Cómplices

Advertencias y avisos

Querido lector, querida lectora a partir de este momento, Euritmia en la Red ha eliminado de sus contenidos la novela corta "Alas rotas", cuya primera versión fue escrita en el verano de 2003.
Como explico en el post correspondiente la razón se debe a que la editorial "La Esfera Cultural" ha decidido publicarla en papel.
Puede adquirirse si pulsáis en ESTE ENLACE

VERSIÓN EN AUDIO DE ALAS ROTAS

Introducción a la versión en Audio.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Retrato albeado. 2005


Medardo entraba en casa agotado, deshecho. Su desmoronamiento, sin embargo, ni era evidente ni palpable con la mirada, como las ruinas de un edificio, por ejemplo. Era una devastación íntima, como cuando la carcoma ataca con lenta voracidad el corazón de la madera: un paulatino y tenaz trabajo de derrumbe de dentro afuera. Cuando los demás quisieran percatarse, él estaría aburrido de escuchar ese monótono y terco vaniloquio, ‘cri-cri’, dentro de su espíritu, tan pertinaz que se habría acostumbrado a él, como se amolda uno a las verrugas, o a torcer un pie al caminar. Sin desprenderse de la cazadora, se arrumbaba en el desportillado sofá. Sobre el plato, una gélida tortilla francesa acompañada de un pedazo de pan era lo único que le esperaba. Como brisa de primavera, la apaciguada respiración de los suyos, durmiendo en medio de la madrugada, le envolvía tal que abrazo o beso de bienvenida. En primer plano, sus oídos, que aún zumbaban atronados por la música de la discoteca, escuchaban el agudo y suave alentar de Erlinda, su compañera de viaje. Al fondo del escueto pasillo, la confusión de las respiraciones reposadas y jóvenes de Araceli, Esmeralda y Eusebio.
A pesar de sus preocupaciones, al notarse acariciado por tal recibimiento, sonreía con melancolía. Menuda pareja, se decía, Medardo y Erlinda. Si se buscaran en un concurso de nombres extraños, no encontrarían dos como los suyos, y menos si tal competición fuera destinada a parejas estables. Aunque con su suerte, mejor no apostar, pues seguro que también perdía aquel envite. Recordaba que lo primero que le dijo ella, hacía ya casi treinta años, cuando se conocieron, es que ni se le ocurriera llamarle Linda, que parecía el diminutivo adecuado.
—Me llamo Erlinda, y no responderé a otro nombre, y mucho menos si me llamas Linda, que es nombre de perro.
Él, parco en palabras, se encogió de hombros y pensó que aquella chica tenía, al menos, dos cosas singulares, la hialina claridad de su piel y el nombre, sonora campanilla de cristal. No le importó, pues estaba orgulloso del suyo, que tampoco era común, precisamente. A él le hubiera malhumorado que le llamasen de manera distinta, como le ocurrió durante el servicio militar, cuando uno de los veteranos que le tocó en suerte, creyéndose muy gracioso u original, dio en bautizarle Dardo. Con tal mote se quedó durante los quince meses de mili. Dardo para arriba, Dardo para abajo, Dardo a todas horas. Es verdad que aquel apodo adquiría sentido al contemplar su figura, pues todo él era afilado y estrecho. Daba la impresión de ser más alto de lo que realmente era, a causa, de esa delgadez extrema. Resultaba esbelto de puro enteco. Sin embargo, algo le hacía repugnar aquel apelativo. En su interior se sabía incapaz de clavarse sobre nada ni sobre nadie, más bien, sentía que su habilidad era la de posarse sobre las superficies con la levedad de las mariposas. A esas horas oscuras de la madrugada, tales pensamientos eran nostalgias fugadas, hojas de otoño que arrojó al suelo el primer vendaval y se llevaron las lluvias torrenciales de la estación…
Como cada jornada, cerca de las cuatro de la madrugada, volvía de la discoteca. Medardo era el camarero de Sicodelia, una sala que, como él mismo, naufragaba desde hacía años, cuando las discotecas se tornaron adorno que se utiliza los fines de semana, tal que viejas corbatas con las que algunos hombres se ahorcan los domingos y fiestas de guardar únicamente. Sin embargo, por alguna desconocida razón, el dueño de aquel local, que también empezaba a ser devorado por una voraz carcoma invisible, se empeñaba en que, de lunes a miércoles, permaneciese abierta de once de la noche a tres de la madrugada. Hace unos años este horario era de lunes a jueves. Los viernes y sábados de diez de la noche a las seis de la mañana, y los domingos de diez a tres. Sin embargo, desde que unos cuantos universitarios, acaso por esnobismo, decidieron que los fines de semana y sus juergas correspondientes empezaban los jueves, este día la cosa se alargaba como un viernes o sábado más. Pero no por tener horario tan extenso Sicodelia rebosaba de clientela. Por el contrario, no gozaba del favor de los jóvenes que se deslizaban como masas compactas por otros locales de copas y alterne, no por discotecas y menos por una tan avejentada como Sicodelia. Medardo, conocedor de la noche, intuía que era cuestión de modas, y que habría un momento en el que, de nuevo, las discotecas, se llenarían como ocurría en los setenta y los ochenta. Miraba al dueño, pero callaba. Para qué hablar. De buena gana Medardo lo hubiera dejado todo y, con viento fresco, se habría ido; pero con cincuenta años, ¿qué haría?, ¿a dónde acudiría?, ¿qué puerta le abrirían?
Todo esto se agolpaba un tanto confuso, como masa glutinosa y fétida, en su cabeza que estaba despierta, aunque no muy lúcida, a esos instantes fríos de la madrugada. Miró con mezcla de ternura y de repulsión (una sensación bien extraña, ciertamente) a la tortilla que no se sabía si descansaba en el plato, o le recriminaba por haber llegado a esas horas. Este era un problema que tenía con Erlinda. ¿Por qué no podía entender que a las cuatro de la madrugada, por muy tarde que le hubiera hecho la consabida tortilla, estaría como la suela de un zapato tras pisar una placa de hielo? Se había cansado de repetirle que no era necesario que le preparara cena, que tomaría cualquier cosa en la disco, o que, puestos a tener que comer algo en casa, prefería un sándwich de de jamón y queso, por ejemplo. Pero ella, contumaz como una de las últimas defensoras de Numancia, cada noche, antes de acostarse, con los párpados abatidos como una vela en jornada de calma chicha, le preparaba el dorado manjar. Mientras masticaba aquel alimento que, a pesar de todo, era bien acogido por su organismo, seguía contemplando los negros nubarrones que desfilaban apelotonados por su cerebro desde hacía meses. Se acercaba la Navidad, y los suyos en aquellas fiestas no podrían hacer grandes excesos. Ningún exceso.
Por suerte, sus hijos no eran retoños que necesitasen los consabidos juguetes, lo que era un delgado rayo plateado en mitad del ocaso de un día anubarrado. Para su bolsillo y sus quebraderos de cabeza, la obligatoriedad del regalo con motivo del día Reyes Magos había pasado a ser un esfuminado recuerdo; aunque, no pocas veces, todos ellos, los cinco, en secreto, se habían jurado que al año siguiente ahorrarían algo para sorprender a los demás tal día, y que, aunque sólo fuera por un rato, todos pudieran aspirar el exquisito aroma, como de pan recién salido de la tahona, de la infancia perdida. Pero cada año, al igual que ocurre con tantas cosas, cuando recordaban aquellas vagas promesas o intenciones, era tarde y no había tiempo para que esa imaginaria hucha se ocupara con la cantidad mínima que permitiera mercar cuatro obsequios.
Medardo se levantaba al mediodía, normalmente huraño. Mal desayunaba un café a penas amulatado por unas gotas de tibia leche y, a veces, un pedazo de pan que su querida Erlinda, con paciencia infinita, le hacía masticar. Comía con todos, pero aislado, mientras buceaba en su silencio. A las cinco de la tarde, bajaba a echar la partida con un grupo de amigos al bar de la esquina, El Refugio. A eso de las siete o siete y media, volvía a casa, y salía con Erlinda a dar un paseo hasta las nueve de la noche, hora en que se encaminaba cansino y abrumado a Sicodelia, pues una hora antes de la apertura debía de organizar todo el tinglado para que la sala estuviese dispuesta a recibir a los clientes, aunque Medardo supiera a ciencia cierta que no pasarían de una docena en toda la madrugada. En ese rato, ocupado por las tareas propias del oficio, rumiaba, más que pensaba, las razones que le mantenían vinculado al negocio. Como camarero, podría trabajar en otros lugares, conocía la profesión infinitamente mejor que la mayoría de chavales que trabajaban detrás de una barra en los garitos de noctámbulos. Pero no era suficiente explicación. O quizá era el verdadero busilis del asunto. Con cincuenta años, quién lo emplearía. No podría aceptar la miseria que abonaban a esos inexpertos jóvenes que lo único que pretendían era conseguir algunos euros que les permitieran acometer sus caprichos. Así que propietarios y camareros tan contentos; mas, mantener con tal soldada una familia de cinco miembros necesitaba un milagro de proporciones bíblicas.
Hasta entonces, mal que bien, habían tirado con la aportación de Erlinda a la menguada bolsa familiar como pantalonera de varios establecimientos. Cada bajo de pantalón que arreglaba eran tres euros, y raro era el día que no había cuatro o cinco en casa, con lo que, aquellos cuatrocientos cincuenta euros mensuales, euro arriba o abajo, ayudaban a que los setecientos allegados a la exigua economía doméstica desde la discoteca no fueran una miseria. Por otra parte, en los últimos años, durante el verano, aunque simbólicamente, los chicos también engrosaban las arcas familiares, gracias a trabajos ocasionales y de temporada. Ni Medardo ni Erlinda, tolerarían que durante el curso se despistaran de sus estudios. Los tres eran buenos estudiantes, quizá Eusebio fuera menos brillante que sus hermanas, pero aun sin destacar, estaba a punto de concluir su bachillerato. Araceli estudiaba Magisterio y Esmeralda, Derecho. Ambas en la ciudad, ambas con becas, por supuesto. Conocedores del esfuerzo que suponía para sus padres, ellos no habían fallado. Araceli estaba a punto de concluir su carrera, y ‘sólo’ le restaba el calvario de dos o tres años para preparar e intentar aprobar las oposiciones.
Pero poco antes de la primavera, todo empezó a torcerse, tal que un tornado hubiera arramblado con una frágil casucha construida sin cimientos y con frágiles materiales.
La culpa la tuvo la espalda.
Erlinda, a pesar de su liviana apariencia que su nombre hacía más diáfana y musical, era mujer fuerte. A lo largo de su existencia, había luchado a brazo partido contra los despropósitos inextricables de la vida y, casi siempre había salido justa vencedora en tal lucha. Desde el año anterior, notó que coser más de dos horas diarias le producía un agudísimo dolor de espalda, en la zona lumbar. Se repartió su jornada. En vez de coser sólo mientras Medardo jugaba la partida, decidió hacerlo un rato a esa hora, otro antes de acostarse y otro por la mañana, antes de que él se levantase. Al principio suspiró aliviada, pues parecía que con aquella estratagema había vencido al malestar. Meneaba la cabeza, y musitaba para sí, ‘Erlinda, vas para vieja’. Pero, a los pocos meses, volvió el suplicio, como de miles de alfileres clavándose sin piedad. Redujo el número de establecimientos donde prestaba sus servicios. Se aminoró el dinero, pero no exageradamente. Sin embargo, tampoco esa medida tuvo el éxito anhelado, pues la tortura se hizo insoportable en pocas semanas. También planchar se convirtió en una terrible condena.
Pudo acceder a un traumatólogo privado gracias a un conocido, un viejo cliente nostálgico de las discotecas que, por edad, no debiera acodarse cada noche en la barra del Sicodelia, a quien Medardo comentó el suceso. El diagnóstico fue idéntico al de la Seguridad Social, una artrosis le anquilosaba las articulaciones de la espalda; la solución no era halagüeña. Lo de coser acabó de forma radical. El único tratamiento algo eficaz era el preventivo mediante fisioterapia, pues las pastillas no solucionaban nada a largo plazo; pero la Seguridad Social no lo contemplaba entre sus prestaciones. Para ellos tal tratamiento era tan costoso como pretender viajar a la luna.
Hubo que estrecharse el cinturón. Más aún.
Medardo emprendió la tarea de buscar un empleo, aunque fuera media jornada, que le permitiese equilibrar las esquilmadas arcas familiares. Intentó que algún bar le contratase durante la tarde, pero no fue posible, bien porque los horarios no eran compatibles, bien porque su edad se convirtió en losa inamovible. Convencido de que en su profesión no obtendría nada, intentó hacerse cobrador de facturas o repartidor de cartas de empresas y bancos que prefieren este tipo de servicios a los de correos; pero el trabajo era excesivo en comparación con la simbólica gratificación con la que le compensaban. Rogó que lo empleasen como vigilante de aparcamiento, como tendero, como almacenista en varios hipermercados, como portero de finca, etcétera, etcétera…
Pasaban las semanas y viendo que no llegaba una solución, los chicos se ofrecieron a colaborar, pues para ellos, sin duda, sería más fácil encontrar algún trabajo, sobre todo si la pretensión no iba más allá de un contrato basura; pero ambos padres, a una podría decirse, se negaron en rotundo. Sólo durante el verano, pero durante el curso nada de nada. La única excepción fue la de Araceli que propuso dar algunas clases particulares. Al fin y al cabo, o eso adujo y así fue creído, le vendría de perlas como experiencia para saber qué era de verdad eso de dar clases. Pero a tal altura del curso, su pretensión era poco más que un sueño. Pasaron las semanas y únicamente consiguió un alumno, por lo demás irrecuperable bajo todo punto de vista, del que obtuvieron cien euros, dos mensualidades. No mucho, ciertamente.
Durante el verano, a pesar del alivio que supuso la ayuda de los chicos, Medardo anduvo más alborotado y susceptible. Si fuera posible, se diría que su magro cuerpo se hizo más enteco, transparente casi, casi invisible. La zozobra anidó bajo sus ojos en forma de brunas ojeras que le daban aspecto preocupante pues su semblante, de natural pálido, adquirió condición de máscara siniestra. Erlinda, que se sentía culpable, se devanaba los sesos por calmar a su hombre, intentaba darle paz, y, desesperada, buscaba soluciones.
El verdadero problema no era el dinero que se aportaba al hogar, sino que Medardo se sentía un inútil al que nada le salía a derechas. Todo lo achacaba a la mala suerte y a una conspiración cósmica, o al menos planetaria, contra su persona. Cada iniciativa suya para salir de la covacha de su existencia, concluyó en derrota. Salvo la familia, de la que estaba satisfecho, lo demás era fracaso, o algo así. Con cincuenta años era, o se consideraba, que es la peor forma de ser, un detritus. Erlinda le miraba con ojos oscuros y sonreía tristemente. No podía hacer nada, salvo quererle como desde hacía treinta años. Era consciente de que se le iba toda la fuerza por la boca. Siempre se quejaba de su mala suerte y bien poco hizo para remediarlo. Ahora, con su edad, era difícil solucionarlo. Los jóvenes empujaban fuerte, venían muy preparados y, al no tener cargas familiares, no exigían tanto, o se conformaban con menos; por no hablar de los extranjeros que, con sonrisa beatífica y resignada, ocupaban cualquier puesto de trabajo que no necesitase titulación a cambio de poco más que una limosna. Aceptaban, para no morir de hambre, ser tratados como esclavos contemporáneos por los que sólo pretenden su inmediato lucro, con el silencio cómplice de la mayoría, que aplaudimos o, en el mejor de los casos, nos encogemos de hombros, como si la cuestión no nos incumbiera.
De ordinario, Erlinda vestía un rostro de jazmín albeado, casi de alabastro, casi transparente, era como un milagro, como la tibia brisa de primavera. Sin embargo, con tales pensamientos airados su ovalada faz se roseaba, teñida por cierto sentimiento similar al enfado. A diferencia de la palidez exangüe de su marido, el semblante de ella transmitía vida y dulzura. Cuando Medardo pasaba un rato junto a ella, su espíritu alcanzaba sosiego, como si su compañía sanase el alma. Algo de eso había, pues, desde hacía años, se conocía la paz que desprendía su persona. Era prácticamente imposible que cualquier conato de discusión prosperase ante ella. No lo impedía ejerciendo de activa pacificadora, o esgrimiendo dotes innatas de mediadora en cualquier conflicto. Era simple y misterioso, como suele ocurrir con lo sencillo. Su presencia impedía circular por la zona malos pensamientos y malos deseos, como si irradiase un halo místico de paz. Algo inextricable, pero cierto.
