Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

martes, 1 de enero de 2013

Una mañana, cuarenta años después. 2008


Cuando se cumplieron los días de la purificación prescrita por la ley de Moisés, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como prescribe la ley del Señor: Todo primogénito varón será consagrado al Señor. Ofrecieron también en sacrifico, como dice la ley del Señor, un par de tórtolas o dos pichones.
Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías enviado por el Señor. Vino, pues, al templo, movido por el Espíritu y, cuando sus padres entraban con el niño Jesús para cumplir lo mandaba la ley, Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo:
Ahora Señor, según tu promesa,
puedes dejar que tu siervo muera en paz.
Mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos,
como luz para iluminar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel
Su padre y su madre estaban admirados de las cosas que se decían de él. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre:
— Mira, este niño va a ser motivo de que muchos caigan o se levanten en Israel. Será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón; así quedarán al descubierto las intenciones de todos.
(Evangelio de Lucas, capítulo 2, versículos 22 al 35).
Y
Todavía resuenan en su corazón los susurros que se escuchaban alrededor de la entrada del Templo, como el murmurio del agua de la fuente de Siloé, un runrún que se percibe con la atención bien dispuesta, pues, de lo contrario, ese son es como si no existiera… Por encima de las palabras temblorosas, sobre los gestos algo amedrentados, las miradas, tal que liebres huidizas, volaban hacia delante buscando la presencia de oídos que, más que escuchar, querían capturar el misterio de todo lo que venía sucediendo desde hacía unas semanas en Jerusalén y en la próxima Belén.
La hora de prima es una hora cargada de presagios que se ocultan tras los destellos del amanecer, todavía incipiente. Sus labios finos y agrietados musitan el ‘shemá’(1) de la mañana, vueltos sus exhaustos ojos hacia el Templo, donde irá más tarde, a pesar de ese cansancio que le oprime el pecho y que torna su respiración en fuelle roto o agujereado, rasgado quizá. Se agota sólo de pensar en recorrer la breve distancia que separa su mechinal de la entrada del lugar santo. De hecho, a pesar de sus costumbres, lleva semanas sin acudir al atrio, sin salir de su tabuco polvoriento. Su ausencia no ha pasado desapercibida.
Más de un mendigo: al menos un ciego, un tullido y una viuda anciana, han comentado, sin dejar por ello de extender la palma de su mano vacía como cuenco rugoso y sucio donde los fieles depositen su limosna, si no estará enfermo el anciano Simeón.
—O peor —proclamó alguien con el aliento vinoso haciendo cabriolas tras las palabras—, a lo mejor ha ido al seno de Abraham. ¿Alguien sabe dónde vivía?.
—No, no os preocupéis por eso —se oyó la voz de trueno del ciego que disponía la mejor ubicación a la entrada del atrio—. Cada mañana, al pasar por su puerta, yo llamo y él contesta… Hoy nos visitará…
Tras sus palabras, el alivio surgió cual sonrisa infantil. La pausa se hizo larga, pues notaron que llegaban otras frases, acaso las transcendentales.
—Ha dicho que algo importante sucederá, que seremos testigos de algo maravilloso.
—Ya estamos. —El manco tenía que meter baza a toda costa, si no lo hacía no se sentía a gusto—. ¿Después de seis semanas seguimos con la misma cantinela? Dejaos de tanta maravilla y vamos a lo nuestro; lo único seguro es que no tenemos un mal pedazo de pan que engañe al estómago. No esperéis que los ángeles vengan a repartirnos la carne de la olla del Sumo Sacerdote; como no abráis las manos, no comeréis, y si las abrís, a lo mejor tampoco.
—Si te oyera Simeón —dijo la vieja desdentada— seguro que te contestaría con algo de lo que escribieron los antiguos en el libro santo.
—¿Qué sabrás tú, Salomé? —El manco era difícil de silenciar
—Tú no conociste al viejo Simeón, cuando no era tan viejo. No conociste el fuego de sus palabras, cuando recordaba que los poderosos tenían la culpa del desastre de Israel, porque oprimían a los pobres, a los huérfanos y a las viudas.
Algunas miradas, aunque no olvidaban extender las sucias manos a los aún escasos peregrinos que se acercaban, viraron su rumbo hacia el pasado, hacia aquellos días. También la de Salomé,
—¡Qué mala memoria tienes, Simón, hijo de Josafat! ¿Te tengo que recordar que por entonces enviudé y no me quedó más remedio que suplicar a los israelitas de buen corazón unas dracmas que me ayudaran a comprar el pan negro con que me alimento? —Simón recordaba la presencia de Salomé, y la presencia de tantos otros que pasaron por allí y se marcharon o murieron. —Por eso —siguió Salomé— estoy segura de que tendría palabras de esperanza; porque siempre que su lengua se movía, es como si le salieran dulces por la boca.
—No sé si sus palabras se podrían comer, mujer, lo que sé es que mi estómago hoy está vacío.
YY
Por más que su cabeza gire y gire entorno a las posibles explicaciones de todo el asunto, de tanta palabra a penas referida a media voz, de tanto cuchicheo temeroso, sólo encuentra una interpretación; pero no tiene fuerzas ni capacidad para demostrar que lo que sucede es lo que él espera desde hace tiempo. Ha habido demasiadas coincidencias en estas semanas, pero tan sutiles, que parecían la leve tela con la que las mujeres se cubren el rostro, esa gasa que deja entrever el horizonte a través de guedejas de niebla.
El recuerdo de sus años jóvenes brota en su memoria con insistencia extraña. Hace tiempo que aquellos recuerdos le habían abandonado, como si pertenecieran a otra persona, como si no hubieran sido suyos, y, sin embargo, en estos días, especialmente esta mañana, que no alcanza aún la segunda hora, han regresado poderosos…
Entonces, como tantas veces, hubo días revueltos en Jerusalén, pero su corazón no renqueaba como hoy, sino que volaba como águila que otea el miedo de sus presas. Las malas cosechas propiciadas por la sequía hacían escasear el pan, los ganados morían de sed en los campos, pero los sumos sacerdotes del Templo mantenían lustrosos sus rebaños que mugían y balaban en los terrenos próximos. Que él supiera, nunca faltó un novillo o un cabrito para los sacrificios. Los cambistas agitaban sus repletas bolsas de monedas y los mercaderes asolaban con su griterío el silencio reservado para lugar santo. Ciertos grupos achacaban a los invasores romanos tanta desgracia y proponían rebelarse contra el extranjero que les miraba con ese aire de superioridad con que los lobos desprecian a los corderos. No había trabajo en Israel, no había pan en Israel, no había risas en Israel, sólo hambre, miseria y llanto. El pueblo clamaba y los poderosos adoraban su bolsa henchida. Los sumos sacerdotes sacrificaban holocaustos, ofrendas y súplicas a Yahvé y Yahvé callaba, o eso pensaba el inexperto corazón de Simeón. La vieja Jerusalén hervía y hervía su joven sangre. Recuerda, aunque con intermitencias (muchas cosas se le esconden a causa de una densa niebla opaca), que una algarada lo pilló en plena calle y, como ocurría tantas veces, empujado por el movimiento sinuoso de la masa, acabó en el Templo de Salomón, donde siempre concluían las protestas que se producían en la ciudad.
Alguien hablaba en el atrio de los gentiles, vociferaba las amenazas del profeta que casó con la prostituta, obedeciendo las órdenes divinas.
—Con sus ovejas y sus vacas vendrán en busca del Señor, pero no lo encontrarán. ¡Se ha retirado de ellos! Han traicionado al Señor, han engendrado bastardos, y ahora un invasor los devorará, junto con sus campos (2).
Aquellas palabras, que se encendían en su boca y se convertían en llamaradas lanzadas a la mañana, atrajeron su atención y le apartaron, como si tuvieran dedos poderosos, de la marea humana que lo arrastraba. Desde niño había oído las grandes historias de Israel, pero las había escuchado como quien oye las aventuras de quien no existió, salvo en fantasía; nunca le habían hablado de ese modo, como si las palabras divinas no fueran del pasado, sino que se emitieran por primera vez en ese preciso momento.
