Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

domingo, 31 de enero de 2010

MAÑANA AMANECERÁ (XXV Y ÚLTIMO)

El resto del mes de diciembre fue como si me lo hubiera pasado viajando en globo alrededor de Euritmia. No sentí que mis pies tomaran tierra casi ningún día. Percibía la realidad a distancia, con la perspectiva justa que evitara que fuera una amalgama informe e irreconocible, pero que no afectara, o al menos mucho, mi felicidad; la lejanía suficiente, en fin, para esconder sus más brutales deformaciones y sus más temibles errores que me la hacían repulsiva y dolorosa.
Las cosas tardaron en solucionarse, más de lo que nos hubiese gustado.
Todo fue muy lento y muy farragoso, como si anduviéramos en un lodazal lleno de trampas, recovecos y peligrosos animales que nos acechaban. Cada paso que se avanzaba, se retrocedían dos. Era un pasodoble, a la inversa. Pero el Vaticano había puesto un muro sólido a la espalda de los contendientes, una elevada e infranqueable protección que impedía, o eso parecía, la vuelta atrás. Se podía hablar de todo, durante todo el tiempo que hiciera falta, pero para ello no se podía disparar una sola flecha. Así que cada noche, después de escuchar los comunicados oficiales que se emitían, normalmente tres, uno por cada parte, se percibía que los avances eran lentos, casi nulos, nos acostábamos sabiendo que, por lo menos, al día siguiente amanecería, porque seguían abiertas las negociaciones. Y eso era muy poco, poquísimo, pero al menos nos garantizaba continuar con vida.

Se acercaba la Nochebuena, y esa fecha se convirtió en simbólica. De algún modo, el miedo nos volvió a atenazar. Algún profeta de lo maldito, y en cada país hubo más de uno, se encargó de difundir la teoría de que, para aquel día, se debían de solucionar las cosas, que era esa la última oportunidad. Parecía que si, entonces, no se había llegado a la firma de un tratado de paz, en cualquier momento, se reanudarían las hostilidades.
No sé muy bien por qué, quizá por la reiteración machacona, quizá por la pluralidad de su procedencia, pero el caso es que esa idea pasó a formar parte de las verdades absolutas acerca del conflicto. De hecho, la primera vez que la escuché, me sonó a predicción de vidente aficionado, de echador de cartas necesitado de publicidad para mantener el negocio. Pero, por razones ajenas a mi entendimiento, ya digo que anduve en estado de levitación varios meses desde aquel miércoles glorioso, tal premonición se convirtió en fundamento político y estratégico del conflicto. Se podía resumir del siguiente modo agónico: si el veinticuatro de diciembre, no se firma un tratado de paz, estallará la Tercera Guerra Mundial.
Las perspectivas no eran muy halagüeñas.

Cada noche, a pesar de todo, hubo oración de jóvenes en alguna parroquia de la ciudad. En realidad, se redujeron a tres o cuatro, a causa de la capacidad de sus templos. La que más se utilizó, por ser la más grande y la más céntrica, fue San Emilio. Al menos en ese espacio el desánimo no cayó. De hecho, no creímos aquella profecía infausta…
Aquel tiempo de Adviento, realmente fue de espera para toda Europa, que, como zona más afectada del Planeta, fue la más insistente en la iniciativa. Una espera angustiada, una espera que desgastaba las energías, una espera que nos envejecía, y si eso no se notaba en las arrugas del rostro, se percibía nítidamente en el cansancio atemorizado de las miradas, y en el peso trágico de algunas palabras. Una espera, sin embargo, constante, pertinaz. Tañidos para la paz. Una espera que supuso que la vida tomara más sentido de lo que había tenido hasta ese momento. Incluso impidió que se cometieran muchas locuras.
Cada día se reunían en el Vaticano las delegaciones diplomáticas. Cada noche una buena porción de jóvenes, y no tan jóvenes, europeos nos juntábamos para rezar por la paz. Parecían dos carreras de fondo. Dos maratones sin final establecido por la organización. Nosotros respondíamos a su falta de acuerdo, con la unanimidad del deseo. Contestábamos sus dilaciones inexplicables, con la claridad de nuestro único grito. Estaban ahí en permanente diálogo de sordos, o eso nos parecía; estábamos aquí, en silencio, orando, con una sola palabra en la boca.
No bajó en exceso el número de asistentes. Teníamos la sensación, para mí era certeza, de que esa presencia constante en todo el Continente, aunque nada más que fuera testimonial, era imprescindible. Los dirigentes allí nos tenían, incansables al desaliento, en las viejas iglesias europeas, que se habían convertido en nidos de esperanza. Queríamos la paz. Sólo. Algunas noches, tras escuchar el comunicado, percibíamos que la cosa parecía casi hecha; pero, otras, barruntábamos que la fiera, viscosa y ávida de muerte, se desperezaba y el peligro era inminente. Nos sentimos zarandeados, como muñecos de guiñol en manos del artista. Pero no cejamos en nuestro empeño. Era lo único que podíamos hacer, y creo que lo hicimos muy bien.
Aprendimos en aquellos días, al menos yo, que la fuerza de la palabra está en su constancia, está, no en el rito en sí mismo, sino en su sentido último. Aprendimos que, cuanto más la desnudábamos de oropeles, era más eficaz. No sé si llegaron a enterar muy bien de la existencia de aquellos actos, supongo que sí; y, si tuvieron noticias de ellos, no sé si les hicieron pensar algunos minutos, siquiera... Espero que sí. Pero, con el invierno golpeando sobre la faz de la tierra, calcinada en parte, mantuvimos firme nuestra acción.