A pesar de Erlinda o, con más precisión, a pesar del benéfico efecto que producía en su estado de ánimo, Medardo se sumía en un evidente proceso de desesperación, casi palpable con la yema de los dedos. La cercanía de las fiestas navideñas no aportaba paz o tranquilidad a su estado de ánimo, lo enconaba. A medida que la ciudad se disfrazaba con los trebejos propios de las fechas, su humor se acedaba de modo ostensible. No entendía por qué los suyos no podían aspirar a disfrutar de lo que la ciudad ofrecía. Pasaba ante un escaparate que exhibía moda juvenil femenina y se imaginaba ya a Esmeralda, ya a Araceli con aquellas hermosuras colgadas de sus jóvenes cuerpos y sonreía, pues estaba seguro de que sobre sus fisonomías esas ropas quedarían bien vistosas. A continuación, sin embargo, una voz tenue, mas exasperante, recordaba a su maltratado cerebro que los cartelitos en los que aparecían los guarismos del precio de tales lindezas, los hacían tan inalcanzables para él, como llegar a la presidencia de los Estados Unidos.
Se exasperaba y se sublevaba, al contemplar desesperado todo lo que era inalcanzable, pero que deseaba tomar para ofrecérselo a manos llenas a los que le colmaban de dicha y satisfacción. Bien sabía él que era demasiado poco expresivo (y no sólo por su parquedad de palabras), y por eso creía que necesitaba demostrar a los suyos que eran lo mejor de su vida. En realidad eran su vida, su verdadera vida, su única vida. Tal contradicción le sumía en desoladoras reflexiones, y le llenaba la cabeza de negras ideas que se parecían en exceso a fétidas ciénegas muy peligrosas de transitar en su proximidad, pues cualquier sutil desvío podría acabar con uno hundido sin remisión en tales fangales.
Erlinda observaba a su marido, y se daba cuenta de la tempestad en que podía zozobrar. Debido al hosco silencio de Medardo, no alcanzaba a comprender las razones últimas de su desesperación, pero intuía que estaban próximas a los problemas económicos por los que pasaban, a causa de su frágil espalda. ¿Qué podía hacer ella?
Cavilaba, en medio de la noche, posibles soluciones. Por aquellos días, cuando a las cuatro de la madrugada Medardo introducía el llavín en la cerradura de la puerta, aún no había conciliado el sueño, salvo alguna cabezada distraída. Procuraba, entonces, con toda la fuerza de su deseo, dormirse para que, al acostarse, él no descubriera su insomnio; en su defecto, aparentaba tal estado, pero sabía que Medardo adivinaría su disimulo; si él se percataba de que ella no dormía, su preocupación acrecería más aún.
Mientras tanto, la ciudad, ajena a pensamientos tenebrosos, se edulcoraba, con esa mixtura melificada de lucecitas parpadeantes, espumillones de brillantes colores metálicos, lentejuelas titilantes, oropeles vacuos, apetitosos platos, delirantes bebidas. Cualquiera que quisiera, al rascar la superficie, descubriría, bajo la capa de resplandores rutilantes, la realidad opaca y mate donde anidaba la sórdida verdad disfrazada de muñeco de barbas blancas, craso corpachón y traje colorado cual sandía; una verdad de largos colmillos afilados y amarillentos, sólo ávida de incorporar a su venero sediento los caudales de quienes se dejan imantar por la atracción fatal ejercida por tantos reclamos.
Erlinda se daba cuenta de dónde estaba el verdadero problema. Notaba que Medardo contemplaba tanto señuelo con la envidia de quien cree que la felicidad está en cruzar esa frontera, tan invisible como cualquier frontera, pero tan real como todas ellas. Se daba cuenta, también, de que sólo era el síntoma de algo más profundo: un hondo malestar consigo mismo, con su fracaso vital. Se apesadumbraba por ello, pues comprendía cuán errado era tal pensamiento. Era cierto, y hubiera sido muestra de ceguera negarlo, que su marido no era un triunfador; pero era mucho pensar que era un derrotado. Acaso un superviviente, quizá un maltratado, probablemente un asendereado por la vida; pero, sobre todo, era un ser humano que daba todo cuanto acertaba a encontrar dentro de sí a los que más quería. Era hosco y silencioso y apocado y, a veces, gruñón, pero nunca miraba torvamente a los suyos, ni guardaba nada para sí, salvo palabras y caricias.
En ese agujero descubrió Erlinda la solución, mejor dicho, el camino hacia la solución. Si desatascaba el conducto opilado por donde tendrían que fluir risas, besos, caricias y palabras, estaba segura de que Medardo comprendería dónde estaban las cosas que ellos realmente ansiaban de él. Sus hijos ya no eran niños que necesitaran de esos juguetes que enceguecen a la infancia desde los escaparates o desde la pantalla del televisor. Sus hijos, que habían dado muchas muestras de madurez, sabían distinguir, como escribió el poeta, los ecos de las voces, y valoraban más el tenue murmurio de una nana amorosa que el estruendo de una música deslumbrante. Había hecho el diagnóstico. ¿Cuál era el tratamiento adecuado? ¿Cómo abrir el atasco anímico del hombre a quien amaba?
En sus paseos vespertinos, arropados con luz nocturna, Erlinda percibía la codicia con que Medardo atisbaba escaparates. Sentía ella que el delgado brazo de él se tensaba cuando pasaban delante de algún lugar en que se mostraban cosas que a ella o a sus hijos, en efecto, les hubiera gustado poseer, pues, para qué engañarse, y como dice la sabiduría popular, a nadie le amarga un dulce: joyas, abalorios, vestidos, perfumes, complementos, libros, prendas deportivas, cachivaches electrónicos que tanto atraen a los jóvenes y de los que ella desconocía cualquier propiedad, hasta las elementales. En fin, una turbamulta gritona de cosas que parecen tan hermosas, y sin, embargo, pensaba ella, son sólo cobertores que adornan; lo que da calor son las mantas que no se ven, se decía, satisfecha con su razonamiento. Tirando, por así decir, del cabo del ovillo descubrió el hondo sentir de Medardo. Avizoró que el padre de sus hijos se desesperaba por darles algunas de esas cosas, como, por otra parte, haría la mayoría en esas fechas.
Al descubrir el asunto, tuvo la sabia intuición de permanecer silenciosa y no destapar, ni siquiera por someros comentarios, que había descubierto los anhelos del camarero. Su mirada meció el escueto cuerpo de su compañero, y la ternura de aquellos ojos lo atravesó hasta arribar a su corazón; pero él, obsesionado con lo suyo, ni sintió un leve roce. Sus ávidas pupilas sólo se posaban sobre los objetos adjudicándoles un posible destinatario ya Araceli ya Erlinda ya Eusebio ya Esmeralda… Y vuelta a empezar la rueda de imaginarios galardonados con tal o cual regalo. Aquella rueca maldita centrifugaba su ánimo, como si girara a cuatro o cinco mil revoluciones por minuto y amenazaba con triturar su corazón, deshaciéndolo en pedacitos del tamaño de granos de arena.
Faltaban pocos días para la Navidad, y como si de un repostero genial se tratara, la meteorología vino a completar toda la obra, y la tarta quedó lista con una exhausta nevada que espolvoreó de azúcar a la ciudad ya engalanada para esas fechas. Erlinda contemplaba desde la ventana, parte de los tejados de de la ciudad que parecían, vistos en esa perspectiva, una maqueta que un belenista moderno hubiera preparado para una adaptación del acontecimiento que se iba a celebrar… Meneó la cabeza con triste resignación, aquella nevada no era precisamente lo mejor para solucionar el problema. Parecía que todo se conjugaba en su contra, a favor del desasosiego de Medardo. Todo empujaba a meterse de lleno en las fechas que ya alentaban los espíritus. Todo parecía gritarle, es Navidad, y los tuyos no tendrán nada que se lo recuerde.
El rostro de jazmín de Erlinda se tornaba céreo, abatido por la preocupación. Intuía que, si no encontraba pronto la solución, su marido era capaz de hacer alguna locura con tal de poderles obsequiar con cualquier cosa. Sabía de sobra que no podía decirle las cosas a las claras. No valían consuelos del tipo: no te preocupes por eso; o, ya saldremos de esta crisis; o, lo importante es que seguimos vivos, estamos juntos y nos queremos; o, todo lo que hay en los escaparates es superfluo; o, realmente no nos hace falta nada; o, esto de los regalos es un invento de los comerciantes para sacarnos el dinero; o, la felicidad no consiste en tener muchas cosas; o, la Navidad es otra cosa…
Atisbó Erlinda que sería incapaz de prescribir la medicina. Si no podía hacer partícipe a Medardo del asunto, nada le obligaba a ocultárselo a sus hijos. Llegó a la conclusión de que con su juventud serían capaces de hallar un tratamiento adecuado y original para tal enfermedad con dos caras, o mejor dicho, una máscara que ocultaba el verdadero rostro. El antifaz de querer agasajarles en tales jornadas y el semblante de un ser humano al borde del precipicio empujado por la sensación de fracaso.
Araceli encontró el remedio, el infalible bálsamo de fierabrás. Lo descubrió en su memoria, que actuó tal que cofre del tesoro.
Prepararon con esmero la puesta en escena. Tendría que ser en nochebuena, aunque, en opinión de Erlinda era arriesgado tanto retraso, pues presumía que para el veinticuatro de diciembre sería demasiado tarde y Medardo habría cometido algún dislate.
En la levítica y vetusta ciudad se conserva la costumbre de que nochebuena debe de transcurrir en familia y, salvo los trabajos absolutamente vitales para la comunidad (médicos, enfermeras, bomberos, policía, algún taxi para alguna emergencia, poco más), cualquier otro negocio permanecía cerrado. Últimamente, sin embargo, esa tradición se estaba perdiendo y, aunque con otro horario, las salas de fiesta abrían tímidamente sus puertas. Medardo tendría que ir a Sicodelia a partir de medianoche. No le hacía ninguna gracia, pero no estaba en condiciones ni siquiera de planteárselo. La cena comenzó a las nueve. Todos se esmeraron lo más posible con un único objetivo que Medardo tuviera una velada inolvidable, un contundente y eficaz lenitivo para su dolencia anímica.
El comienzo no fue halagüeño, su rostro reflejaba a las claras un sentimiento de acucia, más aún, de ansiedad que traspasaba cada uno de sus movimientos. Diríase que estaba impaciente porque todo sucediera a la máxima velocidad, como si pretendiera que las celebraciones hubieran acabado antes de empezar. Parecía que explotaría en cualquier momento, que una presión interna le haría estallar. Su silencio proverbial se había adensado y compactado tanto que era tan difícil hacerle decir un mero monosílabo, como emitirlo en su presencia: mudez hostil, casi amenazante.
Erlinda, entre tanto, pasaba esos instantes como suspendida en el centro de la tempestad. Llegó a dudar de la solución encontrada por Araceli. Cuando empezó a asar el pollo y a hervir el cardo que luego rehogaría (no pudo estirar más el menú), era optimista, pero, a medida que la piel del ave se doraba, su ánimo se agrisaba. Eran los nervios: si la cosa no salía bien, sabía que Medardo lo pasaría peor aún, pues vería descubierta su aflicción y para él sería como la prueba del nueve, la demostración del fracaso más rotundo de su vida. Sólo le esponjaba el ánimo ver la calma y seguridad que sus hijos mostraban. Los tres estaban convencidos de que aquello sería infalible para su padre, y que aquello, les haría pasar unas navidades maravillosas.
Araceli, que tenía ciertos pujos dramáticos, había preparado la escena con algún detalle. Erlinda trató de convencer a su hija de que no esperase hasta los postres, que antes de empezar a cenar, incluso antes del discurso del Rey, hiciera lo que tenía planeado, para que la cena fuera un total éxito. Pero Araceli, apoyada por sus hermanos, sostuvo con tozudez que no sería igual, que lo apropiado era a los postres (un par de tabletas de turrón y unos polvorones, tampoco se pudo más), porque era fundamental la charla de la cena. Sin la charla, no se conseguiría nada.
La única pista que dieron a Medardo, fue la exigencia de que se pusiera la desvaída corbata, la única que había en su armario. Esta pista, sin embargo, estuvo a punto de echar al traste todo el negocio, pues se imaginó que los demás habían logrado hacer lo que él no había conseguido, comprar algunos presentes. Por la cabeza del enteco camarero se arracimaron densos nubarrones, cual bandada de hambrientos buitres al acecho de carroña, y a punto estuvo de echarlo todo a rodar. Mientras se anudaba la pieza de tela decolorada al escuálido gaznate, barajó la opción de bajar a la calle, y entrar en el primer comercio abierto y llevarse cualquier cosa, por supuesto sin pagar. Pero algo que se asemejaba al miedo, como una brizna de hierba se parece a otra, le ancló a la casa. Allí permaneció, como víctima ante el patíbulo, a la espera de fúnebres acontecimientos.
Era Eusebio el encargado de comenzar la puesta en escena.
—¿Os acordáis de las nochebuenas que pasábamos cuando éramos niños?
Nadie tenía que contestar a la pregunta; se trataba de que ésta flotara en el aire como un perfume, o como si se dejara abierta la puerta para que entrasen los invitados más rezagados. Medardo, ajeno al plan, tardó en entrar en el juego. Le sorprendió el aterrizaje al plato del pollo, ya convenientemente trinchado, sin que hubiera hecho nada por recordar aquellas navidades no tan lejanas, aunque se lo parecieran. Era demasiada su ansiedad como para dejarse acunar por el pasado. Pero, por alguna razón inexplicable, el aroma de la pregunta quedó prendido en una de sus neuronas; poco a poco, afloraron en su cerebro imágenes, como viejas fotografías en sepia, como instantáneas fijadas en lo recóndito. Sin darse mucha cuenta, algo parecido a la melodía de una nana interpretada por un violín apaciguaba su interior. La conversación se trufó de aquellos recuerdos, que aderezaron la humilde cena, como las exquisiteces que en otras mesas ocupaban los manteles a esas horas.
Erlinda columbró con un leve suspiro que la estratagema de los chicos tomaba la derrota adecuada, como si hubieran sido expertos capitanes de navío que, en medio de la tempestad, hubieran encontrado el viento correcto que les sacaría de ella con todo el velamen desplegado. Su rostro volvió a albearse con los tonos vitales del jazmín que lo llenaban de belleza inasible, belleza que transitaba los bordes de la hermosura. Tal cambio no pasó desapercibido a Medardo, que, al fin, se había aliviado lo suficiente de su obsesión, al menos para observar otras cosas de la realidad, como el amado rostro de Erlinda. La sutil modificación fue otra pista para él: aquello no había hecho más que empezar. Para ellos soy un libro abierto, nada les puedo ocultar, se dijo. Así que decidió convertirse en esponja y dejar que aquel chorro de vida le llenase el maltrecho corazón. Por así decir, se abandonó a su voluntad.
Llegados los postres, Araceli le ofreció un polvorón. Ella era sabedora de que tales dulces encandilaban a su padre.
—Papá, este polvorón no se aplasta, lo tienes que desenvolver con cuidado —le dijo mientras él lo cogía.
Medardo quedó extrañado pues el envoltorio era idéntico al de los otros, que, además, eran de los de toda la vida, ese blanco papel casi traslúcido. Obediente, sus ágiles y finos dedos desenvolvieron aquel peterete, al hacerlo, contempló que la golosina se desbriznaba en sus manos, pero entre las dulces migas casi rubias sintió algo más sólido y firme. Antes de seguir con las pesquisas, miró a su hija que sonreía apacible. Luego miró a Eusebio quien también sonreía, a Estrella que hacía lo propio y a Erlinda, que se secaba con disimulo una incipiente perla que brotaba de sus ojos. Supo que precisamente hasta allí le querían llevar, pero no imaginaba de qué se trataba. Las miradas de los suyos le apretaban suavemente el centro del pecho. Sintió un calor extraño por su venero y, si se hubiera mirado al espejo, habría descubierto que un par de claveles afloraban en sus mejillas, habitualmente exangües.
Sólo le quedaba una opción, continuar con su expedición dactilar para descubrir en qué consistía aquello que habían ocultado las frágiles migajas del polvorón. Con la yema del dedo índice apartó con toda la suavidad de que fue capaz aquella dulce y humilde sustancia. Parecía un arqueólogo en el sublime instante de descubrir el secreto mejor guardado por los siglos. Apenas lo rozaba, temeroso de fracturar lo que hubiera debajo. Su dedo actuaba con la misma levedad con la que las alas de mariposa acarician la brisa. Notó que todos ellos escrutaban expectantes su delicada actividad.