A partir de aquel día, y durante una buena temporada, se acercaba hasta ese mismo lugar cada mañana, y cada mañana una enseñanza se aposentaba en su corazón, revelándole una porción del rostro del Señor. Oyó, procedente de la misma garganta, muchas palabras de otros profetas, como las de quien fue pastor de bueyes en las que hablaba de crímenes horribles de los poderosos, tantos que no serían perdonados, ya que según él vendían al inocente por dinero y al pobre por un par de sandalias; aplastaban contra el polvo a los humildes y no hacían justicia a los indefensos (3). Era como si aquel rabí enjuto con la mirada siempre ardiente, tal que llena de fiebre, le esperara antes de la hora de tercia, para lanzar alguna intimidación incendiaria que figuraba en los libros santos, aunque del modo en que la repetía, parecía que formaba parte de su propia sangre y nacía en uno de los latidos de su corazón.
—Escuchad dirigentes de Israel: ¿No os corresponde a vosotros conocer el derecho? Pero vosotros odiáis el bien y amáis el mal, arrancáis la piel de encima, y la carne de sus huesos. Pues bien, estos que comen la carne de mi pueblo, que le arrancan la piel y le quebrantan los huesos, después de hacerlo trozos como carne en la olla, como vianda en la caldera, clamarán al Señor, pero él no les responderá; les ocultará su rostro (4).
Esta vez no creyó que tanta dureza saliera de boca de profeta, y se atrevió a buscar y encontró su sonido exacto en el breve rollo de Miqueas, que desde entonces meditó.
Unas frases se clavaron en su corazón, sin que el tiempo las alejara de su pensamiento, porque en ellas la esperanza se derramaba como las flores se abren al amanecer. Fueron las del más grande de los profetas. Cada vez que venían a su memoria, sonreía con pena, y se mesaba la larga barba blanca. Allí el dolor de Yahvé se hacía pregunta que increpaba:
—¿De qué me sirven todos vuestros sacrificios? Estoy harto de holocaustos de carneros y de grasa de becerros; detesto la sangre de novillos, corderos y machos cabríos… ¡Dejad de convocar asambleas, novilunios y sábados! No aguanto fiestas mezcladas con delitos. Aborrezco con toda el alma vuestros novilunios y celebraciones, se me han vuelto una carga inaguantable. Cuando extendéis las manos para orar, aparto mi vista; aunque hagáis muchas oraciones, no las escucho, pues tenéis las manos manchadas de sangre.
Pero, después de tanta regañina, aparece una luz, una caricia de padre que siempre tiene un hueco en su corazón para liberar el perdón:
—Lavaos, purificaos; apartad de mi vista vuestras malas acciones. Dejad de hacer el mal, aprended a hacer el bien. Buscad el derecho, proteged al oprimido, socorred al huérfano, defended a la viuda. Luego venid y discutamos. Aunque vuestros pecados sean como escarlata, blanquearán como la nieve; aunque sean rojos como púrpura, quedarán como la lana’ (5).
Cómo era posible que después de semejante invectiva, la actividad del Templo continuase inalterada? ¿De qué servían las palabras que increpaban la inutilidad de los holocaustos, ofrendas, asambleas, fiestas, sábados…?
Continuó durante un tiempo acudiendo al mismo lugar, pero lo hacía más por curiosidad que por necesidad. Simeón había descubierto que el mensaje de los profetas era más que incendio en pastizal reseco. Se acercó a otros maestros, leyó los textos sagrados. Saboreó, además del fuego, agua limpia que saciaba la sed.
Aprendió también que se pedía un cambio profundo como camino previo hacia la misericordia, una conversión cuya esencia era practicar derecho y justicia, arrancar al oprimido del poder del opresor, no oprimir al emigrante, al huérfano y a la viuda; no ejercer violencia ni derramar sangre inocente (6). Grabó en su corazón más promesas, las aprendió como aprendió el ‘shemá’, o la ley, o el nombre de las tribus, o de los árboles del campo, o de las calles de Jerusalén.
—Convertirán sus espadas en arados, sus lanzas en podaderas. No alzará la espada nación contra nación, ni prepararán más para la guerra (7).
La voz de trueno dejó de atravesarle el entendimiento. A medida que se zambullía en los textos, descubrió tantas tan parecidas, tan henchidas de horizontes ilimitados, que, si hubiera querido, cada jornada hubiera meditado una distinta en su corazón…
A la luz de un sol que ya no era tímido, una luminosa tarde de primavera, se topó con el texto que glosaba todo cuanto los profetas pusieron en labios del Señor. La esperanza enraizó en su corazón como vigoroso árbol perenne. Era la promesa del mesías favorecido de Dios, sobre quien reposaría su espíritu; no juzgaría por apariencias, ni sentenciaría de oídas, sino que lo haría con justicia a los débiles, a los sencillos con rectitud, tanto, que el universo cambiaría.
—Habitará el lobo junto al cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el ternero y el leoncillo pacerán juntos; un muchacho pequeño cuidará de ellos. La vaca vivirá con el oso, sus crías se acostarán juntas; el león comerá paja, como el buey, el niño de pecho jugará junto al escondrijo de la serpiente, el recién destetado meterá la mano en la hura del áspid (8).
Durante los siguientes años, era él quien, como hombre justo y piadoso, se situó en la entrada al atrio de los gentiles. Empezó a vivir de las limosnas que le entregaban quienes escuchaban sus palabras repletas de luz. No gritaba catástrofes, pedía conversión, seguro de la pronta llegada del Mesías. Sacerdotes y algún rabino le rogaron que no se quedara en zona tan lejana y tan ruidosa, insistieron para que se acercara hasta el patio de los varones de Israel, pero él nunca abandonó la puerta de los extranjeros. Por allí tenían que pasar a la fuerza cuantos accedieran al Templo: cualquier judío, israelita o extranjero, niño o adulto, hombre o mujer, debía cruzar por tal lugar, sin más opciones. Allí aún no había restricciones. Aunque el alboroto fuera mayor, él prefería el bullicio a la división. Más allá comenzaban las separaciones, los muros, las prohibiciones. Al fondo de ese atrio, una puerta daba paso a una empinada rampa que sólo podían cruzar los israelitas, bajo pena de muerte. A continuación del atrio de los israelitas, estaba uno de los núcleos de la monumental construcción, al que no se acercaban ni mujeres ni niños, únicamente los varones de Israel. Un poco más en lejos, donde el silencio era roto por los cantos llegados del interior, se alzaba el altar de los sacrificios al que de modo exclusivo accedían los sacerdotes consagrados y purificados, y aún más dentro, más escondido, más inaccesible, el Sancta Sanctoórum, donde moraba en soledad el Arca de la Alianza, excepto cuando era acompañada por la respiración ahíta del Sumo Sacerdote.
A él, a Simeón, le importaba observar lo que ocurría a su alrededor y resolver las dudas de quien las manifestara. No solía predicar, pero su mirada escrutadora, su presencia continua, era suficiente para que a su alrededor se formase algún corrillo.
YYY
El empedrado de las calles de Jerusalén se clava en las plantas de sus achacosos pies. Quizá hubiera tenido que madrugar más, no haber permitido que la última vigilia de la madrugada le sorprendiese en el lecho. Se le echa encima la hora de tercia, y no ha alcanzado el Templo; por culpa de este retraso a lo mejor no ve a quien espera. Pero sus fatigadas piernas no pueden aliviar más su ritmo; el aire le falta, se le escapa, vuela, por entre las ranuras abiertas de sus viejos pulmones y cada poco se detiene, ya que necesita toda la energía para atrapar un destello de la brisa que precisa su cuerpo. Cualquiera que le contemple, incluso los distraídos, perciben esa angustia que oprime sus pulmones. ¿No os gustaría acercaros hasta su enjuta estampa, ligeramente encorvada, para ayudarle? Sin embargo, si escrutarais sus ideas, os sorprendería la alegría que danza en ellas…
El pensamiento matutino sigue su senda sin que él se oponga. Sabe que tiene que hacer lo que hace; es hoy la jornada; actúa en consecuencia, casi como un autómata, pues las imágenes de su cabeza son continuas repeticiones de la historia de su vida…
…Años después, cuando su presencia era cotidiana en el atrio, cuando los mendigos y los peregrinos se habituaron a sus palabras de esperanza, recibió un mensaje extraño. No lo había referido a nadie, pues comprendió que si lo revelaba sería tomado por loco. O por endemoniado. En Israel siempre era difícil esta distinción.