Y llegó el día de Nochebuena. Un día frío, pero soleado. Un día de hielo. Una Nochebuena en la que, más que nunca, necesitábamos de la llegada de los ángeles. Una Nochebuena en que nos sentíamos atenazados, aunque en apariencia fuera un día más.
En el ambiente la sensación era un extraño cóctel de miedo, ansiedad, esperanza e impaciencia. En la calle se percibía más silencio que en los últimos días. La actividad, que casi se había normalizado, descendió de forma palpable, nuevamente. Todos teníamos un trozo de alma dándose una vuelta por la Plaza de San Pedro. Quien más, quien menos, había puesto un belén aquel año con la misma intención. Quien más, quien menos, sentía un nudo en el centro de las entrañas. La mañana transcurrió más silenciosa que nunca, si exceptuamos aquel martes de nieve y muerte. Muchos nos paseábamos por la Plaza. Nos mirábamos para ver si descubríamos alguna noticia en los rostros de los demás. Todo era mutismo.

Por fin, a las dos de la tarde, como el anuncio anticipado de los ángeles a los pastores, se difundió de forma oficial, que estaba dispuesto para la firma el tratado de paz, que por petición expresa del Papa, a la que accedieron ambos mandatarios, se rubricaría el día de Navidad. Sonaba a cuento de Dickens, y era tan hermoso que sonara a cuento.

Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad
Pero también era necesaria esa liturgia; en tanta falsedad iba el envite de nestra vida, así que mejor hacer como que nos lo creíamos.
No hizo falta esperar a la firma para conocer sus contenidos. Hubo una rueda de prensa conjunta repleta de falsas sonrisas, indirectas tremendas, pura pose, hipocresía, una malísima representación de la mentira.
Se había llegado a acuerdos satisfactorios para ambas partes. Se volvía a la situación fronteriza previa al comienzo de las hostilidades. La OTAN y el Pacto de Varsovia no intentarían cambiar el statu quo establecido, ni intentarían modificar sus respectivas zonas de influencia. La URSS se comprometía a luchar contra el terrorismo internacional. Ambas alianzas internacionales, con las dos superpotencias a la cabeza, se comprometían a iniciar los estudios y las negociaciones para dar los pasos tendentes a la progresiva reducción de las armas nucleares, hasta su total desaparición. La URSS, sin renunciar a los principios marxistas leninistas, ni modificar su marco jurídico interno, aceptaba una evolución dentro de sus fronteras para reconocer ciertas libertades, como la de expresión y asociación. En resumen, todos dijeron que no había ni vencedores ni vencidos, y de forma tácita, admitieron sus errores. En aquel tratado también figuraron otras cuestiones, probablemente las más trascendentes a corto plazo. Acordaron que la comunidad científica de ambos países lucharía conjuntamente, de buena fe, y sin ocultar datos a la otra parte, para buscar soluciones a los daños causados. También de mutuo acuerdo se buscarían fórmulas para paliar en lo posible los daños ocasionados a víctimas inocentes. En fin, parecía un buen acuerdo, al menos sobre el papel, quizá el único posible. Hasta el Papa sacó el compromiso escrito de ambas superpotencias de no agresión mutua en los próximos doscientos años. Supongo que, en el fondo, se trataba de papel mojado: un gesto para la galería. Pero se firmó con todo boato y esplendor. Y quién sabe, lo mismo esa firma, si se ratificaba por los respectivos parlamentos, sería eficaz y detendría futuros caprichos y locuras. En definitiva, mucha palabrería, pero poca enjundia, salvo que las cosas volvían al sitio de donde no debieron salir, que todos mostraban buenas intenciones, y que había mucho miedo ante las consecuencias. Y no era para menos.
Nunca supimos qué habían pretendido los americanos, quizá demostrar que las cosas estaban donde ellos querían que estuvieran. Todo había sido un aviso. Quizá quisieron recuperar y reunificar toda Alemania. Quizá tuvieran informaciones de ciertos movimientos soviéticos preocupantes, tanto en África, Latinoamérica y Oriente Medio, y de esta forma lo pararon. Otros dijeron que había movimientos internos de cambio en la propia URSS y los americanos quisieron acelerarlos, aprovechando la aparente debilidad del régimen comunista, que evidenciaba esclerosis múltiple, y no sólo en sus ancianos dirigentes. ¿Quién sabe? O simplemente que un loco andaba suelto. O nada de eso...

