Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

domingo, 22 de noviembre de 2009

MAÑANA AMANECERÁ (XV)

En el banco la actividad era inusitada.
Cuando entré, me encontré con que los guardias civiles, tenían la radio pegada a los oídos, y las armas reglamentarias dispuestas. Eso se nota rápidamente. No hace falta más que mirar la tensión en sus rostros, la mirada más despierta que la de un perro perdiguero al acecho, la postura de las manos sobre el subfusil...
Me acerqué a ellos, '¿Dicen algo nuevo?', 'Escucha'.
El ejército aliado informa que tiene controlado todo el área de la República Democrática de Alemania. Tras una jornada de intensas y duras luchas, no ha tenido más remedio que utilizar armas nucleares. Lamenta, por este conducto, el daño que pueda haber causado a inocentes, pero la situación lo exigía. Por fin, y tras tantos años, comienza la liberación para los pueblos que fueron tomados por las hordas comunistas...

Me salió de dentro, 'Serán hijos de puta... Sacan las armas nucleares como el que saca un cigarrillo... Si es que no pueden dejar de ser unos cowboys', '¿Qué va a quedar de nosotros?' Después de un silencio teñido de impotencia, me preguntaron, supongo que por volver a lo próximo, a lo que no mataba, '¿Para qué has venido?' Me encogí de hombros, estaba abrumado, 'Tendré que trabajar, aunque sea hacer acto de presencia'. Señalaron a los empleados, 'Pues vas listo. Tienen orden de que todas las sucursales del Banco permanezcan abiertas. Así que...'
Llegaron las mujeres, que estaban todavía más asustadas que nosotros, 'Buenas tardes'. Miraron al frente y quedaron extrañadas, '¿Por qué están trabajando?', 'Tienen que tener todo en orden, por si hiciera falta cualquier cosa', 'Yo que sé... Ha venido un despacho de Madrid, y aquí está todo el mundo a tope', 'Bueno, ya lo veis'.
La señora Primi, que había perdido su bondadosa sonrisa preguntó, '¿Y para quién van a contar los billetes?' Me uní a su pensamiento, 'Esto es de locos'.
El director de la sucursal con aspecto agobiado y tenso apareció en el patio. Él que no tenía subfusil entre las manos, es como si lo llevara en la mirada, dispuesto a cualquier cosa con tal de salir vivo de aquella. A penas le había tratado.
El primer día en que trabajé en la sucursal, muy educadamente, se acercó hasta mí para conocerme y ofrecerme su total colaboración en lo que me hiciera falta. Después tuvimos poco contacto, o ninguno. Saludó a los presentes, la señora Carmen, como encargada de la limpieza, se hizo, de inmediato, portavoz del grupo, 'Buenas tardes, don Mateo'. Casi sin mirarnos, se le notaba muy nervioso, se dirigió a nosotros, 'Oigan, esta tarde se pueden ir porque vamos a estar trabajando; mañana tampoco vengan; y pasado mañana, bueno, si es que todavía no ha pasado algo peor, se pueden pasar por aquí, seguro que tendrán mucho trabajo... o eso espero'.

Pronunció de tal modo las tres últimas palabras, que sentí un escalofrío intenso. Hasta ese momento, nadie tan cercano a mí había certificado la desesperanza que nos agobiaba a todos. Una desesperanza que se parecía en todo a la desesperación, para qué vamos a engañarnos.
Ahora pasados los años, es como si aquellas palabras, o las que verdaderamente emitiera, suenan, me suenan, de otro modo, acaso con menos aristas de sangre que en aquel momento, como difuminadas, pero en ese preciso instante de la tarde helada, fueron como una daga que se introdujo en mi mente, de la que brotó algo muy semejante al pánico.

Se oyó un teléfono. Casi al instante una voz preguntó, '¿Ha venido la señora Carmen?' La aludida palideció y se acercó. Nos quedamos mirándonos asustados. Aquel día nos asustaba cualquier cosa. La señora Carmen volvió donde estábamos, 'Era la Dioni'.
La señora Dioni era la cuñada del hermano del dueño de la empresa que tenía la contrata de la limpieza. O sea, la sucursal de la empresa de la limpieza en Euritmia. Fue quien me contrató, y quien nos pagaba, en metálico, religiosamente, cada final de mes.
Leo preguntó, '¿Qué quiere?', 'Dice que la esperemos, que viene a hacernos la liquidación, que se lo han dicho desde Madrid, por si pasara algo'. 'Si pasa algo, nos quedamos sin trabajo'. 'Si pasa algo, nos vamos a quedar sin nada, así que mejor no protestar'. 'Total, nos va a dar igual'. Como una ráfaga traviesa, me cruzó el pensamiento de que, al menos, podría acudir al Tribunal del Señor sin deudas pendientes con sus trabajadores.
La señora Carmen se dirigió al director que aún estaba por allí, 'Don Mateo, que me ha llamado la Dioni, que quiere hablar con usted, que le trae una carta, o un telegrama, o una nota, no me he enterado muy bien, del jefe de nuestra empresa'. Con un gesto de impotencia, el director de la sucursal contestó, 'Cuando llegue, que pase al despacho'.
Me preguntaba para qué iba a querer el dinero si al día siguiente podía estar muerto. Me lo preguntaba con claridad etílica. Me senté a fumarme un cigarro. Cuando la primera bocanada templó mi garganta, también pensé que después del recital no pasaría nada, que quizá pudiera verla, que a lo mejor podría invitarla a algo más sustancioso que un café con leche o un cubata bien cargado. En realidad pensé otras cosas....
Iba vestido de negro, ya que cuando actuaba en un recital en invierno usaba ropa de ese color, '¿Ya estás de luto?', 'No estoy para chistes', 'Qué sensible, chaval, sólo quería alegrar un poco el patio', 'Perdona, pero con el día que llevo...', 'Anda, y los demás, mira éste', 'Sí, claro'. Callé una vez más y me metí en mis cosas. La noticia de la utilización de las armas nucleares tan cerca de nosotros, en Alemania, me había hecho daño. Era como si el otro lado de la pinza carnívora se hubiera puesto también en marcha. Primero Rota, ahí mismo, ahora Alemania. Sentía el aliento de la bestia junto a mi nuca, como quien dice. El nerviosismo se me acumulaba.
De pronto, pasó un avión por encima de nuestras cabezas, todas las máquinas quedaron paradas por unos segundos. Cuando el ruido se extinguió, los empleados comenzaron a teclear con una furia extraña, pero al mismo tiempo ancestral. No sé si querían demostrar que estaban vivos, o que aquello no iba con sus personas. Todos se lo agradecimos inconscientemente. Era mucho más agradable ese jaleo que el sonido del peligro zumbando por nuestro corazones.
Se oyó otra voz que no identifiqué, confusamente pensé en la voz del oráculo, 'Por favor, escuchen lo que dice la radio'. Todo el mundo paró de nuevo. Supuse que toda la jornada había sido un constante parar y arrancar de nuevo.

Ante los terribles sucesos acaecidos en la República Federal Alemana y en la República Democrática Alemana, y de los que no se han tenido conocimiento hasta hace unos cuarenta y cinco minutos, el gobierno del Reino de España, de forma unilateral, proclama su neutralidad en esta conflagración. Anula, por este comunicado, de forma expresa su anterior declaración de unirse al Organización Naciones del Atlántico Norte y entrar en guerra contra la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas el Pacto de Varsovia. Asimismo, y como garante de la integridad territorial del Estado, y de sus personas, anuncia que ya le ha sido comunicado al gobierno de los Estados Unidos de América que dispone de un plazo de setenta y dos horas para abandonar sus bases militares en territorio español. Si este plazo no fuera respetado, el gobierno español, a la cabeza del pueblo, tomará las medidas que se estimen más eficaces, en orden a la protección de las vidas y las propiedades. Desde este mismo momento, cualquier avión no autorizado que sobrevuele el espacio aéreo español podrá ser derribado por nuestras Fuerzas Armadas. Del mismo modo, se actuará con cualquier tipo de embarcación que surque aguas territoriales españolas sin la debida autorización e identificación. En orden a facilitar la evacuación de los bienes y personas estadounidenses del suelo español, por el espacio de tiempo antes indicado, se cerrarán todos los pasillos aéreos para que estos sean usados exclusivamente por los americanos. El gobierno español, manifiesta su más enérgica protesta ante el giro de los acontecimientos, sobre todo, por el uso indiscriminado de las armas nucleares que pueden concluir con la vida en este Planeta. Desde la neutralidad ya proclamada, ofrece todos sus esfuerzos diplomáticos que lleven la vuelta de la paz.
Seguiremos informando.
Sentí alivio, 'No sé cómo podremos ser neutrales, pero me gusta', 'Anda que los gaditanos se van a poner contentos'. Seguí pensando en voz alta, claro que lo sentía por los gaditanos, pero me preocupaba más el futuro, 'Ahora nos queda una esperanza un poco mayor'. De nuevo, una pregunta en la que latía el miedo, '¿Y si los yanquis no se largan?' Di mi opinión, 'Se supone que tendríamos que echarlos, ¿no?, así que adiós bases. No es que nosotros nos aliemos a los rusos, sino que se abrirá otro frente distinto, y ahí, a lo mejor entra en juego Hispanoamérica; Seguro que Cuba nos apoya, y eso que ellos también lo tienen complicado; así que si no se va se abre otra danza y seguro que a los yanquis no les interesa tantos bailes'.
Parecía que el humor me volvía, pero era una tapadera. Intuía que si los yanquis no se largaban me tocaría adelantar mi hora de entrar en el ejército. Sólo me faltaban once meses para entrar en la Caja de Reclutamiento... En ese caso a quien realmente le tocaría bailar sería a mí.
Llegó la señora Dioni a pagarnos. Cobré un cheque al portador que podían librarme en el mismo Banco. Setenta y siete mil trescientas cincuenta y cuatro pesetas, que no dudé hacer efectivas en ese preciso momento. Me disponía a volver a casa, cuando subieron el volumen del aparato de radio. Aquello era velocidad, sí señor.
El Gobierno de los Estados Unidos de América, lamenta profundamente la actitud del Gobierno de España. Pero, para evitar males mayores, acepta las exigencias españolas, en espera de que esta decisión contribuya a bajar la tensión en la zona. No obstante, califica de apresurada la resolución hispana y aboga por la inmediata reapertura del diálogo, en aras a evitar la extensión de la ideología marxista. Una vez que las tropas norteamericanas hayan abandonado el territorio patrio, será el Ejército español quien tome posesión de las bases militares. Los ejércitos de tierra, mar y aire continúan en estado de máxima alerta. Se mantiene el toque de queda.
Seguiremos informando.
Salí corriendo. De nuevo, me sentía contento. Aunque tanta tensión acumulada afectaba a mi equilibrio emocional. No sabía cómo iba a acabar ni aquello, ni yo mismo.

domingo, 15 de noviembre de 2009

MAÑANA AMANECERÁ (XIV)

Decidí ir al trabajo. Por lo menos, para presentarme y ver cómo estaban las cosas por allí. La verdadera razón es que no podía estar en casa sin hacer nada, mano sobre mano. No es que fuera a hacer mucho más en el banco, pero hablaría con otras personas distintas.
La nieve había dejado de caer definitivamente y el sol peleaba con las nubes por ver quién ganaba la batalla, esa batalla no mataba a nadie.
Parecía que acababa de amanecer de limpio que estaba el suelo, poco había abandonado su casa la gente que vivía por allí.

Antes de llegar, justo en la Plaza del Engaño, me encontré con un escritor conocido mío, que habitualmente vivía en Madrid. Era un escritor de cierto éxito en aquellos momentos. Una novela suya había sido finalista en uno de los grandes concursos literarios del país. Se rumoreaba que iba a ser llevada a la pantalla de cine. Aquella novela, como casi toda su obra, además de divertida, era ácida, corrosiva, vital, caricaturesca, llena de hipertrofias que ayudaban a entender mejor lo que pretendía contrar, con un trasfondo de amargura que algunas veces sorprendía yo en su mirada, tan miope. Usaba cerrada barba negra. Fumaba con dedicación absoluta y golosa. Bebía con contundencia absoluta y gozosa. Era un conversador nato y ameno. Cuando podía, procuraba hacerme el encontradizo con él. Aquella tarde fue pura casualidad el que nos viéramos. Era cojo, y tal minusvalía le hacía más complicado transitar por las calles en la situación en la que se encontraban. Caminaba con cuidado, y parecía que en realidad iba de puntillas. La imagen del cojo vestido con tutú y ejecutando un complicado paso de baile me hizo sonreír. Justo cuando nos saludábamos cayó de un árbol una porción de nieve. '¡Cuánto bueno, Ramón!, ¿qué haces por aquí?, te hacía en la capital'. Me miró sorprendido, 'Allí me voy a quedar, con la que está cayendo, como les dé a los rusos por atacar Torrejón, no queda ni el apuntador, así que me he hecho el petate y aquí estoy; he llegado hace un par de horas'. Tenía ganas de enterarme cómo iban las cosas de verdad en Madrid, lo que la gente pensaba, '¿Hay miedo?' Se sonrió con cierta amargura, '¿Qué si hay miedo...? Más, mucho más del que te puedas imaginar; como esto no se arregle pronto, Madrid se queda sin gente, te lo digo yo...' Quiso cambiar la conversación, '¿Qué haces por aquí a estas horas?', 'Pues nada, que como no puedo parar quieto en casa, he dicho que iba al curro, aunque tampoco me apetece limpiar cristales'. Lo pensé sobre la marcha, 'Vente a tomar una copa, aquí en la Cueva; está ahí mismo, es el bar del padre de un amigo'. Intentó escabullirse, 'El caso es que tenía que hacer un par de cosillas... '
Mientras nos acercábamos lentamente, con prudencia, a pesar de ir agarrado a mi brazo, permanecimos en silencio. Un silencio denso y expectante. Yo pensaba en que la situación en la que nos encontrábamos, por lo absurdo, se parecía a los argumentos de sus novelas. Me había leído, al menos, tres. Las tres hilarantes, descarnadas, con elevados momentos de lirismo y con no menos elevados momentos de crudeza, como si en vez de escritor, fuese cirujano de almas y de situaciones. Cuando llegamos a la Cueva, no pude por menos de saltárselo, 'Venía pensando que todo esto parece que se te ha ocurrido a ti'. Me miró dubitativo. No sabía si era una crítica o un halago, 'Pues no sé qué decirte, quizá, pero en el fondo a nadie le ha pillado de susto: con el anciano ruso en Moscú, y el viejo cow boy de tercera en la Casa Blanca, cualquier cosa'.

