Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

viernes, 4 de enero de 2013

El runrún. 2011


Haikus para la Navidad
noche de invierno
soliloquio de fuente,
murmullo de dios
el ángel propone,
duda la primavera,
tiemblan los labios
al decir sí
la virgen encendió
nuestra esperanza
cantan los pájaros,
al sol brotan las hojas,
tiempo de espera
dudas y miedo
pesadilla y pelea,
vence el amor
salmos de estrellas
alumbran la tenada
cantan los ángeles
verbo hecho carne
iluminando el barro:
luz en vasijas
balan ovejas
y se acercan pastores
fiesta de pobres
miro al pesebre,
pupilas de pastor,
niño dormido
la navidad
es un niño desnudo
hijo de pobres
dios se arcilló
nuestra misma sustancia:
pobreza y barro
recién nacido,
arrullo azul la madre,
oboes y ángeles
mirra, incienso, oro,
la estrella avanza y calla,
palacio y establo
semilla muerta…
cuando llegó su tiempo
perfume y rosa


Encontraréis un niño envuelto en pañales
y acostado en un pesebre
(Evangelio de Lucas, cap. 2, 12)

Aquella madrugada de niebla, Asdrúbal salió de casa con la convicción extraña de que no regresaría a la hora habitual, ni compraría el regalo, tal y como tenía previsto. Sin embargo, esa sensación no era lógica, sólo se basaba en un runrún que correteaba por su plexo solar. Empezó a lamentar las semanas transcurridas sin adquirir el obsequio de Gabriela. Siempre había odiado gastarse el dinero por una costumbre impuesta; pero con ella era diferente. Cualquier excusa, o ninguna, era buena para comprarle algo.
Durante los primeros momentos de trabajo, escobón en mano, mientras la niebla se espesaba, intentó olvidar su pálpito y pensó en el cálido cuerpo de Gabriela que había dejado ovillado y enredado en sus sueños dentro de la cama. Fueron suficientes algunos recuerdos para que el frío lo abandonara y diera paso a una nueva temperatura, quizá excesiva.
Para hacer más llevadero su tarea recorriendo, barriendo y arrastrando un carrito en cuyo cubo dejaba la basura que los apresurados ciudadanos depositaban sobre el empedrado, pues una papelera o un contenedor siempre estaban lejísimos de sus veloces pasos, solía escuchar música a través del mp3 que unía a su cerebro mediante cascos blancos, que resaltaban más aún sobre la oscuridad de café de su piel. Pero, quizá por culpa del sueño acumulado tras una noche apasionada, los dejó olvidados. Cuando salieron del hangar donde se apilaban los trebejos laborales, el jefe le asignó la zona del polígono, a las afueras de la ciudad. A Asdrúbal no le había gustado nunca limpiar por aquella parte, y menos en el primer turno, el que comenzaba durante la más feroz hora de la madrugada, ese territorio habitado por la soledad y los ladridos amenazantes de perros adiestrados para evitar allanamientos de morada, destrozos y robos. Por eso lamentó más haber olvidado sus cascos en casa. El sonido de las melodías caribeñas le habría evitado tener que escuchar a los perros a su paso junto a las verjas y tapiales de las diferentes naves.
Decidió centrarse en las curvas de Gabriela y en el colgante de oro que había visto en una joyería. En cuanto acabara su turno, antes de regresar a casa, pasaría por allí. Deseaba sorprenderla; por eso había decidido no arriesgarse a que ella encontrara la gargantilla antes de Navidad. Pero ahora intuía que se había equivocado. No se le iba de la cabeza la absurda idea de que llegaría demasiado tarde a casa, que cuando se quisiera dar cuenta, cualquier establecimiento habría cerrado sus puertas. No tenía ni pies ni cabeza su intuición, pero la sentía nítida, aunque pasaran los minutos.
