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Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

domingo, 24 de enero de 2010

MAÑANA AMANECERÁ (XXIV)

La discoteca Dolly era la más grande y la más moderna de Euritmia, aunque su nombre siempre me pareció más que desafortunado. Pero así estaban las cosas. Se ve que los gustos de algunos empresarios de salas de fiesta, discotecas y similares no eran coincidentes con los míos. El local se situaba frente al parque de San Emilio, en una de las zonas más céntricas y mejor comunicadas de Euritmia.
En los últimos años, se había llevado buena parte de la clientela de las demás discotecas. Allí había mejor música, los últimos avances en iluminación, los mejores pinchadiscos de la ciudad (entonces aún no existían los DJ), la decoración y el ambiente más innovador. No cerraban ningún día de la semana. Y era extraño que hubiera poca gente. Pero, además de lo dicho, es que la música lenta se cuidaba de forma deliciosa.
Esa era la verdadera razón por la que acudía allí de vez en cuando. De ellas, de las discotecas, digo, sólo me gustaban las canciones románticas, las baladas. En fin las melodías que me permitiera bailar con una chica, o, en su defecto, charlar sin necesidad de dejar las cuerdas vocales en el intento. No iba mucho a estos lugares, quizá una vez al mes. Mis amigos solían acudir los viernes por la tarde, porque los sábados se juntaban demasiadas personas.