Nos saludó mi amigo, que aquella hora de las partidas sustituía a su padre en el bar, 'Buenas tardes, ¿qué os pongo?' 'Hola Charli', le saludé. Hice las presentaciones, 'Este es Ramón, un gran escritor'. Pedí mi consumición, 'Para mí un medio de ginebra con limón...,' 'Ya vas fuerte, bueno, para mí otro', 'Encantado de conocerle'. Charli era otro miembro de Club. Ayudaba a su padre con el bar y estudiaba Formación Profesional. Últimamente coincidíamos bastante, sobre todo, porque teníamos un pasatiempo común, que algunas tardes parecía un vicio: el mus. Seguí sondeando al escritor, 'Y ¿cómo te has enterado de todo este tinglado?', 'Pues me estaba despertando del último sueño, a eso de las ocho, cuando zas, he escuchado la noticia: casi me caigo de la cama; ni he ido a trabajar, ni nada que se le parezca; pero creo que ha sido peor, cada noticia que iban diciendo me asustaba un poco más; así que hemos decidido que para acá nos veníamos'. Yo le conté, por encima, cómo se habían vivido esas horas en Euritmia. Asentía, 'A estos yanquis les rebanaba el pescuezo y a los rusos las orejas'. Quise ver qué opinaba sobre los últimos sucesos, 'Anda que lo de Rota, Hirosima versión hispánica'. Bebió un largo trago y me contó algo muy concreto, algo que dotaba de carne y hueso al horror, 'De hecho, tengo un primo por allí que ha llamado hace un rato, ya estaba cerca de Badajoz; se ha salvado por los pelos; creo que se viene para acá; el muy iluso pretendía llegarse a Madrid, pero le hemos convencido de que esto, aunque le pille un poco más lejos, es más seguro'. Bebió otro largo trago, dejando que la noticia se aposentara en mi cerebro. Realmente era terrible. Una invitación suya me sacó de mis pensamientos, '¿Después del trabajo te apetece venirte a tomar una copa a casa?' En otra situación me hubiera encantado, 'No puedo, tenemos un recital'. Le dejé como traspuesto, '¿Un recital, hoy?' Dudé. En el fondo esas mismas interrogantes me asaltaban a mí, 'Sí, bueno, la verdad es que lo hemos dudado hasta última hora, pero hemos decidido mantenerlo'. Era evidente que aquella explicación no era suficiente, eran necesarias más aclaraciones, 'Al fin y al cabo, si alguien tiene capacidad de aguante, puede ser bonito, más que nada por el contraste'. Y como si se tratara de una chicuelina, abroché un poco más mi explicación, 'A pesar de esta locura en la que nos han metido, todavía nos quedan cosas que le dan un poco de sentido a esta vida, y la poesía es una de ellas'. Ahora el que dudaba era él, 'Sí, visto así, puede ser... ¿Qué se debe?' Charli se acercó, con su habitual sonrisa que se le salía por los ojos, 'Estáis invitados'. 'Pues', dijo Ramón, 'Pon otros tres y tómate la copa con nosotros, si quieres', 'Encantado'. En cuanto hubo preparado las bebidas se acercó con ellas, antes de emitirla, adiviné su pregunta, '¿No estáis asustados?', '¿A ti que te parece?' No se ruborizó al reconocer su miedo, él que de modo natural tendía hacia la fanfarronería, a cierta pose de valentía, 'Yo los tengo tal que aquí arriba'. Me fijé en él. Efectivamente era una de las caras que mejor reflejaba el miedo de las muchas que había visto a lo largo del día.
Volví a la idea que me había surgido cuando me encontré con el escritor, 'Esto es mucho peor que tu última novela', 'Ya lo creo, comparado con todo esto, aquello era un juego de niños', 'Aunque fueran viejos'. Todavía me restaba algo de sentido del humor. Pagó aquella ronda. Quiso salir, pero se lo impedí, 'Ahora pago yo; pon otra ronda, Charli', 'Tú lo que quieres es emborracharme y que te cuente el argumento de mi próxima novela, para robármelo'. Le sonreí, 'Pues ahora que lo dices, no sería mala idea, como tendré tanto tiempo libre en la eternidad para escribir, me harán falta argumentos'. Me puse serio, '¿Quién sabe si es la última vez que hacemos algo de esto?' Así que se quedó. Aunque se le notaba azorado. Fue imposible mantener una conversación un poco sostenida. Sus respuestas eran poco más que monosílabos. Poco a poco, el silencio cayó entre nosotros. Acabó rápido su consumición. Se excusó. Prometió que intentaría ir al recital. Yo sabía que no lo haría. Salió.

Un frío de tarde invernal se arremolinó a la entrada del bar, cuando abrió la puerta. El denso humo de los puros que atormentaba mis ojos, huyó, como desasosegado. Charli me interrogó, '¿Qué piensas hacer esta tarde?', 'Si los rusos o los americanos me dejan, dar un recital de poesía; luego darme un voltio, y pronto a casa', '¿Y mañana?', '¿Sabes acaso si mañana amanecerá?'
Me miró más asustado aún. Comprendió. El alcohol estaba empezando a hacer su efecto. Me soltaba la lengua, y eso podía ser peligroso, pero me daba igual, no sabía si mañana amanecería. Me despedí, 'Bueno, me voy hasta el banco', 'Oye, si quieres, cuando salgas pásate por aquí y vamos juntos al recital', '¡Ay pájaro que tu quieres ver a quien yo me sé!' Sonrió y se puso colorado. También le sonreí, 'Vale aquí estaré... Por cierto, has visto a esta', '¿A quién?', '¿A quién va a ser?', 'Ah... No, esta mañana no la he visto'. Y me guiñó un ojo.
Cuando abrí la puerta, sintiendo el intenso frío que me esperaba afuera, me llamó, 'Ahora que me acuerdo, no voy a poder ir: el viejo me ha dicho que hasta las siete y media no venía'. Entendí el verdadero mensaje, y no me importaba que no estuviera, a él la poesía no le decía gran cosa, así que decidí atender a su ruego oculto, '¿Si la veo, le digo algo?', 'Que a eso de las ocho por la Plaza'.

Al fin, cerré la puerta y con paso no muy seguro, me encaminé hasta la sucursal del Banco de España.
No estaba borracho, aún, pero faltaba realmente poco.

domingo, 8 de noviembre de 2009

MAÑANA AMANECERÁ (XIII)

La comida fue tranquila, todos deseábamos que se llegara el día siguiente. Era una sensación un poco infantil, pues al fin y al cabo, una manifestación silenciosa, aunque ocupara toda la superficie planetaria, no tendría a los dirigentes enfrascados en el asunto. Parece que se nos había olvidado lo principal de todo el jaleo: la situación bélica. Desde la radio se animaba a todos los ciudadanos a participar masiva y silenciosamente en los actos. Pero, para nuestra desgracia, estas arengas se mezclaban con referencias a la situación bélica. Hubo una conexión urgente con radio Cádiz y el tono de voz del periodista no fue desde luego el mejor prolegómeno.



Por casualidad, queridos compañeros, podemos salir todavía al aire... Ahora que una leve esperanza asomaba en el horizonte, la cosa se vuelve a complicar. Un barco de bandera soviética, provisto de armas nucleares, ha llegado a Rota y ha a atacado a los submarinos americanos llegados esta madrugada. Las fuerzas americanas se han visto sorprendidos por el ataque ya que la Base estaba rodeada por manifestantes que pedían la deposición de las armas. Los marines, no obstante, pudieron reaccionar a tiempo, y aunque no impidieron el lanzamiento de cuatro misiles hundieron el barco que explotó antes de hundirse. La destrucción en la base y sus alrededores ha sido prácticamente total. La nube radioactiva, parece que se dirige al interior.
Desde Madrid llegó la pregunta inevitable, la que teníamos todos en la boca.


¿No se pudo detectar la presencia del barco soviético?
Según nuestras noticias, que aún son muy confusas, este es un modelo de barco impulsado por energía nuclear y con sistemas especiales anti radar. Ha sido un movimiento rápido. Tan rápido que más de un militar americano, fuera de micrófono, claro, ha dicho que se está investigando una posible conexión africana, lo que explicaría todo ello. Como se ve con estos datos la reunión de la Asamblea General de la ONU de dentro de unas horas, será un fracaso. Ya se ha entrado en dinámica de guerra y a ver quién para todo esto.
El estupor fue generalizado. Dudamos de lo que puerilmente nos había hecho sonreír. Nuestro país, tan alejado, en teoría de todo el conflicto había sido utilizado como teatro de las operaciones.
Seguían llegando noticias tristes. Donde la cosa debía ir muy mal también era en Alemania. Allí parecía que había guerra en toda la extensión de la palabra. No era una mera escaramuza por sorpresa.
Muchos gaditanos abandonaban la zona revestidos de pánico. Había miles de muertos. Algunos, sin embargo, se quedaron en su tierra. Si morían les daba igual. Comenzábamos a sufrir en nuestra carne los rigores que hasta ahora sólo habían sido miedo.
El teléfono sonó.
Era para mí. El señor Gobernador me quería comunicar, antes de que se difundiera por la prensa, que la manifestación había quedado suspendida. Entrábamos en guerra al lado de las fuerzas de la OTAN. Me rogaba que le disculpara y que no intentara nada por mi cuenta. Esto último lo entendí como una velada amenaza. Pero ciertamente no me encontraba con ánimos. Sólo era un enamoradizo joven aprendiz de poeta, no era revolucionario.
La noticia me había dejado aplanado. Entrábamos en la guerra, sólo porque los americanos tenían unas bases militares. O sea, porque soportábamos las bases, éramos presa de los soviéticos.
Me vi en la obligación de decírselo a mi familia. Para una vez que me enteraba de algo antes que casi nadie, era para eso. Bendita ignorancia. El rostro de mis hermanos y de mis padres se demacró más aún.
Se me revolvió el estómago. Casi se podía tocar el fin con los dedos. Pero aquella sensación se agudizó más. La puñalada fue doble, porque, cuando la primera no había terminado todo su periplo dañino, llegó la segunda, ahondando sobre la anterior. De pronto, una voz adusta, profunda, como un martillazo, se coló por nuestros oídos.

Habla su Majestad el Rey.
La voz del Rey, tan distinta de la de hacía un par de horas, hizo oficial lo que yo ya sabía.

Un doloroso e imperioso deber me trae de nuevo ante vosotros. Españoles, nuestro territorio ha sido atacado por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. En consecuencia, el Reino de España, con el Gobierno a su cabeza, se une a las fuerzas aliadas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, a los efectos de defender la integridad de su territorio. Así mismo, se une a la declaración de guerra contra el Pacto de Varsovia, y pide que depongan las armas, y que por parte del gobierno de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se inicie un camino que lleve a ese pueblo, amado de nuestro corazón, por la senda de la libertad y la democracia. Queda declarado el estado de emergencia en todo la zona de la bahía de Cádiz. Igualmente declaro el estado de excepción en todo el territorio nacional. El toque de queda entrará en vigor a las doce horas de la noche hasta las seis horas de la mañana. Queda prohibido el derecho de reunión. La prensa será sometida a control previo. Pidamos a la providencia que estas medidas sean de muy corta duración. Y en breve plazo podamos caminar de nuevo por la paz y la democracia... ¡Viva España!
Un silencio sepulcral cubrió, de pronto, toda la casa.
Estábamos en guerra.
Aquello no era una posibilidad, ni siquiera existía una micra de duda. En menos de dos minutos recibí por dos conductos distintos, la misma noticia: oficialmente nuestro país volvía a entrar en una guerra. Sonaba a maldición. Recordé las palabras del borracho muerto en la Plaza durante la mañana. Efectivamente, los jinetes del Apocalipsis habían picado espuelas a sus negros corceles y cabalgaban hacia nosotros. Mi madre nos miró con lágrimas en los ojos. Pensaba que sus hijos entrarían en guerra. Yo tenía ese mismo pánico, pero, desde luego, hasta que no me llamasen, si es que lo hacían, no me presentaría voluntario al ejército.
La programación, en radio y televisión, se alteró sustancialmente. Algunos locutores no eran los mismos. Se leían proclamas militares, intercaladas por música clásica, recordatorios del toque de queda y del resto de libertades constitucionales suspendidas, advertencias de todo tipo a la población civil: a quién debíamos dirigirnos en caso de encontrar algún artefacto sospechoso; lugares donde guarecernos en caso de ataques aéreos, en principio, eran apropiadas todas las viviendas con sótano y los garajes subterráneos; nos encarecían a permanecer siempre informados; lo que más repetían, era que no cundiera el pánico, lo que, lógicamente, hacía que subiera el estado de ansiedad.
Por supuesto, en caso de ataque nuclear, nadie informaba de nuestras posibilidades o de lo que debíamos hacer... ¿Había alguien que lo supiera? ¿Serviría de algo?
Mi madre salió de casa rápido, se fue a la compra, para hacer acopio de las cosas más necesarias. No sé si me pareció bien o mal, necesario o absurdo. Pero no dije nada, no lo hubiera evitado. Tampoco le advertimos de que a aquellas horas los comercios podrían estar cerrados; pero no lo estaban. Se conoce que las madres, las amas de casa, pensaban todas del mismo modo. Eran las únicas que pensaban con lógica.