Cuando aún faltaba un rato para el claror del alba, una astilla de llanto se le clavó en el cerebro. Quiso forzar a su entendimiento para creer que se trataba del aullido de uno de los perros que tanto le preocupaban. Pero había sido demasiado nítido y claro… y cercano. Por mucho que se quisiera engañar, no había confusión posible. Su primera intención fue seguir adelante, negando al cerebro el mensaje diáfano que le había llegado a través de sus oídos (maldiciendo volvió a lamentar el olvido de los cascos). Miró a su alrededor y no vio a nadie. Empujó con celeridad su carrito para alejarse pero, como respuesta al gesto, se hizo de cristal el llanto. Se detuvo y volvió a espolvorear de mirada su entorno, ya no para huir, sino para descubrir de dónde procedía el sonido de astilla que se clavaba allá dentro.
A su derecha, el portón de una finca vacía, permanecía entornada. A pesar de la oscuridad, descubrió esa anomalía, pues sus ojos encontraron una tenue luz, como una lagartija nerviosa, procedente del edificio con vocación de ruina rodeado por algunos escombros y por restos de la antigua actividad, un aserradero que había cesado un par de años atrás, según recordaba.
Entre sus pies y su razón se entabló una pelea que no duró ni un minuto. Aquéllos deseaban acercarse al lugar apenas iluminado, como si el hilo de oro, frío y titilante, fuese imán irrechazable. Ésta pretendía lo contrario: seguir su tarea como si nada hubiera visto y oído, como si fuera sorda y ciega. La lógica quiso convencer a sus extremidades sobre peligros, riesgos, la conveniencia de ser prudente y no meterse donde no había sido llamado. La astilla mineral perforó un poco más su entendimiento. Asdrúbal no resistió y se acercó cautelosamente a la entrada del viejo aserradero.
Antes de cruzar la entrada, observó con detenimiento el espacio que le separaba hasta llegar a la gavilla luminosa. No descubrió peligro. Por otra parte era lo lógico, pues, de haber habido perros, sería difícil que alguien hubiera podido entrar. Dejó el carro y cruzó hasta la nave. Al llegar, el sonido se hacía más poderoso y descubrió que también la puerta estaba entornada, por ello la luz, como una niña juguetona, escapaba a través de esa rendija. Temió, al empujar la hoja de madera, que el gañido de los goznes alertara a los moradores del lugar, y que estos no fuesen seres pacíficos. Su imaginación esbozó un cuadro en el que una tribu de desarrapados se ubicaba allí. Pero no hubo ruido, o si lo hubo fue tan inaudible, que ni sus oídos lo registraron. El zaguán de la nave era un espacio desolado donde no había nadie, la iluminación procedía del interior, quizá más cálido o más protegido. Salvo el sollozo, cada vez más intenso, no le llegaban señales de vida. Aún se topó con otra puerta que empujó con más decisión o con menos miedo.
Allí descubrió a ambos.
La madre se asustó y comenzó a gritar, lo que provocó el alarido de la criatura. Pero los gestos tranquilizadores del hombre, la calmaron.
Asdrúbal comprobó que ante sí tenía a una jovencita desesperada y sumamente debilitada, quizá en las últimas. Y comprendió el runrún de la madrugada. Supo, mientras llamaba con el móvil a los servicios de emergencia, que, efectivamente, llegaría muy tarde a casa, pues tendría que dar muchas explicaciones. Pero supo también que, ni a él ni a Gabriela, le importaría no poder comprar el colgante de oro. Emplearía el dinero en otro menester. Pero eso se lo contaría a Gabriela más tarde, cuando amaneciera nochebuena.

10 comentarios:

Isolda dijo...

Querido Amando;
Este sí es un cuento de Navidad auténtico.
Lo tengo tan cercano, incluso los haiku! Una historia tan real, que cuando se da, a todos se nos ilumina una sonrisa. A pesar de que Asdrúbal llegue tarde, tal como sospechaba.
Un beso enorme.

Amando García Nuño dijo...

A ver cómo convence a Gabriela de que no ha estado de juerga con los amigotes. En fin...
Coincido con Isolda en que -según iban pasando los años- los cuentos de navidad se iban haciendo más "auténticos", nos van tocando más.
Abracitos.

Amando Carabias María dijo...

