Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

miércoles, 2 de enero de 2013

El parcial. 2009


—Aquellos días mis padres, tus bisabuelos, no tenían la misma sonrisa pintada en los labios. Yo era muy pequeña y casi no me acuerdo de las cosas de entonces, pero de eso sí. ¿Por qué no sonreían…? Pues no lo sé muy bien, aunque años después deduje que era porque mi padre se había quedado sin trabajo y se sentía como si colgase bocabajo de un precipicio. Pero con mis cinco o seis años no podía llegar a tales conclusiones.
La mirada de la abuela se extraviaba en los recuerdos, como si atravesara un largo sendero flanqueado por la sombra de los troncos de árboles de otoño. La mañana de ayer sábado, mi padre me dijo que tenía que ir yo a su casa. Mi madre no podía ayudarle a hacer la limpieza semanal. Ella y mis dos tíos se turnan para esa labor. Mi abuela está muy torpe de piernas, lo demás, sobre todo la cabeza, le funciona como un reloj de precisión. Parece ser que a mamá no le quedó más remedio que acudir a la oficina, por culpa de un trabajo que no habían acabado a tiempo y que tienen que entregar de todas maneras mañana lunes. Eso, o pierden un importante cliente, y las cosas no están como para perder clientes.
Reconozco que me enfurruñé un poco, pues los planes que tenía previstos para el fin de semana se habían torcido de mala manera. El lunes no sólo es mi madre la que tiene que dar cuentas a alguien de algo. Su hija mayor, o sea yo, se examina de un parcial importante y había planeado estudiar en casa todo el día, hasta por la noche en que quedaría con Nacho a cenar y a lo que surgiera. La tarde del domingo la dedicaría a repasar a fondo el examen que se asoma como el último escollo antes de las vacaciones. Pero era imposible negarme a lo que pedía mi padre. Más que nada porque no estaba en casa, estaba en su oficina, liado con la contabilidad de final de año, y la nota gritaba con contundencia sobre la mesa de la cocina, junto a la tostadora del pan. Imposible no verla. Es decir, imposible aducir desconocimiento como excusa. Mi noche con Nacho se evaporó. Tendría que recuperar de algún modo las horas que estuviera con mi abuela Estefanía, y tal reparación fue rápida, como no podía ser de otro modo, y me ocupó la tarde y la noche de ayer. A mi novio no es que le alegrase mucho la idea, pero ha entendido que no esté dispuesta a suspender el parcial, este parcial, por una cena más o menos romántica y sus postres. Ya le compensaré a lo largo de la semana. Nacho es un buen chico.
En resumen, no fui muy contenta a casa de mi abuela. Me presenté ante su puerta, como decía mi madre, mohína. Mi abuela que tiene una gran intuición, se dio cuenta en cuanto que me vio la cara, al abrirme.
—Vaya, Violeta, parece que no te alegras de ver a tu abuela. Cuando me ha llamado tu madre para decirme que serías tú quien vendría hoy en vez de ella, me he alegrado, me he alegrado muchísimo, pero veo que a ti no te ha parecido muy bien, eso de venir a ver a la vieja Estefanía.
—Si es que tengo que estudiar muchísimo, abuela…
A ella no le podía revelar las verdaderas razones que explicaban el gesto de mi rostro, pero no hacía mucha falta…
—Ya, hija, ya, mucho que estudiar. ¿Qué tal tu novio…? ¿Nacho, verdad?
Y estoy segura de que sonreí, pues con aquella pregunta se desmontó mi contrariedad, como si tuviera la solidez de un castillo de naipes. La verdad es que era poco más que eso, porque ir a casa de mi abuela siempre había sido una fiesta para mí, y más desde hace unos años, desde que acudo por mi cuenta, y charlamos de nuestras cosas, sin la presencia de otros adultos o niños que entorpezcan nuestras conversaciones bien con distracciones, bien con intervenciones más o menos desafortunadas.
—Anda —me dijo— ven a tomarte un cafetito con tu abuela y me cuentas cómo te va, que hace muchos meses que no charlamos tú y yo.
—¿Y la limpieza…?
—Bah, bah, la limpieza, la limpieza… Ya vendrá tu tía a la semana que viene. Total qué más da un sábado, si está todo como los chorros del oro. Luego le pasas un poco la aspiradora a la casa y listo. Nadie va a decir nada, tenlo por seguro… Eso sí, será un secreto entre las dos, que si se lo cuentas a alguien seguro que las cuñadas de tu madre o sus hermanos, me vienen con monsergas.
Mi abuela es así.
Seguro que si hubiera ido mi madre o alguna de mis tías, habría actuado de otro modo, pero conmigo las cosas son diferentes, y no seré yo quien escamotee sus ilusiones. No era difícil deducir que tenía ganas de cháchara con su nieta mayor.
—Lo malo, es que no me avisasteis con tiempo. Si llego a saber que eres tú quien vienes, hubiera comprado esas pastas de té que tanto te gustan… ¿o eso era cuando eras pequeña?
—¡Qué cosas tienes, abuela! ¿Qué más da? No quiero nada. Con el café me vale.