Llamé a David. Me dijo que, si el recital no acababa tarde, no había problema en darlo. Aunque hubieran suspendido el derecho de reunión, este tipo de actos los catalogarían como acto cultural, por lo que no se impedirían. Pero ¿queríamos nosotros darlo? Al final nos decidimos. Pensé, que al menos, antes del primer toque de queda, revoloteara en algunos corazones el regusto de un pequeño ámbito de paz y libertad.
Parecía increíble, absurdo, incluso cómico si no fuera tan dramático: daríamos un recital de poesía, cuando España acababa de declarar la guerra a la URSS, después de que la bahía de Cádiz hubiera sido prácticamente destruida. Debíamos tener cuidado con lo que decíamos. Seguro que los comunistas volvían a tener problemas, porque, al menos por afinidad estarían más cerca de la URSS. Aunque dudo que los verdaderos comunistas españoles defendieran aquel brutal ataque a sitio tan hermoso como la bahía de Cádiz.
Decidí que no cambiaría el recital. El mío iba a ser romántico, lo había decidido y nadie me sacaría de mis casillas. Aunque fuese muy poco solidario con el mundo, me daba lo mismo. Total, lo mismo caminábamos sobre el barandal de la muerte. Por lo menos en eso que me dejaran tener mis propios problemas. Quizá fui un poco egoísta entonces, pero me dio igual.

Volví a pensar en ella. ¿Cómo lo estará pasando?
Hay veces que, hasta en lo más difícil, en los momentos más duros, donde no puedes dejar abierta una pequeña fenda en tu corazón, éste se enfada y pide sus derechos a hablar. Vale de racionalizar cosas. Estaba enamorado. Y eso ni una guerra lo podía detener.
Después del triste desenlace que había tenido lo de la manifestación era lo más alegre que pensaba, Estoy enamorado...
Y, en esos instantes, no me acordaba de que no sabía si ella me amaba o no, o por lo menos, me correspondería.
Entonces me daba igual.
A esas horas de miedo tan brutal, más importante aún que su respuesta, era darme cuenta que ese sentimiento era el verdadero motor que permitía seguir avanzando, seguir , a pesar de lo que se nos venía encima.

domingo, 1 de noviembre de 2009

MAÑANA AMANECERÁ (XII)

Al Gobernador Civil le conocíamos de un recital que dimos en Guadalajara. Estuvo presente, porque coincidió nuestra actuación con una visita suya allí. Al final del acto, nos felicitó muy cordialmente.
Entramos como elefantes, como una estampida de búfalos. Pedimos que se nos dejase pasar a su despacho, porque teníamos algo muy urgente que comunicarle. Así, de pronto, con trazas muy exigentes, con mucho nerviosismo.
Al principio, evidentemente, no nos hicieron caso y nos dijeron que teníamos que haber solicitado la audiencia, con dos días de anticipación, al menos. Yo tenía la sensación de que el tiempo se me acababa, así que empecé a no ser educado, Es que hace dos días no se había formado el cacao que tenemos encima. El funcionario que nos atendía, lógicamente, pensó que, o estábamos muy borrachos, o éramos unos visionarios, ¿Y dos chavales tenéis la solución? Continué haciéndome amigo suyo, ¿Acaso la tiene usted? Me miró molesto, decidió que ya estaba bien, No, pero esa es misión de los políticos, no nuestra. No estábamos para monsergas, ¿Qué dice?, si los políticos, los jefes, no todos, claro, nos han metido donde estamos; como los demás nos quedemos de brazos cruzados lo tenemos claro. El funcionario se vistió el uniforme de burócrata y quiso concluir la charla, El Gobernador tiene mucho trabajo y no os puede recibir. Pero yo, definitivamente, maleducado, casi grosero, no me di por enterado, No me haga reír, ¿qué trabajo puede tener hoy el señor Gobernador?, Permanecer en contacto con las autoridades centrales para ver si hay que adoptar alguna medida especial o algo así; además mucha gente tiene audiencia concedida, y a las dos tiene una comida con los representantes de... Me estaba poniendo nervioso. En mi cabeza se había fraguado un plan, necesitaba hablar con el Gobernador, No nos cuente su vida, además nuestra visita no le impedirá continuar en contacto con las autoridades centrales. Javier, que había aguantado en silencio, no pudo más, Eso, o nos deja pasar por las buenas, o pasamos sin su permiso; es algo urgente, coño, cómo quiere que se lo digamos; tan urgente como que puede ser algo más que un grano de arena para intentar ayudar a encontrar una solución. No pudo aguantarse más y gritó, ¡Que nos deje pasar! Pegó un terrible vozarrón. Vino un policía, con lo que la situación se complicaba. Adoptó una postura profesional, ¿Qué pasa aquí? Respondí a toda velocidad, supuse que era mejor que escuchara primero nuestra versión, Pues que este tipo no nos deja pasar a ver al Señor Gobernador, y es algo muy urgente, se lo garantizo. Javier, apostilló, Pero resulta que lo urgente, según el caballero, hay que preverlo con dos días de adelanto. No le dejábamos meter baza. El policía nos miraba alternativamente, di otra vuelta al tornillo, Y resulta que, como no somos espías de la KGB, pues no sabíamos que los yanquis pensaban invadir Rusia; ni siquiera somos dobles agentes al servicio de la CIA y al servicio del Reino de España, para haber avisado de tal situación. Nos miró profesionalmente, el funcionario había pasado a segundo plano, él era la autoridad y aquella decisión la tomaría él, ¿Tenéis alguna solución? Todos querían saber lo que pensábamos decir al Gobernador, y ellos no eran el Gobernador. Utilicé la grosería, ya decididamente, Pero ¿por qué cojones no nos deja pasar? Al final, el poli se rascó la cabeza. Miró al funcionario. Creo que valoraron que no seríamos ningún peligro. Supusieron que, como mucho, en unos minutos, el Gobernador habría tomado nota de nuestra idea y nos habría despedido. Todos tan tranquilos. Nos franquearon el paso. Supongo que hacían su trabajo. Que les pagaban, entre otras cosas, porque la actividad del Gobernador no se convirtiera en un rosario de visitas sin final.
El caso es que, al fin, estábamos allá dentro.
Era un despacho amplio y luminoso. Aunque aquel día, nadie se fijaba en esos detalles. Estábamos un tanto nerviosos, con alguna copa de más, y la discusión de la puerta no había sido, precisamente, un bálsamo, así que nos lanzamos contra el Gobernador con un verbo más que insolente. Él preguntó educadamente, ¿Qué deseáis? Fui directamente al grano, sin preámbulo, Venimos a comunicarle que pensamos montar una manifestación tanto si es legal, como si no. A pesar de todo lo que tenía encima, noté una leve sonrisa, y una mirada paternal, Despacio muchachos, que no está el horno para muchos bollos. Estaba dispuesto a escucharnos, pero a su ritmo, no al nuestro, Tranquilizaos y me lo contáis con calma, que tal y como están las cosas puede ser peligrosa la precipitación, ¿entendéis?, así que ahora, más que nunca, es cuando hay que tener los pies en la tierra. Aspiré hondo, sin saberlo, agradecí aquella postura, pero varíe mis pretensiones, Lo que queremos es su colaboración, más que su autorización. La actitud afable, aunque firme de aquel hombre, hizo que le planteara el tema desde otra perspectiva. Quizá no nos vendría mal una ayuda. Lo pensé muy rápido. Al principio Javier se extrañó, pero no dijo nada. Supongo que confiaba en mí, y, al fin y al cabo la primera idea fue mía, Perdone si hemos entrado un poco como elefantes en una cacharrería... Respiré hondo, me acomodé en el asiento, procuré hablar con calma, Formo parte de un Club Juvenil, y los miércoles nos juntamos para hacer un rato de oración, y había pensado que podíamos intentar que ese rato se convirtiera en una manifestación silenciosa con luces, antorchas, velas y una sola pancarta: “Jóvenes, salvemos al mundo. Gobernantes del mundo deponed vuestra actitud”; pero claro, una manifestación de ese tipo sólo en Euritmia sería poco eficaz, únicamente serviría para lavarnos las conciencias, poco más. A la vez que hablaba escrutaba el rostro del Gobernador que permanecía atento a lo que yo decía, no se mostraba contrariado, y eso era bueno, o eso pensé, Verá, conozco a varios jóvenes de otras provincias, que podrían organizar algo parecido en sus ciudades, es aquí donde entra usted. Le lancé mi propuesta con el tono más convincente que fui capaz, Si nos permite, telefoneamos desde aquí a estos chicos, y si les convenzo, usted intenta hacer lo propio con el Gobernador de allí; en resumen, se trata de que oigan la voz pacífica de los jóvenes como respuesta a los misiles y las bomba de neutrones; quizá sea utópico, pero me niego a esperar la destrucción de este planeta de brazos cruzados.
Lo había soltado todo de un tirón, pero creo que me quedó claro. Aspiré hondo, nuevamente. Aproveché que el Gobernador reflexionaba. Miré a Javier y vi que este asintió satisfecho. Quizá no fuera algo muy drástico, pero es que, en el fondo, nunca he sido muy revolucionario, por mucho que adoptara una pose medio ácrata. Remaché mis argumentos, aunque interrumpí los pensamientos de la autoridad, Se me olvidaba otra cosa, necesitábamos su colaboración para evitar que otros intenten llevarse el gato al agua: no queremos que lo manipule ni el Gobierno, ni la Oposición, ni la Iglesia; sólo queremos esa pancarta, por eso queremos que la policía nos ayude a evitar que haya otras, ya me entiende.
Al fin callé y el señor Gobernador, con una mano en su seco mentón, fue pensando en lo que le dije. Unos minutos después, respondió con una especie de sonrisa en los ojos, De acuerdo, creo que es poco práctico, pero tampoco parece dañino, ¿quién sabe?, además no estaría de más que la idea cruzara las fronteras. Mi idea comenzó a ser mejorada sustancialmente, ya no era mía, Qué os parece, digamos, una llamada al ministro, quizá conozcáis a alguien que conozca a alguien en Francia, o Italia, yo que sé. Asentí, Tengo un par de conocidos, en Madrid y Valencia, que tienen contactos en el extranjero, y no sólo en Europa, también en Hispanoamérica. A esos, es a los que primero que llamé. Era una suerte que siempre llevara encima mi vieja y torturada agenda. Javier y yo nos miramos. No sé lo que él pensó en aquellos momentos. Yo quedé un poco más tranquilo. El entusiasmo creció dentro de mí. Probablemente el que los jóvenes del mundo se unieran para manifestarse por lo mismo, no solucionaría nada. Pero, al menos, no nos habíamos quedado de brazos cruzados.
Comenzamos a manejar teléfonos. Incluso el funcionario que nos intentó impedir el paso, quedó sorprendido cuando, a una llamada del Gobernador, quien le solicitó el listín con los números del resto de gobiernos civiles del país, lo vio al aparato. Poco a poco, aquella chispa fue concretándose. Ya se me escapaba, pero no me importó. Sentí alivio, para ser sinceros. Los que tuvieran mejor capacidad de organización que organizaran. El espaldarazo definitivo fue cuando el mismísimo Ministro del Interior, tras escuchar al Gobernador, dio su visto bueno. Aquello no lo paraba nadie. Cuando el funcionario se enteró, me miró como pidiéndome perdón, un poco avergonzado. Preferí no decir nada. Me sentía emocionado.
Decidimos que la manifestación tenía que acabar en la puerta de la Catedral. Allí, tras unos minutos de silencio absoluto, pediríamos que el Señor Obispo hiciera una pequeña oración. No quisimos ni discursos, ni consejos, ni proclamas, ni cosas así, sólo una oración y nuestra presencia. Luego nos iríamos a casa. Previamente a la manifestación, para quienes lo desearan, decidimos organizar una vigilia de oración en la parroquia de San Emilio. Más que nada porque era bastante céntrica, grande y lo suficientemente alejada de la Catedral como para que se notara, cuando saliéramos, que estábamos en una manifestación, no de paseo por la ciudad.
Al señor Obispo fue muy fácil alegrarle con la noticia, pero muy difícil convencerle de que dirigiera la oración. No quería protagonismo. Todo se encarriló con prontitud. Ciertamente no había mucho más que hacer. Si se trataba de un milagro, nada mejor que intentar forzar el ánimo de la divinidad.

El rey volvería a hablar en veinte minutos. Toda España estaba pendiente. Muchos ayuntamientos, entre otros el de Euritmia, dado que mucha gente no estaba en casa, decidieron instalar megafonía. Fuimos hacia la Plaza, nuevamente. Lo que teníamos que hacer ya estaba hecho. Un par de notas a la radio y a la prensa. El señor obispo se encargaría de los párrocos. Creo que aquella mañana, entre otras cosas, entendí definitivamente lo de la progresión geométrica.