El baile sería una buena ayuda para intentar olvidar toda la carga que emociones, miedos y tensiones que nos habían desbordado la víspera. Aquella tarde, nadie protestó por el dinero que tenía o dejaba de tener. Nos daba igual. Nos lo tomamos como una terapia: a las medicinas no se les discute el precio.
Abrían a las siete y media. Cuarto de hora antes ya había bastantes grupos merodeando por la zona. No me había equivocado. Si no pasaba nada raro, mucha gente acabaría yendo allí. La tensión acumulada, las vacaciones anticipadas, el frío... Todo nos empujaba en la misma dirección. Las ganas de divertirnos, no fuera a ser la última vez.
La vi a los pocos segundos. Se paseaba acera arriba y abajo, solitaria. Los demás no habían llegado. Procuré aparentar la máxima calma. Pero dudé que no oyera los latidos de mi corazón a medida que me acercaba. Me resbalé con un trozo de hielo que estaba en una zona umbría. Casi me caigo. Por suerte no sucedió, pero tal demostración de mi torpeza provocó la risa de ambos, y el alivio de la tensión que nos embargaba, aunque los dos intentábamos disimularla.
Se había pintado los ojos y los labios. Se había cambiado el peinado; había mandado a paseo su enterna coleta, y lucía una melena lisa, como la noche, que en parte cruzaba por el lado izquierdo de su rostro, parecía que había crecido algunos años. Estaba realmente atractiva, apetecible... Lucía unos brillantes pendientes transparentes. Ese esmero en arreglarse me emocionó, pues otras veces que la había visto en la discoteca, no había hecho tantos alardes. Era una forma de decirme que aquella tarde no era una tarde más de discoteca, sino que se trataba de algo muy, muy especial.
Ante ella, una vez más, me quedé mudo. Me preguntó, '¿Esperamos a que lleguen los demás?' No hizo falta ninguna respuesta, pues se acercaban hasta nosotros formando un grupo compacto, prácticamente irrompible. Se les notaba, desde luego. Más de uno miró con intención. Menos mal que Rut estuvo al quite. La saludó efusivamente y se colgó de su brazo. Consiguió que desapareciera cualquier sospecha, si es que ésta había anidado en su cabeza. Buena chica, pensé emocionado y agradecido.
Cuando quisimos entrar, la discoteca rezumaba gente. ¿De dónde habían salido? Yo no había visto a tantos. Empecé a sospechar que cuando estaba a su lado, sus ojos me hipnotizaban, o algo así.
Pedimos nuestras consumiciones. A la primera teníamos derecho con sólo presentar la entrada, pues se incluía en su precio. A partir de ese momento, había que pagar las demás. Me pedí un güisqui con limón. Ella un cuba libre. Pero ni nos sentamos. En cuanto encontramos unas mesas para dejar las bebidas, nos lanzamos a la pista frenéticos.
Más que bailar, saltábamos, hacíamos una rara especie de tabla gimnástica acompañada de toda clase de gritos guturales. Alzábamos las manos con los puños cerrados. Palmeábamos. Nos cruzábamos provocando algún que otro choque. Casi todo estaba permitido. Ni Gabi, normalmente tan comedido en ese tipo de situaciones, se sustrajo a ellas. Era la descarga definitiva que necesitábamos.
Chus hacía extrañas cabriolas. Che perseguía sombras inexistentes. Rut no dejaba de agitar su castaño pelo. Y ella me miraba sorprendida, un poco asustada, y feliz.
Pasaban los minutos y no cesábamos en nuestra actividad de destrozar el baile. Parecía que la música, más que música, era un tobogán que utilizábamos como si fuéramos niños en un jardín. Gritábamos. Fumábamos. Bebíamos. Sudábamos. Y por fin, tras unas veinticuatro horas, reíamos, casi histéricos.
Al poco, para animar más el ambiente, entró en funcionamiento una luz blanca que funcionaba a destellos, como un flash fotográfico. Con lo que los movimientos que el ojo percibía era como de fotogramas superpuestos. Veíamos a uno, por ejemplo, con la cabeza hacia la derecha, y al instante siguiente la tenía a la izquierda, sin que nuestra retina hubiera percibido el movimiento que le había llevado a tal cambio. La histeria fue total. Quien más quien menos, forzaba el gesto y la postura, para resultar no ya cómico al espectador, los demás, sino histriónico. Era algo esperpéntico, pero, en el fondo, amargo...
Después de media hora, me sentía agotado. Y nervioso. Debía intentar perfilar mi plan no quería equivocarme. Tenía que asegurarlo. Nunca, intuía, había tenido tan próximo el que una mujer me dijera que sí. No podía perder esta oportunidad. Desesperadamente buscaba las palabras más hermosas para declararme. Pero ninguna me parecía adecuada. Sentía el amargo güisqui por mi garganta. Era demasiado alcohol en tan pocas horas. Lo aguantaba bien, pero todo tenía un límite. Cualquier pensamiento me alejaba de lo que realmente me preocupaba.
Vinieron hasta donde estaba, Chus, Ángel y Rocas. Me dijeron que les acompañara a ligar. Chus, más informado y más atento se interesó de veras, '¿Qué haces?', 'Descansar, estoy agotado, el sueño que arrastro me va a matar'. Rocas, más al margen de la situación, seguía a lo suyo, 'Hemos visto a unas cuantas que están muy bien, y están solas, ¿te vienes con nosotros?' Denegué un poco con blandura, pero no se percataron, 'No, id vosotros'. Ángel me guiñó un ojo, 'Bueno, hay una chica en la discoteca a la que no diremos nada, ¿te la presentamos?' Le sonreí, agradecido en serio, le apreté el brazo. Rocas nos miraba un poco perplejo. Supongo que en pocos minutos le pusieron al corriente. Y Chus remató el diálogo, 'Que tengas suerte, tío; ya sabes, sin miedo, sin dudas; tú, seguro'. ¡Qué fácil es decirlo!, pensé. Ciertamente estaba algo más que nervioso.