Fueron unos pocos segundos que quedaron grabados en la mente de todos, como si se hubiera tratado de la mayor de las hazañas. Tras ese medio minuto escaso, Medardo rompió a llorar. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Bajo las migas dulces de la gollería descasaba la figurilla de un Niño Jesús de plastilina, convenientemente endurecida con un especial barniz transparente y, una vez seco, pintado de blanco, dándole apariencia de alabastro. Aquella mínima efigie, que ahora sostenía con veneración en la palma de su fibrosa mano, formaba parte de un pequeño nacimiento que creó Medardo cuando sus hijos eran niños, y pasaron otra mala racha. Oyó la voz de Estrella, como si viniera de lejos, aunque estaba a su vera.
—Papá, aquel belén era maravilloso, ¿te acuerdas?
Araceli musitaba un agradecimiento por la inspiración que le había permitido atesorar aquellas pequeñas piezas en su habitación desde hacía tantos años. Eusebio acariciaba las manos de Erlinda, temblorosas por la emoción.
Medardo no podía hablar, todo se agolpaba en su memoria.
Entonces, tuvieron menos que ahora, y las perspectivas eran más tenebrosas. Aquel belén fue su regalo de Navidad. Engañó a sus hijos, diciéndoles que los Reyes se habían adelantado aquel año. Fuimos felices, pensó.
Durante los siguientes segundos, contempló asombrado que de la entraña de cada polvorón emergía, cual truco de prestidigitador, una de aquellas figurillas albeadas. Hasta que aparecieron las diez o doce que lo formaban, incluidos los tres magos, que llegaron aquel año la noche de reyes, para que sus hijos, niños entonces, fueron más felices aún, como debía ser…

viernes, 28 de diciembre de 2012

Amós, el viejo pastor. Navidad 2004


No, no te engaña tu oído.
Son pasos apresurados y voces asustadas lo que escuchas, viejo Amós.
Estás aquí, sentado, recostado contra la fría pared, dormitando, con tus recuerdos a cuestas, los buenos y los malos, los próximos y los lejanos, los nítidos y los difuminados, y te han distraído esos ruidos, esa bulla ajena a este lugar silencioso y húmedo. Pero, sobre todos, te ha sobresaltado el grito agudo y penetrante. Jurarías que ha sido un niño o quizá una joven muchacha. Musitas, Otra vez los soldados… Esos incansables romanos que aparecen en cualquier momento del día o de la noche, casi siempre en medio de la madrugada, emisarios de destrucción o de muerte o del mismísimo diablo, para capturar a todos los hermanos que quepan en sus mazmorras. Sabes de sobra, pues los rumores son constantes, y más después del espantoso incendio del mes de Ab (1) que buscan al viejo Cefas tan ciego como tú, y supones que tarde o temprano lo encontrarán, aunque deseas que no sea esta noche. El emperador, ese loco Nerón, está convencido de que si aprisiona al anciano y ciego pescador galileo acabará con el peligro de esta extraña secta de los judíos. Aunque no tiene muy claro dónde empieza y acaba el riesgo para el Imperio. Estás convencido, Amós, de que para este sanguinario, sois poco más que una pequeña, aunque voraz, colonia de termitas.
Sonríes y meneas la cabeza, te acaricias la rala barba blanca, mientras murmuras, Nerón, como todos los poderosos, no entiende nada de lo que ocurre a su alrededor. No sabe que cuando acabe con Pedro, otro tomará las riendas, otro seguirá al timón de la barca en la que nunca faltará capitán, porque al verdadero, le mataron una vez y les burló para siempre. Es curioso que hayas pensado en barcas, tú que no sabes nada de mares ni de embarcaciones ni de navegaciones ni, menos, de dirigir una nave. Pero no, no es mal ejemplo: sois los asustados ocupantes de una frágil nao a punto de zozobrar en medio de la tempestad: feroces olas saltan por encima de la proa, vientos huracanados os zarandean, violentas corrientes os arrastran camino de una muerte que parece inevitable. A pesar de que aparentas tranquilidad, tu cansado espíritu está alerta. Esta madrugada, te sientes vigía en medio de la tormenta.
Fueron muchos años al raso: los oídos atentos, los ojos avizor, para descubrir la proximidad de cualquier alimaña acercándose sigilosa hasta los rebaños con la intención de obtener presa. Es una costumbre, como respirar, percibir el peligro de la fiera en la vibración del aire, igual que si tu piel fuera una inmensa fosa nasal capaz de husmear el mínimo rastro de amenaza acechante. Una vez más lo has notado, y los mismos síntomas se reproducen: como antaño, tus vellos se alzan de la piel, sientes por tu espalda el galope tendido de miles de hormigas nerviosas y cada músculo se endurece, a pesar del dolor. Pero, después de la alarma generalizada, el resto de tus reacciones no son tan rápidas como antaño, ¿cuántos años, Amós?, como cuando recorrías los campos de Judea para buscar los mejores pastos que alimentaran a las ovejas y una vez lustrosas y paridos los corderos, al comenzar Nisán (2), retornabais a Jerusalén para que el Templo tuviera su buena provisión de víctimas propiciatorias a Yahvé. Ahora, tus movimientos son lentos, mucho más lentos, infinitamente más lentos, como si tus músculos se hubieran vuelto insensibles y no quisieran obedecer a tus deseos. Sabes que tienes que advertir a los que están en las hondas entrañas de este laberinto oscuro y húmedo. Lo has notado antes que ninguno, pero empiezas a intuir que cuando tu espalda se incorpore definitivamente, otro habrá dado la voz de alarma.
Ya estás en pie, por fin tus viejas piernas se yerguen, pero las sientes entumecidas o anquilosadas o adheridas al piso resbaladizo de esta galería o túnel o pasadizo, como si el hielo que te nace de dentro apresara tus músculos con su potentes mandíbulas de poderoso lobo hambriento y sabes que ese mordisco constante y feroz impide la marcha, salvo que aguantes, una vez más, el inicial movimiento doloroso o desgarrador, ese primer paso que antes o después habrás de dar (mejor que sea antes), si quieres que no haya capturas entre tus hermanos esta madrugada. (Por mucho que las almas más piadosas pongan sobre tus muslos mantas u otros ropajes para protegerte del helor y de la humedad de este sinuoso refugio, sabes que sólo te ahorran un poco de frío, ése que no te hace casi daño, pues viene desde fuera y viaja en el aire y pasa, como las águilas; pero nunca evitarán la dentellada dañina de la alimaña escondida en tu interior).
Amós, ¿en qué vigilia (3) de la madrugada estás? Tanto te has ensimismado en tus recuerdos, que has perdido la noción del tiempo. Admiras la tenacidad de los romanos que saben cuándo hacen más daño. No se les ocurre aparecer a la hora de prima, cuando el sol apenas despunta sobre Roma y las gentes ya se afanan en sus labores cotidianas, menos los viejos, como tú, que aún rumian el último sueño de la madrugada, ese sueño traslúcido o leve o tenue que nunca se recuerda o que se confunde con los primeros pensamientos conscientes. No dispones de ningún indicador preciso que te oriente, si acaso, la mínima luz lejana de aquel candil o antorcha o tea señala que la segunda vigilia está muy avanzada, incluso, puede que haya empezado la tercera. Sin duda, es la peor hora de todas, cuando el sueño ya ha tejido su densa e intrincada tela de araña sobre los espíritus y es casi imposible que reaccionen, aunque si lo hacen y se despiertan, puede ser peor, porque esa inextricable red casi impenetrable, no sólo crece sobre las almas, sino que traba o entorpece o trastabilla los sentidos y los miembros, por lo que, muchas veces, cuando parece que se está despierto, en realidad, se trata de un dormir de ojos abiertos o desorbitados y de movimientos lentos y desequilibrados, por tanto, en una situación de alarma como ésta son desplazamientos peligrosos para la integridad de la persona. No se puede esperar; asumes o silencias el dolor agudo, profundo, contundente de tus articulaciones, e inicias los pasos demasiado lentos o amedrentados a tu pesar: mixtura amarga de dolor y prudencia y miedo y desasosiego.
Mientras sientes que el dolor penetra por tus músculos, luchas por volver al recuerdo que te alegraba, justo antes de que esos ruidos te apartaran o distanciaran de sus dulces sones.
Después de setenta[4] años, ¿por qué te empeñas, Amós, en remembrar aquel momento? Es verdad que, desde aquella noche, todo cambió. Aunque explicarlo sólo de ese modo, sería dar pábulo al rumor de que hubo un milagro en tu vida, o, peor aún, un encantamiento o sortilegio que llegó del Altísimo y cambió tu corazón. Te gustaría contar la historia a los que no la han escuchado, pero barruntas que te faltará tiempo. Ha sido un largo camino, sin duda. Han pasado tantos años, que te parece mentira haber llegado hasta aquí, hasta ahora. Has arribado a meta castigado o desgastado o troceado por la vida. Además del dolor que estrangula tus articulaciones, tus pobres ojos, casi ciegos, no distinguen prácticamente nada, salvo bultos, algunos colores, formas, la luz y su ausencia. El bullicio de Roma te llega o te alcanza o te persigue, a través de los oídos y de las narices y de la piel, esa piel que posee, junto a su condición táctil, caracteres propios de la visión o de la intuición; el frenesí de la urbe te pone nervioso y te incomoda: añoras la soledad y el silencio de Judea, sólo roto por el rumor del viento y los balidos de las ovejas, aunque, a veces, tuvieses que soportar la barahúnda de Jerusalén, pero eso sólo ocurría en determinadas fiestas: las Tiendas, la Pascua, Pentecostés... Un viejo, eso es lo que soy, dices con amargura. En alta voz exclamas, sin darte cuenta de que tus palabras podrían ser delación fatal para tus hermanos, Un viejo que es un estorbo, un viejo en medio de esta oscuridad de catacumba, con los huesos roídos por ese lobo más terco que cuantos nos acechaban en Palestina, cuando querían cazar nuestras ovejas.
Por el angosto corredor de tu izquierda, oyes veloces pasos que no te alarman. A causa del raro don de la clarividencia que forma parte de tu piel, sabes que son rápidas carreras de jóvenes cristianos que huyen de la soldadesca. Tienen la vida por delante, todo el amor, piensas con sonrisa melancólica, como si con ella quisieras acariciar aquel cuerpo que, hace tantos años ya, no está junto al tuyo. En pocos instantes, los pasos se esparcen en múltiples direcciones. Algún día, los soldados tendrán problemas y acabarán perdidos en los sinuosos laberintos que, totalmente, sólo conocéis vosotros... A tu espalda, se apresuran otras pisadas, sonríes, identificas a sus dueños, Rufo y Marcial. Murmuras para que te oigan, ¡Los jóvenes, qué impaciencia! ¿No veis que mis viejos pies no pueden avanzar más rápido, que cada paso me tortura y me aflige? No se detienen, casi te atropellan, pero se dirigen a ti con respeto, a pesar de la emergencia, Aparta, Amós, es urgente dar la voz de alarma a los demás; escóndete, seguro que no te encuentran, eres tan sigiloso. Por fin te adelantan y quedas tranquilo, de nuevo con tus pensamientos, ya sin premura o impaciencia por avisar a los que están en las entrañas del laberinto.
Eras un rapaz a la sombra del grupo de pastores. Habías aprendido mucho y muy deprisa, parecías mayor de lo que eras. La vida o sus responsabilidades o sus problemas o su aspereza llegó a ti, veloz como chacal del desierto. Tu padre no tuvo más remedio que unirte a los pastores, cuando tu madre murió, al nacer tú. Tu padre, aquel hombre taciturno, solitario, de mirada perdida, de rostro cuarteado por la vida al aire libre, bajo y fornido, sin familia cercana, te llevó siempre a su lado. Desde niño, sabes qué es vivir a la intemperie y resistir los rigores del clima extremo: días de sol que abrasa o quema o calcina y noches frías que encogen o atormentan o aniquilan los músculos; siempre bordeando el desierto, siempre al acecho de la hierba, siempre avizorando el horizonte, o una simple elevación del terreno, o una duna próxima para que no surgieran, de improviso, las alimañas hambrientas en busca de alimento. Desde temprana edad, cada sentido alerta y tus facultades a disposición de un solo fin: proteger a las ovejas, que el rebaño no sufriera bajas.
Sí, son soldados romanos, lo confirmas. A lo lejos, comienzas a distinguir los gritos de su latín impertinente que te distrae. Cómo añoras el arameo de la infancia. Cómo sacuden a tus oídos los sonidos de este idioma todavía extranjero, no asimilado después de los años. Sólo lo entiendes o lo interpretas o lo traduces, cuando tu razón se decide a tal esfuerzo, a lo que te niegas de ordinario. De todos modos, en esta noche, convendría que prestaras atención a sus palabras, aunque te parezcan groseras, no olvides, viejo pastor testarudo, que estás muy torpe, que casi no ves, utiliza tu mejor defensa: escucha, pon atención, viejo Amós.
Esta vez, Nerón nos hará mucho daño, y este pensamiento como si fuera una cuchillada lanzada a traición, te hiere mucho más que el mordisco en las articulaciones de las caderas o de los tobillos o de las rodillas, sobre todo la izquierda. Aceleras la zancada torpe y lenta, deseas llegar hasta el grupo y conseguir que no capturen a Cefas esta noche. No te importa el dolor que arrastras por los pasadizos estrechos y húmedos, fríos y umbríos, Amós, viejo pastor.
Piensas en aquella noche. Hace setenta años el mes de Tébet[5], como el resto del año, fue un mes especialmente movido. Al Gobernador se le ocurrió contar a los israelitas. No tenía otra cosa mejor que pensar: poner números al pueblo de Yahvé, al pueblo elegido, al pueblo orgulloso, como si fuerais un rebaño al que contar las cabezas.
Ese año aprendiste muchas cosas. Lo recuerdas bien. Fueron continuos viajes al Templo trasladando animales, pues los sacerdotes necesitaban estar bien surtidos de ganado para los sacrificios, que no faltaran ovejas, carneros, vacas, bueyes, porque los descendientes de la casa de David venían a inscribirse a la ciudad de Belén, al lado de Jerusalén, y aprovechaban para acercarse al Templo. Fue entonces, Amós, cuando aprendiste los secretos de la Historia de tu pueblo. Te extrañaba tanto movimiento. Tu curiosidad infantil se vio azuzada por tanta novedad: las caravanas que llegaban, los camellos, los asnos, por qué viajaban aquellos hombres y mujeres y niños, cómo es que, si procedían de la estirpe de David, y por tanto, de Belén, vivían lejos de la ciudad... Las primeras preguntas las respondió tu padre, pues, a pesar de lo que dijeran, los pastores creían en Yahvé y adoraban su santo nombre. Quizá pidiera ayuda a sus compañeros, pero, entre todos, te resolvieron aquellos interrogantes.
La primera mañana que le acompañaste al Templo, te quedaste admirado o fascinado por su belleza o armonía. Cuando lo recuerdas, lo haces tal y como se impresionó en tu retina infantil: cientos de blancas columnas de mármol alineadas cual ejército poderoso que rebrilla al sol del amanecer, airosas cúpulas áureas que reflejan la luz solar, vigoroso bullebulle de vida que se ajetrea por doquier, confusa barahúnda de voces de mercaderes que venden exvotos, perfumes, animales, grano, cualquier cosa que un piadoso israelita necesite al entrar en sus santas estancias, aturdida batahola de sonidos que turban  tus oídos y se mezclan en tu convulsa mente con los densos olores que flotaban y que ahora forman un único recuerdo viscoso o glutinoso, pero vívido y añorado: el lastimero balido de las ovejas, la metálica llamada al rezo, los guturales cantos de la oración, las destempladas voces de los comerciantes, el contundente aroma del incienso, los horrísonos mugidos de las vacas, el lastimero balido de las ovejas, el inextricable griterío de la multitud,  el acre olor de las ofrendas, el desesperado llanto de algún niño, el ácido efluvio de los cuerpos que no conocen el agua desde hace días, el continuo siseo de los miles de pasos, el lastimero balido de las ovejas, el desesperante hedor de la grasa quemada, los extraños sonidos de lenguas extranjeras, el alborotado zureo de las palomas enjauladas, el chillón tintineo de las monedas sobre las mesas de los cambistas, la presuntuosa voz de los rabinos, el lastimero balido de las ovejas...