Últimamente, aunque sean pocas veces, cuando me acerco yo sola a su casa, le da por las confidencias, por esos relatos que hace unos pocos años me parecían rarezas de viejos y ahora me apasionan. Que estudie Sociología no sé si tendrá mucho que ver con este cambio en mi percepción de las historias de mis antepasados. A veces creo que es al contrario, que estudio Sociología porque veo a las personas y a cuanto les rodea (incluyendo el pasado, que imagino como una pesada mochila sobre los hombros) de una manera muy diferente a como las veía antes. No hace mucho, tampoco soy tan vieja.
El café estaba a punto, bien caliente, arrojando su aroma desde la cafetera de toda la vida, la que le he conocido siempre, una cafetera que a pesar de sus muchos años, parece nueva.
—Hale, hija, coge esa bandejita, y vamos al cuarto de estar.
Mi abuela dice cuarto de estar y no salón. Protesté.
—Pero abuela, si soy de confianza, creo que podemos tomar el café en la cocina, sin tanta etiqueta, y de paso no corremos el riesgo de ensuciar algo.
—Anda, anda, doña etiquetas, que me quiero sentar tranquila en mi butacón… No creas que te vas a ir tan pronto. Una cosa es que no vayas a limpiar, y otra que te largues así como así. Quiero que el rato que estemos juntas estemos cómodas.
Con ella no se puede, está visto. Sólo había un servicio sobre la bandeja, lo que me sorprendió un poco.
—¿No tomas nada?
—Disfruta, tú que puedes. —Sonrió con una pizca de resignación, ya que el café es una de sus debilidades—. Me ha dicho el médico que reduzca la dosis. Mi cuerpo no es lo que era. Ya he desayunado, y hasta después de la comida no puedo tomarme otro.
La miré con un poco de miedo. No es tan mayor. Unos setenta y dos o setenta y tres años. Aunque en casa siempre he oído que su tensión es un poco alta, y que tendría que haber adelgazado hace años. Según mi madre, que parece la médica de cabecera de la abuela, si tiene tantos problemas en las piernas se debe a sus muchos kilos. Supongo que el café no debe ser un buen aliado con estas perspectivas. De todos modos no me rendí.
—Pero podrías tomar otra cosa, y así me acompañas.
—Zalamera, que no eres más que una zalamera. ¿Qué me voy a tomar yo a estas horas, un güisqui?
—Abuela, anda que no eres tú exagerada… No sé… una infusión, un cafetito descafeinado, un refresco…
Me empujó hacia el salón, y quedó concluida aquella parte de la conversación. Ella quería que habláramos, pero no precisamente de estas cosas que tenían que ver con su salud.
—Vamos, vamos, Violeta, deja de insistir y sentémonos ya que las piernas se me pueden partir… Si quiero tomarme algo, ya me lo tomaré…
Sin embargo, al llegar al cuarto de estar, el silencio nos envolvió con su manto denso. Como si de pronto fuera imposible articular palabra. Me mantuve a la expectativa, pues era ella quien quería decirme algo. Sin embargo, no abría la boca. Sus ojos, oscuros y brillantes, escrutaban mi fisonomía con intensidad, y en su cara sin arrugas, salvo las líneas propias de la expresión, se dibujaba una sonrisa de beatitud extraña. Por un momento pensé que había sufrido una especie de un vacío mental, como si hubiera perdido contacto con el tiempo y el espacio que ocupábamos. Tras un suspiro satisfecho se decidió a hablar.
—¿No bebes el café…? —Me apresuré a servirme del líquido negro, que apenas aclaré con unas gotitas de leche, y lo endulcé convenientemente a mi gusto. Aunque aún estaba muy caliente, aguanté la quemazón de la lengua y los labios sin rechistar. —¿Sabes, Violeta…? Me recuerdas mucho a mi padre, a tu bisabuelo Lorenzo…
Ya estaba acostumbrada a esa comparación. La primera vez que la escuché, me asusté un poco, porque pensé que se refería a que parecía un hombre, y por aquel entonces, que me comparasen con un hombre, me fastidiaba muchísimo. Ya tenía yo bastante con mis propios fantasmas, puesto que era a quien menos le había aumentado el pecho del grupo de amigas, como para que mi abuela dijese tales cosas. Incluso creo que tuve pesadillas con la posibilidad de que me creciera la barba o el bigote en cualquier momento. Y no, por ahí no quería pasar. Yo quería ser lo que era. Es decir, yo quería que todo el mundo supiera que tenía ante sí a una mujer, o el proyecto avanzado de lo que sería una mujer. Con trece o catorce años se piensan cosas muy extrañas. Con el tiempo, me di cuenta que se refería a otra cuestión, a algo parecido al gesto, al corte de algunas facciones, probablemente a alguna expresión de su rostro que ha pasado de modo invisible e inexplicable a través de las generaciones para aterrizar en mí, pero que es imposible de comprobar, pues se disponen de muy pocas imágenes de mi bisabuelo y las dos o tres que tenemos son, obviamente, unas instantáneas en que el tiempo se ha congelado para siempre, y que no permiten captar esa sutiliza a la que se refiere mi abuela.
—Siempre me han dicho que me parezco a tío Higinio…
Ella asintió.
—Sí, hija, Higinio es la viva imagen de su abuelo. Cada día me le recuerda más.
—¿Entonces me voy a quedar calva y voy a tener bigote blanco…?
