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Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

domingo, 10 de enero de 2010

MAÑANA AMANECERÁ (XXII)

Salí de nuevo a la calle. Si había noticias no se esperaban hasta tres o cuatro, quizá cinco horas más tarde. Si me quedaba en casa tenía la sensación de estar enjaulado, así que me largué, sin muchas explicaciones.
Llegué como siempre a la Plaza, siempre la Plaza. Era como un imán para nuestro corazón y nuestros pies. A veces tengo la sospecha de que para poder ir a otro sitio que no fuera La Plaza teníamos que programar la salida con anticipación, de lo contrario, siempre acabaríamos allí. A veces pensaba que era como el cuarto de estar de nuestra casa. Sabía que allí podría encontrar a más de uno de mis amigos y amigas.
A ella no la esperaba tan temprano, y menos después de que lo de la madrugada hubiera sido una especie de fuga de su vivienda; seguro que no se arriesgaba a otra posible reprimenda, pero quién sabía, era otra posibilidad.
Vi, en efecto, a alguno de mis amigos, pero la sorpresa me la dio Rut.
Rut era una amiga de Madrid. Rut, en realidad, era una de mis musas predilectas. En el fondo, creo que aún sigo enamorado de ella. Desde que tenía dieciséis años, y ella catorce, mi corazón ha suspirado por ella. El hecho de que entonces estuviera a punto de hacerse público y notorio, que tenía pareja, no disminuía ni un ápice aquella sensación. No es que no estuviera enamorado. Lo estaba locamente. Pero la madrileña se había colado como una droga obsesiva en mi torrente sanguíneo. Ella no era culpable de nada. Eran mis sentimientos los que me jugaban malas pasadas, o los que terminaban por confundir unas cosas con otras. Lo que había ocurrido durante la madrugada en la Alcazaba era prueba evidente de que mi corazón estaba ligado a otra persona, pero quizá era necesario que contrastara aquel amor, con la presencia física y tangible de Rut. Algo así como la prueba del nueve...
Rut era espléndida en todas las facetas. Todo su físico era atractivo, hasta sus narices entre romanas y judías. Aparentaba más años de los que tenía. Muchos pensaban que era mayor que nosotros. Pero la principal característica de ella es que era mi confidente. Yo el suyo. Éramos amigos de verdad, y eso era tan trascendente que nos llevó a una situación similar a la de colgar de un precipicio.
Cuando, un par de años atrás, intenté declararme, me cerró los labios con sus manos y me dijo, 'No digas nada, es mejor, vamos a dejarlo así, soy tu mejor amiga, y quiero que seas mi mejor amigo'. Tragué la saliva y, empapado con ella, el orgullo. Pero obedecí. Sabía que era la única forma de disfrutar de su compañía. Recuerdo que estábamos bailando en una discoteca. Y lloré en su hombro en silencio. Cada vez que levantaba mi cabeza, supongo que como un perrillo faldero mira a su amo, me encontraba una amarga sonrisa salpicada de lágrimas. Fueron unos minutos lamentables, amargos, que me dejaron una honda cicatriz, que algunas noches radiografía sin piedad la luz de la luna llena.
Pasado el tiempo, tantos años después, cuando escribo estas líneas y aún siento la emoción casi viva de aquel instante, he llegado a la conclusión de que lo que realmente quiero es esa cicatriz, que más parece un trofeo a estas alturas, pero en otras ocasiones pienso que si hubiera sabido esperar un poquito más, quizá hubiera llegado mi momento. Aquel día fue el peor que pude escoger. Como quien dice acababa de romper con un amigo mío, cuando no me dejó que me declarase. Al año siguiente fue con Chus. En fin, siempre tenía que escuchar sus problemas de pareja con mis amigos. Ellos la besaban, la acariciaban, iban de la mano por la calle, paseaban por recónditos lugares solos. Yo, la escuchaba, la escribía, la leía y cuando rompió con ellos, serví de pañuelo de lágrimas, aquella mañana también, aunque yo no lo sabía aún. Nos carteábamos con frecuencia, lo que, obviamente, no ayudaba en absoluto a que mejorara mi enfermedad.
Cuando transcurrían meses sin verla, la primera vez que lo hacía, el corazón se me desbocaba. Aquella mañana noté que menos, casi nada. Una leve alteración que podría confundirse con un escalofrío del recuerdo que aterrizó en la piel, o con la propia sorpresa de su presencia. Supe que no era porque estaba muy cansado, si no porque me había enamorado en serio, y era mucho más real ese sentimiento, que la turbadora presencia de Rut.