De pronto, sobresaliendo de aquel estrépito, te nombró la voz potente de un hombre vestido de manera peculiar, casi desnudo, Amós, el pastor... Te detuviste en seco y pensaste sinceramente que se dirigía a ti, o hablaba de ti. Cruzasteis vuestras miradas y cuando contemplaste la suya con tus pupilas infantiles, descubriste un ardor comparable al de las hogueras que encendíais en la noche. Nunca habías visto en unos ojos aquel fuego tan intenso o apasionado. Sentiste un magnetismo especial, algo, mucho más fuerte que tú, te empujaba o conducía o guiaba hacia él, hacia el centro de sus ojos, hacia la entraña de su incendio. Tu padre tironeaba de tu bracito, pero te zafaste de su poderosa mano con una sacudida decidida. Por primera vez en tu vida, habías resuelto algo por ti mismo. Lejos de la reprimenda, descubriste en el cuarteado rostro paterno una sonrisa. Te detuviste ante el hombre, muy cerca de él. A tu espalda, se encontraba tu padre y eso te daba seguridad o aplomo y alejaba la desconfianza que sentías ante un desconocido. A pesar de la multitud, no había nadie más a su alrededor, y tu presencia enmudeció su palabra. De los dos, fuiste tú quien se atrevió a hablar en primer lugar, Mi nombre es Amós, y creo que me has llamado. El hombre sonrió, No, muchacho, no te llamaba; veo que aún no conoces a los profetas. Le miraste sorprendido o aturdido o extrañado y con las cejas muy levantadas, le preguntaste, ¿Profetas? También volviste la vista, y descubriste que tu padre se encogía de hombros, como si pidiera disculpas por alguna falta cometida. Acaso intuyeras fugazmente que él tampoco sabía mucho de profetas. Su voz cavernosa y distante se dirigió al hombre del fuego en la mirada, Los pastores no estamos mucho tiempo en el mismo lugar y no tengo familia con quien dejar al muchacho, así que no ha tenido instrucción. El hombre asintió, como si comprendiera con exactitud el alcance de las palabras de tu padre, Israel sigue ignorando a los débiles.
Tras un silencio, volvió sus ojos a ti, Joven Amós, hace muchos, muchos años, hubo un pastor que, como tú, se llamaba Amós y vivía muy cerca de aquí, en Técoa[6]; un día, sintió la llamada de Yahvé y predicó con energía contra los abusos de los poderosos que aplastaban a los débiles con exceso de tributos, que pensaban que contentarían a Dios con sólo ofrecerle sacrificios de reses y holocaustos, que creyeron engañarle quemando incienso e inmolando animales. Era la primera vez que escuchabas ideas de ese tipo, nunca antes tus oídos habían sido traspasados por sonidos tan ardientes ni palabras tan definitivas. El hombre no había concluido y te siguió explicando de aquel pastor que tenía tu mismo nombre: te contó les enviaría al destierro si no se arrepentían, y no se arrepintieron; te dijo que también hubo una promesa de salvación para un resto de israelitas, el resto de José. Te quedaste perplejo, entendiste poco y él se dio cuenta. Con paciencia te explicó. A cada pregunta que tú hacías, él te respondía sin alterarse. Cada una de sus respuestas, te abría, como una flor, infinitas preguntas más. En pocos días, pues volviste a él unas cuantas mañanas, aprendiste lo decisivo o determinante de la historia de Salvación de tu pueblo. Descubriste que llegaría la redención o liberación o salvación para removerlo todo. Claro que eras niño y más que palabras, asimilaste sensaciones o intuiciones: una amalgama confusa que no eras capaz de explicar, pero que distinguías con luminosidad en tu interior.
Viejo Amós, avanzas sin miedo, a pesar del dolor, decidido a engañarlos o retrasarlos o, al menos, plantarles cara, como el profeta pastor, aquél que llevó tu mismo nombre, aquél que denunció a los poderosos que tiraron por tierra la justicia, que aborrecieron al sincero, que pisotearon al débil y de él cobraron el tributo de grano, aquél que, también, les amenazó con el destierro, que les señaló con su vigoroso dedo gritando en nombre de Yahvé, Detesto y desprecio vuestras fiestas, no me gusta el olor de las reuniones solemnes, no me complace el hedor de los holocaustos, ni siquiera miro el sacrificio de los novillos cebados, pues vuestro culto es vaciedad... Seguro que Rufo y Marcial han llegado hasta las entrañas de este dédalo de túneles y los demás estarán avisados. Has girado en redondo y vas hacia los soldados que os quieren esquilmar cual fuego que devasta los sembrados.
La noche era fría, como corresponde al comienzo del invierno y el cielo brillaba limpio, transparente, cuajado de estrellas. Hasta donde guardabais a las ovejas, llegaba, como un runrún suave o atenuado, el bullicio de Belén saturado de forasteros que casi formaban una masa compacta, densa e impenetrable y ocupaban todas las posadas, todas las casas, todos los caravasares, todos los habitáculos o rincones más o menos habitables o utilizables para dormir unas horas; un bullebulle que, milagrosamente, cada noche se atenuaba a medida que las horas avanzaban y la madrugada caminaba a su cenit...
En tus infantiles oídos, resonaban todavía, tras algunas semanas, las palabras de aquel hombre con mirada de fuego en las entrañas de sus ojos. Te había explicado lo de Moisés, lo de David, aquella profecía oculta —casi sepultada— en los libros sagrados según la cual, allí, en Belén de Judá, saldría un caudillo que apacentaría a Israel, que nacería el Salvador. Todo apuntaba, según él, en una dirección: el Mesías llegaría pronto, procedería de la casa de David, del resto de José, y nacería en Belén. De soslayo, viste cómo tu padre había meneado la cabeza con un gesto inconfundible y notorio de desacuerdo. A ti, muy perspicaz a pesar de tus pocos años, no te pasó desapercibido su movimiento leve, pero enérgico y seguro. Cuando retornabais, le preguntaste decidido y confuso, por qué no estaba de acuerdo con ellas, pues las palabras del hombre te habían parecido, además de hermosas y ardientes, certeras, sin grietas por donde encontrarles error. Tu padre se encogió de hombros. Su mirada se fijó en tu poca estatura de entonces, midió la incipiente robustez de tus miembros, auscultó tus pupilas y respondió que Israel llevaba esperando al Mesías tantos siglos, que no creía que fuera a llegar precisamente entonces. No sabías si había acabado de hablar. En ocasiones, callaba en mitad de una idea como si le costara trabajo seguir, o como si esperara a que las primeras palabras llegaran y se posaran firmes en tu cabeza; otras, sin embargo, la idea quedaba así, recortada, incompleta, como nacida sin patas, y suponías que no se atrevía a decirte todo lo que pensaba. Aquella mañana, sin embargo, continuó, Que el Altísimo me perdone, pero, a veces, creo que el Mesías es un invento de sacerdotes, levitas, fariseos, y poderosos para que las cosas no cambien, para que nuestros ojos no deseen ni su riqueza ni su poder, para que miremos hacia el futuro, como el campesino mira al cielo, pensando que allí estará el momento del desquite, siempre lejos, siempre otro día, nunca cuando nos hace falta. Tu padre, de tarde en tarde, te sorprendía con algo así. Intuías confusamente que el pastor viudo, nómada, con un hijo que criar a sus espaldas, había sufrido mucho en la vida y ese dolor le había vuelto escéptico o duro o pesimista. No le respondiste. No estabas de acuerdo con su desconfianza o conformismo o amargura, pero no tenías argumentos para rebatirle. Entonces, sólo atesorabas las palabras del hombre semidesnudo, mejor dicho, el fuego que incendiaba las palabras, el tono, el acento, los ademanes y la mirada.
Setenta años después, aún no sabes por qué no dormías como cada noche, ajeno a cuanto se desarrollaba a tu alrededor. Tienes ochenta años, excesiva edad para cualquier cosa, piensas con un tremor de melancolía agradecida, y todavía te preguntas si el primer indicio de todas las señales extraordinarias de la noche, fue tu insomnio sorprendente. Tus ojos muy abiertos no se cerraban vencidos por el cansancio, sino que estaban alerta, vigías del futuro. Por primera vez, fuiste consciente de tu agudo sentido de la intuición.
Como funciona con precisión asombrosa esta noche, cuando antes que nadie, sabías que los soldados de Nerón habían iniciado otra batida (igual que los pastores hacíais con los lobos), para capturar a los judíos disidentes, a los seguidores de un tal Cristo. Sois tan pocos que aún os confunden, o no os distinguen de ellos.
Tantos años después, has confirmado el sentido que aquel suceso tuvo para tu vida. Lo llevas sabiendo mucho tiempo, pero el fruto en el árbol cae al madurar, aunque todos sepan qué sabor endulzará los labios que lo paladeen. En tu caso, han pasado setenta años para que la intensa luz de aquella noche ilumine esta madrugada romana, esta oscuridad en la que el mordisco férreo del lobo que captura tus articulaciones es más penetrante que nunca, y tus miembros se desplazan con más torpeza, con miedo a romperse o desgajarse o sajarse. Has de enfrentarte a la soldadesca sin dilación. Tienes que ser el freno, el obstáculo, la trampa que retarde o equivoque o tuerza su camino por estos túneles. Tu corazón sabe, Amós, que, si es necesario, entregarás tu vida para que los demás salven la suya; has comprendido que la explosión de luz y de sonido de aquella noche de hace setenta años ilumina tu camino, hasta llegar a este momento de la madrugada alejada de Belén y de Jerusalén. Acaso por eso, hoy has vuelto a recordarlo, después de tanto tiempo; por eso, en tu cerebro se ha unido el recuerdo de aquella melodía inefable e irrepetible, con el grito de la joven, o del niño.
Si él te dio la opción de conocer su palabra liberadora o salvadora o redentora, néctar de misericordia, era para que con tu vida, otros la escuchen en su corazón, otros apaguen su sed con el agua eterna que da vida, otras ovejas sean cargadas sobre sus hombros de buen pastor. Es curioso que las paredes de estos pasadizos o los ensanches donde celebráis la cena del Señor y oráis en común y escucháis la palabra, lo representen como joven imberbe cargado con una ovejilla sobre sus hombros. Tú, viejo Amós, que más de una vez llevaste esa carga sobre tu espalda, empezando por la noche que acaricia tu memoria, comprendes mejor que nadie el significado de esa pintura. Si no fueras pastor analfabeto, casi ciego y medio paralítico por la feroz dentellada de la alimaña, o, quizá, por el frío que nace desde la entraña del tuétano de tus propios huesos, habrías hablado con Cefas o con Saulo o con el joven Marcos o con Clemente, u otro presbíteros para contarles que el dibujo del joven pastor es la explicación más hermosa para unir el pesebre con la cruz y la gozosa ausencia de su cuerpo en el sepulcro. Pero no posees, como ellos, la fuerza de la palabra, sólo eres Amós, un anciano pastor que apenas distingue la noche del día y que tropieza incluso con su sombra. Pero si supieras, les dirías que el buen pastor cuida a sus ovejas hasta el límite, y es capaz de cargar con ellas cuando la enfermedad o el dolor o el sufrimiento les impiden caminar tras el rebaño, pero para eso, claro, hay que ser oveja y balar, ese balido lastimero, que sólo sus oídos saben interpretar. Les dirías, además, que por eso nació en la gruta y le colocaron en el pesebre de tus recuerdos, porque tenía que ser pastor, es decir, pobre de los pobres, alejado de los bienpensantes, mano tendida a los excluidos y a los pecadores, voz que clama en el desierto, despreciado, perseguido, desecho de los poderosos. Que, como los pastores, se pasa el día en los caminos guiando a los rebaños esquilmados para llevarles a los mejores pastos, a las mejores fuentes de agua, que pasa las noches al raso y en vela para protegerles de las fieras que moran en el desierto y que, si es necesario, se enfrentará con cualquiera para proteger a su rebaño. Tú, Amós, sabes lo que significa ser buen pastor. También les dirías, viejo Amós, que ese dibujo que casi no distingues ya, tiene que ver con la cruz, no porque lleve a la oveja sobre los hombros, como cargó con la cruz de los romanos, y que, en realidad, fue colgada por las envidias y los miedos de los poderosos de Israel, sino porque el buen pastor da la vida por sus ovejas, como hizo él. Y les dirías, si supieras cómo, que también ese joven imberbe es la oveja sacrificada al Padre, el cordero que perdona nuestras infidelidades. (Hace ya más de veinte años que dices abba[7], y no Yahvé. ¡Qué distinto retumba y crece y se esponja la palabra en tu corazón! Algunas veces, incluso, murmuras pater, como los romanos en estas catacumbas, y te gusta, reconócelo). Ahora que empiezas a seguir sus últimas huellas, las del Gólgota, lo comprendes mejor, cuando, a pesar del dolor, de la ceguera y de la friura que te nace en lo más hondo de los huesos, has cambiado de dirección, para detener o interrumpir o entretener o confundir o extraviar a los soldados de Nerón.
Primero, lo recuerdas con precisión, fueron lejanos sonidos opalinos llegados, no de Belén, como creíste, sino de lugar ignoto: murmullo armónico de músicas inefables, acariciador murmurio hialino de la nocturnal brisa dormida, traslúcida brizna de dulzura expandida en sones inasibles e inabarcables, pero que, como madre, la que no conociste, te acunaban. Fuiste el primero en levantarte, aunque no en darte cuenta, pues las ovejas de la tenada habían alzado su cabeza, acaso sorprendidas, mas tranquilas y confiadas, y ese gesto pacífico e ingenuo de sus testas erguidas, te dio paz y sosiego. Te incorporaste sigiloso, no querías despertar a los demás por una melodía nunca escuchada, al fin y al cabo, te pasaban cosas extrañas: ni te dormías ni estabas cansado, notabas todos tus sentidos alerta, anticipabas acontecimientos. A medida que transcurrían los instantes, la melodía se hacía persistente y sólida: sonidos triunfantes y gozosos de metálicas trompetas llegaron a vosotros. No eran lejanos susurros o rumores de las alturas, sino hermosa música pletórica, música jamás escuchada, música indescriptible, música que brillaba y abrazaba y alegraba y emocionaba y ocupaba todo el espacio y os envolvía, como un diamantino y cálido manto sonoro. No despertaste a los que yacían dormidos, todos, con los semblantes envueltos por el miedo (¿por qué ese terror si la melodía te pareció hermosa y pacífica y luminosa y esperanzada?), irguieron sus cuerpos aún laxos por el sueño y, confundidos, tornaron sus rostros al oscuro cielo tachonado de estrellas titilantes a causa del helor nocturno. Sentiste cierta confusión; sin duda, el miedo a lo desconocido consiguió que los gritos hicieran casi inaudible parte de la melodía. De pronto, como si hubiera amanecido de improviso, una potente luz, como de sol, iluminó la tenada con irisaciones plateadas, glaucas, áureas. En la cima del sinuoso olivo, apareció una figura brillante, pero no iluminada desde fuera, sino que de ella brotaba el fulgor, como si su latido fuera rehílo de estrella. Entonces, las caras de tus compañeros, se convirtieron en muda encarnación del terror, y una pujante voz de hermoso timbre grave y poderoso, como de timbal, se dirigió a vosotros. A vosotros, simples pastores que cada noche dormíais al raso vigilando por turnos al rebaño. A vosotros, que no erais casi nadie, poco más que esclavos, para el resto de habitantes de Jerusalén, de Judea, de todo Israel. Una voz milagrosa de un enviado misterioso, acaso ángel celeste, que os dio la noticia, No temáis, os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido, en la ciudad de David, un salvador, el Mesías, el Señor; y esta es la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Recuerdas que un coro de voces descendió o se derramó o se dirigió a vosotros, poniendo letra a la melodía que desquitaba el pavor amedrentado, Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Durante unos momentos, siguió acunándoos la música inefable y la luz indescriptible os envolvía y había confusión a tu alrededor. Pero estabas tranquilo y gozoso, pues comprendiste, con tus pocos años, que el mensaje era el tesoro que el hombre semidesnudo te anticipó.
Miraste a tu alrededor, mientras la melodía se alejaba, mientras la luz se apagaba, mientras la confusión disminuía y hablaste, ¿Por qué no nos acercamos a Belén, y comprobamos lo que hemos escuchado? Te miraron extrañados, pensaron que esos acontecimientos extraordinarios alteraban tu mente; pero, viejo Amós, no esperaste a que discutieran tu propuesta, te pusiste en camino. Sin saber por qué, ¿o pensaste que verías al Mesías, por lo que deberías adorarle con la presentación de la ofrenda?, tomaste un cordero del rebaño y lo cargaste sobre tus hombros. Cuando ibas por el camino que lleva a Belén, supiste que ellos te seguían, quizá delante tu padre, preocupado por tu gesto que pensó se debía a una locura. Notabas un impulso en tu corazón que nunca habías sentido. Recuerdas que sólo te faltaba cantar, y el corazón saltaba en tu pecho como si fuera un tambor que marcara el paso a los otros que te seguían, y una vez que te giraste comprendiste que sus zurrones no iban vacíos del todo. Te preguntaste qué pensarían ellos al verte tan pequeño, solo, abriendo el camino a los otros, siguiendo un sendero en mitad de la madrugada, un pobre pastorcito caminito de Belén.