A pesar de la paz, de aquella paz, nuestra generación, vive con el miedo prendido en el centro de las entrañas. Cuando enchufo la radio, cada mañana, temo escuchar noticias como aquellas de aquel día. Cuando no es así, respiro. El tiempo ha servido para que cicatricen las heridas; y como si la cicatriz no fuese suficiente, como si el cuerpo de la Humanidad necesitara estar siempre sangrando por algún sitio de su organismo, se tiene la necesidad de abrir otras. Siempre, parece, hay un enemigo al que eliminar. Y cada vez que hay un enemigo que eliminar mueren miles, cientos de miles, de inocentes.

Aquella noche, fue la Nochebuena más intensa que jamás haya vivido. No sé si sentí el nacimiento de Dios, pero sí sé que agradecí profundamente el que se concretara el mensaje que traía colgado del brazo.
Por fin, en la misa del gallo, cuando el Gloria era acompañado por el alegre tañido de las campanas, y la iglesia celebraba la llegada a este mundo de Dios, convertido en un débil niño desvalido, todo el sufrimiento de aquellos días adquirió una simbología especial.
Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad.
¿Cuántas lágrimas corrieron por tantos rostros durante esa canción de júbilo?

Y luego, sin que nadie lo insinuara, nos llegamos hasta la Plaza, siempre la Plaza, donde las vidas iban pasando ante nuestros ojos. Ella y yo abrazados, como todos esos días, flotando un palmo o dos por encima de la tierra, con los ojos perdidos en nuestra estratosfera, que en mi caso eran sus dos luminarias. Alimentándonos de besos y caricias y sonrisas y miradas cómplices... Con todos nuestros amigos, de los que he hablado, y muchos más, y con la coral de jóvenes de Euritmia, acompañados de las estrellas que brillaban más hermosas que nunca, cantamos y cantamos villancicos. Muchos desentonábamos, pero no importó, y si alguien se dio cuenta no dijo nada. No le hubiera servido.
Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad.

Y aprendimos, por fin, que la única fuerza somos nosotros mismos. Que la verdadera eficacia reside en que las voluntades se aúnen convencidas de que lo que buscan es lo bueno, lo mejor. A la larga, no importa casi nada, el volumen de nuestras voces, ni la belleza de los sonidos de las palabras, ni la elocuencia. Lo que importa realmente es la constancia. La clave es no desfallecer.
Personalmente descubrí, como otros lo habrían hecho antes, que se resiste mejor en la lucha, aunque sea tan testimonial y utópica como la nuestra, con un hombro donde apoyarte en las horas del desánimo y el cansancio. Se aguanta más con unos oídos atentos a tus deseos, pendientes de sus necesidades. Es más liviano el sufrimiento, cuando sientes una caricia, o un beso inunda el ritmo acelerado de tus entrañas. Si, además, tienes un corazón que lata al compás de tu corazón, puedes llegar hasta el fin del mundo sin desmayo.