Al llegar a la Plaza notamos, de inmediato, que el ambiente había cambiado. Era una mezcla de expectación y miedo. Mucho miedo. Había dejado de nevar. Por vez primera, tras haber escuchado la infausta noticia, me empecé a dar cuenta de que la ciudad estaba muy bella, volvía a respirar. Cuando la gente nos vio, debieron de notar nuestra alegría, porque no dejaban de mirarnos, la mayoría con ojos de reproche e indignación. Algún conocido intentó adivinar la causa de ese cambio, pero la voz del rey comenzó a escucharse.
Españolas y españoles, vuelvo a dirigirme a vosotros en estas horas tan difíciles que estamos viviendo. Supongo que vuestro anhelo, al igual que el de la reina y el mío, es de que esta pesadilla acabe cuanto antes. Os garantizo que la Corona y el Gobierno, no hacemos más que trabajar en este sentido. Pero, lastimosamente, todavía no os puedo comunicar la solución del conflicto. Es nuestra grave obligación deciros que el peligro, aunque lejano, acecha. En situaciones como la presente es dónde se ve la grandeza de un pueblo. Y el nuestro es muy grande. Vengo a informaros de una iniciativa surgida en Euritmia, y que quizá, Dios lo permita, pueda parar toda esta locura. Desde lo más
profundo de nuestro corazón, la apoyamos y la alentamos. Por pequeña e inútil que parezca, puede ser un paso adelante. Así que hoy os convoco para que mañana a las doce de la noche llenéis la oscuridad con velas y antorchas. Sólo una pancarta en cada manifestación. Sólo un deseo: Paz. Cada organización conoce los detalles, a ellas os remito. Os pido al resto: partidos políticos, sindicatos, asociaciones, que no utilicéis ningún tipo de enseña o consigna. Sabed que el resto de Europa y probablemente en América, están preparando algo parecido. Mañana, si Dios lo quiere, os invito a todos a que en vuestras respectivas ciudades salgáis en silencio. No dudéis que vuestro silencio será escuchado y acompañado por el Planeta.
La Plaza estalló en una enorme ovación. La mayoría se encogía de hombros. No sabía por qué aplaudía. Yo sí. Javier también. Por lo menos una idea tan simple, nos daría la oportunidad de no quedarnos de brazos cruzados, de que los americanos y los soviéticos vieran que el mundo no sólo eran ellos. No sé por qué se me ocurrió. Lo más probable es que la idea revolotease por allí, mezclada entre los copos de nieve, y yo pasé justo en ese instante, cuando caía. Nada más.

Bajamos cada uno a nuestro hogar. Una extraña esperanza corría por nuestras venas. Todos se preguntaban de quién habría sido esa idea. Yo me olvidé del tema. Y le hice jurar a Javier que no se lo diría a nadie. Tampoco era importante. Lo importante es que fuéramos muchos. Y, a lo mejor, o, a lo peor, ni eso era importante.

domingo, 25 de octubre de 2009

MAÑANA AMANECERÁ (XI)

Todos nos fuimos de clase. Empezaron a caer nuevos copos de nieve. Era como si también se marcharan de su clase algunos habitantes de la atmósfera.

Los bares estaban repletos de gente que había dejado todo, y bebía de forma precipitada y agria, mecánica y triste. Hasta los que llevaban mucho tiempo sin beber. No había risas, ni discusiones, sólo comentarios a media voz.
Fui a caer con Javier al Bodegón. Fue él quien pidió por mí, sabía lo que yo tomaría y se unió a mí, Dos copas de ginebra. El camarero nos sirvió, su rostro estaba tenso, Sólo cobramos la mitad de precio, De acuerdo. Tras haber ingerido el primer trago, sin mirarle a la cara, le pregunté en voz baja, casi un susurro, Javier, ¿quién tiene la culpa de todo esto?, Yo que sé, lo único que sé es que estoy acojonado; pero me da en las narices que los yanquis se podían haber estado quietos, ¿no te parece? Aunque lo que más me importaba, mi verdadera preocupación era otra, ¿Crees que el fin del mundo puede llegar de esta forma?, Pues hombre, visto así, lo mismo da igual: si tiene que haber fin del mundo, a lo mejor no importa cuál sea el método, lo mismo con los neutrones esos se sufre menos que en un terremoto, u otro diluvio universal, o un asteroide que reviente este planeta, pero me parece lamentable, porque esta gente va a acabar con nosotros sin que lo hayamos olido; fíjate en África, que en muchos sitios lo mismo ni se han enterado. Fijó sus ojos angustiados en los míos, que supongo compartirían el mismo tipo de brillo, Es que esto es de locos, joder; creo que ni en Estados Unidos quieren toda esta barbarie, pero como un paranoico anda suelto por la Casa Blanca. Pensé durante unos momentos en lo último que había dicho, no estaba muy de acuerdo, ¿Crees que los militares de allí no están de acuerdo?, pienso que habrán sido ellos los que habrán dicho que había que atacar.
Pasaban los minutos que nos caían encima, como losas de pedernal. Quiso ser ingenioso, Menos mal que son limpios, porque las bombas que tiran no manchan: sólo matan la vida, pero lo demás queda intacto. No le contesté, me dirigí al camarero que pasaba a nuestra altura, Otras dos copas, por favor.
El bar estaba repleto. La gente sólo bebía alcohol. Poco a poco el volumen del sonido iba subiendo. La tranquilidad del principio se iba acabando. Se veía venir que algo ocurriría. Varios exaltados, con más copas encima que los demás, o que les habían hecho más efecto, pidieron, y pagaron, botellas de Coca Cola y Vodka y las arrojaron en medio del pavimento, en la calle. Todos aplaudimos el gesto, aunque no dejaba de ser un signo más de nuestra elocuente impotencia.
Tácitamente, la bebida norteamericana se había prohibido, cuando la gente pedía un combinado, era de limón, naranja o tónica. Nunca con vodka, claro.
Uno no se dio cuenta, o pensó que una cosa no tenía que ver con la otra, y pidió una ginebra con Coca Cola. Cuando el camarero se la iba a servir, un grupo de gente lo impidió y arrojó la bebida contra la pared de enfrente. El individuo despistado iba a correr la misma suerte. Tuvo que implorar poco menos que misericordia. Algunos, algo más sosegados, aplacaron los ánimos. Aquellos pequeños conatos indicaban que la situación se tensaba por momentos. Lo dejaron en paz. La histeria, el vandalismo, la brutalidad podía hacer acto de presencia en cualquier momento. Quizá no estuviera de más que alguien controlara ciertos ímpetus. Como la situación no se tranquilizara en unos días, o en unas horas, la cosa podía acabar muy mal ¿Habría tantas opciones?
Nos dirigimos a la Plaza. Una turbamulta paseaba silenciosa, casi, sólo se percibía un murmullo, como el de una alameda mecida por la brisa. El helor era intenso, nos atenazaba. Volvía a nevar, pero nadie quería enterarse de nada. Nadie quería moverse de allí. Los bares estaban llenos. El trasiego de personas era impresionante. Los único que aquel día trabajaba eran los camareros, que, sin embargo, no bebían menos que los clientes.
Llegó un borracho dando voces. No es que estuviera borracho excepcionalmente aquel día. Era su estado habitual. No sé por qué, todos nos callamos para escucharle. Quizá porque voceaba, y los demás apenas musitábamos. Todos moriremos, y añadía con vehemencia y voz pastosa, Arrepentíos de vuestros pecados, pues hoy moriremos sin remisión; que Dios os perdone; los que hoy acaban con el mundo son los ángeles exterminadores que han salido del Paraíso para impartir la justicia divina, hartos de nuestro pecado. La voz se convirtió en un trueno, Llega la hora final, el último día, arrepentíos, no maldigáis a los instrumentos del poderoso brazo de Dios, acabarán, gracias a la espada de fuego, con todos los sufrimientos de la humanidad y pasaremos a una vida de paz eterna, que Dios nos perdone.
Y cayó, de pronto, fulminado, sobre la nieve. Un grupo nos arremolinamos ante él. Se oyó una voz que confirmaba nuestras sospechas, Está muerto, lo dijo tras alzar la cabeza que había apoyado contra su pecho inerme. Y otro, ¿Puede alguien llamar al médico y a un juez?
Todo fue rápido, como de pesadilla, como de película surrealista, como de teatro del absurdo. Aquella escena, ciertamente macabra, golpeó nuestro ánimo, fue un impacto seco y eficaz, contundente y directo. De alguna manera, aquellas palabras apocalípticas nos colocaron a todos en la situación de pensar. Sólo habíamos demostrado la desesperación. Pero alguien, desde el fondo de un río etílico, había dado un paso más: si esto se acaba, si llega el final, ¿qué pasa? ¿Habrá un después si el mundo acaba? Él opinaba que sí, al menos bajo la influencia del alcohol. Los demás, ¿qué pensábamos? ¿Acaso podría meterme en la cabeza de los que por allí deambulábamos, casi como los burros en la noria? Miraba los rostros, todos eran inexpresivos, impermeables. Quizá, la mayoría, como yo, no sabría la respuesta. En todo caso, como yo, deseábamos que así fuera, pero, esa duda, estaba más allá de cualquier respuesta. De hecho, y esa realidad es tan constante como la misma muerte, actuábamos, como si después de ella, la muerte, todo hubiera acabado. Lo demás, independientemente de las creencias o no creencias de cada uno, se difuminaba en una niebla difusa, inalcanzable, lejana. Para algunos era una esperanza tan honda, que, a veces, se convertía en certidumbre, para otros, era tan imposible, como que se pudiera andar sobre las aguas.

Nos fuimos a tomar otra copa por allí. Lo hicimos rápido, en silencio. Empezábamos a ser dos sombras de nosotros mismos.
Bajamos por la calle Imperial rápido. Dije, por decir algo, Esta tarde el recital. Me miró, No sé para qué. Me encogí de hombros, Hoy nadie sabe para qué hace nada, supongo que se trata de cerciorarse de que estamos vivos. Él seguía con su pesimismo a cuestas, o con su realismo, Pero lo nuestro es más ridículo: está a punto de empezar la tercera guerra mundial, y nos disponemos a dar un recital de poesía; tío, estamos muy mal. Seguí mostrando la misma tozudez que en casa, que en clase, no me resignaba a esperar de brazos cruzados el final, y daba pasos, poco a poco, para concretar mi actitud. Era algo extraño, pues mi razón me gritaba que la cosa se me escapaba de las manos, y que yo no podía hacer nada, pero, muy dentro de mí, notaba una poderosa fuerza opuesta, un irresistible impulso que me llevaba a resistir, Quizá no es tan descabellado, porque regalar un poco de belleza, es lo único que se puede hacer para que la gente muera un poco más a gusto, si es que vamos morir. Paró en seco, casi no me di cuenta y tuve que retroceder unos pasos para volver a su altura, cuando lo estuve me espetó, ¿Es qué no lo crees?, La esperanza, a pesar de todos los pesares, es lo único que no se pierde. Me miró con otra mirada, quizá descubrió que mi respuesta repetitiva, tenía una fuente oculta, Puede ser, pero creo que ya la he perdido. Le intenté sonreír, Venga, Javier, ¿no crees en los milagros? Hasta yo mismo me alucinaba de que mi garganta dijera tales cosas. Así que no me extrañó la mirada que me mandó, debió de pensar que andaba muy cerca de la locura, ¿Y tú?, Hoy no me queda más remedio. He de reconocer que le dejé un poco pensativo y, de repente me espetó, sin que viniera a cuento, ¿No os reunís los del Club ese los miércoles para rezar?, Sí, ¿Puedo ir mañana con vosotros?, Por supuesto. Se encogió de hombros, No sé porque lo hago, pero el caso es que puede ser la única forma de que no me dé por tirarme balcón abajo, porque lo que se acerca no lo quiero vivir, te lo juro. Lo miré con cariño, Eso nos pasa a todos, creo yo, no te atormentes, ¿Piensas que servirá para algo juntarnos unos pocos para rezar como viejas beatas? Era el momento de tener cuidado con las palabras, jugaba con fuego, pero me nacieron del pecho como una cascada, como sale el agua de una tubería rota, y sin saberlo él fue quien me puso en el disparadero. Hablé a borbotones, casi sin pararme para respirar, Creo que es ahora cuando tenemos que actuar todos los jóvenes y unirnos para convencer a los gobiernos para que cesen su actitud; quizá para ellos el mundo no tenga ningún sentido, pero para los jóvenes siempre lo tendrá, siempre será algo difícil, pero hermoso, y no me gustaría dejarlo, porque a unos mangantes se les haya metido en el coco; tengo tanta vida por vivir: me espera una mujer, o eso creo, me quedan todos los versos del mundo que escribir, quién sabe si alguna novela; no, no quiero que me echen de aquí sin antes haber intentado algo que lo evite; el mundo, a partir de hoy, puede ser nuestro.
Mis palabras ardientes quedaron flotando en el helado aire. Ni yo mismo entendía de dónde había partido tanta fogosidad en mi ánimo, aunque acordarme de ella, y saber que no la habría podido demostrar mi amor, me sublevaba. Javier se quedó admirado por mi verborrea, había superado con creces la intención de su pregunta. Supuso que en mi cabeza había algo, ¿Qué propones? Y, de pronto, a toda velocidad, fragüé una acción, que sabía desde el principio simbólica, incluso barruntaba que inútil, pero como vengo diciendo, yo sólo era un utópico idealista. No se me ocurrió otra cosa, así que, casi según lo pensaba, se lo conté, Conozco algún teléfono de gente que se mueve en grupos cristianos en prácticamente toda España, podíamos ser los catalizadores y organizar una manifestación unitaria con un lema que dijera más o menos “Jóvenes, salvemos el mundo. Gobernantes, deponed vuestra actitud”; seguro que se enteran en todo el mundo; mientras esto dure, podemos repetirlas cada día; que se enteren, por lo menos, de que nos destruyen por unos intereses bastardos, que ni nos van, ni nos vienen; que cuando abandonen este mundo, sean conscientes de que llevan clavado el aguijón de los jóvenes, porque nosotros ni les entendimos, ni les apoyamos, ni les temimos. Creo que enardecí su ánimo, ¿Cuándo empezamos? Mi cabeza, quizá accionada por el miedo y por el alcohol iba muy rápida, Mañana mismo por la noche; no, mejor esta noche, con velas y esas cosas.
Intentó levemente bajarme a la realidad, Pero necesitaremos propaganda, ayuda, permisos, yo qué sé. Yo ya estaba lanzado, y no necesitaba que me parasen, sino al contrario. Ni quería, ni tenía tiempo para meditar lo que se me ocurría, era una inspiración, ya habría tiempo para los matices.
Le agarré del brazo, como poseído, Vamos al Gobierno Civil, deprisa.