Sientes ahora, ese latido similar en tu débil corazón, Amós, pero hoy no podrías cantar, pues el llanto cálido y nutricio que te acucia la garganta te lo impediría. Se acerca tu hora, y estás emocionado, porque, por fin, volverás a encontrarte cara a cara con él. Después de setenta años, cuando tienes ochenta, después de haber buscado aunque fuera su sombra, que huía al acercarte.
¡Cómo te distraen esas voces latinas! Están cerca. Desconfían. Entiendes que toman precauciones, como si esperaran una emboscada. Supones que no saldrás de estos túneles. Quizá, Amós, no sientas más la belleza de la ciudad. Intuyes que esta ciudad será muy importante para los hermanos, pero ahora es la ciudad del enemigo, el dragón de siete cabezas y siete colas que barre la mitad de las estrellas del cielo y acecha, esperando que la virgen alumbre a su hijo para devorarlo. Casi sientes sus tórridas fauces abiertas que exhalan un vaho penetrante y fétido, de cloaca putrefacta. Esta ciudad hermosa, pero que odias: el destino donde te llevó su búsqueda, el viaje en pos de quienes mejor le conocieron.
Tras aquella noche, no lo viste. En tu corazón, sin embargo, estuvieron presentes los sucesos, las palabras, las vivencias. Volviste a tus trabajos. Pensaste, como lo pensaron quienes te rodeaban, que si lo que presenciaste fue cierto, y no engaño del diablo, el viejo Herodes habría acabado con aquel niño, un tiempo después. Pasaron los años y creciste. Casaste con la más hermosa muchacha que hayan visto los oteros, los valles, los sotos, las riberas, los ríos, las fuentes, los collados, los montes y los desiertos. No fue voluntad del Altísimo que tuvieras descendencia. A tus cuarenta y seis años, unas malas fiebres arrancaron la felicidad de tu costado. Fue entonces, cuando volviste a oír cosas. Sucesos que, al fin, te trajeron hasta este húmedo y tortuoso túnel, desde donde, intuyes, cruzarás a la otra orilla.
Una tarde, Amós, llegó a ti la algarabía incontrolada de Betania donde morabas, como siempre cerca de Jerusalén, de Belén, del Templo. Rumiabas las palabras del hombre semidesnudo, lo que aconteció unos días después, y esperabas, con la paciencia del pastor que deja que sus ovejas se alimenten el tiempo que sea menester. De nuevo por la intuición, saliste a la calle. Escuchaste, ¡Venid, ha resucitado a Lázaro!, El hermano de Marta y María, el que lleva cuatro días muerto y enterrado, está vivito y coleando, ¡Ha sido Jesús de Nazaret! Tu corazón latió con el mismo ritmo de aquella noche fría del mes de Tébet. No podía ser ¿O sí? En los últimos tres años, escuchaste su nombre asociado a sucesos maravillosos y a palabras hermosas, eco de lo que de niño se quedó esculpido en tu corazón. Sin impedimento alguno, sin otra razón para tu vida, saliste a su encuentro. Emprendiste veloz carrera a su búsqueda. Mas no lo encontraste, y la rauda persecución se tornó fatigoso y largo y tortuoso e interminable camino. Llegabas tarde a todas partes, incluso, cuando lo colgaron del madero, tú, que siempre habías estado allí, no estabas en Jerusalén, sino que bajabas a Galilea, porque alguien te informó mal. Pero todo sucedió para que siguieras sus pasos, lo intuiste entonces, hoy lo sabes con certeza, esta noche lo has constatado. Sabes que tu camino concluye en una mazmorra de Nerón, y anhelas hacerlo solo, que tu sacrificio salve a los demás hermanos, como hizo él, como haría cualquier buen pastor, y tú, Amós, eres un buen pastor; anciano, sí, pero buen pastor, todavía. ¿Qué otra cosa podrías ser, viejo Amós?
Cuando volviste a Jerusalén, ya conocido el grueso de su historia, buscaste a Cefas, a Andrés, a Santiago, a Juan, a Leví, a Natanael, a Simón, a Tadeo, al otro Santiago, su primo, a Felipe, a Tomás, a su madre, a las otras mujeres, a los demás discípulos, los buscaste por Jerusalén, por el Templo, por las calles, hasta que descubriste a uno que gritaba que había sido curado por mediación de Jesús de Nazaret, estabas cerca, pero no pudiste impedir que apresasen a Cefas. No llegaste a tiempo, aunque si lo hubieras hecho, no hubiera servido, pues no podrías haber peleado contra la guardia.
Ahora no ocurrirá así. Le salvarás. Treinta y cuatro años después, impedirás su muerte, si es necesario, con la tuya. Intentarás que con tu captura se conformen. Eres casi tan viejo como Cefas, quizá se confundan, quizá no sepan a quien buscan. O si lo saben, al menos, evitarás que se acerquen a él. Conoces mejor que ellos este laberinto y, mientras finges temor y finges cumplir sus órdenes, les conducirás por pasadizos que les alejen, y cuando se percaten, se habrán perdido, y Cefas y los demás se habrán salvado. Al menos, esta madrugada se salvarán, Amós.
Te equivocaste de camino. Lo cierto es que el enviado celeste no especificó, y buscaste el establo por el otro lado. Aunque el error no fue muy difícil de subsanar, al fin y al cabo, Belén no es Jerusalén, y las entradas no distaban de las salidas. Al final de la calle empedrada, una senda subía a unas grutas donde los habitantes de Belén guardaban sus animales y sus aperos. De una de ellas, brotaba un tenue claridad. No tuviste duda. Las últimas cien o doscientas zancadas las recorriste a toda velocidad, no como ahora, que cada paso supone despedazarte el alma. El cordero sobre tus hombros no pesaba. No volviste la cabeza, sabías que te seguían. A la entrada de la cueva, un hombre robusto, de tez morena y ojos brillantes no te impidió el paso. En silencio, dejó que cruzaras la abertura de la gruta, ficticia puerta. Al fondo, percibiste tibias vaharadas que adensaban el aire. Te acercaste. Haciendo caso del mudo gesto de silencio que te hacía con su dedo índice apoyado en los labios, de puntillas, aproximaste tu inquietud, tu ansiedad, tu impaciencia, tu exultante dicha. Allí estaba, dormido, un niño envuelto en pañales, su madre, tumbada a su lado, le calentaba con su cuerpo laxo y cansado y, escoltándolos, una mula y un buey impedían que el frío y la humedad de la piedra les alcanzara. Dejaste el cordero, y allí quedó, quieto, silencioso. Enmudeciste, contemplando el milagro de la vida durmiendo. No sabes, aún setenta años después, cuánto tiempo permaneciste perplejo ante el niño y la madre. Tu pequeña cabeza de pocos años no entendía.
En apariencia, os habían tomado el pelo. Sólo era un niño recién nacido envuelto en pañales. Un niño, como otros tantos centenares, millares o millones de niños: débil, indefenso, inútil, desvalido. Un niño que tendría hambre y sed y que pasaría las noches llorando. Te imaginabas al Mesías de otro modo, tal vez como el hombre semidesnudo había descrito: quizá poderoso, acaso armado, puede que dispuesto a luchar contra los que explotaban a los pobres. Sin embargo, el ángel o el enviado o lo que hubiera sido, lo había dejado claro, Un niño acostado en un pesebre y envuelto en pañales, y es lo que veías. Al fin, después de un rato, pensaste que tú no eras nadie para poner en duda los designios de Yahvé, que si él lo había decidido de ese modo, así debía ser.
Algo en tu interior retumbó, como dando la razón a esa idea. Amós, supiste la verdad, no lo dudaste, aunque no lo pudieras expresar, porque el misterio no se describe, o no sería misterio. Retumbaba tu corazón y temiste que su redoble, casi rugido emocionado, le despertase. Retumbaba en tu memoria la melodía celeste, y temiste que su recuerdo le despertase. Retumbaban las palabras del hombre semidesnudo y las del ángel, y temiste que el crepitar de su fuego luminoso le despertase. Retumbaban en tus oídos los pasos de tu padre y de sus compañeros, y temiste que el eco de sus descuidadas pisadas le despertasen. No sucedió. La madre sonriente y protectora te miraba y le miraba, te sonreía y le sonreía. El niño dormía, acostado en el pesebre, envuelto en pañales.
Están ahí, los oyes. Sabes que detrás de esa bifurcación, te toparás con ellos. Aparenta más calma de la que tienes. Juega las bazas que te obsequia tu edad, hazles creer que además de ciego y paralítico estás muy sordo, que entiendes mal el latín, peor que en la realidad. Pide al Padre que ninguno sepa arameo, que ninguno sea veterano de Palestina...
...
...Amós, lo estás logrando. Les tienes convencidos. Ahora es preciso que ninguno de los hermanos elija este camino y hayan huido hacia el Tíber... Se ponen nerviosos, Amós... Se han dado cuenta de que les engañas. Sí, viejo Amós, los soldados son observadores y se han percatado de que esta parte de los túneles se ha usado menos últimamente. Además, han perdido sus referencias. Te piden que des la vuelta y les guíes hacia la salida... Amós, tienen miedo... Sus voces te ensordecen, pero no te queda más remedio que seguir con tu papel de viejo sordo, aunque tu oído funcione mejor que el de los lobos... Eres valiente, Amós. No está mal, sentarte en mitad del túnel: si quieren caminar que caminen ellos, si quieren que vayas con ellos, que carguen con tu peso de viejo, ciego y paralítico. Lo más probable es que se pierdan, salvo que se hayan dado cuenta de esas pequeñas marcas que hay en algunas esquinas: peces, panes, corderillos, taus, o la ovejilla que acabas de dejar detrás. Será tu final, lo sabes... No auguras nada bueno de su espada. No te importa, viejo Amós. Al fin y al cabo, tus recuerdos no te los quitarán... Se impacientan... Mejor así. Prefieres una muerte rápida, que no la lenta por hambre y sed y frío; además, después de esta caminata por el intrincado laberinto oscuro y húmedo, te duele tanto el contumaz mordisco del lobo en las articulaciones que no sabes si aguantarás más tiempo... No ves...De pronto, no finges: no oyes, no oyes nada, Amós...
Sabes que ella, a la que amaste, está en la otra orilla y te espera junto a él, al que volverás a ver tras setenta años, toda una vida... Amós, viejo pastor, esta noche no dormirá, como aquella lejana y fría, luminosa y espléndida del mes de Tébet... Tu corazón retumba marcando como un viejo tambor, Amós, pobre pastorcito camino de Belén. Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Te cubre un cálido manto diamantino de música, y el mismo coro de voces desciende, se derrama, se dirige a ti, pone letra a la melodía que desquita el pavor amedrentado.

No, no te engaña tu oído.

______________________________________
(1) Ab: Quinto mes del calendario judío. (Mitad de julio a mitad de agosto). Se refiere al incendio de Roma del verano del año 64, del que fueron acusados los cristianos, lo que provocó la persecución de Nerón, que acabó con el martirio en el año 67, entre otros muchos cristianos, de S. Pablo, degollado, y S. Pedro (Cefas), crucificado bocabajo.
(2) Nisán: Primer mes del año judío (Mitad de marzo mitad de abril). Se celebra la Pascua, por ello eran muy frecuentes las peregrinaciones a Jerusalén. El Templo era el centro vital de la Nación y se hacían múltiples sacrificios, pues los corderos que por prescripción de la Ley se comían en la cena pascual, se compraban y sacrificaban allí. Según estudios consultados, la mayoría de la cabaña ganadera (ovina y bovina) pertenecía a la familia del Sumo Sacerdote, lo que le aseguraba poder, riqueza y opulencia.
(3) Las noche se dividía en cuatro vigilias de duración variable, en función de la estación del año y, por tanto, de las horas de oscuridad.
(4) Recuérdese que Jesús de Nazaret nació en el año 6 antes de Cristo.
(5) Tébet: Décimo mes del calendario judío. Mediados de diciembre a mediados de enero.
(6) Técoa: aldea sita 9,5 Km. de Belén. (Libro del profeta Amós, capítulo 1 versículo 1).
(7) Abba: Papá, papaíto en arameo.


jueves, 27 de diciembre de 2012

Impaciente Esperanza. Navidad 2003


Al mismo tiempo que la idea obsesiva, un sudor frío brota por cada poro de su espalda. Su rostro palidece. A través de su fina piel, se transparentan, opalinas, las leves venas. La de la sien, intrincada como angosto surco de río en su curso alto, tabalea a ritmo desquiciado, como agitada por baqueta invisible. Como el tamboreo arrítmico, un pensamiento inútil golpea sus neuronas, No es posible, no es posible... La desocupada caja de madera y la nota de su interior, lo desmienten: la constancia palpable de la oquedad donde debiera reposar la imagen...
Una vez tras otra, sus ojos recorren el mismo camino: desde la desvalijada caja, hasta la nota que sostiene inerte en su mano izquierda; desde allí, a la caja. En un minuto decenas de veces. Movimiento repetido y absurdo fruto de la angustia que le oprime el pecho.
Lee nuevamente el papel, como si no entendiera el mensaje, aunque sea sencillo. Frases mecanografiadas con anterioridad al momento de cometer el atropello. Palabras premeditadas y frías, pero angustiosas y desesperadas.
*
“Señor párroco, como ve, no hay Niño. No se preocupe por la imagen… siempre que sigan las instrucciones. La devolveré previo pago de doce mil euros. El dinero, en billetes variados y no muy grandes, lo envolverá en un paquete y lo dejará en la papelera de la salida de la iglesia en la medianoche de la víspera de Nochebuena. Si alguien está en la zona a esa hora y no recojo el dinero, no tendrán el Niño para la misa del gallo. De momento, olvídense de él para este Adviento...
Quizá piense cambiarla por otro a última hora. Si lo hace, pasará algo terrible. No intente trucos conmigo, estoy agobiado. Le aseguro que soy capaz de todo. Por experiencia sabe que la desesperación conduce a cometer verdaderas locuras.
A la policía ni palabra, por su bien, el de la Parroquia y el de la imagen. Ya sabe que el tema de robo de arte sacro es un asunto complicado hasta para la policía. Le llevaría meses que empezaran la investigación. Para entonces, lo de menos será la talla. Como entenderá, no mostraré mi juego. Simplemente sepa que tengo un plan B. No tiente la suerte.
Espero que el veintitrés de diciembre a medianoche deposite en la papelera ese dinero. Si así es, no se preocupe: a la mañana siguiente tendrá su talla iglesia.
En caso contrario, aténgase a las consecuencias.
El secuestrador”.
*
La nota es desesperada. Agustín, el párroco, se ha paralizado, como si le hubieran disparado un somnífero.
Tras leerla un par de veces más, entra en acción, por fin. Asciende las escaleras que conducen a la iglesia. Se olvida de la genuflexión ante el Santísimo. Sale hacia su piso. Casi tropieza con el escañil donde se sienta para la oración de la mañana; lo esquiva por casualidad, mas la finta le lleva al primer banco, el más próximo al altar, y, sin poderlo evitar, choca contra él. No hace caso al golpe, pero el moretón en el delgado muslo será considerable. Necesita compartir el disgusto con don Baudilio. Él, a pesar de sus años, o por ello, lo afrontará mejor.
*
La parroquia de la Esperanza, situada en un suburbio marginal, utiliza como iglesia lo que debieran ser garajes del edificio. No es amplia. Su escasa altura, y las columnas de hormigón, que dificultan la visión de los fieles, cuando el templo está concurrido, oprimen, más que elevan el espíritu.
En una parroquia así, el culto no tiene relevancia especial. importa otro trabajo. Pero, a veces, la liturgia es poderosa. Aún en las realidades más duras y acerbas, los símbolos, los signos, ayudan a elevarse sobre el sufrimiento cotidiano. Navidad es uno de esos momentos.