Por fin cambió la iluminación. La música se hizo más dulce y amable. Comenzó la desbandada de la pista. Las parejas iban tomando posiciones. Ella se sentó con Rut, su hermana, y Enma que había perdido a Gabi. Yo sabía que empezaba la parte del ritual. Todos los sabíamos: Enma, Gabi, Rut, Chus, Ángel, Casio, cada uno, tomó posiciones. Pero, como toda liturgia, tenía su ceremonial que era imprescindible respetar. Ella no se acercaría hasta mí. Eso hubiera sido una locura y un error y ella no lo cometería. Era yo quien me tenía que decidir. Era yo quien tenía que sacarla a bailar, por tanto, yo era el que marcaba el tiempo, aunque fuera ella la que tomara las decisiones. Siempre había sido así, y yo ni podía ni quería cambiar esa vieja liturgia que sofoca el estómago, reseca la lengua y obnubila el entendimiento. En su consecuencia, y como digo, el estómago se me hizo un nudo, las palmas de las manos me sudaban y el corazón parecía disputar la final de los cien metros lisos de unas olimpiadas.
Así que me levanté y me acerqué a donde estaban los otros. De todos modos, era demasiado pronto para sacarla a bailar, además estaba rodeada de otras tres mujeres. Todo demasiado complicado. Me recibió Chus, 'Vaya, ya te han dado calabazas, tío, creo que has batido un récord', 'Pero si no me ha dado tiempo', protesté. Él siguió con su broma, seguro que estaba intentando ayudarme a que pasara el trago, 'Por si acaso al final te las dan, te voy a presentar, oye, nunca se sabe, además, a rey muerto, rey puesto'.
El ambiente era distendido. Las risas abundaban, seguro que Chus y Che estaban haciendo de las suyas, bien secundados por Ángel y Rocas. La verdad es que casi no me enteré del nombre de las chicas. Pero la visita a aquel grupo me había venido muy bien, me había desaparecido un poco del atoramiento mental en el que había entrado.

Mi cabeza estaba en otro sitio. Empezaba la segunda o tercera canción lenta. Como no me moviera, se me iba a pasar el tiempo. Miré hacia el lugar donde las había dejado. Aproveché que Casio había llegado a donde las chicas. Enma ya no estaba, pues Gabi se la había llevado a la pista. Ahora o nunca, me dije. Me fui directo a ella, '¿Quieres bailar?'
Ni me contestó, simplemente se levantó. Noté en los ojos de Rut, que me estaba recriminando por la tardanza. Me encogí de hombros. Ella no sabía el subidón de adrenalina que llevaba.
Noté que se apretaba a mí más que nunca, como buscando cobijo, protección. Mi cabeza era un torbellino en completa ebullición, 'Ha sido precioso lo de esta mañana', 'Sí, ha sido una suerte poderlo vivir juntos'. Aquella afirmación, que me debería haber ayudado, pues era un puente de plata tendido para que cruzara el abismo tranquilamente, en realidad me puso más nervioso.
No se me ocurría nada. Mejor dicho, se me ocurrían muchas cosas, pero me parecían cursis, o ridículas, que es peor. Todas las posibles palabras se me quedaban colgadas de la laringe. De allí no pasaban. No daba ni tiempo ni que a tropezaran con los dientes.
Sonaba el Te quiero de José Luis Perales. No es la mejor canción romántica que se haya escrito, o a mí no me lo parecía, me resultaba demasiado empalagosa, pero entonces me pareció la más apropiada. Quizá la única. Así que me agarré a aquella letra del conquense, como me hubiera aferrado a un salvavidas, '¿Escuchas la canción?', '¿Qué?' Había hablado tan rápido, y tan bajo, con tanto miedo, que no me escuchó. Después de carraspear, lo repetí. 'Sí', musitó, 'Pues eso', respondí. Era la declaración, por llamarla de algún modo, más torpe y más absurda que había hecho, pero ya estaba. No daba más de mí. Percibí que levantaba la vista. En ese momento, seguro que tenía que notar el barbotar de mi sangre a través de mis venas, que circulaba a velocidades interplanetarias por culpa del pánico. Sonrió, 'Y yo', '¿Qué?', 'Que yo también te quiero... Parece mentira que seas poeta, chico', dijo sonriendo maliciosamente.