domingo, 18 de octubre de 2009

MAÑANA AMANECERÁ (X)

No sólo lo decidí yo, sino que la práctica totalidad de los compañeros hicieron lo propio, así como los profesores.
El reloj marcaba las diez y cuarto de la mañana. Había sido, hasta ahora, una mañana muy ajetreada y dura, por lo menos, emocionalmente, aunque mi familia y yo éramos afortunados, sólo habíamos vivido una hora de miedo. Algunos compañeros, llevaban desde las siete de la mañana con la angustia arañando y mordiendo, sin piedad, sus corazones.
En los semblantes, se adivinaba con nitidez una misma pregunta que nadie, sin embargo, pronunciaba.
Muchos se habían empaquetado una radio pequeña, con la que nos enteraríamos de lo que sucediera más allá de nuestras fronteras, donde en espíritu, estaba todo el mundo, rogando que no se produjera el inicio del último capítulo del Apocalipsis.
Aunque nadie lo quisiera decir, sabíamos que si no era hoy, o mañana, sería pasado, o al otro. Las armas convencionales no servirían para solucionar la confrontación, ni siquiera las más modernas y destructivas. Al final, entrarían en escena las químicas... y las nucleares, todos lo dábamos por descontado. También dábamos por descontado que el conflicto abarcaría toda la superficie de la vieja corteza terrestre, no se circunscribiría a una zona concreta. Desde ese momento, nadie sabía qué ocurriría. Mejor dicho, todos lo sabíamos, pero nadie nos atrevíamos a pensarlo: este planeta dejará de tener vida sobre su faz. Y esa amenaza, era un monstruo informe que extendía, firme, por nuestro pensamiento, primero a modo de nefasta intuición, luego, como certeza enlutada, por último, como destino fatal.
Aún hoy, cuando recuerdo aquellos momentos, la carne se me pone de gallina, se me erizan los vellos, y un sudor frío recorre mis sienes.
Cuando el profesor de turno intentó impartir su clase, fue imposible. Era don Ezequiel el profesor de religión precisamente. La primera pregunta fue una flecha, ¿o habría que decir un misil?, disparado por todos aunque sólo uno la hiciera en voz alta, ¿Como sacerdote, qué opina de todo esto?
Don Ezequiel quedó pensativo, acaso la pregunta le sorprendió, o como sacerdote todavía no se lo había planteado, era demasiado pronto, y demasiada noticia, para que hubiera tenido tiempo de analizar cada matiz. También era probable que tuviera pocos matices, y pocas diferencias entre sus sentimientos como sacerdote y como persona. Dejó que transcurrieran unos largos segundos, para que cada uno, en su interior, buscara su respuesta.
Observé en sus ojos, tras los cristales de sus gafas un aire de miedo que le sopló como un vendaval repentino. Creo que hasta su plateado cabello se aclaró más aún, el aspecto de su cráneo se podía confundir con el día. Sus rollizos dedos golpeaban la mesa con insistencia, como si con ese tamborileo quisiera expulsar la angustia de su corazón. Por fin habló con lentitud, como si las palabras le pesaran tal que un pedregal en lo hondo de su garganta, Esto es un atentado contra la vida de las personas, y por eso condenable y detestable... Tomó aire, sabía que esperábamos más de él, En estos casos de conflagración mundial no sé hasta qué punto pueda ser o no el cumplimiento de la voluntad divina, y éste pueda ser nuestro fin, ya sabéis que los católicos creemos que los caminos del Señor son inescrutables...
No pudo continuar. Sufrió una avalancha de preguntas, había puesto el dedo en la llaga, ¿Usted cree que esto es el fin del mundo?, ¿Usted cree que nos salvaremos?, ¿Usted cree que Reagan representa la venida de Cristo a la tierra y Bresnev el Anticristo? No sé si a su pesar, pero sonrió tímidamente, a lo mejor, es lo que pretendía, destapar la tormenta, hacer audibles las preguntas que, realizadas de uno u otro modo, nos formulábamos. Nos miró con ternura y lástima, diría yo, como diciendo que no merecíamos lo que sucedía.
Tomó aire nuevamente, esperó con calma a que el silencio, como una pregunta invisible, se dirigiera hacia él y contestó. Intentó que fuera con reposo, Vamos por partes. Con el gesto pedía atención, No he dicho que esto sea el fin del mundo, sino que, a lo peor, para nosotros es el fin. Empezaba con sutilezas, me temía que eso nos dejaría un poco fríos, No sé si nos salvaremos, si lo supiera sería Dios, y os garantizo que no lo soy. Quiso hacer un guiño a cierto humor negro, Si lo fuera, no estaría pasando los nervios y el pánico que me invade ahora mismo; tampoco creo que Reagan sea Cristo, porque empezaría a dudar de todo en este instante, os lo garantizo; ni que Bresnev sea el Anticristo, es demasiado viejo y torpe.
Consiguió que sonriéramos que era mucho, dadas las circunstancias. Supuso, erróneamente, que era mejor intentar regresar a la normalidad, Bueno, vayamos a lo nuestro... Vano intento, ¿De qué nos servirá si mañana ya no estamos aquí? Un murmullo general vino en apoyo de aquella pregunta, Eso, Eso, Eso... ¿Qué queréis que hagamos entonces?
Seguimos dando vueltas al tema, como si en nuestras jóvenes e inexpertas manos tuviéramos la solución, o parte de ella, siquiera. Poco a poco todos llegamos a un acuerdo: aquello era imperdonable, pero no podíamos hacer nada. Y tras preguntarnos quién podría tener alguna posibilidad de arreglar el desastre, llegamos a una sola conclusión. La iglesia Católica era quien contaba con más posibilidades para que, al menos, ambas partes se sentaran a la misma mesa, e intentaran solucionar el conflicto; no por sus doctrinas, que en ninguno de los países en conflicto era dominante; no por su poder, que a los niveles que nos movíamos era nulo; sino por la personalidad del Papa y por el prestigio de su diplomacia. Pero todos sabíamos, también, que, si se llegaba a esa solución, entrarían en escena como último recurso.
Previamente tendríamos que asistir a la escenificación esperpéntica y conocida de ante mano de todos los fracasos diplomáticos: la ONU lastrada por el derecho a veto, que entre otros, tenían ambos países; la CEE sin política exterior común y con la mayoría de sus miembros claramente aliados de los Estados Unidos, sobre todo, Gran Bretaña; quizá alguna otra potencia, como China, que no ofrecía confianza a ninguno de los dos países; incluso Francia, al no pertenecer al entramado militar de la OTAN, pero sin fuerza específica. En último extremo, se podría soñar con alguna extraña alianza de naciones. Pero todas aquellas posibilidades no ofrecían garantía, ni la más pequeña. Incluso era probable que sólo el pánico fuera quien, finalmente, detuviera toda esta locura en la que habíamos entrado de la mano de un cow boy de segunda metido a presidente de los americanos.
Un compañero, que no estaba matriculado en la asignatura de religión, pero que para la ocasión, como otros, pidió permiso para asistir a esa clase, a lo que don Ezequiel, con su habitual bondad, accedió, tras estos sesudos debates, se encargó de quitarnos la venda de los ojos, Si la única solución viable que vemos es que el Papa aregle una guerra, estamos esperando un milagro; y si no, recordad lo que pasó en las anteriores guerras mundiales: los papas intervinieron, pero los que estaban en guerra pasaron de ellos; además, en la Segunda Guerra Mundial, la Iglesia se dividió y muchos se hicieron cómplices silenciosos de Hitler; a lo mejor no les quedó otra salida, no lo sé, pero el hecho es ese. Era lo que yo pensaba, parecía que me hubiese leído el pensamiento, Es verdad, dije, muy a mi pesar, y a pesar de tantas palabras y tantos deseos.
Me daba cuenta de un milagro era muy difícil que se produjese, quizá sólo el miedo, me repetía con machaconería. Pero, pensado más despacio, llegaba a la conclusión de que era otra vana esperanza. Ambos bandos estarían seguros de su victoria, y estarían convencidos de que la razón estaba de su parte, con lo que aguantarían en su posición de tozudez hasta que les fuera posible, acaso demasiado tarde para el resto del Globo.
Como el pensamiento es libre, recuerdo que pensé que, lo que más me hubiera gustado en ese momento, es haber sido diplomático para haber convencido a las dos partes de la tontería que estaban cometiendo, sobre todo, a los americanos.

Fuera, la Naturaleza, como ignorante de todo, estaba muda, como dormida. ¿O era al contrario, y, sabía todo con anticipación y se había colocado ya su propio sudario, para recibir a la muerte, sabedora de que nadie se lo pondría? No se movía el viento. Había dejado de nevar. Ni un pequeño gorrión saltaba por la nieve... De pronto, me asaltó la duda, y otro miedo más se vino a sumar a éste: quizá la naturaleza se ha escondido porque tiene pánico y lo último que ha hecho ha sido nevar, para despedirnos con su pañuelo más blanco y más limpio. ..
Uno de los aparatos de radio, empezó a funcionar más alto y, en seguida, todos se pusieron al mismo volumen. Se formaron varios corrillos. Cada uno, en su centro, tenia uno de esos pequeños transistores que, una vez más, nos salvaba de la ignorancia en estas cosas que, quizá, para vivir felices, eran las que menos necesitábamos conocer.

A continuación, les ofreceremos un resumen con la cronología de los hechos, hasta el momento. Todas las horas indicadas en este resumen, se refieren a la hora oficial española... Veintidós horas de ayer. La Armada Norteamericana denuncia formalmente el ataque a uno de sus portaaviones en el Atlántico Norte, en aguas internacionales. Supuestamente el agresor es un submarino soviético. Cero horas. Dos rompehielos repletos de hombres y diez portaaviones Hércules cruzan el estrecho de Bering por Nome. Es la primera avanzadilla del ejército Norteamericano que toma, desde Chuktchen hasta el estrecho de la Kuriles, sin dificultad. Una treinta. Son más de dos mil hombres los que, desde Nome, cabo elegido por el Pentágono como base de sus operaciones, toman esta zona. En algunos lugares, como Tarisk y Anadir, se empleado con éxito la bomba de neutrones, según informa el Pentágono. Al oír lo último, un estremecimiento eléctrico me recorrió entero, supongo que a los demás también. Una vez más, me había equivocado en mis cálculos, no esperaron al final del conflicto, sino que desde el principio utilizaron sus armas más destructivas, como si tuvieran prisa por acabar, por destruir, porque llegara el fin. Una hora y cuarenta
minutos. Moscú reacciona y envía hombres y armas a Vladivostok que es el
primer objetivo, digamos, importante, de esta operación. Una hora y cincuenta
minutos. Llegan a Nantes, Torrejón, Bruselas y Londres, así como a Alemania Federal, más contingentes de tropas americanas. Dos horas y cinco minutos. El espionaje soviético da a conocer el último movimiento a Moscú, que, de inmediato, responde enviando tropas del Pacto de Varsovia a Szombathely, en la frontera austro húngara, Rostock y Berlín en Alemania Democrática y a las frontera entre Grecia y Bulgaria. Dos horas y diez minutos. Reagan, ante el movimiento soviético, responde y pide formalmente ayuda a la OTAN para llevar a cabo su plan; los gobiernos europeos, excepto el británico, se la deniegan, inicialmente.


Ya se habían puesto en marcha las alianzas internacionales, desde el primer momento, el conflicto era global. Cada noticia era un poco peor que la anterior. Para entonces no sabía si tenía frío o calor.