La imagen del Niño, ¿robada, secuestrada?, tiene historia. Cuando la Parroquia nació, hace quince años, la regaló el Obispo. Es talla del siglo XVIII de una belleza sin par, que figura en todos los catálogos artísticos. Representa un niño de días, mayor que de tamaño natural (setenta centímetros), de un verismo sorprendente. Se atribuye a la escuela de Salzillo, o a él mismo. Se afirma que el maestro murciano dirigió y supervisó su realización. Destaca el estudio anatómico del cuerpo. Los entendidos alaban, sobre todo, las manos (acogedoras, como las de una madre, y, a la vez, necesitadas, como si pidieran limosna) y la fuerza de la mirada, lanzada al futuro. A causa de la expresión que emana de su rostro, tiene culto bajo la advocación del Niño de la Esperanza, de ahí el nombre de la Parroquia.
Cuando el barrio, o suburbio, creció, fue necesaria una nueva Parroquia. El Obispo meditó que el barrio, sumido en tantos problemas y desazones, tendría por faro que iluminara un horizonte tan calamitoso la imagen del Niño. Donó la talla como resumen, o destino, del trabajo de los sacerdotes que allí cumplieran con su ministerio pastoral. Mas tal entrega fue criticada en la Diócesis. Sesudos y eruditos especialistas publicaron artículos denostándola. Pero él, lejos de ser influido por las críticas, las interpretó como demostración irrefutable del acierto en su decisión. La imagen sería la antorcha humilde y segura que iluminaría los pasos de los vecinos (creyentes o no, importaba poco). Cualquier otro Prelado lo hubiese colocado en lugar principal del Museo Episcopal, pero le pareció más útil en el suburbio donde el dolor de la miseria, del olvido, de la incomprensión, de la violencia, de la muerte, acampaba como un buitre en medio de la carroña más repelente.
*
Muchas veces, el párroco de tez pálida, casi transparente, ha meditado en esto y sabe que el robo es un daño atroz para la Parroquia, para el Barrio. De alguna manera invisible, e inexplicable, ha amalgamado sensibilidades, culturas, dolor... Ha visto más de un musulmán (marroquí, argelino, búlgaro), más de un ortodoxo (búlgaro, armenio, ucraniano), más de un agnóstico confeso (de cualquier nacionalidad, sobre todo español), más de un católico no practicante (español, colombiano, polaco, ecuatoriano), con los ojos vidriosos al contemplar la expresión de acogida del rostro de niño indefenso. Ha visto a más de una madre (cuya patria sería para siempre el sufrimiento), partida por el dolor que causa la muerte de un hijo por la droga, el sida o reyertas callejeras, implorar desesperadas súplicas al Niño, y salir tranquilas y reconfortadas, como si la mejor medicina hubiese calmado sus nervios, como si una suave gamuza usada desde el infinito hubiera limpiado las limaduras del dolor que hieren la piel del alma…
… La falta de espacio para construir un altar, y el miedo a que la contemplación de la imagen se convirtiera en idolatría, aconsejaron, desde el principio, reducir su culto a Adviento y Navidad. Tal era su fama, que en ese tiempo, muchos ciudadanos, no sólo de la Parroquia, acudían a venerarla.
Muy pocos saben el lugar en el que se guarda el resto del año. Quizá no sea el más seguro, pero nunca pensó que una mente cavilara su hurto. Además, una caja de seguridad en un banco es un coste que no se ha planteado la humilde Parroquia… Pero tampoco estaba tan a mano. Se debían de dar varias circunstancias: que estuvieran abiertas las puertas de la iglesia, del trastero, y del armario, o que la llave de éste estuviese en poder del ladrón. En los últimos años, no ha cambiado ninguna cerradura. Nadie las ha forzado, ni al perpetrar la fechoría.
De todos modos, una vez tomada la determinación, las medidas de seguridad se eluden fácilmente. A su memoria, además de él mismo y don Baudilio, acuden los nombres de varias personas conocedoras del lugar. Duplicar las llaves que reposan en la sacristía, a la vista, era simple. Y el resto del trabajo, más sencillo aún. No tienen ni alarma. ‘La falta de medios’, murmura en una queja lastimera.
Todas estas ideas son una turbamulta agolpada en su cabeza, como bullebulle de un guiso, que amenazan con reventarla. Sobre todas, le atormenta una. Tras la paralizante, no puede ser, repica en su cerebro otra, ‘¿Por qué?, ¿por qué?’, como una carraca de las usadas en su niñez durante la semana santa.
Hay tanta miseria en el barrio, que muchos podrían exigir doce mil euros. Enorme suma para él. Pero sus neuronas niegan que los más pobres utilicen al Niño como rehén para obtener dinero. ‘Pero sí los desesperados’, concluye impotente.
Exhausto, llega al pequeño piso que comparte con don Baudilio. Son las cinco de la tarde. Su fatal descubrimiento se ha producido unos diez minutos atrás. Faltan dos semanas para comenzar el Adviento, y aprovechó para ir al trastero por si la imagen necesitaba limpieza especial, o hubiera sufrido algún deterioro... Don Baudilio no se ha levantado de su siesta. Agustín se avergüenza, niño pillado en falta, al percatarse de que sus voces han despertado al anciano sacerdote. Los sobresaltados ojos enrojecidos del viejo le miran.
—¿Qué ocurre? ¿La guerra? ¿Un terremoto?
Agustín, todavía con el resuello entrecortado, balbucea.
—Peor, don Baudilio, mucho peor.
La faz del anciano despierta de golpe. Ya no es un rostro abotargado. Los oscuros ojos comienzan su característico movimiento circular. La amplia frente, surcada de profundas arrugas, encoge el ceño en un gesto híbrido de avidez y miedo. La gordezuela mano mesa el alborotado pelo albo. Los labios, ligeramente rendido el inferior, avanzan en una mueca entre rebufo y silbido. Tanta expresividad sólo sustituye a una frase, ‘Hable ya, alma de cántaro’, muletilla muy usada por don Baudilio.
Agustín, al fin, toma aliento, pero no habla, sino que le tiende el papel que continúa en su mano, como adherido a ella. Nada más hacerlo, se sienta en el sofá frente al televisor, que, a veces, les sirve de distracción, y espera, con la cabeza escondida tras las manos, a que el otro lea.
El anciano sacerdote se desploma, junto a Agustín. La lectura del escrito le ha fulminado. Agustín se da cuenta, tarde, de que tenía que haberle preparado. El viejo está delicado del corazón, y un disgusto así puede ser fatal. Don Baudilio palidece. Nota que los latidos de su corazón se aceleran sin control. Desabrocha el alzacuellos que había abotonado al despertar. Un sudor frío baja por su nuca. Agustín, asustado, se precipita a la cocina. Con un vaso de agua que gotea, retorna a su lado, ¿Necesita alguna pastilla, u otra cosa?
Desde el primer día, se tratan de usted, y aunque la confianza es mayor que en personas que se tienen por amigos inseparables, nunca han apeado el tratamiento. Después de diez años no van a cambiar. En esta ocasión, basta el frescor transparente del agua. Don Baudilio deniega con la cabeza.
—Gracias, Agustín, pero para otra, prevéngame, o me deja en el sitio… Ahora mi corazón no importa. Deberíamos de hacer algo ¿Qué sugiere?
El párroco entiende que la pregunta no es la más adecuada
—De momento, nada. Lo primero, estudiar el mensaje y ver qué se nos ocurre…, si se nos ocurre.
Don Baudilio asiente. Mejor no actuar a tontas y a locas. Cada paso es muy importante. El viejo sacerdote siente que sus latidos ralentizan su ritmo frenético, poco a poco…
*
Herme, te veo demasiado preocupada. Hermelinda asiente blandamente. Tras sus ojos claros, acuosos, decolorados por la vida, se otea la zozobra, la preocupación, el llanto. Es su nieta Gema que se pierde con ése, según su parecer. No ha escuchado. Caridad habla a las paredes. Caridad, desde su paciencia infinita, contempla el desmoronamiento de su amiga.
A sus años, si la piqueta comienza su obra, basta con pocos y selectivos golpes sobre el lugar adecuado para que el edificio se derrumbe como una torre de arena. Caridad, con la perspicacia cosida a su mirar ámbar, intuye que el impacto erosiona el centro del corazón, hogar del amor a su nieta. La niña, así le dicen, es sombra esfuminada, de lo que fue. Caridad sospecha, con un pellizco angustiado retorciéndole el alma, que ha ido más lejos de lo que ella sabe. Le asusta la senda que transita la chiquilla tan guapa, tan crecida, y tan libre para un barrio en el que acampa la hediondez de la vida. Caridad, las huesudas manos largas sobre el vientre enteco, intuye que Herme sabe algo nuevo que le conduce a la angustia asfixiante que causa la caída del ser amado al hondo precipicio. Caridad habla por matar el tiempo y escruta el silencio ensimismado de Hermelinda.
A veces los ojos incoloros de Herme, caen en la cuenta de que su enjuta vecina emite sonidos. Caridad desconoce que todo le hastía. Pero la costumbre impide decirle que no acuda cada tarde a tomar un café hasta que, a las ocho menos cuarto, agarradas del brazo, se dirijan a misa.
Hoy a Caridad, la situación de su amiga le parece peor.
—Herme, o me dices qué es lo que te pasa, o vamos a tener un disgusto tú y yo ¿Ya no hay confianza…?
Hermelinda asiente sin ton ni son. De nuevo, le atenazan  negros pensamientos, que la alejan del pequeño salón presidido por la mesa camilla cubierta de un mantel de ganchillo amarilleado por el transcurso implacable de los años. Caridad palmea sobre la mesa. El respingo de su amiga es prueba del aterrizaje al mundo real.
—¡Uy, perdona, hija, es que no te prestaba atención! Los años ya sabes… En fin, ¿qué me decías?
—Ni años ni nada —responde Caridad con brillos dorados en su mirada—. Que te ocurre algo gordo, que no tengo un pelo de tonta, y más sabe el diablo por viejo que por diablo… Llevo viéndote como empeoras en estas últimas semanas.— Tras un suspiro concluye. —Esto no puede seguir así, o me dices qué te ocurre, o dejo de venir a ver. ¿Para qué estamos las amigas?
Hermenilda no contesta. Un copioso río desciende por sus regordetas mejillas, demasiado pálidas. Saca un pañuelo hecho un gurruño en las profundidades de su bata azul marino, y, tras secar los párpados, suena las narices. De su garganta sólo nace un suspiro.
—La niña…
El llanto vuelve a inundar su mirada. Es como si tanta lágrima tuviera la misión principal de decolorar su iris. Su orondo pecho asciende en un rítmico movimiento de profundidades desconocidas. Caridad, levantándose con celeridad pasmosa, se acerca a su comadre, y la agarra los muelles hombros. Comprende que no es momento. Quizá otro día. Quizá después de la misa. Intuye que al decir, la niña, es como si hubiera abierto el grifo: todo lo demás vendrá por su propio peso, pero no conviene forzar las cosas. Hay mucho dolor, y sacarlo todo de golpe puede herir más que hacer algún bien. Como si tuviera a una niña pequeña en sus brazos, desde el respaldo de la silla, Caridad mece a Herme, una nana sin letra crece en su garganta. Hermelinda murmura.
—La niña que se pierde, Caridad, la niña…
*
Ambos sacerdotes se miran. En unas horas se han aprendido de memoria el mensaje. Descartan dar parte del secuestro del Niño de la Esperanza a la policía, o al Obispado. Supondría muchas complicaciones y temen las amenazas vertidas en el mensaje. Primero investigarán. Por lo menos hasta el comienzo del Adviento. Salvo ellos y el secuestrador, nadie sabría la desaparición de la talla. En ese sentido, ha sido providencial la antelación de Agustín para recoger la pieza. De la nota deducen que el secuestrador, es un hombre, que conoce la existencia y el valor de la imagen, además del lugar donde se hallaba, por no decir que sabía las costumbres de la vida parroquial. Pero eso, con ser algo, reduce poco las sospechas. Podría ser casi cualquiera, o como dijo don Baudilio ‘Cualquier parroquiano’. Otra conclusión, no por obvia descartable, es que pasaba dificultades económicas, aunque no apremiantes, pues podía esperar hasta final de año. ¿Deudas de juego, chantajes, créditos, algo relacionado con la droga, una operación quirúrgica…? Agustín traza un leve plan. Indagarán entre los feligreses más cercanos, entre sus colaboradores de confianza, intentarán sonsacar nombres de las personas que estén más necesitadas.
Don Baudilio, pesimista, se pone en lo peor.
—Si no lo recuperamos antes del Adviento, ¿cómo lo explicaremos?
Esta pregunta torturaba el atormentado pensamiento de Agustín, oscuro laberinto sin salida. Daba por supuesto que no recuperarían la talla en tan corto tiempo: sólo once días para desentrañar un misterio de esa magnitud. El secreto invisible de un secuestrador que permanecería mudo durante más de un mes. Si cumplían con sus exigencias, nunca sabrían quién era. Si no cumplían, temían, incluso, por su integridad física… Por no hablar de los riesgos que se desprendían de ese supuesto ¾para ellos cierto¾, plan B. Agustín, que meditaba a velocidades asombrosas, sólo llegó a una conclusión.
—Si sucede eso, no nos quedará más remedio que hablar con el Obispo, y obedecer; hasta entonces, orejas atentas, ojos vigilantes, astucia a raudales y mucha oración… No se me ocurre más… Por no hablar de la imposibilidad de obtener doce mil euros, salvo milagro.
*
Caridad, viuda desde hace veinte años, se dedica a su casa, sus dos nietos y a las necesidades relacionadas con la intendencia parroquial. Inquieta por naturaleza, la intensa actividad de su cuerpo y de su mente, le han hecho, a sus setenta y tantos años una mujer, más que delgada, enjuta. De su enteco cuerpo, brota una vitalidad contagiosa, manantial vigoroso. Con la pensión de viudedad tiraba. Como ella decía, Para lo que una necesita, me sobra.
Su día comienza temprano. Mientras toma un café negro, como la madrugada, escucha las noticias que salen del viejo transistor. Recogidos los cacharros del desayuno, tras ventilar el pisito, lo limpia. Antes de las nueve y media, abre la iglesia, y tiene todo dispuesto para la misa de diez que oficia don Baudilio. Mientras, ella limpia aquí y allá, ordena la sacristía, lee algún libro de los que tienen desparramados por doquier los curas. Por la mañana, no escucha misa, prefiere la de la tarde. Acabada la ceremonia, salvo algo especial, cierra la iglesia, y hace la compra. Poca cosa: filetes de pechuga de pollo, o pescado congelado, verdura, algún día fruta, leche, huevos. Ya en casa, llama a su nuera, Casilda, por si hace falta que le eche una mano con los chiquillos. Los dos nietos, Raúl y Óscar, son su perdición, pero su hijo vive al otro lado de la ciudad, y, salvo urgencias, los visita los sábados por la tarde. Después, en la cocina, escucha las noticias locales. Antes de preparar la comida, y si el tiempo no es malo, pasea por el barrio. De este garbeo cotidiano, ha sacado amistades, y se ha convertido en una persona querida. Le produce verdadero dolor de corazón ver a tantos chicos y chicas jóvenes hastiados de hacer nada, sentados aburridos en los bancos del parque, colgados del tiempo, contemplando impávidos el tictac de la vida. Chicos que no quieren, o no pueden seguir unos estudios, y que, mano sobre mano, se pasan las horas… Ve la telenovela que echan en la primera. Luego, baja al piso de Herme, y después del café, van a misa. Se acuesta muy temprano, tras escuchar el tiempo. Duerme como una roca.
En uno de sus paseos de mediodía, dos años atrás, descubrió, en un jardín famélico, a Gema, la nieta de Hermenilda, con sus quince años recién cumplidos sentada en las rodillas de un joven de apariencia marroquí. A Caridad no le disgustaba que la chiquilla se enamorara de un extranjero. Desde una clarividencia que le brotaba de sus dotes de observación, sabía que las mixturas serían más que frecuentes en el barrio. Lo que le molestó es que el chico sobrepasaba la indolencia, y rozaba la delincuencia. Aquella mañana decidió no decir nada, e investigar. Supo que el joven, poco mayor que Gema, se llamaba Ahmed y que era hijo de la viuda Nahwäll que trabajaba en un hotel de la zona rica de la ciudad, como limpiadora. Un trabajo duro, de horarios inhumanos, mal pagado, que le impedía estar con su hijo. Ahmed y su madre llevaban en el barrio más de seis años. Nahwäll era querida y respetada entre sus vecinos, pero el chico no tenía la misma fama. Descubrió que se decía que andaba relacionado con cierto grupo de pequeños traficantes de hachis y cocaína. Oyó que utilizaba la navaja con prontitud. Las noticias eran malas. Descubrió que Gema estaba totalmente enamorada del chico y que haría cualquier locura por él. Observó más de una vez que le entregaba dinero. Supo que la chica, gracias a Dios, no probaba la droga. De momento. No esperó más. Se lo contó a su abuela. Fue lo más cauta posible, pero el golpe, aunque Hermelinda no lo dejó entrever, fue duro. Ella le advirtió, y no volvieron a hablar más del asunto.