El mensaje sonó firme, aunque parecía sueño imposible; se resumía en una frase: ‘Antes de que mueras, tus ojos contemplarán al mesías de Israel’. Este es el fuego que ha alimentado su corazón todos los años de su vida. Cuando, seis semanas atrás, los rumores amedrentados se escucharon en las inmediaciones del Templo, intuyó que se cumplía su tiempo y que el Señor había tomado, por fin, la iniciativa de rescatar a su pueblo.
Ved qué poco le resta para alcanzar el atrio. Asomaos a la remembranza que resume el resto de los recuerdos y de las meditaciones y de las lecturas, ésa que conduce a las palabras definitivas, al cumplimiento de la promesa. En varios lugares y de varias maneras, Yahvé revela la intención de enviar un salvador. Una constante se repite: el mesías nacerá de vientre de doncella (9). Incomprensible. Durante estos cuarenta días, uno de los textos aprendido en su juventud no ha dejado de amartillar sobre su memoria. Tras los primeros rumores que contaban un nacimiento en Belén rodeado de circunstancias atípicas y extraordinarias, corrió veloz otra noticia por entre las columnas del Templo; era un bisbiseo que no podía susurrarse en mitad del patio, había que decirlo con la espalda cubierta por la inmensidad de las columnas de mármol, con los labios pegados a las orejas. Decían que Herodes, el Tetrarca galileo, había recibido la visita de extranjeros de muy alto rango y grande sabiduría, que preguntaban por el lugar donde el mesías era recién nacido; y alguien añadía, todavía con más espanto en su mirada, que vinieron precedidos por una estrella que les guió hasta Judea, tras atravesar desiertos interminables. Cuando llegaron a sus oídos los ecos de tal confidencia, la que se pronunció con más cuidado, la que más amedrentó las miradas, el texto rebrotó desde lo hondo de su corazón, cual algarada de mariposas de colores: ‘En cuanto a ti, Belén de Efratá, la más pequeña entre los clanes de Judá, de ti sacaré al que ha de ser soberano de Israel’ (10).
No alberga dudas su anciano corazón. Demasiadas coincidencias para pensar en simple casualidad. Sin embargo, una pregunta se enreda o enhebra en sus latidos: ¿Distinguiría a ese niño entre otros? Sabe para qué llega este Salvador. No es necesario que le recordéis que la profecía escrita afirma que cuando actúe, el desierto será vergel y el vergel, bosque; en el desierto morará el derecho, y en el vergel, la justicia; de la justicia brotará la paz; no vociferará; no partirá la caña quebrada, ni apagará el pabilo vacilante; será alianza del pueblo y luz de las gentes, abrirá los ojos ciegos, liberará a los cautivos y a los que viven en tinieblas, será luz de las gentes, para que la salvación alcance los confines de la tierra (11). ‘¿Cómo descubriré todo esto en un niño de pecho?’, murmura, mientras sus pies cansados y con el redolor de los morrillos de las calles instalado en sus plantas, le acercan al Templo.  Casi distingue algunas voces que provienen del lugar. Sus ojos acuosos, con un cierto tono de helecho, sonríen. ‘¿Por qué preocuparme de esta pequeñez? Quien me hace la promesa, sabrá cómo cumplirla’.
YYYY
La mirada de los mendigos ahora es sonrisa colectiva. No descuidan su mano tendida, mientras giran levemente el cuello para saludar la presencia del anciano Simeón quien, con fatiga que asusta, asciende la última rampa. La fuerza táctil de aquellas pupilas cariñosas es el último empujón que necesita para llegar hasta su lugar.
Cuando recobra el resuello, observan su rostro ajado y arrugado, pero sonriente; sin embargo, el ángel del Señor sabe que sus pensamientos se ennegrecen por instantes.
Antes de que el desierto sea vergel, ése que hoy es niño, sufrirá. Simeón lo sabe, también esté escrito, aunque pocos lo quieran rescatar de su memoria. Leed también vosotros en el libro. Se comportará con docilidad, ofrecerá su espalda que golpearán y lacerarán, sus mejillas que ultrajarán a insultos y salivazos. Perderá su apariencia y su presencia humana. Miraréis ese rostro tumefacto y os dará asco. Será despreciable desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como ante quien se vuelve el rostro, pues repugna. Serán nuestras dolencias las que él lleve y nuestros dolores los que soporte. Pensaremos que es azotado y herido y humillado por el mismo Dios, cuando todo el castigo se lo habrán causado nuestras rebeldías, será molido, como el trigo en el molino, por nuestras culpas. Soportará el castigo que trae la paz, y con sus cardenales sanaremos. Todos nosotros, como ovejas erramos, cada uno marchará por su camino y Yahvé descargará sobre él nuestra culpa. Será oprimido y se humillará y no abrirá la boca. Cual cordero al degüello será llevado y como oveja que ante quien la trasquila enmudece, cerrará la boca (12).
Por fin ha alcanzado el atrio, por fin. Intuye la proximidad del final de su vida, percibe que las fuerzas se alejan de su corazón en cada postrer latido. Mirad, son ellos, se acercan silenciosos. El niño, mirad, duerme en brazos de su madre…

La noche acaricia su mirada abierta. Ha dado la vuelta todo el ciclo. Ha comprobado que toda su vida ha tenido como único fin adentrarse en el misterio, para que, cuando los ojos de aquella madre, de aquel padre y de aquel niño se cruzaran con los suyos, no hubiera confusión. Había hecho falta todo este tiempo para que comprendiera que detrás de la frágil apariencia de una pobre familia que apenas si contaba con unas monedas para adquirir un par de tórtolas que sacrificar, estaba el futuro de Israel, del resto de los pobres que, como él mismo, había sido abandonado de los ricos, de los poderosos.
Fue la mirada de la madre, que era como si le buscara, la que le permitió intuir que en sus femeniles brazos dormía su consuelo. Cuando sus rugosas manos, temblorosos sarmientos desnudos, se acercaron al rostro de la criatura, supo que la esperanza brotaba de su corazoncillo dormido.
Ahora, en la oscuridad de su estrecho tabuco, sobre el duro lecho, se da cuenta de que no había nada que le obligara a asegurar que aquel niño no fuera un simple niño, como tantos otros, como él mismo fuera un día. Y sin embargo, al contemplarlo, su corazón apresuró su paso desbocado, como nunca lo había hecho, sintió que las gacelas del desierto galopaban en sus entrañas y las palabras brotaron como zorzales felices…
Hubo un momento de silencio entre los tres adultos. El niño, ay, seguía dormido. Las miradas de los padres, tan sorprendidas como no habían dejado de estarlo en las últimas semanas, guardaban al fondo de su brillo una sombra de miedo que les hacía escrutar cada rincón, cada esquina, cada figura que pasaba a su vera.
Entre la madre y el viejo hubo una mirada más honda, más intensa. De las oscuras pupilas de ella nació una lluvia invisible que regó su corazón con la misma vitalidad con la que lo habían hecho las palabras santas escrutadas con esfuerzo durante su lejana mocedad. Hasta el fuelle roto de su respiración pareció recobrar la tersura de antaño. El padre, pobrecillo, fue ajeno a aquella intensidad.
Durante unos instantes, los mismos que se tarda en demorar un parpadeo inevitable, el anciano Simeón dudó sobre la conveniencia de sujetar en la despensa de sus pensamientos, aquellas otras palabras que, cual siniestras hienas asesinas, querían escapársele a través de la garganta. Y comprendió que no había más remedio que liberarlas. Él también tenía una misión que cumplir. Había sido depositario de una promesa, pero tenía la obligación de no ocultar la tempestad y la pesadilla, el dolor y el llanto, el clavo y la lanza, la herida y la muerte.
Ella acunó sus palabras en silencio, y Simeón, detrás de aquel callarse, descubrió que ella estaba dispuesta, mejor dicho, que ya sabía lo que le esperaba desde hacía algún tiempo, aunque no fuera capaz de concretar tanta amenaza. En el bruno silencio de la madrugada comprende que si el niño dormitaba en aquellos cálidos brazos, y no en otros, era porque su madre había aceptado por anticipado las heridas que espadas criminales asestarán en su corazón materno, cuya superficie se llenará de cicatrices.