A estas alturas de mi vida soy capaz de bromear sobre el asunto. Aunque supongo que a Nacho no le haría mucha gracia semejante perspectiva.
—Anda, guasona, que ya sabes a lo que me refiero.
Negué con la cabeza. Y no mentía. No sabía exactamente a lo que se refería. Suponía que en sus palabras había algo más que una mera referencia al aspecto físico. Era cierto que mi estructura ósea, tan distinta de la suya, más bien alargada y estrecha, como tío Higinio, era cierto que el rostro parecía el de un óvalo perfecto, que en mi tío era más perceptible que en mi rostro, puesto que mi melena difumina la pureza de la línea que en su caso, debido a la ausencia de cabello, resalta la obra de un escultor muy perfeccionista. Es verdad que el tono de nuestros ojos, como de miel, no abunda entre los miembros de la familia que se dividen casi a partes iguales entre el marrón oscuro y el verde. Es verdad que la forma de la sonrisa es muy semejante. Pero sospechaba que mi abuela, no se refería a eso, o a eso solamente.
—Verás, hija, muchas veces he pensado que tu bisabuelo tendría que haber sido músico. Lo intenté con tus tíos y con tu madre, pero las circunstancias económicas no eran las mejores, y por lo que se ve ni tu padre ni tu madre han considerado esa posibilidad contigo. Y es una lástima, la verdad… A mi padre le podía la música. En cuanto que escuchaba el principio de una melodía se iba detrás de ella, como un poseso y entornaba los ojos de un modo especial, como si realmente viese pasar a lo lejos las notas que se escapaba como niñas traviesas. Ese mismo modo de entornar la mirada lo tenéis tú e Higinio. Por eso digo que me le recuerdas, por eso digo lo de la música. Quizá se trata simplemente de que era un hombre de muchísima sensibilidad y lo percibía todo cuanto pasaba a su alrededor de manera especial…
Intuí que en ese preciso momento empezaba la historia que me quería contar. Lo anterior fue la introducción para llegar a este punto. Lo mismo habríamos llegado a ella, si hubiéramos empezado por el tiempo, o por la política o por el sexo de los ángeles… Hubiera dado exactamente lo mismo. La abuela Estefanía pretendía contarme lo que me contó.
—Y te voy a poner un ejemplo de cuando yo era muy, muy niña… No sé… ¿cinco, seis años…? Déjame echar cuentas, nací en el treinta y siete… o sea, pon que estábamos en el cuarenta y dos o cuarenta y tres… Aquellos días mis padres, tus bisabuelos, no tenían la misma sonrisa pintada en los labios. Yo era muy pequeña y casi no me acuerdo de las cosas de entonces, pero de eso sí. ¿Por qué no sonreían…? Pues no lo sé muy bien, aunque años después deduje que era porque mi padre se había quedado sin trabajo y se sentía como si colgase bocabajo de un precipicio. Pero con mis cinco o seis años no podía llegar a tales conclusiones.
Me arrellané lo mejor que pude en el sofá, y me dispuse a escuchar. Aquello era como leer una novela, pero más interesante para mí, porque al fin y al cabo hablaba de alguien de carne y hueso y alguien de mi propia estirpe. Entonces sí que eché en falta poder mordisquear con tranquilidad una de esas famosísimas pastas que había mentado mi abuela, pero tampoco eran imprescindibles para disfrutar del relato…
—Como te digo, tu bisabuelo Lorenzo tenía una especial sensibilidad para la música, y eso hacía que pareciera atento y distraído a la vez, como si siempre estuviese escuchando una melodía en algún sitio, normalmente desconocido para la gran mayoría. Aunque no sonreía de la misma manera que en los meses anteriores, y aunque seguro que estaba pasando por muchas dificultades, procuraba que sus hijos no nos diéramos cuenta, o sólo lo justo. En especial su hija pequeña, su preferida, es decir tu abuela Estefanía. Solía decirme, cuando me daba por alguna de mis llantinas, que siempre había una canción para borrar una lágrima.
Sonrió con una pincelada de melancolía distribuida sabiamente en la luz intensa de su mirada. A pesar de que hubieran transcurrido tantos años (hice un cálculo rápido, unos sesenta y seis o sesenta y siete) estaba claro que lo que me iba a contar era un tatuaje en su cerebro. Estoy segura de que se trataba del primer recuerdo, ése que cada uno sabe que es el que inicia su memoria, pues sabe que todo lo anterior que conoce de sí son como implantes impostados, ideas que otros introdujeron en nuestra baúl de evocaciones y que, de tanto escuchar, parece que recordemos su vivencia, cuando lo único que hacemos es repetir el eco de sus palabras.
En unos instantes abandonó el surco de su memoria y volvió al presente.
—Llevo pensando en ello toda la mañana. Desde que me dijeron que serías tú la que vendrías, no se me ha ido de la cabeza…Creo que es la primera vez que se lo cuento a alguien, y no sé por qué no lo he hecho, aunque no pienses que se trata de grandísimos secretos o de algo tremendo. Es una historia muy simple. Y mira que fue importante para mí… Faltan pocos días para las navidades y quizá también eso me lo ha recordado… Violeta, es que cada vez que te veo o te citan en mi presencia, no puedo evitar pensar en papá… Y pensar en él es pensar en aquello.