Habían pasado un par de años y la pareja no se separaba. Gema dejó los estudios. Ocupaba su tiempo haciendo cursos de lo más variopinto: peluquería ¾la cabellera de su abuela era el lugar de sus prácticas¾, corte y confección ¾varios vestidos y otras prendas que encontró por casa sirvieron de campo de batalla para sus ejercicios¾, taquimecanografía ¾lo que sirvió para desempolvar la vieja OLIVETTI que utilizó su madre hacía tantos años¾, informática, puericultura... Mientras, se sacaba algún dinerillo cuidando niños en las zonas pudientes de la ciudad.
Caridad, con la invisibilidad que le daba su edad, observaba que los chicos cada vez estaban más tiempo, solos. También se percató de que cada vez se hablaba menos de Ahmed. De hecho, en alguna ocasión, oyó que le contrataron como aprendiz de albañilería. Eso le tranquilizó.
Aquella mañana, salvo el café negro, las noticias y abrir la iglesia, no hacía nada de lo que le ocupaba su tiempo. La víspera Hermenilda le abrió el corazón. La niña se iba de casa, a vivir con su novio, en un apartamento alquilado. Por fin trabajaba en una peluquería. Un contrato de seis meses. Pero lo peor no era eso, lo peor es que estaba embarazada y no tenía pensado casarse. Acabó su confesión, rendida y hundida en el fondo de su vida.
—Pude aguantar ver cómo mi yerno destrozaba la vida de mi hija, antes de que aquel cáncer lo devorase; he soportado que mi hija viva fuera de la ciudad y me escriba una vez al año, por compromiso; puedo llevar que mi hija y mi nieta casi no se conozcan… Casi entiendo que mi hija culpe a Gema de ser la causa de sus desdichas, y eso que la pobre solo hizo que nacer… Pero, ¿cómo podré soportar que mi nieta se hunda en ese abismo? Caridad, ¿cómo lo soportaré? —y añadió con acento más amargo— ¿Es que las mujeres de esta familia tenemos que enloquecer cada vez que nos enamoramos…?
Quizá se refiriera a su propia experiencia. Algo había oído Caridad, pero por respeto a su amiga, ni siquiera pensó en ello.
*
Una semana desde que Agustín descubrió el secuestro del Niño de la Esperanza. En esos siete días él, y don Baudilio apenas han pegado ojo. Sus pesquisas han pinchado en hueso. Salvo lo que ya sabían, que el dolor, la miseria, la marginalidad, la soledad, la delincuencia, el detritus de esta sociedad, almacenado en el barrio de la Esperanza, hace aumentar el número de sospechosos por minutos. Rara es la historia que llega a sus oídos que no pueda, si no justificar, al menos explicar que su protagonista secuestrara al Niño.
Al abrir el buzón para sacar el correo, Agustín ha descubierto un sobre blanco, sin remite, sin matasellos. No alberga dudas. Más que subir, galopa al piso. Don Baudilio no ha regresado de decir su misa. No sabe si esperar. La impaciencia, escozor insoportable de la conciencia, no le deja parar quieto. Va a  abrir el sobre, cuando siente el llavín en la cerradura.
—Venga, don Baudilio, estoy seguro de que el secuestrador nos ha escrito.
El anciano no ha entendido bien
—¿Cómo dice?
—Sí, mire este sobre sin remite, sin sello. Estoy por apostar que el secuestrador no envía otro mensaje.
Una vez abierto, aparece un folio doblado, mecanografiado como el primer mensaje:
*
“Señor párroco, a estas alturas, habrá descubierto el secuestro del Niño. Si no lo ha hecho, esta noticia será muy dura para su ánimo. Si así es, le digo que tengo en mi poder al Niño, y salvo que cumpla al pie de la letra lo que le dije en la primera carta (que dejé en la caja donde lo guardaban), aténgase a las consecuencias. Recuerde que la desesperación es mala consejera, y yo estoy desesperado. Espero que no haya hecho ningún movimiento en falso. Tengo medios para enterarme de inmediato. No lo intente.
El motivo de este mensaje, además de asegurarle que el Niño goza de espléndida salud, es recordarle que vaya pensando en el dinero. No observo que esté haciendo nada en esa dirección. Y eso es lo único que debe importarle. También le escribo para prevenirle de la tentación de explicar algo a la Parroquia. Mi paciencia soportaría mal un revuelo. Imagínese todas las beatas chillando y llorando. Al momento se lo dirían a la policía. Un fastidio.
Por si acaso tiene algún problema, le sugiero que diga que no van a sacar al Niño en el Adviento porque han pensado algo distinto. Diga, por ejemplo, que así vivirán mejor la Navidad. Que la Parroquia va a vivir este Adviento con impaciente esperanza ¿Qué le parece? ¿A que no está mal? Incluso el Obispo le aplaudiría... Mientras tanto, no se olvide del dinero. Recuerde, billetes variados, pequeños, envueltos en un paquete hecho con papel de periódico, la víspera de Nochebuena.
     El Secuestrador”.
*
Ambos sacerdotes se miran incrédulos. El secuestrador estaba inspirado. Ha resuelto el primer problema. Podrán justificar la ausencia de la imagen este Adviento. Y no será mala explicación. Incluso, en el caso improbable de que lo recuperaran para Nochebuena, podrían extender para otros años esa costumbre. Agustín murmura sorprendido.
—No está mal pensando, la impaciente esperanza… Suena bien… Es casi teológico.
No les cabe duda. Se trata de alguien cercano. Quizá más próximo de lo imaginable. La intuición les azora más aún. Puede ser cualquiera, afirma apesadumbrado don Baudilio.
De este mensaje se desprende otra conclusión evidente, que susurra Agustín.
—Nos vigila… Por lo menos a mí. De usted no dice nada; aunque si es verdad que me conoce tanto, seguro que sospecha que usted está en el ajo.
El silencio hace presa de la mañana en el humilde piso. Tras unos minutos, la voz del párroco se oye, en un murmullo dolorido.
—Habrá que pensar en conseguir el dinero.
*
Caridad lleva días sin dormir como ella suele. Mil pesadillas acosan su sueño. Don Baudilio se lo ha notado.
—Caridad, me tiene preocupado; la veo nerviosa, con cara de sueño.
La enteca mujer se derrumba. Son demasiados días con la preocupación encima. Decide contar al sacerdote la historia de la nieta de Hermenilda. Don Baudilio asiente a todo, preocupado. El grueso labio inferior se desploma más que de costumbre. Conoce de sobra a la anciana. Bautizó a la niña hacía diecisiete años. ‘Estos jóvenes’, murmura. No tiene otro comentario.
El viejo sacerdote es consciente de que este caso no es el peor posible. Las probabilidades de que la mayoría de los jóvenes del barrio acaben en una situación más trágica, cada día son más evidentes: inmigración y desarraigo, paro y droga que empuja a la delincuencia, ideas que le sobrepasan. La tozuda realidad del macabro presente sobrepasa lo que aprendió en el seminario, y lo que le enseñó la vida. Don Baudilio se pregunta si la parroquia puede responder a estas situaciones. Una parroquia cuyo nombre es Esperanza, ¿qué esperanza se puede entregar a estos chicos y chicas que deambulan por la vida sin ninguna ilusión a la que aferrarse? No puede por menos de exclamar
—¡Y ahora sin el Niño!
A pesar de sus preocupaciones, a Caridad no le pasa desapercibido el comentario.
—¿Qué dice?
El cura se estremece. Se ha ido de la lengua, pero no tiene remedio. Desde hace días, barrunta que deberían hacer más que estar atentos. Intuye que sin ayuda no conseguirán nada. La carga del hurto es demasiado pesada para sus endebles fuerzas. Necesita que alguien más conozca el tema. Cree que más ojos atentos lo resolverán mejor.
Con un suspiro, no sabe si de alivio, o de pesar, cuenta todo a Caridad. Ella es la menos sospechosa de cometer tal tropelía. Según los mensajes, es un hombre. La mujer no comparte su vida con ninguno. Ni sus amigos son del sexo masculino.
Concluida la historia, Caridad se siente más anonadada. Otra preocupación ocupa su corazón. En los últimos meses, no ha notado que ningún extraño haya entrado o salido de la iglesia. Ni echó en falta las llaves. Aunque, siendo sinceros, no se fijaba en ellas cada mañana.
—¿Por qué no se lo dicen al Obispo?
 El cura se encoge de hombros.
—Agustín no está conforme; cree que sería un duro golpe para la Parroquia… Lo más probable es que desde la Diócesis se alcen las voces de los que han considerado una locura que el Niño no esté a buen recaudo en el Museo.
La mujer asiente.
—Pero si no se hace nada, habrá que pagar doce mil euros… Aunque se diga a unos cuantos, con lo que nos dieran no sacaríamos ni para medio brazo.
De nuevo la realidad tozuda y lacerante. Han estudiado las posibilidades de encontrar el dinero. La cuenta corriente de la Parroquia no llega a los dos mil euros. Las de los sacerdotes, menos. Pensaron solicitar un préstamo, pero, hipotecando su piso, los intereses les ahogarían durante años. Aunque, una vez recuperada la talla, hiciesen público todo, quizá recibieran alguna ayuda para afrontar tales gastos; mas la situación económica de los fieles no es mejor. Por no hablar del riesgo que corrían si tal hacían: la venganza del secuestrador. Acudir de forma personal a algunos de los feligreses era otra posibilidad, pero habían de contar la historia, y ese riesgo, si se fiaban de las amenazas escritas, era inmenso. Estaban atrapados: no querían que el secuestrador supiese que contradecían sus órdenes, pero no tenían dinero para pagarle. Éste fue el error del desesperado ladrón: suponer que la Parroquia disponía de tal cantidad, o de los medios para obtenerla. La mujer, aunque no se lo explica bien, intuye errores.
—Don Baudilio, creo que se equivocan. Si le parece, nos vemos esta tarde a las siete y media con Agustín.
Don Baudilio asiente, confortado su fuero interno, Prudencia, Caridad, no vaya con el cuento a cualquiera.
Los inquisitivos ojos melosos de ella sonríen con un acento parecido al de la picardía. O eso le parece al sacerdote.
*
Caridad tiene algo nuevo qué pensar. La mañana se le va en un vuelo. Quizá sea demasiada casualidad, pero algunas cosas de la historia de Gema empieza verlas de otra manera.
El enteco cuerpo de la anciana se llena de energía, como si un chorro de vida recorriera veloz sus venas. Necesita ver con urgencia a su amiga; pero, de momento, no le contará nada.
Comprende la postura de los sacerdotes. No conviene levantar la liebre con prontitud. Tampoco conviene que su amiga sufra otro golpe, sin antes comprobar algo. Quizá todo sea fruto de la imaginación. Pero las cosas le cuadran. Sin embargo necesita pruebas, al menos una.
*
Agustín está un poco enfadado con don Baudilio. Cuando, ante el humeante café, le confiesa que le ha contado lo del secuestro a doña Caridad, el párroco ve fantasmas.
—Está hecho — suspira al fin—. ¡Ojalá que la mujer no se vaya de la lengua!
Cuando reflexiona con más calma, una vez pasada la primera ofuscación, le intriga la cita de la tarde. ¿Caridad sabe algo? Quizá no ha sido mala idea contárselo. Al fin y al cabo, ella se pasa mucho tiempo en la iglesia y podría recordar.
Puestos a fantasear, podría suceder que la vieja sea cómplice, precisamente porque está al tanto de todo, porque no sospecharían de ella. O pudiera ser víctima de un chantaje que le hubiera obligado a perpetrar la fechoría. En este barrio todo es posible. O que la cita sea una trampa.
Las horas que restan hasta las siete y media, serán agobiantes. Horas de persistentes miradas angustiosas a las manecillas del reloj, que se moverán más despacio de lo habitual.
*
Cuando don Baudilio le ha contado la historia del secuestro del Niño, al hablarle de las dos notas mecanografiadas, le ha venido a la cabeza la vieja OLIVETTI que reposa en la habitación de la chica. En alguna de las visitas de las últimas semanas, le sorprendió el sonido de las teclas del artefacto en la habitación de la niña. Pocos días después, una mañana, vio a Gema merodeando por la iglesia, pero no le dio importancia. Sin embargo, cuando el viejo sacerdote le ha contado la historia, una especie de mordisco premonitorio ha rasgado un pedazo de alma…
…Ha sido más fácil de lo que esperaba al planearlo. Menos mal que se le ha ocurrido lo de su nuera. Una pequeña mentira, piadosa, que no pasará de pecadillo venial. Bien guardado en su bolso, está el papel mecanografiado. Sabía que, después de la hora de la comida, Gema estaría con su abuela. Tenía que actuar con disimulo, aparentar urgencia por su nuera. Se perdería el capítulo de la telenovela, qué le iba a hacer.
Nada más comer fue donde Hermelinda e interpretó.
—Perdona que te moleste, pero necesito tu ayuda.
Herme no sospechaba
—¿Qué ocurre?
—Cosas de Casilda... Me ha llamado; dice que va a presentar una solicitud de trabajo mañana por la tarde—. Lanzado el anzuelo, necesita que lo muerda. —Pero al sitio al que va, un hotel de lujo, lo más seguro es que quieran que vaya escrito a máquina… Figúrate que no tienen máquina de escribir, ni ordenador, ni esas cosas modernas, y yo, pues, me he acordado de la niña, que tiene ahí la máquina…
Hermelinda no le dejó acabar.
—Vamos, que le has dicho que te encargabas.
Caridad asintió, con oculta satisfacción. Un pellizco de lástima recorrió su alma, pero no tenía remedio.
—Si es que la niña quiere, claro; no sé si estará —e introdujo una nota de relajación—. Si no está, pues esta noche me avisas, y cuando llegue, bajo, y lo hacemos, y mañana se lo llevo a la Casilda.
Hermenilda sonrió.
—Tienes suerte, querida, la niña está; mejor que sea así, porque a la noche le darán las tantas, si es que viene…
En este punto, Caridad notó cómo los ojos de su vecina se tornaban vidriosos por unas lágrimas que se le agolparon en el lagrimal. A ella le aumentó la intensidad del dolor. Pero su vecina impidió que brotaran del todo. Tras un manoteó, continuó hablando.
—Tú verás, todo el día encerrada en su cuarto, que no sé a qué se dedicará, y cuando anochece, a la calle. La vida al revés. Si es que esto no es vida… ¡Gema!
Fue coser y cantar. A Caridad le admiró la soltura con la que la niña le daba a las teclas, parecía una pianista. Ni un error. ¿Cómo era posible que sólo hubiera encontrado trabajo en una peluquería y no de secretaria en cualquier oficina?
*
—No hay duda la máquina es la misma... Pero, ¿por qué Gema?
Don Baudilio y Agustín, contemplan atónitos la identidad de los dos mensajes y de aquella supuesta solicitud de trabajo. Incluso el papel es del mismo tipo.
Ambos sacerdotes están solos en el cuarto de estar de su casa. Caridad les dio el papel y no quiso saber más. Simplemente les dijo, mientras les dejaba a solas con su responsabilidad.
—Les ruego que me llamen a casa y me digan si es la misma máquina; no me tengan con esta incertidumbre toda la noche, por favor.
Ambos asintieron. La llamada se había producido ya. La reacción de Caridad ha sido la esperada. Un copioso llanto, casi silencioso, intuido por los sacerdotes a causa de ciertos entrecortados suspiros. La enjuta mujer sabía sufrir en silencio. A veces, acertar es más doloroso que equivocarse.
Agustín se prometió no volver a hacer conjeturas sobre las personas. La mujer le había dado más pruebas de sensatez, de discreción y de intuición en unas pocas horas, que las que él había demostrado en estas semanas.
Allí, mudos, cabizbajos, bloqueados, están ambos sin saber qué hacer. Casi era peor haber dado este paso. Conocen a la chica, conocen a la abuela. Agustín, más enterado de ciertas cosas que don Baudilio, sabe lo del noviazgo con el joven marroquí. Es más, hace un par de semanas le ha llegado el rumor de que pronto se irían a vivir juntos. ¿Cómo afrontar los hechos? La voz del viejo sacerdote resuena firme.
—No podemos acusarla.
Agustín, asiente.
—Quizá sea bueno hablar con ella.
 Don Baudilio niega.