Pero no le dejé decir nada más. La besé con auténtico frenesí. Me besó con verdadera pasión.
En aquel beso viajaron todos mis anhelos, mis frustraciones, mis ilusiones. Era un beso, y era mucho más. Era un beso y era una declaración de principios. Era un beso y era la constatación de que el amor no puede ser aniquilado por una simple guerra mundial. Y agradecí, y desde entonces cada día, a Perales que hubiera compuesto esa canción, que casi es mi preferida, Te quiero, Te quiero y eres el centro de mi corazón. Y yo sentía exactamente eso.
Y juro que paró la música, que se detuvo el tiempo, que los demás se desvanecieron, hasta el mundo desapareció.
El universo entero éramos ella y yo.
El cosmos éramos ella, yo y un beso infinito.

No sé cuanto tiempo después, si minutos, u horas, o segundos, sentí una mano, distinta a la suya, en mi hombro. Me giré. Era Rut sonriente y llorosa, que, a nuestro lado, bailaba con Casio. Seguro que había sido testigo de todo, 'Oye que es la hora de respirar, a ver si morís asfixiados'. Nos miramos como sólo ella y yo nos sabíamos mirar, 'Enhorabuena tortolitos'. Y en voz baja me susurró, 'Espero no perder un amigo, ni un confidente'.

Éramos felices, por fin.

5 comentarios:

Isolda dijo...

Me doy cuenta de que me salté el capítulo anterior, quiero decir, que lo leí, pero no volví sobre él.
Ahora sé el porqué. Quería leer éste, por fin. Aunque se nota el paso del tiempo y la inexperiencia de los enamorados, yo al menos, quiero leer cosas como la de hoy. Cosas que hemos vivido de igual o distinto modo, pero básicamente las mismas: los cotilleos entre los de la pandilla, los que ayudan a dejaros solos en algún momento, las torpes palabras (porque lo fueron) y sin embargo eran todo lo que elle esperaba oír.
Y ahí fué cuando se paró el mundo.
La frase de Ruth, maravillosa.
Lo que hoy toca son besos felices.

Amando Carabias María dijo...

Isolda:
¿Las torpes palabras?
Pero si casi ni hubo palabras.
Es terrible. Uno que se cree que puede decir lo que quiera, cuando quiera, como quiera y a la hora de lo cuenta, no sabe decir nada, porque lo que importa quízá no se se pueda decir.
Y sí, lo de Rut lo siento de tal modo. Por alguna razón especial a veces es muy difícil mantener ese tipo de relación.

Flamenco Rojo dijo...

Como dice Isolda, estas experiencias las hemos vivido todos, en mi caso muy parecida a la del protagonista de la novela, con un poco de más morro pero similar…Esa ceremonia, esa liturgia que mencionas en el capítulo…

El otro día en Pavesas se hablaba de cuando el tiempo se detiene: “¿Y aquellos gestos lejanos...? Él sabía que el tiempo se había detenido y que no volvería a arrancar.” Afortunadamente vemos que el tiempo se detiene muchas veces y algunas son muy agradables.

Un abrazo

Amando Carabias María dijo...

Flamenco Rojo;
Justo cuando hiciste el comentario que hiciste en Pavesas, me acordé de este momento de la novela, que sabía que llegaba, claro.
Supongo que habrá de todo, y generalizar es malísimo, y mucho más en ciertas lides, pero estaría por apostar que muchas generaciones han practicado, y acaso aún se práctica un ritual similar. Quizá cambien los lugares, a lo mejor algún aterezzo de los decorados. Da igual, al final lo esencial se repite, y es maravilloso. Me parece.

Amando Carabias María dijo...

Aviso general:
Habréis visto que he cambiado la ubicación del vídeo del Boss, con esta canción.
Esta modificación se debe a que Evaasecas, me ha hecho la petición hoy mismo, en el capítulo I de esta entrega.
Si a alguien le genera más problemas en esta nueva situación, por favor que me lo haga saber (en público o privado) y veo la posibilidad de hacerlo de otra manera.

Y ya puestos, os recuerdo que el próximo domingo es el último capítulo de la novela. Han pasado ya las veintiséis semanas.
Increible.

Después, veré que hago, pero algo haré.
Seguro.