Creo que es la primera vez que he escuchado a la abuela referirse al bisabuelo, diciéndole papá. Aquella sola palabra fue como el timbre en los teatros que anuncia el final del descanso y el comienzo del siguiente acto, rogando a los espectadores que vuelvan a la sala y ocupen sus localidades para no perder ni un detalle de la obra.
—Aquella mañana estaba muy extrañada, porque papá estuviese en casa y no fuera a trabajar. Le pregunté si estaba malito y por eso se había quedado en casa. Me miró y me sonrió, y me dijo que por qué no iba yo al colegio, que si estaba malita. Le contesté que no, que no iba a la escuela porque teníamos vacaciones. Y él me preguntó que por qué teníamos vacaciones. Pues porque estamos en Navidad. Pues eso, me contestó, estamos en Navidad… Con esa respuesta me conformé porque de inmediato, sin variar de tema, cambió tanto de perspectiva que aquel asunto de su estancia en casa un día de trabajo se me olvidó por completo…
—¿Y tus hermanos…?
Creo que metí la pata, tendría que haberla dejado continuar, pero es que a veces, me surgen estas preguntas tontas que no llevan a ninguna parte, salvo que a quien habla se le vaya el hilo de su historia, hasta perderlo, pero por suerte, mi abuela sabía perfectamente lo que me quería contar.
—Mis hermanos no estaban en casa. Un par de días antes habían ido al pueblo, a casa de nuestros abuelos maternos, los padres de tu bisabuela Mirella. Oficialmente para pasar las vacaciones. Ahora sé que era una forma de ahorrar unas monedas. De hecho Jacinto, el mayor de los tres, se quedó allí después de las fiestas, para ayudar a los abuelos, dijeron. Es como si se hubiera ido de casa quince años antes de lo que correspondía. Tendría diez años y ya casi no nos vimos. De Pascuas a Ramos. Luego se casó en el pueblo con Oria, con lo que ya casi ni nos vimos. Desde entonces es como si Paco hubiera sido mi único hermano. Creo que eso consumió a mamá, al fin y al cabo Jacinto fue su primer hijo… Pero de esta parte de la historia de la familia, hemos hablado muchas veces y ahora no viene al caso…
No venía al caso, pero sus ojos revolotearon a la captura de una lágrima que, por suerte, o no, no llegó a atravesar el dique del lagrimal. A penas unos pocos segundos y continuó su lento monólogo.
—Se te va a quedar frío el café… —Apresuradamente dirigí mi taza a los labios. No me había dado cuenta que estaba vacía, así que volví a verter el líquido de la cafetera. En esta ocasión, sólo lo endulcé—. Decía que mi padre, sin cambiar el tema, me metió en otro asunto. ‘Ya que los dos estamos de vacaciones de Navidad, ¿qué te parece si empezamos a pensar en el belén?’ Como te puedes figurar, me dejaron de importar las razones por las cuales papá estaba en casa un día en que no tendría que estar, o por qué no sonreía como antes, o por qué mis hermanos se habían ido con los abuelos durante esas fechas tan señaladas… Sólo me importó el rescate de las figurillas del belén. Apareció mamá, secándose las manos con un paño de cocina. Nos había escuchado y venía refunfuñando… Dijo que no, que era muy pronto aún para poner todas la casa patas arriba. Pero papá le sonrió, como siempre y le dijo, ‘No te preocupes, Mirella… Aún no vamos a hacer nada, sólo miraremos las figuras y veremos a ver si están todas en condiciones, o tenemos que buscar alguna por el mercado. Además, no es tan pronto, sólo faltan cinco días para Navidad’.
Por un momento, se me vino el alma a los pies. Menudo recuerdo, pensé. Quizá la abuela comienza a chochear. ¿A quién le interesan las figuritas de un pesebre? Parece que aún estamos en la prehistoria.
Quizá la abuela Estefanía intuyó parte de mis pensamientos…
—Claro que a lo mejor no te interesa lo que te estoy contando… —Y sonrió con picardía.
—No es que no me interese lo que me cuentas, es que estas cosas de la Navidad, como que a mí…
Detuvo su mirada de ámbar sobre mi rostro. Me acarició con sus ojos. Se intentó levantar, pero sus piernas le fallaron…
—Anda, Violeta, acércate, que mis piernas hoy no están para nada.
Me levanté lamentando mi sinceridad tan brusca como un acantilado. Pero ya era tarde. Estaba dicho y no quedaba más remedio que cargar con las propias palabras, como quien arrastra un irremediable defecto físico.
—Más cerca, que tu abuela no te va a reñir.
Me arrodillé a sus pies, para estar próxima al escrutinio de sus ojos. Pero ahora no era con los ojos con lo que me quería mirar, sino con sus dedos, que me recorrieron la cara milímetro a milímetro. El tacto de su piel era suave y cálido. Infundía paz.