—No me parece buena idea, puede tomárselo a mal; no olvide que tiene la talla y no sabemos qué hará con ella; tendremos que inventarnos otra cosa; me parece que dos sacerdotes no somos las personas más preparadas para estas cosas…— Tras un suspiro continúa. —Si habláramos con Caridad a ella se le pueda ocurrir algo… Además, tenemos que pensar en la pobre abuela; cuando se entere, le puede dar una apoplejía.
El párroco asiente en silencio. Su alma está tan cansada que casi no tiene capacidad para más. Con un gesto de su poderoso mentón, señala al teléfono.
—Adelante, aún no es muy tarde, seguro que Caridad no se ha acostado.
*
El revuelo ha sido muy grande. La misa dominical está más concurrida que otros domingos. Empieza el Adviento y anhelan contemplar al Niño de la Esperanza. Demasiado dolor se condensa en las entrañas, y es necesario que la mirada de recién nacido les dé fuerza. Al entrar en el templo todos notan la ausencia de la talla. Ha habido miradas de extrañeza, pero no se han turbado. En otro momento de la misa, o al final, los sacerdotes sacarán al Niño. Las palabras del párroco, sin embargo, han recorrido como un huracán muchos espíritus.
—Cuando Dios prometió, por los profetas que enviaría al Salvador, pasaron cientos de años hasta que llegó. Muchas generaciones murieron sin verlo. Cuando la Virgen recibió el anuncio del ángel, tampoco ella, aunque lo llevaba en su seno, pudo contemplarlo hasta nueve meses después. Esto lo entendéis muy bien las madres. La certeza de que un hijo llega, la impaciencia por tenerlo en vuestros brazos, la esperanza de que esté sano, y de que en la vida le vaya mejor que a vosotras… La naturaleza es sabia, y nos da un tiempo para que preparemos con calma su llegada, sobre todo, nuestro corazón. Además de que se forme y crezca el ser que la madre lleva dentro, el tiempo de embarazo sirve para que la madre prepare su corazón a la nueva vida que está a punto de recibir… Pues bien, este Adviento, cada uno de nosotros debe de ser una madre… Tenemos la suerte de poseer una imagen de una belleza y una expresividad tal, que a muchos nos cuesta imaginarnos al Niño de Belén de otro modo que no sea el suyo. Para este Adviento, hemos pensado que nos debemos preparar. Debemos experimentar lo mismo que vivieron los profetas, o María. Como os decía, que seamos madres que ansían que nazca su hijo, pero saben que lo mejor es que el hijo nazca en su momento, ni antes, ni después… Sabemos que en menos de un mes nace Jesús. Ése que ansiamos, ése que nos da esperanza para afrontar los problemas del resto del año… Vivamos el Adviento gestándolo en nuestro interior… Hemos decidido que este Adviento sea de impaciente Esperanza. Preparemos el espíritu para desear con más fuerza la llegada del Niño en la Nochebuena. Vivamos la Esperanza de su venida. Pidamos con energía, que el Señor venga a nosotros.
Agustín, consciente de sus palabras, queda en suspenso. Teme la reacción de los más fervorosos. Hay tanta desesperación, tanto dolor, tanta angustia, que pedirles que esperen un mes parece superior a sus fuerzas. Desde el púlpito, escruta los rostros. De momento, la sorpresa vence a otros sentimientos. Pero, en minutos, percibe una vaga sensación de odio y resquemor, o de dolor y desesperanza. Sorprende miradas tensas, tristes, desilusionadas, hoscas. Hay rebullir inquieto, cual aleteo de murciélagos, en los bancos.
Comienza la marejada.
*
La noche ha sido muy larga. Después de varias semanas, las cosas se precipitan. Esta mañana ha llegado el momento. Agustín a penas ha dormido. Don Baudilio ha descansado mal. Caridad ha tenido pesadillas. Hermenilda ni se ha acostado.
Llamaron a Caridad pidiéndola ayuda. La mujer sugirió calma. Antes de tomar una decisión de la que se pudieran arrepentir, debían de estudiar todo despacio. Tenían una gran ventaja: ahora sabían quién era el secuestrador, o, mejor dicho, secuestradora. O sea, que podían vigilarle. Primero sería conveniente conocer qué movió a la niña a tal acción. Seguro que estaba muy desesperada, y ante la desesperación, mejor meditar cada paso.
—Total, tenemos todo el Adviento para pensarlo; puede ser un Adviento muy especial para nosotros… De momento, sabemos mucho más de lo que sabíamos.
Caridad sugirió que le dejasen realizar unas pesquisas para centrar el asunto. Esperaba, en tres o cuatro días, conocer las causas que movieron a Gema a actuar de ese modo, verificar si había actuado sola (barruntaba que no, que Ahmed no andaría muy lejos del asunto) y saber dónde escondían la imagen, más que nada por, si las cosas se complicaban, poder devolverles la jugada. No había que descartar ninguna hipótesis.
Aunque lo intentara, no podía evitar hacer partícipe de toda la historia a Hermenilda. Su vecina debía de ser su cómplice. Así se lo planteó a don Baudilio. Los riesgos eran innecesarios de describir. La rechoncha abuela tendría que optar: o la Parroquia o Gema. Ardua decisión. Habría que convencerla que la mejor forma de ayudar a su nieta era impedirle que llevara a colmo un plan tan insensato, tan peligroso y tan dañino para el barrio; por no hablar de las posibles complicaciones con una hipotética, aunque no imposible, intervención de la policía. Al fin y al cabo, el robo de imágenes sagradas, con tanto valor histórico artístico, es asunto delicado.
Caridad decidió que lo mejor era plantearle a la abuela que la única forma que tenían de salvar a la chica era parándole los pies, y para eso lo mejor era que Hermelinda fuera incluida como la pieza clave del plan. Ella debía de ser la espía del grupo que indagara dónde estaba la imagen, que husmease si el marroquí estaba tras el asunto y que, en lo posible, averiguase las razones que llevaron a los chicos a cometer tal acción.
Don Baudilio asintió, imaginó que Agustín no pondría pegas. Además, el párroco tenía bastante con lo suyo. Desde ese domingo, no cesó de recibir llamadas, notas. No podía casi estar en la calle. Todo el mundo le rogaba, le pedía, le exigía que sacase al Niño, que ya estaba bien de tantas monsergas, que no cambiara las costumbres. Y esto era lo más suave. Le llegaron anónimos con brutales amenazas. Más de uno le prometió que el asunto acabaría en manos del Obispo, y que se atuviera a las consecuencias. Justo lo último que pretendían.
La misa del siguiente domingo se presentaba complicada. Pero lo único que ocurrió es que el número de fieles descendió respecto del anterior. A la salida, presenció agrias discusiones entre los que entendieron el mensaje y lo compartían y los que, a toda costa, querían venerar la imagen del Niño durante el Adviento.
Al martes siguiente, la cosa tomó un giro imprevisto.
El corazón de Hermelinda parecía que se desintegraría de tanto dolor, tras escuchar lo que su amiga le contó. Se negaba obstinadamente a creerse aquellas palabras. Hasta que Caridad le enseñó las notas del secuestrador y la supuesta petición de empleo que había escrito Gema en su presencia. El silencio, un silencio denso y dolorido, un silencio que caía sobre su ánimo como golpes definitivos sobre el corazón malherido, fue su primera reacción. Pero, al contarle Caridad el ángulo positivo, vio posibilidades.
—Herme, lo que ha hecho tu nieta, además de una fechoría, es una señal; una chica como ella, al lado de un crío como Ahmed, podía pensar muchas otras maldades; una niña como Gema tiene medios para sacar dinero de otra manera… No sé si me entiendes… Si han acudido a esto, es porque no quieren volver a delinquir… Estoy segura de que los chicos tienen problemas, no sé por qué lo han hecho; y eso es lo primero que averiguaremos; pero, sin duda, buscan solucionar algo para vivir de una forma honrada; no sé si pensar que el secuestro del Niño, en el fondo, es un mensaje, como si dijeran: el único que nos puede solucionar esta papeleta es el Niño… Además contamos con la ventaja de que nos han dado tiempo: ellos no saben que sabemos que han organizado el lío… Por no saber, ni saben que su abuela y su mejor amiga, están enteradas del asunto.
Tras las lágrimas liberadoras, la abuela pudo hablar.
—Creo que sé por qué quieren el dinero: la entrada de un pisito en los bloques que están construyendo más abajo; por lo que me contó Gema, el alquiler les parece un robo, y no quieren estar toda la vida sin nada… Me sorprendió una cosa que me dijo: abuela, no quiero hacer el tonto como tú y mamá; si Ahmed se larga algún día, no quiero quedarme en la calle; el piso lo voy a comprar yo, Ahmed no sabe nada de esto… Pensé que, gracias a Dios, una mujer de esta familia había sido cuerda; pero no me quedé conforme y le dije: ¿Pagarás un piso y criarás un hijo con el sueldo de aprendiz de peluquería, contratada por seis meses? No contestó; se levantó y fue al baño… No di importancia al asunto, pensé que eran fantasías de la chica, pero veo que no.
Gema, por tanto, actuaba sola. Sería más fácil de controlar. Caridad propuso a Herme que fuera la espía de su nieta.
Desde entonces, la abuela estaba pendiente de los movimientos de su nieta. Cuando, al otro día de la conversación, Gema se fue, entró en su habitación y miró cada rincón. Se sintió como una delincuente al violar la intimidad de su nieta. No encontró nada. Hubiera sido demasiada suerte, y su nieta demasiado incauta. Estaría en el piso alquilado. Pero allí no acudiría bajo ningún concepto. No tenía argumentos que justificasen la visita. Y, suponiendo que los tuviera, cómo se quedaría a solas para husmear a sus anchas.
A veces, las cosas suceden de modo imprevisto. Anteanoche, la niña había regresado inusitadamente temprano. En los ojos traía pintada la desesperación, y, bajo el brazo, un bulto, que de no saber la historia, hubiera confundido con el embalaje de un regalo, o algo así. En cuanto lo vio, supo de qué se trataba. Sin embargo, disimuló. Trató con todas sus fuerzas de consolar la tristura que invadía el alma de su nieta.
Con la experiencia de los años y su cariño desmedido, la abuela calló: abrazó y acarició a su nieta, y esperó a que el llanto, primero estallase con violencia, luego brotase abundante y copioso, pero tranquilo, y, por fin, se secara, siendo sustituido por hipidos y suspiros. Sabía que su nieta se lo contaría. Por otra parte, tampoco era necesario. Se trataba de Ahmed, la eterna cantinela de las mujeres de la familia…
Al joven le sobrepasaron los acontecimientos. Trató de convencer a Gema de que abortase. En caso contrario, necesitaban más dinero, que sacarían de la droga, en la que volvía a estar enredado. Desde Tánger, en las últimas semanas, llegó un compatriota con buena mercancía y le reclutó para unos trabajos sencillos. Gema, consciente de que si entraba por ese mundo, no tendría salidas, se negó en redondo a ambas cuestiones. Discutieron. Él la amenazó. Se largó del piso… La conversación abuela nieta concluyó en un nuevo mar de lágrimas, esta vez vertidas por ambas.
—Abuela, te he fallado, así que si me tengo que ir de casa, lo entenderé; debería haber tenido más cuidado; pero pensé que me quería… Tendré a la criatura, aunque sea lo último que haga en mi vida.
La abuela sólo le acariciaba la melena.
—Calla, hija, calla…
En la cama, Hermelinda no dormía. Demasiadas emociones. Su nieta estaba de nuevo con ella. Iba a ser bisabuela. Seguro que el Niño estaba en la habitación de su nieta. Se sintió inundada por la vida. Una vida que pujaba. Una vida difícil. Pero vida, al fin.
A la mañana siguiente, cuando la chica marchó a la peluquería, llamó a Caridad. Hermenilda le contó lo de la noche. En el armario estaba el bulto. No había duda, era la imagen.
Varias ideas rondaron por sus mentes. Darle el cambiazo: demasiado riesgo, no sabían cómo actuaría en cuanto se enterara. Hablar con ella, convencerla de que era una locura. Ella les entregaba la imagen, y las ancianas la devolvían a la Parroquia. Los curas se callarían. Esto no sonaba mal, pero temían que, avergonzada por su acción, se marcharse de casa de su abuela y desapareciera de su vida. Podían esperar a la víspera de Nochebuena, controlando sus movimientos, y en ese momento desenmascararla. Quizá fuera lo más lógico, pero podía ocurrir que, en el tiempo que restaba hasta ese día, se reconciliara con Ahmed y se llevara al Niño. Los jóvenes corazones enamorados son volubles. Caridad tuvo la idea.
—Lo mejor es que intentáramos forzarla, de una manera sutil, para que saliera de ella devolverla, sin más; que la entregue en la Parroquia mañana, o pasado, en la misa de diez. Sin necesidad de desenvolverla del paquete que tiene hecho. La deja y asunto olvidado.
—¿Cómo? —protestó Hermelinda.
Los ojos de Caridad parecían tener vida propia. La teoría es una cosa, llevarla a la práctica algo mucho más difícil.
—Quizá lo mejor será hablar con los curas.
La conversación con los sacerdotes fue por los mismos derroteros hasta que a Agustín se le ocurrió la idea de la carta. Quizá sería bueno responder a la joven con el mismo tipo de arma con el que les había atacado. Se la podían jugar, porque la reacción de la chica podía ser igual que si hablaran con ella, pero quizá, cupiese la posibilidad de que la chica, sin que nadie la presionara con su mera presencia, reflexionase:
*
“Querida Gema:
Cuatro personas sabemos lo que ha ocurrido. No nos referiremos más al hecho.
La Parroquia no cuenta con ese dinero, ni de lejos. Nosotros menos aún. De tu abuela y doña Caridad, aunque no podamos hablar, nos lo figuramos. Por tanto, para llegar a tal cantidad, sería necesario que robásemos, que hipotecásemos el piso, o contárselo a alguien con posibilidades económicas.
Informados por tu abuela de tu situación tan desesperada, te aseguramos que de lo ocurrido nadie sabrá nunca nada, y también que, hasta dónde nos sea posible, intentaremos ayudar a que consigas un puesto de trabajo.
Cuando nos propusiste un Adviento de impaciente esperanza, nos pareció muy bien, de hecho, creemos que no será mala idea llevarla a la práctica de vez en cuando. Ahora te proponemos lo mismo: vive tu propio Adviento, tu impaciente esperanza. Sabemos que la situación a la que te has visto abocada por las circunstancias es complicada, pero si pones la confianza en los que te queremos, y por qué no, en el Niño de la Esperanza, aunque sea difícil, saldréis adelante.
Contigo hay muchas personas que te quieren. Quien sabe, incluso el propio Ahmed cambie de idea…
No nos alargamos más. La iglesia se abre a las nueve y media. Quizá sea la hora más discreta.
No te daremos lo que pediste, pero te entregamos nuestra esperanza, lo más firme que tenemos, probablemente lo único.
Los sacerdotes de la Parroquia”.
*
La breve carta reposa en el suelo de la habitación de Gema. Ha sido una noche difícil para ella. Primero sintió ira al saberse descubierta de modo tan simple. Después, más tranquila, se dio cuenta de que la razón que le empujó a secuestrar al Niño no existía. La perspectiva de vida en común con Ahmed había desaparecido, como desaparece la nieve en primavera. Además, su abuela le terminó por abrir los ojos, antes de que leyera la carta.
—Por cierto, Gema, hija, me gustaría tanto ayudarte a criar y a querer a tu chiquitín, a ese niño que nos llega; a mis años, tan sola como estoy sería una bendición.
Cuando las oyó, notó que eran especiales; pero no respondió. Pensó que eran manías de vieja. Al leer la carta de los curas aquella frase cobró nueva vida, como una revelación. Sin duda, la abuela conocía el contenido de la carta y había adivinado el motivo de aquel robo. No tenía por qué comprar ese piso y no le hacía falta tanto dinero. Se dio cuenta de que se le acababa la capacidad de maniobra. Parecía que le dejaban elegir, pero no tenía opción. Si no lo devolvía, acabarían por avisar a la policía. Lo mejor era rendirse. Agradecía, y esto le enterneció, que no la acusaran, aunque se lo merecía. Había actuado como una inconsciente.
Desenvolvió la talla. A sus ojos apareció el hermoso rostro infantil. Se sintió profundamente conmovida. Había hecho daño a muchas personas. No sólo a los curas, sino a un montón de gentes que veían en aquella pieza el único consuelo a sus sufrimientos y problemas. Aquel Niño, a pesar de ser tan frágil, representaba el futuro, ofrecía la posibilidad que da una vida.
Sintió, en su interior, el leve son de un nuevo latido, un latido distinto del suyo. La vida, la nueva vida.
El Niño de la Esperanza sonreía, sonreía, sonreía...