Queridos amigos:
Con éste, acabamos la serie.
Al final, como dijo Amando ha sido una suerte no haber escrito un cuento este año. Quizá era necesario un paréntesis, quizá -como barrunto en el prólogo de esta edición- es simplemente el final de un ciclo. Todo tiene un inicio y todo concluye. Y no por ello me rasgaré las vestiduras.

En el fondo, tal y como yo lo veo, este cuento cierra el círculo que empezó aquel adolescentillo llamado Luis. Ahora se trata de un Belén viviente, por así decir, y siguen siendo los más necesitados, los que van con lo justo por la vida y teniendo que quitar las legañas a los amaneceres, quienes son más desprendidos y quienes mejor descubren que la vida, cuando llega y se inicia es lo más sagrado que tiene el ser humano.

Este relato -a pesar de ser largo para un post habitual de un blog- vuelve a ser corto, porque ya está pensado para compartir con lectores en Internet.

Gracias a vosotros, mi Navidad de 2012-2013 tiene un sentido especial. Aunque hayamos hablado pocos, sé que a este rinconcillo se ha acercado una media de cuarenta lectores diarios, lo que, para qué negarlo es mucho más de lo que soñé cuando el 20 de diciembre empecé a subir esta serie.
Casi casi hemos convertido esto en una pequeña cafetería para charlar durante unos minutos de la Navidad, y algunos de sus aledaños. Y no sólo un día, sino dieciocho.
Lástima que no os haya podido invitar en persona, uno a uno, a un café de los de verdad.

Amando Carabias María dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Amando Carabias María dijo...

REEDITO EL COMENTARIO ANTERIOR, YA QUE HE COMETIDO UN ERROR.

Isolda:
Los haikus, estos haikus, fueron muy especiales para mí. No sólo por ser los primeros que escribí (y casi únicos), sino porque creo que la Navidad puede ser una materia adecuada para ellos.
El relato, como acabo de decir, es más corto, sí; pero en los haikus hay mucha esencia, o eso intenté.

Amando:
No era por seguir; pero si hubiera continuado, Asdrúbal se hubiera llevado a su multa al hospital, y Gabriela misma(nombre, por cierto, poco o nada casual) habría lavado y peinado los cabellos a la joven madre...

Espero que los abracitos sean de carne y hueso un día de estos. Lo estoy deseando.
¡Cuánto puede dar de sí un encuentro entre poetas a la sombra de San Juan de la Cruz!

Flamenco Rojo dijo...

"semilla muerta…
cuando llegó su tiempo
perfume y rosa"
brillante haiku...

Al final al ha sido una suerte que no hayas escrito algo nuevo porque nos has dado la oportunidad de releer los cuentos que ya habíamos leído.

Que los Reyes Magos te traigan salud y felicidad para ti, para los tuyos y para todos los demás.

Abrazos.

Ana J. dijo...

Caramba, Amando, tú sí que sabes cómo engancharme: haikus!!!!!!

balan ovejas
y se acercan pastores
fiesta de pobres
BUENÍSIMO!!!!! (y ya sé que no será precisamente el que más te guste o el que más guste al resto)

Y "El runrún", un placer releerlo.

Gracias por este regalo, por todos los que nos has ido dejando.

catherine dijo...

Los haikus nos remoran con mucha poesía los cuentos más biblicos. Este cuento me hace pensar en uno con una mujer (y un padre) sin papeles. Navidades de hoy, navidades de cada día, navidades eternas más o menos parecidas.
Creía yo que charlabamos en una brasserie... pues, no importa.. lo que importa de verdad es compartir.
Los besos, abracitos, abrazos nos lo damos en Euritmia?
Gracias Amando por los 17 regalos y este regreso a tu Euritmia donde viven personajes estupendos y pasan personas queridas.

Marina Fligueira dijo...

Se que llego tarde, pero sólo decirte que me encanta, estos Haikus navideños. Y el relato me parece haberlo leído anteriormente -es hermoso y humano.

Pinché en tu nombre en mi blog y me trajo a todas tus direcciones de blogs, y me gusta más así porque antes me pedía.

Me voy por la tarde y quiero darte la gracias por todo y desearte lo mejor del mundo, mi Poeta preferido.

Se muy feliz.

jordim dijo...

Post muy completo y que se lee con gusto.