—¿Cómo es posible que los rasgos de esta cara hayan perdido aquel gusto por la Navidad? —Intenté defenderme, pero fue imposible—. Sssshhhh… Ahora no te queda más remedio que escuchar… Tu bisabuelo me transmitió el amor a esta celebración, yo se lo transmití a mis hijos, o sea tus tíos y tu madre, y suponía que también a vosotros… No, no puede ser que esa cara que es la de papá sea indiferente a estos días… Ay, los tiempos, cómo cambian… Creo que tendremos que hacer algo a ese respecto… Verás, a mí tampoco me gustan mucho algunas cosas de las navidades de hoy en día. Parece que se hayan convertido en la mejor época del año para derrochar dinero por todas partes. Gastar hasta lo que no se tiene, tanta iluminación en las calles, comilonas absurdas, ruido, bullanga…
—Ya, abuela, pero a eso se han quedado reducidas las navidades. A unas vacaciones al principio del invierno que sólo sirven para la juerga y para gastar. Nada más…’
Por unos momentos permanecimos en silencio. No sé si ella meditaba mis palabras o yo las suyas. No supe si había desistido de contarme la historia que me iba a contar. O simplemente dejamos pasar un tiempo de silencio.
—¿Violeta, qué recuerdas de tus navidades de niña? Tampoco hace mucho tiempo de eso, así que no será muy difícil.
La pregunta me pilló por sorpresa.
—No sé, recuerdo que me lo pasaba muy bien en casa, que estábamos todos, que se cantaban villancicos, la cabalgata de los Reyes Magos, los juguetes… —Le sonreí—. Y que se ponía un belén precioso, que había regalado papá a mamá, porque ella lo pidió un año como regalo de reyes… Bueno, un pesebre, sólo un pesebre, que venía de Valencia.
La abuela Estefanía sonrió…
—Vaya si me acuerdo, tú padre vino como loco a casa para pedirme ayuda, y fui yo quien le puse en contacto, a través de un amigo, con la fábrica de Valencia. Por suerte llegó todo a tiempo. Demostró buen gusto, desde luego… Ves, cómo la cosa viene desde antiguo… ¿Y eso te gustaba?
Tuve que admitir la evidencia de los hechos, cómo no me iba a gustar, si allí estaba metida la memoria de lo mejor de mi infancia allá al final de los ochenta, esa que ahora pedía que convocara mi abuela.
—Claro, abuela, era una niña y me llenaba de ilusión aquella bonita historia, aquellos días, el aroma especial de la casa, los regalos, todo. Fíjate que aún hoy eso me gusta, cuando mi madre saca el misterio.
El misterio le decimos en casa.
—El día de nochebuena por la mañana, nunca antes, mi madre lo saca de la caja donde lo guarda, y lo pone en el salón. Es el único adorno que ponemos. —Bien, bien, aún no está todo perdido, porque eso quiere decir que, al menos, te gusta la esencia de la Navidad… ¿Cómo te lo explico? Si alguien en quien tu confías a muerte…, por ejemplo tu novio, te dice que dentro de una caja llena de cáscaras y desperdicios y lodo y otras inmundicias hay un diamante de muchos quilates, ¿qué harías?
—Supongo que a pesar del asco, con unos cuantos utensilios y guantes, eso sí, iría apartando toda la porquería para llegar a dar con el diamante.
—Sensata respuesta. ¿No le pedirías que te lo jurara, ni que te aportara un certificado o una foto previa que demostrase tal cosa, verdad? Y si te lo pidiera un extraño, alguien que no conoces de nada o bien no le harías ni caso o bien pensarías que se trata de algún engaño.
—Eso es —reconocí.
—¿Hasta dónde te fías de tu abuela?
—Vale, abuela, ya entiendo. Esta Navidad nuestra es una caja llena de basura, lodo, desperdicios, inmundicias, cosas inútiles, pero en su interior hay un diamante…
Asintió y me invitó a que volviera al sofá de donde venía.
—Creo que la historia que te voy a contar, aunque es muy corta, te ayudará a corroborar lo que digo… —Esperó a que me acomodara, y continuó.
—Te decía que mi padre convenció a mi madre de que aún no era el momento de instalar el belén, sino de revisar las piezas, para ver que ninguna hubiera sufrido algún percance, no fuera ser que a última hora no pudiésemos hacer uso de ellas. No pensaba tu bisabuelo en los personajes secundarios del relato, sino en los principales. Así que me dejó en la habitación, mientras, él subía al viejo desván, donde en una maleta inservible para otra cosa, guardaba el nacimiento… Al poco bajó con ella y, a pesar del refunfuño de mi madre con que lo iba a llenar todo de polvo, ella que acababa de limpiar, él se limitó a sonreír y a decir algo así como que ya había adecentado la maleta en el desván. Lo que no sé si era muy cierto… Ya sabes cómo son los hombres para estas cosas… El caso es que ante mis ojos aparecieron todas y cada una de las figuras del pesebre, y todas estaban sanas y salvas. Pero a mi padre tal cosa le daba lo mismo. Fue tomando con mimo cada una de las figurillas y me las enseñaba. Durante el rato en que fue explicando todo lo que se le ocurría sobre cada una, la sonrisa que yo añoraba volvió a sus ojos, y allí se quedó como si hubiera amanecido una estrella…
De nuevo los recuerdos de la abuela parecieron materializarse en su mirada y el silencio volvió a acariciarnos. Esta vez tuve la delicadeza y la sensatez de no hacer añicos esa magia especial. Dejé que el silencio que ella misma había provocado continuase el tiempo que ella quisiera, hasta que retomó el hilo.