Había superado con éxito la prueba del nueve.
Claro que no estaba sola. Casio, que yo sospechaba que era otro eterno pretendiente suyo, Gabi, Enma, Chus y, alguno más, andaban por allí. Pero todos se me hicieron invisibles, al menos en la primera mirada, '¡Rut!', 'Ya te echaba de menos, pues anda que no sois dormilones los de Euritmia', '¿Qué dices, chavala, si no me he acostado?', 'Pues como nosotros', 'He estado pegado a la radio hasta ahora; han comentado que por lo menos estarán tres o cuatro horas reunidos antes de que haya algún comunicado; así que me he dicho, que para arriba, que ya echaba en falta a una guapa madrileña con ojos de caramelo', 'Mira el ligón este...' Y sus ojos me acariciaron como hacían siempre. Eran el reconocimiento que me tenían. Sabía que siempre podría contar con ella. Ella estaba segura de lo mismo respecto de mí. 'O sea que hay mucho miedo por los madriles', dije. Y me sonrió, aunque percibí cierto temor al fondo de aquellos ojos, '¡Qué va! Como nos han dado vacaciones hemos dicho: como en Euritmia en ningún, que nos encanta este frío, conserva frescas y tersas las pieles...' El miedo dio un paso, ya no estaba al fondo de los ojos, sino que era su ocupante delantero, 'En serio, tío, estamos acojonados; ayer, a las seis, no había nadie en Sol, ¿qué te parece?; en cuanto nos enteramos de lo de Rota, todo el mundo pensó en Torrejón y nos hemos ido yendo por patas, al menos los que podíamos'. Asentí, 'Algo me contó ayer mismo por la tarde un escritor amigo que vive en Madrid'.
Ella no quería que la acaparase en exclusiva, '¿Y los demás...? No habéis quedado, o ¿qué?' Le dije lo primero que se me ocurrió, 'Pues no, la verdad es que anoche no sabíamos muy bien qué pasaría'. Pero Casio no podía permanecer callado, digamos que iba en contra de sus principios, 'No disimules'. Y no contento con eso tuvo que hablar, 'Lo que pasa es que tú te largaste en cuanto que apareció quien yo me sé, y no te volvimos a ver el pelo'. Estaba claro que había pensado que yo estaba fuera de circulación, y que sus posibilidades aumentaban. Con intención miró a Rut, pero se dirigió a mí, 'A saber qué habrás hecho toda la noche'. No es que me importara, pero no quería precipitaciones, y menos que pudieran llegar a sus oídos rumores de que yo decía que salíamos juntos, sin que se lo hubiera pedido y ella me hubiera dicho que sí. Digamos que parecía que íbamos a salir, pero aún no salíamos. Pequeños matices que en aquellos momentos no eran sutiles, sino transcendentales. Quizá hoy en día semejantes pequeñeces son causa de risa o incluso de burla, no lo sé. Pero en aquel entonces yo pensaba (y creo que no sólo mi persona) que tenía que existir una explícita pregunta (más o menos directa) y una respuesta concreta, para poder hacer oficial el comienzo de una relación. Hoy quizá basten esos conatos de besos. No estoy seguro, pero entonces, no. Y una noche como aquella, tan repleta de emociones y de miedos, menos aún. En definitiva, no quería que se hubiera publicado el asunto, porque todavía no era, digamos, oficial. Pero bueno Casio, el oráculo, había hablado. No se podía parar el asunto. Aunque no me quedé callado, 'Mira que tenéis grande la bocaza; pues nada, acabamos en la Alcazaba, viendo amanecer'. Rut sonrió. Se la veía realmente contenta. Me apretó el brazo y no dijo nada. Creo que, como siempre, supo lo que pensaba. Sólo me susurró, 'Ya me contarás'. Asentí con una sonrisa azorada.
'Por cierto', dijo en voz alta, '¿Che no va a aparecer?', 'No sabemos'. Chus le informó, 'Dijo que esta mañana tenían una reunión los de la obra para ver qué hacían'. Rut, como cualquiera, se extrañó, '¿Iban a trabajar?' Casio terminó ponerle al día, 'Según nos contó anoche, más que un jefe, tiene un cabrón que pretende que trabajen como si tal cosa; no les piensa pagar hasta que esto no se acabe, si hasta les quiso prohibir las radios, yo qué sé...' Ella que para ciertas cosas era un tanto radical no se reprimió, '¿Y no le ahorcaron ahí mismo?', 'Hicieron algo más práctico, se largaron y en paz', 'Hablando del rey de Roma...' Efectivamente Che llegaba. En cuanto descubrió entre nosotros la presencia de Rut sonrió ampliamente. Casio le preguntó, '¿Qué ha pasado?', 'Hemos decidido que trabaje él y quien quiera, pero sin represalias', '¿Y se ha quedado alguien?', 'Los pelotas, claro, siempre hay algún mamón'.