Y supe que estaba equivocado, que las vidas no desfilan delante nuestro como lo hacen las gotas de lluvia; que las vidas no son pequeños granos de mostaza, si se comparan con la mía, siempre importante, siempre redentora de no se sabe qué, o quién, pero redentora, al cabo; todo era mentira, pues, cuando algo, aunque sea el miedo, te hace mirarlas, descubres que, en realidad, las vidas son las infinitas respuestas a las preguntas que lanzas desde el propio miedo, o el desaliento, o el cansancio. En fin, descubrí que sin esas vidas, en apariencia tan ajenas, la tuya tiene menos sentido que un grito en el desierto, y no tendrá ninguna respuesta, que puede ser peor.
Las vidas.
¿Cuántas vemos pasar a nuestra vera? ¿Quizá miremos siquiera una? Y, sin embargo, todas confluyen, desembocan en los mismo: morir; pero morir, no que las maten.
Simple y llanamente morir. No dramatizaremos, ni lloraremos. Es una realidad tan aplastante, que, por ella misma, vive, ante nuestros ojos. Acaso sea la única verdad inquebrantable. Sin embargo, no pensamos, o lo hacemos en menor medida, en ella, su recuerdo nos queda vestido de raso azul: tenue, alejado, esfuminado, pero permanece... Ese eco de lo que ha de pasar, al que no mostramos excesiva atención, quizá porque es tan cotidiano como el latido de nuestro corazón. Pero intentaron que se confundiera con el grito estentóreo de los que quieran aniquilar las vidas a destiempo, porque se han erigido en defensores y guardianes del bien. Y de forma inmediata, descubrimos la diferencia, la mentira. No es lo mismo, y sólo queríamos lo nuestro.

Aprendí, en definitiva, que esas vidas que pasan ante nosotros, si no las miramos con amor, al menos con ternura, nos las perdemos, y esa es la mayor pérdida, y el mayor riesgo para que nuestra singladura zozobre sin remisión. Sin duda es más hermoso contemplar una vida, que una puesta de sol. Por maravillosa e irrepetible que ésta sea, más maravillosa e irrepetible es aquélla.
Aquel día/aquellos días, junto a la mía, pasaron muchas, y no sé por qué instinto de supervivencia no me escondí, asustado, bajo la almohada de mi cama, sino que me fijé más en ellas que nunca. Quizá porque intuí que, sin ellos, sin su fuerza, sin su apoyo, sin su presencia, en fin, hubiera naufragado en medio de la tempestad que sufrimos todos.
Además de salvarme de la desesperación, supe que, detrás de cada una, anidaban tantos anhelos, tantas ilusiones, tantas esperanzas y tantos deseos como en la mía, o más. Incluso, como en la mía, anidaba el amor, el verdadero guardián de nuestro latido. Y por eso, descubrí que eran tan dignas de ser tenidas en cuenta como la mía, o más. Y por eso, hoy las he querido esbozar.

El tiempo ha transcurrido. Aquella pesadilla se hizo añicos, gracias al cielo, como luego los muros, y algunas tiranías, aunque queden muchos por derribar. Muchas de esas vidas continúan latiendo junto a la mía. Otras, para nuestra desgracia, han desaparecido. Pero cada una lo ha hecho a su manera, cuando lo tenía que hacer, no cuando los otros quisieran, los falsos guardianes de nuestra respiración.

Amanecieron más días. Contemplé otros amaneceres, otras puestas de sol. Espero que sigan amaneciendo muchos más. Pero, sobre todo, sigo contemplando las vidas que me tocan en suerte. Y deseo con verdadera fuerza, que las vidas que pasan junto a la mía no lo hagan como si fueran pequeños granos de mostaza, sino como hermosos amaneceres que me atraen por su riqueza y esplendor, por su inefabilidad y hermosura.

Ahora, que me voy a acostar en su compañía, sé que mañana amanecerá.
Es suficiente.
...Y es tan hermoso.

12 comentarios:

Isolda dijo...

Finis coronat opus. (tampoco es mentira)
Suena exagerado pero teniendo en cuenta que práticamente era tu primera novela, te la has ganado.

En respuesta a Catherine en Pavesas y cenizas, no sufras; la dignidad está tan alta como el gloria que intercalas en este último capítulo.
Además la novela acaba con esperanza y como tu nombre.

¿Qué será lo que nos preparas para después de este mañana?

Escribidor, besos de ayer, hoy y de siempre.

Amando Carabias María dijo...

Isolda
Es un poco abrumador, pero sí, fue mi primera novela, no casi, sino la primera. Que ha sufrido dos reviisones, sí, pero no en su estructura, ni en lo fundamental del argumento.
¿Qué nos reserva el futuro en este blog?
Creo que tengo que meditarlo un poco más, pero os mantendré convenientemente informados.

catherine dijo...