—Pero yo quería que me llevara al mercado del que me había hablado, así que sólo se me ocurrió decirle… ‘Ya, papá, ¿pero es que el niño Jesús nunca duerme?’ Creo que mi padre se quedó de piedra y no supo qué responder. Al menos durante unos segundos. Tu bisabuela, que tampoco se podía sustraer durante mucho tiempo al embrujo que un belén hace sobre esta familia, debió de aparecer por el cuarto, lo que sirvió a mi padre para trasladarle la pregunta, ‘¿Has oído lo que dice la nena?’ ‘Sí claro, Lorenzo, cómo no voy a oírla, y es por culpa de que le metes muchos pajarillos en la cabeza a una niña tan pequeña’. Esos segundos bastaron para que papá adivinara la causa de mi pregunta, que me salió sin pensar y exclamó, ‘¡Mirella, la niña y yo nos vamos al mercado! Estefanía tiene razón, el niño Jesús es un niño que tiene que dormir, no le vamos a tener todo el día despierto, y menos aún toda la noche, pobre niño y pobre madre…
—Vaya, abuela, qué cosas se te ocurrían’
—Sí, criatura. Yo quería ir a ese mercado tan maravilloso, y además creía a pies juntillas lo que decía. Mi padre ponía tanto empeño en lo que explicaba, que pensé que había que tomar alguna solución. No sé explicarlo mejor, pero mi pensamiento aproximado fue la idea de que la virgen no podría soportar tanto tiempo con el niño despierto. Los niños tienen que dormir. Y al niño Jesús había que dormirlo, para que pudiera descansar, él y los demás… Así que nos abrigamos y para allá que fuimos. No te voy a explicar lo maravilloso de ese mercado, por él bien que has paseado.
Asentí, pues la afirmación es completamente verídica. No quise volver a abrir la boca, preferí que ella continuase con el relato.
—No hacía otra cosa que asomar mis narices por encima de los puestos donde se vendían las figurillas del belén. Por mi estatura tenía la suerte de que todos los personajes estaban a mi altura, los veía de frente, con una perspectiva que les daba más relieve, como si fueran reales. Papá preguntaba en cada puesto si tenían un niño Jesús dormido… Sí, Violeta, sí, así se las gastaba tu bisabuelo. No se andaba con rodeos. Él se imaginaba la respuesta, y quizá también sabía lo que luego iba a ocurrir, pero creo que intuía que todo tenía que continuar por sus pasos. La mayoría de los vendedores negaban y seguían a lo suyo, sin más. Me acuerdo que uno se le quedó mirando y le respondió, ‘Mire que me han dicho cosas extrañas, pero un niño Jesús que duerma… Ya me contará usted para qué queremos en el belén un niño Jesús que duerma’. Pero papá le respondió con todo su aplomo, como si hablara a un catedrático, ‘Pues mire usted, hasta hace un poco, ni me había dado cuenta del asunto, como usted, más o menos. Ha sido mi pequeña Estefanía la que ha logrado que me percatara del tremendo problema que supone para la virgen tener todo el día al niño despierto; porque, fíjese usted, por mucho que el niño sea Dios, y venga a salvarnos, también es hombre y tendrá que descansar, que si no su pobre madre’. Me señalaba con orgullo, ¿sabes? Y añadió algo en lo que yo no había pensado, pero desde entonces no se me ha olvidado nunca. ‘Además, ¿conoce algo que transmita más paz y más ternura al corazón que un recién nacido mientras duerme? Si tiene hijos seguro que me entiende, y seguro que intuye que la Navidad también tiene que ver con eso’. El vendedor abrió la boca sorprendido, se rascó la cabeza y murmuró algo así como que visto de esa manera… Pero lo más probable es que pensara que la niña tenía demasiada fantasía, y el padre era un padre muy consentidor… o lunático.
A mi pesar el relato me estaba atrapando, y ya quería saber yo en qué paraba aquello del niño Jesús.
—Yo estaba terriblemente preocupada, aunque no te lo creas. Es lo que más recuerdo de la primera parte del día. No podía imaginarme aquella dureza de vida, todo el día el niño despierto, sin poder dormir. Supongo que pensaba que las figurillas tenían una vida que nosotros desconocíamos… Seguro que estás pensando que por qué no se me ocurrió lo mismo con la virgen y san José y los reyes o los pastores… Pues bien sencillo, hija, bien sencillo. Ellos eran adultos y estaba convencida yo entonces que ellos se dormirían cuando quisieran, pero sólo si veían al niño dormido. Si le veían despierto, simplemente no podrían dormir, cómo iban a dormirse los adultos, si un niño está despierto. Aquello no tenía lógica… El caso es que por allí no encontramos lo que buscábamos. Mi padre parecía sinceramente preocupado, como yo. Y cuando regresábamos a casa me dijo: ‘No te preocupes, esta tarde con más calma, volvemos al mercado y terminamos de ver algunos de los puestos’.
La abuela se levantó de su butacón, esta vez sí pudo hacerlo sin ayuda. Hice lo propio, pero no me dejó.
—Nadie ha dicho que te levantes. Espera un minuto.
Quizá fuera algo menos. Regresó con un disco de vinilo y con una figurilla de un niño Jesús, que nunca había visto.
