedo ver a una adolescente escribiendo en su diario y sobreviviendo a su familia.
Este capítulo, en concreto, es excelente.
Un abrazo fuerte

Flamenco Rojo dijo...

Vamos conociendo a la familia de la joven...De momento parece todo muy normal...Quedamos a la espera de la próxima entrega.

Un abrazo.

catherine dijo...

Una chica que escribe su dolor en un cuaderno durante la siesta, que entonces baja por si hay algun orden del general de la casa y de su ayudante... empeza bien.

Amando Carabias María dijo...

Muchas gracias por tus palabras, Ana. Supongo que más adelante, a medida que se perfile todo con más detalle y nos vayamos centrando se verá alguna cosa más. Me gustan esas palabras que me dices, porque alguna pega que se le ha puesto a esta novela tiene que ver con el lenguaje que usa Mila.

En realidad, Flamenco te contestas a ti mismo en el comentario de más arriba.
Por suerte esta familia no es muy normal, auqnue quizá en 1988 las cosas no eran como ahora...: Sería cuestión de revisar hemerotecas.
El autor empezaba entonces a currar, donde aún hoy lo hace, España se preparaba para los fastos del 92. El paro se cebaba en la industria. Por entonces, si no recuerdo mal, se comenzaba el famoso proceso de reindustrialización, con Solchaga a la cabeza, todavía en los cuarteles se oían muchas cosas, y muchas enseñas rojigualdas, ostentaban sin pudo el aguilucho.
Si la avería (o lo que haya sido), me lo hubiera permitido, pensé hacer otro post con algo así, pero quizá esté aún a tiempo de algo, cazcalearé por ahí, a ver qué encuentro.

Muchas gracias, Catherine.´Ojalá continúe igual de bien.