Isolda, no entiendo de que hablas. Espero no haber metido la pata otra vez.
Un chico de 19 años vive a menudo en un mundo utòpico y se nota en tu novela aunque ya te hablamos de tu talente adivinatorio. Creo que queda algo de este chico en el fondo de tu corazòn, siga teniendo esta alma de niño o de hombre de buena voluntad.
Y siga contandonos ... lo que tu eliges.

Amando Carabias María dijo...

Catherine
Creo que no has metido la pata, y tampoco sé a qué se refiere Isolda con precisión, ni siquiera lo barrunto.
No sé si queda algo de aquel chico en mi corazón, la verdad es que me gustaría que quedasen muchas cosas, y entre otras ese fondo de utopía, que imagino como un horizonte hacia el que dirigir nuestros pasos, por más que el camino sea largo, por más que muchas veces caigamos en la contradicción, por más que quizá nosotros no lo alcancemos.
Gracias por haber llegado hasta el final de esta novela sin desfallecer.

Flamenco Rojo dijo...

Opus Primum Amandus…”MAÑANA AMANECERÁ”…No parece una primera obra de un escribidor. Nos lo creemos porque te conocemos…Utópica, original, amena con tintes dramáticos y algunas pinceladas rosas. Este último capítulo está lleno de interesantes reflexiones…Me quedo con la de “no desfallecer, esa es la clave”, y con la esperanza de que algún día esta novela vea la luz en las librerías.

Un fuerte abrazo y gracias.

PD.- La canción de Scorpions muy propia.

Amando Carabias María dijo...

Flamenco Rojo:
Por aclarar. Sé que lo tenías en la cabeza, pero bueno. No es primera obra, sino mi primera novela.
Muchas gracias por tus elogios.
Bueno, pues no desesperaremos.
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Isolda dijo...

Hola Catherine, aquí la única que mete la pata soy yo. Si ves un comentario de Amando en Pavesas, me dice que espera que el final de Mañana Amanecerá, sea digno.
Como yo leo a veces demasiado rápido, creo que ese comentario te lo hace a tí y por eso te nombro.
En todo caso, seguro que tanto tu como yo, creemos que sí ha quedado a la altura que esperábamos. Y fué su primera novela!
Pues lo dicho, que en cuanto recupere tu dirección, que la he perdido con el cambio del PC te escribo.
Muchos besos desde el sol.

Amando Carabias María dijo...

Isolda:
Gracias por la aclaración, que uno imaginaba que consistiría en algo de eso

Evaasecas dijo...

No he podido dejarlo para mañana. Aquí estoy en el último capítulo.
Hoy es un día especial para mi blog y para mi historia, como sabes si has leído los comentarios de mi última entrada, Txispas y Carlos, me han visitado y me han invitado, sobre todo Carlos, que es el artífice de el proyecto "Deja que llueva", a formar parte de su fundación como apoyo moral para la gente que está pasando por algo parecido a lo que mi marido y yo pasamos antaño. He aceptado pero no se si me queda un poco grande.
Y te preguntarás, ¿a que viene esto? Pues muy sencillo. Hoy te puse una canción, no recuerdo en qué capítulo, "Habrá que creer" y hoy también termino de leer tu novela "Mañana amanecerá", y tengo una sensación super optimista, y creo, de verdad, que mañana, mañana amanecerá, seguro.
Un abrazo grande, grande. Enhorabuena, Amando.

Amando Carabias María dijo...

Evaasecas
La canción nos la regalaste en el capítulo XIX, y como habrás visto la he subido bajo la canción del boss.
Ya he visto, sí, los comentarios a los que te refieres. Y estoy seguro 100% no sólo de que no te vendrá grande, sino que allí serás absolutamente vital. Ya nos dirás, aquí o allá.

Ahora que has llegado al final y que veo que te ha gustado, me siento más animado aún, mucho más animado.
Con vuestro cariño y vuestra atención, la autoestima de uno sube mucho, mucho.

Evaasecas dijo...

No es para menos Amando, y si, he visto que ponías la canción, yo estaba entre capítulos y lo vi en directo, y he de confesarte que hoy he dejado de hacer mis cosas de la casa un poco de lado porque quería terminarla, en serio, me atrapó de veras. Y me he quedado con ganas de seguir leyendo, creo que empezaré algún libro de los que tengo en casa.
Gracias, de verdad.

Amando Carabias María dijo...

Evaasecas:
No, las gracias a ti.