Quizá, como él mismo, ella, la madre, cada noche, antes de dormir, meza en su corazón las palabras que conducen a la consolación.

—El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones rotos, a pregonar a los cautivos la liberación y a los reclusos la libertad, a pregonar año de gracia de Yahvé, día de venganza de nuestro Dios, para consolar a todos los que lloran, para darles diadema en vez de ceniza, aceite de gozo en vez de vestido de luto, alabanza en vez de espíritu abatido. (13)


______________________________________

(1) ‘Shemá’ significa, ‘escucha’. Es la plegaria por excelencia de Israel. Se reza al principio y al final del día. Forma parte del texto de la Ley de Dios tal y como cuenta el capítulo seis del Deuteronomio. Con leves variantes la repiten los profetas. Jesús la cita. Así se inicia: Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno. Amarás al Señor tú Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas…
(2) Oseas capítulo 5, versículos 6- 7. 
(3) Cfra. Amós, capítulo 5, versículos 6-9. 
(4) Cfra Miqueas, capítulo 3, versículos 1-4. 
(5) Cfra Isaías, capítulo 1, versículos 11-18. 
(6) Cfra. Jeremías, capítulo 22, versículo 3.
(7) Cfra Isaías, capítulo 2, versículo 4. 
(8) Cfra Isaías, capítulo 11, versículos 1-9.
(9) Cfra Isaías, capítulo 6, versículo 14 y también, capítulo 9 versículos 1-6… (Los ejemplos serían innumerables). 
(10) Cfra Profeta Miqueas, capítulo 5, versículos 1 y 2. 
(11) Cfra Isaías, capítulo 32, 15-17. Capítulo 42, 2-4 y 7. Capítulo 49, 6.
(12) Cfra. Isaías, capítulo 49, versículo 13, hasta el capítulo 53, versículo 7.
(13) Profeta Isaías capítulo 61, versículos 1 al 3.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Del color de la luz. 2007


Catalina sonríe plácidamente, mientras el sol del final del otoño acaricia sus dedos que se afanan en la labor, a pesar de que a estas horas vespertinas ya están cansados y comienzan a sentir pellizcos del viejo redolor que no se aburre y, contumaz, reaparece cada jornada. Mas, no le importa esa molestia. Está tan habituada a ella, que se sorprendería si un día no percibiera sus inquietos pasos dentro los dedos, a la altura de los nudillos, más o menos.
Al alzar la cabeza de la labor, a través de la ventana contempla el vuelo zigzagueante de unas palomas que huyen o acuden, esto es siempre complicado de dilucidar, a una cita inaplazable. Deja la aguja sobre el regazo y se hace más consciente de la ternura de este calor de sol sobre sus fríos dedos, de aspecto un poco sarmentoso. Quizá conviniera ser más precisos: no se trata de un pensamiento, sino de una sensación casi ajena a su persona, porque su verdadera ocupación mental tiene a su nieto por destinatario.
*
El agua tibia de la ducha cae sobre el cuerpo de Ariel. El viernes es el gran día de la semana. Los diecisiete años se enraízan con toda la plenitud del futuro alojada al fondo de unas pupilas verdosas. A Ariel le gustaría que el tiempo se estancara, que nunca se acercara el lunes. Puestos a pedir, tampoco le entusiasma que llegue el domingo por la tarde. Le fastidian las despedidas, y la tarde dominical es la despedida del fin de semana, la despedida del tiempo en que es lo que quiere ser.
Acaba de finalizar el entrenamiento del equipo. Mañana, al fin, será titular. El entrenador se lo acaba de confirmar. En cuanto que se junte con los demás colegas, se lo dirá a voces, a ver si es posible que también lo oiga Bea, y, de una vez, acuda a un partido.
El agua cubre su cuerpo fibroso, se desliza por cada poro de su piel y siente que, más que limpiarlo, lo acaricia. Está cansado, pero satisfecho. Mañana es el sexto partido de la temporada y hasta ahora ha chupado banquillo. Se ha esforzado durante estas semanas para que el ‘míster’ se fije en él, para que anote en su mente las infinitas ansias de ocupar ese puesto mágico del campo desde donde mejor se ve el juego. No lo tenía fácil con Iván, pero ese esguince, no muy grave, puede ser una puerta que se abre de par en par.
Sabe que es una oportunidad que no puede desperdiciar. La lesión de Iván es tan leve que en un par de semanas estará de nuevo en el equipo, justo al acabar las vacaciones navideñas; tampoco olvida que Charly, camuflado tras su sonrisa pícara y el brillo charol de sus ojos, está agazapado cual gato montés, esperando su traspiés. Estos pensamientos se le atoran en el estómago que se aprieta hacia adentro y se encoge. Algo que se parece en exceso a la de los exámenes finales, cuando uno se la juega de verdad. ‘Sí, como un examen’, murmura, y cierra los ojos por culpa de una brizna de champú…
Tendría que estar feliz, lo sabe: mañana, como regalo anticipado de Navidad, saltará a la cancha desde el principio luciendo el uniforme verde que les distingue del resto de conjuntos de la liga provincial juvenil; pero, no puede evitar la tensión y la preocupación.
No sólo es que Bea no le haga mucho caso, o que se sienta presionado por la responsabilidad, ya que lo de Iván sólo es para un par de semanas y Charly anda al acecho. El recuerdo de su padre es una comezón que llena sus neuronas de sombras frías y oscuras… Quizá tal recuerdo en este minuto sea, no sólo inevitable, sino necesario. Al fin y al cabo, fue él quien le metió el gusanillo de la práctica seria del juego, y que no se conformara con retozar por el patio del colegio o en una plaza de la ciudad; quien lo llevó a un estadio por vez primera, aunque fuera un campo de tercera división casi ruinoso; quien le regaló libros que explicaban sus misterios; quien le acostumbró a la lectura de la prensa especializada… Si su padre estuviera, le llevaría mañana al partido, no le perdería de vista, le animaría, le tranquilizaría. ¿Después de siete años, por qué le asaltan tales recuerdos, si su padre es un recuerdo imposible…?
*
La aguja de ganchillo reposa sobre su regazo, mientras, el sol sigue entibiando el redolor diluido de sus dedos. Sabe, a sus setenta y siete años, que no debería preocuparse tanto, porque si se compara lo que hace el chico con lo que se ve por la tele o lo que dicen continuamente en la radio, Ariel no corre excesivos peligros. Es un chico sano, hace deporte, como sus amigos, y no es mal estudiante, aunque podría serlo mejor. Sin embargo, no puede evitar cierto agobio cuando escruta sus ojos verdes, reencarnación de las pupilas del abuelo. Es un chico demasiado triste o preocupado… A veces triste, a veces preocupado.
Con un resto de pretérita coquetería, menea la cabeza y aleja pensamientos tan asotanados. Ariel no es triste, ni siquiera melancólico, simplemente añora, de vez en cuando a su padre, lo cual —bien pensado—, es lógico, puesto que un padre es siempre un padre. Los tiempos, murmura Catalina en un susurro creyendo que es un pensamiento. Los tiempos… El caso es que por unas cosas o por otras, la alegría nunca es completa.
Como si se tratara del mejor lenitivo, los dedos, a penas descansados, tornan a la larga aguja plateada que ya ocupa su posición entre el pulgar y el índice para continuar escribiendo un largo poema en lana Un poema sin palabras, puesto que Catalina, como todas las abuelas, ha descubierto que, al igual que el amor, los mejores poemas tienen que ver más con silencios que con palabras. A medida que su mano derecha traza breves curvas que rizan la transparente crin del aire, la lana esmeraldina se extiende, crece, dibuja grecas y arabescos y figuras geométricas. Los ojos de Catalina cuentan los puntos con la exactitud de tiradores de precisión y sabe cabalmente, sin necesidad de repaso, en qué momento ha de retroceder, o ha de descender o ha de cambiar el dibujo.