Casio tenía ganas de preguntar algo que no tenía que ver en absoluto con todo lo que estábamos hablando. Algo a lo que seguro había estado dando vueltas varias horas. Se veía de lejos desde hacía un rato. Y no se pudo contener, '¿Por qué creéis que no han intervenido los árabes?' Parecía una pregunta de examen. Como nadie habló dije lo primero que se me ocurrió, 'Pues no lo sé, aunque no tengo yo muy claro que no lo hayan hecho creo que en el ataque a Rota tienen algo que ver..., pero bueno, a lo mejor tampoco les ha dado tiempo; desde lo de Sadan y los israelitas están un poco de capa caída: a lo mejor son la sorpresa de esta historia'. Quiso justificar la pregunta tan a destiempo, 'Lo digo, porque como los yanquis hacían expresa mención a ellos en el primer comunicado'. Che también intervino, 'A lo mejor les ha pillado descolocados, o los americanos pensaban algo para los moros un poco más tarde'. Y después de rascarse la cabeza concluyó, 'De todos modos, los americanos se tienen que tentar la ropa, porque les interesan algunos aliados por ese lado, si no Israel lo puede pasar mal...'

Rut no quería más conversaciones políticas de altos vuelos, 'Vamos a tomar algo, vale ya de tanta cháchara'.
Acabamos en el Alambique. Un bar amplio y barato, y que disimulaba la suciedad gracias al trasiego incombustible de clientela. Los domingos, a la hora del vermú, se podían comprobar las tres cuestiones. El Alambique era un bar con mucho fondo. Contaba con muchos asientos. Eso era lo que quería en aquellos momentos. Los efectos del café se habían diluido. El sueño me rendía, estaba a punto de sepultarme.
Pedí mi eterna ginebra y me desplomé en uno de los sillones. Otra ventaja de aquel bar es que no te cobraban más por consumir sentado, en las mesas, que en la barra. Respecto de la víspera la situación era más tranquila, se acercaba a lo habitual de un domingo. Incluso los precios, para nuestra desgracia, se habían normalizado.
Che, Gabi y Casio se habían enfrascado en una discusión estratégica, seguro que al hilo de la pregunta que formuló en la Plaza. Me había llegado el bajón y no podía seguir el surco de sus argumentos. Tampoco me apetecía desgastarme. Hasta el lugar en que estaba arrojado, se acercó Rut. Una vez más, en silencio, admiré su cuerpo. Se acababa de quitar el abrigo y los ajustados pantalones de pana negra que lucía, así como el jersey de cuello cisne, también negro y muy ceñido, realzaban, mejor dicho, moldeaban sin pudor esa figura. Estaba siendo dura la prueba del nueve.
Pensé que no se me notaba, pero ella, con su habitual mano izquierda, se encargó de demostrarme lo contrario, 'Anda, no me mires así, tonto; cuéntame esas cosas que me tienes ocultas'. Suspiré, 'Pues no hay casi nada que contar'. Bebí un trago antes de seguir, en realidad, me daba corte decirle que me había enamorado, 'Este Casio que es un poco bocazas, pero como tampoco he dicho a nadie que sea un secreto'. Por fin la miré de frente, 'En fin, creo que me va a decir que sí', '¿Quién?', '¿Pues quién va a ser?' Ella estaba al corriente de mis andanzas y mis sentimientos gracias a mis cartas, y supuse, desde el principio que sabía a quién me refería. A lo que se ve, ella no lo tenía tan claro. En ese momento caí en la cuenta que, entre unas cosas y otras llevaba casi tres meses sin escribirla, y supuso que quizá se trataba de otra, '¿Es que en todos estos meses sigues así...? Yo pensaba que no me escribías, porque te daba algo de corte contármelo...' Y dejó en el aire el supuesto motivo por el que ella pensaba que me podía avergonzar revelarle un posible noviazgo. A mi pesar sonreí. Nos conocíamos demasiado bien, y ambos pensábamos por nuestra cuenta la reacción del otro. Acerqué la ginebra a mi boca, para ganar tiempo. Me ardió el paladar. Le ofrecí un cigarrillo. 'Es que no quería meter la pata..., otra vez, la última me hizo mucho daño'. La miré con intención. Me sonrió dulcemente, pero aprovechó la excusa del humo para pasarse la mano por los ojos. Me intenté justificar, 'Perdona, Rut, no te hecho la culpa de nada, sólo hablo de mí, de mis torpezas con las mujeres'. Asintió. Se la veía un tanto turbada. Aproveché su alteración para darle un pequeño resumen. 'Creo que tienes que ser tú la que me cuentes a mí, pero bueno, te resumo: ayer por la noche nos medio besamos, no me soltó del brazo y me dijo cosas maravillosas, aunque, la verdad es que no me he declarado, ni ella ha dicho nada'. Volví a beber otro trago, ya estábamos más tranquilos, 'Yo diría que sí, que tengo novia, incluso diría que estoy enamorado, pero chica, todavía no lo sé, por eso no quería comentar nada; ya sabes que me gusta la prudencia, y también sabes cómo es esta ciudad, por menos de nada, le llega a sus oídos los rumores antes que mi declaración, y, entonces, puede pasar cualquier cosa'. Asintió conforme con lo que decía, me apretó el brazo con camaradería, 'Ojalá no te equivoques, te lo mereces, coño, ya esta bien que siempre te estemos dando puerta'. Me emocionó que se incluyera, ella que no me había dejado que me declararse para no decirme que no. En fin...
Y me contó el final de su historia. Un final que se había escenificado la semana anterior en Madrid, donde también vivía mi amigo. De nuevo, fui el hombro en el que lloró, por cuarta vez, si cuento la infausta tarde en que no me dejó declararme. Por romper tanta emoción, y por buscar aliados para mi plan le pregunté, '¿Vamos esta tarde a la disco?', '¿Estará abierta?', Si las cosas siguen como hasta ahora, seguro', '¿A cuál?' '¿A Dolly?', 'Por mí de acuerdo'. Terminé de redondear el plan, necesitaba un aliado, quién mejor que ella, '¿Oye, por qué no se lo dices a estos? Como si fuera cosa tuya; es que a mí no me apetece que empiecen a pensar y a estar fisgoneando lo que corre dentro de mi cabeza, ¿no te importaría hacer de tapadera?, así la invito y le digo que es para descargar el ambiente. Y aprovecho...' Me interrumpió, 'No sigas tío, que te entiendo ¿cuántas veces me has hecho de carabina tú a mí?', 'Que yo sepa, tres'. Asintió. Nos miramos a la cara en silencio.