Dos horas y cuarenta y cinco minutos. El ejército estadounidense cerca de Vladivostok, comienza la batalla más dura hasta ahora. Por el momento, sólo se utilizan armas convencionales, aunque de alto poder destructivo, pues se trata
de armas de última generación. El Pacto de Varsovia, en bloque, apoya al gobierno de la URSS, y pide que se convoque una Asamblea extraordinaria de la ONU, con el objeto de volver a la situación previa al ataque de USA, y, al mismo tiempo, pretende que se sancione de forma ejemplar a este país. Tres horas quince minutos. En media hora, Vladivostok cae en manos americanas. Se han utilizado dos misiles nucleares y una bomba de neutrones. Su paso es firme y rápido, ya tienen en su poder buena parte del extremo oriente soviético, que, a penas ha puesto resistencia, ante la sorpresa y contundencia del ataque. Y qué resistencia se puede poner si te atacan con armas nucleares. No quería ni imaginarme cómo estaría aquella parte del mundo. Por las horas que nos daban, allí debían ser las ocho o las nueve de la mañana, a lo mejor las siete. Al amanecer fueron destruidos, para muchos no amaneció.
Lancé una muda oración por los habitantes de Vladivostok, no se me ocurrió otra cosa. Suponía que todos ellos habrían fallecido.

Tres horas treinta minutos. Mediante una lacónica nota de prensa, el Pentágono informa oficialmente que se está invadiendo la URSS, y añaden que, unas horas más tarde, darían a conocer un comunicado oficial del estado de la cuestión, así como una nota oficial de la Presidencia. Tres horas cuarenta minutos. Llegan a la base de Rota tres submarinos dotados de misiles con cabeza nuclear.

Ya habíamos salido a escena por segunda vez, ¿por qué siempre tenemos que andar en danza, si nosotros no pertenecíamos a la OTAN?

Cuatro horas. El contraataque ruso para recuperar Vladivostok no se hace esperar. Cuatro horas cincuenta y siete minutos. En menos de una hora, el ejército soviético, tras una espectacular acción combinada tierra aire ha recuperado Vladivostok. Desde Moscú, se informa de que cunde cierto desánimo en las tropas americanas, pues, según la nota facilitada desde el Kremlim, y no desmentida por Washington, los aliados norteamericanos de la OTAN, salvo Gran Bretaña, no apoyan la medida. De todas, esa me parecía la mejor noticia, pero supuse que en poco tiempo sólo sería un recuerdo, una liviana esperanza. Cinco horas cincuenta minutos. Comienza una retirada ordenada de los soldados americanos hacia Nome, donde reciben refuerzos y esperan órdenes. Los soviéticos han tomado posiciones en Stalino, Keniut y Anadyt. Siete horas treinta minutos. La situación se estanca. A partir de las siguientes informaciones horarias, ya estuve presente en los acontecimientos. Nueve horas quince minutos, mensaje de Ronald Reagan, de declaración de guerra. Nueve horas veinte minutos. El Secretario General de la ONU convoca pleno extraordinario y urgente de la Asamblea General. Nueve horas treinta minutos. El PCE y Mitterrand se ofrecen como mediadores en el conflicto. Seguiremos informando.
Tomamos, sin que nadie lo insinuase, unas notas y, después de repasarlas y cotejarlas, por ver si coincidíamos, fuimos en busca de unos mapas de la zona para enterarnos de dónde estaba cada sitio. Cuando lo vimos, llegamos a la conclusión de que aquel había sido un movimiento de distracción de los americanos para entretener a los soviéticos. Parecía el ataque alocado, suicida, de un inexperto. Definitivamente allí no buscaban nada, salvo poner en marcha aquella macabra danza de muerte, y entretener a las tropas y al gobierno soviético, Por el momento, uno de los bloques ya está en guerra, dijo alguien. Y otro remachó lo que se intuía muy fácilmente, No creo que la OTAN se demore. Con lo que nos anuncio el comienzo de la tercera, y última, guerra mundial. Eso era demasiado para mí. Una cosa es que lo pensara, o lo temiera, yo, pero era muy distinto escucharlo, me negaba a creerlo, y protesté con la misma lógica que un niño contrariado, Con algo de suerte, no. Mis compañeros, sin embargo, eran realismo puro, quizá no estuvieran tan enamorados, No digas bobadas, ¿crees que Alemania se va a quedar parada teniendo tropas soviéticas en la frontera? Inglaterra ya está a favor y no creo que Canadá tarde más de un par de horas en ponerse de acuerdo, los rusos están muy cerca; los demás cuentan poco; si acaso, Francia, que no forma parte de la estructura militar. Me miró como si contemplara a un extraterrestre y remachó la frase, Lo que te digo, menos de veinticuatro horas. Alguien exclamó un exabrupto inútil, pero liberador, Esto es de locos, joder, son una pandilla de hijos de puta. Es como si no hubiera escuchado, o como si las palabras de mi compañero, hubieran rebotado en la dureza de mi corteza cerebral, me dedicaba a buscar recónditas rendijas por donde asomara una micra de esperanza, a mi espíritu le bastaba para aferrarse a ellas, Por lo menos, los rusos no han empleado armas nucleares. Creo que les produje lástima, Sí eso es verdad, aunque no les quedaba otra. ¿Cómo van utilizar armas nucleares contra su propio territorio?, además con el uso que han hecho los americanos, por aquella zona del mundo lo llevan claro.
El resumen de los acontecimientos fue clarificador, sin duda, además así me enteré de lo que había ocurrido, mientras dormía tranquilamente, cuando todavía era posible ser feliz. Pero tuvo otra consecuencia, nos pusieron todavía más nerviosos. Al contemplar todo lo sucedido en conjunto, el monstruo creció en nuestro interior. Parecía que aquella locura era imparable. ¿Qué hacer? La muerte se nos echaba encima sin remisión y no lo podíamos impedir.
Era la muerte más idiota, era el miedo más terrible. Las dudas que sólo nos habíamos atrevido a expresar como conjeturas teóricas, poco más que tesis de trabajo intelectual, comenzaban a entristecer nuestros ojos. La desaparición llegaba a límites, que si las cosas continuaban así, podían ser igual de trágicos en todo el planeta. Notaba que en todos nuestros espíritus el fantasma del suicidio goteaba y empezaba a fabricar su propio cauce.
¿Por qué? Era la pregunta trágica, sin respuesta.
Era nuestra nueva pregunta existencial.
¿O mortal?

domingo, 11 de octubre de 2009

MAÑANA AMANECERÁ (IX)

Mis hermanos, que todavía se levantaban, porque aquel día comenzaban sus clases más tarde, me miraron sorprendidos, cuando me vieron de vuelta, ya tan desencajado como las personas que acababa de ver. Estaba de veras muy nervioso
¿No habéis puesto la radio?
Era algo evidente, pero no se me ocurría otra forma de no decir las cosas de sopetón. Mi madre, que siempre había sufrido de los oídos, fue la única que me respondió, quizá ajena aún al aspecto de mi cara, Estoy harta de ruidos. Y no se me ocurrió otra cosa que en tono autoritario decir, Pues ponedla. Mis hermanos, todavía con los ojos pegados por el sueño, empezaban a ponerse nerviosos, ¿Pero, qué es lo que pasa? Y lo solté como me lo habían dicho, no me daban otra opción, Que Estados Unidos ha declarado la guerra Rusia. Mi madre me miró extrañada, no terminaba de comprender. Diego palideció y Serafín enmudeció. Mi padre que estaba despierto en la cama, como respuesta, enchufó su viejo transistor. Fuimos en avalancha hacia allí. Mi madre exigió una respuesta, ¿Pero que pasa? Se lo resumí quizá un poco duramente, pero así lo entendería, Los que tienen más armas y las más peligrosas han empezado una guerra, y como alguien no lo remedie, esto se acaba. Y comprendió. La palabra guerra, aún le estallaba en el corazón como los disparos y las bombas que debió escuchar en su infancia. Y tenía efecto, un efecto que no admitía dudas. Por fin sólo se escuchó el vuelo de las palabras que salían del viejo receptor, casi eterno, que mi padre escuchaba siempre que estaba acostado.
... Las noticias que venimos ofreciendo del suceso que hoy conmueve a todo el Planeta se confirman en todos y cada uno de sus extremos. Movimientos en Nome, junto al estrecho de Bering, de las tropas norteamericanas y desembarcos en Nantes. Por otro lado, las tropas soviéticas se han concentrado en Keniut, Anadyt y Stalino. Otro grueso muy importantes está al otro lado del muro de Berlín... Pasemos a la información que nos trae Isabel acerca de la situación en suelo español.

Y la tal Isabel, con voz angelical despachaba sus datos,
Buenos días, de nuevo. La base de Torrejón se halla en estado de máxima alerta. Es imposible acercarse hasta ella. Ahora disponemos de una conexión con nuestra emisora de Cádiz.

Viajábamos hacia el sur en inapreciables milésimas de segundo.
Buenos días, Isabel, queridos oyentes. Aquí, en Rota, las cosas parecen muy tranquilas, pero, como nuevo dato, hemos de decir que nos ha llegado de fuentes dignas de toda solvencia la noticia de que esta noche, a las tres y cuarenta minutos, aproximadamente, han arribado tres submarinos nucleares que partieron anteayer de Daytone Beach en misión rutinaria.

La cosa se ponía fea, se notaba en el tono del locutor, que a pesar del momento, demostraba su profesionalidad haciendo preguntas de periodista

¿Habéis conseguido alguna declaración o manifestación de algún oficial perteneciente al mando norteamericano en la base?

Desde Cádiz la respuesta parecía más tranquila.

También aquí, la situación oficial es de estado de máxima alerta, y nadie osa
acercarse a la Base.

Se despedía aquella conexión, había urgencia, era todo muy eléctrico, lo que contribuía a que el nerviosismo fuera calando en nuestros cerebros.

Si tienes alguna información de alcance, sabes que las líneas abiertas... Lo han escuchado señores oyentes. En Rota máxima alerta, y, parece que se confirma que esta madrugada han llegado procedentes de Norteamérica tres submarinos nucleares... Vayamos hasta Zaragoza... ¿Radio Zaragoza?, Buenos días de nuevo..., Por decir algo, ¿no?, Sí, evidentemente, porque si esto no lo paran, se acabó, ¿Tienes nuevas informaciones?

El diálogo de ambos periodistas parecía indicar mutuo conocimiento personal, aquello se parecía más a un conversación de amigos. Y el tono de voz procedente de Zaragoza que salía del antiguo aparato de radio marrón, no era, ni mucho menos, tranquilizador.

Así es, Antonio... El Comandante en Jefe de las tropas americanas destacadas en Zaragoza, a nuestra pregunta de si era cierta la noticia de la declaración de guerra ha respondido...

Tras el murmullo que precede al pinchazo de la cinta se escuchó la voz del tal Comandante. Dejaron que las primeras palabras nos llegaran limpias en inglés, después, la voz de otro locutor iba traduciendo al español.

Los Estados Unidos de América han decidido concluir con el Comunismo Iternacional, porque su tendencia a la expansión es el gran peligro de nuestra civilización basada en la Libertad y la Democraci, así como el mayor peligro para la Seguridad del Mundial. Ahí están los ejemplos de Hispanoamérica y Oriente Medio.

Aquello me empezaba a sonar a razón peregrina, pero parecía ser la causa. Mientras en el cerebro se me disparaban todas las alarmas, seguía escuchando.

Cuando le preguntamos acerca del peligro que corría el resto del Planeta, se limitó a un lacónico y escueto, No coment... Bastante significativo, ¿no os parece?, ¿Cómo se encuentra la Base?, Igual que Torrejón y Rota...

Y no pude por menos de decirlo en voz alta, Será hijo de puta. Y mi hermano, creo que lo hizo por hacer algo, preguntó, ¿Quién?, El Comandante ése. Mi padre nos mandó callar. El locutor no paraba de decir cosas; pero yo quería desesperadamente que se callara, que no dijera nada más de todo aquello... Que cambiara el tono y dijera que todo era una broma, un montaje como el de Orson Wells que desde una emisora de radio americana, convenció a sus compatriotas de que la tierra estaba siendo invadida por los marcianos. Pero, no, nuestro periodista no se podía callar. Era incansable. Él no, él no podía cerrar el pico. No, él seguía hablando, ajeno a mis más íntimos deseos.

Ya lo han escuchado ustedes, es increíble y no nos gustaría ser alarmistas, pero me parece que la cosa está clara: o alguien empieza a tomar medidas eficaces o cualquiera sabe si no estaremos asistiendo a una de nuestras últimas emisiones... Isabel, ¿qué sabemos de los ejércitos españoles?

Aquello no lo había dicho yo, aunque eran mis palabras de hacía unos minutos, lo habían dicho en un estudio radiofónico en la capital de España, como si estuvieran leyendo mis pensamientos, pero escucharlo a través del sonido que salía del aparato, ponía los pelos de punta, mi madre me miró, estaba muy asustada. La voz angelical de la tal Isabel continuaba a lo suyo, en su afán de darnos información, con cada palabra, nos colaba una navaja de miedo que traspasaba el alma.

Todas las bocas están cerradas y las tropas acuarteladas, pero no en estado de alerta. Lo podríamos definir, aunque no sea un término muy ortodoxo, como a la expectativa.

Aparecía otra voz desde el fondo de la cama de mis padres.

Buenos días, Javier Ónega, Buenos días, Antonio, Buenos días queridos oyentes. La noticia está en la calle y nosotros hemos recabado información de los líderes políticos y de algún que otro ministro. Los pocos que han querido o han podido hablar. El primero ha sido el Secretario General del Partido Comunista de España, Santiago Carrillo...

La voz rasposa, portadora de toda la nicotina del mundo, del viejo comunista, al que mi padre no tragaba, se coló por las ondas, ante sus protestas que acallamos...