Algunas veces ciertos pensamientos, quizá los más pequeños, se enganchan en el cerebro y es complicado que salgan de allá adentro. Son como chinitas en los zapatos. Éstas son los cantos más diminutos de los caminos, pero los más molestos si llegan a entrar. A veces hay suerte y quedan ocultos en algún rincón del calzado; pero lo habitual es que rueden bajo la planta en un subibaja que provoca molestias e incomodidades de todo tipo, por lo que, al final, hay que detenerse, descalzarse, echarlo fuera. Así actúa esa idea nimia en el interior de las circunvoluciones del cerebro de Catalina. El caso es que por unas cosas o por otras la alegría nunca es completa, ha pensado, y este pensamiento rueda en su interior sin cansancio, provocando que sus labios lo musiten como una jaculatoria: el caso es que por unas cosas o por otras, el caso es que por unas cosas o por otras…
*
Ginés, el padre de Ariel, desapareció de improviso, sin avisar, o él, un niño entonces, no tuvo precisa noticia del asunto. Una mañana el rostro afilado, triangular, de profundos ojos oscuros, que le llamaban tanto la atención pues eran muy distintos de los suyos, se desvaneció de su perspectiva infantil. Aquella ausencia era notable, ya que su padre era la figura más destacada del horizonte de su infancia. Le preguntó a su madre, y le respondió el murmurio marino de unas lágrimas que rodaban mansamente por sus mejillas. Con diez años Ariel percibió un crujido violento en su interior, una sensación de vértigo doloroso.
Ariel hasta unos años más tarde no supo que la historia entre Ginés y Celeste había nacido con la fecha de caducidad escrita en el envés del recipiente. Su abuela Catalina se lo había explicado algunas veces, con esa voz dulce que ella tenía. Cuando lo hacía, no había ni amargura ni tristeza, era como si describiera el contenido de la cesta de la compra.
—La mirada de tu padre nunca me gustó, hijo. Sí, sus ojos eran muy hermosos, de eso no cabe la menor duda, pero siempre hubo algo que no me terminaba de encajar. Si tu abuelo hubiese vivido, lo habría dicho de otro modo más poético… Ah, es una pena que no hayas conocido a tu abuelo. Él habría dicho que detrás de sus pupilas había una profunda sima oscura y fría que conducía al egoísmo.
La temperatura del agua de la ducha se ha elevado, pero la joven tersura de su piel parece no percatarse de tal incremento térmico. Siempre que piensa en su padre, le ocurre lo mismo. Primero recuerda el instante de aquella mañana en que se dio cuenta de que su marcha era para siempre, pues las lágrimas de su madre no indicaban otra cosa; luego acude a su recuerdo la frase de su abuela y de inmediato, ahora mismo, como si al tiempo que el dolor se activara la medicina para aliviarlo, se presenta el recuerdo del abuelo Hugo, analgésico del alma… Un recuerdo que, en realidad, no existe en su corazón. Es una remembranza postiza constituida por los comentarios de su abuela y por la fotografía del salón de su casa. Como un disfraz alquilado.
Su madre no habla mucho de este hombre misterioso, pues, como ella decía, le duele mucho no haber disfrutado más de alguien tan especial. A pesar de lo cual, el retrato desvaído ocupa lugar preeminente en el salón. Encerrada en un anacrónico marco dorado, aparece la cálida sonrisa blanca de un hombre extremadamente magro, con un bigote claro sobre unos labios que Ariel ya sabe definir como sensuales. Hasta hace poco, simplemente eran gordezuelos; ahora ya se da cuenta de que ellos, vuelo de mariposas cárdenas, son señal de un hombre apasionado y voluptuoso.
Por extraño que parezca, y a pesar de ser su viuda, su abuela Catalina no para de referirse a él sin sombra de dolor, como si nunca le hubiese dejado de tener al lado, como si continuase compartiendo su vida con él. Ariel intuye que esa es la clave; ahora que siente algo parecido al amor (¿qué es, si no, el rostro de Bea ocupando su mente cada minuto?), comprende que su abuela no deje de hablar del abuelo desconocido y, al mismo tiempo, tan presente. Lo hace como él lo haría de Bea, si es que no sintiera una vergüenza ilimitada porque el resto del mundo descubra su secreto. Cuando la abuela Catalina se refiere al abuelo Hugo, parece que sigue vivo en su corazón.
—Tu abuelo —comenta— dice que lo más importante de esta vida es encontrar con quién compartirla. No importa el tiempo que tardes en ello, ni siquiera si te equivocas algunas veces. El camino de la vida no se puede recorrer en solitario, porque sólo giraríamos sobre nosotros mismos y no avanzaríamos. El camino hay que hacerlo de la mano de alguien, porque las manos están hechas para vivir entrelazadas a otras manos. El abuelo dice que los momentos de silencio, mientras se camina con alguien de la mano, son los instantes más hondos de la vida.
Algunas veces, su abuela se ensimisma, y, entonces, su sonrisa es mucho más hermosa y cálida, rejuvenecida; el vigor del recuerdo es tan poderoso que aflora la sonrisa de los treinta años, cuando Hugo y Catalina se conocieron en Buenos Aires, se casaron y fueron tan felices.
Ariel no comparte eso del silencio, pues no es amigo de estar con los oídos desocupados, pero sigue las explicaciones de la abuela con atención. Intuye un tesoro oculto que él aún no puede disfrutar, pero que debe almacenar, porque con los años le será útil.
*
—El caso es que por unas cosas o por otras la felicidad no es completa —murmura Catalina, sin darse cuenta de que lo hace en voz alta. De pronto, el sonido de su propia voz le sorprende en el silencio de la tibia tarde otoñal, la que inaugura el invierno. —Vaya —se dice— debo ser una vieja medio chalada, no me doy cuenta de que hablo sola.
Se levanta, cansada de permanecer tanto tiempo en la misma postura. Como siempre, dirige una sonrisa a la foto de Hugo, la misma que está en casa de Celeste, acompañada de un pensamiento. ‘Ya sé que me escuchas, pero no me digas que no es de locos hablar en voz alta cuando una esta sola… ¿Qué te parece…? ¿Le gustará…?’
—¡Cómo no iba a gustarle! Aunque, con tan pocos años, es poco probable que comprenda su sentido, pronto, cuando empiece a saber de las cosas que importan en la vida, se dará cuenta de todo lo que significas para él, y que esa manta de ganchillo, es el resumen de tu cariño por tu nieto.
Extiende la labor sobre la mesa, y la contempla a cierta distancia, tal que un pintor cuando se aleja unos metros del lienzo para analizar la obra en conjunto. No va mal, quizá algo lento, pero el vigor de los dedos no es el mismo que el del alma. Sus articulaciones no responden con la misma energía que transmiten sus latidos, como si por el camino perdieran mucha de su vitalidad, como si se atascaran en algún punto del trayecto que, por otra parte, no puede ser muy largo, pues su cuerpo cada vez disminuye más y eso que nunca ha sido un cuerpo grande. Pero en los tres días que faltan para nochebuena acabará con la tarea. Tiene que acabar.
El sonido de la cerradura le provoca una sonrisa melancólica. Por fin Celeste se digna a aparecer por aquella casa. Mientras contempla la figura de su hija, que taconea hacia ella a través del estrecho y corto pasillo que separa la entrada de la sala, intenta recordar cuánto ha transcurrido desde la última visita. Dos o tres semanas. Demasiado tiempo, sobre todo si ambas están solas, si viven tan próximas y la vida de Ariel, ya le deja mucho tiempo libre a Celeste… El rostro de su hija presagia marejada interior. Suspira hondo, le espera una tarde difícil, o eso intuye.
*
Ariel se encuentra perdido en medio de la multitud que, a las ocho de la tarde, deambula por la calle pintada de colores a causa de las luces navideñas. Camino del botellón del viernes, arroja sus ojos hacia cualquier silueta femenina que le precede, por si en alguna reconoce la imagen de Bea. Intuye que la encontrará antes de llegar al lugar de reunión. En realidad no es esa la premonición, más bien se trata de la necesidad de que tal casualidad se produzca. Luego, en presencia del resto del grupo, todo será más difícil, porque le ruboriza que los demás averigüen que siente algo tan especial por ella, pero más le avergüenza que ella no le haga ningún caso ante de los demás.