—En efecto, volvimos por la tarde, y sucedió lo mismo que por la mañana. No había solución para aquel problema, hasta que vimos este niño Jesús… Ven, acércate que no muerde… Cógelo… Sí, es este. Ten cuidado no se te vaya a caer. Ves qué cosa más preciosa, tan pequeño, tan sonriente. Era del mismo tamaño que el otro que teníamos en casa. En realidad, siempre he creído que fue este niño quien me descubrió a mí, porque sentí algo especial cuando me asomé a aquel puesto. No pude apartar mi mirada de él, y papá descubrió que mis ojos habían sido atrapados por una especie de imán. ‘¿Te ha gustado ese chiquitín, Estefanía?’ Asentí entusiasmada. Así que lo compró. El vendedor lo iba a meter en su cajita llena de pajas, pero mi padre denegó con la cabeza, ‘No se preocupe, nos lo tenemos que llevar así’. El vendedor y yo le miramos extrañados, pero mi padre sabía lo que hacía, me parece. Cuando nos alejamos del puesto se puso en cuclillas a mi altura y me dijo muy serio, ‘Ahora, Estefanía, vamos a ir a esa iglesia tan grande que está allí, se llama Catedral’. Yo le miraba con los ojos como platos. ‘Allí están tocando una música maravillosa, algo que aún no has oído nunca, pero no te cansarás de escuchar a lo largo de tu vida, estoy seguro… Tú sólo tienes que escuchar la música y tener al Niño entre tus manos, seguro que a ti te hace caso, y cuando llegue la melodía como de una nana, si tú lo deseas con todas tus fuerzas, seguro que sucede’.
Yo que tenía al niño entre las manos, no podía creer lo que estaba escuchando. Es imposible, me decía. Pero la verdad es que aquella minúscula figurilla de unos tres o cuatro centímetros parecía sonreír. Y si no fuera herejía, pensaría que hasta entendía lo que escuchaba. Mi abuela me entregó el viejo disco de vinilo. Leí su título “Weihnachtsoratorium BWV 248 de Johann Sebastian Bach”. Y le miré aún sin comprender…
—¿Serás capaz de ponerlo a funcionar?
—Creo que me acordaré.
El tocadiscos estaba en su sitio de siempre, justo al lado de donde estábamos sentadas. Sospeché que todo estaba relacionado con el tesoro que se escondía dentro de sus viejos surcos. Puse el disco en funcionamiento y comenzó a sonar una música que a pesar de llevar tantos años en la casa y unos doscientos setenta y cinco entre la humanidad yo no había escuchado nunca. Las trompetas y el coro, no sé, todo era una maravilla. (Efectivamente, su inicio sirve para resucitar a los muertos como leí anoche en Internet, mientras reparaba mi deuda con esta obra). Mi abuela seguía en silencio, mientras escrutaba mi rostro. Antes de que acabara la pieza, ya estaba hablando.
—Con una cara parecida a esa es con la que me quedé cuando entramos en la catedral. Estaban tocando esa obra. ¿Nunca lo has oído?... Se trata del oratorio de navidad de Bach. Es una de sus obras maravillosas. Con esta música descubrí que la Navidad también es ternura, ¿sabes?, pues al fin y al cabo, en navidad festejamos que Dios se hace niño. ¿No te parece maravilloso? Como mi padre era un gran amante de la música él sabía estas cosas. Por eso me llevó hasta allí. Resulta que se trata de una de sus preferidas. Se la conocía al dedillo y al comentar yo por la mañana lo del niño, recordó que la interpretaban en la catedral por la tarde… Ahora vamos a hacer una cosa, Violeta. Vas a avanzar hasta el noveno surco, si no me equivoco. Es el tema previo al que ahora interesa, que es el décimo, lo que se llama la sinfonía del oratorio. Si la memoria no me falla, es el que abre la segunda cantata del coro. Cuando esté la aguja en ese punto, vuelves a coger al niño en tus manos. Y cuando empiece a sonar la música de la sinfonía, mira al niño, nada más… Como te decía, cuando entramos en la catedral la música me asustó un poco, y me agarré bien fuerte a la mano de papá, en la otra mano llevaba al niño Jesús, y tenía mi atención sólo puesta en que no se me cayera. Creo que era el regalo más valioso que nunca me habían hecho. Tu bisabuelo se percató de mi miedo y en vez de acercarnos a donde estaba el público, dimos una vuelta por las inmensas naves de la catedral. Sabía que había tiempo. Me fui tranquilizando, hasta que nos acercamos al lugar donde estaban los espectadores del concierto. No entendía casi nada. Algunas partes me parecieron aburridas, pero otras… De pronto, comenzó a sonar aquella música, y miré al niño en la palma de mi mano, y…
Era como si tuviera todo el tiempo bien calculado, porque no hizo falta que siguiera hablando. En ese preciso momento, la música de la orquesta que llenaba el cuarto de estar acometió con dulzura los primeros compases de este tema (1), y y el niño Jesús se fue quedando dormidito sobre mi palma que parecía sentir su respiración tranquila, la respiración de un niño que se fía de la mano de una joven que mañana tiene un importante examen parcial, un niño que es capaz de dormirse en su cuenco, como si allí estuviese bien seguro, el lugar más seguro del universo…