La situación es crítica y tal y como nos temíamos, o se acaba esto con un inmediato acuerdo de paz, o será la hecatombe. No deseo ser alarmista, pero esta situación es demasiado complicada. Por suerte, y a pesar de los intentos poco disimulados del gobierno de los Estados Unidos de América y del actual gobierno español, todavía España no ha ingresado en la OTAN. El Partido Comunista de España pide con energía y claridad a ambas partes que se sienten a dialogar. Incluso, se ofrece como mediador en el conflicto. Creo, por otra parte, que este es el momento en el que se necesita un Gobierno de Concentración Nacional, en el que se dé cabida a todas las sensibilidades ideológicas que conviven en nuestro pueblo y que están representadas en el Parlamento...

Después de escuchar al veterano comunista, uno no sabía a qué carta quedarse. Parecía que los discursos del pasado, en apariencia anacrónicos, volvían a tomar actualidad, pero la voz de Javier Ónega salía de debajo de la almohada prácticamente sin pausa. Tenía la intuición de que ellos estaban más asustados que nosostros mismos y que con esta especie de verborrea irrefrenable intentaban exorcizar a toda la manada de demonios que parecían haberse escapado del infierno.

El siguiente en ponerse al otro lado del hilo telefónico ha sido el Secretario General de la UCD... Desde luego, la situación es catastrófica, si no se pone fin a esta descabellada escalada bélica inmediatamente. Desde aquí, y agradezco la oportunidad que se me brinda, y en mi nombre y en el de la unión de centro democrático, pido cordura a los dirigentes de ambos países y confío en la Providencia. Personalmente, me quedan ciertas esperanzas puesto que, tal y como me acaban de comunicar extraoficialmente, con carácter de extrema urgencia se reunirá a las cuatro de esta tarde, hora española, el Consejo General de las Naciones Unidas... Me gustaría dejar claro, ya que se me brinda esta oportunidad desde su emisora, que para nuestra Patria, en principio, la situación no reviste mayor peligro que para el resto del mundo, ya que, de momento, estamos alejados del teatro de las operaciones...

Las declaraciones fueron cortadas por una voz apremiante, nerviosa, impaciente, con restos de un atávico temor en el último vibrato de las cuerdas vocales.

Un momento, Javier. Nos llega un despacho importante y urgente de la Agencia Efe. Leemos textualmente.... El Gobierno de los Estados Unidos de América, se ve en la penosa tarea de cumplir el deber al que se siente impelido por la historia y por la serie de hechos que cada día toman un cariz más peligroso para la libertad y la democracia en Occidente. Esta madrugada, en aguas internacionales, y sin mediar ningún tipo de provocación o aviso, un portaaviones de la Armada Norteamericana ha sufrido un ataque procedente de un submarino nuclear soviético. Este atentado contra el territorio de los Estados Unidos de América es el colofón de una larga serie de afrentas que este pueblo no está dispuesto ni a tolerar ni a soportar. Se constata, una vez más, el aumento de la inestabilidad internacional, motivada fundamentalmente por la actitud irresponsable de los dirigentes de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que extiende su perniciosa influencia a zonas tan sensibles para el equilibrio internacional como África, los Países Árabes, Latinoamérica y el Extremo Oriente. Además, hay que añadir a todo ello que, según demuestran contundentes informes del Departamento de Inteligencia, la Unión Soviética financia, dota y entrena grupos terroristas que intentan, por la fuerza de la extorsión, el secuestro, el asesinato y, en fin, cualquier otra forma de terror, imponer la ideología marxista, totalitaria y alienante para los pueblos en su conjunto y para cada uno de los individuos que lo conforman. Por la suma de todas estas circunstancias tan peligrosas para mantener el orden, la paz y la libertad en el mundo, los Estados Unidos de Norteamérica deciden cumplir el papel que la historia le demanda en orden a fortalecer y apuntalar definitivamente la libertad, la democracia y la seguridad mundial. Por ello, puestos a la cabeza de occidente, y colmada la paciencia de este pueblo, como baluarte de la cultura occidental, y como salvaguarda de los Derechos Humanos, declara la confrontación bélica contra la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Dicha situación será mantenida hasta la total rendición de las tropas soviéticas y sus aliados, o hasta que, de motu propio, establezcan un calendario concreto, contrastable y creíble para un proceso de democratización, que seremos los primeros en aplaudir por el bien del amado pueblo ruso y del resto del mundo. Dios, que nos guía, bendiga a América... Este parte de declaración de guerra ha sido dado a conocer desde el Pentágono hace unos diez minutos, y viene firmado por el Presidente Ronald Reagan...

La voz de Isabel, a pesar de todo lo escuchado, increíblemente, no había enmudecido, seguía intacta su capacidad de emitir sonidos, y lo que más me sorprendía, sin aparente inflexión de conmoción u otra emoción en su voz.

Perdón, Antonio, nos comunican que en unos diez o quince minutos, su Majestad
el Rey se dirigirá a toda la Nación por radio y televisión.

Tampoco había enmudecido Antonio, que volvió a dar paso a Javier Ónega, a quien tampoco le fallaba la voz. Era increíble acababan de dar lectura al comunicado por el que Estados Unidos declaraba la guerra a los soviéticos y seguían hablando, como si comentaran los últimos resultados de la última jorada de liga. Seguro que era su defensa ante la avalancha que les venía encima, pero a mí me estaban poniendo de los nervios.

Al otro lado del teléfono, en directo, el Secretario General del Partido Socialista Obrero Español. Señor González, ¿ha podido escuchar la declaración de guerra?

Yo no entendía cómo podían seguir haciendo lo que hacían. Estaba paralizado. Mis hermanos lo mismo. Mi padre no se creía lo que estaba oyendo. Mi madre, literalmente, temblaba. Imagino que más de un recuerdo macabro sobrevolaría por su recuerdo. Pero allí seguían las voces, saliendo al frío aire matinal, a través del viejo artilugio.

Es increíble que en mil novecientos ochenta, casi en el ochenta y uno, se produzcan estos acontecimientos que van contra la lógica de la historia y de cualquier mente que se rija por la cordura. Mi primera valoración, que emito a título personal, pues la ejecutiva federal del partido socialista obrero español aún no se ha reunido, es que me parece una injerencia de los Estados Unidos en los asuntos internos de otra nación, además de ser una nueva y contundente prueba del espíritu imperialista del señor Reagan. Y aunque se confirmara el ataque sufrido por el portaaviones norteamericano en los términos que han sido leídos por ustedes, el derecho internacional prevé otras medidas, antes que la declaración de guerra. Por consiguiente, sin acritud, y sin poner en duda que los Estados Unidos son aliados de esta país, pero con firmeza, rechazamos con contundencia tan repulsiva acción. Además, solicitamos del Gobierno de la UCD que mantenga informada a la población de todos lo movimientos de las tropas americanas en suelo español. Solicitamos que la postura de nuestro Gobierno, ante la Asamblea General de la ONU que según me acaban de comunicar parece que se va a celebrar esta tarde, sea clara y precisa, contra este movimiento invasor de claro afán neocolonialista. También, con toda energía y firmeza, pedimos que se vuelva a la cordura y que esto no tenga mayores repercusiones que las ya muy graves que ha tenido. Por consiguiente, es nuestro deseo como partido de progreso y como único partido que tiene la verdadera alternativa al gobierno de nuestro país, que el pueblo español sepa que los socialistas apoyaremos en la medida de nuestras posibilidades con toda energía, pero con toda independencia, la acción gubernamental dirigida a conseguir la vuelta a normalidad internacional.

Por fin rompí el silencio de aquel dormitorio, ¡Qué piquito de oro! La cosa ya fue imposible, hasta para los de la radio, y mientras todos esperábamos la intervención del rey, pusieron algo de música.
Y la casa se llenó de los acordes enérgicos, vitales y esperanzados del último movimiento de la novena sinfonía de Beethoven. Los de la cadena SER estuvieron bien. Sin embargo, nadie le prestó mucha atención. Todos habíamos palidecido. Mi padre se levantó de la cama. Después de desayunar se preparó un güisqui. Le pedí uno para mí. Sin rechistar, me lo preparó. Le ofrecí un cigarro que encendió un poco temblorosamente. Nadie hablaba. Me asomé, a través de los cristales, por el balcón. Comenzaba a nevar de nuevo, con cierta intensidad. Ni un solo coche, ni los autobuses. La calle estaba desierta. Un silencio angustioso nos envolvía. Mi padre habló con dolor, Esto se acaba. En su voz, creo, también resonaba el eco pasado, pero nunca olvidado, de otra guerra que torció su vida para siempre, aunque el fuera tan niño. Pero me resistía a reconocerlo, al menos en voz alta, a pesar de que yo había sido el primero en decir lo mismo en aquella casa, que era también era la mía, No seas gafe. Pretendía poner esperanza, cuando sabía de sobra que ni yo me lo creía. Y mi hermano aportaba raciocinio, ¿Pero quién lo arreglará la ONU? Mi postura, de pronto optimista y un tanto irracional, era complicada de mantener, tenía que hacer verdaderos ejercicios circenses, Esos, seguro que no; quizá, cuando la cosa esté muy al límite alguien sea capaz de poner cordura..., qué sé yo; lo mismo el único que puede ahora es el Papa.
Dije esto sin pensarlo, como quien pide auxilio en medio de un incendio que le tiene rodeado. Nos miramos, me miraron, y comprendimos, ellos y yo, que, en el fondo, esperábamos un milagro, la intervención de Dios en los acontecimientos; pero, según estaban las cosas, era lo único que nos dejaban que pensáramos... Y esa intuición, a medida que pasaba el tiempo, era la única lógica, por muchas vueltas que le daba. No encontraba a nadie más, persona u organización, en todo el orbe capaz de sentar en la misma mesa a ambos monstruos una vez comenzadas las hostilidades. Salvo el pánico a la destrucción total. Pero, en este caso, ¿llegarían a tiempo para evitar el final?
Mi madre, al vernos a todos así pidió más explicaciones que intentamos que fuesen lo más claras y reales. Y concluí, En fin, que si se les ocurre empezar a mandar misiles nucleares hacia las bases españolas, adiós, y además con las bombas de neutrones, pueden dejar todo el mundo sin nadie...La situación era de nerviosismo y de impotencia. ¿Qué podíamos hacer? Y alguien lo preguntó, ¿Qué hacemos? Se dijo algo obvio, que no fue recibido con aplausos, Esperar acontecimientos, ¿qué vamos a hacer? Protesté con energía, Cuando tengas la bomba en tus narices, me lo cuentas, Ya lo sé, ¿pero qué podemos hacer?
Se empezaron a escuchar las notas briosas del himno nacional. Desconectamos la radio. Enchufamos la televisión. Don Juan Carlos quería mostrarse tranquilo, pero su rostro aparecía tenso, la mirada inquieta y severa, casi adusta, y la tez pálida, a pesar del trabajo de los maquilladores, sus manos estaban crispadas, los nudillos blanquecinos, a veces se percibía un ligero temblor en ellas...

Españoles, en estos duros momentos para la historia mundial, en mi nombre, en el de la Reina, en el del Príncipe de Asturias y las Infantas Elena y Cristina, comparezco ante vosotros con la intención de llevar confianza y tranquilidad a vuestros hogares. Sé que es misión ardua, pero en tiempos difíciles es cuando el temple de un pueblo como el del español, forjado en mil sufrimientos y batallas, ha de manifestarse. Por ello, es mi deseo que, a pesar del sufrimiento y la preocupación que nos embargan, trabajemos por rescatar el don más importante: la paz. Confiemos en la cordura de los hombres y en la providencia. Os pedimos, que en estos instantes de dificulatad y de peligro, olvidemos nuestras diferencias y nos hermanemos como pueblo y trabajemos en nuestra tarea cotidiana con la alegría que caracteriza la nobleza de nuestro espíritu, para que la paz se reanude, a partir de hoy, y de forma permanente. Como Jefe del Estado, como Rey de todos los españoles ya he dirigido mis palabras a nuestros líderes políticos para que en la medida de sus posiblidades, también contribuyan al logro de una pronta vuelta a la normalidad. Desde la Jefatura del Estado, hago votos para que la solución se duradera y justa. Esta no es la hora de buscar a los culpables. Es el supremo instante en el que todos trabajemos para que la paz se enseñoree de este Planeta que ha soportado ya tantas guerras. Sé que el Gobierno español se pone a la cabeza de su pueblo, de todos vosotros que sois personas de buena voluntad, para buscar con todas nuestras energías la paz. Desde ahora, vuestro rey se ofrece como mediador ante los gobiernos de ambas naciones en conflicto. Trabajemos, y que Dios haga el resto. Es ahora cuando la historia nos grita para que demos ejemplo de tranquilidad, responsabilidad y cordura. Estas virtudes que adornan a este pueblo y que están siendo la admiración del mundo entero en estos años de tránsito para nuestra Patria hacia la plena libertad y la plena democracia. En esta hora histórica, os convoco a la unidad y a la búsqueda fructífera de la paz. Españoles, no he tenido a bien suspender ninguna de las garantías, ni libertades constitucionales, pues, en principio, la situación no afecta de forma directa a España. Sin embargo, como Comandante Supremo del Ejército español, y en el ámbito de lo previsto en la Constitución y en el resto del Ordenamiento Jurídico, he ordenado que todos los acuartelamientos estén preparados ante cualquier eventualidad que pudiera surgir en las próximas horas y días. Seguro que el pueblo español, se ha de sentir orgulloso de sus Fuerzas Armadas... Ahora me dirijo al pueblo norteamericano y soviético: convenced a vuestros gobernantes de que lo que hacen es un error que puede concluir en un holocausto sangriento, que tendrá consecuencias irreparables para el resto de la humanidad. No permitáis que por ambiciones políticas de unos pocos, se pueda destruir el mundo entero... Españoles, desde lo más hondo de vuestro corazón, rogad por la paz. La reina y yo, el príncipe y las infantas, ya lo hacemos. ¡Viva España!.