Al ser este viernes especial, el último antes de las vacaciones navideñas, parece que todo el mundo ha enloquecido y ocupa las calles como si hubieran prohibido permanecer en casa. El trasiego de personas le marea. Está algo cansado después del entrenamiento y después de toda la semana de madrugones para acudir al instituto. Sabe que no debe regresar muy tarde a casa, pues de lo contrario el partido de mañana será un desastre, pero también es consciente de que tiene que hacer todo lo posible por cruzar unas palabras con la chica. Al menos que sepa que mañana será titular, que antes del mediodía saltará al campo enfundado en su elástica verde para defender los colores del equipo. Supone él que, al conocer ella tal noticia, se alegrará y acudirá, tal vez, al estadio. Pensar en semejante posibilidad le enorgullece y le da alas. Al adivinar los ojos de ella puestos en sus ademanes sobre el césped, se da cuenta de que juega mejor, de que sus pases son precisos y definitivos, que ningún contrario lo supera, que su actuación roza lo memorable. Durante estos segundos en que la imaginación le lleva por estos derroteros, parece que acrece su estatura en una decena de centímetros y que mira a la mayoría de la turbamulta de paseantes por encima del hombro. Pero, inquieto porque se acerca al Descampado y no se topa con la joven, sus pensamientos se truecan en pálpito de fracaso que provoca su encogimiento físico situándolo a ras de suelo. Por alguna razón poco lógica cree que el éxito o fracaso de su actuación en el partido tendrá que ver con la presencia de Bea en el campo, más aún, por una presencia absorta en sus movimientos sobre el terreno de juego.
*
Catalina se apresura a recoger su labor. La sorpresa no sólo ha de ser para su nieto, sino para su hija; aunque, más que sorpresa, en Celeste busca evitar que comience a criticar la iniciativa. Intuye Catalina la burla filial, puesto que supone la abuela que su hija argumentará que para un joven de diecisiete años este regalo no es precisamente maravilloso. De hacer caso a los comentarios de su hija, tantas veces proferidos en su presencia, parecería que los jóvenes sólo estiman lo relacionado con música estruendosa, complicados aparatos electrónicos y cachivaches por el estilo… Misterios irresolubles para la abuela de Ariel. Sin embargo, en la conformidad del rostro envejecido serenamente que, a causa de una sonrisa casi perenne, presenta dos deltas de arrugas en las comisuras de los ojos, junto a las sienes ya plateadas, anida la seguridad de que su iniciativa no caerá en saco roto, sino que el joven aprendiz de futbolista y de hombre encontrará las caricias de su abuela escondidas, dispuestas y aún tibias, en la superficie de aquella manta de lana esmeraldina.
—Dichosos los ojos, hija. ‘
—Estos días han sido complicados. En el trabajo andamos de cabeza con el balance de fin de año y con todo lo de la casa y el chico que no es que ayude mucho. Vamos, que un día por otro…
—Excusas, hija, excusas, que cualquier pretexto vale para no venir a ver a tu anciana madre…
La sonrisa pícara de Catalina aúpa al rostro la escondida mueca de Celeste, que comprende la ironía materna.
Hacía siete años que Ginés se había marchado de su vida sin dejar ni rastro, y había logrado salir adelante con bastante gallardía, pero incapaz de eliminar de su mirada la sensación de fracaso que le embargaba desde aquella mañana en que descubrió el abandono del padre de su hijo. Nunca supo si había otra, si sólo es que se había cansado de ella, si había enloquecido de repente, o qué.
Sólo que su vacío era un marchito aroma de ausencia.
Nunca más volvió a hablar con él. Mediante un abogado que se puso en contacto con ella, supo que renunciaba a todos los derechos que pudiera tener sobre el hijo y sobre los bienes que compartían (en verdad, mínimos), le pedía que se olvidara de su existencia, y le proponía pasarle una pensión alimenticia por Ariel poco generosa, casi simbólica, pero suficiente. Ella lo aceptó todo sin rechistar, sabía que Ginés no podría dar mucho más.
Luego dejó el piso alquilado donde la pareja había vivido y buscó uno lo más próximo posible a la casa de su madre. La suerte vino en su ayuda, ya que, a las pocas semanas, apareció una vivienda en la misma calle en que residía Catalina desde que regresó de Buenos Aires, una vez fallecido Hugo, por tanto su propia calle de adolescencia, la calle donde había descubierto la amistad y el primer amor, no el de Ginés, precisamente.
La visita de esta tarde no es desinteresada o de cumplido. No puede permanecer más tiempo callada. Las novedades en su vida, como un hermoso castillo de fuegos artificiales, han estallado de golpe, y de repente, hace unos días…
Catalina rectifica la impresión que ha tenido al contemplar el rostro de su hija. La tormenta interior no se debe a sufrimiento o preocupación, sino a una explosión contenida que necesita salir al exterior o le reventará el corazón a causa de su intensidad. La sonrisa de Celeste es más cálida de lo habitual, y no le ha costado trabajo subirla a la cara, que muestra mejor aspecto del que tenía hacía unas semanas. Mientras recibe los besos de su hija, más bien un tenue roce de sus mejillas, dirige una mirada fugitiva y veloz a la efigie de Hugo que le guiña un ojo. ‘¿Ah, sí, viejo, o sea que tú sabes algo…? Ventajas de los muertos, al fin y al cabo estás en ambas casas, truhán’.
*
Sólo falta Vero, que está enferma, para completar el grupo de dieciséis que se reúne cada viernes en el Descampado para pasarlo en grande, como hacen otros grupos que se concentran por allí. Unas horas de esparcimiento fuera del control de los mayores.
A pesar de lo que piensen algunos adultos, confundidos por culpa de unos pocos, ellos no se juntan para beber por beber. En el fondo, casi no lo hacen. Chapas, Róber y Ariel, forman parte del mismo equipo, Asun y Laura juegan al baloncesto, Adolfo y Juanito se dedican al atletismo y Marta, Cuqui y Merche cada sábado entrenan en la piscina municipal; por no hablar de que Manolín y Botas salen juntos a montar en bicicleta. Un par de botellas de cerveza bastan para que el grupo lo pase en grande.
Ariel no está muy comunicativo este viernes. Chapas y Róber no dejan de mirarse extrañados. Después de que el entrenador anunciase la alineación, en la que figura su amigo como titular, no así Róber que no ha sido convocado, ni Chapas que empezará en el banquillo, Ariel se ha duchado a toda pastilla y ha desaparecido sin esperarlos. Sin embargo ha sido el último en llegar, y, en vez de contarle al resto semejante notición, parece triste, está silencioso, casi hosco. Chapas lo dice gráficamente
—Tío, parece que has aparcado a kilómetros de aquí, como si te molestáramos. Si me hubieran dicho que mañana jugaría de titular, ya lo sabría todo el mundo, no sólo estos, sino todos los que andan por aquí.
Ariel sabe que su amigo tiene razón, pero no le sienta nada bien que haya dado la noticia. Está a punto de enfadarse, y tan inapropiado sentimiento le encorajina más. Es el primer partido de la temporada en que será titular y no está loco de contento, todo por no haberse encontrado con Bea a solas.
Precisamente la chica le mira con más detalle que el resto, como si analizara en profundidad aquel silencio extraño.
—Si que es raro que no nos hayas dicho nada…, a lo mejor es que no quieres que vayamos a verte.
Ariel sabe que se ha ruborizado; el repentino calor que le ha azotado en las mejillas no es producto de la cerveza apenas probada que dormita aburrida en un vaso de plástico. Al fin contesta.
—¿Pensáis ir?
Lo dice de tal modo, clava con tal intensidad sus pupilas verdosas en las melosas de la chica, que todo el mundo entiende que no es plural la persona del verbo que su corazón conjuga. Bea también lo entiende y no aguanta plácidamente aquella mirada, fulgor felino de luna ardiente.
Su corazón ha adivinado hace semanas la inclinación del de Ariel, y no sabe si está dispuesta a acompasar el ritmo de sus latidos, porque tiene miedo a que todo sea un espejismo. También sabe que no puede mostrarse, de pronto, tan interesada en él: es agradable el cortejo silencioso y admirado del joven futbolista. Mientras murmura, apoya sus ojos casi dorados sobre una estrella lejana.
—Es que el fútbol me aburre, pero si vamos unos cuantos, podríamos pasárnoslo en grande, viendo a veinte tíos en pantalón de deporte, corriendo como niños detrás de una pelotita.