______________________________________________________
(1) Obviamente quienes esteis leyendo este cuento, aquí mismo, con subir a la cabecera del blog y presionar sobre el vídeo, escucharéis la melodía a la que se refiere Estefanía.
Los que recibáis este cuento vía Internet lo tenéis sencillo. En la dirección que señalo a continuación podréis escuchar una versión de esta música. El vídeo dura ocho minutos y medio, la melodía que parece una nana para el niño Jesús ocupa los primero cinco minutos y medio en esta versión:
http://www.youtube.com/watch?v=pWHfyrboZz0&feature=related Los leáis la versión en papel, si no disponéis de esta obra, tendréis que entrar en internet y teclear la dirección anterior.

6 comentarios:

Amando Carabias María dijo...

Queridos amigos:
Este relato de 2009 es el primero escrito con plena conciencia de mi presencia en Internet.
Y esto supone muchas cosas en mi vida, no sólo en mis letras, que también.
Sobre todo haber podido confrontar mis ideas y mis vivencias con muchas personas más allá de las cercanías habituales de la amistad, el compañerismo, la familia.
Se ensanchan los círculos y uno -a poco atento que esté- se da cuenta de muchas cosas.
Este relato, si mal no recuerdo, aún no lo publiqué en "Pavesas y cenizas", por su desmesurada extensión para lo habitual en un blog; pero sí lo remití por correo electrónico a muchas más personas que habitualmente hacía. La nota a pie de página (levemente alterada para este edición) es prueba de ello.
Que yo recuerde, es quizá de los más emocionantes que he escrito. Y, personalmente, le guardo un gran cariño.

Isolda dijo...

Tengo ese cuento de Navidad muy cercano, querido. Rcuerdo los entresijos, que tanto te tocan.
Es emocionante. Gracias por traero de nuevo.
Otra vez una abuela! Qué importantes son!
Muchos besos siempre.

Amando García Nuño dijo...

El misterio, en su casa lo llamaban el misterio... el misterio de una mano estudiantil que acuna una figurita, de unos ojos que se cierran confiados, de una música barroca en los recuerdos velados por la edad.
Tiene... algo, el texto. Un abrazo.

Flamenco Rojo dijo...

En el 2009 no nos lo podíamos imaginar...lo bueno y lo malo de internet. Para gente creativa, para gente relacioanda con la cultura es muy positivo, para adolescentes puede ser, en algunos casos muy negativos y a los padres nos tienen ojo avizor...

El cuento, quizás el de más emoción de los que has publicado hasta ahora.

Abrazo fuerte.

catherine dijo...

Para mí será la nana del niño Jesús.

Amando Carabias María dijo...

Isolda:
Quien tiene bien en la memoria una parte -y no pequeña- de los entresijos del hilo conductor soy yo.
A veces parece que no escucho, o que las cosas se quedan por ahí, danzando, a su aire. Pero al final encuentran un acomodo y alguna vez brotan en otro sitio, como por descuido. Jajaja.

Amando:
En muchas casas lo llamábamos el misterio, en otras el nacimiento, en otras el belén.
Cuando era niño, y escuchaba lo de misterio, me decía vaya bobada, qué tiene de misterioso un niño recién nacido con sus padres.
Ahora sé que no hay misterio más grande, y por ello, cada vez que pienso en la Navidad, la palabra misterio acude a mí. Pero no un misterio que asuste, es el misterio que produce asombro y emociona.
Muchísimas gracias por tus palabras, muchas gracias.

Flamenco Rojo:
Para mí Internet es un reflejo del mundo, un trasunto de él. Si quieres con muchas cosas más acentuadas y con otras más difuminadas. La posibilidad de aparentar quien no eres quizá sea más sencilla que en la calle, pero tampoco es imposible en nuestros pueblos y ciudades encontrar a quienes muestran una cara y cuando tienen la contraria.
Sí, creo que junto con el de "El niño del pesebre", son los más emocionantes.
Y no deja de ser curiosas algunas coincidencias: protagonista joven mujer, un niñojesús como centro total y absoluto de la Navidad, si acaso unas leves pinceladas para el decorado, y una manifestación artística (no literaria) que acercan al centro de la Navidad: pintura y música...

catherine:
Es curioso. Cuando escribí "Eterna luz sonora", poemario inspirado en la música de Bach, no conocía y tardé en escuchar este "Oratorio de Navidad". Antes de escribir ese poemario, me curré una biografía de Bach y la llamé "Juan Sebastián Bach, músico de Dios".
Y desde luego lo fue desde el principio, porque desde hace tres años esta pieza, efectivamente, es una nana al niño Jesús.