Después de tantos años, la caricia de sus ojos almendrados es lo más nítido de mis recuerdos juveniles.

4 comentarios:

Flamenco Rojo dijo...

Bueno, pues estamos en compás de espera…a ver como se resuelve el conflicto bélico…aunque para conflictos, los amorosos del prota. ¿Aprobará con la prueba del nueve?

Por cierto, cuando joven, mi pandilla también tenía un “cuarto de estar”, siempre terminábamos en la Plaza de España.

Un abrazo.

Amando Carabias María dijo...

Flamenco Rojo
La Plaza de España es un salón mejor que la Planza Mayor de Euritmia, como bien puedes atestiguar. Aunque la nuestra no estaba mal y tiene rincones hermosos, nada que ver con la Plaza de España...
¿Qué tendrán las plazas que terminan siendo el salón de las pandillas juveniles?
Sobre el asunto de la novela, puedo decir que faltan tres capítulos.

Isolda dijo...

Hay que ver escribidor, que nos recuerdas implacablemente, los tiempos pretériros. Lo más probable es que los que aquí acudimos hayamos representado alguno de los personajes que muestras, incluso más de uno. ¿Quién sabe? Pero seguro que todos nos reconocemos de alguna manera.
En cuanto al futuro de la pareja, no es lo que cuenta, según lo veo. Si una pareja se sienta a ver amanecer, ninguno de ellos lo olvidará jamás.

Besos de hoy y de ahora reales como la vida misma.

Amando Carabias María dijo...

Isolda:
Esta es la gran riqueza de la vida. La que permite a un ser humano ir variando el personaje en este Teatro del Mundo (Calderón de la Barca).
Unas veces eres el eterno pretendiente, otras el enamorado correspondido, otras te abandonan, otras tú abandonas...
Y así se teje la vida.
Lo importante, como bien concluyes, es el presente, pero con la conciencia de que sobre nuestra mirada tanbién hay un brillo de lo hasta aquí nos ha traído y nos tiene que seguir empujando para el mañana.