Ariel se sonroja de nuevo; Róber no acepta la burla.
—Tía, son veintidós, no veinte. Como no tienes ni idea de fútbol, no sabes lo que dices. Pareces una Maruja… ¿Cómo que corriendo como niños detrás de una pelota…? Has de saber que el fútbol es un deporte de equipo y que la estrategia, la táctica, la solidaridad y la imaginación, son importantísimas, qué digo importantísimas, fundamentales, para que un equipo pueda ganar el partido.
Parece un catedrático. Ariel sólo está pendiente de que alguien secunde la propuesta de Bea. Patri, que quizá ande en el secreto, por fin se une a su amiga.
—¿A qué hora es el partido?
—A las once y media —dice Chapas lacónicamente, pendiente de Ariel y de Bea, mientras, Merche le acaricia el cabello.
—Pues yo —murmura ésta— si queréis os acompaño, así somos tres.
—Como no estoy convocado —comenta Róber resignado— me siento con vosotras y os explico.
—Sí, claro —se burla Adolfo— tú haces de comentarista.
—Pues si vienes —desafía Róber— lo mismo aprendes algo.
Por suerte para Ariel se enzarzan en una disputa liviana que le permite abandonar el foco de atención. Él y Bea frotan sus miradas que amenazan con provocar un incendio de vastas proporciones. A Ariel, de repente, no le importa que los demás sepan o no sepan de su inclinación por la joven. La joven es consciente de que en cuanto una palabra brote de los labios del chico, tendrá difícil oponerse por más tiempo.
Al unísono, acaso tironeados por las sabias manos de un titiritero, se levantan y se alejan hacia un lugar más tranquilo. Nadie del grupo se sorprende.
Hay cosas tan claras, que no conviene comentarlas.
*
Celeste canturrea con el claro y transparente timbre de voz que el cielo le otorgara. El primer tono del teléfono le pasa desapercibido. El segundo lo ha oído, pero tarda en caer en la cuenta de la procedencia exacta de aquel sonido estridente que interrumpe la melodía de sus labios. Cuando el tercero comienza a agitar el aparato, ya ha llegado junto a él. Al colgar el auricular, la música que inundaba su corazón de destellos luminosos se ha esfumado. Desde el hospital le comunican que Ariel está en urgencias porque sufre una lesión de cierta importancia en la rodilla derecha.
Vuela hacia allá casi de cualquier manera, sin preocuparse por la falta de maquillaje en su rostro, sin darse cuenta de que no lleva pendientes, sin percatarse de que la chaqueta marrón combina mal con el pantalón azul; no es que los colores se repelan, es algo más impreciso, algo similar al estilo, al corte de las prendas, a las distintas épocas de cada una de ellas, al efecto que hacen sobre su persona. También ha tomado al buen tuntún lo primero de abrigo que había colgada en el perchero de la entrada.
Han asegurado que no es grave, pero hasta que no vea a Ariel con sus ojos, rima consonante de su nombre, no se convencerá. Ella es la verdadera traumatóloga del alma de su hijo. Han hablado de la rodilla y a ella le duele el alma, pues, inevitablemente se pone en lo peor: Ariel tendrá que dejar el fútbol, o sea que la verdadera lesión será en el corazón, y tal dolencia tiene cura lenta, difícil y, a veces, deja secuelas irrecuperables.
Ha sido una caída fortuita hacia la mitad del segundo tiempo. Según le explica el propio joven, con la voz velada por el dolor y la preocupación, estaba solo en el centro del campo y ha saltado para cabecear un balón que volaba por allí tras varios rebotes, tropiezos y rechaces. No ha impactado con el esférico, pues calculó mal la altura de su trayectoria, y al caer al suelo, lo ha hecho desequilibrado, con la mala fortuna de que la pierna derecha, la que percutió sobre el césped, lo hizo completamente rígida. El crujido de los tendones ha sido instantáneo y desde esa precisa décima de segundo sabe que se ha roto. Teme lo peor, pues el dolor es insoportable, pero, por el momento, no desespera. El médico no acude. La espera es hormiguero en pie de guerra a la entrada del estómago. Celeste observa cómo se inflama la rodilla, cómo palidece el rostro de su hijo.
El partido iba bien. Su juego, sin ser espectacular, era digno y nadie recordaba a Iván. Ganaban por dos a uno, aunque tal cosa dejó de preocuparle de inmediato. Sabe de sobra que se le ha acabado la temporada…, como mínimo. Ariel no quiere pensar más allá, no quiere que su cerebro maquine otras ideas más siniestras que aquélla, que ya es bastante truculenta. Vano intento. Oscuras intuiciones de futuro sin balompié ensombrecen su ánimo. Es consciente de que, si se trata de la tríada, sólo la pertenencia a un equipo de elite garantizaría la recuperación para la práctica del fútbol. Su único pensamiento es un deseo, que no sea la temida rotura de los ligamentos anteriores…
El doctor, tras la primera exploración, no parece muy optimista, pero no cierra todas las puertas.
—Lo primero, en todo caso, es esperar que baje la inflamación, después realizaremos las pruebas necesarias, para evaluar el alcance exacto de la lesión. Así que, de momento, durante una semana, reposo absoluto, inmovilizaremos la rodilla y ya se verá.
A esas alturas el entrenador y alguno de los compañeros han acudido a su lado. El partido se ha ganado, y su sustituto, Charly, ha jugado muy bien.
Piensa, mientras construye una fugaz sonrisa de compromiso, que aquel día no ha generado buenas nuevas. En realidad, las malas noticias comenzaron la víspera, cuando Bea, a pesar de su interés, no se decidió a darle el sí. De pronto, a la chica le entró miedo.
En la soledad de su habitación, repasa los acontecimientos desde la víspera.
—A eso de la media noche comencé a lesionarme —musita con una sonrisa triste.
Bea le dijo que tenía que pensarlo despacio, que nunca había tenido novio y que le asustaba la idea de salir con alguien. Sí, le gustaba, claro que le gustaba, eso lo veían todos, pero tanto como para empezar a salir los dos solos, ir de la mano por la calle, y todas esas cosas… A él le dolió, le dejó estupefacto la respuesta, pero aparentó comprensión. Intuyó que si forzaba la voluntad femenina, la negativa sería contundente, pero si dejaba las cosas en el lugar en el que la joven se sentía a gusto, conservaba intactas sus posibilidades.
No había dormido prácticamente nada.
Al saltar al campo, escrutó la poco poblada grada y vio que ella era la que faltaba. Estaban los demás del grupo que dijeron que iban a ir, pero ella no había acudido. Intentó abstraerse de ese nuevo contratiempo, pero el revés tenía la contundencia del granito. Notaba, mientras el juego se mecía a su alrededor, que no se centraba completamente en su desarrollo. No se distraía, no erraba lo fácil, sino que los pensamientos le fluían más lentos de lo que él hubiera deseado, le faltaba el toque de genialidad que siempre había soñado para un instante como aquél. De hecho, si no midió bien el salto, si cayó mal y si se rompió los ligamentos, se debió a que había un porcentaje no pequeño de su atención pendiente de la ausencia de Bea, porque, aún más que las palabras de la víspera, le preocupaba su ausencia en el campo. A lo largo de la hora precedente al momento de la rotura, la verdadera esencia de su pensamiento fue la ausencia del apoyo de los ojos de miel. En definitiva, su vida carecía de los cimientos que la sujetaran a la existencia.
*
Catalina menea la cabeza imperceptiblemente. En cuanto que ha observado el rostro de su nieto, ha sabido que el problema sería grave, si las peores noticias se confirman. No le ha hecho falta contemplar la hinchazón de la rodilla que, a aquellas horas matinales, ha descendido respecto de la víspera, para comprender que el verdadero chasquido, el más grave, ha resquebrajado su corazón. Una intensa punzada de dolor se ha alojado en Ariel al comprobar que el futuro es un arcano oscuro. Al escrutar con más serenidad el rostro juvenil, Catalina descubre una dolencia o una duda más honda que la causada por la caída. Intuye algo más. Conoce bien aquella clase de mirada. Es la mirada que provoca el frío del alma, cuando ésta se queda sin el cobijo que le sirve de tibia morada.
El helor de la ilusión perdida.