Volvió a sonar el himno, y, relativamente, nos sentimos un poco mejor, pero lo que nos había venido a decir, era que se podía hacer más bien poco. Rezar, trabajar y confiar en que el ejército lo haría bien, y nos habíamos de sentir orgullosos de ello. Esto último no entendí muy bien por qué...
Como si aquellas palabras del rey, no hubieran sido un deseo, sino una orden, comenzaron a oírse coches, y alguna que otra persona salía a la calle. También las emisoras de radio volvieron a cierta normalidad, pero con la promesa de que si surgía alguna noticia, la darían a conocer de inmediato.

Ante este acontecimiento, que cambiaría el curso de la Historia de una u otra forma, yo esperaba que sólo fuera eso y no que la concluyera, ni que nosotros fuéramos los últimos habitantes de este planeta, ¿quién podía pensar en otras cosas?, ¿qué habría más importante? Me di cuenta de que, salvo conocer más datos sobre la noticia y volver los ojos a la divinidad, nada había tan importante. Al menos, en esos primeros momentos de mazazo.
Llamé a David por teléfono, ¿Damos el recital? No hacían falta demasiados preámbulos. En este tiempo había hecho cosas, Ya he llamado al director y me ha dicho que lo demos, que intentemos actuar con normalidad, iba a empezar a llamar a los demás para decírselo... ¿Tú qué piensas de esto? Dije lo que me estaba royendo el corazón, Un milagro nos salvará, lo demás me parece muy improbable, hace tiempo que dejé de creer en la cordura y buena voluntad de los dirigentes, sobre todo de los de esos dos países; joder, David, hay que estar locos para esto, David, tengo miedo, no quiero que esto se acabe. Me respondió con un temblor en su voz, Ni yo, chaval.

Alguien había decidido que teníamos que actuar con normalidad, quizá para evitar que los problemas aumentaran de forma desmedida. Supuse que iba a ser difícil. De todos modos lo intentaríamos, aunque el peso de la espada de Damocles, que había aumentado infinitamente en aquellos instantes sobre nuestras cabezas, hacía que la cuerda de la que pendía se fuera deshilachando... Además, se añadía otra zozobra para mi corazón, por culpa de estos cabestros, a lo mejor me quedaba sin saber lo que era el amor...

domingo, 4 de octubre de 2009

MAÑANA AMANECERÁ (VIII)

El martes se presentaba como un día ajetreado, pero, si hubiera adivinado, aunque fuera por aproximación, hasta qué extremos de dolor iba a llegar, hubiera preferido que el sol no hubiera hecho acto de presencia... Bueno, lo del sol es más que una licencia poética, es pura imaginación e inventiva. Cuando desperté, totalmente agotado por una noche de sueños muy especiales y extraños, observé que todo estaba blanco. Exclamé sorprendido y contento, ¡Pero si ayer hacía sol! En efecto, había nevado, todo tenía una extraña apariencia fantasmagórica, sobre todo, el Puente. Cuando secaba mi rostro, lo contemplaba a través del ventanuco que existía en el cuarto de baño. Lo tenía a menos de cincuenta metros. Mis ojos veían su color cárdeno cubierto por el albo de la nieve y rodeado por el gris plata del cielo. Todo ello, le daba aspecto de gigante que se hubiera enfadado por alguna fechoría y comenzaba a moverse; un estremecimiento me hizo volver a mi toalla. Realmente hacía frío. Mucho frío, por ser más precisos.
Me apresuré a salir de casa, la nieve me atraía como un imán al hierro.
Entonces, recordé, casi seguro que por vanidad, quizá por el mero hecho de recordar, que, cuando presentaron, mi primer libro, dijeron que los mejores poemas eran los relacionados con la nieve.
Mi bufanda roja y larga, bufanda con vocación de estola, que me encantaba llevar alrededor del cuello en todo instante, me la crucé por el pecho. No era cuestión de andar con tonterías. Luego la gabardina. Una vieja gabardina que había abrigado a mi abuelo, creo, que por esnobismo utilizaba entonces. Introduje, con parsimonia, mis manos en unos guantes que un día fueron marrones. Estaba listo. Se abrió todo de par en par. Pensé que la vida me sonreía.
En efecto, y a pesar de lo que más tarde y durante más días sucedió, había amanecido un día más. Entonces me alegré de ello, puesto que, al fin y al cabo, tenía vida.

Inicié la ascensión de la calle muy despacio, me dirigía hacia la Escuela de Magisterio. Caminaba tan lento porque me gustaba contemplar el paisaje nevado, necesitaba empapar mi espíritu de su belleza silenciosa y leve, blanda y breve. Un belleza que había que disfrutar rápidamente, pues podía ser efímera, en cuanto la caldera, el horno de la ciudad, se pusiera en funcionamiento y el aumento de la temperatura ambiente la hiciera desaparecer.
El primer punto hacia donde dirigí mi vista fue al Cementerio, hacia la ladera donde se alzaba, colina, que según la leyenda de la construcción del Puente de Euritmia, ocupaba Valtén antes de la noche de la supuesta batalla. Muchas veces había imaginado los preparativos del enfrentamiento bélico y fratricida. Era una historia triste y hermosa. Me gustaba. A ratos, acariciaba la idea de escribir un romance épico sobre ella.
Después de andar unos metros, contemplaba debajo de mí mismo las heridas que las botas iban dejando en la suave piel de la nevada.
Crucé al otro lado de la calzada. No me di cuenta que, en esos minutos, y en toda la zona, no circulaba ningún coche. Me apoyé en el pretil que cubre ese lado de la subida, ausente de edificios, y contemplé la bajada que desemboca en la Alameda del Óreo. En realidad, los árboles impedían que la visión llegara más allá de cuarenta metros; por el mismo camino, y como arrojada, se distinguía una parte muy pequeña del barrio del Río. Desde allí, no se veía su hermosa iglesia mudéjar, entorno a la que había crecido su primer núcleo; por otra parte nada distinto de la mayoría de los pueblos y aldeas que, sin yo saberlo todavía, corría el grave peligro de desaparecer.
Seguía paseando mis ojos por todos los lugares que me eran conocidos, ignorante de lo que se me venía encima. No me pregunté, por qué motivo la calle estaba desierta, pensé que había salido temprano de mi casa; pero no me preocupaba. Era dichoso contemplando tanta belleza. O acaso, ni me diera cuenta de tales menudencias ante la contemplación del espectáculo que se me regalaba.
Si me giraba, el Puente parecía, aún, huraño. Aquella nevada, por alguna razón que no desentrañaba, no le había favorecido. Lo normal, quizá por la luz, o por la cantidad del prístino elemento caído, era que el blanco elemento lo embelleciera más aún, si ello fuera posible. Unas veces le disfrazaba de anciano abuelo que espera sonriente a que sus nietos se acerquen a pedirle caramelos; otras, parecía vestido con la desmayada túnica de una lánguida doncella a la espera, siempre a la espera, de las tiernas caricias de su eterno amante; si la nieve era iluminada por el sol, parecía un hermoso ángel gigante recién posado en nuestra ciudad, aún plegando sus alas como de algodón; en otras ocasiones, era un vigía cansado por la propia vida, como si la nieve, casi helada, se convirtiera en el uniforme de un guerrero; pero aquella mañana, el Puente no esperaba. Pensé que estaba enfadado de veras y que, en cualquier instante, pondría todo su corpachón en movimiento, para aclarar algún turbio asunto que parecía tener pendiente, no sé si con alguna deidad desconocida, o algo así...
Eran los últimos metros de ascensión, antes de virar hacia la izquierda, siguiendo la curva trazada en la cima de la cuesta. Allí se acababa para mí, la visión del paisaje. Me introducía entre callejas. Por una especialmente estrecha, con sabor a tiempos remotos, tenía que descender hacia la Escuela de Magisterio. La nevada y el frío, que habían convertido aquélla en hielo, la hacía especialmente peligrosa. En su tramo final adelgazaba aún más. Prácticamente, los edificios que estaban enfrentados se tocaban. Al final, hacia la derecha, se abría, y la vista se encontraba con una zona que no era urbana del todo, pero tampoco era un jardín.
Era un amplio rectángulo, casi perfecto. Uno de sus laterales, el del mediodía, lo cerraban los edificios; el lado del septentrión por un amplio seto que limitaba unos frondosos jardines; el límite del orto estaba cerrado por la muralla que, allí era una caída vertical construida, salvo en sus almenas, por el propio roquedal; el cuarto, el de Poniente, en realidad no existía, sino que era el espacio libre por el que circulaba, hacia el edificio en que tenía su sede la Escuela. Los jardines parecían engalanados, preparados para una fiesta, con sus coníferas como vestidas de novia, con su fuentecilla que seguía, impertérrita, manando agua e impidiendo que en su derredor se acumulase la nieve. Una pequeña iglesia románica, San Pedro de los Fijosdalgo, parecía izarse más que de costumbre. Desde principios de siglo, en que ya no se utilizaba como lugar de culto, había pasado a formar parte de las propiedades de la Sociedad de Amigos del País. Pasado el tiempo, la convirtieron en museo de escultura.
Si en vez de ir hacia la derecha, hubiera continuado de frente, habría descendido por un recoleto paseo, y, unos trescientos metros más abajo, habría desembocado en otro de los lados del polígono irregular que dibuja la muralla. Aquel paseo parecía hecho a propósito para llevar de la mano a la amante y escuchar el canto del verderón, o del jilguero entre los árboles que lo poblaban. Por ese lugar, di mi primer paseo a solas con una chica. Fue una tarde repleta de latidos hermosos y a veces descompasados. Una tarde en la que presentí que el problema que tenía que resolver, el único, era el de encontrar pareja. Me había enamorado de ella irremediablemente, pero intuía yo, desde el primer momento, que era demasiado inexperto para hacer las cosas medio regular. Efectivamente, actué con torpeza, casi como un patán, pero ella delicadamente nunca me echó en cara nada. Simplemente no me quería. Como mucho, y según recuerdo vagamente que me dijo, me estimaba. Demasiado poco como para compartir una vida.

En fin, recuerdos.

Allí, a mi derecha, descansaba la mole triste, abrumadora y fea de la Escuela, donde estudiaba, no por perder una apuesta, que decía Javier, sino por un poco de desconocimiento de las posibilidades de otras carreras, y, un mucho, por imposibilidad económica de mi familia, que no se podía permitir el lujo de pagarme una carrera de cinco años, ¿quizá más?, en Madrid, y, también, por mucho de romanticismo, pues, desde niño, había dicho que lo que me gustaba era enseñar. Lo cierto, es que no estudiaba en exceso. Desde el primer momento, me topé con las Matemáticas, o ellas conmigo, pues nunca dejé que entraran en mi vida, y allí supe que no podría obtener la ansiada plaza directa que resolvía de inmediato el futuro profesional, por lo que mi aspiración era pasar los cursos sin sobresaltos, abocado a unas competidas oposiciones, o a un contrato en la enseñanza privada. Me esforzaba, pero quizá me reservaba muchas energías. De todos modos, y salvo esa asignatura, que apunto estuvo de mandarme al traste, tras una angustiosa quinta convocatoria, no tuve ningún problema. Incluso, en algunas materias, obtuve brillantes calificaciones.
Una persona que tenía un especial predicamento entre el alumnado era el bedel. Sonreía casi constantemente y fumaba. Fumaba mucho. Ahora que lo pienso, entonces, los que fumábamos, fumábamos mucho. Yo intuí que le gustaba su trabajo, pero, fundamentalmente, le gustábamos nosotros, sobre todo, como él decía, cuando éramos educados. Era, pobre hombre, el encargado de repartir lo que a cada uno le había deparado su suerte, y su esfuerzo, durante un año. Nos hacía más fácil el rato a lo que teníamos algún “suspensejo”, como él los llamaba.
Aquello me gustaba más bien poco. Había de reconocerlo. Lo percibía, más que como una carrera universitaria, como una prolongación del bachillerato. No sé, demasiadas asignaturas, poco afán investigador. O es que yo era utópico, también en eso, al pedir de la Universidad algo para lo que, a pesar de todo, aún no estaba preparada.
Divagaciones.

Iba con estas cosas y, entonces, es cuando realmente, por vez primera, me percaté de que eran casi las nueve de la mañana y nadie había llegado a clase. Una especie de duda amarga subió por mi pecho y se me agarró a la garganta con fuerza, pero decidí entrar. En realidad, y llegados a ese punto, no podía hacer otra cosa.
Por fin, me olí algo extraño y no precisamente bueno, pero no algo tan grave y tan radical. A mi alrededor solo silencio. Subí hasta la clase. No había nadie. Busqué al bedel, y me lo encontré saliendo de la sala de profesores, descubrí que estaba pálido.
Los profesores, los pocos que habían llegado, que permanecían en la sala estaban del mismo color. Como si todo rimara en consonante con el paisaje.
En pocos segundos, también yo me camuflé con el día. A lo mejor, fue una reacción del organismo generada de forma refleja. A lo mejor, el ser humano, como otros animales, tenía la capacidad de hacerse mimético con el entorno, cuando el acechaba la muerte, la destrucción.