*
Era mucho más joven que su nieto, una niña de nueve años, cuando la carcasa de su mundo se le desmoronó, como frágil cáscara de huevo, cuando sintió la misma friura que atraviesa la respiración de su nieto. No era comparable, desde luego, pero los efectos devastadores podían ser los mismos, puesto que, en muchas ocasiones, no se trata de la objetividad de los acontecimientos, sino del modo en que afecten a los latidos del corazón.
Cuando cruzaron la frontera, en sus ojos aterrorizados, además de hambre y miedo, anidaban la confusión y el caos. Tales sentimientos se multiplicaban, porque, cuando tendía sus pupilas hacia sus padres, en busca de una explicación que estabilizara sus aturdidos pensamientos infantiles, en las retinas adultas encontraba el mismo miedo, igual vacío, semejante confusión, parecido caos.
Huían de la guerra a la que, según todos los indicios, le faltaba poco para concluir. En enero de 1939 hacía un frío temible. Se decía que Madrid no resistiría mucho más tiempo, después de la caída de Cataluña. Su padre tomó la decisión, igual a la de miles de españoles. Ellos, sin embargo tuvieron más suerte que la mayoría, pues su salida de España pudo ser por Portugal, donde tenían familia. A los pocos meses embarcaron hacia Argentina.
Se le había desmoronado todo su universo, aunque, y esta diferencia era importante para comprender el daño que tenía su nieto en el corazón, a su alrededor había demasiado sufrimiento y demasiada miseria como para que el dolor por la huida fuese irreversible. Cuando el dolor se comparte, hace menos daño. Durante algún tiempo, no obstante, todo fue muy difícil. Quizá si su edad hubiese sido otra, habría sido más simple; pero, justo cuando tomaba conciencia del mundo, éste se derrumbó a causa de un cataclismo.
Gracias a su padre comprendió que los asideros más sólidos del alma ni se tocan ni se ven ni pesan ni huelen ni saben a nada, si acaso, suenan a hermosas palabras, a caricias de mariposas en el corazón. Solía decir que hay muchas clases de mariposas y que cada uno tenía la suya, la que le mejor calentaba el corazón: libertad, justicia, entrega, ternura, igualdad, fraternidad, gratuidad, amistad, belleza, optimismo…
Recuerda Catalina que así se pasaban las noches en aquellos primeros tiempos bonaerenses. Antes de dormir, su padre, en vez de contarle un cuento, le decía
—Hoy te voy a presentar a otra mariposa, por si acaso es a sus alas a las que te tienes que subir.
Una noche le hablaba de la mariposa libertad, otra de la justicia, otra de la entrega… Eran todas maravillosas, las había de todos los colores: azules, rojas, blancas, verdes, amarillas, y las había como el arco iris, que eran las más escasas y poderosas.
Quizá no estaría de más hablar con Ariel de mariposas, al menos de su mariposa, la que le había aupado a ella por encima del dolor y los contratiempos, sobre la que aún vuela.
Tardó en encontrarla, mas, no desesperó, pues su padre le había avisado sobre este particular. La mariposa de Hugo: tan fuerte que pudo con el peso de ambos. Su vuelo era sosegado y nunca supo qué colores decoraban sus alas, probablemente todos, acaso eran del color de la luz. Su principal característica era que otorgaba capacidad de sonrisa en cualquier circunstancia, goce ilimitado de las pequeñas cosas, sentido de gratuidad de la vida que no espera nada a cambio de nada, aceptación de todo cuanto acarrea cada jornada, como si fuera un regalo, felicidad al contemplar la sonrisa ajena más que la propia.
*
Como todo adolescente, hasta ese momento, Ariel no ha caído en la cuenta de que los sesenta años de diferencia que hay entre ambos no son sólo un guarismo redondo que marca una diferencia de edad desmesurada. Como cualquier adolescente, tiene la sensación precisa de que la única vida es la suya, que lo único importante es su existencia. Nadie, y menos que nadie los adultos, y de estos los que menos sus familiares, conocen las cosas que él ya sabe; por tanto, nadie puede enseñarle absolutamente nada.
…Mientras sale de la habitación, en el breve trayecto recorrido por la anciana, tras sus pasos tenues, Ariel ve cómo titila un rastro luminoso, cual candentes esquirlas de oro. Hasta este momento aquella mujer era su abuela, un ser intemporal, al que quería con locura, pero que estaba lejos de su vida. Ella, la pobre, pensaba él, no entiende de nada: ni de Internet, ni de grupos de música, ni de fútbol, ni de botellones, ni de fiestas, ni de amores, ni de amistades, ni de desilusiones. Ella sólo sabe coser a ganchillo y cocinar manjares sabrosísimos. Cuando era pequeño no se despegaba de su lado. Sus padres eran un incordio, siempre le prohibían todo cuanto pretendía hacer, siempre estaban con el miedo en la punta de la lengua: Ten cuidado con esto, ten cuidado con aquello, ten cuidado con lo de más allá; sin embargo, la abuela no veía las cosas de la misma manera, y solía consentirle más. Con el tiempo, Ariel necesitaba volar, hacerse independiente. Sus amigos eran su mundo, eran el mundo. Ahora que el mundo se tambalea, ya que Bea no quiere ser el pilar sobre el que se sujete lo demás, lo que menos desea es escuchar a una vieja de setenta y siete años, al borde de su cama revuelta, cárcel opresora. Y si no desea la visita, menos aún que comience con su cháchara. ¿Qué sabrá ella de los afanes de un joven al que le han derrumbado el castillo que construía? Cómo va a solucionarle la maldita lesión de rodilla. Menos aún, cómo va a comprender que, si Bea no quiere salir con él, el mundo no tiene necesidad de continuar sus absurdos giros sobre su propio eje y alrededor del sol.
Diez minutos después, su abuela es otra mujer. Detrás de la redondeada cara de siempre, afable y dulce, tranquila y sonriente, ha encontrado una existencia inimaginable. Con su serena voz, le ha trazado el resumen de una vida que podría ser capítulo de una de las novelas de aventuras que lee, aunque se cuide mucho de que sus amigos lo sepan. Nunca se imaginó que su abuela fue niña que aprendió que uno puede viajar en la vida a lomos de mariposas de colores, y que cada uno tiene la suya, y que si se busca con paciencia y tenacidad aparecen. A veces, incluso, ocurre como con el metro o los autobuses, la mariposa de la infancia lleva a la de la juventud, cuyo trasbordo espera en la madurez.
Su abuela había encontrado una mariposa cuyas alas eran del color de la luz. Esta mariposa no era suya del todo, sino del abuelo Hugo, que la compartió con ella gustosamente…
—Bueno —ha confesado— la seguimos compartiendo, lo que ocurre es que nadie lo sabe, porque tu abuelo vuela conmigo y al morir adquirió el color de las alas de la mariposa.
Ariel la observa fascinado. Retorna el niño que con seis años miraba a la mujer como si siempre tuviera la respuesta a cualquier pregunta, la solución a cualquier problema, la caricia exacta en el momento preciso. Ahora las caricias son las palabras y siente que su efecto es más reparador, pues palpan con dulzura los latidos del corazón y sosiegan el ánimo.
Quizá no sea muy mala idea, se dice el joven mientras mira el rastro brillante que ha dejado su abuela al salir de la habitación, aprovechar estos días de inacción para aprender unas cuantas cosas y pedirle a su abuela que le cuente todo aquello del pasado: la huida a Portugal, el exilio a Argentina, la vida en Buenos Aires, lo de la mariposa con alas del color de la luz, lo del abuelo Hugo, el regreso a España…
Acaso el mundo sea algo más grande que el Descampado y unos ojos color de miel…
*
Catalina se apresura de vuelta a casa. Antes, entra en la mercería de la esquina. Menos mal que no ha acabado la manta de ganchillo. Ya no tiene sentido dibujar en el centro el escudo del equipo del nieto, como había previsto, ahora su escudo será una mariposa hermosísima cuyas alas serán del color de la luz…
Sólo espera que, a pesar del redolor viejo que no se aburre y, contumaz, reaparece cada jornada a la altura de sus nudillos, su nieto siempre encuentre las dispuestas caricias tibias de sus manos hacendosas en la superficie de la manta de lana esmeraldina…